Miguel Servet y los Servet murcianos (¿fantasía o realidad?)

Luis Fontes Servet Magenniss, María Paz Sánchez Rodero (y Servet y Abarca), Emilio García de la Calzada, Lembranzas
2016. María Paz Sánchez Rodero (y Servet y …..Abarca), Luis Fontes Servet Magenniss y el autor.

En un concurrido verano en casa de mi madre en Villaverde de Omaña (León), mi mujer Mari Paz aseguró que su familia descendía del rey Sancho Abarca y del Cid. La rechifla de los García de la Calzada y asimilados, en la que yo mismo participé de forma inmisericorde, fue descomunal. Lejos de amilanarse ante nuestra incredulidad, soltó con mucho aplomo que también Miguel Servet estaba entre sus antepasados, lo que exaltó aún más nuestros reparos pueblerinos. Con el tiempo he tenido noticia sobre el asunto por otros miembros de su familia, que también me han hablado de árboles genealógicos, de apellidos sonoros y antepasados ilustres. Algo de verdad había en lo que nos contó mi mujer, que unicamente repetía lo que había visto y oído en su casa y en las reuniones familiares. Sirva este trabajo para pedir disculpas por lo garrulos que fuimos aquel grupo de gente sin linaje alguno.

Por la familia paterna de mi mujer, principalmente su tía Maruja Sánchez Servet y sus primas Vicky y Ana Carmen auténticas entusiastas de la historia familiar, fui conociendo a través de fotografías y pinturas, escudos nobiliarios, árboles genealógicos, confidencias y anécdotas familiares, detalles de lo que mi mujer nos había contado, aunque siempre mantuve una cierta reserva cazurra al puro estilo leonés. Cuando a través de los vericuetos familiares conocí a Luis Fontes Servet Magenniss y volví a oír hablar de Miguel Servet y de su relación con los Servet afincados en Murcia, no tuve más remedio que pararme y poner algo más de atención en todo lo escuchado.

He escrito algo sobre Miguel Servet (ver Miguel Servet) y también de los Servet de Murcia (ver Los Servet) por separado, pero una vez conocida la conexión que establece Luis Fontes Servet entre ambas familias me ha parecido interesante unir las dos historias. Y lo he hecho mediante un montaje de vídeo bastante rudimentario que espero sea más ágil y entretenido que mis plomizos textos.

MiguelServet, Servet murcianos, Lembranzas

 Vídeo sobre Miguel Servet y los Servet murcianos

Por si una vez vistas las imágenes alguien estuviera interesado en el texto, se incluye a continuación.

TEXTO DEL VIDEO

Parte 1. Los motivos.

El padre de mi mujer, Federico Sánchez Servet, y sus cinco hermanos fueron los últimos Servet de la rama familiar que se inició hacia 1890 con Ana Servet Marín, hija de Federico Servet Brugarolas y María Marín Gilabert. Estos dos últimos fueron bisabuelos de mi mujer.

En alguna ocasión mi mujer María Paz comentaba que en su familia hubo antepasados notables como Sancho Abarca y Miguel Servet. También su tía Maruja y sus primas Ana Carmen y Viki contaban cosas parecidas.

No me creí lo de Sancho Abarca y rechacé lo de Miguel Servet argumentando que no podían ser descendientes de un fraile, porque de mis lecturas infantiles yo conservaba la imagen de que Servet fue un clérigo estudioso de la Biblia que mantuvo discusiones teológicas con el protestante Calvino.

Creí prudente olvidar los comentarios de mi mujer sobre sus antepasados hasta que contacté con Luis Fontes Servet Magenniss (Padre Jesuita y biznieto de Sebastián Servet Brugarolas, además de primo cuarto de mi mujer), que asegura en su escrito “El hombre que descubrió quién era a los 50 años”, que Miguel Servet fue antepasado de los Servet murcianos.

Luis Fontes me envió varias cartas con fotografías de su época, llenas de anotaciones en las que se refiere cariñosamente a la abuela de mi mujer y a su hermana como tías Anita y Marita.

Me sorprendió que una persona de otra rama familiar de los Servet murcianos, que parecía bien informada y que sin haber tenido relación durante más de tres generaciones con la familia de mi mujer, contaba las mismas historias sobre antepasados ilustres.

Me pareció motivo suficiente para no seguir desconfiando de los comentarios de mi mujer sobre sus antepasados y decidí informarme sobre Miguel Servet para añadirle a la galería de personajes relacionados con su familia.

Parte 2. La azarosa vida de Miguel Servet.

Miguel Servet nació en 1511 en Villanueva de Sijena (Huesca) de Antón Serveto, notario, y de Catalina Conesa.

Fue un estudiante aventajado y dominó el latín, griego y hebreo. Estudió Derecho en Francia y viajó por diversas ciudades del centro de Europa en plena efervescencia de la Reforma Luterana.

Estudia la Biblia con sentido crítico y no encuentra  justificación a los complejos dogmas que la Iglesia ha introducido en la Religión.

Con veinte años publica la obra De Trinitatis Erroribus, donde afirma que el dogma de la Trinidad no tiene base bíblica, que es una invención. De buena fe envía una copia al obispo de Zaragoza, que pide a la Inquisición que intervenga. Esto le obliga a adoptar el nombre de Michel de Villeneuve.

Intercambia cartas con Calvino para convencerle de que rechace el dogma de la Trinidad. Calvino, con su mentalidad intransigente, consideró que las ideas de Miguel Servet eran heréticas y conservó sus cartas que más tarde utilizaría contra él.

Entretanto, Miguel Servet estudia Medicina en la universidad de París. Fue profesor de Medicina, Matemáticas, y Astrología. Enfrentado con la comunidad universitaria, tiene que abandonar la ciudad.

Tras varios años de preparación y antes de publicarla, en 1564 Miguel Servet envía a Calvino su obra principal, Christianismi Restitutio, para que la revise y le haga los comentarios pertinentes. En vez de corregir el texto de Servet, Calvino le envía su obra Institutio Christianae Religionis, para que lo lea y comprenda lo equivocado de sus ideas.

Miguel Servet estudia detenidamente lo que Calvino dice en su libro, llenando los márgenes con anotaciones muy críticas sobre lo que consideraba errores del reformista y le devuelve el libro. Calvino, contrariado e intransigente como era, le contesta que sí aparece por Ginebra, no saldrá con vida.

En 1553 Servet publica su libro bajo seudónimo, pero alguien revela que el autor es Miguel Servet y que se oculta bajo la identidad de Michel de Villeneuve.

Calvino envía las cartas de Miguel Servet a la Inquisición de Lyon, que le detiene. Consigue escaparse pero es sentenciado a muerte, in absentia, y su efigie es quemada públicamente.

Miguel Servet decide viajar a Italia, donde cree que sus ideas serán mejor acogidas. Al pasar por Ginebra asiste a un sermón de Calvino, siendo reconocido y detenido.

Tal como Calvino había amenazado años antes, es juzgado y condenado a ser quemado en la hoguera junto a sus libros.

Afirma Luis Fontes, que “fue quemado en la hoguera, a fuego lento, con una copia de su libro ‘Christianisme Restitutio’ atado a su pierna derecha. Su último grito fue, ‘Jesucristo, Hijo del Padre Eterno, ten piedad de mí’“.

Trágico final a los cuarenta y dos años por su carácter librepensador y no valorar en su justa medida las consecuencias de hacer públicas sus ideas, en aquella situación de intransigencia religiosa extrema.

A pesar de su controversia teológica con Calvino, Miguel Servet es más conocido por haber descrito la circulación pulmonar de la sangre en su obra Christianismi Restitutio, para apoyar sus razonamientos teológicos y no por su interés científico.

Si, como aseguran mi mujer y Luis Fontes Servet, Miguel Servet fue uno de sus antepasados, está fuera de toda duda que fue el más notable de todos.

Parte 3. Conexión con Miguel Servet.

Tras la espantosa muerte de Miguel Servet, Luis Fontes dice que ”podemos entender que para borrar el apellido infame que estaba en la lista de la Inquisición, su familia lo cambiara por Revés que era el apodo familiar”.

Afirma Luis Fontes que “una rama de la familia que antes de este suceso había emigrado a Castelltersol, provincia de Barcelona, buscando trabajo en la industria textil, siguió usando el apellido Servet”.

Hacia 1700 estos parientes y sus descendientes establecieron una red de compraventa de telas a lo largo de toda la Península. El transporte de las mercancías con carros tirados por mulas, exigía almacenes y puestos de descanso por toda la Península. Esta infraestructura les proporcionó grandes ingresos porque eran los únicos capaces de proveer alojamiento y comida a las tropas españolas en la guerra de la independencia de 1812 y en las Guerras Carlistas entre 1833 y 1875.”

Los Servet llegan a Murcia hacía 1810 procedentes de Castellterçol. Abren una tienda de tejidos que también venden en ferias y mercadillos. Con los beneficios del comercio de paños, a partir de 1820 adquieren tierras procedentes de la desvinculación y la desamortización.

En 1840 entran en las explotaciones mineras de Cartagena y Mazarrón, disponiendo de una flotilla de barcos para transportar el mineral. Compran acciones de empresas mineras y fundiciones a muy bajo precio que, al revalorizarse, supuso un importante incremento de la fortuna familiar. Eran comerciantes, negociantes, y banqueros que también actuaban como prestamistas.

Una saga familiar que mantuvo durante tres generaciones el nombre de Sebastián para los primogénitos. Sebastián Servet primero, llegó de Cataluña casado con María Asunción Gibert. Fueron padres de Sebastián Servet Gibert segundo, que casó con Catalina Brugarolas Ravello.

Sebastián segundo y Catalina tuvieron al menos cuatro hijos: Sebastián tercero, Víctor, Federico y José María.

En 1871 la fortuna de Sebastián tercero se  estimaba en 2.259.000 reales. Fue copropietario de la empresa Lebón, suministradora de gas para el alumbrado de Murcia.

Espectacular su Villa San Sebastián, también conocida como Casa del Reloj, en San Pedro del Pinatar, por la que pasaron personajes notables como Gregorio Marañón. El 25 de mayo de 1899 murió en Villa San Sebastián Emilio Castelar, gran orador y presidente de la Primera República Española entre 1873 y 1874.

El entronque con los Sánchez y Vidal Abarca (de Alhama de Murcia), tiene lugar con Ana Servet Marín, hija de Federico Servet Brugarolas y María Marín Gilabert. Cuando su padre murió, Ana y su hermana María quedaron bajo la tutela de su tío José María. Vivieron como señoritas de buena familia, con buenos colegios, estudios de música y frecuentes viajes al extranjero.

Ana Servet Marín se casó en Los Jerónimos con el oficial Modesto Sánchez Llorens, con asistencia de notables como el Conde de la Conquista y Ricardo Spottorno, además de empresarios y gente notable de Murcia.

Los seis hijos de Ana fueron Servet de segundo apellido, pero en sus nietos ya no quedaba rastro de tan ilustre apellido. Así de efímera es la vida de los apellidos transmitidos por vía materna.

Del gran mundo de los Servet murcianos,  no han sido partícipes los Sánchez que yo he conocido. Todos han tenido que ganar el pan con el sudor de su frente, fichando a diario e hipotecándose, a pesar de que sus antepasados de hace menos de cien años fueron banqueros.

Sic transit gloria mundi, decían los clásicos recordando lo efímero de la gloria.

Junio 2020

 

 

 

Árbol genealógico de la familia Sánchez (Abarca) Servet

Árbol genealógico de los Sánchez (Abarca) Servet, Alhama de Murcia, Murcia, Lembranzas
Árbol Genealógico de los Sánchez (Abarca) Servet

Árbol genealógico de la familia Rodero Castel

Árbol genealógico de la familia Rodero Castel, San Felices de los Gallegos, Cáceres, Chía
Árbol Genealógico de los Rodero Castel

Lugares asociados a la familia Rodero Castel, San Felices de los Gallegos, Cáceres, Chía

Imágenes tomadas de: , Pilar Bacas, verpueblos.com

Por fin, Velilla de Valderaduey (primeras noticias fidedignas)

Velilla De Valderaduey, Lembranzas

Velilla de Valderaduey, un lugar en alguna parte.

Cuando empecé a recopilar mis recuerdos en 2006, el capítulo de la familia de mi padre apenas si ocupaba media página. Nunca había estado en su pueblo ni nadie me había dado noticia de cómo era o cómo se vivía allí, lo que siempre fue una especie de agujero mental en el que pensaba con cierta frecuencia. Intentando rellenar el hueco con alguna imagen, recurrí a Internet con escasos resultados pero descubrí que el pueblo tenía una web y pude contactar con Mónica, la encargada de su mantenimiento. Le hablé de mi interés en el pueblo por mis antecedentes familiares y amablemente me envió algunas fotos y se ofreció a preguntarle a su abuela por mi familia. Resultó que su bisabuela era familia de mi abuela Teófila y averiguó algunas cosas que me comentó en varios correos, de los que transcribo lo esencial:

“…. Cuando mi abuela era joven recuerda haber ido a casa de tus abuelos a comprar algo, no recuerda sí leche o aceite, pero algo vendían en su casa. Recuerda a tu padre y tus tíos, todos rubios. ….”

…. Tu abuelo Lázaro tenía una hermana en Villavelasco, a pocos kilómetros de Velilla, que tenía una hija siendo ambas unas derrochadoras. Cuando se vieron sin dinero se lo pidieron a tu abuelo que, a su vez, pidió un préstamo para ellas confiando en que se lo devolverían. Pasó el tiempo y siguieron gasta que te gasta sin devolverle el dinero, así que la justicia de aquellos tiempos embargó a tu abuelo la casa y las tierras y las precintaron. Se trasladaron a otra casa hasta que pudieran solucionar las cosas y uno de los hermanos se fue para León donde trabajó como carnicero. Como las cosas no se arreglaron, también les echaron de allí y fue cuando se trasladaron todos a León. ….“.

Mónica no me descubrió nada esencial pero aportó un relato más preciso que todo lo que yo había conseguido sonsacar en cincuenta años. Corroboraba que la familia había sido despojada de todo lo que había sido su vida, más o menos muelle, y cómo esto había precipitado su destierro a la capital sumidos en la amargura que sigue a las situaciones injustas. El relato clásico de la cigarra y la hormiga hecho realidad, donde mi abuelo Lázaro hizo de hormiga incauta causando la ruina económica y el hundimiento vital de parte de la familia.

A consecuencia del interés que yo había manifestado de ir por Velilla, Mónica decía en sus correos algo que me dejó encandilado:

…. Me ha dicho mi abuela, que cuando queráis vayáis para el pueblo y, si se acuerda de algo más, ya te lo contará. Me ha dicho también que si puedes llevar alguna foto de tus abuelos, padre o tíos, puede que recuerde algo más. También me ha dicho que si viven alguno de tus tíos, que se lo hagas saber. Ella es Matilde, hija de Silverio, por si viven y se acuerdan ….

…. Me ha dicho Lupicinia, prima de mi abuelo, que la avisemos si vas a ir a Velilla y así va ella también -tiene su casa en Villavelasco- y te cuenta más cosas ….

Estos correos los intercambiamos a principios de 2006 y no dejé de darle vueltas a la posibilidad de obtener más información sobre el terreno atendiendo a su amable invitación.

En el verano de 2007 me las arreglé para llevar a mi madre a sus vacaciones en Vegarienza incluyendo en la ruta pasar por Velilla, después de asegurarme que la abuela de Mónica iba a estar en el pueblo y rebuscar unas cuantas fotos de la familia de mi padre para enseñárselas.

Con la emoción contenida durante varias horas llegamos a Velilla. Las casas tenían buen aspecto y el adobe casi no se veía por ninguna parte. En algún recodo pude ver útiles de labranza esperando ser enganchados al tractor. Preguntamos por Matilde a varias personas que nos indicaron por donde encontrar su casa y que nos seguían con la mirada y la expresión de estar preguntándose quiénes serían los componentes de semejante cuadrilla. Volví a preguntar a un grupo de mujeres que estaban comprando en la furgoneta de un vendedor ambulante. Una de ellas dice, “Yo soy Matilde” y cuando me identifiqué como la visita que le había anunciado su nieta Mónica, mirándome, aseguró convencida “Ya decía yo que esa cara me resultaba familiar”. Seguramente Matilde estaba predispuesta a encontrar parecidos. Su casa estaba allí mismo y nos hizo entrar a una espléndida huerta con piscina, una zona sombreada por varios árboles frutales y un buen espacio con césped bien cuidado. Nos sentamos en unos bancos a la sombra de unos manzanos acompañados por su hermana Cecilia, ataviada con bata y sombrero de paja.

Velilla de Valderaduey, Lembranzas

Jardín de Matilde (izda), Cecilia, María Paz Rodero, Paquito y la madre del autor.

Cuando les enseño las fotos de la familia de mi padre, dicen señalando a la abuela “Mira, Teóclia”. Luego van recitando a dúo los nombres que les recuerdan las fotos: Epigmenia, Licerio, BenedictaQue guapa era”, AntelmaSi, si, era muy pelirroja. Era modista”, OrencioEran todos muy rubios”.

Cuando se acabaron las fotos y los comentarios Matilde sugiere ir a ver la que fue casa de los abuelos, a cien metros de allí. En realidad lo que nos enseña es el lugar donde estuvo la casa, ahora ocupado por una casa de ladrillo. Matilde recuerda la almoneda que hicieron al irse de la casa para vender las pocas pertenencias que sobrevivieron al embargo.

Volvemos hacia casa de Matilde y al llegar a la puerta veo que mi madre, que se había quedado un poco rezagada, viene hablando animadamente con una pareja de viejecitos que caminan ayudándose de sendas cachaba y muleta. Él es Eusiquio Ríos del que mi madre dice “Eusiquio fue quinto de tu padre e hicieron la guerra juntos”.

 

Eusiquio estaba visiblemente emocionado y me dijo que durante la guerra estuvieron por Valencia, Castellón y Cataluña. Que al principio si pegaron algunos tiros, pero que cuando mi padre consiguió un puesto en las oficinas, él fue su enchufado y siempre le asignaba servicios auxiliares que le evitaron los destinos con peligro. Al final de la guerra, siguieron viéndose cada vez que Eusiquio iba a León, hasta que a mi padre le trasladaron a Gijón. Le brillan los ojillos mientras relata como el tío Licerio se cayó al agua cuando cruzaban el río sobre dos palos atravesados para ir a las fiestas de un pueblo cercano. Me sorprendió el castellano tan limpio, sin ninguna entonación, que hablaban todos.

Velilla de Valderaduey, Lembranzas

Velilla 2007. Melitona, Cecilia, Lupicinia, Eusiquio y su mujer, Matilde y la madre del autor.

Al poco llega Lupicinia Conde, elegante y pizpireta, tocada con sombrero de paja y nos dice que es hija de un primo carnal de mi abuelo. Dice que su hermano Lucio también fue quinto de mi padre y que estudió con él en los salesianos. Hago algunas fotos del grupo y Eusiquio me dice emocionado que esta visita “Es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo”. Se notaba que, más de sesenta años después, recordaban a mi padre con mucho cariño. Matilde insiste en que pasemos a su casa, pero nos disculpamos diciendo que aún nos queda mucho camino y que tenemos que irnos.

Nos despedimos con la sensación de haberle dedicado poco tiempo a visitar el pueblo de mi padre. A la salida del pueblo, vemos a varios vecinos limpiando de hierbajos el cauce de un arroyo que nos miran, extrañados de tanto visitante, mientras tomamos la carretera en dirección a Sahagún con la sensación de que allí la familia de mi padre tuvo parientes y amigos que les habían apreciado y que lamentaron su infortunio. Que sin duda ellos también habían sido felices allí hasta el mazazo final.

Probablemente Eusiquio y todos los demás nos hubieran podido dar más detalles sobre la familia si nos hubiéramos detenido a charlar con un poco más de pausa. Pero, al menos, he estado en el pueblo que durante toda la vida esperé visitar algún día. Habían pasado más de sesenta años desde que comencé a preguntarme cómo sería el pueblo de mi padre, además de un nombre perdido en un mapa.

En cualquier caso, muchas gracias Mónica por haberme facilitado la visita.

Hasta cierto punto es explicable que mi padre no quisiera hablar de un pasado tan poco grato. Pero ahí permaneció enquistado en su cabeza y quizá eso explique que mi hermana pequeña se llame Susana, un homenaje a su hermana muerta a edad temprana y de la que nunca supimos por su boca.

He tenido la sensación de ser medio huérfano en recuerdos familiares. De no haberse empecinado en la amargura del fracaso, seguro que ellos también tendrían bonitas historias, tal como intuimos en la visita a Velilla, para habernos contado y que hubieran servido como bálsamo para rescatarles de su abandono de la vida. Mi padre era muy inteligente, pero privarnos de la mitad de nuestra historia familiar considero que fue un error.

Si fuera verdad lo que dicen y nos reencontráramos entre las tapias de Castriello (ver En primera línea), allí donde el tiempo no tiene límites y ya no hay prisa para nada, sería buena ocasión para rellenar este hueco absurdo sobre mis antepasados terracampinos hablando largo y tendido con mi padre. Aunque sólo fuera por eso, merecería la pena que fuera verdad lo que dicen algunos, muchos en mi familia omañesa, sobre el reencuentro al final de los tiempos.

Junio 2014

Imagen tomada de guiamichelin
EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Familia García Alonso de Velilla de Valderaduey

Velilla de Valderaduey, Árbol genealógico de la familia Garcia Alonso de Velilla de Valderaduey
Árbol Genealógico de los García Alonso de Velilla de Valderaduey.

Familia Garcia Alonso de Velilla de Valderaduey, Velilla de Valderaduey, Lembranzas

Imágenes tomadas de: verpueblos.com, es.wikipedia.org

Quousque tandem Catilina…. (un viaje alucinante)

Cicerón hablando al Senado. Fresco de Cesare Maccari.

Cicerón hablando al Senado. Fresco de Cesare Maccari.

Dos cursos de bachillerato machacándonos con el latín me dejó, además de las vicisitudes azarosas que cuento en Mater tua mala burra est, la sensación de un idioma muy preciso basado en reglas estrictas que nunca tuve tan claro con el castellano y unas cuantas frases notables como Veni vidi vici, Alea iacta est o Si vis pacem para bellum (*) atribuidas a personajes ilustres y dichas en momentos históricos, tan bien explicadas por aquellos licenciados en letras – generalmente asturianos – de la Academia Carrasconte de Villablino que parecían imbuidos del espíritu clásico de Roma y Grecia y que no perdían ocasión para resaltar las cualidades guerreras y oratorias de los generales y senadores que las pronunciaron. Al traducir la frase Quousque tandem abutere Catilina patientia nostra (*), a los profesores les surgía inevitablemente la devoción por Cicerón (unos decían Cicero, Ciceronis otros pronunciaban Quiquero, Quiqueronis), al que alababan por su elocuencia y precisión argumental en sus discursos en el Senado y nos contaban la inevitable historia de sus catilinarias. Se diría que por parecerse a Cicerón alguno se habría dejado cortar una mano, la izquierda ya que hubieran necesitado la derecha para señalar a Catilina con el índice acusatorio.

Mi apocamiento y timidez hacían que lo que a los admiradores de Cicerón parecía entusiasmarles, hablar y hablar y hablar, para mí fuera un auténtico problema. Como el vértigo que paraliza a quien lo padece cuando está elevado sobre el suelo, a mí me angustiaba la expectativa de mantener una conversación con desconocidos o gente no muy próxima. El miedo a no saber qué decir era obsesivo antes del encuentro y paralizante en el cara a cara. Buscaba angustiosamente temas de conversación que no era capaz de estirar lo más mínimo y que se agotaban nada más empezar, sumiéndome en silencios dolorosos en los que rebuscaba desesperadamente que se me ocurriera algo que decir. La mirada se me tornaba huidiza y el ansia por desaparecer de la escena con cualquier pretexto se materializaba en una tensión dolorosa en la maldita garganta, incapacitada para formular frases distintas de Adiós o Hasta luego. Era una enfermedad. Alejarse del escenario aliviaba algo la tensión, pero simultáneamente aparecía la sensación de haber hecho el ridículo y quedado en evidencia ante mi interlocutor.

Y, ¿qué hacer cuando desaparecer del lugar era físicamente imposible?. Pues un horror.

Como tantos, Arcadio aparecía todos los veranos por Vegarienza para disfrutar de unos días de asueto en la casa familiar de los Gayo, al final del pueblo, cuando su familia ya llevaba unas cuantas semanas en Vega. Era un hombre campechano pero elegante, bien parecido, al que las cosas parecían irle bien pues era de los pocos que llegaban al pueblo con su propio auto, un Seat 1500, el no va más de la época. Era normal verle jugando la partida en el bar del Secretario donde coincidía a veces con mi padre. Un verano en que yo tenía que acercarme a Madrid para resolver algo relacionado con mis estudios en la universidad, mi padre volvió una tarde de la partida diciendo que había quedado de acuerdo con Arcadio para que me llevara a Madrid. A la alegría inicial de saber que las incomodidades de un largo día haciendo auto stop se resolverían con unas cuantas horas cómodamente sentado en un buen coche, le sustituyó de inmediato la angustia por cómo yo podría mantener una conversación durante tanto tiempo.

Iniciado el viaje solo se me ocurrieron simplezas como hablar de lo bien que se estaba en el pueblo en verano, la pereza que daba ir a Madrid, de mis estudios y alguna pregunta sobre su coche, temas que no parecieron suscitar el más mínimo interés de Arcadio concentrado en conducir como solía, bastante rápido y apurando en los adelantamientos, siempre comprometidos, en aquellas carreteras de doble dirección, estrechas y bordeadas de árboles intimidantes. Al pasar por La Magdalena, tras apenas veinte kilómetros de viaje, ya había agotado todos los temas de conversación en un parloteo frenético y sin sentido, sumiéndome en un silencio espeso mientras buscaba obsesivamente algo que decir. Supongo que las personas normales cuando acaban lo que tienen que decir, permanecen relajadas y en silencio. Yo me sentía obligado a hablar y, consiguientemente, angustiado por no tener nada que decir. Solo salía de este bucle doloroso cuando sentía el peligro inminente si en un adelantamiento del impasible Arcadio el coche que venía en sentido contrario se nos echaba encima cuando aún no nos habíamos reintegrado a nuestro carril. Yo no estaba acostumbrado a aquellas velocidades y varias veces sentí que nos habíamos escapado por los pelos. Miraba de reojo a Arcadio que se mostraba muy seguro de su forma de conducir y que nunca se alteró en aquellos lances de carretera. Recuperado el resuello tras el susto, yo me hundía de nuevo en la búsqueda angustiosa de algo que decir. Y así seis o siete horas hasta Madrid, con un tremendo agotamiento mental por la búsqueda infructuosa de algo que contar y un escozor en la garganta por las palabras que no había pronunciado. Una especie de esquizofrenia entre mi tendencia natural a no pronunciar palabra y la actividad frenética del cerebro, empeñado en encontrar alguna cosa que contar aunque fuera una memez. Podría haber actuado según el sabio refrán Hacer de la necesidad virtud y convertir mi mutismo en un silencio digno, pero a mí subconsciente hiperactivo solo le valía la charla.

Cuando me bajé del coche en Moncloa, el alivio por no tener que hablar más fue parejo a la sensación de haber sido un conversador inútil, de lo que estaba convencido que Arcadio habría tomado buena nota, aunque seguramente tan concentrado como estaba en su conducción al límite ni siquiera se habría dado cuenta de mi torpeza. Me dije que la próxima vez que nos encontráramos en el pueblo tendría que interpretar su mirada para intuir lo que habría contado de mi ineptitud para el parloteo y así calibrar las consecuencias sociales que tendría para mí aquel viaje frustrante.

Volver a Vegarienza me costó todo un día en compañía de cinco o seis conductores que me aceptaron como autoestopista. Un viaje mucho más relajado que el de ida pues se trataba de cortos intervalos de tiempo con gente desconocida a la que no volvería a ver jamás y pude repetir mi pobre repertorio conversador una y otra vez sin el más mínimo reparo. Casi no había tiempo para que se apoderase de mí el mutismo obsesivo, que no sé si estará catalogado como enfermedad pero que a mí me hacía sufrir como un dolor de muelas.

Con desastres de la personalidad como este y alguna mínima virtud va uno haciendo camino por la vida. Con la edad no me he convertido en un conversador más hábil, simplemente me he resignado a no tener nada que decir e intento no sufrir por ello. Me callo sin más, intentando que no se note demasiado mi sequía mental. Alguna vez he pensado que si fuera obligado un epitafio, el mío debería ser “Nunca tuvo nada que decir”. Menos mal que ahora que, para la gente corriente como yo, se ha impuesto la cremación y la urna a la clásica fría tumba y siendo tan inútil escribir en la ceniza como hacerlo sobre el agua, los que me sobrevivan ni siquiera tendrán que encargar una inscripción para mi nicho de Castriello que diga que nunca tuve nada que decir.

Mutismo hasta el final, elocuente Cicerón. Sin duda, a mí Catilina se me hubiera escapado vivo. Quizá este blog incontinentemente verborreico sea una revancha tardía a tanta contención a lo largo de toda mi vida. Disculpen.

(*) Significado de las célebres frases latinas del texto:

  • Veni vidi vici (Julio César): Vine vi vencí.
  • Alea iacta est (Julio César): La suerte está echada.
  • Si vis pacem para bellum: Si quieres la paz, prepárate para la guerra
  • Quousque tandem abutere Catilina patientia nostra (Cicerón): Hasta cuándo Catilina abusarás de nuestra paciencia?

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de wikipedia

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Jirones XXV – Oda a la profesora de lengua y literatura

Autor: FEDE GARCÍA 22 de Diciembre de 2020

Literatura quinto curso.


Literatura quinto curso.

Una redacción impertinente.

… y, a la vista del segundo siguiente, tras haber sido devorado el instante anterior, Fede el hijo de Pedrosa “El Barrenista”, recordó que en algún momento de la dilatada historia de los instantes abrasados, había intentado buscar la Biblioteca de los Libros Olvidados. Libros, que nunca estuvieron ocultos. Solo estaban olvidados. Siempre pensó, en quiénes fueron sus autores. Siempre pensó en el enorme esfuerzo de escribir, plumilla en mano, resmas de folios amarillos y tinta azul-cobalto en un pupitre artesano de cajas de madera antigua, con asiento de cuero curtido por mil sudores y uso abusivo. Ese libro anónimo, olvidado, en una repisa ajena en un mueble añoso de caoba negra y diseño utilitario, estaba vegetando al lado de decenas de acompañantes en la orgía devoradora de instantes muertos, después de haber sido impreso en papel-barba hacía mucho, muchísimo tiempo, porque para poder leerlo, era necesario utilizar un abrecartas de plata con mango de color azabache fabricado con un pedazo de loncha de caparazón de tortuga – Carey, a fin de lograr seccionar las dobles páginas cerradas desde su advenimiento a la Comunidad de Libros Olvidados y, así poder beberlo por primera vez, tras una espera de 100 años de paciencia, oscuridad y polvo cabalgado en su lomo, que jamás fue aventado. El libro olvidado había logrado acumular pacientemente una lámina de polvo color gris-plomo que se podía levantar como una simple costra que el tiempo había depositado en silencio, mota a mota, con desdén y sin urgencia alguna.

No importaba ni la materia, ni el título del libro hallado. Era un libro olvidado, que no perdido.

Fede, tenía en sus manos una joya olvidada y, pensó en la desgracia de las manos que lo adquirieron, lo clasificaron y lo depositaron en una tarima en formación militar, sin ánimo alguno de inyectarle algún tipo de savia. Nadie se interesaba por su futuro, ni por la función de un libro olvidado, que quizás jamás hubiera debido de ser abierto. Sin embargo sí fue abierto. Fue recogido en la morgue de la Biblioteca de los Libros Olvidados en estado catatónico, siendo devuelto a la vida por las manos de un aprendiz, previo seccionamiento cuaderna a cuaderna  de las 290 páginas de su espinazo a base de tajazos de abre-cartas con mango de concha de tortuga – Carey – . El Libro-olvidado dejó de serlo, quizá a su pesar. Volvió a la vida sin aspavientos. Reposaba  ahora tranquilamente en un lugar más afín a su ADN, sin encorsetamientos,  ni presiones  estéticas o, estática alguna, siguiendo a sus hermanos de desdicha, que seguían permaneciendo perfectamente ordenados y en silencio sobre las repisas de caoba vieja en la Biblioteca, al fondo del pasillo, a la izquierda, con puertas de roble rubio y cristales asombrados, en un lugar de nombre muy reservado, ya olvidado.

… Otro instante más, y tras otro más, seguía rumiando “Fede”, sobre la mesa da la cocina, con mantel de hule a cuadros azules y blancos, como rematar una redacción imaginada, para conseguir un aprobado raspado. Una redacción extraña, imaginada,  con el rumbo puesto a ojo en el paradigma de la Biblioteca de los Libros Olvidados y,  la voluntad firme de encontrarla, allá donde se encontrase, porque esa era su fortuna. Toda la paciencia disponible era poca para alcanzar tal fin y, a su vez le parecía escasa, dado que los “instantes” son finitos y la brújula de la curiosidad estaba comenzando a deteriorarse.  Su objetivo permanente y exclusivo era encontrar la Biblioteca de los Libros Olvidados. Tal obsesión: era un fin, quizá ridículo, pero necesaria. A saber, si la Profesora de Literatura, lo iba a entender o no…

En cualquier lugar, en cualquier “instante” y, antes de ser destruido y devorado por el siguiente, existía la esperanza de encontrar un Libro Olvidado cualquiera. En ocasiones acantonado en un punto simple de abandono en una esquina, entre trapos viejos y periódicos rotos, permanece un Libro Olvidado depositado por manos clandestinas en un aparte, porque ya no lo leen, no lo cuidan, o quizá, porque no quieren hacerle daño o, porque excedía del cupo en la línea de adornos ordenados en un armario sin alma. Así razonaba “Fede”, ante un cuaderno de los cosidos con alambre. Las  limitadas obsesiones sobre instantes destruidos, vagaban absortas sin lograr calmar las expectativas respecto de un futuro incierto, que se replicaba, para su asombro siempre en el instante pasado, sin prisa, sin nostalgia, sin gloria.

Y así sin dudar, una vez más, en cada instante por venir imaginaba las infinitas posibilidades que inevitablemente se reproducían, una tras otra de forma permanente y obsesiva. Los “Libros Olvidados, no se olvidan” jamás, pensaba. Consigna prefijada, estable, duradera y extraña, aún a pesar de los desaires que cada “Instante añadido” recibía  sobre los estratos del olvido, para replicarse en el “Instante” siguiente. Era una simple  carrera de “Instantes” interminable, a pesar de las barreras del “Instante” previo ya consumido. El “Instante” siguiente abría las puertas a una infinita cantidad de posibilidades a fin de alumbrar un solo ejemplar, o centenares de miles de ellos, arrumbados en los sótanos del tiempo ante la incompetencia de  Fede. Pero aun así, siendo real que los desaires que cada Instante relegado producía en favor del siguiente, el ánimo nunca recaía, simplemente se replicaba sin rubor. Un “Instante” de menos y otro “Instante” por venir envuelto en infinitas posibilidades de llevar a la luz un solo “Libro Olvidado” más, excusa para una redacción de examen parcial de Lengua y Literatura. Con tal  objetivo, con dudas muy razonables sobre su valoración, se llevaba a cabo, una prueba de redacción sobre una materia imaginada.

Autor: Fede García González

La niña que se fue por el desagüe

Para Lola, que ya sabe leer, en su sexto cumpleaños.

Había una vez una niña que cuando iba a casa de sus abuelos, después de merendar su yogur favorito de bolas y galletas de chocolate, jugar en el jardín, hacer los deberes y disfrazarse de princesa o Mamá Noela o cualquier otro personaje de su mundo mágico, lo que más le gustaba era tomar un largo baño con sus juguetes acuáticos.

La niña que quería ser sirena.

La niña que quería ser sirena.

A veces se metía en la bañera con el traje de sirenita Ariel, rodeada de tanta espuma que aquello parecía la playa con las olas rompiendo en la orilla. Le gustaba jugar con unos peces de goma que se hacían pis al llenarles la barriga de agua y unos patitos de plástico amarillo que quedaban flotando en el agua cuando ella salía de la bañera.

Un día que estaba recogiendo los patitos mientras el agua se vaciaba, se escurrió dentro de la bañera y no pudo evitar irse por el desagüe. Fue como viajar por un túnel oscuro y maloliente hasta llegar a un río cuyas aguas iban tan deprisa tan deprisa que enseguida llegó al mar.

Nadie creyó a su abuelo, encargado de vigilarla en el cuarto de baño mientras jugaba, que no dejaba de repetir que había salido un momento a por una toalla y cuando volvió la niña ya no estaba. Todos creían que en el descuido del abuelo la niña habría salido de la casa. Al perro rastreador de la policía le dieron a oler la camiseta de la niña y con gran sorpresa de todos, en vez de dirigirse a la puerta de la casa como todos hubieran esperado, una y otra vez se metía en el cuarto de baño y husmeaba dentro de la bañera. Avergonzado, el policía encargado del animal se disculpaba diciendo que hasta aquellos perros tan listos tenían un mal día. Nadie lo entendía porque no podían imaginar lo que había sucedido de verdad.

Al principio de su vida en el mar la niña estaba muy triste porque se acordaba de su familia, pero pronto se hizo amiga de una sardina muy vivaracha y dicharachera que le enseñó los secretos del mar, qué plantas eran comestibles y hasta conoció a sirenas de verdad, a estrellas de mar y todo tipo de peces que le hicieron olvidar algo su tristeza por estar tan lejos de sus padres, de su hermano Paco y de los abuelos.

Menos mal que se hizo amiga de una sardina muy amistosa y parlanchina.

Menos mal que se hizo amiga de una sardina muy amistosa y parlanchina.

Un día que estaba muy entretenida flotando en el agua mientras miraba lo que le señalaba su amiga la sardina en el fondo del mar, el sol calentó tanto su espalda que la niña se transformó en vapor y comenzó a ascender por el cielo hasta convertirse en una nube con cara de niña. Enseguida el viento empezó a llevarla de un lado para otro, desapareciendo de la vista de la sorprendida sardina que se quedó muy triste por perder a su amiga.

Mientras su familia y la policía la buscaban por todos los rincones, sobre todo cerca de la casa de sus abuelos donde había desaparecido, la niña transformada en nube no paraba de dar vueltas alrededor de la Tierra. Pasó muchas veces por encima de su casa de Madrid llamando a gritos a su madre y a su hermano Paco, pero nunca la oyeron.

También sobrevoló con su nube Palma de Mallorca a donde tantas veces había ido en avión con sus padres. Le gustaba ir del lado de la ventanilla contemplando con curiosidad las nubes que parecían inmóviles, subyugada por su aspecto algodonoso y que a veces parecían un rebaño de mansas ovejas. Como si hubiera sido una premonición, en una ocasión le dijo a su madre que le gustaría vivir allí arriba. Ahora, subida en la nube que la servía de casa desde hacía tiempo, era ella la que veía a los aviones volar deprisa a su alrededor. Alguna vez que vio a su padre maniobrar con los barcos cerca de la playa, gritó tan alto como pudo Estoy aquí arriba!!!!!, pero él nunca la oyó.

También pasó por encima de Camuñas y vio a su tía Paloma encalando las paredes de su casa y la gritó con todas sus fuerzas Estoy aquí arriba, en la nube pequeñita!!!!!, pero su tía Paloma siguió a lo suyo. La niña llegó a pensar que allá abajo todos se habían quedado sordos.

Nunca había viajado tanto. Pasó por encima de valles y montañas, de ciudades y desiertos sin sentir cansancio a pesar de recorrer cada día enormes distancias. Poco a poco fue reconociendo la forma de los continentes, mares, islas, penínsulas, etc que tantas veces había visto con su abuelo en el mapamundi de la pared cuando preguntaba dónde estaba Palma o dónde vivían sus primos de América.

Aprendiendo Geografía.

Aprendiendo Geografía.

Un día que el viento soplaba fuerte de levante, su nube cruzó el Océano Atlántico y al llegar a la costa vio una estatua enorme de mujer con una corona de puntas y una antorcha en la mano y, enseguida, pasó por una isla repleta de rascacielos tan altos que casi pudo tocarlos y que recordaba haber visto antes en la tele. Supo que era la ciudad de Nueva York.

Dio la vuelta al mundo varias veces.

Dio la vuelta al mundo varias veces.

Algo más adelante llegó a una ciudad atravesada por dos ríos enormes y en un cartel de las afueras pudo leer el nombre de Pittsburgh, recordando que allí vivían sus primos Alex y Diego. Los llamó a voces pero nadie contestó y por más que se fijó en calles y parques no los pudo localizar, porque su nube iba muy deprisa y a gran altura. Parecía que en América también se habían quedado completamente sordos.

Cada vez que llovía su nube se deshinchaba y como tenía miedo de caer al suelo como una gota más, se cogía con fuerza a los bordes de la nube. En una ocasión en que de su nube había caído tanta agua que ya no tenía donde agarrarse, tuvo que dar un gran salto para pasarse a otra nube más gorda que estaba cerca. Al poco, para la niña fue un entretenimiento saltar de nube en nube, como había visto hacer al caballito de una canción que su abuelo le ponía para que se durmiera.

Sin miedo, la niña pasa de nube en nube.

Sin miedo, la niña pasa de nube en nube.

Le gustaba pasar por encima de las fiestas de cumpleaños de los niños, pues sabía que a veces se les escapaban globos de gas que ella recogía cuando llegaban a su altura y los reunía en un ramillete para hacer una sombrilla, pues allí arriba el sol calentaba de lo lindo.

Le gustaba coleccionar globos sueltos de los cumpleaños.

Le gustaba coleccionar globos sueltos de los cumpleaños.

En cambio, no le gustaba pasar por encima de los aeropuertos pues los aviones le habían dado más de un susto al atravesar las nubes sin avisar, a toda velocidad y haciendo un ruido atroz. Ni pasar muy al ras de las montañas por miedo a que rasgaran su nube, como le sucedió una vez al pasar por encima del Pico de la Miel, en La Cabrera. Madre mía!, el susto fue tan grande que se olvidó de gritar al pasar por encima de la casa de sus abuelos. Claro que hubiera sido igual pues los abuelos empezaban también a estar un poco sordos.

El cielo siempre le había parecido tan grande que pensaba que allí había sitio para todas las cosas, la Luna y el Sol con todos sus planetas y muchas estrellas más, pero ahora tenía que estar siempre atenta a posibles encontronazos con aviones y montañas. Tampoco le gustaban las tormentas porque las nubes se volvían oscuras como la boca de un lobo y tenía que meterse un trozo de nube en cada oreja para poder soportar el ruido de los truenos. Y menos aún le gustaban los rayos, pues creía que con la punta podían agujerear su nube.

Un día vio una nube en la que había otra niña de edad parecida a la suya y después de hacerse señas las dos remaron con las manos en el aire para que sus nubes se acercaran. Cuando pudieron oírse, la niña de nuestro cuento empezó a contar a la otra lo que le había sucedido para acabar convertida en nube. Cuando la otra niña iba a contarle su experiencia, un golpe de viento alejó sus nubes hasta que se perdieron de vista. Estuvo varios días muy triste, lamentando no haber podido conocer la historia de la otra niña-nube. Y sobre todo, sentía haberse quedado sin su compañía, porque viajar en nube empezaba a aburrirle y añoraba a su familia, a sus amigos Alba y Nico, a sus profesoras, a su perra Flavia. A todo el mundo de allá abajo.

Además pronto sería su cumpleaños y no se lo quería perder, pues para ella era la fiesta más importante del año. Le encantaban los regalos y elegir la primera el trozo de tarta de cumpleaños, pero sobre todo soplar las velas, hasta el punto que en todos los cumpleaños familiares ella quería ser la que apagaba las velas.

En una ocasión que amenazaba lluvia estaba sobrevolando otra vez el Mar Mediterráneo y al acercarse a la playa de Palma de Mallorca donde su padre tenía los barcos, aprovechó como otras veces para mirar atentamente por si lo veía. Lo llamaría otra vez a voces para que supiera que su niña se había convertido en nube y pedirle que se diera prisa en subir a rescatarla, alquilando un globo aerostático si fuera necesario como en el que había visto viajar a su abuela hacía poco. Que corría prisa que la bajaran de la nube porque su cumpleaños estaba al caer.

Estaba pensando en esto, cuando un rayo pinchó su nube y la niña comenzó a caer a toda velocidad envuelta en el aguacero en que, al romperse, se convirtió la nube que entonces era su casa.

La niña empezó a caer como una gota más, pero una gota gorda, muy gorda.

La niña empezó a caer como una gota más, pero una gota gorda, muy gorda.

A medida que se acercaba al suelo todo iba haciéndose más grande. Las casas, los barcos y sobre todo las personas, que desde allá arriba parecían hormigas, comenzaron a tener piernas brazos y cara. Vio que iba a caer cerca de la orilla donde un hombre joven, con la visera de la gorra echada hacía atrás como se la colocaba su padre, pescaba desde un barquito. Tomó todo el aire que pudo en los pulmones, preparándose para el gran chapuzón, confiando que no se le hubiera olvidado nadar después de tanto tiempo siendo nube.

Cuando estaba a pocos metros del agua, gritó tan fuerte como pudo en dirección al barquito AYUDA!!!!!!, soy una niña. Antes de chocar con el agua vio como el hombre levantaba la cabeza asustado por su grito y en la distancia su cara le resultó familiar pero muy triste, como si le hubiera sucedido una desgracia recientemente. Ya solo tuvo tiempo de hacerse una pelota y contener la respiración, como cuando en la piscina saltaba para hacer el gamberro salpicando a todo el mundo mientras gritaba BOMBA!!!!.

Las salpicaduras del chapuzón mojaron al pescador que no creía lo que había visto. Un bulto que parecía una niña había caído cómo llovido del cielo, hecha un ovillo y gritando que la ayudaran. Cogió el salvavidas atado con una cuerda a la borda del barco que siempre tenía a mano y observó angustiado la corriente incesante de burbujas que ascendían por el punto del agua donde había visto desaparecer aquella cosa caída de las nubes que le había gritado no sé qué.

Tras unos instantes y cuando el pescador ya estaba a punto de tirarse al agua, vio surgir del remolino la cara de su hijita Lola, desaparecida tiempo atrás cuando estaba en la bañera de la casa de sus abuelos.

Mientras abrazaba a su hija sin creer aun lo que acababa de pasar, se prometió que nunca contaría a nadie que le pareció ver que la niña había salido de las profundidades impulsada por dos sirenas que la sujetaban por los brazos, mientras una sardina aplaudía con sus aletas y hacía piruetas en el agua en señal de alegría.

La niña estaba feliz pues, por fin, su padre la había oído. Y lo mejor de todo, porque llegaba a tiempo a su cumpleaños.

La niña estaba feliz pues, por fin, su padre la había oído.
Y lo mejor de todo, porque llegaba a tiempo a su cumpleaños.

Ciertamente, contar a sus amigos que su hija había desaparecido por el desagüe de la bañera y que se la habían devuelto dos sirenas mientras una sardina aplaudía y bailaba a ras de agua, habría sido demasiado fuerte. Y eso sin contar que la niña andaba diciendo a sus amigos que había dado la vuelta al mundo muchísimas veces subida en una nube y que conocía el lenguaje de las sardinas y las sirenas.

Solo Lola sabía que lo de la bañera, su amistad con la sardina y las sirenas y lo mullido que se viaja en nube era PURA VERDAD.

Bueno, su abuelo también lo sabía porque un día que ella estaba jugando en la bañera, los dos imaginaron este cuento.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Mayo de 2018

Para las composiciones se han usado fotos tomadas de: turismonuevayork.com, istockphoto.com, St2.depositphotos.com, lacumbreonline.cl


Autores: Lola y su abuelo Emilio

Jirones XXIV – Alberto “El Pellejero” de Villabino. Un Tratante-autodidacta

Autor: FEDE GARCÍA 6 de Noviembre de 2020

Raíz de genciana.

Raíz de genciana.

Un tratante autodidacta de Laciana en las décadas 50, 60 y 70, del pasado siglo, dedicado en exclusiva al reciclaje directo de cueros y pieles de ganados al natural en tiempos de necesidad casi permanente. Propietario de una antigua furgoneta – creo que Ford – matrícula de Bilbao – de color verde oscuro, de las que había que poner en marcha con manivela a fuerza directa, previa limpieza y desengrase de las bugías, con un cepillito de púas de alambre fino.

Estamos en invierno, con enormes “chupones” de hielo colgando de los tejados de lajas de pizarra, que adornaban como unas puntillas de enaguas las cubiertas a dos aguas del antiguo caserón familiar en la calle que sube de la antigua estación de ferrocarril hasta la Plaza de Villablino,  situado a la derecha, en orientación sur-este.

El acceso directo se hacía por un portalón de doble hoja – recuerdo, que de madera de lajas de castaño, pespunteado de clavos de herrero antiguos, situado en orientación norte. A la izquierda, estaba el Pajar. En su parte superior estaba almacenada la hierba seca, que se había recogido en los prados de la vega camino del puente de hierro hacía el Molinón. El acceso al pajar, mediante una escalera de mano, con peldaños desiguales, a mí, al menos, me parecía una aventura peligrosa, por si me caía al bajar, después de haber rebuscado los huevos perdidos de las gallinas, que a su aire, y de modo indiscreto solían poner un día, sí y otro, también. Tal rebusca y recolección de huevos la llevaba a cabo, como un rito, de fin de semana, por orden de la señora “Lucila”, tras haber pasado a recoger el litro y medio de leche, que cada día, me tocaba recoger para el desayuno familiar en el portal 42 de Las Colominas.

El litro y medio de leche, la señora “Lucila”, lo servía utilizando un cazo de chapa de zinc de a medio-litro, con rebordes  y asa reforzados en riguroso dobladillo. La destreza en el servir escanciando la leche sin que se derramara era todo un arte pulido por los años y la experiencia propia. Se realizaba tal milagro de forma diaria,  en la amplia cocina del caserón, ante Fede “El rubiajo”, siempre con la cocina de leña y carbón encendida, donde descansaban un par de hervidores de leche con las tapas de color azul gastado y ojales anti-derrame.

En ocasiones, ya estaban levantadas las hijas del matrimonio: Carmina y Pacita, sentadas a la mesa comunal de tablas de pino muy desgastadas por la legía y el estropajo empleados diariamente en su limpieza y mantenimiento a manos de la siempre dispuesta señora Lucila, tras haberse derramado, en ocasiones, sobre el tablero parte de las demasías líquidas al servir el chocolate, o el café con leche, diarios.

Carmina y Pacita, eran ocho o diez años, mayores que “Fede”, y, debido a ello, creo que me veían como un hermano pequeño, al que había que tratar bien, dado que, entre otras cosas, el sr. Alberto disponía de la autorización de mis padres, para que le acompañara en sus expediciones semanales a los pueblos cercanos en Laciana, Babia, Omaña y demás, en busca de los cueros y pieles de los ganados- mayores – y, también menores, que le ofrecían los lugareños a precios ponderados y siempre abonados en  billetes de cinco duros, de cincuenta y, en algunos casos de 100 pesetas de color marrón . Entre otros pueblos: Vega de los Viejos, El Villar, Piedrafita…En tales expediciones, en ocasiones de medio y largo recorrido para la época, se incluía la invitación a comer en los hogares de los proveedores de pieles – mejor proveedoras – porque en la mayoría de los casos, casi siempre eran mujeres cubiertas con pañuelo negro sujeto a la cabeza con lazada directa  y,  mandil de tirantes de uno o dos bolsos como simples petachos añadidos y fijados a golpe de hilo y dedal.

El Sr. Alberto, sonreía poco. Al menos, eso a mí me parecía. Quizá preocupado, porque su hijo: Albertín, estaba en Madrid, estudiando ¿ingeniería de puertos y canales…? y, solo volvía casa de los padres por navidad y vacaciones de verano. Hasta donde a mí se me alcanza, creo recordar – que en un momento determinado – años ¿57/60? El sr. Alberto tuvo que hacer un viaje relámpago  a Madrid a fin de resolver las malas noticias – decía – que le llegaban, respecto de la buena marcha de los estudios de su hijo, que tanto le suponía costear. A la vuelta, comentó en la cocina de casa: Asunto resuelto… no comentando – en mi presencia, nada más.

Albertín, aprovechó el esfuerzo. Se graduó, y tras su primer trabajo y proyecto remunerado, algún tiempo después, le regaló a su padre una Furgoneta Renault 4-L, en su primera versión, que justamente: Funcionaba a la primera y no necesitaba, manivela de arranque. En aquella ocasión el sr. Alberto “El Pellejero”, sí sonrió.

De las Gencianas y otras hierbas.

Los negocios de un tratante-autodidacta, no se limitaban a actividades de temporada únicas. Los cueros y pieles para el invierno. Genciana y otras hierbas y raíces para el verano. Recibir, pesar en báscula antigua o romana de mano y, pagar en mano al interesado a precio fijo, los sacos de genciana en verde que llegaban a menudo al portalón casi cada día era, otra actividad básica que ponía en marcha todo un protocolo de actividades de modo inmediato.

Los sacos reciclados, para mí enormes, en los que todavía tenía impresa la marca de azúcar de importación, el Sr. Alberto, con la ayuda del propio vendedor, los acumulaba  en el Almacén- Taller de techo de uralita, a la espera de poner en marcha la cadena de tratamiento de la genciana, para que no se pudriera.

Las raíces de genciana verde, de mil formas distintas eran dispuestas en el patio de piedra extendidas para que se orearan, removiéndolas con un rastrillo de madera.

En cuanto perdían parte de la humedad, había que seccionar longitudinalmente, una por una, abriéndolas en dos pedazos y en trozos no mayores que una palma de la mano, con una navaja corta, pero con corte de navaja de afeitar. La habilidad en esta labor del Sr. Alberto a la hora de manejar la navaja, tipo bisturí, sin un simple rasguño, me dejaba con la boca abierta, cuando a las primeras de cambio, en mi supuesta labor de apoyo, debía de ser atendido a los efectos de curar los primeros cortes en mi pulgar derecho, haciendo uso del botiquín de urgencias que había en el Almacén-Taller.

Los trozos de genciana – procesados – había que subirlos en cedazos de mimbre y cubos de cinz a la solana del tejado de la casona y extenderlos dejando espacios libres para su secado, con el fin de que el calor de las lajas de pizarra, secara lentamente las raíces. Un par de veces había que removerlos con el rastrillo en el mismo tejado, hasta que quedaran duras como huesos, para antes de que el Sol se ocultara, poder devolverlos al patio de forma directa, barriéndolos directamente mediante un escobón de brezo seco.

Una vez limpio el tejado, quedaba dispuesto para la siguiente tanda de genciana guillotinada. En varias ocasiones, quien debió  de acceder al Tejado por el ventanuco de acceso interior era Fede, por ser menor, ágil y, cuyo peso no ponía en peligro las lajas de pizarra que lo cubrían.

La labor terminaba, cuando pala en mano, carretilla y cesto, había que  recoger y retirar del patio la tanda de genciana seca despeñada, depositándola en el Almacén, libre de alguna lluvia a destiempo, escarchas o rocíos mañaneros, que echaran a perder una mercancía tan laboriosamente trabajada, procedente de las Brañas cercanas, allá por Rabanal de Arriba, bordeando el Cuetonidio por la derecha. A esas Brañas, donde se accedía a pie, con los sacos y azadillo en mano, más los pertinentes bocadillos de tortilla y embutidos del San Martino.

Varias excursiones gencianeras de temporada, fueron también, como la prueba y enseñanza no programadas de que, cada cual, ha de responsabilizarse de su propia carga. Pedrosa “El Barrenista”, siempre cargaba con la suya: Un enorme saco de 50/60 kilos a las espaldas, desde la “Brañina” hasta la Cuesta de la Estación, donde había aparcado la bicicleta BH que había comprado a plazos, para poder llegar a la Casona de Alberto “El Pellejero”, con el saco cruzado en el cuadro de la misma, para pesarlo, y recibir el estipendio de: Tanto pesa el saco: Tanto te debo y te abono.

El saco de FEDE, por cierto,  también al hombro más de una vez, tuvo que ser aligerado sobre la marcha, dado que los propios cálculos sobre el peso posible a transportar camino abajo, resistencia propia y voluntad flexible, resultaban casi siempre, erróneos. La mirada enigmática de mi padre, sentado al lado de su carga, a la orilla del camino, observando en silencio, como reducía la carga propia de genciana, que yo había decidido previamente poder cargar, era una especie de sentencia premonitoria sobre el hecho de que, directamente, pudiera comprobar: que nadie hace lo que quiere, sino lo que puede. Por ello, nunca supe el peso concreto del contenido de mi modesto saco, porque, Pedrosa lo acumulaba al contenido del suyo a la llegada y, de cuyo pesaje final no se podía deducir la cantidad de  genciana transferida. Mi orgullo de colaborador necesario siempre quedó cuarteado. Para bien.

El Almacén-Taller de obra nueva, estaba situado a la parte sur del patio interior de la casona. Patio interior empedrado con lajas de piedra pulida por el uso, la lluvia y el trasiego diario de los que-haceres habituales, debió de ser levantado no hacía demasiado tiempo, sustituyendo al hórreo primigenio, que en otras casonas hermanas aún se mantiene, casi como si de fantasmas del pasado se tratara,  a fecha de hoy – 2020 – en Laciana.

El Sr. Alberto, nunca perdió la calma, al menos en mi presencia, mientras se desarrollaba el trabajo y en la vida diaria. Su paciencia a la hora de empacar la genciana seca en los sacos colgados de sendos tirantes de las vigas del techo – que eran de metal – agrandaba, al entender de Fede, la imagen de un señor, que remangado acomodaba golpe a golpe con un bastón de barra de cocina de los de latón, los trozos resecos de unas raíces que a paladas habían sido introducidas pacientemente en el saco hasta lograr su compactación.

Relleno y firme el mismo, dejaba libre como dos cuartas en la parte superior, a fin de – previo “amorcillamiento” – ser cosido a mano con aguja-curva e hilo bramante, dejando dos potentes orejeras, para poder  ser manejado con soltura, a los efectos de su carga y descarga, en el camión Pegaso, que a fin de temporada debía de transportarlos a determinados Laboratorios de Barcelona.

De vez en cuando, ayudaba en estas tareas, un hermano menor de la Sra. Lucila, que residía en Rioscuro, así como también, mi padre: Pedrosa “El Barrenista”, algunos domingos a la mañana, cuando era necesario.

De otro lado, en mis viajes de “niño de compañía” jamás escuché del Sr. Alberto, una palabra altisonante, ni un exabrupto adornado con expresiones de taberna de las más corrientes en la época entre menores y mayores, en sus tratos y compromisos. Tampoco, se veía a nadie a las puertas de la casona, de malos modos, recriminando algún trato fallido por acuerdos o compromisos no respetados.

El Sr. Alberto “EL Pellejero” de Villablino-Laciana, no fue un chatarrero. No trataba con materiales que sí se aceptaban a peso en otros servicios.

Nunca llegué a conocer sus querencias sociales ni actividad alguna de ámbito público de relumbrón en los medios pudientes locales.

Una reflexión final necesaria:

La relación temporal que la familia Pedrosa “El Barrenista” e Isabel “La Andaluza e hijos: Fede, Isabel, Luzdivina, Ramona…  con Alberto “El Pellejero”, su señora Lucila, y sus hijas Carmina y Pacita, entre los años 1955 y 1966, fue una relación circunstancial de una de tantas familias de la  emigración interior/itinerante, que recalaron en la posguerra empujadas por la necesidad, la falta de trabajo y de expectativas de vida en la cuenca minera del Valle de Laciana, sin más pasaporte que su fuerza de trabajo y la responsabilidad de alimentar y la de educar a la familia.

Relación temporal que ha transcendido en el tiempo, dejando en la memoria huellas de singular valor, que se sustancian en las experiencias recordadas, dando  fe, de que nada de lo sucedido acaece en balde, añadiendo, a la misma el valor que le corresponde a la familia del Sr. Alberto – El pellejero de Laciana.

Casa de Alberto el pellejero (Izda).

Casa de Alberto el pellejero (Izda).

Imagen de cabecera tomada de beneficioss.com

Autor: Fede García González

El ruido que vino (¿cuántos decibelios tiene una vaca?)

Moto de Octavio, el panadero de Vegarienza.

Moto LUBE de Octavio, el panadero de Vegarienza.

En muy pocos años y casi sin darnos cuenta nos hemos rodeado de ingenios que nos ayudan en casi todas las actividades de la vida, movidos por motores más o menos trepidantes que nos envuelven con su ruido en el trabajo, en casa e incluso en los momentos de ocio. Cada aparato nuevo es un ruido que incorporamos a nuestra vida. Somos capaces de pasar buena parte del día taladrándonos el cerebro con la música que inyectan los auriculares y luego nos desvivimos por lavadoras y aspiradores silenciosos pagando a precio de oro cada decibelio de menos. Andamos algo perdidos. Primero inventamos los ruidos y luego nos empeñamos en amordazarlos.

Yo en particular añoro el remanso sonoro que eran los pueblos omañeses de los años 50 del siglo veinte. Sería muy difícil calificar de ruido aquellos sonidos. Solo el trueno que en las tormentas reverberaba por los estrechos valles podía considerarse ruido. Ida la tormenta, todo eran sonidos de bajo nivel que informaban de los ritmos de la naturaleza, de los animales y de la actividad humana. Aunque algunas actividades exigían gran esfuerzo físico, si distabas unos cuantos metros del lugar era difícil oír el sonido que producían o simplemente eran imperceptibles, como abrir la tierra con el arado o segar el centeno y la yerba con hoz y guadaño. Incluso los golpetazos que se daban a las espigas de centeno con los piértigos para separar el grano, eran difíciles de oír a cien metros de la era. Solo los golpes de hacha cortando leña de roble en Valdegrisa o el martilleo del herrero eran audibles a unos cientos de metros y a mí su ritmo me resultaba relajante.

La mayor parte del tiempo reinaba el silencio interrumpido de tarde en tarde por la expresión sonora de las cuitas de algunos animales con gran capacidad pulmonar, como el rebuzno entrecortado e impaciente del burro al paso de una congénere que iba anunciando con sus efluvios que estaba dispuesta a tener descendencia o el mugido profundo de una vaca cuando la brisa le traía el olor de la jatina que esperaba en la cuadra. O el más dramático de todos allá por Noviembre, ya con frío franco y la Naturaleza al ralentí, cuando de las casas salían gruñidos desesperados que anunciaban que la vida regalada de un cochino estaba llegando a su fin a manos de una cuadrilla de pacíficos lugareños, armados de ganchos y cuchillos, decididos a convertirlo en arrobas de chorizos, morcillas y un sin fin de productos  que llenarían los varales de las cocinas viejas.

Algún verano el estallido seco de un disparo recorría el túnel verde que formaban los árboles del cauce del Omaña, sobresaltando aquel remanso sonoro. Inmediatamente lo relacionábamos con algún policía o guardia civil de vacaciones intentando pescar truchas de manera expeditiva.

Recuerdo siendo muy pequeño, cuando todavía vivían mis abuelos en Sosas del Cumbral, como me asustó el estruendo que producía una máquina desconocida. Unos hombres instalaron en la era un artefacto extraño con dos ruedas a los costados, que sujetaron firmemente al suelo con barras de hierro. Con una banda de cuero sin fin unieron una de sus ruedas a otra similar de una máquina con forma alargada distante ocho o diez metros. Uno de los hombres dio vueltas a una manivela hasta que la máquina arrancó a trompicones con un ruido enorme y la banda sin fin giró a toda velocidad ballesteando de forma amenazante. La máquina que hacía ruido era un motor monocilíndrico que parecía que en cualquier momento iba a salir dando saltos por la era. La otra máquina impulsada por la correa era la máquina de majar propiamente dicha, la desgranadora, donde un operario introducía transversalmente los haces de centeno que le acercaban ya desatados y cuya paja, ya sin el grano que se iba acumulando en un montoncito, salía disparada con ruido de ametralladora. Era capaz de tragarse toda la cosecha de una familia en un par de horas cuando por el procedimiento tradicional hubiera llevado una semana de golpear trabajosamente las espigas. En Vegarienza, en un solo día se ventilaba las facinas de Urbano, de tío Baldomino y de mi abuelo que compartían la misma era. Las máquinas pasaban de una era a otra y todos los que habían cosechado centeno venían a ayudar a la era en la que se majaba ese día.  Un trabajo en cadena perfectamente organizado que duraba diez o doce días cada Agosto y suponía un paréntesis estruendoso que se oía en todo el pueblo y tenía a los animales nerviosos. Indudablemente suponía un avance sobre el majado tradicional, pero trajo el riesgo de incendio por el manejo negligente de la gasolina y los peligrosos cigarrillos de tanto fumador como se reunía en cada maja. Yo vi cómo se quemaba en Sosas un pajar por culpa de la gasolina según dijeron y en Vegarienza el pajar de Nela a causa de un fumador descuidado. Era un ejemplo claro de que el progreso además de ruidoso podía entrañar peligro. Pero el proceso era imparable.

A la izquierda el motor que movía la majadora que desgranaba el centeno.

A la izquierda el motor que movía la majadora que desgranaba el centeno.

Cuando Octavio el panadero de Vegarienza se cansó de repartir por los pueblos las hogazas que cargaba en los serones del caballo, compró una moto LUBE a la que acopló los serones y que iba dejando por los caminos de tierra un olor a aceite quemado que se mezclaba con el de las boñigas frescas. Al poco decidió aliviar sus musculosos brazos, que tanto me impresionaban cuando yo era niño, y de la hasta entonces silenciosa panadería surgió el petardeo de un motor que amasaba por él. Como cada vez que los serones de la moto tropezaban con los piornos de la orilla del camino estaba a un tris de llevarse un revolcón, un buen día decidió comprar una furgoneta que le permitió llegar antes y más lejos repartiendo su pan de trigo que poco a poco iba desbancando a las tradicionales hogazas de centeno. En poco tiempo aquella panadería artesanal había entrado en la modernidad y donde antes se oía nítido el maullido del gato que tenía los sacos de harina a salvo  los ratones, ahora obligaba a preguntar a gritos a Octavio si ya estaba la empanada que había encargado mi abuela.

Tras Octavio, Angelín se compró un Land Rover con el que traía las lecheras de los pueblos y transportaba terneros y gente al mercado de ganado. Algunos como el primo Julio empezaron a regar las patatas con bombas de gasolina y hartos de los lumbagos que producía segar los prados a guadaño, empezaron a hacerlo con un triciclo motorizado. Sandalio el de El Castillo dejó de repartir los pellejos de vino a lomos de caballo y también se compró una camioneta. Los afiladores, eternos peripatéticos, seguían avisando a la clientela con su chiflo de toda la vida pero acoplaron la piedra de afilar a la rueda trasera de una moto y en un solo día podían afilar los cuchillos de todo El Valle Gordo que antes les tomaba una semana. Los caminos cada vez olían menos a boñiga y más a tubo de escape y los caminantes tuvieron que arrimarse más que nunca a la cuneta, acoquinados por aquella invasión de artefactos rodantes y ruidosos conducidos por apresurados comerciantes que antes hacían los mismos recorridos dejando el ramal suelto a los caballos, que sabían de memoria por dónde ir mientras sus jinetes medio dormitaban entre pueblo y pueblo. Hasta los curas empezaron a comprarse motos para poder decir misa los domingos en todos los pueblos que les había asignado el obispo. Poco a poco el ruido y la polución iban ganando la batalla a los caminantes, que con su andar cuidadoso ni siquiera removían el polvo del camino y ahora tenían que taparse la boca con el pañuelo cada vez que se cruzaban con aquellos vendedores y predicadores motorizados que levantaban tales polvaredas que no dejaban ver el camino. El progreso había llegado y con él el inevitable ruido. Siempre hay un precio que pagar.

Si me preguntasen cuántos decibelios tiene una vaca omañesa, no sabría contestar y hasta sería difícil hoy encontrar una vaca omañesa autentica para medir la intensidad de su mugido. Porque al poco que los afiladores se motorizaron, cada uno de nosotros volvíamos ufanos al pueblo en verano montados en nuestro propio ruido rodante y seguramente servimos de acicate a algún lugareño para que se marchara del pueblo a ganarse su propio ruido. Y así siguieron las cosas hasta que Omaña se quedó casi vacía de gentes, de proyectos de vida y hasta de vacas. Hoy en Vegarienza casi no hay ruido de ningún tipo. Hasta que un loco atraviesa el pueblo a todo gas, los altavoces retumbando, como si lo único importante fuera meter ruido y tener prisa aunque el motivo sea tomar una copa con amigos unos kilómetros más allá.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: verpueblos.com (La Magdalena), lenguajesculturales.files.wordpress.com

Noviembre de 2020

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada