Jirones de Memoria XXVI – “Cinto” un ciclista autodidacta

Autor: FEDE GARCÍA 17 de Abril de 2021

Jacinto González Vega, Lembranzas, Villablino

Jacinto González Vega

…Ya, a finales de un nuevo mes de septiembre – 1965 -, empezaban a amarillear las faldas del Cuetonidio y la Debesa de La Muela. Alguna tormenta de fin de verano, causaba la espantada natural del personal – familias por lo general – que habían ido a pasar el domingo bajo el frescor de la aguas del Río con los bártulos de cocinar, asar y despabilar el estómago. Era un lujo, ver como grupo tras grupo, se desperdigaban por las veredas para converger en el Puente de Hierro. Puente que como una gran garrapata, se aferraba con ambas manos a las orillas del Río Sil, sobre un cauce remansado con una presa de temporada de no más de un metro de altura, toda ella levantada con cascajos redondos de rio de respetable volumen,  bien pulidos y ovalados, de color siempre claro y, sellados a base de pedazos de pella y terrones de barro más yerba recolectados en sus orillas.

Los latigazos de los relámpagos y sus posteriores truenos, más la lluvia derivada obligaban a guarecerse y cubrirse de mil formas con los medios a disposición de cada cuál: el saco de yute revuelto en forma de capucha; el jersey  de mangas al hombro revuelto como pasamontañas; algunas ramas verdes; el bicornio de papel… ambas manos, como último recurso… los más afortunados, el mantel de tela de cuadros verdes, o de hule – cubre suelos – …, y,  siempre todos en dirección noroeste, hacia las Colominas, para recogerse cuanto antes, y esperar a que la tormenta hubiese escampado…

Esos fines de semana de domingo, eran aprovechados por un futuro ciclista de los de “voluntad y esfuerzo” a prueba de escépticos.

Se trataba de Jacinto González Vega – hermano de Isabel González Vega – que un par de años antes, había sido enviado desde Jaén-ciudad, por su madre: Jacinta Vega Oviedo, al cumplir diecisiete años, para ser acogido en casa de Pedrosa “El Barrenista”.

Al cumplir los dieciocho años: Fue admitido en la M.S.P., con la categoría de Ayudante  “Guaje”, en el Transversal, empezando a trabajar, fuera de la mina…Sus primeros libramientos fueron para adquirir una bicicleta de segunda mano, que le servía para acudir todos los días a Orallo, después de ser trasladado al mismo, por la M.S.P: en viaje de ida y vuelta.

Por razones que desconozco, se trataba con José López Rodríguez: “Pepín” el de Villager…creo que, en los entrenamientos del mismo previos a los carreras y competiciones de verano por las carreteras locales, o se encontraban, o se acompañaban…Lo cierto es que se conocían y se trataban, e, incluso, en alguna carrera local de las fiestas el 15 de Agosto,  en Villablino, habían competido con un balance frustrante para mi tío: Jacinto – hermano de Isabel “La Andaluza”: No quedó el primero, ni el último. Un derrapazo a tiempo – no se sabe, si por la arenilla en la curva, o por velocidad excesiva, dio con sus costillas en el suelo, llegando a la meta fuera de tiempo, magullado, descompuesto y con la bicicleta en la mano, más dos costillas lastimadas y, por supuesto, sin trofeo.

Lo cierto, es que “Jacinto”, debía de acudir a las carreras en Ponferrada, León, etc., previamente, una o dos horas antes del cierre de la posta de control de las mismas, tras haber recorrido los 100, ó, los 60 kilómetros que hubiera de distancia, cargado con la mochila de tubulares, equipo de remiendos, herramientas adecuadas, ropa seca, menaje al uso y viandas reconstituyentes suficientes. “Jacinto”, no disponía de equipo, ni de preparador, ni de medios para acudir el día anterior a la competición, a fin de descansar y llegar al punto de inscripción, en fresco y listo para competir en similares condiciones, con los demás.

El acceso a las competiciones, siempre fue, tras un precalentamiento de 60, ó, 100 kilómetros, cargado a lo “Romano”, y, si, como en ocasiones, sucedía, llovía durante el trayecto, no había excusa alguna para no competir: Incluía la mojadura en la competición, porque se le había humedecido la ropa de repuesto: Una camiseta de algodón – cosida por Isabel – recortada de un lienzo usado de rayas y, un calzón- también de algodón al uso –

“Jacinto”, “Jacintillo”, para su hermana, nunca desistió, ni se presentó jamás en casa desfallecido, a pesar, de que la vuelta a “Las Colominas”, debía de volver a pedalear sin descanso de nuevo – otros 60, ó, 100 Kilómetros más de sobre-prima especial.

Siempre volvió a casa, con algún triunfo. En algún caso, con el segundo premio, y, en varias ocasiones con el tercero, más los caramelos para sus sobrinos: Fede, Isa, Luli, Monchi, Juana…

Sus competiciones siempre fueron en desigualdad manifiesta y total frente a sus compañeros de carrera. Su moral a prueba de derrotas, si se puede considerar una derrota, competir, tras haber empleado parte de sus energías en necesidades logísticas a pedalazo limpio, tanto de ida, como de vuelta, porque además, en la madrugada siguiente, tenía que reanudar el trabajo a primera hora en “Orallo”…

Nunca perdió la ilusión de ser un gran ciclista, aunque las circunstancias le fueran casi siempre adversas: Su vuelta a casa, cansado y en condiciones lamentables, tras el esfuerzo hecho, por triplicado, suponía, una ducha previa de urgencia, cambio de ropa, cena en común con sus sobrinos, más, el relato posterior obligado de los problemas que había tenido que superar a la ida, durante la carrera y, a la vuelta, sentado en una banqueta delante de la cocina de carbón, con los pies al lado del horno con la puerta abierta, para recuperar la movilidad, contando, mientras tanto, detalladamente ante el corro expectante, sus fabulosas experiencias.

La habitación que ocupaba y habitaba “Jacintillo” en “Las Colominas” número 42 – primero-derecha, era una habitación/taller, sin mayores pretensiones: Tubulares, instrumentos varios, cambios “Campanolo”, material de mantenimiento, linimentos para las piernas “Sloam”, de aroma hiriente, parches, adhesivos varios, algunos triunfos de sus competiciones – pocos – pero, muy importantes.

Al lado de “Jacintillo”, permanecía su sobrino y Alter Ego: “Fede –El Rubiajo”, que, en sus entrenamientos de domingo y algunas tardes propicias, reloj en mano, tomaba tiempos y calculaba velocidades, en la cuesta/subida de tierra, desde el camino al “Molinón”, a la carretera asfaltada a la Plaza de Villablino, pasando por el Chigre de la Cuesta…El ánimo, nunca decayó y, los cálculos en tiempos de Reloj Festina, absolutamente discrecionales, tampoco.

“Jacinto”, quedó exento del Servicio Militar – “La Mili” – . Ni le tallaron, ni le convocaron a las levas oportunas, dado que era hijo menor de viuda.

Tras pedir la baja en la M.S.P., empleó el tiempo, en desplazarse a San Sebastián, donde residía su, también, hermana: Margarita González Vega y dos sobrinos de su edad: Bartolo y Francisco.  Lo hizo a pedalazo limpio. Permaneció, no demasiado tiempo con su hermana y sobrinos. Sí, el suficiente, para conocer y recorrer a fondo las curvas y cuestas del “Jaizkibel”. También codearse con figuras del ciclismo de la época, como, por ejemplo: el Rubio de Lekeitio: Patxi  Gabica, fallecido hace no demasiado tiempo y, ganador por cierto, de alguna vuelta a España.

“Jacinto”, volvió a “Las Colominas”. Creo, que se reincorporó de nuevo, por poco tiempo a la M.S.P., para, en la primavera siguiente, preparar el salto definitivo a Barcelona, en una expedición de resultados inciertos e imprevisibles. Una buena mañana, macuto y tubulares cruzados en la espalda, inició la larga marcha hacia un futuro indescifrable, llevándola a cabo a cabo en etapas extenuantes, por carreteras, locales y nacionales de los años cincuenta/sesenta, sobre una bicicleta-tuneada, que de “carreras” no le quedaba casi nada, pero sí era, lo suficientemente robusta, para soportar varios cientos de kilómetros a máximo rendimiento, con el peligro presente siempre de acabar en alguna cuneta solitaria arrumbado y derrengado, en cualquier momento.

Equipaje mínimo, mochila de supervivencia, licencia de ciclista “Amateur” de la Federación local ¿Ponferrada, ó, León…? Y, pedaladas al por mayor…sin controles anti-doping…no eran necesarios… Ese viaje- de ¿Travesía del Desierto al Futuro, sobre todo en los tramos de Los Monegros en Zaragoza y Huesca…?, en una bicicleta-patera, es un ejemplo más de una realidad social y humana lamentable de un País, todavía sumido en las tinieblas de unas décadas innombrables.

Ya en Barcelona, “Cinto”, de nuevo, reanudó su “Leitmotiv”: El CICLISMO.  Nunca ejerció como profesional, ni por cuenta ajena. Nunca tuvo equipo, ni padrinos, ni Firmas que le avalaran, ni sponsors de oportunidad… Debió de trabajar por cuenta ajena, desarrollando toda su vida laboral, en “MUEBLES LA FABRICA”.

Semana tras semana, día tras día, previa limpieza, engrase y mantenimiento de sus varias bicicletas preparadas por él mismo, entrenaba, 100, ó, 150 kilómetros, para poder competir en toda clase competiciones ciclistas locales – alguna: la Vuelta a Catalunya – hasta incluso, después de su jubilación: Las vitrinas de la habitación de los Trofeos, en su domicilio en Barcelona, están repletas de los mismos, con dedicaciones grabadas al efecto. Nunca los he contado. Me parecía indigno hacerlo… por respeto al esfuerzo, la voluntad, la dedicación y la convicción de un joven ex – minero de Laciana, que, pedalada a pedalada, consiguió 200… 300 trofeos, que brillan en unas repisas en silencio, sin más reconocimiento, que los recuerdos de “Cinto”, y de, éste, que firma el “XXV Jirón” en homenaje necesario a un Ciclista-Autodidacta en el país de las vanidades.

Jacinto González Vega

Jacinto González Vega

Post Data.

Por cierto, a no olvidar que en varias ocasiones, se encontraron en Barcelona y Mallorca: “Pepin” y “Cinto”, en los menesteres derivados de sus actividades y aficiones.

Autor: Fede García González

Los Sánchez Servet que conocí (sobresaltos en la Guerra Civil)

Ana Servet Marín, Alfredo Sánchez Servet, Servet de Murcia, Sánchez Vidal-Abarca de Alhama de Murcia, Lembranzas

Ana Servet Marín y su hijo Alfredo en su casa de Valencia.

En mi boda en 1970 conocí de forma fugaz a unos cuantos Sánchez Servet y no fue hasta 1972 cuando mi mujer y yo con nuestro primer hijo llegamos a Valencia por motivos de trabajo y conviví con ellos más estrechamente. En Valencia vivía Ana Servet Marín, abuela de mi mujer, con su hijo Alfredo en una casa enfrente al Puente del Real. En una de las paredes del salón estaban los enormes cuadros de Bernardino Sánchez Vidal-Abarca y su milagrera y casi santa esposa Victoria Benito Barbero (ver Los Sánchez y Vidal-Abarca), cerca del piano donde de vez en cuando las manos casi octogenarias de Ana tocaban Tristeza de Amor a petición de mi mujer que no se cansaba de verla tocar.

Allí en Valencia conocí a su hija Maruja casada con Manolo, militar de larga peripecia en la División Azul, creo que la más vitalista de los hermanos Sánchez Servet y a través de la que oí la mayor parte de las anécdotas de la familia que contaba con mucha gracia y excelente memoria. Varias veces la visitamos en su casa de Bétera, donde su marido estaba destinado en el batallón acorazado con el que en 1981 el general Milans del Bosch tomó Valencia en apoyo de los golpistas del 23-F. Supongo que estos acontecimientos le trajeron a Maruja ecos de lo que vivió siendo una jovencita con motivo de la Guerra Civil.

No sé si solo por influencia de su padre Modesto Sánchez Lloréns y las peripecias que vivió durante la Guerra Civil o también influyó el ambiente castrense que vivieron desde pequeños, otros dos de sus hijos, Víctor y Luis Fernando, fueron militares del ejército del Aire y varias primas de mi mujer también se casaron con militares. Podría afirmarse sin riesgo a equivocarse que los Sánchez Servet estaban muy vinculados a la milicia y vivían en ese microclima peculiar de las familias de militares. Pero ni todos juntos en sus extensas carreras militares, en tiempo de paz claro, debieron vivir los apuros por los que tuvo que pasar Modesto en 1936.

Modesto Sanchez Lloréns, Sánchez Vidal-Abarca de Alhama de Murcia, Servet de Murcia, Lembranzas

Modesto Sánchez Lloréns.

Modesto Sánchez Lloréns, al que no conocí en vida, fue militar de carrera del cuerpo de Ingenieros que después de años en África jugó un papel relevante en los planes del Alzamiento del 18 de Julio de 1936, según relata Mariano Maroto García (1) en varios documentos que resumo en los siguientes párrafos.

El 18 de Julio cogió a Modesto con el grado de comandante en el Regimiento de Ferrocarriles número 1 de Leganés, muy al tanto del pronunciamiento militar que se estaba preparando contra el gobierno de la República. El general Mola había planeado que los acuartelamientos del sur de Madrid ubicados en Campamento, Carabanchel, Cuatro Vientos, Leganés y Getafe junto con el Cuartel de la Montaña jugaran un papel importante en la conquista de la capital. Estaba seguro que la caída de la capital sería cuestión de horas si una columna formada por todas estas tropas marchaba sobre Madrid asegurando además el control del aeródromo civil de Barajas y el militar de Cuatro Vientos. En concreto Modesto Sánchez Llorénsera el jefe de las compañías que en el plan de Alzamiento de Madrid debían ocupar el aeródromo de Getafe”. Pero los acontecimientos tomaron otros derroteros.

En los Regimientos de Ferrocarriles de Leganés casi la totalidad de jefes y oficiales eran partidarios del Alzamiento, mientras que los suboficiales y la tropa eran partidarios de mantenerse al lado del gobierno de la República, circunstancia que provocó una gran tensión en el acuartelamiento durante los días 17, 18 y 19 de Julio. El alcalde de Leganés era republicano y estaba permanentemente informado de la tensa situación en el interior de los acuartelamientos y mantenía a su vez informados a los vecinos que juntamente con milicianos venidos de Madrid decidieron vigilar los cuarteles para evitar que las tropas salieran de ellos siguiendo los planes de toma de la capital. Para aflojar la tensión y evitar un enfrentamiento dentro del cuartel, el día 20 dejan que Modesto Sánchez Lloréns al mando de una compañía se dirija a Cuatro Vientos. Aunque la intención era unirse a otras dos compañías de Cuatro Vientos y tomar el aeródromo de Getafe, para poder atravesar el cerco de civiles que rodeaban el Regimiento de Ferrocarriles les dicen que iban a reforzar la guarnición de Cuatro Vientos. Cuando llegan a Cuatro Vientos las dos compañías a las que pretendían unirse se habían pasado al lado del gobierno de la República y el jefe de la base tras interrogar a Modesto Sánchez Lloréns le ordenó regresar a Leganés con sus tropas.

Cuando llegaron a Leganés el acuartelamiento ya estaba bajo control del gobierno de la República y para evitar incidentes mayores dieciséis oficiales partidarios del Alzamiento, entre los que estaba el comandante Modesto Sánchez Lloréns, son confinados en el cuarto de banderas hasta que el día 21 son enviados a Madrid al ministerio de la Guerra en un autobús vigilado por milicianos del pueblo. Al pasar por Carabanchel el autobús sufre un intento de asalto por milicianos de esta población del que fueron defendidos por los milicianos leganenses que les conducían a Madrid. Pasan la noche en la Dirección General de Seguridad desde donde son llevados el día 22 a sus respectivos domicilios donde permanecerían bajo arresto. El día 28 los nueve que aún permanecían en sus domicilios son trasladados a tres prisiones provisionales de Madrid a la espera de juicio que tuvo lugar el 29 de Octubre. Fueron condenados a reclusión perpetua (30 años) por el delito de adhesión y auxilio a la rebelión militar y la pérdida de empleo. Entre 1940 y 1942 fueron puestos en libertad y declarados inocentes de las acusaciones.

Según dice su hija Maruja en su escrito Mis recuerdos, parece que Modesto fue uno de los que no esperó en su domicilio a que vinieran a buscarle: “…..mi padre, en Madrid, estaba pasando los peores momentos de su vida. Intentando unirse al Cuartel de la Montaña, en donde estaban los sublevados …….. pero al llegar al Cuartel de la Montaña éstos ya habían capitulado……. A partir de entonces y, durante los tres años que duró la guerra, su vida fue un auténtico calvario. Huido y perseguido por sus propios compañeros de Regimiento fue escondiéndose en pensiones de mala muerte y pudo sobrevivir gracias a la asistencia del llamado ´Socorro blanco´, que actuaba con sigilo y acierto en Madrid. La cantidad de sobresaltos acumulados, hicieron que mi padre adquiriera una lesión de corazón que acabaría con su vida, a una edad relativamente temprana.”. Al término de la guerra, enseguida Modesto fue destinado a Melilla y la familia recuperó la vida de antes de la contienda.

Su nieta Vicky Sánchez de Lara comenta que Modesto estuvo algún tiempo escondido en casa de una tías que vivían en la calle Españoleto 14, lo que debió ser considerado una situación de gran riesgo en el clima de delación existente en Madrid y más en el caso de Modesto que se había sustraído a la acción de los tribunales y del que constaba su intención de incorporarse al bando nacional. Dice Vicky que esta sensación de peligro de ser descubiertas en que vivían las tías de Modesto se tradujo en que en alguna discusión le avisaran de que “…al menor pellizquito….Españoleto 14”. En cristiano, que fuera cuidadoso porque al menor percance serían ellas las que delatarían su escondite. Por cierto, Españoleto 14, qué buen nombre para esconder a un hombre tan patriota. Como era de esperar, esta frase se añadió al acervo de chascarrillos de los guasones Sánchez-Servet.

Unos cuantos años más tarde Maruja describió en su librito Mis Recuerdos una extensa semblanza familiar que abarca desde unos años antes de la Guerra Civil hasta su boda. Es un relato muy espontáneo, lleno de humor y buen tino describiendo a los personajes que la rodean sean de la familia o no. Es la crónica de las vicisitudes de una familia acomodada que pasó muchas penalidades durante la guerra, teniendo incluso que robar en los campos próximos a su casa de Alhama de Murcia para poder subsistir, mientras temían por la vida de su padre escondido en Madrid.

Lo he leído varias veces y creo que un guionista hábil encontraría material suficiente para una serie sobre la época de la guerra e inicios de la posguerra en la zona de Alhama de Murcia y Cartagena. Lo que sí es, desde luego, un relato muy vívido de la infancia de los hermanos Sánchez Servet y de cómo su valiente madre consiguió sacarles adelante durante la guerra en ausencia de su marido.

Aconsejo leer Mis Recuerdos que contiene información muy bien contada por una persona testigo de primera mano y que lo vivió intensamente.

Mis recuerdos de María Sánchez Servet, Alhama de Murcia, Cartagena, Murcia

Mis recuerdos de María Sánchez Servet.

Febrero de 2021

(1) 18 de Julio de 1936 en Leganés, Mariano Maroto García (ciudadanosporelcambio.com).

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Familia De La Calzada González de Vegarienza (y Sosas del Cumbral)

Árbol genealógico de la familia De La Calzada González, Vegarienza, Sosas del Cumbral, Lembranzas
Árbol Genealógico de los De La Calzada González de Vegarienza (y Sosas del Cumbral)

Lugares asociados a la familia De La Calzada González, Vegarienza, Sosas del Cumbral, Lembranzas

Imágenes tomadas de: flicker, de-leon.com, es.wikipedia.orgpedia.org

Miguel Servet y los Servet murcianos (¿fantasía o realidad?)

Luis Fontes Servet Magenniss, María Paz Sánchez Rodero (y Servet y Abarca), Emilio García de la Calzada, Lembranzas
2016. María Paz Sánchez Rodero (y Servet y …..Abarca), Luis Fontes Servet Magenniss y el autor.

En un concurrido verano en casa de mi madre en Villaverde de Omaña (León), mi mujer Mari Paz aseguró que su familia descendía del rey Sancho Abarca y del Cid. La rechifla de los García de la Calzada y asimilados, en la que yo mismo participé de forma inmisericorde, fue descomunal. Lejos de amilanarse ante nuestra incredulidad, soltó con mucho aplomo que también Miguel Servet estaba entre sus antepasados, lo que exaltó aún más nuestros reparos pueblerinos. Con el tiempo he tenido noticia sobre el asunto por otros miembros de su familia, que también me han hablado de árboles genealógicos, de apellidos sonoros y antepasados ilustres. Algo de verdad había en lo que nos contó mi mujer, que unicamente repetía lo que había visto y oído en su casa y en las reuniones familiares. Sirva este trabajo para pedir disculpas por lo garrulos que fuimos aquel grupo de gente sin linaje alguno.

Por la familia paterna de mi mujer, principalmente su tía Maruja Sánchez Servet y sus primas Vicky y Ana Carmen auténticas entusiastas de la historia familiar, fui conociendo a través de fotografías y pinturas, escudos nobiliarios, árboles genealógicos, confidencias y anécdotas familiares, detalles de lo que mi mujer nos había contado, aunque siempre mantuve una cierta reserva cazurra al puro estilo leonés. Cuando a través de los vericuetos familiares conocí a Luis Fontes Servet Magenniss y volví a oír hablar de Miguel Servet y de su relación con los Servet afincados en Murcia, no tuve más remedio que pararme y poner algo más de atención en todo lo escuchado.

He escrito algo sobre Miguel Servet (ver Miguel Servet) y también de los Servet de Murcia (ver Los Servet) por separado, pero una vez conocida la conexión que establece Luis Fontes Servet entre ambas familias me ha parecido interesante unir las dos historias. Y lo he hecho mediante un montaje de vídeo bastante rudimentario que espero sea más ágil y entretenido que mis plomizos textos.

MiguelServet, Servet murcianos, Lembranzas

 Vídeo sobre Miguel Servet y los Servet murcianos

Por si una vez vistas las imágenes alguien estuviera interesado en el texto, se incluye a continuación.

TEXTO DEL VIDEO

Parte 1. Los motivos.

El padre de mi mujer, Federico Sánchez Servet, y sus cinco hermanos fueron los últimos Servet de la rama familiar que se inició hacia 1890 con Ana Servet Marín, hija de Federico Servet Brugarolas y María Marín Gilabert. Estos dos últimos fueron bisabuelos de mi mujer.

En alguna ocasión mi mujer María Paz comentaba que en su familia hubo antepasados notables como Sancho Abarca y Miguel Servet. También su tía Maruja y sus primas Ana Carmen y Viki contaban cosas parecidas.

No me creí lo de Sancho Abarca y rechacé lo de Miguel Servet argumentando que no podían ser descendientes de un fraile, porque de mis lecturas infantiles yo conservaba la imagen de que Servet fue un clérigo estudioso de la Biblia que mantuvo discusiones teológicas con el protestante Calvino.

Creí prudente olvidar los comentarios de mi mujer sobre sus antepasados hasta que contacté con Luis Fontes Servet Magenniss (Padre Jesuita y biznieto de Sebastián Servet Brugarolas, además de primo cuarto de mi mujer), que asegura en su escrito “El hombre que descubrió quién era a los 50 años”, que Miguel Servet fue antepasado de los Servet murcianos.

Luis Fontes me envió varias cartas con fotografías de su época, llenas de anotaciones en las que se refiere cariñosamente a la abuela de mi mujer y a su hermana como tías Anita y Marita.

Me sorprendió que una persona de otra rama familiar de los Servet murcianos, que parecía bien informada y que sin haber tenido relación durante más de tres generaciones con la familia de mi mujer, contaba las mismas historias sobre antepasados ilustres.

Me pareció motivo suficiente para no seguir desconfiando de los comentarios de mi mujer sobre sus antepasados y decidí informarme sobre Miguel Servet para añadirle a la galería de personajes relacionados con su familia.

Parte 2. La azarosa vida de Miguel Servet.

Miguel Servet nació en 1511 en Villanueva de Sijena (Huesca) de Antón Serveto, notario, y de Catalina Conesa.

Fue un estudiante aventajado y dominó el latín, griego y hebreo. Estudió Derecho en Francia y viajó por diversas ciudades del centro de Europa en plena efervescencia de la Reforma Luterana.

Estudia la Biblia con sentido crítico y no encuentra  justificación a los complejos dogmas que la Iglesia ha introducido en la Religión.

Con veinte años publica la obra De Trinitatis Erroribus, donde afirma que el dogma de la Trinidad no tiene base bíblica, que es una invención. De buena fe envía una copia al obispo de Zaragoza, que pide a la Inquisición que intervenga. Esto le obliga a adoptar el nombre de Michel de Villeneuve.

Intercambia cartas con Calvino para convencerle de que rechace el dogma de la Trinidad. Calvino, con su mentalidad intransigente, consideró que las ideas de Miguel Servet eran heréticas y conservó sus cartas que más tarde utilizaría contra él.

Entretanto, Miguel Servet estudia Medicina en la universidad de París. Fue profesor de Medicina, Matemáticas, y Astrología. Enfrentado con la comunidad universitaria, tiene que abandonar la ciudad.

Tras varios años de preparación y antes de publicarla, en 1564 Miguel Servet envía a Calvino su obra principal, Christianismi Restitutio, para que la revise y le haga los comentarios pertinentes. En vez de corregir el texto de Servet, Calvino le envía su obra Institutio Christianae Religionis, para que lo lea y comprenda lo equivocado de sus ideas.

Miguel Servet estudia detenidamente lo que Calvino dice en su libro, llenando los márgenes con anotaciones muy críticas sobre lo que consideraba errores del reformista y le devuelve el libro. Calvino, contrariado e intransigente como era, le contesta que sí aparece por Ginebra, no saldrá con vida.

En 1553 Servet publica su libro bajo seudónimo, pero alguien revela que el autor es Miguel Servet y que se oculta bajo la identidad de Michel de Villeneuve.

Calvino envía las cartas de Miguel Servet a la Inquisición de Lyon, que le detiene. Consigue escaparse pero es sentenciado a muerte, in absentia, y su efigie es quemada públicamente.

Miguel Servet decide viajar a Italia, donde cree que sus ideas serán mejor acogidas. Al pasar por Ginebra asiste a un sermón de Calvino, siendo reconocido y detenido.

Tal como Calvino había amenazado años antes, es juzgado y condenado a ser quemado en la hoguera junto a sus libros.

Afirma Luis Fontes, que “fue quemado en la hoguera, a fuego lento, con una copia de su libro ‘Christianisme Restitutio’ atado a su pierna derecha. Su último grito fue, ‘Jesucristo, Hijo del Padre Eterno, ten piedad de mí’“.

Trágico final a los cuarenta y dos años por su carácter librepensador y no valorar en su justa medida las consecuencias de hacer públicas sus ideas, en aquella situación de intransigencia religiosa extrema.

A pesar de su controversia teológica con Calvino, Miguel Servet es más conocido por haber descrito la circulación pulmonar de la sangre en su obra Christianismi Restitutio, para apoyar sus razonamientos teológicos y no por su interés científico.

Si, como aseguran mi mujer y Luis Fontes Servet, Miguel Servet fue uno de sus antepasados, está fuera de toda duda que fue el más notable de todos.

Parte 3. Conexión con Miguel Servet.

Tras la espantosa muerte de Miguel Servet, Luis Fontes dice que ”podemos entender que para borrar el apellido infame que estaba en la lista de la Inquisición, su familia lo cambiara por Revés que era el apodo familiar”.

Afirma Luis Fontes que “una rama de la familia que antes de este suceso había emigrado a Castelltersol, provincia de Barcelona, buscando trabajo en la industria textil, siguió usando el apellido Servet”.

Hacia 1700 estos parientes y sus descendientes establecieron una red de compraventa de telas a lo largo de toda la Península. El transporte de las mercancías con carros tirados por mulas, exigía almacenes y puestos de descanso por toda la Península. Esta infraestructura les proporcionó grandes ingresos porque eran los únicos capaces de proveer alojamiento y comida a las tropas españolas en la guerra de la independencia de 1812 y en las Guerras Carlistas entre 1833 y 1875.”

Los Servet llegan a Murcia hacía 1810 procedentes de Castellterçol. Abren una tienda de tejidos que también venden en ferias y mercadillos. Con los beneficios del comercio de paños, a partir de 1820 adquieren tierras procedentes de la desvinculación y la desamortización.

En 1840 entran en las explotaciones mineras de Cartagena y Mazarrón, disponiendo de una flotilla de barcos para transportar el mineral. Compran acciones de empresas mineras y fundiciones a muy bajo precio que, al revalorizarse, supuso un importante incremento de la fortuna familiar. Eran comerciantes, negociantes, y banqueros que también actuaban como prestamistas.

Una saga familiar que mantuvo durante tres generaciones el nombre de Sebastián para los primogénitos. Sebastián Servet primero, llegó de Cataluña casado con María Asunción Gibert. Fueron padres de Sebastián Servet Gibert segundo, que casó con Catalina Brugarolas Ravello.

Sebastián segundo y Catalina tuvieron al menos cuatro hijos: Sebastián tercero, Víctor, Federico y José María.

En 1871 la fortuna de Sebastián tercero se  estimaba en 2.259.000 reales. Fue copropietario de la empresa Lebón, suministradora de gas para el alumbrado de Murcia.

Espectacular su Villa San Sebastián, también conocida como Casa del Reloj, en San Pedro del Pinatar, por la que pasaron personajes notables como Gregorio Marañón. El 25 de mayo de 1899 murió en Villa San Sebastián Emilio Castelar, gran orador y presidente de la Primera República Española entre 1873 y 1874.

El entronque con los Sánchez y Vidal Abarca (de Alhama de Murcia), tiene lugar con Ana Servet Marín, hija de Federico Servet Brugarolas y María Marín Gilabert. Cuando su padre murió, Ana y su hermana María quedaron bajo la tutela de su tío José María. Vivieron como señoritas de buena familia, con buenos colegios, estudios de música y frecuentes viajes al extranjero.

Ana Servet Marín se casó en Los Jerónimos con el oficial Modesto Sánchez Llorens, con asistencia de notables como el Conde de la Conquista y Ricardo Spottorno, además de empresarios y gente notable de Murcia.

Los seis hijos de Ana fueron Servet de segundo apellido, pero en sus nietos ya no quedaba rastro de tan ilustre apellido. Así de efímera es la vida de los apellidos transmitidos por vía materna.

Del gran mundo de los Servet murcianos,  no han sido partícipes los Sánchez que yo he conocido. Todos han tenido que ganar el pan con el sudor de su frente, fichando a diario e hipotecándose, a pesar de que sus antepasados de hace menos de cien años fueron banqueros.

Sic transit gloria mundi, decían los clásicos recordando lo efímero de la gloria.

Junio 2020

 

 

 

Árbol genealógico de la familia Sánchez (Abarca) Servet

Árbol genealógico de los Sánchez (Abarca) Servet, Alhama de Murcia, Murcia, Lembranzas
Árbol Genealógico de los Sánchez (Abarca) Servet

Árbol genealógico de la familia Rodero Castel

Árbol genealógico de la familia Rodero Castel, San Felices de los Gallegos, Cáceres, Chía
Árbol Genealógico de los Rodero Castel

Lugares asociados a la familia Rodero Castel, San Felices de los Gallegos, Cáceres, Chía

Imágenes tomadas de: , Pilar Bacas, verpueblos.com

Por fin, Velilla de Valderaduey (primeras noticias fidedignas)

Velilla De Valderaduey, Lembranzas

Velilla de Valderaduey, un lugar en alguna parte.

Cuando empecé a recopilar mis recuerdos en 2006, el capítulo de la familia de mi padre apenas si ocupaba media página. Nunca había estado en su pueblo ni nadie me había dado noticia de cómo era o cómo se vivía allí, lo que siempre fue una especie de agujero mental en el que pensaba con cierta frecuencia. Intentando rellenar el hueco con alguna imagen, recurrí a Internet con escasos resultados pero descubrí que el pueblo tenía una web y pude contactar con Mónica, la encargada de su mantenimiento. Le hablé de mi interés en el pueblo por mis antecedentes familiares y amablemente me envió algunas fotos y se ofreció a preguntarle a su abuela por mi familia. Resultó que su bisabuela era familia de mi abuela Teófila y averiguó algunas cosas que me comentó en varios correos, de los que transcribo lo esencial:

“…. Cuando mi abuela era joven recuerda haber ido a casa de tus abuelos a comprar algo, no recuerda sí leche o aceite, pero algo vendían en su casa. Recuerda a tu padre y tus tíos, todos rubios. ….”

…. Tu abuelo Lázaro tenía una hermana en Villavelasco, a pocos kilómetros de Velilla, que tenía una hija siendo ambas unas derrochadoras. Cuando se vieron sin dinero se lo pidieron a tu abuelo que, a su vez, pidió un préstamo para ellas confiando en que se lo devolverían. Pasó el tiempo y siguieron gasta que te gasta sin devolverle el dinero, así que la justicia de aquellos tiempos embargó a tu abuelo la casa y las tierras y las precintaron. Se trasladaron a otra casa hasta que pudieran solucionar las cosas y uno de los hermanos se fue para León donde trabajó como carnicero. Como las cosas no se arreglaron, también les echaron de allí y fue cuando se trasladaron todos a León. ….“.

Mónica no me descubrió nada esencial pero aportó un relato más preciso que todo lo que yo había conseguido sonsacar en cincuenta años. Corroboraba que la familia había sido despojada de todo lo que había sido su vida, más o menos muelle, y cómo esto había precipitado su destierro a la capital sumidos en la amargura que sigue a las situaciones injustas. El relato clásico de la cigarra y la hormiga hecho realidad, donde mi abuelo Lázaro hizo de hormiga incauta causando la ruina económica y el hundimiento vital de parte de la familia.

A consecuencia del interés que yo había manifestado de ir por Velilla, Mónica decía en sus correos algo que me dejó encandilado:

…. Me ha dicho mi abuela, que cuando queráis vayáis para el pueblo y, si se acuerda de algo más, ya te lo contará. Me ha dicho también que si puedes llevar alguna foto de tus abuelos, padre o tíos, puede que recuerde algo más. También me ha dicho que si viven alguno de tus tíos, que se lo hagas saber. Ella es Matilde, hija de Silverio, por si viven y se acuerdan ….

…. Me ha dicho Lupicinia, prima de mi abuelo, que la avisemos si vas a ir a Velilla y así va ella también -tiene su casa en Villavelasco- y te cuenta más cosas ….

Estos correos los intercambiamos a principios de 2006 y no dejé de darle vueltas a la posibilidad de obtener más información sobre el terreno atendiendo a su amable invitación.

En el verano de 2007 me las arreglé para llevar a mi madre a sus vacaciones en Vegarienza incluyendo en la ruta pasar por Velilla, después de asegurarme que la abuela de Mónica iba a estar en el pueblo y rebuscar unas cuantas fotos de la familia de mi padre para enseñárselas.

Con la emoción contenida durante varias horas llegamos a Velilla. Las casas tenían buen aspecto y el adobe casi no se veía por ninguna parte. En algún recodo pude ver útiles de labranza esperando ser enganchados al tractor. Preguntamos por Matilde a varias personas que nos indicaron por donde encontrar su casa y que nos seguían con la mirada y la expresión de estar preguntándose quiénes serían los componentes de semejante cuadrilla. Volví a preguntar a un grupo de mujeres que estaban comprando en la furgoneta de un vendedor ambulante. Una de ellas dice, “Yo soy Matilde” y cuando me identifiqué como la visita que le había anunciado su nieta Mónica, mirándome, aseguró convencida “Ya decía yo que esa cara me resultaba familiar”. Seguramente Matilde estaba predispuesta a encontrar parecidos. Su casa estaba allí mismo y nos hizo entrar a una espléndida huerta con piscina, una zona sombreada por varios árboles frutales y un buen espacio con césped bien cuidado. Nos sentamos en unos bancos a la sombra de unos manzanos acompañados por su hermana Cecilia, ataviada con bata y sombrero de paja.

Velilla de Valderaduey, Lembranzas

Jardín de Matilde (izda), Cecilia, María Paz Rodero, Paquito y la madre del autor.

Cuando les enseño las fotos de la familia de mi padre, dicen señalando a la abuela “Mira, Teóclia”. Luego van recitando a dúo los nombres que les recuerdan las fotos: Epigmenia, Licerio, BenedictaQue guapa era”, AntelmaSi, si, era muy pelirroja. Era modista”, OrencioEran todos muy rubios”.

Cuando se acabaron las fotos y los comentarios Matilde sugiere ir a ver la que fue casa de los abuelos, a cien metros de allí. En realidad lo que nos enseña es el lugar donde estuvo la casa, ahora ocupado por una casa de ladrillo. Matilde recuerda la almoneda que hicieron al irse de la casa para vender las pocas pertenencias que sobrevivieron al embargo.

Volvemos hacia casa de Matilde y al llegar a la puerta veo que mi madre, que se había quedado un poco rezagada, viene hablando animadamente con una pareja de viejecitos que caminan ayudándose de sendas cachaba y muleta. Él es Eusiquio Ríos del que mi madre dice “Eusiquio fue quinto de tu padre e hicieron la guerra juntos”.

 

Eusiquio estaba visiblemente emocionado y me dijo que durante la guerra estuvieron por Valencia, Castellón y Cataluña. Que al principio si pegaron algunos tiros, pero que cuando mi padre consiguió un puesto en las oficinas, él fue su enchufado y siempre le asignaba servicios auxiliares que le evitaron los destinos con peligro. Al final de la guerra, siguieron viéndose cada vez que Eusiquio iba a León, hasta que a mi padre le trasladaron a Gijón. Le brillan los ojillos mientras relata como el tío Licerio se cayó al agua cuando cruzaban el río sobre dos palos atravesados para ir a las fiestas de un pueblo cercano. Me sorprendió el castellano tan limpio, sin ninguna entonación, que hablaban todos.

Velilla de Valderaduey, Lembranzas

Velilla 2007. Melitona, Cecilia, Lupicinia, Eusiquio y su mujer, Matilde y la madre del autor.

Al poco llega Lupicinia Conde, elegante y pizpireta, tocada con sombrero de paja y nos dice que es hija de un primo carnal de mi abuelo. Dice que su hermano Lucio también fue quinto de mi padre y que estudió con él en los salesianos. Hago algunas fotos del grupo y Eusiquio me dice emocionado que esta visita “Es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo”. Se notaba que, más de sesenta años después, recordaban a mi padre con mucho cariño. Matilde insiste en que pasemos a su casa, pero nos disculpamos diciendo que aún nos queda mucho camino y que tenemos que irnos.

Nos despedimos con la sensación de haberle dedicado poco tiempo a visitar el pueblo de mi padre. A la salida del pueblo, vemos a varios vecinos limpiando de hierbajos el cauce de un arroyo que nos miran, extrañados de tanto visitante, mientras tomamos la carretera en dirección a Sahagún con la sensación de que allí la familia de mi padre tuvo parientes y amigos que les habían apreciado y que lamentaron su infortunio. Que sin duda ellos también habían sido felices allí hasta el mazazo final.

Probablemente Eusiquio y todos los demás nos hubieran podido dar más detalles sobre la familia si nos hubiéramos detenido a charlar con un poco más de pausa. Pero, al menos, he estado en el pueblo que durante toda la vida esperé visitar algún día. Habían pasado más de sesenta años desde que comencé a preguntarme cómo sería el pueblo de mi padre, además de un nombre perdido en un mapa.

En cualquier caso, muchas gracias Mónica por haberme facilitado la visita.

Hasta cierto punto es explicable que mi padre no quisiera hablar de un pasado tan poco grato. Pero ahí permaneció enquistado en su cabeza y quizá eso explique que mi hermana pequeña se llame Susana, un homenaje a su hermana muerta a edad temprana y de la que nunca supimos por su boca.

He tenido la sensación de ser medio huérfano en recuerdos familiares. De no haberse empecinado en la amargura del fracaso, seguro que ellos también tendrían bonitas historias, tal como intuimos en la visita a Velilla, para habernos contado y que hubieran servido como bálsamo para rescatarles de su abandono de la vida. Mi padre era muy inteligente, pero privarnos de la mitad de nuestra historia familiar considero que fue un error.

Si fuera verdad lo que dicen y nos reencontráramos entre las tapias de Castriello (ver En primera línea), allí donde el tiempo no tiene límites y ya no hay prisa para nada, sería buena ocasión para rellenar este hueco absurdo sobre mis antepasados terracampinos hablando largo y tendido con mi padre. Aunque sólo fuera por eso, merecería la pena que fuera verdad lo que dicen algunos, muchos en mi familia omañesa, sobre el reencuentro al final de los tiempos.

Junio 2014

Imagen tomada de guiamichelin
EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Familia García Alonso de Velilla de Valderaduey

Velilla de Valderaduey, Árbol genealógico de la familia Garcia Alonso de Velilla de Valderaduey
Árbol Genealógico de los García Alonso de Velilla de Valderaduey.

Familia Garcia Alonso de Velilla de Valderaduey, Velilla de Valderaduey, Lembranzas

Imágenes tomadas de: verpueblos.com, es.wikipedia.org

Quousque tandem Catilina…. (un viaje alucinante)

Cicerón hablando al Senado. Fresco de Cesare Maccari.

Cicerón hablando al Senado. Fresco de Cesare Maccari.

Dos cursos de bachillerato machacándonos con el latín me dejó, además de las vicisitudes azarosas que cuento en Mater tua mala burra est, la sensación de un idioma muy preciso basado en reglas estrictas que nunca tuve tan claro con el castellano y unas cuantas frases notables como Veni vidi vici, Alea iacta est o Si vis pacem para bellum (*) atribuidas a personajes ilustres y dichas en momentos históricos, tan bien explicadas por aquellos licenciados en letras – generalmente asturianos – de la Academia Carrasconte de Villablino que parecían imbuidos del espíritu clásico de Roma y Grecia y que no perdían ocasión para resaltar las cualidades guerreras y oratorias de los generales y senadores que las pronunciaron. Al traducir la frase Quousque tandem abutere Catilina patientia nostra (*), a los profesores les surgía inevitablemente la devoción por Cicerón (unos decían Cicero, Ciceronis otros pronunciaban Quiquero, Quiqueronis), al que alababan por su elocuencia y precisión argumental en sus discursos en el Senado y nos contaban la inevitable historia de sus catilinarias. Se diría que por parecerse a Cicerón alguno se habría dejado cortar una mano, la izquierda ya que hubieran necesitado la derecha para señalar a Catilina con el índice acusatorio.

Mi apocamiento y timidez hacían que lo que a los admiradores de Cicerón parecía entusiasmarles, hablar y hablar y hablar, para mí fuera un auténtico problema. Como el vértigo que paraliza a quien lo padece cuando está elevado sobre el suelo, a mí me angustiaba la expectativa de mantener una conversación con desconocidos o gente no muy próxima. El miedo a no saber qué decir era obsesivo antes del encuentro y paralizante en el cara a cara. Buscaba angustiosamente temas de conversación que no era capaz de estirar lo más mínimo y que se agotaban nada más empezar, sumiéndome en silencios dolorosos en los que rebuscaba desesperadamente que se me ocurriera algo que decir. La mirada se me tornaba huidiza y el ansia por desaparecer de la escena con cualquier pretexto se materializaba en una tensión dolorosa en la maldita garganta, incapacitada para formular frases distintas de Adiós o Hasta luego. Era una enfermedad. Alejarse del escenario aliviaba algo la tensión, pero simultáneamente aparecía la sensación de haber hecho el ridículo y quedado en evidencia ante mi interlocutor.

Y, ¿qué hacer cuando desaparecer del lugar era físicamente imposible?. Pues un horror.

Como tantos, Arcadio aparecía todos los veranos por Vegarienza para disfrutar de unos días de asueto en la casa familiar de los Gayo, al final del pueblo, cuando su familia ya llevaba unas cuantas semanas en Vega. Era un hombre campechano pero elegante, bien parecido, al que las cosas parecían irle bien pues era de los pocos que llegaban al pueblo con su propio auto, un Seat 1500, el no va más de la época. Era normal verle jugando la partida en el bar del Secretario donde coincidía a veces con mi padre. Un verano en que yo tenía que acercarme a Madrid para resolver algo relacionado con mis estudios en la universidad, mi padre volvió una tarde de la partida diciendo que había quedado de acuerdo con Arcadio para que me llevara a Madrid. A la alegría inicial de saber que las incomodidades de un largo día haciendo auto stop se resolverían con unas cuantas horas cómodamente sentado en un buen coche, le sustituyó de inmediato la angustia por cómo yo podría mantener una conversación durante tanto tiempo.

Iniciado el viaje solo se me ocurrieron simplezas como hablar de lo bien que se estaba en el pueblo en verano, la pereza que daba ir a Madrid, de mis estudios y alguna pregunta sobre su coche, temas que no parecieron suscitar el más mínimo interés de Arcadio concentrado en conducir como solía, bastante rápido y apurando en los adelantamientos, siempre comprometidos, en aquellas carreteras de doble dirección, estrechas y bordeadas de árboles intimidantes. Al pasar por La Magdalena, tras apenas veinte kilómetros de viaje, ya había agotado todos los temas de conversación en un parloteo frenético y sin sentido, sumiéndome en un silencio espeso mientras buscaba obsesivamente algo que decir. Supongo que las personas normales cuando acaban lo que tienen que decir, permanecen relajadas y en silencio. Yo me sentía obligado a hablar y, consiguientemente, angustiado por no tener nada que decir. Solo salía de este bucle doloroso cuando sentía el peligro inminente si en un adelantamiento del impasible Arcadio el coche que venía en sentido contrario se nos echaba encima cuando aún no nos habíamos reintegrado a nuestro carril. Yo no estaba acostumbrado a aquellas velocidades y varias veces sentí que nos habíamos escapado por los pelos. Miraba de reojo a Arcadio que se mostraba muy seguro de su forma de conducir y que nunca se alteró en aquellos lances de carretera. Recuperado el resuello tras el susto, yo me hundía de nuevo en la búsqueda angustiosa de algo que decir. Y así seis o siete horas hasta Madrid, con un tremendo agotamiento mental por la búsqueda infructuosa de algo que contar y un escozor en la garganta por las palabras que no había pronunciado. Una especie de esquizofrenia entre mi tendencia natural a no pronunciar palabra y la actividad frenética del cerebro, empeñado en encontrar alguna cosa que contar aunque fuera una memez. Podría haber actuado según el sabio refrán Hacer de la necesidad virtud y convertir mi mutismo en un silencio digno, pero a mí subconsciente hiperactivo solo le valía la charla.

Cuando me bajé del coche en Moncloa, el alivio por no tener que hablar más fue parejo a la sensación de haber sido un conversador inútil, de lo que estaba convencido que Arcadio habría tomado buena nota, aunque seguramente tan concentrado como estaba en su conducción al límite ni siquiera se habría dado cuenta de mi torpeza. Me dije que la próxima vez que nos encontráramos en el pueblo tendría que interpretar su mirada para intuir lo que habría contado de mi ineptitud para el parloteo y así calibrar las consecuencias sociales que tendría para mí aquel viaje frustrante.

Volver a Vegarienza me costó todo un día en compañía de cinco o seis conductores que me aceptaron como autoestopista. Un viaje mucho más relajado que el de ida pues se trataba de cortos intervalos de tiempo con gente desconocida a la que no volvería a ver jamás y pude repetir mi pobre repertorio conversador una y otra vez sin el más mínimo reparo. Casi no había tiempo para que se apoderase de mí el mutismo obsesivo, que no sé si estará catalogado como enfermedad pero que a mí me hacía sufrir como un dolor de muelas.

Con desastres de la personalidad como este y alguna mínima virtud va uno haciendo camino por la vida. Con la edad no me he convertido en un conversador más hábil, simplemente me he resignado a no tener nada que decir e intento no sufrir por ello. Me callo sin más, intentando que no se note demasiado mi sequía mental. Alguna vez he pensado que si fuera obligado un epitafio, el mío debería ser “Nunca tuvo nada que decir”. Menos mal que ahora que, para la gente corriente como yo, se ha impuesto la cremación y la urna a la clásica fría tumba y siendo tan inútil escribir en la ceniza como hacerlo sobre el agua, los que me sobrevivan ni siquiera tendrán que encargar una inscripción para mi nicho de Castriello que diga que nunca tuve nada que decir.

Mutismo hasta el final, elocuente Cicerón. Sin duda, a mí Catilina se me hubiera escapado vivo. Quizá este blog incontinentemente verborreico sea una revancha tardía a tanta contención a lo largo de toda mi vida. Disculpen.

(*) Significado de las célebres frases latinas del texto:

  • Veni vidi vici (Julio César): Vine vi vencí.
  • Alea iacta est (Julio César): La suerte está echada.
  • Si vis pacem para bellum: Si quieres la paz, prepárate para la guerra
  • Quousque tandem abutere Catilina patientia nostra (Cicerón): Hasta cuándo Catilina abusarás de nuestra paciencia?

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de wikipedia

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada