Los negocios del alma (la obsesión de Lucas de la Calzada)

El juicio de un alma. Óleo de Mateo Cerezo. Museo del Prado (1).

Mi abuelo Emilio de la Calzada murió como vivió. Murió en 1964 en la iglesia de Vegarienza al poco de comulgar. Era de convicciones religiosas muy profundas que probablemente influyeron en su mujer, Honorina, y que ambos transmitieron a sus hijos. Mi abuela Honorina concebía la vida como el valle de lágrimas que a fuerza de sacrificio y oraciones la conducirían un día a un Juicio Final exitoso. Con una apariencia física endeble, trabajaba sin descanso de sol a sol tanto en casa como en el campo y aceptaba las dificultades y desgracias con frases tajantes como “Todo sea por Dios y nada más” o avisaba de su aceptación de la dureza del tránsito terrenal suplicando “Que Dios nos mande lo que podamos soportar“. No creo que se pueda sintetizar más acertadamente su concepto vital de que el trabajo y sacrificio, junto con la oración, eran el camino que la conducirían a la salvación eterna (ver Mi abuela Honorina).

Yo conviví mucho con mi abuelo Emilio hasta el punto que fui su acompañante como lazarillo que iba delante de las vacas cuando araba las tierras o ayudante-aprendiz en todo tipo de tareas en el campo. Él me enseñó a ayudar a misa y me introdujo como monaguillo de don Abundio y yo sabía que la oración jugaba un papel importante en su vida pues el tiempo que viví con los abuelos en Vegarienza, tendría siete u ocho años, dormía en su habitación en la misma cama que mi abuelo y no había día que al primer rayo de luz que entraba por el balcón no dedicáramos un rato a la oración (ver Mi vida con los abuelos) y el día nunca terminaba sin el correspondiente Rosario. Si el mediodía nos cogía arando, el abuelo detenía las vacas y, despojándose respetuosamente de la boina, rezaba el Ángelus. El resto del día lo dedicaba a trabajar y a preparar los aperos necesarios para el trabajo del día siguiente. Un hombre recto y muy trabajador que hacía tres breves paréntesis cada día para atender a sus convicciones religiosas.

Yo había vivido este ambiente desde siempre y me parecía todo tan normal que me causó gran desazón oír un día a mis espaldas, creo recordar que fue en el coro de la iglesia de Vegarienza, que alguien del pueblo decía con tono que me pareció despectivo que mi abuelo era un meapilas. Me trastocó el comentario porque yo entendía que mi abuelo empleara algo de su tiempo, que otros gastaban en la cantina, acorde a sus creencias.

No obstante, el comentario hizo que me preguntara algunas veces si era mucha o poca la preocupación de mi abuelo por lo que pasaría a su muerte. Yo sabía que en su familia hubo quien se dedicó profesionalmente a los negocios del alma pues conocí a su hermano Federico, fraile digamos que normal y poco dado a perseguir a los espíritus tibios (ver El tío fraile), y un tío suyo fue cura en Sosas del Cumbral. Nada extraordinario que me justificara su religiosidad, por lo que persistía la duda de si mi abuelo exageraba con sus rezos.

Recientemente ha caído en mis manos un documento que puede consultarse en el Archivo Diocesano de León (2). Trata de la fundación por un antepasado de mi abuelo de la Capellanía de San Pedro Apóstol del pueblo de Bercianos del Real Camino, en pleno Páramo leonés, con la finalidad de que “cada año, perpetuamente, para siempre jamás” hubiera alguien que rezara por la salvación de su alma. Que en su familia hubiera hacía más de 200 años alguien con esta obsesión por la salvación eterna, quizá diera alguna pista del por qué del acendrado espíritu religioso de mi abuelo.

Está documentado (3) que su antepasado Lucas de la Calzada, era allá por 1735 cura del pueblo de Bercianos del Real Camino, fecha en la que

El escultor Pedro de Valladolid firma con el cura de la Iglesia De San Pedro de Bercianos del Páramo, don Lucas de la Calzada, y con Bernabé García, mayordomo, escritura para realizar el retablo, por 7.000 rs. Consta de: banco, cuerpo único, ático semicircular y tres calles, predominando el relieve escultórico. Por falta de medios económicos, nunca llegó a dorarse”.

Preocupado por la salvación de su alma, en 1748 fundó una capellanía con la advocación de San Pedro Apóstol y la finalidad de que “cada año, perpetuamente, para siempre jamás”, en las fechas señaladas de San Pedro Apóstol, Jueves Santo y Navidad se dijeran misas cantadas en el altar de San Pedro Apóstol, determinando que

por la limosna de estas, señalo cinco reales cada una … con obligación de cantar un responso sobre la sepultura presbiteral acabada cada una de las misas por su alma, la de sus padres, obligaciones y las del purgatorio“.

Seguramente el cura Lucas, conocedor de los intríngulis de la Eternidad, pensaba a menudo estar en el mismo trance que la criatura que pintó Mateo Cerezo, ser juzgado por el Sumo Hacedor y en ese momento quería estar respaldado por una eternidad de rezos que permitieran la intercesión de la Virgen y otros santos mediadores.

Para asegurarse de que su voluntad se cumplía, dota a la fundación con 16.870 reales en

viñas, suertes, tierras, trigales, centenales, ferreñales y vasijas”.

No solo se preocupa de la viabilidad económica del encargo sino de que el asunto quede en buenas manos, para lo que nombra como primer capellán que le rezara a gente de su confianza:

el Lzdo. Dn. Lucas de la Calzada mi sobrino carnal

y para asegurarse que siempre haya un capellán que diga la misa y los responsos, nombra y da autoridad sobre todo el proceso también a personas de su confianza:

como patrono único y presentero ….. a mi hermano Manuel de la Calzada quien es al presente vecino del lugar de Posada…… y por muerte de mí dicho hermano es mi voluntad suceda su hijo Felipe de la Calzada y después su hijo mayor, prefiriendo al varón a la hembra en dicha presentación y así los demás sucesores por la línea de los Calzadas y extinguida esta línea suceda por la línea de los Garcías descendientes de Santos García y Maria Rubio mis abuelos vecinos del lugar de Fasgar, y extinguida esta suceda ……”.

Tan exhaustiva es la descripción de quien será el presentero (4) que debe nombrar capellán cuando la sede quede vacante, que creo refleja la extrema preocupación por su salvación. No vaya a ser que el cura Lucas de la Calzada, por algún que otro pecadillo, esté confinado en el Purgatorio y por falta de misas y responsos se quede allí por los siglos de los siglos.

Tal era su preocupación, que no se fía de que las extirpes de la Calzada y García duren por siempre jamás y extiende la capacidad de ser presentero a todos los curas de Posada:

y extinguida esta suceda dicha presentación única en el cura o Vicario interino que fuere de la parroquia de San Pedro, de dicho lugar de Posada

Y para más asegurarse los rezos por su alma, afloja la exigencia de que los capellanes sean de la familia de la Calzada hasta el cuarto grado y le vale cualquier propincuo (5) e incluso podrá serlo el estudiante más pobre de todos los pueblos del Valle Gordo,

y que dicho patrono, o sus sucesores tengan obligación de apresentar en el pariente mas propincuo, dentro del cuarto grado y este pasado, de las dichas líneas, el patrono, pueda apresentar al pariente que le pareciere, sin excepción alguna y sino hubiera pariente, dicho patrono y sucesores puedan presentar, en quien quisieren y que dicho cura o Vicario deban de apresentar en el estudiante mas pobre de los lugares que hay de Barrio a Fasgar, siendo hijo de vecino de dicho lugar.

El cura Lucas no daba puntada sin hilo y para que la economía de la capellanía, de la que es responsable cada capellán nombrado, fuera sólida y alcanzara el “por siempre jamás”, establece que

dicho Capellán nombrado como los que le sucedieren tengan obligación siempre y todos los años a tener la hacienda bien labrada, de las labores necesarias y cercas de huertas, de manera que vaya en aumento y no venga en disminución y si el Capellán no lo hiciere el Patrono ….

Como se refleja en el documento del Archivo Diocesano, fueron patronos presenteros desde su hermano Manuel de la Calzada y sus descendientes hasta, al menos, Julián de la Calzada. Es decir, durante no menos de cinco generaciones en la familia de la Calzada siempre hubo alguien obligado a estar pendiente de la salvación del alma del cura Lucas de la Calzada. De que siempre hubiera un capellán que en los días señalados le cantara misa y rezara el correspondiente responso.

Qué enorme responsabilidad la de los sucesivos patronos-presenteros al sentirse imprescindibles en el devenir del alma de su pariente muerto. Me imagino la angustia de aquel presentero que dudara de si habría nombrado un capellán descreído o poco cumplidor de sus obligaciones para con el alma del cura Lucas de la Calzada y, por tanto, sentirse culpable de que no llegara suficientemente rezado al día del Juicio Final. O que pensara que estaba más pendiente de sus propios asuntos en Posada y no haber sido suficientemente diligente en vigilar que los capellanes nombrados mantuvieran y acrecentaran las posesiones de la capellanía, de cuyas rentas salían los dineros para el pago de tanto rezo. Pues ya se sabe que sin reales no hay responso.

Muchos años con la obligación de ser responsables de la salvación de alma ajena. Demasiado tiempo pensando en lo importante que era el rezo para que Lucas de la Calzada se asegurase la otra vida, que era imposible permanecer impertérrito y no aplicarse el cuento al alma propia. Más aun estando, como era el caso, inmersos durante siglos en una cultura religiosa que promovía el sacrificio y la oración como vía para salvar la propia alma. Seguramente mi abuelo vivió esta preocupación familiar por la salvación de los muertos y quizá contribuyó a forjar su sentido religioso de la vida.

Meapilas: “persona que muestra una devoción religiosa exagerada o hipócrita, santurrón”. Pues no, ni hablar. Creo que es un término mal aplicado a mi abuelo que era un hombre de convicciones. Se podrá discutir si hay un Más Allá o no, si sirve de algo rezar. Pero al que lo hace por convicción y no emplea medio segundo en imponer sus ideas y hábitos religiosos a los demás, respeto. Mi abuelo segaba con guadaño y preparaba las tierras con arado romano, como lo habían hecho sus antepasados desde siglos. También rezaba y creía en lo mismo que ellos, sin alardear y convencido que eso era obrar con rectitud, porque él era un hombre recto, un hombre bueno y honesto. Dejemos rezar a quien lo necesita para dar sentido a su vida.

Y volviendo a Lucas de la Calzada, no sé quién le habrá rezado estos últimos años, porque nunca oí en casa de mis abuelos que su primogénito, el tío Aecio, fuera el presentero con mando en la capellanía de San Pedro Apóstol. No sé si la estrategia de salvación del cura Lucas, que tanto se esforzó en dejar tan bien atada, habrá superado las vicisitudes de la historia. A mí, que soy el nieto mayor pero ya un de la Calzada de segundo apellido, nadie me planteó ser presentero. Si fuiste un gran pecador, Lucas de la Calzada, me temo lo peor. Salvo que ya estés en el Cielo, a cubierto de misas no cantadas y responsos no rezados. Amén.

El documento fundacional se puede ver en Capellanía de Bercianos del Real Camino.

Fuentes consultadas
(1) “..el Salvador como Juez, en el momento de tomar una decisión, y la Virgen, que ha intercedido ante su Hijo por el mortal…el alma juzgada, encarnada por un joven semidesnudo arrodillado que mira hacia arriba de forma suplicante…”, (MUSEO DEL PRADO 200 AÑOS).
(2) EL PÁRAMO LEONÉS. Síntesis geográfico-histórico-costumbrista de sus pueblos, de Francisco Rodríguez Juan. Página 206.
(3) El documento fundacional de la capellanía se halla en el Archivo Diocesano Leonés en la sección Fondo Beneficial, pueblo Bercianos del Real Camino, Capellanía de San Pedro.
(4) Presentero: presentador para prebenda de los privilegios, beneficios o derechos eclesiásticos, muy común en el sentido religioso más en todo para las dignidades como el obispo o presbítero (definiciona.com).
(5) Propincuo: allegado, cercano, próximo (RAE)

Agradecimientos: A María Inés López de la Calzada que puso al autor sobre la pista de la capellanía y le facilitó la transcripción del documento fundacional.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de 4.bp.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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Capellanía de Bercianos del Real Camino (un cura temeroso de Dios)

Iglesia de Bercianos del Real Camino.

El Barroco llega hasta finales del siglo XVIII y además de sus singularidades artísticas se caracterizó por ser una época de una religiosidad extrema, seguramente por contraposición a la reforma luterana. Hasta guerras de religión hubo.

Sin duda Lucas de la Calzada, oriundo de Posada de Omaña y cura en Bercianos del Real Camino en pleno Páramo leonés, era un hombre del Barroco. Atenazado por la angustia de la salvación de su alma, funda la Capellanía (1) de San Pedro Apóstol con el único propósito de que “por siempre jamás”, es decir hasta el mismo día del Juicio Final, hubiera un capellán cantando misas y rezando responsos por su alma. O había sido un gran pecador o pensaba que no había sido suficientemente piadoso y rezador.

El documento fundacional se puede consultar en el Archivo Diocesano Leonés en la sección Fondo Beneficial, pueblo Bercianos del Real Camino, Capellanía de San Pedro. Es probablemente el documento más antiguo que hace referencia a la familia de la Calzada.

Lo que sigue es una transcripción del documento fundacional:

CAPELLANIA BERCIANOS DEL REAL CAMINO

In Dei nomine Amen. Notorio y manifiesto sea a los que el presente vieren, el publico instrumento de fundación de Capellania eclesiástica colativa como en el lugar de San Pedro de Bercianos a siete días del mes de junio de mil setecientos y cuarenta y ocho pareció presente Dn. Lucas de la Calzada, cura propio de la parroquia de dicho lugar, ante mi el presente notario apostólico y testigos y dijo que a honra y gloria de Dios Ntro. Señor y de su bendita Madre Maria santísima y para sufragio de las benditas animas del purgatorio y aumento del Divino culto ha intentado fundar como de hecho (con el beneplácito del Ilmo. Sr. Obispo de este Obispado de León y de su discreto Provisor) funda una Capellania colativa con la advocación de Ntro. Padre San Pedro Apóstol que se sirva en la Iglesia parroquial de este dicho lugar de San pedro de Bercianos por el capellán que lo fuere y en defecto, que el capellán no pueda cumplir por si, por cualquier ausencia o impedimento que tenga, se cumpla por el cura o Vicario de dicha parroquia, que serán tres misas cantadas y una rezada, la primera de las cantadas el día de San Pedro Apóstol, o en su infla octana, la segunda el Jueves Santo, y la tercera el día de la Navidad del Sr. y por la limosna de estas, señalo cinco reales cada una, con obligación de cantar un responso sobre la sepultura presbiteral acabada cada una de dichas misas por su alma, la de sus padres, obligaciones y las del purgatorio, la cuarta que ha de ser rezada con su responso cantado y aplicada en la forma arriba dicha y se haya de dar por su limosna tres reales, sin que en tiempo alguno, se pueda obligar al capellán que fuere a residir, ni a cumplir dichas misas sino quisiere, sino que se cumplan por dicho cura o Vicario que fueren, en el altar de San Pedro apóstol en cada un año, perpetuamente, para siempre jamás, y para dicha fundación agrega y subroga los bienes de viñas y tierras siguientes:

–          Sigue la relación de ‘fincas. Valor 16.870 reales.

Las cuales dichas heredades de viñas, suertes, tierras, trigales, centenales, ferreñales y vasijas, como van especificadas y declaradas agrego y hago donación a la capellanía desde ahora y para siempre jamás y cuando sea el beneplácito del Ilmo. Sr. Obispo de la Ciudad de León y su obispado y de su decreto Provisor a quines encarecidamente suplico por la honra y gloria de Dios y a bien de las benditas animas se sirva mandar erigir dicha Capellada , colativa, haciendo sus bienes espirituales pues me aparto de la propiedad, uso y dominio que a ellos he tenido y tengo y juro ( si es necesario) in verbo sacerdotis todos los bienes expresados están libres de todo fuero, censo, tributo, aniversario y de otra carga espiritual que no la

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tienen y me desisto y aparto de la propiedad, señorío y de otras acciones reales y personales y titulo, voz y recurso que me pertenezcan y puedan pertenecer, pues todo ello lo cedo, renuncio, traspaso a la dicha Capellania y en el Lzdº. Dn. Lucas de la Calzada mi sobrino carnal a quien nombro por mi primero Capellán para que a titulo de dicha Capellania ascendiendo desde la primera tonsura, ordenes menores y mayores, reservando el derecho de la obtención a mi persona si por cualquier accidente o fracaso se diese vacante, viviendo yo, y asimismo nombro por patrono y único presentero (2), y que es mi voluntad que dicha capellania no tenga mas voz y apresentacion que una en tiempo alguno y después de mi vida dejo y nombro por único presentero solus et insolidum a mi hermano Manuel de la Calzada quien es al presente vecino del lugar de Posada, concejo de los Cilleros, y por muerte de dicho mi hermano es mi voluntad suceda su hijo Felipe de la Calzada y después su hijo mayor, prefiriendo el varón a la hembra en dicha presentación y así los demás sucesores por la línea de los Calzadas y extinguida esta línea suceda por la línea de los Garcías descendientes de Santos García y Maria Rubio mis abuelos vecinos del lugar de Fasgar, y extinguida esta suceda dicha presentación única en el cura o Vicario interino que fuere de la parroquia de San Pedro, de dicho lugar de Posada y que dicho patrono, o sus sucesores tengan obligación de apresentar en el pariente mas propincuo (3), dentro del cuarto grado y este pasado, de las dichas líneas, el patrono, pueda apresentar al pariente que le pareciere, sin excepción alguna y sino hubiera pariente, dicho patrono y sucesores puedan presentar, en quien quisieren y que dicho cura o Vicario deban de apresentar en el estudiante mas pobre de los lugares que hay de Barrio a Fasgar, siendo hijo de vecino de dicho lugar. Item es condición que cualquier capellán que fuese pariente del presentero por las dichas líneas hasta el referido cuarto grado pueda por una vez hasta el referido cuarto grado permutar por algún beneficio u otra cualquiera renta que le tenga conveniencia y dicho patrono este obligado a darle su asenso a dicho Capellán pariente suyo por la dicha sola vez. ltem que el Capellán que fuese teniendo renta de cien ducados y habiendo estudiante pariente en la forma arriba dicha tenga obligación a cederla y dicha Capellania se entienda vacante y el Patrono que fuese use de su derecho. ltem que aso dicho Capellán nombrado como los que le sucedieren tengan obligación siempre y todos los años a tener la hacienda bien labrada, de las labores necesarias y cercas de huertas, de manera que vaya en aumento y no venga en disminución y si el Capellán no lo hiciere el Patrono lo puede mandar hacer a cuenta de las rentas y frutos depositándolos por embargo, precediendo requerimiento por ante escribano a dicho Capellán gastando de la renta hasta hacer sus reparos.

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Item que por razón de peso, yo Dn. Lucas e la Calzada cura de esta parroquia como fundador de esta Capellania me obligo a dar y hacer buenos a la Iglesia de este lugar, a sus mayordomos en su nombre doce reales de vellón de réditos en cada un año, luego que esta Capellania sea erigida, réditos de cuatrocientos reales de vellón, los que prometo entregar y en mi defecto quiero sean a ello obligados mis herederos. Item es condición que dicho capellán y sucesores tengan obligación de apear y deslindar dichas heredades de viñas, huertas y tierras, de diez en diez años, según el sínodo de este Obispado de León. Item suplico a su Ilma. a su discreto Provisor o provisores Generales, sede Vacantes, a quienes tocar hace la colación de dicha Capellanía que hayan por admitido y nombrado por tal capellán de ella a dicho mi sobrino Dn. Lucas de la Calzada, natural del dicho lugar de Posada y los demás que le sucedieren mandando hacer titulo y colación canónica in titulacion, con rendimiento de frutos, en forma, e .. , erija por bienes espirituales la hacienda expresada en dicha capellania interponiendo su autoridad para hacerla colativa. Otro si juro a Dios Ntro. Señor y a una señal de la Cruz en forma y como en mi estado y persona se requiere que para hacer esta Capellania de los bienes expresados, los que declaro por míos propios, sin perjudicar en ello a persona alguna, no ha intervenido interviene ni espera intervenir simonía, …. , ni otro ilícito pacto, en derecho reprobado y por cumplir todo lo que va dicho, sin falta alguna, aunque se alegue engaño por que yo enuncio obligo mi persona y bienes muebles y raíces habidos y por haber y doy poder cumplido a las Justicias y Jueces de su Santidad de mi fuero competentes par que me lo hagan cumplir, recibolo como dicho es por fuerza de Sentencia definitiva , de Juez competente, pasada en autoridad de cosa juzgada, renuncio todas las Leyes, Fueros y derechos que son y hablan en mi favor, con la General del derecho, en forma, y así lo otorgo ante el presente notario Apostólico y testigos que lo fueron, Domingo Francisco, Merino y Justicia Ordinaria del barrio de Cacabs., concejo de este lugar de San Pedro, Matías Francisco y Andrés Casado, regidor y Justicia ordinaria y vecinos de este dicho lugar de San Pedro a quiénes iba declarado el valor de la venta y renta de las expresadas posesiones según sus sitios y calidades reputando por un quinquenio para su renta, año estéril, con abundante, firmelo y de los testigo el que supo, en dicho lugar de San Pedro de Bercianos, a ocio días del mes de junio de mil setecientos y cuarenta y ocho, yo el notario en fe de ello. D. Lucas de la Calzada. Domingo Francisco. Matías Francisco. Ante mi. D. Francisco Martínez.

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Don Lucas de la Calzada (hijo de Manuel de la Calzada y de Maria Rubio), sobrino del fundador, bautizado en Posada el dia 13 de septiembre de 1719. Se casó Torrecillo con Catalina de la Peña. Quedó vacante la capellanía.

Pidió la capellania Antonio de la Calzada, hijo de Felipe de la Calzada, nacido en Posada el 11 de septiembre de 1745.

Felipe Santiago de la Calzada (hijo de Manuel de la Calzada y de Maria Rubio), bautizado en Posada el 8 de mayo de 1717 (Padrinos, Lucas dde la calzada, su abuelo, y Teresa de la Calzada). Casó con Maria Antonia Calzón (hija de Pedro Calzón y de Ana Melcón).

Luego se presenta a D. Gaspar Manuel de la Calzada, hijo de Felipe de la Calzada, nacido en Posada el 4 de enero de 1753.

Lucas Antonio de la Calzada, nació en Posada el 11 de septiembre de 1745 (Hijo de Felipe Santiago de la Calzada y de Maria Antonia Calzon. Caso en Marzan el dia 25 de junio de 1767 con Mariana Suárez (hija de Santos Suárez y de Maria Bardón, vecinos de Marzán ).

Valentín de la Calzada, nació en Posada el 14 de de febrero de 1769. Casó en Alcoba de la Ribera, el 27 de julio de 1794, con Teresa Rubio (hija de Francisco Rubio y Victoria Álvarez, vecinos de Marzan).

Julián de la Calzada, nació en Alcoba de la Ribera, el 14 de febrero de 1795 (hijo de Valentín de la Calzada y de Teresa Rubio). Casó en Vegapujin el 14 de julio de 1813 con Teresa Femández, natural de Vegapujin (hija de Manuel Femández, de Vegapujin y de Manuela Rubio, de Torrecillo).

Gaspar de la Calzada, nació en Posada, el 27 de octubre de 1814 (Hijo de Julián de la Calzada y de Teresa Femández). Su padre, como patrono, solicita para él la capellanía en 1831.

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Su obsesión por dejar el asunto de su salvación bien atado, encomendó a gente de su propia familia el control de la capellanía. Es por lo que el propio documento fundacional incluye el nombramiento de un sobrino carnal del fundador como primer capellán y de un hermano suyo como primer patrono de la capellanía. En la última página se relacionan otros nombres de capellanes y patronos, todos de la familia, lo que ha permitido conocer el nombre de varios antepasados de la Calzada.

Fuentes consultadas:
(1) Capellanía: Fundación en la que ciertos bienes quedan sujetos al cumplimiento de misas y otras cargas pías. (RAE)
(2) Presentero: presentador para prebenda de los privilegios, beneficios o derechos eclesiásticos, muy común en el sentido religioso más en todo para las dignidades como el obispo o presbítero (definiciona.com).
(3) Propincuo: allegado, cercano, próximo (RAE)

Agradecimientos: A María Inés López de la Calzada que puso al autor sobre la pista de la capellanía y le facilitó la transcripción del documento fundacional.

Imagen tomada de bercianosrc.es

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La cocina de tía Blanca (¿tíos o primos?)

El Cielo siempre presente. Sacrificio, oración y la bula protectora.

Cuando murió la bisabuela Ana, los hijos se plantearon vender la casa de Vegarienza. Entonces mis abuelos Emilio y Honorina vivían en Sosas del Cumbral y como él ya estaba jubilado, había sido maestro del pueblo durante toda su vida, creyeron que era la ocasión de acercarse a la carretera que era sinónimo de “acercarse a la civilización” y decidieron comprar la casa de Bernardino y Ana, padres de la abuela Honorina.

Es una casa de tres plantas al pie de la carretera con diez u once habitaciones, varias estancias de uso diverso, dos cocinas, amplias cuadras y pajar y lo que llamábamos “cocina vieja” o cocina tradicional en la que se hacía fuego en el suelo y los cacharros de los guisos se colocaban sobre trébedes o colgados en las pregancias, en una esquina había un horno de gran tamaño para cocer el pan, maseras donde se amasaba harina de centeno para hacer las hogazas y del techo colgaban los varales ennegrecidos donde se ponía la matanza a curar al humo y al frío.

En el momento de la venta de la casa vivía en ella la familia de tío Baldomino y tía Blanca, que estaban pendientes de edificar su casa al lado de la de Ulpiano a escasos metros del cauce del río Baltaín. Se acordó que seguirían viviendo en la casa familiar hasta que la suya estuviera construida.

En esa época estoy seguro que era la casa más bulliciosa de toda Omaña. Donde tía Blanca eran doce o trece personas, tres donde mis abuelos y en verano nos incorporábamos siete u ocho de mi familia y cinco o seis de la tía Honorina a los que se añadía alguna persona más de las familias de mis otros tíos. La casa era grande, pero era inevitable que el follón discurriera de forma habitual por pasillos y estancias, el amplio corral y la huerta aledaña a los ríos Baltaín y Omaña.

Las vacas de mis abuelos y las de tío Baldomino convivían en la misma cuadra, las gallinas de ambas familias escarbaban juntas en el corral, ponían huevos por doquier y probablemente compartían nidos, cuestión no menor y fuente de algún conflicto. Las personas nos entrecruzábamos durante todo el día por todas partes, pero cada uno sabíamos a qué cocina acudir a la hora de comer. En la planta baja los de tía Blanca y en la de en medio toda la patulea que descendía de mis abuelos.

La gente menuda jugábamos en lo que había sido la tienda, que ocupaba media planta baja y que conocíamos con el nombre de Despacho. Aún conservaba las estanterías donde se almacenaba la mercancía a la venta, una gran caja de caudales cuya combinación insistíamos en descubrir sin éxito, un molinillo de café y diversos achiperres habituales en todo comercio. Era tan espacioso que hasta andábamos en bicicleta por allí los días de lluvia. Además de jugar también discutíamos tonterías, una de las más notables era si los de tía Blanca eran tíos nuestros, lo que suponía un cierto grado de superioridad por su parte, o eran primos. En realidad eran primos de mi madre, pero la edad de los más pequeños era similar a la nuestra y de ahí surgía la camaradería y el trato de primos.

La otra mitad de la planta la ocupaba la cocina de tía Blanca. En la pared que daba al corral estaban la cocina de leña y el fregadero de piedra que desaguaba directamente a los rosales del corral y dos o tres alacenas que cubrían el resto del frente. A lo largo de la otra pared estaba el escaño y, en medio, la mesa cubierta con un hule a cuadros rodeada de más bancas y sillas.

Algunos días, no recuerdo si el motivo era que no estaba en el pueblo el cura don Abundio, a la caída de la noche cuando ya se había ordeñado las vacas y recogido las ovejas, en la cocina de tía Blanca rezábamos el Rosario todos los habitantes de la casa. Mis abuelos, la tía Blanca y tío Baldomino sentados en el escaño según correspondía a su dignidad, el resto de personas mayores ocupaban las sillas y las bancas con alguno de los más pequeños sentados en su regazo y los demás sentados dónde podíamos o simplemente recostados en la pared. La cocina era grande pero nosotros éramos demasiados y algunos seguían el rezo en el escalón que daba al Despacho o en la otra puerta de la cocina que daba al corral, dos espacios que favorecían un cierto relajo en el seguimiento del rezo.

Del techo colgaba una bombilla que, en vez de iluminar, parecía irradiar la penumbra que se adueñaba de la cocina a medida que oscurecía. Casi todo el agua del río se empleaba en regar los prados y al generador de la sierra llegaba un hilillo que producía una corriente eléctrica muy débil que ascendía trabajosamente hacia las casas por cables de hierro atados a los postes por las jícaras de porcelana, algunas de ellas rotas de nuestras pedradas y por donde se debía perder una buena parte del fluido de forma que el sobrante apenas enrojecía los filamentos de las bombillas. La mortecina luz fluctuaba según en las otras casas del pueblo se encendían o apagaban las bombillas y era frecuente el apagón total, por lo que siempre había que tener a mano un farol de aceite o el candil de carburo.

Era una escena en penumbra intensa que favorecía el recogimiento necesario para el rezo y donde las caras eran manchurrones de sombra, pero todos sabíamos dónde estaba cada cual por la voz con que contestaban al rezo. La inconfundible voz profunda y rezadora de mi abuelo, que solía dirigir el rezo, iba desgranando las avemarías de los cinco misterios que tocaban ese día ayudándose de las cuentas de un rosario para desembocar en la letanía en latín que daba paso a oraciones y jaculatorias diversas. Los demás contestábamos al unísono lo que correspondía a la cansina entrada, cinco veces diez avemarías, que nos daba mi abuelo.

Creo que en la cocina había varios grupos de orantes. Mis abuelos y algunas de sus hijas para los que cada avemaría les acercaba un paso más al cielo prometido tras el tránsito por el valle de lágrimas, que realmente interiorizaban el rezo y sus voces parecían un poco compungidas como pidiendo perdón por no ser más buenos. El resto de adultos creo que también compartían la convicción de que algún día su paso por la vida sería enjuiciado y más valía llegar a ese momento bien rezados. Parte de la chiquillería estaba pendiente de la mecánica del rezo para no equivocarse y seguir respondiendo Miserere nobis cuando ya había que decir Ora pro novis, lo que seguro le valdría un pescozón del adulto más próximo. El resto de los menores que aún no habíamos sido penetrados por la inquietud de la vida trascendente, estábamos impacientes por que acabara aquel rezo repetitivo, que había creado un cierto callo de indiferencia en nuestro cerebro a fuerza de no entender, Rosario tras Rosario, alguno de los pasajes como “venga a nos el tu reino” o “Llena eres de gracia el Señor es contigo”, y poder reanudar los juegos con los primos antes de que nos mandaran a la cama. Por último había algunos que se habían levantado al alba para trabajar en el campo y estaban tan molidos que la trascendencia del momento no impedía súbitas cabezadas de las que salía sobresaltados gracias al codazo de sus vecinos de rezo.

Cuando mi abuelo comenzaba su oración preferida,

Por todos los caminantes y navegantes del mar y de la tierra

Por los moribundos y agonizantes del día y de la noche

Y para que Dios nos libre de muerte repentina y males desconocidos ……..

era la señal de que el rezo terminaba y unos salían del trance religioso, otros del duermevela y otros salíamos pitando a retomar los juegos interrumpidos que era lo que realmente nos hacía felices. Eso sí, todos con precaución de no tropezar con tanto obstáculo mal perfilado por la escasa luz de las dispersas bombillas y los mayores ayudándose de algún farol o palmatoria que facilitaban el trasiego hacia las últimas tareas o a las habitaciones, con prisa para reponer fuerzas porque amanecería pronto.

Cuando los de tía Blanca se fueron a vivir a su casa, aquella cocina apenas se usaba. Se convirtió en zona de paso hacia el corral y de almacén para los cacharros con los que se trajinaba en las cuadras y en la huerta. Alguna vez se encendía la cocina para hacer una fisuelada con su correspondiente chocolate o las rosquillas de tía Pili, pero dejó de ser escenario de la vida intensa y rezos multitudinarios de antes. En el Despacho ya no se jugaba y desaparecieron las frecuentes discusiones bizantinas sobre si tíos o sobrinos y si tal o cual cosa era mejor que la de la otra familia.

Se dividió la cuadra con un muro que separó a ambos lados las vacas de cada familia. Las gallinas de tía Blanca pasaron a picotear en las peñas y a la orilla del Baltaín y los buscadores de nidos ya nunca tuvimos duda de si los huevos encontrados eran de nuestras gallinas o ajenos. Los rezos tenían lugar en nuestra cocina donde casi todos teníamos acomodo, pero ya no había las miradas cómplices entre primos-tíos que anunciaban la intención de retomar el juego tras el rosario.

Resumiendo, se ganó en orden pero en aquella casa hubo menos vida, menos roce. Seguimos viéndonos con los de tía Blanca a diario, en el río a la hora del baño, intercambiando libros y confidencias o pastoreando las vacas (ver Las llamas de Castriello), pero faltaba el roce continuo de antaño. Aquellos tíos con los que nos relacionábamos como si fueran primos, pero no aceptando su pretendida prevalencia de edad. Dos generaciones distintas que compartimos juegos y rezos en casi total armonía.

Texto de la bula papal de 1957: “Beatísimo Padre, Emilio de la Calzada y Familia, humildemente postrados a los pies de Vuestra Santidad suplican la Bendición Apostólica e Indulgencia Plenaria “in articulo mortis”, aún en el caso que, no pudiendo confesar ni comulgar, previo un acto de contrición, pronuncien con la boca o con el corazón el Nombre Santísimo de Jesús”. ¿Seguirá protegiéndonos a toda la familia?

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los de la Calzada de Posada (mujeres sin historia?)

El bisabuelo Joaquín de la Calzada, el abuelo Emilio, tío Eliezar, tío Gregorio, tío Federico y Belarmina.

En otoño de principio de los años cincuenta del siglo veinte, los días que había mercado de ganado en El Castillo, los chavales de Vegarienza gastábamos los últimos instantes antes de marchar hacia la escuela observando con curiosidad cómo pasaba carretera abajo un desfile incesante de gente a caballo o a pie. Algunos llevaban del ramal una ternera de andar distraído o un toro de aspecto intimidante bien atado con una soga terminada en una anilla que sujetaba al animal por la nariz convirtiéndolo en inofensivo. Un día de estos oí por primera vez hablar del Valle Gordo cuando alguien dijo “estos son del Valle Gordo”. ¿Cómo puede ser un valle gordo, me pregunté?

El Valle Gordo es un rosario de pueblos que arranca en Aguasmestas y termina en Fasgar, ruta obligada para los peregrinos que en la época de la Reconquista elegían el Viejo Camino de Santiago para llegar a Compostela sorteando las zonas en conflicto de más al sur. Atravesando el Campo de Santiago los peregrinos pasaban de la vertiente del río Omaña a la del Sil, para entroncar en el Bierzo con el Camino Francés.

En estos días de mercado yo estaba atento por si veía pasar al tío Eliezar, hermano del abuelo Emilio, muy tieso sobre la silla de montar y con las alforjas a la grupa del caballo. Solía llevar un trote reposado que creo tenía como principal finalidad la de exhibirse, algo común a los caballistas omañeses orgullosos todos de tener el caballo de mejor planta y más cuidado. El caballo solía ser un animal privilegiado, quizá el único en aquella economía tan utilitarista, que gozaba de una vida relajada, solo requerido para cubrir las distancias largas y el lucimiento del dueño. El trabajo duro de la casa se reservaba para el sufrido burro.

De allí, del Valle Gordo era la familia de mi abuelo Emilio de la Calzada. Concretamente de Posada de Omaña, el penúltimo pueblo del Valle y patria chica de David Rubio de la Calzada, autor de la novela picaresca Peralvillo de Omaña (1919) que relata las andanzas por el Valle Gordo de un pícaro omañés, de su estancia en Vegarienza, irreconocible para mí cuando lo leí, donde sufrió los rigores del domine que les instruía, amén de otras aventuras por tierras maragatas.

Aunque se conocen los nombres de hasta cuatro generaciones de la Calzada anteriores, del primero que he tenido noticias directas por mi madre y sus hermanas, es del bisabuelo Joaquín de la Calzada García. Además de agricultor y ganadero regentaba una bodega donde se expendía vino, tabaco y algunas otras cosas de primera necesidad al estilo, aunque quizá a menor escala, del negocio que tuvo en Sosas del Cumbral y Vegarienza el bisabuelo Bernardino (ver El bisabuelo Bernardino), del que fue coetáneo y a no dudar se conocieron y trataron pues sus familias emparentaron. Efectivamente, Gaspar de la Calzada, padre del bisabuelo Joaquín, se casó con Antonia García natural de Sosas y un hermano del bisabuelo Joaquín, Víctor, se casó con una hermana de la bisabuela Ana, mujer de Bernardino. Sin duda, este es el nexo que motivó que el abuelo Emilio conociera en Sosas a la abuela Honorina, se casaran y dieran origen a los de la Calzada González. Sosas, un pueblo situado en el fin del mundo río Baltaín arriba, unido por lazos familiares con Posada, casi al final del Valle Gordo, otro lugar donde parecía que el mundo se acaba, que más allá ya no había nada. Eran gente que gustaba del agua clara y los cielos limpios que había que buscar en la parte alta de los valles.

Mi madre estuvo viviendo alguna temporada en Posada como recurso para descongestionar la superpoblada casa escuela de Sosas, se acordaba del bisabuelo y decía que en algunas ocasiones durmió en su cama, lo mismo que me sucedió a mí años más tarde con el abuelo Emilio en Vegarienza. La facilidad familiar para mearse en la cama parece que venía de lejos y a mi madre le sucedía de vez en cuando, motivando que su abuelo Joaquín la riñera y que una tía suya tuviera que salir en su defensa diciendo “No riñas a la niña, que ha sido una gitana“. El bisabuelo Joaquín se casó con Fabiana Calzón con la que tuvo siete hijos de los que solo conocí al abuelo Emilio y a los tres varones, Eliezar, Gregorio y Federico. Eran hombres de buena planta, ojos azules, amplia mandíbula, nariz y orejas grandes y algo despegadas. Aunque en realidad era sobrino suyo, en su casa también vivía como si fuera un hijo más el tío Jesús que se había quedado huérfano. Esta era la familia de la Calzada Calzón.

A ninguna de las tres mujeres, Aurora, Belarmina y Sabina, las he conocido, ni en persona ni en fotografía, una técnica incipiente y poco extendida que como ha venido sucediendo en casi todo primero interesó a los hombres que en sus visitas a los mercados de ganado o a poblaciones más importantes para hacer alguna gestión se encontraban con los fotógrafos ambulantes o tenían ocasión de hacerse una foto de estudio vestidos de gran personaje y en poses ceremoniosas. Las mujeres tardarían casi una generación en aparecer en las fotografías familiares, de forma que cuando quise montar el árbol genealógico fotográfico de los de la Calzada a las tres hermanas tuve que representarlas como siluetas anónimas. Sin ojos ni sonrisa, sin alma.

Solo me llegó de ellas dos apuntes intrascendentes. Me decía mi madre que Aurora era de una extraordinaria belleza y que Belarmina fue la referencia más alejada de episodios epilépticos en la familia, que han reaparecido en alguno de nosotros en las siguientes generaciones. Parece que después de cada crisis sacaban a la pobrecilla a la puerta de casa para que le diera el aire y, cuando se reanimaba, le decían “Hombre, la muerta resucitada”.

2006. Casa familiar en Posada de Omaña.De todos los varones, solo el tío Eliezar siguió viviendo en la casa familiar de Posada compatibilizando el oficio de campesino con el de cantinero, estanquero y comerciante al por menor. De tiempo en tiempo necesitaba rellenar de vino cubas y pellejos y reponer en las alacenas los productos que se iban acabando, para lo que viajaba con el carro valle abajo a comprar el género que necesitaba, al estilo como lo hizo su padre y el bisabuelo Bernardino. Hay una anécdota curiosa que se refiere en El Lobo, y que resumo aquí. En una ocasión que iba camino adelante bajo una intensa nevada, vio que le seguían varios lobos que cada vez se acercaban más al carro y no se le ocurrió otra cosa que entretenerlos tirándoles trozos de la merienda que la tía Chon le había preparado para el viaje, intentando ganar tiempo para llegar a Marzán a donde parece que llegó sano y salvo. Si no hubiera sido así, yo no habría tenido ocasión de conocerle y oír sus bromas cuando a la vuelta del mercado paraba en Vegarienza a charlar con los abuelos. Me parece recordar que estaba un poco cojo, aunque bien podía ser el efecto del tiempo pasado a caballo o que volvía del mercado un poco achispado. Siempre estaba alegre y los chavales le esperábamos con la ilusión de que nos montara en el caballo, con una mezcla de emoción y susto por el tamaño tan impresionante con que desde nuestra pequeñez percibíamos al caballo. A veces venía con su hija Adela, a la que recuerdo con los labios muy pintados de carmín y cómo intentábamos escabullirnos para evitar que nos besara con aquella boca roja y parlanchina.

El tío Gregorio fue guardia de asalto antes de la guerra que le cogió en Madrid, es fácil imaginar las situaciones que vería y viviría, y fue reconvertido tras la contienda en policía nacional. Vivía en León y hacía guardia en la puerta del Gobierno Civil, a escasos tres minutos de la casa de Ramiro Valbuena, en un costado de la Plaza Circular que yo solía frecuentar. Cuando entraba o salía una personalidad del Gobierno Civil, el tío Gregorio se ponía firme, el pecho abombado, mirada al frente, barbilla como quilla de barco, el mosquetón con la bayoneta montada bien pegado a la pierna derecha y tan inmóvil que parecía una estatua, haciéndome dudar si respiraba. Se le notaba estirado y tenso dentro de su uniforme color gris ribeteado de rojo, insignias y hebillas relucientes, guantes blancos, los zapatos y correajes brillantes, la gorra de plato bien sujeta en la mandíbula con una correa. Cuando el personaje había desaparecido, el tío Gregorio pasaba a la posición de descanso, dejaba de ser una estatua y hasta a veces me pareció que me sonreía en la distancia, reforzando mi sensación de orgullo por tener en la familia una persona tan importante. Mi paso por la universidad en plena revuelta estudiantil y con los “grises” a la puerta de la facultad, la porra siempre lista y mirada torva, me hizo olvidar que un día sentí admiración por la marcialidad del tío Gregorio. Vivía con la tía Inés y su hija Belarmi en una casita individual al lado de la Catedral, donde tenían un pequeño huerto. Cultivaban unos tomates cuyo gusto aún recuerdo, así como el olor dulzón a guiso de repollo y berza que tanto asco me ha dado siempre. Recuerdo a la tía Inés parlanchina y risueña con su sempiterno delantal y a su hija Belarmi que a mí me pareció siempre muy guapa.

Siguiendo los pasos del Peralvillo, el tío Federico estudió con el domine de Vegarienza, profesó como fraile y vivió hasta su muerte en Perú. Lo conocí bastante durante las temporadas que cada dos o tres años pasaba en casa de los abuelos cuando yo le hacía de monaguillo. Mis recuerdos de él los cuento en El tío fraile.

Solo el abuelo Emilio permaneció fiel al campesinado aunque fuera en el terruño de adopción, Sosas del Cumbral, porque allí tenía su trabajo de maestro y quizá porque ¿a dónde podría haber ido con diez hijos a los que tenía intención de dar estudios? Creo que también influyó ser campesino vocacional y hombre práctico que sabía que en el pueblo, por muy mal que vinieran las cosas, tenían el sustento asegurado.

No tengo ni idea de qué vida tuvieron sus hermanas Aurora y Sabina, si quedaron en Posada o no. Si tuvieron descendencia, tampoco supe de ella. Mujeres sin fotos y sin historia.

El tío Jesús.

Mi madre me contaba que el tío Jesús se quedó huérfano muy pequeño porque sus padres murieron de la gripe de la moda, que creo se refería a la epidemia de 1918 también conocida impropiamente como gripe española, tan dañina que acabó con millones de personas en todo el mundo. El abuelo Joaquín lo prohijó y le dio la carrera de maestro como al abuelo Emilio. Se casó en segundas nupcias con su prima Belarmina. Yo lo conocí cuando vivía en Susañe del Sil, un pueblo entre Villablino y Ponferrada. Mi madre que durante años actuó de comodín para descongestionar las apreturas familiares de la casa escuela de Sosas, vivió tanto tiempo con ellos que llegó a creer que era su hija y recuerda los tremendos celos que tuvo cuando nacieron sus hijas Edita y Ángeles, que también fueron maestras. Varias veces en Agosto mi padre y yo les visitamos con motivo de la romería de la Virgen de la Nieves que celebraban en unos prados al lado del río. Recuerdo el saborcillo de la empanada y de las truchas escabechadas, técnica de la que tomamos buena nota y que mi madre reprodujo con éxito en Vegarienza. Me llamó la atención los abundantes castaños, un árbol que no conocía y más de un otoño me acerqué en tren a Susañe a por unos cuantos quilos de castañas que consumíamos asadas o cocidas hasta aburrirnos. Recuerdo el camino que ascendía desde la estación al pueblo, en todo lo alto, y el caserón en que vivía el tío Jesús que además de maestro tenia fincas y ganado. Conocí la zona muy bien cuando trabajé en el INI ayudando a levantar los planos necesarios para la construcción de un pantano en el río Sil y recuerdo haber encontrado por aquellas peñas varios cristales de cuarzo que almacenaba en una caja de zapatos junto a otras cosas bastante inútiles, pero que guardaba con celo en los recovecos secretos del armario ropero de mi cuarto.

Poco a poco la estirpe de los de la Calzada fue abandonando su lugar de origen y recalando casi sin excepción en León, algunos directamente para trabajar y los más a estudiar, siguiendo la pulsión de alejarse del arado y del ganado que habían visto cómo esclavizaban a sus progenitores. Un movimiento imparable que despobló todos aquellos pueblos (ver El vaciamiento de Omaña) en un abrir y cerrar de ojos. De aquella hornada de omañeses salieron infinidad de maestros y profesionales diversos que se repartieron por el país. Como las golondrinas, en verano retornaban a sus lugares, a los olores y sabores tan familiares y queridos. Pero, como las golondrinas, ninguno volvía para quedarse.

En 2006, al rebufo de las primeras páginas de Lembranza, fuimos con los nietos a Posada donde creo recordar que solo estaba Adela, ya sin los excesos de carmín de antaño. Contradiciendo al poeta, todo pasa y nada queda.

En los jardines de La Condesa, una buena representación de los de la Calzada, una familia de narices.
Atrás tío Pepe; por la izquierda en la fila siguiente Edita, tía Tere, Belarmi, tío Baldomino y tía Pili; delante tío Gregorio, tía María, Ángeles, tía Inés y tío Emilio.
Total, seis tíos carnales del autor, un veterinario, un facultativo de minas, cuatro maestras, un policía nacional, una enfermera y un cirujano. Pero ningún campesino.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Nota del autor: con posterioridad a la escritura de esta entrada, las hijas de tío Jesús me han proporcionado una foto de su madre Belarmina.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Mis rojos y nacionales (el drama dentro del drama)

Niños con el brazo en alto.

Nací a los cinco años de terminar la guerra civil española y todo parecía estar en orden. Y en silencio. Cuando aprendí a leer fui incapaz de interpretar el sentido de la frase Caídos por España que encabezaba una lista de nombres en letras doradas adosados a la fachada de la colegiata de Roa de Duero en cuyo atrio jugábamos. En la escuela cantaba a diario con ímpetu el Cara al Sol mientras ponía mi mano en el hombro del compañero que estaba delante de mí en la formación, sin imaginar que aquel himno podía ser afrentoso para una parte de conciudadanos. No supe hasta bastante mayor que la música estridente del NODO que envolvía con aires marciales las inauguraciones de Franco era propaganda pura, el ruido que tapaba el silencio forzoso del medio país que había perdido la guerra. Salvo una foto del álbum familiar y una pequeña cicatriz en la muñeca de mi padre de un tiro recibido en la guerra, tampoco supe nunca cómo les había ido a mi familia en la contienda.

En León capital la oposición al levantamiento golpista del 18 de Julio de 1936 quedó neutralizada en pocas horas. El día 19 llegaron de Asturias, dispuestos a oponerse a los golpistas, varios miles de mineros a los que se les había prometido que en León les darían armas. El gobernador militar les entregó unos doscientos fusiles defectuosos después de que se comprometieran a abandonar la capital. Alejados los mineros, el día 20 la oficialidad militar y de Guardia Civil y de Asalto depusieron a sus jefes y a las autoridades civiles y locales, que fueron fusiladas el día 21. Con estas fuerzas ya de parte de los sublevados, a las que se unieron ardorosos voluntarios y falangistas, se inició de inmediato el control del territorio y la represión a los contrarios al golpe militar. Los nacionales recuperaron rapidamente la zona llana de la provincia, pero no consiguieron vencer la resistencia roja en la zona montañosa fronteriza con Asturias, quedando establecido en Agosto el denominado Frente Norte que pasaba por el puerto de Leitariegos y cruzando Laciana y Babia continuaba hacia el este.

La familia de mi padre vivía en León capital y quizá el clima de represión hizo que los dos hermanos mayores, Glicerio y Asterio, se vieran obligados a huir hacia el norte para salvar el pellejo. Mi padre Orencio que en 1936 cumplía 16 años, no sé si el comienzo de la guerra civil le cogió en el colegio salesiano o ya en periodo vacacional, pero, en cualquier caso, en territorio nacional donde supongo que no tardaría en ser movilizado. Fueron bien distintas las circunstancias que les tocó vivir a los varones de mi familia paterna. Todos participaron en la guerra, los dos mayores en la zona roja y el pequeño en la parte nacional

Asterio nunca volvió de la guerra y para mí ha sido solo un nombre sin cara, el único tío que jamás conocí. Creo que no se supo ni dónde murió ni en qué circunstancias. Sus hermanas Ita y Ante estuvieron en Asturias indagando sobre su paradero pero sin resultados. ¿Murió en combate o capturado, por los destacamentos que al caer Asturias y el Frente Norte se dispusieron en todos los caminos para interceptar a los miles de leoneses que regresaban a casa después de haber peleado por la República, y represaliado?

Frente Norte, represaliados. Sin ser entonces consciente de ello, con trece o catorce años yo pateé por motivos de trabajo durante semanas la zona de Babia entre el Puente de las Palomas sobre el río Sil y la Vega de Viejos que en algún momento debió ser territorio cruzado por el Frente Norte. En Florecillas de cuneta conté mis sensaciones al pisar sitios como el pinar de Piedrafita de Babia donde se decía que había enterrada gente fusilada por los nacionales durante la guerra o cuando me asomaba con reparo al Puente de las Palomas desde donde arrojaban al abismo a carretadas de personas vivas, directamente desde el volquete del camión. Eran rumores inquietantes que nos llegaban sobre lo que había pasado veinte años antes, pero no tuve nunca la sensación de conexión de aquellos destinos desgraciados con lo que le pudiera haber pasado a mi tío Asterio. Fue más adelante, a partir de la ley de Memoria Histórica, que se empezó a ubicar las fosas comunes en todo el país, a reunir datos sobre represaliados y a recuperar algunos cadáveres, cuando en varias ocasiones he buceado en distintas bases de datos a la búsqueda de información sobre Asterio García Alonso. Pero, nada de nada. No sé si  murió en combate y eso justifique que no aparezca en las listas de represaliados o, como tantos otros, fue arrojado de forma anónima a una fosa común o enterrado a la vera de un camino sin que nadie anotara el hecho. Qué más daba si, al fin y al cabo, era un rojo más.

Asterio García Alonso.

En 2014 mi prima María Guadalupe, hija mayor de Glicerio, me envió un trozo de foto donde aparece un soldado en posición de descanso, que en vez de apoyarse en un mosquetón sujeta algo tan poco amenazante como un escobón. Quizá la foto se hizo en una pausa mientras barría el acuartelamiento, tocado con el típico gorro militar con borla, bien ladeado sobre la cabeza. En la guerrera luce insignias que parecen ser del arma de Ingenieros, sección de aguerridos barrenderos debió ser. Qué imagen de soldado tan alejada del combatiente animoso que solía exhibir la cartelería bélica republicana y de las soflamas de uno y otro lado que requerían a la gente corriente alistarse para cumplir con el sagrado deber de luchar por esta o aquella patria. Es la perfecta imagen de la poca gloria que aportan las guerras, solo dolor y miseria. Por fin, tras mucho preguntarme por cómo habría sido mi tío, con setenta años le puse cara a Asterio.

Cuando se inició la guerra civil su hermano Glicerio trabajaba en el ayuntamiento de León como guardia municipal y probablemente esa fuera la causa de que tuviera que pasarse al lado republicano. Al igual que Asterio, hizo la guerra también en el arma de Ingenieros como telegrafista según puede verse en la foto. Cuando cayó Asturias, fue encarcelado en el barco prisión Upo Mendi durante un tiempo y luego pasó a la prisión en que se había convertido el monasterio de San Marcos de León, pesando sobre él pena de muerte. No sé bajo qué circunstancias pudo eludir la condena a muerte y quedar libre, supongo que estrechamente vigilado durante un tiempo, pero no cabe duda que tuvo mucha suerte tal como era el clima de ajuste implacable de cuentas.

Glicerio García Alonso (derecha).

Con mi padre siempre hablé muy poco. En concreto de la guerra o de su familia, nada de nada. Solo alguna vaga información de que había estado con los italianos. En 2006 cuando visité por primera y única vez su pueblo, Velilla de Valderaduey, conocí a Lupicinio, amigo de mi padre, que me contó emocionado que habían hecho la guerra juntos por la zona de Levante empotrados con las tropas italianas y cómo mi padre, que había conseguido un puesto en las oficinas del regimiento, le protegía asignándole puestos de bajo riesgo. La de Lupicinio es la única referencia directa que he tenido de la participación de mi padre en la guerra civil, aparte de una fotografía y su cicatriz de guerra.

Orencio García Alonso (derecha). Probablemente Lupicinio es el del centro.

No sé si a la finalización de la guerra siguió con los estudios o ya inició las oposiciones a Correos. La primera noticia cierta es que en Enero de 1944, con veinticuatro años, se casó con mi madre, lo que hace pensar que su paso por la guerra no dificultó el desarrollo “normal” de su vida civil. Murió muy joven en 1975, unos meses antes que Franco. De haber vivido más, ¿habríamos hablado algo de su paso por la guerra y de la historia familiar? No lo sé. A veces el tiempo derriba barreras de incomunicación y otras el mismo tiempo te deja sin tiempo.

Mi abuelo Lázaro, que había evitado ir a la guerra de Cuba previo pago, tuvo tres hijos en la guerra, en ambos lados de la contienda. Supongo que en la familia aquello se vivió como un drama dentro del drama general, con el único alivio de saber que al menos no habría cruce de disparos entre los hermanos García Alonso, ubicados en frentes distantes casi mil kilómetros.

Como se habrá podido apreciar, sé muy poco del paso de los varones de mi familia  paterna por la guerra civil. Y nunca sospeché que su participación en ella hubiera abierto una brecha entre los dos hermanos supervivientes. Era una familia en la que no se hablaba de las desventuras que motivaron su salida del pueblo y que parecía habían tachado de su vocabulario la palabra porvenir y donde yo percibía poca alegría de vivir. Que los dos hermanos no fueran especialmente efusivos entre ellos nunca me hizo pensar en nada raro. Tampoco lo era mi padre conmigo. Mi prima Mari en sus comentarios a lo que yo escribí sobre nuestra familia paterna (ver Mi otra Familia) en el blog Lembranzas, decía “sé del distanciamiento de tu padre hacía mi padre…cosa que dolió a mi padre toda la vida” y aventuraba que la participación en la guerra de los dos hermanos supervivientes en bandos opuestos afectó a su relación “tu padre se desvinculó de nosotros….tal vez por motivos….en los distintos frentes que pelearon en la guerra”.

Para mí fue una revelación que me dejó tocado porque, independientemente de que fuera más o menos acertada o ajustada la apreciación de mi prima, dejaba muy claro cómo lo había vivido una de la partes, la familia de mi tío Glicerio. Y me dolió saber que se atribuía a mi padre aquel deterioro en la relación entre hermanos por motivos ideológicos y no tener argumentos para rebatirlo, pues nunca intuí nada y jamás oí a mi padre manifestarse en uno u otro sentido sobre la situación política del país o que dejara traslucir estar a favor del régimen. Un historiador o un investigador deben esforzarse en describir los hechos en su justo término, pero los protagonistas tienen todo el derecho a contarlos tal como los vivieron y los sintieron. Siento de verdad que esto se haya sentido así en casa de mi tío Glicerio.

En cualquier caso, de ser cierto, no sería más que el trasunto de lo que aún sucede ochenta años después de la finalización de la guerra, cuando una parte del país hace todo lo que está en su mano para impedir que las familias de los perdedores de la guerra recuperen de cunetas y fosas comunes los cuerpos de sus muertos. O que aún hoy, más de cuarenta años después de su muerte, haya flores frescas cada día en la tumba del que acaudilló el levantamiento militar, símbolo de la añoranza que aún anida en el corazón de muchos. Me gustaría que todo fuera más sencillo y que los herederos de los herederos de aquellos denominados rojos dejaran de sufrir este persistente y cainita ajuste de cuentas de los nacionales recalcitrantes.

Como también me hubiera gustado encontrar alguna pista sobre el paradero de mi tío rojo, Asterio, y depositar sus cenizas al lado las de su hermano Orencio, nacional quiero creer que más por las circunstancias de donde le sorprendió la guerra que por su ideología. Rojos o nacionales, descansen los tres hermanos García Alonso en paz.

Imagen de cabecera tomada de: elmundo archivo EFE

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Jirones XIX. PITI un alquimista de la fotografía

Autor: FEDE GARCÍA 9 de Abril de 2018

1964. El autor, Fede García El “Rubiajo”, con Ángela, hija de Piti.

Ha pasado algún tiempo – no en balde – desde que, JIRONES XVIII, vio la luz en la – quizá larga marcha de recuerdos prensados en una memoria que se niega a ser estéril – en “LEMBRANZAS”, una página prestada, que de manera amable, dispuso  el Sr. Calzada.

Fede: “EL Rubiajo”, tras este “lapsus temporal”, retoma la mini-serie de escritos que, intentan dar continuidad a unas experiencias escolar-bachilleradas, muy personales, en los límites de una adolescencia inverosímil y cuarteada por las realidades sobrevenidas en un mundo limitado, entre el Cueto-Nidio, las Rozas, el Sil, y las  humarradas del tren-carbonero Villaseca-Ponferrada…

Entre otras nieblas, se despeja la imagen de “PITI”, un fotógrafo autodidacto, que se liberó de sus trabajos de mecánico en los Talleres de la M.S.P, de reparación de material móvil en las cercanías de la estación de Villablino.

“PITI”, me dio cabida en su local de fotografía, en la calle———-, durante dos o tres años, a tiempo perdido, como aprendiz de fotógrafo y guaje de los recados, durante los cuáles recibí las lecciones básicas del misterio de la fotografía en Blanco y Negro.

Los sábados a la tarde y los domingos, acompañaba, casi siempre, a “PITI” a llevar a cabo algún trabajo esporádico, pero, las más de las veces, eran actuaciones al instante, en función de la visión de águila del maestro que cámara el hombro, enfocaba, disparaba y después avisaba, como experto captador de unas esencias y paisanajes en tránsito permanente.

Lo admirable para un adolescente semi-despierto, era la preocupación por descubrir el secreto de la alquimia de la fotografía: Un secreto, que suponía muy bien guardado, por aquél que lo poseía, dada la prudencia y solemnidad con las que administraba las dosis necesarias y útiles a la curiosidad insaciable del aprendiz de oportunidad de fotógrafo.

“PITI”, me concedió al honor, de reponer un carrete KODAK, de los de “veinte” en una máquina simple-Kodak, para una clienta en su Estudio, delante de él mismo, bajo la lupa de su mirada que fiscalizó todos los movimientos: “Rebobinar” el cliché ya utilizado” … “Comprobar que quedaba suelto y bien rebobinado, a fin de poder abrir la máquina y que no se velase el mismo” ; “ sacar el nuevo de la caja y colocarlo con mucho cuidado en la posición correcta, para una vez fijado, poder desenrollar el cliché necesario para fijarlo en la rodela de arrastre en sentido inverso, de tal modo, que en cada ocasión, que se disparara la máquina para una nueva fotografía, se pudiera arrastrar de forma debida, el siguiente tramo de cliché”… Naturalmente, fueron los nervios del principiante los que gobernaron la ocasión, conduciendo el experimento a la más completa ruina, ante el sonrojo y angustia de FEDE: No se cerró bien la tapa, se soltó el enganche de la rodela de arrastre, y quedó velado el cliché. Resumiendo: “PITI”, si corrigió el problema, invitándome a intentarlo de nuevo, sin su ayuda, naturalmente. Con mucho más cuidado, repetí la operación con otra carga-Kodak de veinte, quedando gestionado el tema, ante la clienta por el mismo precio, y el honor de FEDE a salvo.

El Señor “PITI”, tenía la capacidad de promover el interés de aquel rubiajo – hijo de Pedrosa “El Barrenista” -, que le acompañaba, y además, se interesaba, por las artes de un fotógrafo ¿Free Lance…? que hizo de su actividad extra-laboral, su medio de vida, en un medio casi inhóspito e insólito, desde su residencia en el barrio, donde estaba encajado el Cuartel de la Guardia Civil en Villablino. El pasillo de su casa estaba plagado de clichés colgantes sujetos con pinzas de madera de ropa, como si fueran telarañas adornando el techo, dado que, siendo todavía  niño tenía que ir a su casa a recoger alguna foto, o, en otras ocasiones a recoger la Radio de “Lámparas encendidas” que se había estropeado, porque, “PITI”, también hacía las veces de “Reparador de Radios de Bujías”.

Allí, en su casa, antes de instalar su “ESTUDIO PITI”, en la Avenida – prácticamente al lado, de lo que hoy es el Museo….., él hablaba de que, con unos líquidos nuevos había podido positivar fotografías en “COLOR”, pero, que no le quedaban muy bien…necesitaba más tiempo y mejores clichés. No se conformaba, con el Blanco y  Negro, en absoluto.

Lo cierto, es que no se cansaba de decir, que la fotografía, no solo era el arte de reproducir una escena, un hecho,  o un material inanimado; Hacía falta algo más: El encuadre, la luz, la velocidad, manejar el diafragma, como su fuera un lápiz, la composición, los contraluces, la oportunidad, el silencio, la naturalidad… nunca haría ¿Ni hizo…? una fotografía por exigencia de oportunidad …le molestaba, sin más.

Fede, le acompañaba, también en el Cuarto Oscuro, donde se producía el milagro de la alquimia: Los clichés tenían que ser positivados: Totalmente a oscuras – sin luz roja – destripaba el cliché de su carrete y lo introducía en una especia de fiambrera repleta de líquido, donde permanecía un tiempo indeterminado, para después, sacarlo y comprobar ante una luz tenue, si aparecían las imágenes del negativo, y, también, su calidad. En ocasiones, volvía a introducir, de nuevo en el mismo líquido el cliché un tiempo más, dado que no le gustaba el resultado.

Positivado el Cliché, lo ponía, o los ponía, cuando eran varios a secar de modo natural,  fijados como los calcetines del colgador de ropa a la “Pinza” de madera, ante una luz muy tenue.

Comprobado que los “Clichés” no tenían ni rastro de humedad alguna, se entraba al segundo nivel de la alquimia de la fotografía:

Ante una luz previa muy tenue ROJA, OBSERVABA, a contra luz, los fotograma en negativo, que tenía que positivar. Los analizaba, y comentaba, casi en voz en alto, el tiempo necesario de exposición de luz sobre el Papel-Kodak, en función de la calidad del cliché, que debía de utilizar. Habitualmente, si la fotografía se había tomado con poca exposición y poca luz – interiores – necesitaba entre diez o doce segundos. Si al contrario, la fotografía se hubiera tomado con alta velocidad ante mucha luz, la exposición, no pasaba de cinco o seis segundos. Incluía en el Proyector, el juego de manos, modulando la luz, mientras comentaba que el juego de luces y sombras, también se podía gestionar, haciendo que unas zonas del Papel-Kodak, que se iba a positivar, recibieran la luz, unas segundos más o, en otras ocasiones de menos.

Continuaba, con el milagro de las Las Cubetas de líquidos, que eran Tres: Cubeta UNO: Liquido positivador. Cubeta DOS: Líquido Fijador. Cubeta TRES: Agua para limpiar.

En las tres cubetas blancas rectangulares, y juntas, se  pasaba el papel procedente del Proyector, de modo automático. A la Cubeta UNO, donde tras un lapsus temporal discreto se empezaba a dibujar los contornos de lo que se emulsionaba, hasta que en pocos segundos, se distinguía con claridad, el fotograma impreso. Naturalmente ese primer paso, había que hacerlo con pinzas, porque el líquido – un ácido – dañaba los dedos. Comprobada a la luz roja- la calidad, o la ruina de la fotografía se continuaba o se desdeñaba la misma, repitiendo el proceso. Si, era válida la misma, se pasaba al Cubeta DOS, la del  líquido-FIJADOR, también un ácido, pero que tenía la función contraria: Retener y/o, paralizar el proceso de positivar el papel, fijándolo en los términos que le interesaba.

De acuerdo o no, con la opinión de FEDE, el aprendiz de brujo, a tiempo parcial, respecto de la calidad del trabajo, bajo la siempre vigilante, luz ROJA, se pasaban el papel-Kodak (Con brillo o Sin-Brillo), positivado a la Cubeta TRES, la del agua para lavarlas media docena de veces, y pasarlas a continuación al secadero de cuerda-bramante en la Sala, permaneciendo colgadas toda la noche, hasta que a la mañana siguientes estuvieran bien secas. No siempre se utilizaba un secador eléctrico que en poco tiempo secaba las mismas, aunque quedaban siempre un tanto arqueadas, sobre todo las de brillo. Este secador, donde podían secarse del orden de cuatro o seis fotografías, solo se utilizaba en ocasiones cuando la necesidad  dictaba.

La paciencia y rigurosidad de “PITI”, en su afición, dejó una profunda huella en su Aprendiz Temporal, al hilo del interés por las buenas imágenes, las buenas composiciones, los contrastes, y la artesanía en su sentido más real y humano: “PITI”: La fotografía es un arte, que jamás te aliviará, pero te alimentará las ganas de reflejar lo positivo de la vida a pesar de la sordidez de la misma que en demasiadas ocasiones romperá el encanto de la misma”

Nota: Último comentario, dedicado a “PITI”, en interpretación libre.

 Fede García: El “Rubiajo” hijo de Pedrosa “El Barrenista” y de “Isabel, la Andaluza.

Cerrando el círculo – Rutas del pasado (recorridos con encanto)

2008 Convento de Santa María de Nájera. Esquema con los sepulcros de los reyes del reino de Nájera-Pamplona en el Panteón Real. Escudo de armas de Sancho Abarca (fachada).

Tras una vida profesional de no parar, el primer desafío que plantea la jubilación es no aburrirse. Se empieza por ordenar aquellas cosas que desde hace mucho se tenían abandonadas, como los miles de fotografías y diapositivas que dormían el sueño de los justos en las mismas cajitas y carpetas en que te las había entregado la tienda de revelado. Es una tarea que sin darte cuenta te adentra en los recuerdos de lo que ha sido tu vida y que se superponen a la melancolía de sentirte por primera vez un poco inútil. Cuando te das cuenta, te rebelas por semejante rendición anímica y decides que hay que imprimir mayor energía al porvenir. Por ejemplo, preparando como nunca el próximo viaje familiar. Los nietos cumplían cuatro, cinco y seis años y ya iba siendo hora de que se enterasen de los orígenes familiares y de cuan diferente era su mundo del que había vivido su abuelo hacía sesenta años.

Eufórico, me puse manos a la obra haciendo una especie de guión con lo más esencial que les quería contar. La energía de que me había imbuido y mi ánimo perfeccionista me llevó a desarrollarlo un poco más y al cabo de un mes tenía unas cien páginas repletas de recuerdos, con algunas fotografías intercaladas, que fue el germen de lo que hoy se puede leer en el blog Lembranzas. Ya tenía preparado todo el material necesario para el viaje familiar a León que haríamos a finales del verano de 2006. Visitaríamos Vegarienza, Sosas del Cumbral y Posada (origen de los de la Calzada) en el Valle Gordo, además del propio León y una visita rápida a El Bierzo. Hice un planing de actividades principales, hechos relacionados con cada lugar, cosas que ver y comer y una profusa lista de fotos que necesitaba para incorporar al escrito. Contenía actividades como “clases de tirar piedras al río“, ver y tocar todo animal doméstico que se nos pusiera por delante, montar en burro, contemplar la explosión de estrellas de la noche omañesa o excursión al campanario de Vegarienza, que me parecían sugerentes para niños que nunca habían estado cerca de un animal o tenido una piedra o un palo en su mano. La cecina, los fisuelos, empanadas y otras exquisiteces también tenían su hueco en los planes. Alquilamos un monovolumen para siete personas y allá nos fuimos a la espera de que los tres miembros restantes de la familia se reunieran con nosotros.

Mi madre sabía que Dolsé en Sosas del Cumbral aún tenía un burro, sin duda el plato fuerte del viaje, y le anunció nuestra visita. Cuando llegamos a Sosas engolé la voz y comencé a explicar cómo se herraban las vacas en el potro de herrar y cómo los chavales lo usábamos de aparato de gimnasia. Enseguida fui consciente de lo difícil que era explicar lo que era un pujavante y la complejidad de describir una herradura de vaca. Demasiados ademanes y circunloquios para niños acostumbrados a la inmediatez de los dibujos animados. Al poco mis nietos estaban tirando palos al río, observando excitados cómo pasaban flotando de un lado al otro del puente, mientras yo me preguntaba qué había fallado en mi exposición. Menos mal que el paseo en el burro Cubano fue todo un éxito y recuerdo la juerga de los adultos cuando el nieto mayor dijo señalando entre las patas traseras del burro los dos bultos negros que le colgaban, “Mirar, las tetas de Cubano“. A grandes expectativas, parejas decepciones y enseguida me di cuenta de que aún no era el momento para contarles a aquellas tiernas criaturas cómo había sido la infancia de su abuelo. A partir de ahí, escribir sobre mis recuerdos fue un vicio solitario sin más pretensiones que entretener el tiempo.

Sosas del Cumbral, Septiembre de 2006. Alex, Paquito y Diego montados en Cubano, el burro de Dolsé.

En cambio, cuando me interesé por la historia familiar de mi mujer, de la que apenas sabía nada, y propuse conocer sus lugares de origen, estuve siempre bien acompañado por ella, obviamente, y por una pareja de amigos, Antonio y Conchita muy viajeros ellos y él un enfermo de la historia de España, que siempre oficiaba de documentalista, guía y animador de cada una de las excursiones que hicimos hacía los lugares de los Vidal-Abarca, Servet, Rodero y Castel.

Empezamos en 2008 por La Rioja donde nos dimos un baño sobre los disputados orígenes del castellano. Del pretendido antepasado de mi mujer Sancho Abarca (ver Los Sánchez y Vidal-Abarca), lo más interesante fue visitar el monasterio de Santa María de Nájera apoyados en la profusa documentación y esquemas preparados por Antonio y atentos a sus explicaciones. Allí estaba la tumba del rey Abarca y su mujer Clara Urraca que figuraban en la base del árbol genealógico de la familia de mi mujer (ver Los `papeles de Blesa). No menos interesantes fueron las experiencias gastronómicas en casi todos los lugares como Haro y el tapeo en los alrededores de la Calle del Laurel de Logroño.

2008. Introducción histórica de la visita a La Rioja.Cuando en 2009 estuvimos por la provincia de Salamanca aprovechamos para acercarnos a San Felices de los Gallegos, lugar de origen de los Rodero (ver Los Rodero y los Castel). En los libros del ayuntamiento no encontramos ni rastro de los Rodero, quizá porque según nos dijeron pudieron inscribirse en Salamanca. Nos dijeron que en el cementerio había muchas lápidas con el apellido Rodero y allá nos fuimos por si podíamos concretar algunas fechas. Había varias lápidas con el apellido Rodero que la madre de mi mujer no reconocía. Su abuelo Emilio Rodero Lacalle firmaba como interventor general los billetes que emitía el Banco de España. Muy interesante la visita al castillo. En la vertiente gastronómica recuerdo las patatas revolconas y el cocido pantagruélico en Tamames, solo para gente recia y con ropa poco ajustada a la cintura.

A Cáceres, donde entroncaron los Rodero y los Castel y aún tiene familia mi mujer, hemos ido varias veces y siempre con muy buenas sensaciones. En la Plaza Mayor aún se encuentra la Farmacia Castel, que ya no es de la familia y que en 2012 todavía conservaba el aire de farmacia antigua. Imprescindible la visita al espectacular y bien conservado casco histórico y no pasar por alto las migas, las roscas de alfajores y la torta del Casar entre otras exquisiteces.

En 2015 estuvimos en la región de Murcia, tierra a la que llegó una rama de los Abarca, estando probado que los Vidal-Abarca ya vivían en 1578 en Alhama de Murcia. A primeros del siglo diecinueve llegaron a Murcia desde Cataluña los Servet, comerciantes en tejidos que se convirtieron en potentados y que fueron coetáneos de los Vidal-Abarca. De la tercera generación de Servet murcianos nace Ana Servet que casó con un Vidal-Abarca aunque ya solo fuera Sánchez de primer apellido. Lío de apellidos aparte, fue muy interesante la visita a Alhama de Murcia. Vimos la casa donde murió el último Vidal-Abarca, bisabuelo de mi mujer, y la finca Torre de la Paz, escenario del impagable relato Mis Recuerdos de Maruja Sánchez Servet, tía de mi mujer, sobre las peripecias familiares durante la guerra civil. Muy entretenida la visita al museo marítimo de Cartagena y constatación del poderío de los Servet ante La Casa del Reloj de San pedro del Pinatar, entonces su residencia de verano y hoy restaurante.

Para este año de 2018 ya tenemos esbozada una excursión que promete ser muy interesante a Aragón. Aprovecharemos para visitar Villanueva de Sigena donde nació Miguel Servet, otro de los pretendidos ilustres familiares de mi mujer (ver Miguel Servet) y está casi decidido que no iremos a Chía, en Huesca y origen de los Castel, por quedar un poco a trasmano y saber a través del libro Joaquín Castel-La burguesía emprendedora en Extremadura de Pilar Bacas, pariente de mi mujer, que en 2012 solo quedaba en el pueblo un biznieto, ya sin el apellido Castel, de una hermana del antepasado José Castel.

Y allá, más al fondo, quedaría la visita a Castelltersol, cerca de Barcelona, de dónde eran originarios los Servet, laneros de oficio y que transmutaron en magnates murcianos. Espero tener tiempo para esta visita, antes que yo mismo me haya convertido en historia y de que sea necesario cruzar una frontera con el pasaporte en la mano.

De estos viajes no obtuve casi ningún dato familiar nuevo aunque si algunas fotos interesantes y fue emocionante visitar lugares conectados con la familia de mi mujer, desconocidos para mí pero que había imaginado muchas veces mientras escribí las distintas piezas de Cerrando el círculo familiar. Fueron pequeños viajes de tres o cuatro días, organizados a nuestra conveniencia y sin prisa para nada, que no llegan a cansar y que dan lugar a infinidad de anécdotas, recuerdos, alguna que otra satisfacción gastronómica y también sentir, en mayor o menor medida, las vibraciones de los antepasados de mi mujer en los lugares en que vivieron. Por si alguno de las generaciones actuales, que algo tendréis de Abarcas, Servet, Rodero y Castel, queréis repetir la experiencia, tengo guardados todos los mapas, esquemas, folletos, fotografías, etc. Puedo aseguraros que todos fueron viajes interesantes, aunque mi opinión pueda no ser objetiva pues habiendo dedicado tanto tiempo a descubrir lo que no sabía de la familia de mi mujer, vuestra madre, abuela, tía, hermana, prima, etc, he podido terminar algo influenciado y confieso que había un cierto morbo por conocer los lugares de tanto antepasado ilustre con los que un simple García había emparentado sin ser consciente de ello. Dios, ¡tanta gloria pasada me abrumaba! (ver De García arriba, nadie diga). Ahora que ya no queda en la familia ni un Vidal-Abarca ni un Servet ni un Rodero ni un Castel, quizá sea el momento de que os animéis a visitar estos lugares y sentir las vibraciones telúricas que inevitablemente surgirán de los lugares donde vivieron. No olvidéis llevar en vuestros móviles el ePub de Cerrando el círculo familiar, la mejor guía conocida de la historia familiar. Y si las vibraciones no son muy perceptibles, seguro que las tortas de alfajores y las patatas revolconas dejarán en vuestro espíritu el aroma de aquellos lugares y de vuestros antepasados. Amén.

Autor de los esquemas: Antonio Jiménez Salido.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada