La fuente del Valle (el último que apague la luz)

Acarreando agua en África.

Acarreando agua en África.

Dicen los que saben, que para 2050 el desierto habrá colonizado media península ibérica llegando hasta las estribaciones del Sistema Central, con lo que el túnel de Guadarrama será un pasillo para entrar en la zona aún algo verde. Al lado arenoso habrán llegado gentes con turbante y camellos para ocupar el territorio abandonado y en el otro estarán apelotonados los españolitos peleando por la poca agua disponible al estilo apocalíptico de la película Mad Max. Habrán regresado los curas con sotana que sacan a los santos en procesión implorando lluvia (ver Sacar el agua del río) y la ducha diaria estará reservada a los muy ricos que habrán añadido el agua a la lista de bienes acaparables y objeto de especulación. Castilla y León, Aragón, La Rioja, etc habrán dejado de formar parte de la España vaciada pues solo existirá la región de la España colmatada. Por fin se habrá resuelto el problema del abandono de las áreas rurales. No sé si sucederá así, pero nos lo habremos merecido por manirrotos. Seguramente no estaré aquí para verlo, pero quizá sea el escenario que les toque vivir a mis nietos.

Cada vez que veo en las noticias o en un reportaje las largas caminatas de mujeres africanas acarreando agua con la espalda doblada, me acuerdo de que también en Omaña el agua era un bien preciado que había que transportar a las casas para cocinar y asearse. Aunque el río Omaña solía traer agua abundante, en las casas no se desperdiciaba ni una pizca porque costaba traerla desde el río con calderos o el jarrón aguamanil y porque, como en todo, regía la norma general de aquella sociedad rural que era no despilfarrar. Había dos actividades que por sí mismas hubieran requerido disponer de gran cantidad de agua en las casas y que se desarrollaban allí donde el agua estaba. Una de ellas era la colada que las mujeres hacían directamente en el río, arrodilladas en un cajón de madera, con las manos agrietadas de sabañones si era invierno y con miedo a las culebras que se resguardaban bajo las piedras de la orilla si era verano. La otra era que las vacas, que siempre llegaban a casa bebidas, cuando en invierno estaban encerradas en la cuadra había que llevarlas a diario a beber al río.

Incluso el agua de boca se consumía con tino. No es que se pasase sed, pero un botijo de menos de tres litros solía durar todo un día para una familia de cuatro o cinco personas, lo que parece poco pues ahora se recomienda una tasa de dos litros diarios. No habíamos oído aún el término pero seguramente vivíamos algo deshidratados, desde luego que peor que los urbanitas de hoy atados a su inseparable botellita de agua. Quizá la explicación de tanto miramiento por el agua esté en que la de beber había que traerla de la fuente, que en el caso de Vegarienza estaba menos a mano que el río. Si en casa había chiquillos ellos eran los encargados de ir a la fuente, como me sucedió a mí cuando viví con mis abuelos en Vegarienza. No sé cuántas veces habré ido a la fuente del Valle con el botijo golpeándome la pantorrilla y cuidándome de las ortigas y zarzas que bordeaban el camino que arrancaba de casa de Corsino y por la ladera del campanario llegaba, río Baltaín arriba, hasta enfrente de la casa del Asturiano donde estaba la fuente entre helechos y zarzas. A través de un tubo de hierro manaba un chorrito de agua que salpicaba en una piedra plana hasta que asentábamos el botijo bajo el chorro. El eco del agua dentro del botijo nos iba indicando lo que faltaba para estar lleno y recuerdo que en verano nos impacientábamos porque el chorro era un hilito de agua.

Había que ir a la fuente a diario, incluso en invierno cuando no se veían las escobas de tanta nieve, y el miedo al lobo se me hacía muy patente cuando intentaba autoconvencerme de que aquellas pisadas recientes sobre la nieve helada en realidad eran de perro. Casi siempre solía buscar la compañía de alguno de los primos de casa de tía Blanca para que el camino se hiciera más ameno y ahuyentar miedos, a pesar de los riesgos que entrañaba la compañía. Podían entrechocar los botijos o romperlos por la prisas en ser el primero en llenarlo en la fuente o rodar por la ladera si se asentaba mal en el suelo mientras intentabas coger una flor de estallete o una mora o que el botijo llegara a casa medio vacío por las peleas entrecruzadas de buches de agua o los concursos de ver quién hablaba mejor mientras bebía agua a chorro o las peleas de chorros que producíamos impulsando el agua por el pitorro fino soplando con fuerza por el gordo. Había un extenso repertorio de formas de poner en peligro el botijo y romperlo era grave, no solo por la responsabilidad que se exigía hasta a los más pequeños en el desempeño de las labores que se les encomendaban sino porque en cada casa solo había un botijo y habría que esperar a que llegase el cacharrero para comprar otro que tardaría varios días en poder usarse pues había que someterlo al cuidadoso proceso de la cura del botijo. La abuela Honorina llenaba el botijo por primera vez con mucho cuidado para que ni una sola gota mojase la superficie exterior, porque se creía que entonces el botijo no enfriaría bien, y le añadía un poquito de anís para quitar el sabor a barro, dejándolo así durante varios días. Junto con el vino, el agua de beber era cosa muy seria y recuerdo que la abuela confeccionaba un caperuzón de hilo que se colocaba en el pitorro ancho para que no entraran impurezas al rozar con las escobas y arbustos camino de la fuente. Otra regla ineludible que nos recordaban a menudo era que antes de llenar el botijo había que enjuagarlo energicamente con un poco de agua.

Estaba claro que había que mirar por cada gota de agua que se acarreaba hasta casa. En la de mis abuelos era muy fácil acceder a uno de los dos ríos que se juntaban precisamente a la bajera de la huerta donde, además, teníamos un pozo con bomba manual que servía tanto para proveer de agua a la casa como para regar lo que había sembrado mi abuela con la ayuda de una canaleta de madera que se colocaba a la salida de la bomba y llevaba el agua hasta los surcos de las hortalizas. En alguna casa, creo que fue en Cirujales en casa de Arcadio el albañil, vi como grado máximo de sofisticación que tenían un pozo dentro de la misma casa y la bomba de mano estaba situada al lado del fregadero. Supongo que la dueña de la casa sería la envidia de todas sus vecinas al tener resuelto de forma tan sencilla una de las tareas diarias más esclavas, traer agua a la casa.

No puedo precisar si fue por los años sesenta cuando en casa de mis abuelos se puso agua corriente elevándola desde el pozo con una bomba eléctrica sumergible hasta un depósito en el desván que surtía a un cuarto de baño y al calderín de la cocina de leña. Lo que si recuerdo es que no supuso dar paso al despilfarro ya que el pozo manaba lo justo y un uso descuidado del agua habría excedido la capacidad de la fosa séptica. Aunque el agua estaba a golpe de grifo, continuamos haciendo un uso moderado del agua.

Con ayuda económica de la Diputación para la compra de materiales, años más tarde se comenzó a traer el agua corriente a los pueblos captándola de fuentes y arroyos, mediante obras en las que los vecinos participaban como mano de obra gratuita. Supongo que fue un alivio tener el agua a tiro de grifo, pero por lo que algunos veranos he oído en Vegarienza no todos conservan el antiguo sentido de la moderación en el uso del agua y la gastan regando el césped, que suena un poco cursi porque toda la vida por allí se había dicho yerba o simplemente verde, comprometiendo el abastecimiento a todo el pueblo en la época de verano. A menudo no se aprecia lo que no cuesta esfuerzo conseguir. Simultáneamente hubo que solucionar el problema de la evacuación de las aguas residuales ya que en los planes de la Diputación solo se contemplaba traer el agua a las casas y no cómo reintegrarla al medio natural. Se echó mano de las fosas sépticas y, como pude comprobar, de la picaresca.

Cuando mi madre se compró la última casa de Villaverde descubrimos adosado a una de las fachadas un pequeño recinto que debió utilizarse como retrete rudimentario, pero suficiente como para no tener que hacer esa actividad corporal al aire libre o en las cuadras como era habitual, detalle que junto a algunas fotografías y postales que encontramos en los arcones de la casa nos hizo pensar que los anteriores dueños podían haber sido algo más que simples campesinos y con hábitos quizá más refinados que el común. La casa no tenía agua corriente pero era relativamente fácil obtener agua para todo uso, excepto el de beber, pues por debajo de la cocina corría una presa de riego con agua del río. Al poco se empezó con la traída de agua desde el monte hasta un depósito que la distribuía a todo el pueblo.

Aquel verano coincidí en Villaverde con las obras de conducción de las aguas residuales hasta la fosa séptica en la bajera del pueblo, ya cerca del río del Valle Gordo, en las que participábamos gente de todas las casas, sin más dirección y conocimientos en el asunto que lo que a cada uno se nos podía ocurrir. Yo participé activamente en los trabajos, llevaba la cuenta de las horas con que contribuían las personas de cada casa, transporté algún material desde el almacén de Ferreras en Soto y Amío y discutí con los demás si hacer las cosas de tal o cual forma. La operativa no era complicada pues consistía en hacer una zanja poco profunda siguiendo la pendiente del terreno, donde se tendían los tubos de cemento prefabricados que se iban empalmando uno con otro sellando la junta con mortero de cemento. Recuerdo que yo me esmeraba mucho en la elaboración de la junta buscando que no se escapara nada de agua. Cuando me vio nuestro vecino Ángel, que participaba en la obra con mucho entusiasmo y que debía temer que reventara la fosa séptica como en casa de mis abuelos, medio me abroncó y me dijo que lo que había que hacer era dejar un poco separados los tubos como había visto hacer en otras obras similares de por allí. Estaba claro que donde no llegaba la capacidad de la fosa séptica y la ausente dirección técnica de la obra, se suplía con la buena voluntad de los vecinos y la picaresca.

Se me acabaron las vacaciones y no sé muy bien cómo se remató la obra hasta llegar con el alcantarillado a la fosa séptica, pero casi seguro que los tubos dejarían por el camino una parte de nuestros excedentes corporales a lo que se añadió que algunas cuadras empezaran a limpiarse a manguerazos en lugar del procedimiento clásico de amontonar el estiércol en los esterqueros para luego abonar tierras y prados (¿qué tierras y qué prados? se me dirá, con razón). Y probablemente (agradecería que alguien me asegurara que no fue así) cuando la fosa séptica se llenó, por algún sitio empezaría a salir un chorrito hediondo que impepinablemente acabaría en el río.

Volviendo al comienzo, entre todos la matamos y ella sola, la que llamamos madre Naturaleza, se murió o se está muriendo, muy deprisa. Empezamos llenando el vaso en el grifo en vez de tirar de botijo y duchándonos todos los días en lugar de una vez a la semana (no sé de nadie que se haya muerto por hacerlo así) y ahora estamos hablando de que igual nuestros tataranietos no tendrán donde llenar sus botijos. Claro que, ¿quién es el guapo que se resiste a las comodidades? Hubiéramos necesitado una mirada más larga y mucho más espíritu crítico para ser capaces de acompasar el abandono de condiciones de vida, que a veces hay que reconocer que eran realmente miserables y esclavas, y el progreso. Progreso sí, pero no a cualquier precio. Tendríamos que habernos cortado las manos antes que dejar que los tubos del alcantarillado de Villaverde fugasen a propósito y alguien con más conocimiento debió de supervisar nuestro trabajo, voluntarioso pero poco entendido, y haber tenido estudiado qué hacer cuando las fosas sépticas se colmatasen para evitar emponzoñar los ríos. Si de los ríos de aguas limpias de Omaña que yo conocí enviamos porquería aguas abajo, ¿cómo puede extrañarnos que dentro de treinta años las dunas hayan cubierto media península?

Si no se da un recio golpe de timón y nos lo tomamos en serio (Estados Unidos acaba de abandonar los acuerdos para luchar contra el cambio climático), algún día en las paredes de la España colmatada se empezará a ver pintadas que recordarán aquel genial graffiti de un aeropuerto uruguayo que advertía El último que apague la luz. Otro día de fuerte viento alguien dirá que ha visto flotar unos granos de arena en la boca norte del túnel de Guadarrama y se desatará la histeria colectiva. Compactas filas de gente avanzarán por los arcenes cargados con la cantimplora y lo más indispensable pues habrá comenzado la segunda migración hacia el norte para ganar unos pocos años al desierto. Los más avisados saben que el viaje será largo y entre sus bártulos llevan unos garfios para saltar la valla que Europa ha levantado a lo largo de los Pirineos. ¿Les suena? Los más débiles y los más sabios decidirán quedarse, unos porque están seguros que morirán por el camino o que no podrán traspasar la valla y los otros porque saben que el éxodo no terminará tras la valla pirenaica, que poco tiempo después habrá que volver a coger el hatillo de migrante, una y otra vez en dirección norte y que encontrarán nuevas vallas hasta llegar al Ártico, donde no quedará otra que tirarse al agua. Salada. Mejor leer algún libro sobre cómo los nómadas sobreviven en las dunas que ya remontan el Alto de los Leones.

Botijos usuales en Omaña.

Botijos usuales en Omaña.

Imágenes tomadas de: Ancorpiu/JavierAcebal, ferreterialospedros.com, artesaniasanjose, pinterest

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Historias inacabadas (tequilla quillo?)

Curso de inglés

Curso de inglés

Mi padre me decía de vez en cuando que yo era un indolente, no sé si porque realmente lo era y él creía que no me esforzaba en conseguir las cosas ordinarias o porque se había creado unas expectativas para mí de las que yo no era consciente o partícipe. Palabreja aparte, es posible que tuviera algo de razón aunque bien pudiera ser más culpable de mi poca iniciativa la gran timidez que me atenazaba de continuo y la sensación angustiosa de no saber que decir en los encuentros con otras personas. Lo cierto es que hay bastantes cosas en mi vida que no pasaron de la fase de proyecto y, en casi todos los casos, fue mi escasa habilidad para relacionarme con los demás la que dificultó llevarlos adelante.

Y es que los negocios no se realizan con uno mismo, hay que relacionarse con los demás y negociar cuál es tu parte en el asunto. O los idiomas que, salvo para leer un libro en soledad, sirven para comunicarse e interactuar con otras gentes. Claro que mal te vas a comunicar en inglés o ruso si no eres capaz de hacerlo en tu idioma materno porque tu inclinación natural es no gastar energía en parlotear. O el escaso resultado que da tener novia y que ella no lo sepa, porque no te atreves a decírselo.

El resultado de esta actitud tan poco facilitadora de las relaciones ha sido un cúmulo de planes inacabados e historias que no han llegado al final que me había propuesto.

Un ejemplo de ello ha sido el aprendizaje del inglés. Y no es que yo fuera un negado para los idiomas. A pesar de ser de ciencias, gracias a los sopapos de mi padre y de varios profesores de la Academia Carrasconte de Villablino, me defendía bastante bien con el latín después de tres años de darle a las conjugaciones, declinaciones, localizar ablativos absolutos y aprender algunas frases capciosas como “Mater tua mala burra est” o “Yovi flores secas” cuya primera traducción era siempre errónea o parecía innecesaria (ver Mater tua mala burra est). La cosa tenía su gracia pues no había que hablar con nadie en latín y, solo por eso, el latín me parecía interesante. Una vez hecho el examen de reválida, tiré el latín a una papelera y solo me sirvió en las visitas a algún monumento de la época romana para fardar ante mis hijos traduciendo lo que decían algunas inscripciones. A poco que se piense, impresiona ser capaz de entender frases que se habían grabado muchos siglos antes, igual que durante muchos siglos un clérigo o un simple bachiller pudiera viajar a cualquier europeo y entenderse con una buena parte de sus gentes en latín.

El idioma vivo que estudié hasta el ingreso en la universidad fue el francés, el lenguaje de la revolución y la ilustración, usado en aquella época por los diplomáticos y en todos los organismos internacionales. Bien pudo haber sido el inglés, pero era francés lo que habían estudiado los profesores de la Academia Carrasconte y que, sin ser especialistas en el idioma, nos empezaron a enseñar lo que hacía Voltaire con su chapeau mientras exclamaba “Au revoire”. La Academia Carrasconte era territorio francófono. Solo en preuniversitario, en el instituto de León, tuve un verdadero profesor de francés, irrespetuoso, insolente y déspota como ninguno, que consiguió que yo terminara con un conocimiento suficiente del francés. Pero ya el francés estaba en declive como idioma tecnológico y perdía terreno claramente ante el inglés. Jamás lo he utilizado salvo para olvidarlo o contestar a algún turista que siguiera a la main gauche o a la main droit. Otro esfuerzo en el área idiomática tirado a la misma papelera en la que ya estaba el latín.

Así me encontré a los dieciocho años en la universidad, viendo que lo que realmente necesitaba era conocer inglés si quería profundizar en la Física pues solo conocía palabras como rok-and-roll o aftershave, muy poco para mantener una conversación y poco útiles si quería optar al Nobel de Física. El inglés en la facultad tenía la misma categoría que la Educación Física, la Religión y la Formación del Espíritu Nacional, las tres Marías les decíamos. Su calidad docente estaba a la altura de la exigencia y todos aprobábamos inglés simplemente con presentarnos. Un amigo y compañero de clase que había vivido en Estados Unidos, se ofreció a darnos clase a los cuatro o cinco del grupo de amigos y un día a la semana intentaba instruirnos en inglés agrupados en una ventana de los pasillos de la facultad entre clase y clase. Digo que intentaba, pues el pasillo estaba muy concurrido y entre interrupciones y chascarrillos aquello fue imposible. Al final de la carrera, a mi acervo previo había añadido tres o cuatro palabras más, lo que tampoco era gran cosa.

En 1968 encontré trabajo, no como físico sino como informático, y lo primero con que tropecé fue unos soberbios manuales de IBM en inglés. Volví a reactivar el plan de estudiar inglés y me apunté a las clases que daban en la empresa. Allí me encontré con el profesor Frechilla que ya me había llamado la atención al cruzarme con él por los pasillos llevando un libro de gran formato y pastas verdes en los brazos como si fuera un niño. Le reconocí de inmediato ya que fue el profesor del primer curso de inglés que yo recuerdo se dio en la televisión y había adquirido gran notoriedad por ello. Mi empresa no reparaba en gastos para llevar a cabo su política de expansión haciendo obras en el extranjero para lo que necesitaba gente conocedora del inglés. En televisión no trascendían las aprensiones y manías de Frechilla, que estaba exageradamente preocupado por su salud y temía morir de tétanos que creía le amenazaba de continuo. En concreto temía sentarse en una silla y que una punta saliente le provocara una muerte aterradora. Tan obsesionado estaba con ello, que iba a todas partes con su libro verde, grande y de pastas duras, que colocaba en la silla a modo de cojín. De ahí que el libro presentase un aspecto abarquillado y mugriento. Mis condiscípulos fueron mi amigo el filósofo Abelardo, insigne y contestado fotógrafo en mi boda (ver Jugando a la lotería), y dos secretarías que querían trabajar en las obras del exterior. Una de ellas debió aprender más inglés que yo, porque sé que estuvo en alguna obra del norte de África con una vida amorosa tan intensa que se pasó por la piedra a todo lo que se movía dentro de unos pantalones. Las clases del profesor Frechilla no me aprovecharon mucho y cuando la empresa trasladó sus oficinas a las afueras de Madrid dejamos de ver al profesor y su libro antitetánico.

Aunque el inglés me habría venido muy bien para desentrañar los numerosos manuales que necesitaba utilizar para mi nuevo oficio de informático, ciertamente la necesidad no era acuciante. Cuando me trasladaron a Sevilla, aparqué el inglés con la disculpa de que por el momento era más práctico y sencillo aprender andaluz. Aunque a veces no fuera tan sencillo descifrar alguna de las frases que te disparaban por allí como “tequilla quillo?”, que se empleaba para mandar callar a alguien pesado y cargante, inmejorable ejemplo de síntesis que en castellano hubiera precisado la parrafada ¿te quieres ir ya, chiquillo?. Economía de lenguaje a tope. Otra ocasión perdida para poder ser considerado políglota.

A la vuelta de mi periplo por Andalucía y Levante ayudando a la construcción de autopistas, el inglés seguía estando en mi lista de cosas por hacer. Ahora había un profesor que se dedicaba a tiempo completo a instruir a directivos y empleados en el inglés. Era un caballero de pelo blanco, muy educado, al que nunca vi enfadarse o perder la paciencia con sus poco aplicados alumnos. Llegábamos a clase apurados, yo al menos, dándole vueltas en la cabeza al trabajo que traíamos entre manos y el profesor era realmente condescendiente con nuestra falta de celo en hacer los ejercicios y prácticas de lenguaje. No había exámenes ni controles de progreso y la clase de inglés era lo primero que se sacrificaba si había un apretón de trabajo. Era un buen sistema para que los que ya sabían inglés mantuvieran frescos sus conocimientos y practicaran hablando con el profesor. El hecho de que las clases fueran continuas a lo largo de todo el año nos daba la sensación, al menos a mí, de que había tiempo más adelante para retomar el asunto con intensidad renovada. Error craso, pues saqué poco provecho de aquella magnífica ocasión.

No debí ser el único en sacar poco provecho de aquel sistema, pues la empresa empezó a ofrecernos clases en academias en Madrid. Era la época en que yo tuve una segunda ocupación por las tardes y el resultado fue que disponía de menos tiempo del necesario para dedicarme con seriedad al aprendizaje del inglés. Siempre llegaba tarde a clase y pensando en algún problema sin resolver. Fue una experiencia peor que la anterior. Mi inglés era suficiente para desenvolverme con la documentación en el trabajo y el problema seguía sin ser acuciante. Y yo, poco consecuente con mis planes de aprender inglés.

En todo este tiempo dupliqué compulsivamente todo curso de inglés que caía en mis manos, ya fuera casetes de audio o video, como si la posesión de tanto inglés enlatado me acercara más a su conocimiento. Solo me faltó ensayar con alguno de los métodos que garantizaba aprender sin esfuerzo durante el sueño. El timo de los charlatanes de feria con la grasa de serpiente curalotodo (ver Charlatanes), ahora maquillado con un soporte tecnológico y sofisticado como la bocina de almohada que publicita el anuncio de cabecera.

Cuando tuve que hacerme cargo de la informática de una empresa del grupo, empecé a ver los inconvenientes de mi falta de seriedad anterior. Era una empresa de ingeniería con mayoría de clientes extranjeros siendo el inglés la lengua habitual en los contratos y, casi sin excepción, todos los programas de cálculo y gestión procedían del área anglosajona. Recuerdo que cuando tuve que hacer el primer pedido de un programa para cálculos de tuberías, tuve que pedirle a un compañero que me pasara el fax a inglés. Qué vergüenza, menos mal que el compañero era buen amigo. Acosado por la necesidad enseguida pedí plaza en los cursos de inglés.

También aquí pude comprobar que los profesores de inglés o se pasaban de condescendientes o eran algo estrambóticos. Recuerdo un profesor muy joven que iba de colega y se quitaba los calcetines en clase para ponerlos a secar en la salida del aire acondicionado. Trabajé mucho con el inglés, vocabulario, estructuras, etc, hasta el punto que cuando salía en bicicleta escribía las palabras más rebeldes en una pegatina que fijaba en el manillar y que repetía durante horas. Los fines de semana cogía la magnífica columna de Manuel Vicent en El País y la pasaba a inglés para que el profesor lo corrigiera. Cuando alguna vez uno de mis hijos leía las traducciones me decía, Eso no es inglés, papá, cosa que el profesor no se atrevió nunca a decirme. Trabajé mucho pero me faltaba la actitud de soltarme a hablar a tumba abierta aunque cometiera fallos de pronunciación o composición por una excesiva autocensura o falta de seguridad. No me veía dominando suficientemente las estructuras del lenguaje y la pronunciación y no terminaba de aceptar que el aprendizaje de un idioma consiste basicamente en equivocarse y aprender precisamente cuando te corrigen.

Cuando una empresa de ingeniería alemana compró la mitad de la compañía, el inglés fue el lenguaje de comunicación con los informáticos alemanes que hacían una cierta supervisión. Todos los años había una especie de convención en Alemania de todas las empresas filiales y cada responsable tenía que exponer los planes anuales. Allí había indios, australianos, centroeuropeos, sudamericanos y yo era el único que hablaba inglés como indio de película del Oeste. El año anterior a mi primer percance de salud, fui capaz de hacer una presentación de quince minutos que parecieron entender los alemanes, quizá más por las explícitas imágenes de Powerpoint que había preparado que por mi inglés. Por fin parecía que entraría en el club de los que conseguían hacerse entender en inglés, aunque fuera macarrónico.

De haber gozado de mejor salud no sé si la persistencia y duro trabajo de los últimos años, a la fuerza ahorcan, habría permitido desenvolverme con el inglés sin tanto sufrimiento. Pero pronto me jubilé y comunicarme en inglés terminó siendo una de las más clamorosas historias inacabadas de mi vida. Hay más, pero creo que ninguna tan dolorosa. No cabe disculparse en la incapacidad hispana para los idiomas o los dudosos métodos de enseñanza, es que he sido un zoquete. Pero…. ¿ cómo habría cambiado esta historia si los profesores de la Academia Carrasconte hubieran sabido inglés? Mecachis!

Imagen tomada de: flicker

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Mis primeros vaqueros (piel de quita y pon)

1850 Anuncio de vaqueros Levi Strauss - 1919 Victoria Federica.

1850 Anuncio de vaqueros Levi Strauss – 1919 Victoria Federica.

Acabo de ver la imagen de una nieta del rey emérito con unos vaqueros largos que parecían diseñados, y seguramente tuneados, para exhibir la pierna al completo salvo una tira de tejido a mitad de muslo. Probablemente han costado una fortuna y no precisamente por su eficacia en proteger de la inclemencia climática, sino porque aseguran a su portadora ser el centro de atención y exhibirse estilosa y envidiable allá donde vaya. Y es que la vestimenta, esa segunda piel de quita y pon que, después de tantos siglos de perfeccionamiento y hasta refinamiento, ahora es para muchos vehículo de exhibición, un medio de llamar la atención. Irremediablemente recordé mis primeros vaqueros.

En el Valle de Laciana no nos distinguíamos precisamente por nuestro atildamiento en el vestir. Alguno había con más posibles que quizá les permitían ser algo más elegantes como Raúl el de El Barato o Román el de la zapatería, que no parecían del pueblo por cómo vestían. Los demás éramos de vestimenta anodina y poco llamativa, sin colores estridentes ya que las madres preferían los tonos oscuros, “más sufridos” decían, más compatibles con el uso diario y casi único de la misma ropa durante semanas, solo interrumpida brevemente por el domingo o por el cambio estacional cuando llegaba el invierno o el verano. Jerséis de lana tejidos en casa y pantalones que las propias madres confeccionaban o encargaban a una costurera amiga. Además de la ropa de los domingos, así considerada solamente porque era más nueva, solíamos tener al uso un solo pantalón y un par de jerséis, de forma que cada uno teníamos nuestro uniforme habitual por el que se nos podía reconocer desde lejos sin riesgo a equivocarse.

Pero algo comenzó a cambiar al final de la década de los cincuenta del siglo pasado y que alteraría casi todo, incluso nuestro anodino modo de vestir. Empezamos a oír hablar de una moda en el vestir, de los pantalones vaqueros. Hasta entonces la mayor prueba de profesionalidad de modistas y sastres era que no se notasen las puntadas de las prendas que confeccionaban y, de repente, llegaron los pantalones vaqueros haciendo ostentación de sus costuras. Más que ostentación, las costuras eran consecuencia de su rudimentaria elaboración, originariamente como prendas de trabajo para granjeros y mineros donde primaba la resistencia y durabilidad, con costuras recias rematadas en su terminación por remaches metálicos, hasta el punto que la publicidad y etiquetas de los Levi Strauss mostraban cómo dos caballos tiraban en sentido opuesto de un pantalón sin conseguir romperlo. Entonces los pantalones vaqueros debían ser de importación y no recuerdo que abundaran en Villablino aunque si recuerdo especialmente a Pepín Vaquero que los llevaba habitualmente.

Que el tejido original de algodón azul jaspeado de blanco no fuera fácil de obtener, no fue óbice para que los avispados fabricantes hispanos pusieran en el mercado algún sucedáneo con el que colmar las apetencias de los primeros tontos afectados por la moda. En vez de la recia y azulada de los blue jeans, mis primeros vaqueros fueron de tela negra muy fina que bien podrían haberse hecho con tela excedente de la confección de vestidos de señora mayor o delantales, de ese tejido que cuando se desgasta es muy propenso a romperse en forma de siete al más mínimo enganchón y con unas costuras blancas que resaltaban más que tiza en pizarra de escuela. Por si acaso no quedaba claro que aquel engendro de tela negra eran unos vaqueros, tenían un par de remaches en los bolsillos que no eran los de cobre genuinos sino los típicos y reconocibles de los cinturones y tirantes de cuero. No quitaban el frío y las perneras eran tan anchas como los pantalones ordinarios, de forma que al caminar la tela ondeaba al viento y pasé de bolsos amplios donde cabían peonzas, canicas, cromos y todo tipo de achiperres a unos bolsillos donde a duras penas entraban las manos, pero yo fui uno de los tontos felices porque tenía unos vaqueros que ponerme. Hasta que los reiterados sietes en las rodillas y en la culera hicieron imposible su disimulo a pesar de los concienzudos repasos a que los sometía mi madre.

No recuerdo haber tenido vergüenza por mis luctuosos pantalones vaqueros, pero hoy me cruje el intelecto al intentar recordarme con un jersey de lana gruesa con tiras verticales de aquellos ochos tan barrocos que nuestras madres dibujaban alternando sabiamente puntos del derecho y del revés, holgados vaqueros negros con llamativas costuras blancas y calzado con cualquier cosa. Nadie medianamente avisado habría intentado compararme por mi indumentaria con Beau Brummell, un dandy inglés cuya obsesión por la elegancia le llevó a la indigencia según conocimos en el cine por aquella época, sino más bien considerarme un pringadillo o, directamente, un hortera, términos aún no acuñados entonces. Hagan un esfuerzo e imagínenlo.

Era la época en que la ropa podía ser humilde y poco agraciada, pero siempre debía llevarse sin rotos ni descosidos. Jamás una madre de entonces habría dejado a su hija salir con un roto y menos alardeando de ello como Victoria Federica, a la que el pie de foto califica de muy moderna y súper molona. No cabe duda que el mundo ha cambiado muy deprisa y no sé si para mejor si exhibirse con rotos en los pantalones se considera signo de distinción. Cuántos zurcidos se habrían ahorrado nuestras madres si los rotos que casi surgían espontáneamente en nuestros pantalones se hubieran considerado modernos y molones.

Tras muchos años vistiendo ropa casi tan oscura como mis primeros vaqueros, he sido capaz de ponerme ropa de tonos más alegres llegando incluso a atreverme con un niqui color pistacho. Y aún más. Los últimos pantalones cortos con los que me he sentido a gusto son unos Springfield que me regalaron mis hijos allá por 1998. Luego a las tiendas empezaron a llegar pantalones de bolsillos por todas partes, con diseños y tejidos novedosos con los que me veía extraño. Total, que estoy alargando tanto la vida de mis Springfield que lucen casi como los de Victoria Federica, con gran vergüenza de mi familia aunque solo me los ponga durante el verano, lejos de la gente que me conoce. Y no sé qué imagen es más deplorable, si la actual con los rotos y desflecados Springfield o la de mis apócrifos pantalones vaqueros combinados con los jerséis de lana de entonces. Una cosa está clara, nunca supe acompasarme a las modas y jamás se me podrá considerar un influencer, aunque últimamente mi look se aproxime al súper moderno y molón de Victoria Federica. Algo no va bien si la realeza abandona sus oropeles y yo convivo con mis rotos. A la vejez, viruelas.

Imágenes tomadas de: guioteca.com, glamour.es/Getty Images

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Roa, el paso del tiempo y los recuerdos (¡ay! colegiata, -ex)

Plaza Mayor de Roa, con la colegiata.

Plaza Mayor de Roa, con la colegiata.

Si te olvidas que el culpable de tan singular escenario es el Río Duero, cuando te aproximas a Roa por la carretera de Aranda tal parece que la villa encaramada en lo alto surgió al mismo tiempo que el propio cerro cuando este fue creado. O que del cerro brotaron con naturalidad las casas al modo que en el terreno llano circundante crecen vides y espigas. Está claro que si no estás atento, la imaginación puede trastocarlo todo. Igual que si a remolque de tus recuerdos pretendes que en sesenta y cinco años no haya pasado nada en Roa.

Desde 1954, cuando mi familia dejó de vivir en Roa, yo había vuelto en dos ocasiones. Siempre de paso y sin la calma suficiente para anotar el desajuste que el tiempo estaba introduciendo entre la Roa real y la que yo prefería mantener en mis recuerdos según he descrito en Primeros tiempos en Roa, Últimos años en Roa y Juegos y cantinelas en Roa. Los cambios eran evidentes pero la prisa de mis visitas y lo a gusto que uno se encuentra con sus remembranzas, me hacían más cómodo pasar por alto el paso del tiempo y así seguir sintiendo Roa con ojos de niño.

El 7 y 8 de Agosto de 2019 he vuelto a Roa con la pausa necesaria y, efectivamente, he visto que hay cosas que han cambiado, como no podía ser de otra forma.

Comenzando por el principio, el casino donde mi padre acudía cada tarde ya no existe. En su lugar está el bar Transilvania, nombre que sugiere que a los castellanos de Roa de toda la vida se han debido añadir gentes de todas partes, como en el resto del país. En la plazuela tampoco está la fuente donde las mujeres llenaban los cántaros de barro que surtían de agua a las casas y en cuyo pilón bebían los abundantes machos de aquella población esencialmente agrícola (luego comprobaré que el pilón de la entrada de La Cava ha corrido la misma suerte). Qué tontería, pero también eché de menos los sones de trompeta que venían de las primeras casas sobre El Espolón y que tantas veces oí al pasar por allí. Nunca puse cara al desinhibido trompetista que no parecía preocupado porque todo el pueblo fuera participe de sus progresos y desafinos. Lo que sí consiguió fue que todos supiéramos de la potencia de sus pulmones.

La tierra que entonces pisábamos en todas las calles del pueblo, ha sido sepultada bajo asfalto y adoquines o el embaldosado. Hay que mirar en los jardines o en los abundantes solares sin edificar y en el descascarillado de las fachadas por donde asoman los adobes, para encontrar  algún vestigio de tierra. Incluso la calle de El Resbalón (hoy Cardenal Cisneros) que era como el lecho de un arroyo entre dos estrechas aceras, está hoy tan finamente pavimentada que resultaría difícil romperse algún hueso salvo tropiezo fortuito con algún gato de los que viven en los ventanucos enrejados a ras de suelo que me hacían pensar entonces en mazmorras y prisioneros. Ya ni en la enorme Cava donde entonces jugábamos mayores y pequeños, debe quedar una brizna de tierra donde jugar a la tarusa de tan colmatada como está con la plaza de toros, el enorme polideportivo y algunas edificaciones más.

Aunque la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción sea el mejor símbolo de permanencia de la ciudad, entré con algo de aprensión preocupado por lo que podría haber ocurrido para que ya solo fuera ex-colegiata. La percibí sólida y luminosa como entonces pero me sentí desorientado, algo no encajaba y dudé si debía fiarme de mis recuerdos que me avisaban de que allí faltaba algo importante que no supe concretar. Caminaba por la nave izquierda mirándolo todo con atención por si descubría el motivo de mi desasosiego, cuando vi a una mujer que cuidaba las flores de los altares. Resultó ser una joven de ochenta y cinco años, más que contemporánea mía, que con seguridad podría resolver mis dudas con solvencia. Me explicó que el templo perdió el rango de colegiata cuando dejó de contar con los tres canónigos requeridos. Me enumeró los nombres de los ensotanados que yo veía deambular por el atrio y a los que tantas veces debí cumplimentar con mi besamanos, pero solo me sonó el nombre de don Bonifacio. Me tranquilizó saber que lo de ex-colegiata se trataba de una minucia canónica o administrativa que en nada disminuía la calidad artística y simbólica de aquel templo tan importante en mis recuerdos. Al instante decidí prescindir del prefijo ex- y sus connotaciones negativas. Mientras hablaba con la mujer vi en los laterales del altar mayor unos retales de madera que rompían con toda armonía y que parecían haber pertenecido a un coro. Solo entonces me atreví a preguntar por el coro donde recordaba haber estado acompañando a mi padre. La amable mujer me dijo, creo que con un cierto tono de rencor, que un cura caprichoso había desmontado el coro, el órgano y el enrejado en contra de la voluntad del pueblo. Menos mal que no desmontó los arcos, remachó mientras miraba a los dos arcos transversales que unen las cuatro últimas columnas de la nave central. Entonces entendí la causa de mi desazón. El malhadado cura, merecedor de la excomunión si de mí hubiera dependido, había despojado a la colegiata del empaque que los coros dan a catedrales y grandes iglesias y rebajado la grandiosa nave central a la categoría de iglesia moderna de barrio obrero. No había sido el tiempo el causante de tal estropicio sino un cura poco respetuoso. Cuando le conté que habíamos vivido en la casa de Correos que estaba en la esquina de la calle de El Resbalón, me dijo que recordaba perfectamente a mi padre.

Roa de Duero. Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, ya sin coro.

Roa de Duero. Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, ya sin coro.

Se me quedó en el tintero preguntarle por las letras doradas de la fachada que yo recordaba mencionaban a los caídos por Dios y por España, los caídos buenos por supuesto, y que habían desaparecido. Me quedé con las ganas de saber si la culpa era de la ley de Memoria Histórica, del cura revisionista o simplemente de mi memoria desajustada.

El paseo de El Espolón lucía espléndido y a resguardo del sol por unos plátanos de sombra vigorosos y sanos bajo los que el cardenal Cisneros otea impasible el horizonte. Unos jubilados nos dijeron que debíamos tocar el talón del cardenal que sobresale del pedestal de cemento para no sé qué. Creo que nos estaban tomando el pelo. Las vistas son impresionantes y la primera intención es asomarse a la baranda, pero yo aconsejaría mirar a lo lejos y pasar por alto el basurero en que se ha convertido la ladera donde los críos jugábamos a deslizarnos por las baturras, una especie de canalillos en la tierra que formaban las zapatillas al deslizarse sobre el barrillo que se formaba cuando todos los participantes orinábamos en la parte alta de la baturra. Poco más allá de  las escaleras que dan a las antiguas escuelas, descubrí los arcos del restaurante El Chuleta con unas vistas extraordinarias y muy bonito por dentro.

Bajando desde las antiguas escuelas hasta La Cava, salvo unos pocos comercios todo son bares, terrazas y restaurantes. Si no hubiera visto que el campo circundante rebosa de vides, campos de cereal y girasoles o maizales, habría concluido que la villa que yo conocí bulliciosa de actividad y esencialmente dedicada a la labranza, se había convertido en un parque temático para visitantes. No pude pasar por alto que de los soportales de la plaza habían desaparecido las lisas columnas metálicas donde los críos nos graduábamos de chavales, tan pronto conseguíamos llegar trepando hasta su parte más alta.

Estaba alarmado tras todo un día anotando qué cambios tendría que sobre escribir encima de mis recuerdos que habían permanecido invariables durante sesenta y cinco años, pues no sabía cómo un cerebro ya desgastado manejaría la situación.

Menos mal que por la noche todo pareció volver a su ser. Cenamos sentados en una terraza de la Plaza Mayor, con la colegiata muy bien iluminada que me pareció y sentí era la de siempre. Bien plantada y sin arrugas a pesar de los siglos y de que un cura malandrín la hubiera despojado del coro. No sé si ayudó a poner orden entre mis recuerdos y la realidad el magnífico picoteo en la terraza del Portalón, lo cierto es que hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto y en un sitio tan evocador y extraordinario. El tiempo y las gentes introducen cambios, pero lo fundamental permanece y creo que la iglesia de Roa da buen ejemplo de ello. En la colegiata primero fue  el románico, luego el gótico, más tarde lo renacentista, una superposición arquitectónica que sintetiza cómo adaptarse a los cambios y seguir siendo la misma. Primero colegiata y luego rebajada con un insultante ex- a parroquia rasa, pero ahí seguía tersa y señorial. Tomé buena nota de que el tiempo y sus avatares no tienen por qué cambiar la esencia.

Agosto de 2019. Plaza Mayor de Roa.

Agosto de 2019. Plaza Mayor de Roa.

Me fui de Roa satisfecho pensando que bien están los recuerdos en un cajón para abrirlo cuando lo necesites, como bien está disfrutar lo que de bueno tiene la Roa actual y la de siempre. Y si quieres que todo fluya acompasado, sin estridencias, nada mejor que una noche de Agosto, a ser posible en vísperas de San Roque, en el escenario magnífico de la plaza mayor de Roa con su colegiata eterna al fondo y los niños proyectando sobre su fachada sombras chinescas al corretear por el atrio, tal como hacía yo hace sesenta y cinco años. Hasta siempre Roa, sé cómo se te ve ahora pero me vuelvo con mis recuerdos intactos.

Por supuesto, no olvidé llevarme una torta de aceite bajo el brazo. ¿Se puede pedir más a un viaje al pasado?

Imágenes tomadas de: todocoleccion.net, wikipedia.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

En primera línea (la obsolescencia de los cuerpos)

2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza. 2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza.

Hace dos días recogí de casa de mi madre los recuerdos personales que me habían correspondido: un original mecanografiado de La sonrisa de la fortuna novela con correcciones a mano de mi padre, su muestrario de anzuelos y secretos para la pesca de la trucha, una foto de mis padres y algunas más del álbum familiar donde aparezco yo o alguien de mi propia familia, dos tomos de Historia de las cruzadas de J.F. Michaud con bonitas ilustraciones de Gustavo Doré y un bolsito bandolera de ganchillo que había sido de mi madre. Era la última vez que estaba en la casa de mis padres en Madrid donde había vivido solo unos cuantos meses allá por 1968 y visitado bastante a menudo a mi madre durante sus últimos años de vida.

Mi madre había muerto dos años y medio antes, pero ahí estaba todavía la casa como un nexo que me unía materialmente a mis padres, como si aún no se hubiera producido el adiós definitivo. Ahora sí, ya solo quedan sus recuerdos y las pocas cosas suyas que mencioné. Los hilos materiales que me unían con la historia de mis orígenes se han cortado definitivamente con esta última visita a la casa paterna. Solo recuerdos y sus cenizas en sendas urnas en Vegarienza, en el cementerio de Castriello, en la ladera de Santa Colomba que ni es solano ni avesedo, pegadito al arroyo que huele a menta por cuyo cauce escurren las aguas que manan de las tierras ferruginosas de las llamas donde tantas tardes pastoreé las vacas de mis abuelos (ver las Llamas de Castriello y La estampa). Ahora sí fui mucho más consciente que cuando mi madre murió de que yo ocupaba la primerísima fila de los que, inexorablemente, seremos llamados al ajuste final de este tránsito corpóreo (valle de lágrimas decía mi abuela Honorina) que es la vida.

En Castriello descansan también, en la tierra al estilo tradicional, mis abuelos y bisabuelos maternos y seguramente algún antepasado más de la rama González y García. Cuando a mi madre le dio por pensar dónde quería estar cuando se le acabase el tiempo, ya no había espacio en el suelo de aquel modesto cementerio omañés colmatado de cristianos más o menos rezadores. Modesto pero tan antiguo como la misma Omaña. La falta de espacio para tanto muerto se resolvió al modo en que lo solían hacer los invasores romanos del valle del Omaña, añadiendo un columbario con unos cuantos nichos (palabra horrorosa donde las haya) mortuorios que destacan sobre el yerbazal de las tumbas. Mirando al cementerio y más concretamente al columbario donde ya estaban las cenizas de mi padre, en el verano de 2016 y tras rezar un padrenuestro mi madre musitó emocionada “Que nos reunamos todos en una vida mejor” en lo que me pareció la expresión de un deseo intenso, anhelado, cinco meses antes de dejar esta vida que ya se le estaba haciendo demasiado larga.

Entre lo que nos dejó había unos papeles manuscritos que decían que mi madre era propietaria de uno de estos nichos y un notario de Madrid ha anotado en sus protocolos que yo soy dueño junto a mis hermanas de semejante aposento para la eternidad. No conozco a nadie capaz de llevar la contraria a un notario. Yo desde luego no lo haré, así que allí me llevarán cuando llegue el momento si los que me sobrevivan atienden mis deseos.

No sé a qué edad comenzó mi madre a preocuparse por estas cosas que a los de la siguiente generación nos hacía sonreír condescendientemente, pero el tiempo pasa para todos y forzosamente tengo que agradecerle que pensara con tiempo suficiente en algo tan obvio como dónde acomodarse para los restos, dónde estar sin molestar a los vivos. Porque hace tiempo que siento los efectos de la obsolescencia escrita en los defectuosos genes que me han tocado en suerte, de los que sin duda son responsables involuntarios unos cuantos de mis antepasados con los que un día compartiré espacio en el cementerio de Castriello. He sido, soy todavía, el trasunto de lo que ellos fueron, de lo que llevaban escrito de forma indeleble en su ADN fruto de tantas vidas entrecruzadas durante siglos y que ha cristalizado con mejor o peor fortuna en individualidades concretas como yo mismo.

Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello. Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello.

Ha hecho fortuna la expresión obsolescencia programada aplicada a los electrodomésticos y otras máquinas que usamos a diario, pero a fuerza de percances de salud, aparentemente sin relación alguna con mi estilo de vida, cada vez estoy más convencido de que somos nosotros los que tenemos bien escrito en los genes, con tinta invisible a simple vista, la fecha de caducidad de nuestros cuerpos. Los cirujanos van extendiéndonos prórrogas a esta fecha de caducidad, pero finalmente la obsolescencia nos alcanza de forma inexorable. Da igual que hayas sido alto o bajo, ocurrente o aburrido, valiente o cobardón.

Por eso mismo le estoy agradecido a mi madre por ocuparse sabiamente de dónde dejar su propia obsolescencia y, de paso, la mía. Y qué mejor sitio que el cementerio de Castriello, donde aún cantan las ranas en el arroyo y los saltamontes despliegan sus esplendorosos élitros del mismo azul que el ala de los grajos que se oyen entre los chopos del cercano río Omaña; donde por las tardes se siente el alivio de la sombra que proyecta Santa Colomba cuando ya se hace inaguantable la solanera con que el sol aprieta desde bien temprano en las mañanas de verano o dónde en invierno se agradece el solecito mañanero que atempera la tiritona de la helada nocturna, porque habrá que ver cómo se siente el frío y el calor cuando en vez de huesos y carne se sea solo polvo o ceniza.

Polvo o ceniza. Hasta la época de mis abuelos era cierto lo que decía el sacerdote cada Miércoles de Ceniza mientras nos ponía una pizca de ceniza en la frente, “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás), frasecita que nos helaba el alma y que a mí me sugería con desagrado el roer de los gusanos reciclando la carne en tierra vegetal, en polvo. Ahora que ya salimos reducidos a ceniza desde la capilla mortuoria, sin gusanos de por medio, no sé si habrán tenido que cambiar este recordatorio que nos decía a las claras que éramos muy poca cosa. Y así es, hay que admitirlo.

A medida que te haces mayor hay que ser consciente de que las leyes de la probabilidad van dejando de ser neutrales, que la cara y la cruz de la moneda no pesan estadísticamente lo mismo. En los próximos días se lanzará de nuevo mi moneda, que tantas veces ha salido cara, y veremos qué sucede.

Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho. Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho.

Si sale cruz, mi familia tendrá que encargar una plaquita con mi nombre y pegarla en la losa de mármol negro que cubre el nicho de la familia García de la Calzada, tan pulido que en él se reflejan los robles y escobas de la ladera de enfrente que recuerdo servían de refugio a las vacas que moscaban en las tardes de verano cuando yo las llevaba a las llamas de Castriello, el paraje donde fui feliz de chaval.

No se me ocurre un sitio mejor para esperar que se desperecen los cuerpos cuando suenen las trompetas del Juicio Final en que creían muchos de los residentes del cementerio de Castriello. Y para los descreídos sólo quedará sentir como nuestras cenizas se esponchan o acurrucan según haga calor o hiele, mientras se oye el manso discurrir del arroyo de Castriello entre juncos y matas de menta. El mundo seguirá dando vueltas y en unos cuantos años los hoy jóvenes de mi familia serán candidatos también a residir en Castriello o, si lo prefieren, a la sombra de las hortensias familiares.

17 de Junio de 2019, en vísperas.

La moneda salió cara, otra vez. Aunque algo desvaída por una maldita e inesperada FA.

22 de Junio de 2019.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los zapatos prodigiosos (ahora que todo es plástico)

Plástico.

Si vives en un pueblo, aunque sea grande y pujante como era Villablino, ir de compras a Ponferrada era una experiencia excitante, pero peligrosa si eras un poco palurdo. Cuando aún casi no habíamos oído hablar del plástico y el calzado era basicamente de cuero, recuerdo que el dependiente de una zapatería me mostró una especie de mocasines de cuero de becerro, tan peculiares que de la suela sobresalían un par de milímetros unos tacos circulares de un material desconocido para mí. El dependiente me explicó que entre la suela exterior y la interior había una lámina de nylon con tacos redondos, que era con los que se pisaba en el suelo y que aportaban un buen agarre y durabilidad. Para qué quería yo oír más. Cuando los probé y me sentí cómodo, dije que me los envolviera pensando ya en cómo aquellos mocasines con unos mini tacos parecidos a los de las botas de fútbol me harían sentir diferente entre los amigos.

Cuando se los enseñé todo ufano al zapatero Rouco, que había puesto muchas medias suelas de cuero a los zapatos de toda la familia, dijo que eran muy bonitos mientras esbozaba una enigmática sonrisa. Efectivamente eran muy ligeros y cómodos y con las primeras nieves me permitieron destacar como el patinador más rápido sobre los resbalitos que hacíamos en la nieve recién caída y ya helada. Cuando la nieve se convirtió en un bochinche de nieve y agua, mis zapatos, cumbre tecnológica zapateril, se convirtieron en barcas de tanta agua como traspasaba la suela a través de los orificios de los tacos. Al llegar a casa los puse a secar al lado de la estufa de carbón, convencido de que seguramente el vendedor olvidó advertirme que eran zapatos de secano. Un completo desastre en una época en que solo teníamos un par de zapatos. Cuando supuse que ya habrían secado me acerqué a la estufa con aprehensión y encontré dos cosas retorcidas y acartonadas, orladas de las manchas blancas que deja la humedad en el cuero, y no pude por menos que recordar la sonrisa de Rouco que seguramente fue más condescendiente que enigmática. Nunca más me senté en un corrillo de amigos mostrando, como sin querer, las suelas de aquellos zapatos vanguardistas que parecían anunciar que Rouco el zapatero tendría que sustituir el cuero de vaca por el plástico. Juré que en adelante sería más precavido con mi debilidad hacía las vanguardias tecnológicas, pero vez tras vez he sucumbido a la tentación con resultados tan desastrosos como los de estos zapatos innovadores a los que yo fiaba mi prestigio entre los amigos.

Yo, que voy para muy viejo, viví cuando aún no había plástico. Casi todo se construía con materiales tradicionales como madera, piedra, barro, cuero, esparto, mimbres, algodón, hojalata, hierro, vidrio y cosas parecidas que proporcionaba la naturaleza sin intervención de la química o la física cuántica. Tímidamente, en aquellos teléfonos negros de disco, empezó a usarse un material sintético, moldeable pero rígido y muy frágil, que se llamaba bakelita. De repente, en 1957, los satélites rusos Sputnik comenzaron a orbitar la Tierra, los americanos llegaron a la Luna y empezamos a oír hablar del silicio y de un sin número de materiales sintéticos que lo cambiarían todo. Como el plástico, que valía para casi todo y culpable en parte de mi desastrosa experiencia zapateril.

Menos de sesenta años después de aquellos minúsculos tacos de naylon de mis zapatos, todo el planeta está inundado de plástico. Muchas aves y especies marinas mueren al ingerir deshechos plásticos y mecido por las ondas del Pacífico hay un continente de plástico cuyos bordes, si no deja de crecer, llegarán pronto a las playas de California. Y ahora dicen que nos estamos bebiendo el plástico en forma de micro partículas en las más finas aguas de mesa, de manera que el plástico con el que lo hemos enmerdado todo comienza a colonizarnos por dentro. Lo más parecido a morir de éxito. El éxito del plástico. El mismo éxito del que mea más alto, aunque sea a costa de ensuciarse con su propia orina.

Si te compras un coche de cincuenta mil euros que conduce solo y donde todo es lujo y tecnología, lo primero que llama la atención entre tanto aparato sofisticado es alguna pequeña incrustación de un material precioso en el salpicadero o en los asideros de las puertas, que seguramente estarán forrados de cuero como signo de distinción. Son incrustaciones minúsculas, como las joyas, finamente pulidas y recubiertas de un barniz que parece ámbar y que realzan la sensación de exclusividad del vehículo. Es madera. Madera y cuero, el mismo cuero que Rouco el zapatero empleaba en sus reparaciones, símbolos de sofisticación. Pero ahora a precio de oro.

Imagen tomada de: cronista.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Jirones XX. Garabatos mentales

Autor: FEDE GARCÍA 12 de Mayo de 2019

Villablino 2018. Lavadero de carbón cerca del río Sil.

Tras un cierto tiempo, desde el 9 de abril del pasado año 2018, se abre la puerta del interés personal a fin de continuar, esta especie de: monográfico a la intemperie de los hilvanes que dieron cuerpo a la niñez y adolescencia de un niño rubio – hoy adulto avanzado – al que le apodaban en “Las Colominas” FedeEl Rubiajo”. Se han olvidado en el calendario – 398 oportunidades de dar continuidad a esta especie de ¿revalida de la memoria…? que, puede incluir, algún garabato mental, producto de las neblinas que la lejanía del tiempo añade al repaso voluntario de septiembre-otoñal. Razones involuntarias y acontecimientos sobrevenidos, lograron silenciar de modo temporal la pluma, el palillero y la tinta “Waterman” de Fede – (sistema analógico de escritura en vías de extinción radical) –  a manos de las nuevas tecnologías, que no manchan los dedos de tinta, ni emborronan las cuartillas amarillas con restos de paja.

Estas visitas – recordatorio – a la memoria escondida, se volvieron a reactivar, tras una visita relámpago a Villablino con la familia, hace escaso tiempo. Apenas, unas semanas, nada más. Tiempo suficiente para re-andar unos caminos, unas veredas, y unas circunstancias que encajaron pieza a pieza el puzle de la imaginación, salvo algún imponderable irreparable que la realidad del devenir impone.

Pude comprobar el asesinato de las vegas y los prados, camino del puente de Hierro, para ir a las pozas de baño: “El Largo”… “La Concha”… etc, a  manos de un monstruo enorme de hierro y hormigón que había impuesto sus cimientos sobre unos prados, siempre verdes, con amapolas y margaritas sembradas a voleo. Habían sido esos prados el sustento de un ganado específico, y también, el tablero de juegos tras las siegas de verano, de unos niños y niñas – casi todos de “Las Colominas”, que se aventuraban a colonizar de modo temporal los mismos.

Ese monstruo colosal – hoy, en silencio – es una especie de esfinge frustrada en honor al horror del progreso al minuto. Sus desechos, por miles de toneladas – habían sido depositados a pie de ribera del siempre altivo Río Sil. Habían rellenado las graveras que la paciencia del rio en millones de años había construido, sin quejarse. El paso por la “Concha”, seguía siendo el mismo: estrecho, ondulado, peligroso, y la playa-rocosa a la altura de “El Molinón”, era una especie de espacio natural – sin proteger – adornado por las hierbas y flores, que habían hecho fortuna entre las rendijas y las entretelas de las rocas. El silencio dominante – ningún lacianiego, ni guaje, ni adulto, con caña o sin ella, perturbaba la melodía de fondo de las aguas – casi bravas – en su camino hacia el abrevadero reventón de la presa de “Las Rozas”.

Esa vereda – casi clandestina – porque, para ser paseada, es necesario hacerlo con cayado de boj, o vara de avellano verde, dispone de un pequeño y casi oculto acceso a la altura del hoy – extinto – puente colgante de las aguas potables de hace unas décadas, en la bajada del camino de “La Muela”. Camino, casi motorizado, aunque, aún se mantiene, el acceso natural a “La Muela”, por el sendero de cabras, que cruza el robledal, hasta el Castro, paralelo al arroyo que desciende desde el Nevadin.

Allí, se puede comprobar, como los artilugios mecánicos de traslado, de la reposición de los residuos impertinentes del “Carbón-negro antracita”, han sido depositados – capa a capa – como si de un rascacielos inverso se tratara, por decenas de miles de toneladas, y sin, por otra parte, disponer de Plan-B alguno de emergencia ambiental, ni presente ni futuro, por si Don Gildo, levantara la cabeza. Una pena. Pero, a la vez, una desgracia más, que ha pasado factura sin derecho a devolución, en cuanto al resarcimiento efectivo y la correspondiente reposición de los prados en su esplendor  milenario ya desaparecido.

Los sopletes ya habían desmontado, alguna parte del espinazo del ascensor de residuos industriales contaminantes. Allá estaban, volteados, oxidados, quizá a la espera, de que algún responsable, o empresa, o vaya usted a saber quién, los facture a la Fundición Auxiliar más próxima, sin explicaciones, por el momento.

Villablino 2018. Antiguas escuelas graduadas.

En otros momentos, en los paseos hacia el abismo de la memoria, alcancé y alcanzamos, por dos vías, las escaleras de piedra de acceso bilateral a las antiguas Escuelas Graduadas, en la carretera a San Miguel y Villager, y por la ronda/calle, hoy asfaltada, desde la Plaza de Villablino al Extinto- Cine Muxiven y a las Escuelas. En ambas vías, la “Suerte estaba echada”. Los patios de juego y expansión de las Escuelas Siamesas (Niños y Niñas) juntos, pero no revueltos, habían sido ajardinados sin demasiado esmero. Por tanto, se había acabado el griterío de tumulto imparable en las salidas al recreo y al finalizar las clases mañana y tarde. Un silencio catastrófico era el rey del tiempo.

Ni resbalones, ni empujones, ni meriendas volando, ni juegos naturales, ni tablet, ni smartphone inoportunos y alienantes. Se acabó, el yo soy el primero, porque me da la gana y además te puedo… recurso inapelable del más broncas de la clase, que siempre se arrugaba, ante otros de menor edad, que podían hacerle frente, y además, no le chivaban los deberes o las preguntas del So-Maestro.

Los colores de las Escuelas – su pintura – las paredes, habían sido restañadas en alguna ocasión. No demasiadas. El interior de las aulas estaba arrasado, como si hubiera pasado un ciclón natural. Algún pupitre volcado, y algún mapa desvencijado. Ruina, en definitiva. Abandono programado y desidia municipal en estado de insolvencia mental.

Villablino 2018. Antiguo cine Muxivén.

Respecto del Extinto-Cine Muxiven, había pasado de ser el centro de culto del paisanaje de Villablino, los sábados/noche, los domingos sesiones primera tarde/menores y tarde/noche, adultos, con películas muy al día del momento: Reestrenos, casi siempre, habiendo pasado previamente, por el Visto/Bueno, de Don Gildo. Cine – ruinas de cine – sellado a cal y canto, como un simple sarcófago, tal y como confirmó la vecina de enfrente. El cine Muxiven, había sido sacrificado para siempre, en su versión previa. Quedaban los ojos ovalados de respiración interior –siempre abiertos – como espantados de que su fin era irreversible – Dan la impresión de que no aceptan el veredicto de un sacrificio cultural ya añejo y olvidado. Quizá, alguna promotora, o entidad pública, se atreva a rehabilitar una ruina que enriquezca la memoria colectiva. A saber…

Autor fotografías: Fede García González