Del burro a la bicicleta

AMujeriegas

En los veranos que pasé con mis abuelos en Sosas del Cumbral no vi a nadie andando en bicicleta, probablemente porque no había una sola en el pueblo. La gente se desplazaba en caballo, en burro o andando. En casi todas las casas había un caballo ya que por su vivacidad y fortaleza era capaz de mantener el trote durante un tiempo prolongado, lo que lo hacía apropiado para viajar a otros pueblos, como ir al ayuntamiento a Vegarienza o al mercado de El Castillo. Por su alzada no eran muy adecuados para cargarles con el verde o las quilmas con grano para moler, de ahí que fuera usual que también en las casas hubiera un burro que por su tamaño y cachazudez eran más adecuados para este tipo de faenas.

Los caballos eran usados casi exclusivamente por los hombres. Las mujeres aún no se habían ni planteado el uso de pantalones, por lo que la monta con vestido les obligaba a hacerlo a “mujeriegas“, las dos piernas por un costado del animal, lo que dificultaba mucho una monta y control seguro del caballo. Si se las veía caballeras de los mansos burros aparejados con albarda y sin más control que la cadena de la cabezada y acaso una varita de mimbre, casi siempre sin prisa, resignadas al paso cansino de la montura y rezando para que no apareciera una burra en su camino pues entonces si habría complicaciones, porque estos equinos eran muy enamoradizos y de reacciones apasionadas. Sabían que si el encuentro se producía, no les daría tiempo a descabalgar y participarían a su pesar en el lance amoroso. Pero era más usual verlas caminando por su propio pie y no encima de los “piajenos” como les llaman, con todo el sentido, a los burros en algunas partes de Perú.

Las mujeres de mi familia materna han sido muy caminadoras y no les importaba ir andando desde Sosas a Vegarienza, más de seis kilómetros, para coger el autobús. Eso si, en el camino calzaban unas alpargatas que se cambiaban por los zapatos antes de entrar en Vega. Así, llegaban a la parada del autobús con los zapatos como recién embetunados, sin rastro del polvo del camino, como señoritas que eran. A veces alguien les acompañaba con una caballería, como cuando mi abuelo llevó a mi madre a caballo desde Sosas a Vega para examinarse de Ingreso con don José Cordero que entonces era inspector de enseñanza. Si no era así, el camino se hacía a pura soleta, es decir, un rato a pie y otro andando, aún a costa de terminar “aspeadas” (con los pies destrozados) y con alguna secuela que se manifestaría mucho más adelante.

Acorde con el tiempo, cuando en Vega empezó a haber bicicletas en casa y vieron que los chavales dominábamos aquellos artefactos del demonio, las mujeres mostraron un cierto interés en aprender a montar. Pero la transición del burro a la bicicleta no fue sencilla para las mujeres de la familia. No se si tendría que ver con que montar en burro con las dos piernas por el mismo costado dejaba secuelas, incapacitándolas para llevar una pierna a cada lado de la montura, ya fuera animal o mecánica. A mi me tocó, entre otros, ser instructor en aquellos intentos de modernizarse.

Se subían a la bicicleta con el culo apretado y las piernas agarrotadas, pues intentaban tener los pies en los pedales y en el suelo al mismo tiempo. Por mucho que les repitieras como tenían que poner los pies en los pedales, los colocaban tan atravesados que terminaban dándose con los talones en el guardacadenas. No empujaban los pedales con los pies, sino con todo el cuerpo y nunca he visto un sillín tan apretado por un culo. Se asían al sillín con los carrillos como si fueran mordazas. Había que sujetarlas por el sillín y a veces por el manillar, en un trabajo de titanes que te dejaba agotado a los pocos minutos. Cuando se torcían hacia tu lado la cosa era medio controlable, pero cuando decidían inclinarse hacía el otro lado no había fuerza humana para sujetarlas sin que echaran pie a tierra.

Si apretaban el pedal derecho, para compensar echaban todo el cuerpo de cintura para arriba hacia la izquierda con lo que acababan poniendo en el suelo el pie de ese lado. El instructor terminaba agotado física y mentalmente pues era difícil entender el comportamiento de aquella masa de carne, huesos y nervios en tensión que hacía imposible que caminasen derechas sobre la bicicleta más de cincuenta centímetros. Llegar desde la plazoleta de la casa hasta el mojón kilométrico, no más de cincuenta metros, nos podía llevar media hora.

Y había que vigilarlas especialmente cuando estaban cerca de la cuesta que descendía desde el borde de la carretera a la plazuela de delante de casa, donde estaban el pino y el leñero con trampas de roble para atizar la cocina. Independientemente de las vicisitudes del aprendizaje, si el instructor se distraía todas acababan sin remedio subidas con la bicicleta en el leñero, especialmente tía Pili. No eran capaces de andar por la carretera, pero se subían al leñero con una facilidad pasmosa. Yo no me lo podía explicar y empecé a creer que de por medio había alguna fuerza de atracción magnética o telúrica que surgía del leñero, que les torcía el manillar cuesta abajo y las transportaba a lo más alto del montón de leña.

Y debía ser eso, el leñero o la misma leña que las descentraba y atraía. Años más tarde cuando ya no había leña alrededor del pino, el leñero de los abuelos y el de Manolón habían desaparecido, que las atrajese irremediablemente, mi madre que llevaba varios años de ser abuela aprendió casi sola a andar en bicicleta con aparente facilidad. Incluso se atrevía a dar paseos completos entre Vega y Villaverde.

La tía más joven, Tere, fué una excepción y se convirtió en una ciclista avezada sin ayuda. Fue maestra en Lazado y todas las semanas iba y venía desde Vega en bicicleta sin tener ningún percance reseñable. Cuando fue maestra de El Castillo, iba a diario en bicicleta e incluso era capaz de llevar a mi hermana Mari en el porta bultos. Con los antecedentes familiares que yo conocía de primera mano, me parecía increible pero así era. La excepción que confirmaba la regla. Tía Tere marcó el paso de la zapatilla y el burro a la época maquinística. Probablemente, al ser la décima de diez hermanos, siendo genealogicamente de la misma generación que ellos, por edad estaba más próxima a la generación de sus sobrinos.

Como entrenador quizá yo tenga que hacer autocrítica. Si en vez de comenzar a lo bestia haciéndolas separar las piernas como cualquier chicazo, hubiera, tal como sugiere la foto que encabeza el post, ensayado a montarlas sobre la bici “a mujeriegas” y que fueran tomando contacto con la bestia mecánica poco a poco, descendiendo suaves cuestas sin necesidad de pedalear, la cosa hubiera ido mejor. Y a las más reacias, incluso les podría haber facilitado el tránsito del transporte animal al mecánico aparejando la bici con la albarda de la burra. Mea culpa.

Y si hay que sacar alguna moraleja, podría ser que si quieres que una niña sea ciclista, no la dejes que antes aprenda a montar en burro pues podría quedar inhabilitada de por vida como les sucedió a algunas mujeres de mi familia. ¿Seré machista?

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: theboogle.wordpress.com

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7 pensamientos en “Del burro a la bicicleta

  1. En el tema asnal soy un completo profano. El único contacto que tuve en mi vida con tal animal se circunscribe a un burro que compró mi tío Paulino:”El Comandante”. Cómo Platero, era pequeño, peludo, blanco y se diría todo de algodón; sin embargo, tenía mala baba y parecía estar siempre resabiado. Cuando mi tío lo compró ya era bastante viejo y aunque lo trataban bien y tenía poco trabajo, se acordaba de sus anteriores vivencias, que no debieron ser muy agradables, y no se fiaba de nadie. Murió de viejo y tuvo una feliz jubilación y un funeral digno de su alcurnia. Fue enterrado con honores y ascendido a “general”.

    Otra cosa es la bicicleta. En este vehículo fui todo un experto; ya que, fue mi medio de transporte desde Villager a La Academia durante tres años, los cursos 4º,5º y 6º.
    A los 13 años y después de un accidente minero, mi padre pasó a jubilado, con lo que perdí el derecho a transporte escolar. En aquella época la MSP concedía un “bono de transporte” a los hijos de mineros que se extinguía con la baja o jubilación. Cómo la cosa no estaba para pagar autobús y mi padre no necesitaba la bici, me fue confiada como medio de transporte.
    Era una “Orbea”, de mujer y color rojo, que rápidamente transformé según mis gustos y necesidades. Le quité la red protectora de la rueda trasera, le bajé el sillín y prescindí del timbre y demás accesorios para aligerarla. Desde entonces hasta terminar el bachiller fui un chaval a una bici pegado.
    Con ella también conocí la diversión y el placer de recorrer, con otros chicos, diversos pueblos de Babia, Omaña, alto Sil…Recuerdo haber llegado hasta Huergas de Babia, Palacios del Sil y Matalavilla, Murias de Paredes y también ascendí los puertos de Leitariegos , Cerredo y Somiedo. ¡Si llega a ser una bici de carrera me hubiera salido del mapa! Para mí, en aquellos años, fue mi “testarossa”. Además de medio de transporte, me permitió disfrutar de una sensación de libertad hasta entonces desconocida y que volví a tener al comprar mi primer coche. Actualmente está colgada en un “chabolo” de la casa vieja de Villager. “¡Vive le vélo!”
    Un saludo.

  2. Sí que conocí a Pepín, a sus hermanos(Urbano y Enrique) y a sus padres(Pepe y Anita). Tenían una casa en Villager, al lado del bar Recreo. La planta baja estaba dedicada a garage y la superior a vivienda. Su padre y posteriormente sus hermanos vendían y arreglaban bicis. Más tarde vendieron la casa e hicieron otra en Villablino, también dedicada al mismo negocio.
    Recuerdo que a su regreso de Tokio(1964), donde participó en la olimpiada quedando 5º, le compró para su sobrino un tanque a pilas que se desplazaba solo, tenía luces centelleantes y emitía sonido al moverse. Los chavales nos acercábamos hasta su casa y alucinábamos con semejante invento. Era la época en la que Los Reyes nos traían pistolas de restralletes, arcos y flechas y cosas por el estilo.
    Cuando la concurrencia era grande nos organizaba carreras pedestres y al ganador le daba 1 peseta, que se gastaba en el bar en cuanto la recibía.¡Qué tiempos aquellos!

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