Mis rojos y nacionales (el drama dentro del drama)

Niños con el brazo en alto.

Nací a los cinco años de terminar la guerra civil española y todo parecía estar en orden. Y en silencio. Cuando aprendí a leer fui incapaz de interpretar el sentido de la frase Caídos por España que encabezaba una lista de nombres en letras doradas adosados a la fachada de la colegiata de Roa de Duero en cuyo atrio jugábamos. En la escuela cantaba a diario con ímpetu el Cara al Sol mientras ponía mi mano en el hombro del compañero que estaba delante de mí en la formación, sin imaginar que aquel himno podía ser afrentoso para una parte de conciudadanos. No supe hasta bastante mayor que la música estridente del NODO que envolvía con aires marciales las inauguraciones de Franco era propaganda pura, el ruido que tapaba el silencio forzoso del medio país que había perdido la guerra. Salvo una foto del álbum familiar y una pequeña cicatriz en la muñeca de mi padre de un tiro recibido en la guerra, tampoco supe nunca cómo les había ido a mi familia en la contienda.

En León capital la oposición al levantamiento golpista del 18 de Julio de 1936 quedó neutralizada en pocas horas. El día 19 llegaron de Asturias, dispuestos a oponerse a los golpistas, varios miles de mineros a los que se les había prometido que en León les darían armas. El gobernador militar les entregó unos doscientos fusiles defectuosos después de que se comprometieran a abandonar la capital. Alejados los mineros, el día 20 la oficialidad militar y de Guardia Civil y de Asalto depusieron a sus jefes y a las autoridades civiles y locales, que fueron fusiladas el día 21. Con estas fuerzas ya de parte de los sublevados, a las que se unieron ardorosos voluntarios y falangistas, se inició de inmediato el control del territorio y la represión a los contrarios al golpe militar. Los nacionales recuperaron rapidamente la zona llana de la provincia, pero no consiguieron vencer la resistencia roja en la zona montañosa fronteriza con Asturias, quedando establecido en Agosto el denominado Frente Norte que pasaba por el puerto de Leitariegos y cruzando Laciana y Babia continuaba hacia el este.

La familia de mi padre vivía en León capital y quizá el clima de represión hizo que los dos hermanos mayores, Glicerio y Asterio, se vieran obligados a huir hacia el norte para salvar el pellejo. Mi padre Orencio que en 1936 cumplía 16 años, no sé si el comienzo de la guerra civil le cogió en el colegio salesiano o ya en periodo vacacional, pero, en cualquier caso, en territorio nacional donde supongo que no tardaría en ser movilizado. Fueron bien distintas las circunstancias que les tocó vivir a los varones de mi familia paterna. Todos participaron en la guerra, los dos mayores en la zona roja y el pequeño en la parte nacional

Asterio nunca volvió de la guerra y para mí ha sido solo un nombre sin cara, el único tío que jamás conocí. Creo que no se supo ni dónde murió ni en qué circunstancias. Sus hermanas Ita y Ante estuvieron en Asturias indagando sobre su paradero pero sin resultados. ¿Murió en combate o capturado, por los destacamentos que al caer Asturias y el Frente Norte se dispusieron en todos los caminos para interceptar a los miles de leoneses que regresaban a casa después de haber peleado por la República, y represaliado?

Frente Norte, represaliados. Sin ser entonces consciente de ello, con trece o catorce años yo pateé por motivos de trabajo durante semanas la zona de Babia entre el Puente de las Palomas sobre el río Sil y la Vega de Viejos que en algún momento debió ser territorio cruzado por el Frente Norte. En Florecillas de cuneta conté mis sensaciones al pisar sitios como el pinar de Piedrafita de Babia donde se decía que había enterrada gente fusilada por los nacionales durante la guerra o cuando me asomaba con reparo al Puente de las Palomas desde donde arrojaban al abismo a carretadas de personas vivas, directamente desde el volquete del camión. Eran rumores inquietantes que nos llegaban sobre lo que había pasado veinte años antes, pero no tuve nunca la sensación de conexión de aquellos destinos desgraciados con lo que le pudiera haber pasado a mi tío Asterio. Fue más adelante, a partir de la ley de Memoria Histórica, que se empezó a ubicar las fosas comunes en todo el país, a reunir datos sobre represaliados y a recuperar algunos cadáveres, cuando en varias ocasiones he buceado en distintas bases de datos a la búsqueda de información sobre Asterio García Alonso. Pero, nada de nada. No sé si  murió en combate y eso justifique que no aparezca en las listas de represaliados o, como tantos otros, fue arrojado de forma anónima a una fosa común o enterrado a la vera de un camino sin que nadie anotara el hecho. Qué más daba si, al fin y al cabo, era un rojo más.

Asterio García Alonso.

En 2014 mi prima María Guadalupe, hija mayor de Glicerio, me envió un trozo de foto donde aparece un soldado en posición de descanso, que en vez de apoyarse en un mosquetón sujeta algo tan poco amenazante como un escobón. Quizá la foto se hizo en una pausa mientras barría el acuartelamiento, tocado con el típico gorro militar con borla, bien ladeado sobre la cabeza. En la guerrera luce insignias que parecen ser del arma de Ingenieros, sección de aguerridos barrenderos debió ser. Qué imagen de soldado tan alejada del combatiente animoso que solía exhibir la cartelería bélica republicana y de las soflamas de uno y otro lado que requerían a la gente corriente alistarse para cumplir con el sagrado deber de luchar por esta o aquella patria. Es la perfecta imagen de la poca gloria que aportan las guerras, solo dolor y miseria. Por fin, tras mucho preguntarme por cómo habría sido mi tío, con setenta años le puse cara a Asterio.

Cuando se inició la guerra civil su hermano Glicerio trabajaba en el ayuntamiento de León como guardia municipal y probablemente esa fuera la causa de que tuviera que pasarse al lado republicano. Al igual que Asterio, hizo la guerra también en el arma de Ingenieros como telegrafista según puede verse en la foto. Cuando cayó Asturias, fue encarcelado en el barco prisión Upo Mendi durante un tiempo y luego pasó a la prisión en que se había convertido el monasterio de San Marcos de León, pesando sobre él pena de muerte. No sé bajo qué circunstancias pudo eludir la condena a muerte y quedar libre, supongo que estrechamente vigilado durante un tiempo, pero no cabe duda que tuvo mucha suerte tal como era el clima de ajuste implacable de cuentas.

Glicerio García Alonso (derecha).

Con mi padre siempre hablé muy poco. En concreto de la guerra o de su familia, nada de nada. Solo alguna vaga información de que había estado con los italianos. En 2006 cuando visité por primera y única vez su pueblo, Velilla de Valderaduey, conocí a Lupicinio, amigo de mi padre, que me contó emocionado que habían hecho la guerra juntos por la zona de Levante empotrados con las tropas italianas y cómo mi padre, que había conseguido un puesto en las oficinas del regimiento, le protegía asignándole puestos de bajo riesgo. La de Lupicinio es la única referencia directa que he tenido de la participación de mi padre en la guerra civil, aparte de una fotografía y su cicatriz de guerra.

Orencio García Alonso (derecha). Probablemente Lupicinio es el del centro.

No sé si a la finalización de la guerra siguió con los estudios o ya inició las oposiciones a Correos. La primera noticia cierta es que en Enero de 1944, con veinticuatro años, se casó con mi madre, lo que hace pensar que su paso por la guerra no dificultó el desarrollo “normal” de su vida civil. Murió muy joven en 1975, unos meses antes que Franco. De haber vivido más, ¿habríamos hablado algo de su paso por la guerra y de la historia familiar? No lo sé. A veces el tiempo derriba barreras de incomunicación y otras el mismo tiempo te deja sin tiempo.

Mi abuelo Lázaro, que había evitado ir a la guerra de Cuba previo pago, tuvo tres hijos en la guerra, en ambos lados de la contienda. Supongo que en la familia aquello se vivió como un drama dentro del drama general, con el único alivio de saber que al menos no habría cruce de disparos entre los hermanos García Alonso, ubicados en frentes distantes casi mil kilómetros.

Como se habrá podido apreciar, sé muy poco del paso de los varones de mi familia  paterna por la guerra civil. Y nunca sospeché que su participación en ella hubiera abierto una brecha entre los dos hermanos supervivientes. Era una familia en la que no se hablaba de las desventuras que motivaron su salida del pueblo y que parecía habían tachado de su vocabulario la palabra porvenir y donde yo percibía poca alegría de vivir. Que los dos hermanos no fueran especialmente efusivos entre ellos nunca me hizo pensar en nada raro. Tampoco lo era mi padre conmigo. Mi prima Mari en sus comentarios a lo que yo escribí sobre nuestra familia paterna (ver Mi otra Familia) en el blog Lembranzas, decía “sé del distanciamiento de tu padre hacía mi padre…cosa que dolió a mi padre toda la vida” y aventuraba que la participación en la guerra de los dos hermanos supervivientes en bandos opuestos afectó a su relación “tu padre se desvinculó de nosotros….tal vez por motivos….en los distintos frentes que pelearon en la guerra”.

Para mí fue una revelación que me dejó tocado porque, independientemente de que fuera más o menos acertada o ajustada la apreciación de mi prima, dejaba muy claro cómo lo había vivido una de la partes, la familia de mi tío Glicerio. Y me dolió saber que se atribuía a mi padre aquel deterioro en la relación entre hermanos por motivos ideológicos y no tener argumentos para rebatirlo, pues nunca intuí nada y jamás oí a mi padre manifestarse en uno u otro sentido sobre la situación política del país o que dejara traslucir estar a favor del régimen. Un historiador o un investigador deben esforzarse en describir los hechos en su justo término, pero los protagonistas tienen todo el derecho a contarlos tal como los vivieron y los sintieron. Siento de verdad que esto se haya sentido así en casa de mi tío Glicerio.

En cualquier caso, de ser cierto, no sería más que el trasunto de lo que aún sucede ochenta años después de la finalización de la guerra, cuando una parte del país hace todo lo que está en su mano para impedir que las familias de los perdedores de la guerra recuperen de cunetas y fosas comunes los cuerpos de sus muertos. O que aún hoy, más de cuarenta años después de su muerte, haya flores frescas cada día en la tumba del que acaudilló el levantamiento militar, símbolo de la añoranza que aún anida en el corazón de muchos. Me gustaría que todo fuera más sencillo y que los herederos de los herederos de aquellos denominados rojos dejaran de sufrir este persistente y cainita ajuste de cuentas de los nacionales recalcitrantes.

Como también me hubiera gustado encontrar alguna pista sobre el paradero de mi tío rojo, Asterio, y depositar sus cenizas al lado las de su hermano Orencio, nacional quiero creer que más por las circunstancias de donde le sorprendió la guerra que por su ideología. Rojos o nacionales, descansen los tres hermanos García Alonso en paz.

Imagen de cabecera tomada de: elmundo archivo EFE

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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Jirones XIX. PITI un alquimista de la fotografía

Autor: FEDE GARCÍA 9 de Abril de 2018

1964. El autor, Fede García El “Rubiajo”, con Ángela, hija de Piti.

Ha pasado algún tiempo – no en balde – desde que, JIRONES XVIII, vio la luz en la – quizá larga marcha de recuerdos prensados en una memoria que se niega a ser estéril – en “LEMBRANZAS”, una página prestada, que de manera amable, dispuso  el Sr. Calzada.

Fede: “EL Rubiajo”, tras este “lapsus temporal”, retoma la mini-serie de escritos que, intentan dar continuidad a unas experiencias escolar-bachilleradas, muy personales, en los límites de una adolescencia inverosímil y cuarteada por las realidades sobrevenidas en un mundo limitado, entre el Cueto-Nidio, las Rozas, el Sil, y las  humarradas del tren-carbonero Villaseca-Ponferrada…

Entre otras nieblas, se despeja la imagen de “PITI”, un fotógrafo autodidacto, que se liberó de sus trabajos de mecánico en los Talleres de la M.S.P, de reparación de material móvil en las cercanías de la estación de Villablino.

“PITI”, me dio cabida en su local de fotografía, en la calle———-, durante dos o tres años, a tiempo perdido, como aprendiz de fotógrafo y guaje de los recados, durante los cuáles recibí las lecciones básicas del misterio de la fotografía en Blanco y Negro.

Los sábados a la tarde y los domingos, acompañaba, casi siempre, a “PITI” a llevar a cabo algún trabajo esporádico, pero, las más de las veces, eran actuaciones al instante, en función de la visión de águila del maestro que cámara el hombro, enfocaba, disparaba y después avisaba, como experto captador de unas esencias y paisanajes en tránsito permanente.

Lo admirable para un adolescente semi-despierto, era la preocupación por descubrir el secreto de la alquimia de la fotografía: Un secreto, que suponía muy bien guardado, por aquél que lo poseía, dada la prudencia y solemnidad con las que administraba las dosis necesarias y útiles a la curiosidad insaciable del aprendiz de oportunidad de fotógrafo.

“PITI”, me concedió al honor, de reponer un carrete KODAK, de los de “veinte” en una máquina simple-Kodak, para una clienta en su Estudio, delante de él mismo, bajo la lupa de su mirada que fiscalizó todos los movimientos: “Rebobinar” el cliché ya utilizado” … “Comprobar que quedaba suelto y bien rebobinado, a fin de poder abrir la máquina y que no se velase el mismo” ; “ sacar el nuevo de la caja y colocarlo con mucho cuidado en la posición correcta, para una vez fijado, poder desenrollar el cliché necesario para fijarlo en la rodela de arrastre en sentido inverso, de tal modo, que en cada ocasión, que se disparara la máquina para una nueva fotografía, se pudiera arrastrar de forma debida, el siguiente tramo de cliché”… Naturalmente, fueron los nervios del principiante los que gobernaron la ocasión, conduciendo el experimento a la más completa ruina, ante el sonrojo y angustia de FEDE: No se cerró bien la tapa, se soltó el enganche de la rodela de arrastre, y quedó velado el cliché. Resumiendo: “PITI”, si corrigió el problema, invitándome a intentarlo de nuevo, sin su ayuda, naturalmente. Con mucho más cuidado, repetí la operación con otra carga-Kodak de veinte, quedando gestionado el tema, ante la clienta por el mismo precio, y el honor de FEDE a salvo.

El Señor “PITI”, tenía la capacidad de promover el interés de aquel rubiajo – hijo de Pedrosa “El Barrenista” -, que le acompañaba, y además, se interesaba, por las artes de un fotógrafo ¿Free Lance…? que hizo de su actividad extra-laboral, su medio de vida, en un medio casi inhóspito e insólito, desde su residencia en el barrio, donde estaba encajado el Cuartel de la Guardia Civil en Villablino. El pasillo de su casa estaba plagado de clichés colgantes sujetos con pinzas de madera de ropa, como si fueran telarañas adornando el techo, dado que, siendo todavía  niño tenía que ir a su casa a recoger alguna foto, o, en otras ocasiones a recoger la Radio de “Lámparas encendidas” que se había estropeado, porque, “PITI”, también hacía las veces de “Reparador de Radios de Bujías”.

Allí, en su casa, antes de instalar su “ESTUDIO PITI”, en la Avenida – prácticamente al lado, de lo que hoy es el Museo….., él hablaba de que, con unos líquidos nuevos había podido positivar fotografías en “COLOR”, pero, que no le quedaban muy bien…necesitaba más tiempo y mejores clichés. No se conformaba, con el Blanco y  Negro, en absoluto.

Lo cierto, es que no se cansaba de decir, que la fotografía, no solo era el arte de reproducir una escena, un hecho,  o un material inanimado; Hacía falta algo más: El encuadre, la luz, la velocidad, manejar el diafragma, como su fuera un lápiz, la composición, los contraluces, la oportunidad, el silencio, la naturalidad… nunca haría ¿Ni hizo…? una fotografía por exigencia de oportunidad …le molestaba, sin más.

Fede, le acompañaba, también en el Cuarto Oscuro, donde se producía el milagro de la alquimia: Los clichés tenían que ser positivados: Totalmente a oscuras – sin luz roja – destripaba el cliché de su carrete y lo introducía en una especia de fiambrera repleta de líquido, donde permanecía un tiempo indeterminado, para después, sacarlo y comprobar ante una luz tenue, si aparecían las imágenes del negativo, y, también, su calidad. En ocasiones, volvía a introducir, de nuevo en el mismo líquido el cliché un tiempo más, dado que no le gustaba el resultado.

Positivado el Cliché, lo ponía, o los ponía, cuando eran varios a secar de modo natural,  fijados como los calcetines del colgador de ropa a la “Pinza” de madera, ante una luz muy tenue.

Comprobado que los “Clichés” no tenían ni rastro de humedad alguna, se entraba al segundo nivel de la alquimia de la fotografía:

Ante una luz previa muy tenue ROJA, OBSERVABA, a contra luz, los fotograma en negativo, que tenía que positivar. Los analizaba, y comentaba, casi en voz en alto, el tiempo necesario de exposición de luz sobre el Papel-Kodak, en función de la calidad del cliché, que debía de utilizar. Habitualmente, si la fotografía se había tomado con poca exposición y poca luz – interiores – necesitaba entre diez o doce segundos. Si al contrario, la fotografía se hubiera tomado con alta velocidad ante mucha luz, la exposición, no pasaba de cinco o seis segundos. Incluía en el Proyector, el juego de manos, modulando la luz, mientras comentaba que el juego de luces y sombras, también se podía gestionar, haciendo que unas zonas del Papel-Kodak, que se iba a positivar, recibieran la luz, unas segundos más o, en otras ocasiones de menos.

Continuaba, con el milagro de las Las Cubetas de líquidos, que eran Tres: Cubeta UNO: Liquido positivador. Cubeta DOS: Líquido Fijador. Cubeta TRES: Agua para limpiar.

En las tres cubetas blancas rectangulares, y juntas, se  pasaba el papel procedente del Proyector, de modo automático. A la Cubeta UNO, donde tras un lapsus temporal discreto se empezaba a dibujar los contornos de lo que se emulsionaba, hasta que en pocos segundos, se distinguía con claridad, el fotograma impreso. Naturalmente ese primer paso, había que hacerlo con pinzas, porque el líquido – un ácido – dañaba los dedos. Comprobada a la luz roja- la calidad, o la ruina de la fotografía se continuaba o se desdeñaba la misma, repitiendo el proceso. Si, era válida la misma, se pasaba al Cubeta DOS, la del  líquido-FIJADOR, también un ácido, pero que tenía la función contraria: Retener y/o, paralizar el proceso de positivar el papel, fijándolo en los términos que le interesaba.

De acuerdo o no, con la opinión de FEDE, el aprendiz de brujo, a tiempo parcial, respecto de la calidad del trabajo, bajo la siempre vigilante, luz ROJA, se pasaban el papel-Kodak (Con brillo o Sin-Brillo), positivado a la Cubeta TRES, la del agua para lavarlas media docena de veces, y pasarlas a continuación al secadero de cuerda-bramante en la Sala, permaneciendo colgadas toda la noche, hasta que a la mañana siguientes estuvieran bien secas. No siempre se utilizaba un secador eléctrico que en poco tiempo secaba las mismas, aunque quedaban siempre un tanto arqueadas, sobre todo las de brillo. Este secador, donde podían secarse del orden de cuatro o seis fotografías, solo se utilizaba en ocasiones cuando la necesidad  dictaba.

La paciencia y rigurosidad de “PITI”, en su afición, dejó una profunda huella en su Aprendiz Temporal, al hilo del interés por las buenas imágenes, las buenas composiciones, los contrastes, y la artesanía en su sentido más real y humano: “PITI”: La fotografía es un arte, que jamás te aliviará, pero te alimentará las ganas de reflejar lo positivo de la vida a pesar de la sordidez de la misma que en demasiadas ocasiones romperá el encanto de la misma”

Nota: Último comentario, dedicado a “PITI”, en interpretación libre.

 Fede García: El “Rubiajo” hijo de Pedrosa “El Barrenista” y de “Isabel, la Andaluza.

Cerrando el círculo – Rutas del pasado (recorridos con encanto)

2008 Convento de Santa María de Nájera. Esquema con los sepulcros de los reyes del reino de Nájera-Pamplona en el Panteón Real. Escudo de armas de Sancho Abarca (fachada).

Tras una vida profesional de no parar, el primer desafío que plantea la jubilación es no aburrirse. Se empieza por ordenar aquellas cosas que desde hace mucho se tenían abandonadas, como los miles de fotografías y diapositivas que dormían el sueño de los justos en las mismas cajitas y carpetas en que te las había entregado la tienda de revelado. Es una tarea que sin darte cuenta te adentra en los recuerdos de lo que ha sido tu vida y que se superponen a la melancolía de sentirte por primera vez un poco inútil. Cuando te das cuenta, te rebelas por semejante rendición anímica y decides que hay que imprimir mayor energía al porvenir. Por ejemplo, preparando como nunca el próximo viaje familiar. Los nietos cumplían cuatro, cinco y seis años y ya iba siendo hora de que se enterasen de los orígenes familiares y de cuan diferente era su mundo del que había vivido su abuelo hacía sesenta años.

Eufórico, me puse manos a la obra haciendo una especie de guión con lo más esencial que les quería contar. La energía de que me había imbuido y mi ánimo perfeccionista me llevó a desarrollarlo un poco más y al cabo de un mes tenía unas cien páginas repletas de recuerdos, con algunas fotografías intercaladas, que fue el germen de lo que hoy se puede leer en el blog Lembranzas. Ya tenía preparado todo el material necesario para el viaje familiar a León que haríamos a finales del verano de 2006. Visitaríamos Vegarienza, Sosas del Cumbral y Posada (origen de los de la Calzada) en el Valle Gordo, además del propio León y una visita rápida a El Bierzo. Hice un planing de actividades principales, hechos relacionados con cada lugar, cosas que ver y comer y una profusa lista de fotos que necesitaba para incorporar al escrito. Contenía actividades como “clases de tirar piedras al río“, ver y tocar todo animal doméstico que se nos pusiera por delante, montar en burro, contemplar la explosión de estrellas de la noche omañesa o excursión al campanario de Vegarienza, que me parecían sugerentes para niños que nunca habían estado cerca de un animal o tenido una piedra o un palo en su mano. La cecina, los fisuelos, empanadas y otras exquisiteces también tenían su hueco en los planes. Alquilamos un monovolumen para siete personas y allá nos fuimos a la espera de que los tres miembros restantes de la familia se reunieran con nosotros.

Mi madre sabía que Dolsé en Sosas del Cumbral aún tenía un burro, sin duda el plato fuerte del viaje, y le anunció nuestra visita. Cuando llegamos a Sosas engolé la voz y comencé a explicar cómo se herraban las vacas en el potro de herrar y cómo los chavales lo usábamos de aparato de gimnasia. Enseguida fui consciente de lo difícil que era explicar lo que era un pujavante y la complejidad de describir una herradura de vaca. Demasiados ademanes y circunloquios para niños acostumbrados a la inmediatez de los dibujos animados. Al poco mis nietos estaban tirando palos al río, observando excitados cómo pasaban flotando de un lado al otro del puente, mientras yo me preguntaba qué había fallado en mi exposición. Menos mal que el paseo en el burro Cubano fue todo un éxito y recuerdo la juerga de los adultos cuando el nieto mayor dijo señalando entre las patas traseras del burro los dos bultos negros que le colgaban, “Mirar, las tetas de Cubano“. A grandes expectativas, parejas decepciones y enseguida me di cuenta de que aún no era el momento para contarles a aquellas tiernas criaturas cómo había sido la infancia de su abuelo. A partir de ahí, escribir sobre mis recuerdos fue un vicio solitario sin más pretensiones que entretener el tiempo.

Sosas del Cumbral, Septiembre de 2006. Alex, Paquito y Diego montados en Cubano, el burro de Dolsé.

En cambio, cuando me interesé por la historia familiar de mi mujer, de la que apenas sabía nada, y propuse conocer sus lugares de origen, estuve siempre bien acompañado por ella, obviamente, y por una pareja de amigos, Antonio y Conchita muy viajeros ellos y él un enfermo de la historia de España, que siempre oficiaba de documentalista, guía y animador de cada una de las excursiones que hicimos hacía los lugares de los Vidal-Abarca, Servet, Rodero y Castel.

Empezamos en 2008 por La Rioja donde nos dimos un baño sobre los disputados orígenes del castellano. Del pretendido antepasado de mi mujer Sancho Abarca (ver Los Sánchez y Vidal-Abarca), lo más interesante fue visitar el monasterio de Santa María de Nájera apoyados en la profusa documentación y esquemas preparados por Antonio y atentos a sus explicaciones. Allí estaba la tumba del rey Abarca y su mujer Clara Urraca que figuraban en la base del árbol genealógico de la familia de mi mujer (ver Los `papeles de Blesa). No menos interesantes fueron las experiencias gastronómicas en casi todos los lugares como Haro y el tapeo en los alrededores de la Calle del Laurel de Logroño.

2008. Introducción histórica de la visita a La Rioja.Cuando en 2009 estuvimos por la provincia de Salamanca aprovechamos para acercarnos a San Felices de los Gallegos, lugar de origen de los Rodero (ver Los Rodero y los Castel). En los libros del ayuntamiento no encontramos ni rastro de los Rodero, quizá porque según nos dijeron pudieron inscribirse en Salamanca. Nos dijeron que en el cementerio había muchas lápidas con el apellido Rodero y allá nos fuimos por si podíamos concretar algunas fechas. Había varias lápidas con el apellido Rodero que la madre de mi mujer no reconocía. Su abuelo Emilio Rodero Lacalle firmaba como interventor general los billetes que emitía el Banco de España. Muy interesante la visita al castillo. En la vertiente gastronómica recuerdo las patatas revolconas y el cocido pantagruélico en Tamames, solo para gente recia y con ropa poco ajustada a la cintura.

A Cáceres, donde entroncaron los Rodero y los Castel y aún tiene familia mi mujer, hemos ido varias veces y siempre con muy buenas sensaciones. En la Plaza Mayor aún se encuentra la Farmacia Castel, que ya no es de la familia y que en 2012 todavía conservaba el aire de farmacia antigua. Imprescindible la visita al espectacular y bien conservado casco histórico y no pasar por alto las migas, las roscas de alfajores y la torta del Casar entre otras exquisiteces.

En 2015 estuvimos en la región de Murcia, tierra a la que llegó una rama de los Abarca, estando probado que los Vidal-Abarca ya vivían en 1578 en Alhama de Murcia. A primeros del siglo diecinueve llegaron a Murcia desde Cataluña los Servet, comerciantes en tejidos que se convirtieron en potentados y que fueron coetáneos de los Vidal-Abarca. De la tercera generación de Servet murcianos nace Ana Servet que casó con un Vidal-Abarca aunque ya solo fuera Sánchez de primer apellido. Lío de apellidos aparte, fue muy interesante la visita a Alhama de Murcia. Vimos la casa donde murió el último Vidal-Abarca, bisabuelo de mi mujer, y la finca Torre de la Paz, escenario del impagable relato Mis Recuerdos de Maruja Sánchez Servet, tía de mi mujer, sobre las peripecias familiares durante la guerra civil. Muy entretenida la visita al museo marítimo de Cartagena y constatación del poderío de los Servet ante La Casa del Reloj de San pedro del Pinatar, entonces su residencia de verano y hoy restaurante.

Para este año de 2018 ya tenemos esbozada una excursión que promete ser muy interesante a Aragón. Aprovecharemos para visitar Villanueva de Sigena donde nació Miguel Servet, otro de los pretendidos ilustres familiares de mi mujer (ver Miguel Servet) y está casi decidido que no iremos a Chía, en Huesca y origen de los Castel, por quedar un poco a trasmano y saber a través del libro Joaquín Castel-La burguesía emprendedora en Extremadura de Pilar Bacas, pariente de mi mujer, que en 2012 solo quedaba en el pueblo un biznieto, ya sin el apellido Castel, de una hermana del antepasado José Castel.

Y allá, más al fondo, quedaría la visita a Castelltersol, cerca de Barcelona, de dónde eran originarios los Servet, laneros de oficio y que transmutaron en magnates murcianos. Espero tener tiempo para esta visita, antes que yo mismo me haya convertido en historia y de que sea necesario cruzar una frontera con el pasaporte en la mano.

De estos viajes no obtuve casi ningún dato familiar nuevo aunque si algunas fotos interesantes y fue emocionante visitar lugares conectados con la familia de mi mujer, desconocidos para mí pero que había imaginado muchas veces mientras escribí las distintas piezas de Cerrando el círculo familiar. Fueron pequeños viajes de tres o cuatro días, organizados a nuestra conveniencia y sin prisa para nada, que no llegan a cansar y que dan lugar a infinidad de anécdotas, recuerdos, alguna que otra satisfacción gastronómica y también sentir, en mayor o menor medida, las vibraciones de los antepasados de mi mujer en los lugares en que vivieron. Por si alguno de las generaciones actuales, que algo tendréis de Abarcas, Servet, Rodero y Castel, queréis repetir la experiencia, tengo guardados todos los mapas, esquemas, folletos, fotografías, etc. Puedo aseguraros que todos fueron viajes interesantes, aunque mi opinión pueda no ser objetiva pues habiendo dedicado tanto tiempo a descubrir lo que no sabía de la familia de mi mujer, vuestra madre, abuela, tía, hermana, prima, etc, he podido terminar algo influenciado y confieso que había un cierto morbo por conocer los lugares de tanto antepasado ilustre con los que un simple García había emparentado sin ser consciente de ello. Dios, ¡tanta gloria pasada me abrumaba! (ver De García arriba, nadie diga). Ahora que ya no queda en la familia ni un Vidal-Abarca ni un Servet ni un Rodero ni un Castel, quizá sea el momento de que os animéis a visitar estos lugares y sentir las vibraciones telúricas que inevitablemente surgirán de los lugares donde vivieron. No olvidéis llevar en vuestros móviles el ePub de Cerrando el círculo familiar, la mejor guía conocida de la historia familiar. Y si las vibraciones no son muy perceptibles, seguro que las tortas de alfajores y las patatas revolconas dejarán en vuestro espíritu el aroma de aquellos lugares y de vuestros antepasados. Amén.

Autor de los esquemas: Antonio Jiménez Salido.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Una imagen, mil recuerdos (de oficio, mirones)

Un parador nacional en Villablino?

Esta imagen que yo recordaba como telón de fondo del Campo Municipal de Villablino, la encontré en el blog Nostalgiayeso que hablaba que estaba al borde del derribo porque no llegaban los dineros prometidos que lo convertirían en parador nacional. Yo lo conocí durante su construcción y vi como permanecía cerrado durante años con un aspecto rutilante, a estrenar, y su sillería de granito sugería que duraría por generaciones. Me parecía un edificio majestuoso que quizá no tuviera la ranciedumbre de otros paradores instalados en castillos medievales o monasterios, pero creo que tenía empaque suficiente para albergar un pequeño parador de montaña desde el que disfrutar la “chepa” del Cuetonidio y el valle del Sil.

Durante años la única utilidad conocida fue la instalación en sus soportales de un chigre durante las fiestas de San Roque. Cada poco oíamos que allí se trasladaría la Academia Carrasconte desde la carretera de Rioscuro y los alumnos carrascontinos nos imaginábamos lo que sería aquel inmenso patio de recreo, acostumbrados a jugar en la misma carretera a Rioscuro o en el prado en cuesta que había entre la carretera y el camino al barrio de Colominas. Imaginábamos clases grandes y bien calefactadas que nos hicieran olvidar los fríos del aula “la nevera” y en número suficiente como para no tener que compartir aula con otro curso como hacíamos habitualmente. Y seguro que tendría varios váteres donde no sería necesario amontonarse a la salida al recreo en aquellas meadas colectivas en el único retrete que teníamos, de las que salíamos con los zapatos y la bajera de los pantalones salpicados. Pero por más que se hablaba de ello, el anhelado traslado nunca sucedía y nunca oí razón alguna que desaconsejaran convertir aquel espacio en patio de recreo. Quizá alguno pensó que mientras el toro Sultán necesitara paseos relajantes entre monta y monta de las vacas, novias a la fuerza que le traían a diario a su picadero del Campo Municipal y que llevaban al límite sus capacidades de semental, no convenía que los escolares fueran testigos de tan escabrosos encuentros, contradictorios con la abstinencia sobre el imaginar y obrar que nos inculcaba a machamartillo don Gildo. Quizá también influyó valorar que si coincidía nuestro recreo con la llegada de los alumnos del Instituto Laboral que, enfundados en sus monos de mahón azul realizaban las prácticas de carpintería en los talleres que había en un costado del campo, pudiera surgir algún conflicto pues era sabido que a ellos les atraían “nuestra chicas“. Demasiada tensión sexual para un patio de colegio que debió inclinar el ánimo de los próceres hacia la prudencia y el mandato que asumían de velar por las buenas costumbres.

También pudo ser que fuera incompatible el recreo de un par de cientos de escolares con los múltiples usos a que se destinaba aquel espacio que todos conocíamos como Campo Municipal. Al ver la fotografía se han disparado infinidad de recuerdos de lo que allí vi y pasé. Vivíamos a una manzana del Campo Municipal y solía acercarme a diario en busca de entretenimiento, pues siempre había chavales que habían hecho novillos o que simplemente no iban a clase ni trabajaban, dispuestos a echar una partida al irio o jugar al fútbol (ver El Campo Municipal). Siempre había allí gente desocupada esperando que sucediera algo y contribuir con su presencia a realzar el suceso que luego trasladarían al resto de la comunidad en calidad de testigos. Era una época en que mirar lo que sucedía alrededor era el principal entretenimiento de todos nosotros. No había televisión que nos sujetara en casa y la calle era el lugar donde sucedían las cosas. Allí estábamos los mirones para contarlo.

Cuando llegué a Villablino en 1954, el Campo Municipal acogía en otoño la feria de ganado, con los animales atados a los cables de acero que circundaban dos de sus costados y que nos servían a los chavales para ejercitar los músculos del equilibrio. Allí se aposentaron todos los circos que recuerdo pasaron por Villablino, cuyo espectáculo para los mirones empezaba mucho antes que los payasos salieran a actuar y que durante un par de días nos reunía a todos los curiosos para ver como elevaban la carpa, un espectáculo que nos parecía incluso más interesante que lo que luego sucedería en la pista. Nada más terminar la última sesión comenzaban el desmontaje y a la mañana siguiente los mirones que acudíamos a ver la maniobra nos encontrábamos que no había nada que mirar, salvo los desperdicios que daban fe de que allí habían convivido espectadores, payasos y animales más o menos fieros. La frustración por no tener nada que observar la combatíamos afanándonos en emular sobre los cables las piruetas que habíamos visto a los equilibristas. Cuando empezaron a ser habituales los coches y motos en las calles de Laciana, allí se hacían los exámenes de conducir y todos los desocupados del pueblo observábamos el nerviosismo de los candidatos a motorista, haciendo comentarios en voz alta sobre los ejercicios que hacían bajo la mirada atenta del examinador, y exteriorizando nuestra alegría si el ejecutante lo hacía bien y era amigo o choteándonos de cada incidente que protagonizaban aquellos examinandos de los que no éramos tan partidarios.

En las fiestas de San Roque el Campo Municipal se convertía en el centro del pueblo y se llenaba de casetas de tiro, tómbolas, atracciones y una vistosa orquesta tocaba sobre una tarima instalada según se entraba a la derecha. Allí pasamos las vergüenzas de los primeros bailes y tras las afrentosas calabazas de las chicas, solíamos dar reposo al espíritu contemplando la actuación de los músicos y del vocalista que intentaba fascinarnos con su voz y aires de galán de cine moviendo seductoramente las maracas. No había otro momento del año para disfrutar la música en vivo y los mirones aprovechábamos la ocasión.

En el mismo lugar donde la orquesta nos había inducido a mucho mirar y poco bailar, solía instalarse una pista de coches de choque con los altavoces a tal volumen que impedía oír lo que te decía el que tenías al lado, repitiendo machaconamente la canción “Oberena, es la peña de más alegría, la que no tiene rival….”, seguramente con intenciones anestesiantes. No sé si los dueños eran navarros o habían llegado a la conclusión de que aquel himno combinado con el efecto alucinógeno del chisporroteo que los coches provocaban en la malla metálica del techo, sumado a los gritos de las chicas, mezcla de excitación y agobio por el incesante entrechocar de los otros autos contra el suyo, provocaba en todos los mirones que circundábamos la pista la necesidad imperiosa de comprar otra ficha y demostrar que eras el mejor persiguiendo a las chicas con tu bólido. Aunque casi siempre era mucho mirar y poco perseguir chicas, allí dejé una buena parte de lo que ganaba como cobrador de anuncios de publicidad del periódico La Montaña Leonesa. El himno sanferminero me tenía clavado durante horas a la plataforma que circundaba la pista, contando al tacto las monedas que me quedaban en el bolsillo y manteniendo una lucha a muerte contra la pulsión que me pedía subirme a uno de aquellos trastos acosadores. Solo dejaba de ir por allí cuando en la lata de cigarrillos King Edward que me servía de hucha ya no quedaban caudales, pero aún así el himno sanferminero me perseguía inclemente hasta donde estuviera, al modo incitante de la musiquita con que las máquinas tragaperras recuerdan su vicio a los ludópatas.

Podría seguir contando otros muchos recuerdos que me asaltan, pero seguro repetiré cosas de las que ya he escrito y no quiero aburrir. El hoy desastrado edificio era testigo mudo e inútil del ocio de tanto mirón desocupado o cómo jugábamos al irio y al hinque. Es una paradoja que la antigua academia Carrasconte haya sido remozada y tenga una tercera vida (antes que academia fue cuartel de la Guardia Civil) como residencia de mayores y este edificio que siempre me pareció sólido y duradero se vea en la foto desastrado y algo inclinado hacia la derecha como si hubieran cedido los cimientos. Dicen que está al borde de ser derruido. Al ver la fotografía he tenido la misma sensación que cuando en el espejo me veo cascajoso y desnivelado. Haciendo de tripas corazón, me consuelo pensando que si sólidos edificios de granito se ven así con poco más de cincuenta años, no debería exigirles demasiado a mis propios huesos.

Imagen tomada de: nostalgiayeso.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Lanfrey, el mago (aquellas rifas de Navidad)

Reloj de la estación de Villablino que ahora, en vez de contar minutos, anota desastres.

No estoy seguro pero creo que allá por 1954 coincidí con Alfredo en el Instituto Laboral de Villablino. Yo iba a primero y él debía estar en el curso de los más mayores con Pío Almarza y otros, motivo más que suficiente para que gozara de mi admiración. Pero es que además Alfredo nos encandilaba a cada poco con sencillos trucos de magia de proximidad, haciendo desaparecer un cigarrillo o sacándonos una moneda de la oreja, que luego intentábamos reproducir con poco éxito.

Alfredo vivía en el del bar de la estación de ferrocarril, escenario habitual de correrías mías y de Juanjo “el Polisia” tan bulliciosa de viajeros y trabajadores del carbón y hoy escenario triste del desastre que sigue al cese de una industria pujante, y era usual verle ayudar acarreando cajas de cerveza y refrescos del almacenillo hasta el bar. Estatura media pero bien hecho, fisonomía agradable, a mí me parecía elegante, si es que en aquella época de indumentarias más bien toscas era apropiado usar el vocablo, incluso cuando se le veía subir de la estación con una bolsa de la compra para hacer algún encargo en el pueblo, imagen poco habitual entonces. Seguramente yo le asigné la cualidad de elegante quizá de forma inconsciente, tras haberle visto varias veces en el escenario completamente vestido de negro, asombrándonos con sus increíbles trucos donde no recuerdo que hubiera palomas ni conejos. Solo algún objeto sencillo como bolas, cajas, vasos, naipes, monedas, la varita de mago y sus vertiginosas manos que los escamoteaban o convertían en otra cosa mientras nos distraía con sus comentarios y bromas. Creo que le vi actuar en el mismo Instituto Laboral y en el cine viejo con motivo de alguna celebración, ocasiones en que dejaba de ser Alfredo y se transmutaba en el mago Lanfrey.

Pero sin duda su mejor truco lo reservaba para la rifa. En ocasiones señaladas como podía ser el domingo anterior a Navidad, el descanso del espectáculo se aprovechaba para efectuar una rifa. El premio solía ser una vistosa cesta de Navidad con algo de turrón, un tarro de melocotón en almíbar, un salchichón, bolsas de peladillas y pasas, polvorones, una botella de anís de La Asturiana que serviría de instrumento musical navideño, más una de coñac y otra de licor 43, todo envuelto en papel de celofán y adornado con cintas de colores brillantes y doradas y hábilmente distribuido para que pareciera aún más suntuoso, que se exponía a la vista del público para incitarle a participar en el sorteo. Los números estaban impresos en tiras de papel que el mismo Lanfrey vendía. Se ataba a la cintura un mandil negro corto, acorde con su indumentaria de mago, con dos grandes bolsillos donde guardaba los mazos de rifas y el dinero que iba recaudando. Impacientes como estábamos por seguir con el espectáculo, recuerdo que la venta de papeletas se hacía interminable y no dejaba de vigilar el grosor del taco de rifas que mostraba Lanfrey, que cada poco insistía en que se terminaban. Cuando parecía que le quedaban dos o tres, un inapreciable golpe de muñeca y las tiras se multiplicaban en su mano como en los trucos de naipes y seguía vendiendo papeletas durante media hora con una insistencia exasperante. Al final, alguien elegido entre el público sacaba una bola de una bolsa de tela y la cesta pasaba a ser propiedad del afortunado poseedor del número premiado, entre los aplausos de unos y las envidias de otros. Dejando a un lado mi nula liquidez, nunca jugué en estas rifas porque pensaba que rompían el ritmo del espectáculo y yo quería volver a los prodigios del mago.

El interminable truco de las tiras de papel me exasperaba tanto que veía el resto del espectáculo con disgusto y algo de resentimiento hacia mí admirado Lanfrey. Si en los días siguientes a la rifa le veía acarrear cajas de cerveza del almacenillo hasta el bar, me preguntaba maliciosamente que qué tipo de mago era que no se le ocurría un truco para que las cajas aparecieran por sí mismas debajo de la barra del bar. Ya se sabe, hay momentos en que la adhesión inquebrantable a los héroes flojea.

Salvo el piano que tocaba en el Instituto doña Dolores el día de Santo Tomás de Aquino y las orquestas de las fiestas, Villablino era un erial musical con la única excepción de los tocadores de armónica muy en boga entonces, seguramente auspiciado por la escucha del Trío Biok y sus armónicas mágicas que casi a diario ponía en antena Radio Villablino. Este era otro pilar de mi admiración por Lanfrey que tocaba con mucha convicción una armónica de cambio. El fue el culpable de que yo me comprara una armónica Honner normal, que rápidamente puso de manifiesto mi torpeza de lengua y pocas dotes musicales. Tras mucha saliva y con los labios cortados, ni siquiera fui capaz de entonar los primeros compases de la facilona canción de moda, Doce cascabeles tiene mi caballo. Con poco discernimiento y menos autocrítica, terminé convencido que para tocar aquella cosa era preciso ser como Lanfrey, un poco mago.

No sé qué fue de Lanfrey, si como tantos jóvenes de la región buscó su vida en otro lugar o simplemente ha desaparecido de mi memoria como último truco. Casi todo es un truco. Como señala el reloj de la estación, los años de bonanza que trajo a Laciana el carbón sólo era un truco que duró mientras convino a los mandamases. En la foto de 1960 al pie de la farola de la estación, a Juanjo “el Polisia” y a mí nos parecía que podíamos ponernos el mundo por montera (ver Villablino, territorio comanche) pero no era más que un truco o, más bien, un espejismo. Cuando los años van pasándote por encima, el espejismo se va diluyendo y cada vez nos parecemos más al reloj de la estación.

1960. Juanjo “el Polisia” y el autor (Emilio García de la Calzada), en la farola de la estación de Villablino
2017. El autor. Una vida entre las dos imágenes.

Imagen tomada de: muxiven.blogspot.com, autor José.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Un vagabundo toca con sordina (la épica de viajar)

Aunque nunca subiré al tren AVE por vértigo a la velocidad excesiva, al pensar que en dos horas y media se puede llegar de Madrid a Barcelona, sin despeinarse, no puedo evitar recordar cómo era viajar en aquellos autobuses renqueantes y trenes a vapor cuando la mayor parte del transporte en nuestro país, salvo algún anémico camión, se encomendaba a carros tirados por animales.

A la gente corriente recorrer los menos de cien kilómetros que dista Villablino de León por la ruta omañesa le costaba más de dos horas, parando lo indispensable para recoger y dejar viajeros y que Juan el cobrador recogiera los paquetes de mantequilla destinados a León o Madrid y recibir encargos de todo tipo como medicinas y otras compras que entregaría en el siguiente viaje. Había dos paradas reglamentarias en la venta de Aguasmestas y en la Magdalena para estirar las piernas y tomar un café o un lingotazo de licor.

Venta de Aguasmestas tal como la conoció el autor, parada obligatoria del autobús de Beltrán.En el transcurso del viaje había tiempo para todo. Constatar cómo el archiconocido paisaje reflejaba que estábamos en primavera u otoño, pasar revista al paisanaje de cada pueblo que ya resultaba familiar y vivir sensaciones que se repetían viaje tras viaje. Como la intranquilidad que acometía a los viajeros tan pronto como el autobús enfilaba las primeras cuestas de El Villar y que duraba hasta el último repecho del puerto de La Magdalena, por la duda de si el anémico autobús sería capaz de superarlas y que se agudizaba cada vez que el conductor hacía el doble embrague para meter la marcha más corta. Cuando el motor dejaba de empujar, por unos instantes parecía que el autobús se iba a detener y los pasajeros escuchábamos atentamente el ruido del motor intentando adivinar si la caja de cambios engranaría. Todos tragábamos saliva cuando sentíamos que el motor volvía a impulsar al autobús cuesta arriba y en el ínterin agradecíamos al conductor su pericia. No aplaudíamos porque entonces éramos muy discretos. Nos sentíamos aliviados cuando, ya en la parte alta del puerto, empezábamos a descender hacia León aliviados porque otra vez lo habíamos conseguido. Solo quedaba confiar en el buen estado de los frenos y era el momento de intentar relajarse con una buena lectura, aunque no era fácil pues al poco me sentía mareado por el esfuerzo que suponía atrapar las letras de cada palabra que se dispersaban por la página al son de los traqueteos del autobús. Leer era tan agotador que había que dejarlo a los pocos minutos con dolor de ojos y gran frustración. Mientras los viajeros pudientes se calentaban el gaznate en las dos paradas en que estaba permitido bajar del autobús, yo aprovechaba que las letras habían dejado de moverse para recuperar la lectura perdida sin moverme del asiento. Leer en el AVE con las letras bien ancladas al papel debe ser un placer, evitando, de paso, el desfile alucinante del paisaje por la ventanilla.

Los viajes en tren de León a Madrid a la vuelta de las vacaciones de Navidad y Semana Santa también tenían su miga. Para apurar el tiempo de vacaciones tomábamos un tren que creo se conocía como “el asturiano”, pues procedía de Gijón u Oviedo y que llegaba a León hacia la medianoche. Portando una maleta repleta de efectos personales y libros que no se habían abierto en todas las vacaciones, veintitantos kilos llevados a pulso, la barahúnda de estudiantes que esperábamos en el andén tomábamos el tren al asalto. Llegaba a León tan lleno que solo había sitio en los pasillos que enseguida se colmataban de maletas y estudiantes. A veces coincidíamos con algunos conocidos y acordábamos que uno o dos subirían sin equipaje para localizar sitio en un departamento mientras los demás nos quedábamos en el andén con las maletas, esperando que una de sus caras apareciera por una ventanilla por donde le entregábamos el equipaje. Si no había suerte, sabíamos que nos esperaba una larga noche de pie ante la negrura de la ventanilla o sentados sobre la maleta, deseando que en Valladolid hubiera sitio en el departamento contiguo y seguir sentados hasta Madrid. Si no la había, tocaba seguir en el pasillo las nueve o diez horas que le tomaba al tren cubrir los algo más de trescientos kilómetros de distancia. Derrotados tras una noche tan incómoda, al llegar a Madrid vuelta a cargar con el equipaje rezando para que el conductor de autobús urbano no pusiera pegas para viajar con la maleta-biblioteca. Cambiar de sitio era cansado, a veces arriesgado y consumía mucho tiempo. Algunas imágenes de trenes repletos en India me recuerdan al “asturiano“.

Pero mi peripecia en solitario era una minucia comparada con el viaje que al finalizar el curso hacíamos todos los años desde Roa de Duero (Burgos), donde nos había llevado el trabajo de mi padre, a Vegarienza de Omaña (León), que para nosotros era la Tierra de Promisión así como para los ñus e impalas son los pastos de verano del Serengueti. El último viaje, de apenas doscientos cincuenta kilómetros, lo hicimos en 1954. Con mi madre recién traspasada la treintena, embarazada de seis meses y con una cuadrilla de seis arrapiezos siendo los menores de uno y tres años, salíamos a media tarde de la estación de Roa en un tren a vapor con asientos de madera corridos que nos llevaría hasta Valladolid. Es fácil imaginar la tensión a que estaría sometida mi madre, pendiente de que los mayores no nos asomásemos por la ventanilla que se abría sin más que tirar de una correa, que los pequeños no se cayeran del asiento, que no molestáramos a los vecinos, vigilando el equipaje, contestando a innumerables “mamá cuánto falta”, “mamá tengo sed, tengo hambre”, “mamá mira a este que …..”, con viajes continuos a la peligrosa plataforma del final del vagón donde estaba el váter para resolver las urgencias de tanto crio y preocupada por lo que haría el resto de la tribu en su ausencia. Así durante varias horas hasta llegar a Valladolid donde empalmaríamos con el tren que nos llevaría hasta León, tras una larga espera nocturna. No recuerdo detalles de aquellas noches en la estación de Valladolid, pero me imagino a todos nosotros cenando con lo que mi madre había traído de casa, repartidos en varios asientos que luego nos servirían de cama acurrucados como ovillos, mientras mi madre ya muy cansada vigilaba a su prole y los bártulos. A las tres o cuatro de la mañana había que coger el tren a León y no era tarea menor despertar a tanto niño que aún estaban sumidos en el primer sueño. Mi madre, con la pesantez del embarazo y agotada por la vigilia nocturna, el niño pequeño en brazos, la pieza más pesada del equipaje en la otra mano y vigilando a aquella cuadrilla somnolienta para que ninguno nos acercáramos demasiado a la orilla del andén o perdiéramos alguno de los bultos. Salvados los tremendos escalones del vagón y acomodados en los asientos, quizá pudiera dar una cabezada aunque en un duermevela muy ligero pendiente de no pasarse de estación. Cansados y desaliñados tras tantas horas de viaje llegábamos a primera hora a León y vuelta a reorganizar al personal, que con los hatillos a cuestas o golpeándonos las pantorrillas nos dirigíamos andando hasta la cochera del autobús distante casi un kilómetro. Muertos de sueño y hambre desayunábamos el resto de las viandas, pensando cada uno en la primera comida de verdad que ya estaría preparando la abuela en Vegarienza. A media mañana, tras casi un día entero de viaje, cuando la abuela y las tías se hacían cargo de los pequeños y los mayores nos desparramábamos sin control por el corral, la huerta y el río, mi madre abriría poco a poco la espita de los nervios y la preocupación, porque un año más había conseguido depositar a sus seis crías sanas y salvas en los pastos de verano de Omaña, el huerto y la despensa de los abuelos. La tensión que vivía mi madre durante el viaje no llegaría a la de los ñus cuando tienen que vadear el río Mara, plagado de cocodrilos, para llegar a las llanuras de Serengueti, pero casi. Sin alardes de ningún tipo, mi madre era una mujer valiente, con sus miedos y limitaciones obviamente, pero entregada sin concesiones a su familia. A diferencia de otros años que también hacíamos el viaje de vuelta de la misma guisa, al final de aquel verano y tras parir una nueva cría, todos nos iríamos a vivir a Villablino a solo una hora de Vegarienza. Ni una epopeya viajera más como la que acababa de protagonizar. Un viajero de hoy con automóvil y viajes puerta a puerta, se asustaría de esta forma de viajar. In memoriam de una madre valiente.

Para soslayar estas penurias algunas veces practiqué el auto stop, esa moda foránea que distaba mucho de la visión divertida y aventurera que trasmitían las películas. También era trabajoso, frustrante e incierto en cuanto a itinerarios y horario. A veces cruzar Valladolid me tomó hasta tres horas.

Estos cachazudos medios de transporte eran el trasunto de un país en el que las cosas se mantenían sin cambios durante generaciones o cambiaban muy pero que muy lentamente. Hasta los empleos parecían eternos. El conductor y el cobrador del autobús tal parecía que habían salido de fábrica con el armatoste y que seguirían allí subidos cuando lo mandaran al desguace cincuenta años después. En la estación del tren, viaje tras viaje, tras la ventanilla de los billetes estaba la misma cara, el mismo jefe de estación levantaba el banderín al paso de los convoyes y los mozos que se ofrecían para llevar el equipaje eran siempre los mismos. Yo constataba la inamovilidad de personas y cosas en las largas esperas en estaciones de ferrocarril y cocheras de autobús, donde había tiempo para aburrirse, deambular por allí sin perder de vista la maleta y curiosear en los expositores de postales y libros. Año tras año me encontraba con los mismos libros cuyas portadas y reseñas escudriñaba, con la misma técnica que aplicaba a los carteles de las películas que solían sintetizar el argumento en un solo bosquejo, intentando decidir cuál compraría primero el día que tuviese dinero. Recuerdo varios de Maxence Van der Meersch que entonces estaba de moda y del que casi todos leímos Cuerpos y almas, pero sobre todo uno de Knut Hamsun titulado Un vagabundo toca con sordina sobre el que nunca pude llegar a una conclusión. El título parecía sugerente pero el dibujo de la cubierta me despistaba, pues la única figura masculina no tenía el aspecto que yo atribuía a los vagabundos ni había trompeta que tocar, y, para colmo, el resumen de la contraportada me desanimaba pues aclaraba que era la segunda parte de una trilogía. Un lío en el que me sumergía cada vez que mataba la espera de un medio de transporte donde este maldito libro formaba parte ineludible del paisaje. Cuando alguna vez me lo he encontrado en las bibliotecas públicas, estos patéticos antecedentes me han impedido hincarle el diente. Seguramente el título era una metáfora, pero yo no estaba para metáforas cuando lo que me preocupaba era llegar a mi destino. Tendría que pasarme por una estación a ver si este librito, cuya evaluación entretuvo tantos ratos de espera, sigue aún en los expositores en esta época de la velocidad alucinante y de lo efímero.

Imágenes tomadas de: iberlibro.com, Virgilio en verpueblos.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Sensación de atontamiento (los sonidos de Omaña)

El chopo de la llama de tío Baldomino.

Mi suegro era muy aficionado a la fotografía y a viajar. Como su vida transcurrió antes de la explosión digital, nos dejó sus buenos cíen quilos de álbumes repletos de fotografías y postales que daban fe de los sitios que había visitado y un mapamundi plagado de chinchetas de colores que resumía el contenido de los álbumes. Ya en la época de las redes sociales he visto en algún perfil un mapamundi con los lugares visitados, a modo de selfie viajero no sé si para poner de relieve el carácter de trotamundos o simplemente para fardar, con tal amontonamiento de chinchetas que me ha hecho pensar en el trajín laboral de un comandante de Iberia.

Por perezoso y circunstancias varias yo he sido poco viajero y en mi inexistente mapamundi de esparcimientos foráneos faltarían chinchetas tan emblemáticas como la del París de La France y muchas otras. Cierto que los viajes que he hecho los he disfrutado y a punto estuve de sucumbir al síndrome de Stendhal en ciudades como Florencia, Pisa o Siena, aunque pude sobreponerme creo que gracias al poso pueblerino de omañés que me permite relativizar cuando de cuestiones de belleza se trata. Seguro que se me tildará de ignorante, pero si me dan a escoger entre una mañana intensa en el Louvre gozando de tanta belleza como atesora o un rato de atontamiento en Omaña, no dudaré ni un segundo en entregarme a este síndrome omañés que suele acometerme cada vez que aparezco por allí.

El tránsito del consciente al atontamiento sucede de manera sutil y atrapadora. Basta con estar sentado a la sombra de un manzano en la huerta de mi hermana Julia sin ningún plan concreto y que el murmullo del río próximo se entrelace con algún leve pensamiento, para entrar en un estado ausente controlado por el ruido del agua entre los cantos rodados que puede parecer monótono y uniforme pero que presenta matices y fluctuaciones producidos por cambios en la intensidad de la corriente o en la dirección de la brisa que lo trae hasta mis oídos. El ánimo queda en suspenso y entro en un estado en que todo son percepciones a nivel físico de sonidos y sensaciones de todo lo que está pasando a mi alrededor: sobre un silencio casi absoluto, el ruido leve del agua envuelto en un frescor reconfortante y el aleteo de las hojas de los árboles en la brisa se mezclan con otros también relajantes pero indicativos de que en aquel ambiente tranquilo se libra una pelea continua por la subsistencia, como el zumbido de una avispa hambrienta o el canto asustado de mierlas y grajos, muy atenuado por la distancia. Ningún sonido parece predominar sobre el resto, todo suena muy acompasado

Este nirvana físico y mental desencadenado por el rumor ambiente deja un resquicio de conciencia que se da cuenta de que en aquel espacio faltan sonidos asociados a la actividad de otros tiempos, como el vocerío de los niños chapuzando en la orilla, el golpeo de la ropa en las piedras del lavadero, el ladrido de algún perro avisando al caminante que él es el dueño de aquel trozo de camino, el mugido impaciente de alguna res o las voces lejanas de los que trabajan en prados y huertos, el golpe de hacha que hiende un roble en el monte, el entrechocar de cacharros en una cocina, la campana que anticipa la Misa, el cacareo alocado de una gallina que anuncia su huevo diario, la esquila de una oveja en el Vallado, el suave traqueteo de un carro que pasa por la carretera, ….. Esta fase del atontamiento actúa como una máquina del tiempo que me retrotrae a los sonidos de la Omaña que yo viví y que el subconsciente trae al presente.

Este recuento de sonidos que me faltan, se interrumpe cuando algún conductor con demasiada prisa o poca cabeza pasa por la carretera arruinando con su ruido la armonía del entorno. Las estridencias de los ingenios mecánicos son ahora la muestra casi única de actividad humana en estos pueblos donde antes todo era vida, pausada pero constante y armónica.

La sensación de atontamiento producida por el rumor ambiente que rodea al manzano, también puede surgir a la vista de un paraje solitario como una camperita de yerba corta, como recién pastada por las ovejas, con alguna margarita o quitameriendas u otras florecillas corrientes, a veces atravesada por un afloramiento de roca musgosa y, si el agua está cerca, también habrá una mata de juncos o de menta o algún helecho. La contemplación de esta muestra de simplicidad y armonía me induce la misma sensación de anulación de la voluntad y bienestar asociados a los sonidos de mi infancia omañesa. Nada que ver con el malestar físico que sintió Sthendal al contemplar la belleza que atesoraban los museos e iglesias de Florencia. Lo mío es la felicidad de Simplicio, del que pierde el control en presencia de las cosas sencillas.

Para fotografiar algún paraje como el descrito que ilustrase este post, el verano de 2017 subí arroyo de Castriello arriba, el paraje donde pasé tantas tardes pastoreando las vacas de mis abuelos (ver Las llamas de Castriello). Caminé rodera adelante y a unos cien metros del cementerio vi que alguna máquina había allanado y ensanchado el camino, justo en el lugar más peligroso para el paso de los carros cargados de yerba hasta el punto que teníamos que tirar de las sogas hacia el monte para que el carro no volcase arroyo abajo, mientras oíamos como las llantas de hierro resbalaban peligrosamente por la peña. En cada punto del camino por donde pasaba el agua de lluvia y que todos los años necesitaba ser reparado, se había colocado a modo de alcantarilla un grueso tubo ondulado rematado con cemento por ambos extremos. Tanto esmero en un camino que yo daba por abandonado y unas pisadas frescas de ovejas o cabras me hizo pensar por un instante si se habrían puesto en producción los pastos de las llamas y vuelto a sembrar las tierras de centeno.

Enseguida llegué a la primera llama, la de tía Concha, que tenía el aspecto desolado de las cosas que no se cuidan. La portillera por donde entraban las vacas, cuyas talanqueras asegurábamos para impedir que las vacas las quitaran con los cuernos y se marcharan para casa mientras nosotros zanganeábamos con los otros pastores, solo era un hueco en la pared que cerraba la llama. El cierro que separaba esta llama de la siguiente y que yo había ayudado a hacer a mi abuelo con estacones verdes, se había convertido en un bosquecillo de paleros. Mi abuelo extremaba sus esfuerzos para que todas las fincas estuvieran bien cerradas y ahora las llamas pertenecientes a los seis hermanos podían recorrerse de punta a punta sin ningún obstáculo, como si fueran parte del común.

Hueco en la pared donde estaba la portillera de la llama de tía Concha. En el centro, bosquecillo de paleros nacidos del cierro que dividía esta llama de la de los abuelos del autor.

Por primera vez caí en la cuenta que el bisabuelo Bernardino había sido dueño de casi todos los pastos del arroyo de Castriello. En la llama de tío Baldomino vi el chopo que tantas veces nos cobijó del sol y cuya sombra vigilábamos impacientes para saber la hora de arrear las vacas para casa, erguido como los valientes pero desmochado quizá por el rayo que siempre temimos que nos mataría en los días de tormenta si nos resguardábamos de la lluvia bajo sus ramas. Más adelante, en la bajera de la llama de Pedro, vi que la charca de las ranas estaba totalmente seca y que la ladera, donde nos deslizábamos sobre la yerba seca sentados sobre una tabla, estaba surcada por una cicatriz en forma de camino que debía dirigirse a lo alto de el Vallado.

Poza de las ranas totalmente seca. Arriba, arranque del camino que atraviesa la campera donde se “surfeaba” sobre la hierba seca sobre una tabla de chopo.

Me pregunté cuál podía ser la utilidad de un camino tan remozado en mitad de un paraje totalmente abandonado y confieso que mal pensé que sería cosa de los cazadores para llegar cómodamente en sus todoterrenos al territorio de las perdices, pero mi prima Estela me aclaró que se había arreglado para poder sacar con los tractores la leña de roble que aún sigue calentando las cocinas en invierno. Me alegró saber que aquel paraje, otrora fundamental como área de pastoreo y recolección del centeno, tuviera alguna utilidad.

El Agosto abrasador que había vuelto todo el valle de color pajizo menos la mancha verde de robles y escobales, me imposibilitó fotografiar nada parecido a las verdes camperitas que alguna vez me inducen el trance de atontamiento, pero disfruté del paseo por donde hacía sesenta o más años que no transitaba. Aquel territorio tan frecuentado entonces me pareció una metáfora del transcurrir de la vida, vital y eufórica durante unos cuantos años y reseca y escasamente útil en su tramo final. A la vuelta me detuve frente al chopo de tío Baldomino que yo recordaba alto, frondoso y tan flexible que sabía amoldarse el empuje del viento con una leve inclinación y que ahora estaba desmochado y parcialmente reseco, se me antojó una buena imagen de mí mismo: corriendo de chaval por aquellos andurriales todo el día sin atisbo de cansancio y ahora vigilante para conseguir mantenerme tan tieso como el chopo y a resguardo del frío y del calor, no me vaya a pasar algo. El tiempo no pasa en vano, ni para las personas ni para los parajes abandonados.

Ni siquiera las creencias más acendradas perduran. Recuerdo que siempre nos mantuvimos alejados del vinoso fruto del saúco que los mayores nos repetían que era venenoso y ahora la prima Estela elabora con sus bayas un jarabe cura catarros muy apreciado. A ver si le da por experimentar pronto con las uvas de perro, otro tentador fruto del que nos mantuvimos alejados en nuestra infancia por su fama de ponzoñoso, y logra sintetizar un elixir para los achaques de la edad tardía o solo nos quedará la residencia de Castriello, al borde de la carretera, donde el atontamiento es severo y permanente.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada