El placer de estudiar (fin de ciclo)

Autobar de Villablino. A la derecha, portonas de las cocheras del autobús de León.

Autobar de Villablino. A la derecha, portonas de las cocheras del autobús de León.

No quisiera generalizar porque aún hoy habrá gente que no se lo puede permitir, pero hace tiempo que comer fuera de casa es habitual. Sobre todo los fines de semana, ya sea con amigos o en reuniones familiares. Es más, yo diría que hoy día una buena parte de las reuniones con la familia no tienen lugar en casa sino en torno a la mesa de un restaurante.

Antes las reuniones eran más caseras, estando casi siempre de por medio las buenas artes culinarias del ama de casa, con largas sobremesas donde no faltaba el café artesano, la copa de coñac e incluso una partida de cartas para redondear la tarde. Eran otros tiempos en los que casi todas las mujeres dominaban el arte de cocinar y estaban “acostumbradas” a pasar un buen rato en la cocina todos los días de la semana porque la familia solo comía lo que ellas guisaban, hubiera invitados o no. Solo se comía fuera de casa en excursiones, romerías o bodas.

Este verano he estado haciendo méritos para aprobar en Septiembre el acceso a la universidad (EBAU creo que se llama ahora). En realidad quien tiene que aprobar es un nieto al que he estado ayudando con los rescoldos de mis conocimientos de Matemáticas que he tenido que refrescar usando su magnífico libro de texto, tan didáctico, claro y lleno de esquemas y problemas resueltos, que solo le faltaba  hablar. Nada que ver con los espartanos y abstrusos libros en que estudiábamos entonces. Varias unidades del curso estaban dedicadas al Cálculo cuyos rudimentos yo estudie en sexto de Bachillerato. He disfrutado con esta bella parte de las Matemáticas y recordé el verano de 1961 en Villablino cuando oí hablar por primera vez de conceptos como función, límite, derivada y también porque por primera vez, con dieciséis años, comí en un restaurante.

Tal dispendio no fue porque de repente en mi casa se hubieran vuelto locos o nos hubiera tocado la lotería. Estaba justificado. Aquel curso había aprobado quinto de Bachillerato y me pesaba como un fardo llevar un año de retraso porque había estado dos años trabajando de pinche de topógrafo (ver Viento del Muxivén) y sin asistir a clase en la Academia Carrasconte, lo que me supuso perder un curso que estaba dispuesto a recuperar a toda costa. Animado por lo bien que se me había dado el curso ordinario y atravesar un momento en que estudiar me resultaba placentero y fácil, me planteé hacer sexto curso y reválida en la convocatoria de Septiembre.

Embutir en tres meses todo lo que se estudiaba en nueve requería un plan estricto y concentración máxima. Las condiciones eran inmejorables porque estaba solo en casa, mi familia veraneaba en Vegarienza de Omaña, y para lo que no era puro empollamiento, Matemáticas y Física, conté con la ayuda inestimable de don Calixto, mi profesor de quinto en la Academia Carrasconte de Villablino. Probablemente fue la etapa más espartana de mi vida. Todos los días de la semana me levantaba a las seis con tiempo para preparar los ejercicios de Matemáticas y Física que luego vería con don Calixto en una clase unipersonal en el edificio nuevo del campo municipal, a tres minutos de casa. Nuevas explicaciones a matacaballo y vuelta a casa cargado de problemas para el día siguiente, con prisa para hincarle el diente a las asignaturas que solo exigían tener buena memoria, algo asequible pues con dieciséis años las neuronas y la parte del cerebro que almacena la información estaban casi a estrenar. Un paréntesis para comer, una siesta ligera y vuelta a los libros hasta las nueve que me reunía con los amigos en la acera entre el comercio de Esther y el Banco Hispano, frente a la nogal de Recaredo, el tontódromo veraniego de entonces (ver La nogal de Recaredo). Vuelta a casa para cenar y directo a la cama porque la hora de levantarse ya asomaba el hocico. A veces pienso que mi plan habría sido imposible si hubiera habido tele o móviles, porque habría supuesto tres o cuatro horas diarias tiradas a la basura.

Casi no perdía tiempo ni en comer. Desayunaba café con leche y pan con mantequilla y cenaba huevos fritos. Como la comida me habría ocupado demasiado tiempo, mi padre había concertado con Luis el del Autobar que comería allí. Hasta entonces yo había entrado muchas veces en las cocheras del autobús a León (ver Juan el cobrador) pero creo que nunca había entrado en la zona de bar restaurante donde comí durante todo aquel verano, impaciente por que no tardaran demasiado en servirme pero a la expectativa por las sorpresas gastronómicas que aquella situación excepcional pudiera depararme.

Con dos pollos bien guisados en exquisita salsa, abundantes patatas fritas y pan para mojar mi madre era capaz de dar de comer al regimiento que éramos. Igual sucedía con la carne guisada que le salía buenísima y que podía alargar hasta donde fuera necesario con patatas fritas en cuadraditos. Si hubiera puesto filetes para todos, habría necesitado medía vaca. De tarde en tarde había filetes de hígado a los que les daba un toque especial que a mí me encantaba y para las excursiones preparaba filetes empanados del tamaño suficiente para hacer bocadillos con el pan. Pero un filete de vaca o ternera, enterizo, sin rebozar, sin salsas ni disimulos, para ti solo, no lo recuerdo.

Por eso tardé en reaccionar el día que comiendo en el Autobar me encontré con el primer filete de vacuno para mí solo, desbordando el plato y bien acompañado de patatas fritas, con ese regusto que la sartén y la sal dejan en la carne de verdad en su justo punto. No sé si sería de las terneras de Chacón al que decían que habían oído exclamar, apoyado en la pared de un prado y mirando arrobado y cara de gula el verdor de la hierba tierna del otoño, “Quien fuera vaca!!!!”. A pesar de la prisa para volver con los libros, yo masticaba lentamente aquellos filetes degustándolos como haría un cachorro de león ante su primer bocado de gacela. Estaban buenísimos y cada día deseaba encontrarme uno en el plato. Había descubierto el animal carnívoro que se había mantenido oculto en mí, gracias a las habilidades salseras de mi madre.

Y así pasé aquel verano disfrutando de las clases con don Calixto que me trataba casi como a un colega haciéndome fácil y productivo todo el temario, durmiendo poco, empollando mucho y ejercitando mi recién estrenada vocación de mamífero carnívoro a cuenta de los filetes del Autobar. Aprobé sexto y la reválida fue un paseo porque tenía todo recién aprendido. Enseguida me acometió la preocupación por el cambio drástico que se iba a producir en mi vida. La próxima vez que me subiera al autobús pasaría varios meses sin ver a los amigos, sin pisar aquellas calles en las que me había convertido en jovenzuelo y cambiaría mi estatus de estudiante “por libre” en la Academia Carrasconte con profesores archiconocidos y familiares a alumno “oficial” pastoreado por catedráticos como los que nos examinaban cada año en el instituto de Ponferrada y que tanto respeto y temor nos producían (ver Buscando a doña Urraca). Al interés por experimentar cómo sería vivir fuera de casa, se superponía una cierta intranquilidad por abandonar el terreno conocido y saber que aquello formaba parte de hacerse mayor.

Aparte de la añoranza de los filetes del Autobar, de aquel verano apretujado salí con un cierto estrés (creo que aún no se había inventado semejante término para describir el estado de espíritu que propicia el agobio) y convencido de que a partir de entonces en los niveles siguientes de formación, instituto para el curso Preuniversitario y universidad para la carrera, todos los profesores con los que me encontraría serían como don Calixto. Iluso. Hubo de todo, igual que lo había habido en la Academia Carrasconte de Villablino. Y a veces sucumbí al absurdo de asociar la importancia y utilidad de una asignatura con la idoneidad y capacidad del profesor para explicarla y hacérnosla interesante y amena.

Esta actitud exigente hacia los profesores de la facultad de Físicas redundó en menos auto exigencia y promovió algún escaqueo de clases de profesores plomizos cuando la primavera madrileña sugería actividades más lúdicas que aguantar a profesores pesados. Nunca volví a atravesar una etapa como la de aquel verano lacianiego, clarividente y súper proteico, en que disfruté estudiando. Quizá mis pilas habían quedado algo tocadas por la sobrecarga de aquel verano y quizá también porque la comida más seria del día era la del comedor de la facultad donde lucían por su ausencia filetes como los del Autobar y los pollos salseados de mi madre. Muchos estudiantes en Madrid vivimos en un estado permanente de malnutrición. Al tran tran terminé la carrera en el plazo reglamentario, pero con la sensación de que debería haber aprovechado mejor el tiempo.

Por eso, a veces mi agradecimiento a don Calixto se ve un poco empañado por la sensación de que si no hubiera sido tan buen profesor, quizá yo hubiese sacado más provecho de las enseñanzas de muchos profesores que me aburrían. Sé que es disculpa de mal estudiante echar la culpa al profesor de tu mala actitud, pero es tarde para rectificar. Qué bueno sería llegar a la universidad con la visión de la vida que te dan los años: si escurres el bulto, solo tú serás el culpable. No sé si podré hacérselo entender a mis nietos.

Lo que sí sé es que ya no paran en el Autobar los autobuses de León y me gustaría saber dónde se juega ahora a las chapas el Viernes Santo (ver Las chapas). ¿Seguirán sirviendo aquellos filetes fenomenales? Si de mí hubiera dependido tendrían que haber hecho sitio en sus anaqueles, abarrotados de botellas y banderines, para exhibir el a mi entender de entonces bien merecido diploma de una estrella Michelín.

Autobar de Villablino. Luis, de blanco, rodeado de parroquianos.

Autobar de Villablino. Luis, de blanco, rodeado de parroquianos.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen de cabecera tomada de docplayer.es. Imagen de cierre gentileza de Luis Álvarez Pérez.

Octubre de 2020

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Autocensura (el alba susurrante)

El bebedor de absenta (Viktor Oliva). El bebedor de absenta (Viktor Oliva).

Nunca he tenido cuenta en Twitter y a tenor de las excrecencias que ahí depositan a diario gente a la que yo consideraba ilustre por sus escritos y otros que por su cargo (seguramente pagado por todos nosotros) están obligados a dar ejemplo, creo que nunca la tendré. Me imagino la impotencia de la brigada de limpieza que a diario entra en ese depósito de inmundicia y lo restriega como si fuera un reservorio de coronavirus para atenuar el hedor, porque sabe que en veinticuatro horas volverá a estar colmatado de insidias, memeces repentinas y mala educación. Cuando a alguien le hacen ministro, concejal o cargo similar, imagino que lo primero que hará antes que el nombramiento sea público es borrar los twits que deberían haberle incapacitado para el cargo y comienza para él un calvario porque sabe que algún periodista o compañero de partido tendrá a buen recaudo sus twits para armar una exclusiva periodística o servir de munición para puñaladas venideras. Algún político conocemos que por su verborrea twitera anterior no ha durado ni una semana en el cargo.

En cambio, los estreñidos mentales somos incompatibles con Twitter porque nos asusta escribir algo carente de interés, caer en la inexactitud, faltar al respeto o repetirse. Ejercemos la autocensura hasta extremos dolorosos.

Mientras mi hijo David vivió me permití actuar con cierta ligereza al escribir los post de este blog porque, aun siendo el más entusiasta seguidor de su padre bloguero, era un crítico implacable que no me pasaba ni una ya fuera porque lo escrito era insustancial, confuso, demasiado prolijo, repetitivo o repentino. Ahora tengo que ser cauteloso y resistir la tentación imperiosa de publicar lo que sea tras un tiempo sin que se me ocurra nada. Creo que este es el punto débil, el verdadero talón de Aquiles, de algunos imprudentes que nos hemos embarcado en la aventura de escribir cada poco en un blog. Cuando faltar a la cita con los lectores habituales (hailos?) se hace insufrible, corres el riesgo de publicar cualquier cosa.

En estas ocasiones de sequía algunas veces he recordado el impulso creativo que cuentan que la absenta aportaba a poetas y artistas de la bohemia parisina de Montmartre allá entre los siglos XIX y XX, al parecer más partidarios de que la aparición de las musas les encontrasen bebiendo en lugar de trabajando.

Pero siendo yo casi abstemio y poco amigo de experimentos, no he podido remediar tan artificiosamente mi sequía creativa. Aunque tengo que confesar que a veces también a mí ha venido a verme mi “hada verde”, menos glamurosa y sicalíptica que la parisina y más de andar por casa, con una corporeidad cercana al inconsciente y cuya aparición siempre está relacionada con mis ritmos fisiológicos.

Después de semanas e incluso años atascadas y perdidas entre un montón de apuntes que tiempo atrás me parecieron prometedores, algunas historias casi desahuciadas se han perfilado al alba, esa cita que los viejos tenemos con cada amanecer desvelados por el incesante trasiego nocturno al cuarto de baño. De nuevo en la cama con los ojos entrecerrados, oyendo la radio con desgana y la vitalidad al ralentí, a veces me ha pasado que una historia a punto de ser ajusticiada se manifiesta cual espíritu, sugiriendo un giro argumental o apuntando un detalle importante que se me había pasado por alto y que da consistencia al relato. Son momentos de especial clarividencia, seguramente porque el sueño ha barrido del cerebro las telarañas del día y simplificado los bucles improductivos con los que manoseamos las historias.

Enseguida cojo el móvil y anoto lo que la propia historia parece dictarme. A veces el destello es tan tenue que tras unos balbuceos brillantes la historia parlante se disuelve y el esbozo de relato vuelve a quedar encallado. Frustrado, cierro el móvil con la esperanza de que otra visita al baño termine de resolver el cuento e intento dormirme de nuevo.

Si la inspiración culmina en algo presentable, siento que el mérito no es mío sino de la propia historia susurrante que en su lucha por no quedar en el olvido interpela al autor incapaz. El impulso creativo que la absenta aportaba a la bohemia parisina a mí me lo dan las historias durmientes que toman la palabra y me susurran lo que quieren ser. Yo solo anoto lo que me dicen y más tarde lo escribiré como si fuera cosecha propia. A veces he pensado que en estas historias en las que ha habido este impulso onírico-mingitorio, en la nota al pie que indica la autoría estaría obligado a añadir al lado de mi nombre “y el inconsciente que me susurró”, pero finalmente me atribuyo todo el mérito. Es casi tan tramposo como usar un “negro” que escriba para ti y del que no se hará mención alguna.

Me daría mucha vergüenza que alguno de los que me leen pudiera distinguir las historias que he hilvanado con sol y plenamente consciente, de las que son fruto del insomnio motivado por la incontinencia y mediando la inspiración ajena. Y que, para colmo, les gustarán más estas que aquellas de las que soy autor al cien por cien.

Ante la imposibilidad de contrastar estas experiencias cuasi paranormales con los artistas que buscaban su inspiración en la absenta, cuando se invente el medidor de truños insufribles podré saber si las historias susurradas por mí “hada verde” casera y noctámbula tienen más enjundia que las genuinamente mías. Entretanto aprovecharé estos empujoncitos creativos que me facilitan cumplir con esta obligación auto impuesta de contar algo de vez en cuando, esperando no cansarles. Por cierto, ¿estará buena la absenta? Quizá debiera probarla, a ver si es cierto eso que dicen. Que ayuda mucho a los inútiles.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de supercurioso.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La piel del río Omaña (algo de Omaña en el Atlántico)

Cauce del río Omaña - Zapatero (gerris lacustris) Cauce del río Omaña – Zapatero (gerris lacustris)

Omaña no podría entenderse sin sus gentes y tradiciones ni sin sus montes y ríos. Tuve la suerte de vivir justo en la confluencia de los dos ríos que pasan por Vegarienza, el Omaña – con las recién añadidas aguas del Valle Gordo – y su afluente el Baltaín al que en verano el riego de los prados le dejaban tan en los huesos que ni fuerza tenía para llegar a juntarse con el potente Omaña, o Río Grande como le llamábamos y que ejercía un gran atractivo sobre nosotros. El Baltaín atravesaba un terreno pizarroso y su cauce era de piedras gris claro, casi azules, mientras que en el abigarrado lecho del Omaña se mezclaban piedras de todos los colores y tamaños cubiertas de una viscosa pátina amarillenta. Ninguno de ellos se entendía sin sus piedras que moldeaban a su antojo y sometían a reglas inflexibles. Las traían a mal traer.

Si formabas parte de una cadena de personas arrimando piedras desde el montón donde las había dejado el carro hasta el punto donde iban a usarse en una pared por el procedimiento de pasarlas al siguiente de la fila, enseguida comprendías que al recibir la piedra al vuelo no debías pararla en seco para luego lanzarla al siguiente. Era mejor adelantar las manos, recibir la piedra según llegaba y aprovechar su movimiento para impulsarla mínimamente de forma que llegase suavemente a las manos del siguiente de la cadena. Todos los participantes debían lanzar las piedras “a modo”, esto es sin girar y con el impulso justo para que el siguiente pudiera hacerse con ella y conducirla con suavidad hacia el próximo operario. Era como si por iniciativa propia la piedra saltara suavemente de mano en mano hasta que el último la depositaba en el nuevo montón. Porque para manejarse con las piedras había que amansar su aspereza, su tendencia a caer y girar alocadamente. Seguro que ninguno de la cadena había oído la palabra inercia, pero todos sabíamos que para interponerse en el camino de un cuerpo en movimiento había que hacerlo con mucho tiento, sin apenas variar su trayectoria para que, en este caso la piedra, no se diera cuenta de ello y se dejara conducir.

Aquellas piedras tan celosas de que nadie interfiriera su trayectoria, bajo el agua del río se amansaban y nos hacían creer superhombres por la facilidad con que las movíamos. Atropar cantos rodados del medio del río para rellenar un gavión o llevarlas a la orilla para cargarlas en el carro, era una experiencia desconcertante y casi mágica. Mientras estaba dentro del agua cualquier gran morrillo era ligero como una pluma y solo recuperaba su pesantez al entrar en contacto con el aire. Era como si el río robase a los cantos rodados su rotundidad, su gravidez, dejándolos sin esencia, como ahogados, y solo recuperaban su ser al entrar de nuevo en contacto con la atmósfera. Un filósofo ribereño podría haber concluido que las piedras sólo pesaban fuera del agua, pues a nadie se le había ocurrido la tontería de meter una piedra en una tina con vino para comprobar que pasaba lo mismo que en el río, como sí debió hacer Arquímedes. Si hubiéramos oído hablar del principio de Arquímedes, mover piedras dentro del río no habría sido tan divertido y desconcertante. A veces el conocimiento mata parte de la poesía de las cosas.

Las aguas de aquel río Omaña que parecía que tenían un duendecillo dentro que empujaba las piedras hacia arriba haciéndonos creer que eran menos pesadas de lo que en realidad eran, nos desconcertaban de continuo. Un palo perfectamente recto, como la vara de avellano que Genaro el del herrero usaba para pescar truchas a ferpón, bastaba que lo metieras en el agua para que se viera torcido de forma que parecían dos palos empalmados en ángulo en vez de uno solo y a los no entendidos nos parecía imposible que Genaro con aquel palo en forma de codo acertara a ensartar la trucha que sesteaba medio oculta bajo una piedra. No creo que Genaro hubiera oído en su vida hablar de la refracción de la luz, pero estaba en el secreto de que para no fallar debía fijarse en que el trozo de palo que se veía dentro del agua apuntase a la trucha, mientras que los que lo observábamos impacientes desde la orilla nos fijábamos en la dirección del tramo de palo que estaba fuera del agua y nos invadía el impulso de chistarle que lo inclinara un poco más porque si no se le escaparía la trucha. Una y otra vez Genaro nos demostraba su pericia y parecía inmune a las ilusiones ópticas que provocaban las aguas del rio Omaña que quizá lo hacía para proteger a sus inquilinos más notables, las hermosas truchas pintonas. Tal parecía que el medio líquido se empeñara en modificarnos la realidad a los terrícolas restándole una buena parte de su peso a las piedras y deformando todos los objetos que metíamos en el agua.

Pero sin duda lo más sorprendente que sucedía en las aguas del río Omaña tenía que ver con el gerris lacustris, que nosotros llamábamos zapatero. En la naturaleza de piedras y humanos estaba hundirse en las aguas del río, pero el zapatero sabía conjurar esta tendencia del río a engullir todo lo que se le acercaba y caminaba sobre las aguas como Jesucristo en el lago Tiberíades y aquí no parecía mediar milagro alguno. Porque los milagros modifican por un instante el curso normal de los acontecimientos, mientras que los zapateros un verano tras otro caminaban sobre el agua como si tal cosa. Allí no había milagro. De nuevo algo singular se producía en la lámina de agua que separaba el medio líquido del gaseoso, esa frontera entre el pesar mucho del casi no pesar y que engañaba nuestra percepción doblando los objetos que metíamos en el agua. El sutil zapatero había aprendido a deformar imperceptiblemente esta delgada lámina hasta que sus patas se asentaban sobre bóvedas invertidas capaces de soportar su peso y el de su pareja, que casi siempre viajaba a sus espaldas en un interminable apareamiento. La escasa sutileza de piedras y humanos o la poca fe, según argumentarían los que creían en el Evangelio a pies juntillas, hacía que se hundieran en el agua.

Para explicar estos fenómenos, mucho más adelante alguien nos hablaría de la tensión superficial, la refracción de la luz y el principio de Arquímedes que no figuraban en la Enciclopedia Álvarez con la que el maestro José Cordero intentaba desborricarnos. De momento, el caminar del zapatero sobre el agua estaba dentro del apartado de lo inexplicable, de lo prodigioso.

Esa fina lámina de agua sobre la que caminaba el zapatero a sus anchas era como la piel del río, la frontera entre el mundo seco y el mojado, la que decidía qué debía ser rechazado y qué engullido. En verano el lecho del río Baltaín en su confluencia con el Omaña estaba seco y cubierto de hortelanas y pequeños cantos que constituían la cosecha de todo un invierno de rodar desde Sosas del Cumbral y entrechocar unos con otros. Era el primer lugar que visitábamos nada más llegar a Vegarienza de vacaciones para escoger las piedras más planas y redondas que bien asidas entre índice y pulgar lanzábamos casi horizontales, a ras de agua en dirección a la presa del molino, y era sorprendente como rebotaban una y otra vez – como si la delicada superficie del agua fuera una recia piel de tambor- hasta terminar saltando al otro lado de la presa. Diez, quince veces podía ser rechazada la piedra por la fina lámina de agua y solo si su ímpetu flaqueaba al final de la trayectoria era engullida por el río. Asombroso el comportamiento de la fina piel del río Omaña, cómo frenaba las piedras en cada salto hasta conseguir amansarlas para tragárselas cuando ya no podían hacerle daño. El Omaña era un amansapiedras.

Esas piedras de bordes redondeados que tapizan el lecho del Omaña, cuando se desprendieron de la roca de la que formaron parte originalmente eran angulosas y con los bordes filosos que se producen en las fracturas y así, ásperas y cortantes, entraron en contacto con la gran batidora en que se convertía el río en las grandes crecidas y, golpe va golpe viene, sus bordes fueron perdiendo rectitud para ir ahuevándose poco a poco. Las pequeñas esquirlas que se desprendían en cada choque sufrirían el mismo proceso hasta convertirse en arenilla liviana y tan viajera que alguna, a golpe de remolino y pasando de río en río, habrá llegado hasta el Atlántico. Quién sabe si a algún omañés que haya estado en las playas de la desembocadura del Duero en Oporto, Das Pastoras o Do Carneiro por ejemplo, al tender su toalla se le haya ocurrido pensar que parte de aquella arena podría proceder del Valle Gordo, de Murias de Paredes, de Sosas del Cumbral o de la misma Vegarienza y eso le haya hecho sentirse como en casa. Igualito que asoleándose en el cascajal del Pozo La Puente de Vegarienza o de La Puebla en El Castillo.

El Baltaín y el Omaña con su vigor invernal que provoca el entrechocar de cantos, fenómeno que todos comprendíamos que era la causa de tanto morrillo redondeado, han contribuido junto al resto de ríos del mundo a configurar el planeta convirtiendo todo lo picudo en romo y transportando material desde los altos al llano. Achatando el planeta en definitiva. En Vegarienza los ríos nos dejaban cantos rodados de Senra, Fasgar y Garueña con los que construir casas, unas piedras que por sus redondeces a duras penas paraban en las paredes a las que tarde o temprano les salía una panza anunciadora del derrumbe. Con tanta pared de morrillos esgurrumbada, no me extrañaría que hubiera sido un omañés el inventor del ladrillo.

La parte más sutil de estos ríos, esa piel imperceptible que trastocaba la realidad de las cosas, nos sorprendía a diario con sus aparentes contradicciones. Solo el zapatero parecía estar en el secreto de aquellos fenómenos extraños.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de leonvirtual.org, istockphoto-janmiko

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Sopesando las naranjas (tomando decisiones)

Sopesando las naranjas

La piel brillante, tersa y cobriza de mis piernas me recuerda la de los últimos años de mi madre. Manos y hombros me duelen como ella contaba. Su preocupación por dónde estaría después de muerta, que entonces me pareció exagerada y hasta morbosa, empieza a rondarme a mí también. Aunque ambos cumplíamos años al unísono, toda su vida fue veintidós años mayor que yo hasta que decidió plantarse y no cumplir ni uno más. Ahora cada año que pasa los veintidós que me sacaba se acortan, de forma que ella sigue impertérrita en sus noventa y cuatro y yo cada vez más viejo y pareciéndome más a ella, en los achaques.

A medida que transcurren los años desde que se fue me viene a la memoria cada vez con menos frecuencia, pero ahí permanecen nítidos los recuerdos, su presencia, sus sentencias, sus gestos. Los gestos que perfilan y completan la personalidad de cada cual. Hoy quiero hablar de ella.

Mi madre fue una persona reflexiva y frugal. Reflexiva porque en las interminables jornadas de trabajo a que se vio obligada por haber tenido once hijos, repletas de tareas que podría haber hecho casi dormida (cocinar, limpiar, lavar, coser…), otras que requerían estar bien despierta (cuidar de los pequeños, mantener en orden a los mayores, vigilar que los estudiantes estudiaran…) y otras que podrían considerarse casi mecánicas (tejer, hacer punto, bordar…), su mente nunca descansaba.

Cuando tejía, la espalda recta sin apenas tocar el respaldo porque se lo impedían los extremos de las agujas que sujetaba con los antebrazos contra el costado, parecía estar ausente mientras entrecruzaba de forma precisa las agujas que formaban los puntos con el hilo que lanzaba hacia adelante el dedo índice con la tensión justa regulada por el dedo meñique cerrado sobre el hilo de lana para que los puntos quedarán igual de prietos. Pero su cabeza daba vueltas a cómo resolver tal o cual cosa, cómo llegar a fin de mes o reconducir el comportamiento inadecuado de alguno de nosotros. Solo salía de su ensimismamiento para verificar si lo tejido estaba bien. Yo la observaba a menudo, sorprendido por su precisión y constancia, intuyendo que en su gesto reconcentrado estaba la solución de todas nuestras cuitas cotidianas.

Frugal porque creo que nunca se dio un capricho personal ni cuando todos los hijos estuvieron situados y ella disponía de dinero y tiempo. Alguna vez me habló de que le hacía ilusión viajar a Perú donde vivía su hermano Pepe y aunque la animé a hacerlo no superó su obsesión por no malgastar. Hubiera sido su primer viaje fuera de la rutina veraniega Madrid-Vegarienza-Madrid. El dinero, que tan escaso fue en su vida abundante en hijos y necesidades, no era para caprichos porque sabía que el futuro es incierto y nunca se permitió alegrías ni errores ya fuera en las cosas importantes como en las más nimias.

Por eso tuvo que ser experta en casi todo lo que concernía a la marcha de la casa. Recuerdo cuando la acompañaba a la compra cómo calibraba el estado del pescado y demás productos, especialmente cuando sopesaba con la mano las naranjas y analizaba la tersura de su piel para saber si estaban llenas de zumo o huecas. O cómo nos decía que cerráramos el puño sobre el mostrador de la mercería para asegurarse que la talla de los calcetines era la adecuada. Nunca usé el truco de los calcetines pues los míos son de talla única, pero si escojo las naranjas como ella y alguna de las cosas endemoniadas de la vida como saber cuántos días tiene cada mes las resuelvo como me enseñó: “treinta días trae Noviembre con Abril, Junio y Septiembre……”.

Como debió suceder en otras familias, algunas de las decisiones que se tomaron en la mía para soslayar la escasez de medios seguramente afectaron o pudieron cambiar de manera importante la vida de algunos hijos. Yo empecé a trabajar a los trece años de peón de topógrafo por un salario mísero que debió ser un alivio para la economía familiar y que yo tomé como contribución personal lógica y necesaria además de que me divertí trabajando (ver Viento del Muxiven), pero pudo suponer para mí una deriva hacia empleos sin cualificación porque podría haber seguido de peón durante años o terminar de empleado en una tienda o de minero, como sucedió a otros compañeros de estudios. Cuando fue evidente que yo era incapaz de simultanear el trabajo con aprobar la reválida de cuarto, fui re introducido en el carril de estudiante y quién sabe si me libré de bajar a la mina. La decisión de que yo trabajara y poco más tarde dejara de trabajar se preparó en la trastienda familiar en la que seguro tuvo su importancia las reflexiones de mi madre mientras tejía la delantera de un jersey y los contactos de mi padre. Yo, peón de topógrafo, solo fui eso, un peón de tantos que transitábamos por el tablero familiar.

La lluvia imparable de hermanos seguro que también tuvo que ver con que dos hermanos estudiaran durante años en internados salesianos, como antes lo había hecho mi padre, aunque su buen juicio y no dejarse influir por la tradición de tener tonsurados en mi familia materna (ver Los negocios del alma) les libró de terminar como el tío Federico (ver El tío fraile). Casi seguro que nadie les preguntó si les gustaría pasar once meses al año lejos de la familia, pero se les fue haciendo el cuerpo a ello cuando oyeron que llegaría a Villablino un reclutador de seguidores de Don Bosco que había estudiado con mi padre y que debían causarle buena impresión. Cuando aquel verano vieron a mi madre y sus hermanas bordar sus nombres en calzoncillos y calcetines, supieron que aquel año no comerían el turrón en casa. Ni el siguiente ni los siguientes. Otra vez los contactos de mi padre y las reflexiones de mi madre entre puntos del derecho y del revés. El resto de los hermanos atentos a las expectativas que se abrían pues aquello no tenía nada que ver con pasar un invierno con los abuelos en Vegarienza, a una hora de casa en autobús. Todas estas decisiones eran caras distintas del mismo problema, éramos muchos y la guita poca. De las noticias que nos llegaban de los hermanos ausentes que veíamos solo quince días al año y del imaginarnos qué hubiera pasado si cada uno de nosotros hubiera sido el elegido, surgen historias como la que se cuenta en La ensaimada.

Ninguno de los cuatro hermanos mayores fuimos ajenos a los cálculos de cómo dar cabida en la economía familiar a los nuevos hermanos que iban llegando sin cesar. Cuando yo salí de casa para estudiar preuniversitario en León y luego la carrera en Madrid, automáticamente las cosas se pusieron difíciles para la hermana que me seguía y que al año siguiente planeaba seguir el mismo camino que yo para estudiar Medicina lejos de casa. Si un hijo fuera ya era complicado, dos imposible. En las cavilaciones de mi madre mientras tejía debió quedar claro que sería suficiente que su hija fuera maestra como ella y además era una carrera que se podía estudiar íntegramente en León donde había casa familiar. Gracias al tesón de mi hermana, primero hizo magisterio siguiendo la decisión de los padres y luego Medicina según decisión propia. Nunca fui consciente del sacrificio personal que debió suponer para ella la decisión de mis padres que, a buen seguro, hubiera sido diferente de ser más pudientes. Tampoco sé si a mis otros dos hermanos les afectó personalmente estar tantos años estudiando fuera de casa. Como esto era habitual en muchas familias, la verdad es que yo ni siquiera me lo pregunté y lo acepté con la misma naturalidad con que el día siguiente de aprobar el tercer curso de bachillerato me levanté a las seis de la mañana, la hora a la que mi padre me había dicho que tenía que presentarme en el trabajo para peón de topógrafo. Así eran las cosas entonces, decisiones a primera vista lesivas o perjudiciales para algunos hijos pero que solo buscaban mantener a flote y con rumbo cierto el barco familiar con toda la tripulación a bordo.

A ser posible que los once peones blancos llegaran al extremo opuesto del tablero y hacer dama aunque alguno se viera obligado durante parte del trayecto a zigzaguear en diagonal o a saltos de caballo. En cada momento había que mirar las figuras que desbordaban el tablero y acertar con la elección de cuál sería la próxima jugada y quién el involucrado. Nada que reprochar a mis padres por las decisiones que se vieron obligados a tomar. Hicieron lo mejor que pudieron en cada momento, sopesando los pros y los contras de cada situación tal como mi madre hacía con las naranjas en la tienda para que fueran de la mejor calidad. Todos los hermanos aceptamos las decisiones sin rechistar porque sabíamos que estaba en juego el futuro de la totalidad y que nunca hubo de por medio intereses personales de los padres. No podía haberlos, en su pensamiento solo estaba el futuro de los hijos.

Mi madre fue reflexiva, frugal y recta como toda su familia. Condensaba en muy pocas frases o refranes cómo debíamos comportarnos los hijos en la vida: “nunca hagas lo que no quieras que te hagan a ti” o “el tiempo es oro y el que lo desperdicia es un tonto”. Nunca te abandones, haz siempre lo que debes porque, como nos decía que decían por Omaña, “si por el sendero enseñas al culo a pedorrero, en concejo sonará el primero”, pura sabiduría. Reflexiva, frugal y sabia. La sabiduría que da reflexionar sin pausa, punto va punto viene, buscando lo mejor para los hijos.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: wikipedia commons.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La tía María (pero….¿qué vida es esta?)

Tía María.

Tía María.

María del Rosario de la Calzada González, tía María, fue la tercera de los hijos de mis abuelos maternos y parece que un día dijo: ¡Ya no aro más! Aro de arar la tierra. No sé si se refería a gobernar la rectitud y profundidad del surco, bien asida a la mancera del arado romano con que se araba desde tiempo inmemorial en aquellas tierras pizarrosas de Omaña donde se sembraba el centeno, o quien controlaba el arado era el abuelo y ella hacía de lazarillo de su padre marcando el camino delante de la pareja de vacas que tiraban del arado con tal esfuerzo que les obligaba a tensionar el cuello y llevar el morro adelantado. Sé muy bien la frustración y aburrimiento que producía ir delante de las vacas durante las horas que el abuelo, impasible, volteaba la tierra en apretados surcos antes de la siembra (ver Guerra al escarabajo).

¡Ya no aro más! Frase concisa y rotunda que seguro era el trasunto de una larga reflexión y que materializaba una decisión que no tenía vuelta atrás. Era la expresión de su voluntad firme de buscar un rumbo nuevo para aquella extensa familia que aun trabajando de sol a sol estaba condenada a vivir con estrecheces. Así vivía toda la familia, así lo habían hecho sus abuelos y todos sus antepasados durante siglos y lo mismo pasaría con todos los hermanos y sus descendientes. O peor porque el patrimonio de los padres, que a duras penas daba para vivir todos juntos, en unos años habría que repartirlo entre los diez hijos y, entonces, ¿cómo se iban a arreglar? Pues seguro que muy mal. Era la familia más numerosa del pueblo y no le cabía en la cabeza que cada tierra y cada prado, ya de dimensión escasa, terminara dividido en diez trozos inservibles.

Durante mucho tiempo se creyó que la Tierra era plana y también que ocupaba el centro del universo. Alguien tuvo que poner en duda aquellas creencias pseudo religiosas para que todo cambiase. A tía María, seguramente la de más carácter de todos los hermanos, le tocó preguntarse repetidas veces ¿qué tipo de vida es esta?, ¿cuántas generaciones tendrán que pasar para salir de esto? ¿hasta cuándo seguiremos esclavos de nosotros mismos? Y un buen día se oyó respondiéndose a sí misma ¡Ya no aro más! Había que poner remedio a aquel contradiós.

No sé cómo comunicaría a los abuelos (seguro que lo hizo sin merma alguna del respeto debido a sus padres que siempre observé) su decisión de abandonar la vida ancestral, de romper con la tradición campesina familiar, ni cómo fue su salida de Sosas del Cumbral, de donde probablemente no se había ausentado nunca, para comenzar una nueva vida en León capital.

Sin poder establecer un orden cronológico preciso, sé que trabajó en la gasolinera de San Marcos que era de Paco y Bernardino, hermanos de su madre, que estudió enfermería en Valladolid, que fue enfermera durante la guerra por la zona de La Robla (acabada la guerra regresó temporalmente a Sosas con un perro que le habían regalado y que atendía por Trosky o Lenin o algo parecido). También trabajó en la Fiscalía de Tasas, no sé si antes, después o en medio.

Lo que sí es seguro que desde León pilotó el desembarco en la capital del resto de hermanos según se narra en El vaciamiento de Omaña. Los primeros tuvieron que malvivir en pensiones o casas de gente conocida o medio parientes, hasta que tía María pudo alquilar el piso familiar de la calle Ramiro Valbuena que inicialmente tuvieron que compartir con algún huésped para poder costear la vida en la capital de los hermanos que no paraban de llegar del pueblo. Algunos hermanos estudiaron en colegios de frailes dentro y fuera de León, lo que no suponía escapar del control firme de tía María. Cuando tío Emilio estudiaba Medicina en Madrid pasó una etapa algo distraído de los estudios que resolvió tía María con una visita que debió ser muy convincente pues no hubo más despistes. No era un afán de control sin más, se trataba de asegurar que no se desperdiciaba ni un ápice del esfuerzo que estaban haciendo los abuelos y ese era el empeño de tía María supervisando todo y a todos con mano férrea y que no sé si siempre fue entendido así por los “vigilados”.

En la misma calle abrieron una tiendecita de mercería donde también se recogían puntos a las medias, no sé si con la intención de dar ocupación a alguno de los hermanos venidos del pueblo o por influencia del pasado de cantineros y negociantes de sus abuelos paternos en Posada o los maternos en Sosas del Cumbral y Vegarienza. El negocio fue tan raquítico que cerró al poco y su padre, el abuelo Emilio que con su exiguo sueldo de maestro de Sosas del Cumbral tenía que sustentar a la familia que aún quedaba en el pueblo y además financiar aquella aventura comercial, lamentaba el mal negocio emprendido diciendo “si hubiéramos puesto una sombrerería, los niños habrían comenzado a nacer sin cabeza”. Probablemente quería enfriar cualquier otra veleidad empresarial porque lo suyo siempre había sido desborricar chavales en el pueblo y destripar terrones con el arado y pensaba que los hijos tendrían que ir paso a paso, como así fue bajo la dirección estricta de la tía María, y no convertirse de la noche a la mañana en empresarios igual que sus tíos Paco y Bernardino que debieron contar con la importante ayuda de su padre, el bisabuelo Bernardino, un negociante avezado. Él solo era un pobre maestro, pluriempleado como campesino en tierras de poco dar.

Quizá lo de la tiendecita fue el único tropezón de tía María en el extenso plan de transformación de una familia campesina en trabajadores por cuenta ajena. Con todo, su opinión era tenida muy en cuenta y constituía una fuente de autoridad. Tras lo que decían los abuelos, valía la opinión de la tía María. Recuerdo que cuando en la familia se estaba a punto de tomar una decisión importante ya fuera a nivel familiar o que afectaba a alguno de los hermanos, se esperaba con impaciencia y quizá con cierta preocupación del involucrado a que tía María opinase y, casi casi, sentenciase.

Cuando pasábamos por León recuerdo el trajín que había en aquella casa, unos ya trabajando, otros estudiando, alguno expectante y otros de paso. A veces revoloteaba por allí una amiga y compañera de trabajo de tía María, creo que se llamaba María Luisa, alegre y risueña que junto con la tía María representaban un estilo diferente por su indumentaria nada pueblerina, labios pintados, cierta soltura en el caminar y los ademanes y un desenvolvimiento que no me parecían de la familia. No sé si reflejaban una cierta modernidad que empezaba a despuntar en el país o la pura actitud de mujeres con expectativas de encontrar pareja, cosa que no recuerdo sucediera nunca, y que desde luego a mí me parecía bastante alejada de la discreción en el atuendo y el deseo de pasar desapercibidos que caracterizaba al resto de la familia. Quizá fuera que la tía María, aun compartiendo el sentimiento religioso común a toda la familia no lo había llevado al extremo de estar por encima de todo pensando en la salvación del alma y mantenía un sano equilibrio entre el quehacer terrenal y los asuntos de la religión.

Cuando todo estuvo organizado, pues todos los hermanos menos tía Milce estaban fuera del pueblo trabajando o estudiando, vivió unos cuantos años en Brasil trabajando como enfermera sin dejar por ello de estar pendiente de lo que sucedía en España. Desde allí dio cierta cobertura a tío Pepe cuando a su vez decidió emigrar, impaciente por no encontrar plaza de veterinario en León, primero a Brasil y luego a Perú. Recuerdo que cuando María regresó, además de un deje mezcla de omañés y carioca, trajo como regalo figuritas de madera y artículos de cuero que tenían grabado a fuego la leyenda “Lembrança do Campos do Jordao”. Aunque reconozco que no era difícil adivinarlo, tardé tiempo en entender que Lembrança quería decir recuerdo y ahí se me quedó grabado. En 2012 cuando comencé a publicar mis recuerdos en este blog, decidí tomar esta sonora palabra como título.

Ya en España retomó su trabajo de enfermera llegando a ser jefa de enfermeras en la residencia de León y era frecuente oírle contar alguna anécdota. Recuerdo una que me pareció muy graciosa de la época en que la gente emigraba a Alemania para trabajar y unos médicos alemanes les reconocían antes de viajar. Uno que iba a auscultar a una mujer le dijo “Descúbrase, señora” y ella ni corta no perezosa se quedó en pelotas pero con el bolso en la mano cogido firmemente. Alarmado, el médico le dijo “Pero, señora, a dónde va usted”, a lo que la mujer, eufórica, le respondió “A Alemania, doctor, a Alemania”. Abundaban las risas cada vez que las mujeres de la familia oían contar esta historia.

Su temperamento decidido debió reforzarse por toda una vida mandando y organizando dentro y fuera de la familia. No sé sí de ahí le venía el tono seguro y algo autoritario de su voz que yo percibía con resonancias metálicas, aunque desde luego era una mujer afable, de risa fácil, siempre dispuesta a ayudar y de buen trato, pero sin perder el control de la situación en ningún momento.

Salvo tía Milce que permaneció junto a sus padres hasta agotar la etapa campesina de la familia que venía de siglos, el resto de los hermanos orientó su vida lejos de las tierras y del ganado. La salida de los hermanos de Sosas del Cumbral transmutó a nueve pueblerinos en tres maestras, una enfermera, un médico, un veterinario, un técnico de Correos y un facultativo de Minas. Menos mi madre que no ejerció nunca de maestra, todos los demás se ganaron la vida con sus profesiones y ni ellos ni sus descendientes volvieron al pueblo salvo de vacaciones. El desgaje del pueblo iniciado por tía María fue drástico y si hubo algún arrepentido o nostálgico, no tuvo el valor de volver al terruño. Allí estaban todas las fincas del abuelo esperando que alguien mirara para ellas, pero hay caminos sin retorno. Algunos nietos y biznietos vieron por primera vez una vaca de verdad en vacaciones, como si se tratase de una especie en extinción. Lo que realmente se había extinguido era una forma de vida que permanecía casi sin cambios desde antes de la Edad Media. Un estilo de vida que se esfumó en una sola generación. Y de este cambio drástico tía María no tuvo la culpa, solo fue el detonante, con su ¡Ya no aro más!, y conductora del proceso que también se produjo en infinidad de familias de Omaña y en todo el país. Seguro que en Omaña otras personas dijeron frases igual de rotundas que el ¡Ya no aro más! de la tía María.

Casi tres generaciones después es difícil afirmar que aquel proceso de emancipación del campo, seguramente inevitable, fue acertado al cien por cien. Es cierto que se accedió a una vida menos esclava, más llevadera y durante unos cuantos años parecía que iba a ser un camino de progreso sin fin. Pero en lo que llevamos de siglo veintiuno el mundo del trabajo se ha emputecido de tal manera, que algunos biznietos de aquellos campesinos que emigraron a la ciudad tienen unos empleos tan precarios y tan dependientes de decisiones empresariales que nada tienen que ver con cómo desempeñan su trabajo, que quizá alguno prefiriera la vida de sus tatarabuelos en la aldea, esclavos de los animales y pendientes de la meteorología pero llevando una vida digna y autónoma. Aunque no sé si habría sitio para tantos.

Lo he pensado muchas veces y me hubiera gustado hablar con la tía María (no sé por qué siempre llego tarde a preguntar) de esta consecuencia indeseada de la emigración familiar que ella lideró y si, sabiéndolo, su ¡Ya no aro más! hubiera sido tan rotundo. ¿O tan solo fue que andar delante de las vacas durante horas, la trastornó mucho como a mí me sucedía?

Tía Maria con uniforme de enfermera.

Tía María con uniforme de enfermera.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Jirones XXIII. 1964/65 Sexto Curso – Bachiller Laboral Superior. Segunda parte. Los gochos de Colominas

Autor: FEDE GARCÍA 30 de Abril de 2020

Libros de texto y cuadernos del autor.

Libros de texto y cuadernos del autor.

…Diciembre 1964/Junio 1965: De nuevo el más puro invierno. De nuevo, otro invierno vestido de blanco, entre el frío agudo de las tardes/noches en Las Colominas. Los tejados de pizarra almohadillados, todos, de espuma blanca, con largos hilachones colgando de los aleros en forma de estalactitas que amenazaban con desprenderse en cuanto la mañana espabilaba…

Los cristales de las ventanas de la vivienda, siempre amanecían escarchados por el interior. En ocasiones, hasta una tercera parte de los mismos, y también, con parte de las cortinas interiores cosidas a los cristales con la escarcha. Al menos, los testigos mudos del momento, Fede, Isa, Luli y Monchi, es lo que podíamos certificar con las más absoluta convicción, en un ambiente caldeado a medias por la chapa de la cocina de carbón en la cocina-comedor, del número 42, piso 2º-derecha, de Las Colominas.

Isabel, nuestra madre, siempre nos reñía, porque no quería que se rompieran las cortinas al intentar despegarlas. Había que esperar a que la escarcha se desprendiera de modo natural.

La norma de siempre era el frío. La excepción: algún día que otro despejado y con Sol a la baja. Amanecía, poco a poco, sobre las ocho de la mañana y para las cinco o las seis de la tarde, oscurecía.

Fede, y alguna de sus hermanas habían subido hasta la carretera de Rioscuro, a comprar, algún mandado de última hora, a la tienda de hilos, corchetes, agujas de coser, aceite de engrase de la máquina “ALFA”, botones, ovillos de lanas de cualquier color. Sus dueñas – dos hermanas – que vivían en el primer piso del edificio, nos parecían muy mayores. Siempre iban peinadas con el pelo canoso hacia atrás, muy recogido. Eran muy amables, y casi siempre nos regalaban algún caramelo, de los de sabor a naranja, o limón.

En el escaparate, había postales relucientes, y adornos brillantes – era Navidad – Nunca pudimos comprar una postal de las que brillaban con la luz. Volvíamos un poco frustrados, diciéndonos, que otra vez será. Volvíamos marrullando, poco a poco, ¿cómo podríamos juntar…? perrona a perrona – de las de a 10 céntimos-, más algún real de los de agujero en el centro, la cantidad necesaria para poder hacernos la próxima vez con, al menos, una postal de las que relucían. Nunca lo pudimos conseguir…

La vuelta a casa bajando por la Cuesta del Chigre, era un ejercicio especial para deporte de invierno: se trataba de ir resbalando por la senda helada y brillante iluminada con las primeras y escasas luces del camino. Había que lanzarse a la carrera, para así deslizarnos a pié-fijo, sin perder el equilibrio, unos pocos metros cada tramo, sin malograr, ni estropear por supuesto – el mandado encomendado, casi siempre envuelto en papel de estraza y asegurado con hilo-bramante fino, más algún adorno de estrellitas pegadas al envoltorio, gentileza de la Tienda de las señoras mayores.

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1982 Samartino en Olabezar. Dolores Unanue con la sangre y la chamusquina del gocho.

1982 Samartino en Olabezar. Dolores Unanue con la sangre y la chamusquina del gocho.

…en todo caso, había pasado, a su vez el 11 de noviembre – Día de San Martín – más conocido, por el día de “Hacer el Sanmartino”. Día, especialísimo en Las Colominas, porque se llevaba a cabo la “Matanza del Gocho”, que en la mayoría de los casos era propiedad de aquellos vecinos que disponían de Chabola propia al lado del Barrio, camino del Molinón, donde los habían criado día tras día durante todo el año, siempre alimentados con las sobras de la comida común del día, más un revoltijo de mondas de patata y restos vegetales varios, hervidos – como era la costumbre – más un par de puñados de “salvao” añadido, en concepto de postre flotando en el cubo de zinc, que las mujeres casi siempre se encargaban de llevar a las mañanas a las cochineras particulares.

Los vecinos-mineros, sí visitaban las chabolas del gocho, los domingos y festivos, a fin de llevar a cabo la limpieza semanal entre bromas, y cigarros de tabaco “Cuarterón”, “Ideales”, o en los casos más exquisitos, “Celtas”, siempre con el Chisquero de piedra y mecha amarilla enrollada como una culebra, en el bolsillo de la camisa remangada, por si acaso.

En el caso de la familia de Pedrosa “El Barrenista”, era distinto. No poseía chabola, ni tan siquiera alquilada. Pero, la obligación de garantizar que la familia, no pasáramos necesidades durante todo el año, desde el segundo año de permanencia en el Barrio, la Familia “Pedrosa”, también hacía su “Sanmartino”, durante varios años. El “gocho”, era adquirido a crédito, al Carnicero de la Carretera a Rioscuro, que estaba al lado de la Academia y, naturalmente era pagado en 12 cuotas exactas y siempre en metálico. En general, salvo excepciones, era “Fede” el encargado de llevar a la carnicería el sobre cerrado con el dinero, que sólo debía de entregar al Sr. Carnicero en persona, y devolver a casa el recibo del dinero que debía corresponder a cada mes vencido y firmado – al recibí – por supuesto.

Una operación de cierto riesgo, dado que, algún o algunos guajes, podían jugar al: “Te lo quito y te lo damos… cuando queramos”, durante el recorrido del camino a la Carnicería, que generalmente correspondía a los sábados por la tarde. Algún disgusto sí hubo. Tuvo que ser “Pedrosa” el que me acompañara a casa de los Padres de los guajes del ¿Juego…? a fin de conseguir, que de manera voluntaria, devolvieran el botín incautado completo, pero… con el ¡sobre abierto…!

La sanción paterna de uno de los padres de los dos guajes por la broma, fue inmediata: el castigo consistió en ortigar las piernas por las corvas, previa sujeción por el brazo, a uno de ellos, entre otras razones, por haber sido descubiertos con el sobre en el bolsillo…,y como no, también, por la travesura llevada a cabo, porque sí, porque era un juego – Fede, siempre pensó- que sí, era un juego… nada más.

El día de la “Matanza”, siempre era un día de los que no se olvidan, y menos, si se ha vivido de niños, aunque en este caso, “Fede…” ya, con quince años y pantalón largo, y a punto de sobrevivir a una adolescencia convulsa y explosiva – sin acné – se sentía el dueño del futuro.

Los preparativos previos: Banco de apoyo, de pieza única de madera, de unos dos metros de largo y medio metro de ancho, más cuatro pies de roble encajados en ángulo, que para esta ocasión era aportado por un convecino/compañero de trabajo. Otro vecino, aportaba los felechos -bien secos, por manojos, atados por cuerda bruta de pita. Otros aportaban las rasquetas – generalmente trozos de guadaña vieja rota – para afeitar a la víctima una vez sacrificada y escaldada con agua caliente-hirviendo procedente de una caldera, que se disponía previamente a hervir en la calle.

Las cuerdas de sujeción, más el Gancho de hierro, que el Matarife utilizaba, a los efectos de sujetar al “Gocho”, una vez volteado en el banco y sujetado a fuerza bruta, por “Pedrosa” y tres o cuatro colaboradores voluntarios de musculatura probada, con colilla en la boca y boina calada.

El Matarife, solo sacaba su “cuchillo-carnicero” de una funda de cuero que llevaba a la cintura, en el momento oportuno. Sin dudar, sacrificaba al animal en apenas unos segundos, para que a la vez, un par de vecinas de las más animosas, recogieran en sendos baldes de zinc, la sangre en caliente del animal – previamente remangadas hasta el sobaco – removiendo continuamente la misma, para que no se cuajara debido al frío…

Una vez desangrado el animal se le depositaba en una cama de paja hecha en el suelo, previamente limpia de nieve o hielo, más unos haces de felechos secos, dándole fuego a todo ello, el Sr. Matarife, con el “chiscazo de honor”, que por derecho y tradición le correspondía.

La depilación de la víctima se llevaba a cabo, reponiendo al animal sobre el banco de madera curtida por mil sacrificios. Poco a poco, se iba frotando a mano la piel, derramando jarro a jarro agua hirviendo, mientras otras manos armadas con rasquetas, iban afeitando todo el cuerpo del gocho, desde el cuello hasta la cola.

Antes de esta operación, había que descalzarlo” retirándole las cuatro pezuñas de un solo estrujón. Operación que se llevaba a cabo en caliente. Lo hacía el propio Matarife: un solo estrujón hacia la derecha o izquierda y pezuña fuera.

Era costumbre dejar la última para el invitado de honor: en este caso, correspondió a Fede, que con nula destreza y una dosis de vergüenza añadida, producto de no haber logrado descalzar de un solo tirón la pezuña asignada, más una quemadura leve en la mano derecha, tuvo que ceder el honor a su padre: Pedrosa “El Barrenista”, que sí cumplió con dicho honor sin más trámite. Una mirada complaciente de amparo filial de apoyo, ratificó el apoyo. Mirada que nunca he olvidado.

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Cuadernos del autor.

Cuadernos del autor.… pasaba ya el mes de enero, la Navidad y el día de Reyes: día grande para unos niños agobiados por el sentido de culpa propia, por supuestamente, haberse portado mal durante el año anterior… siempre pensabas, que tus balances de desobediencias, travesuras y supuestas malas notas en el Cole, o en el “Insti”, iban a pasar factura, sin ninguna duda, este año.

La noche anterior: actividad frenética de Fede y sus tres hermanas. Había que dejar impecables las botas o los zapatos de domingo, a fin de ponerlos en el alféizar de la ventana por la parte exterior, en la habitación de dormir, dejando la misma un poco abierta para que ¿Alguien? depositara los regalos… en una noche, que conjuntamente habíamos decidido pasar en vela por turnos…

Las cartas de solicitud a los esperados Reyes Magos eran escritas a mano – con plumín de tinta – o, con lápiz de los de afilar a la saliva – tenían que ser depositadas hechas un rollo, o dobladas en el interior de cada zapato o bota… a fin de que no se mojaran. No servían ni sandalias, ni zapatillas, pero sí servían las madreñas, que también, debían estar limpias y enceradas, para tan especial fin.

El problema era el de siempre: que las botas de “Fede” eran de cuero. Tenía que secarlas y limpiarlas de barro, y untarlas con sebo de caballo, o tocino viejo. Los cordones, casi siempre deshilachados y desgastados, tenía que lavarlos y secarlos en los alambres de secar de la cocina, bajo el calderín del agua caliente. Las hermanas intentaban al mismo tiempo hacer milagros, para blanquear los zapatos de los domingos, con un líquido blanqueador de tubo de la marca Nugget, que casi siempre, por cierto, se agotaba a la primera pasada.

La inventiva natural de mis hermanas, ante el fracaso del Tubo-blanqueador – a fin de lograr que los zapatos de domingo estuvieran “blancos-blancos” siempre, me parecía, que eran los razonables para conseguir que quedaran presentables. La alternativa era simple: hacer discretamente un mejunje de harina y leche – porque todo era blanco-, en una lata pequeña y embadurnar los zapatos con un líquido blanquecino que al helarse en la ventana quedaba cuarteado como la piel de un cocodrilo.

Sorprendentemente al amanecer del día siguiente, aparecía la ventana cerrada con los zapatos dentro, las cartas abiertas, y unos regalos que casi nunca coincidían con lo pedido y solicitado. Ninguno pedimos jamás explicaciones. Simplemente nos limitábamos a empezar a jugar y a entretenernos con los juguetes que habían amanecido en la ventana. Por cierto, la dejábamos abierta, y amanecía siempre cerrada…

Había pasado ya el 6 de enero. Se aproximaba la vuelta al “Insti”, tras el fin de las vacaciones de Navidad. Dependía la fecha de vuelta, de si el lunes siguiente al 6 de enero caía en viernes. Por el contrario, si el 6 de enero caía en lunes, al martes vuelta al “Insti”.

Reincorporado al “Insti”, tras haber superado el Trimestre anterior con notas medianamente aceptables: algún sobresaliente en Dibujo Técnico, varios notables, en Geografía e Historia, y con un aprobado raspado en Matemáticas… correspondía enfrentarse a la rutina habitual : Madrugar, ir a por la leche a casa de la Señora Lucila, volver, hervirla y preparar el desayuno para las hermanas…

Acompañar a las mismas al Colegio, por el camino del Transversal y con la cartera de cuero con los libros de las asignaturas del día, llegar la Instituto a la hora.

Los horarios y días de clase, en el segundo tramo de Sexto Curso, en el Instituto, por ejemplo: en las asignaturas de Física y Química, eran los siguientes:

FISICA: lunes, miércoles de 10m a 11m. Jueves de 16 a 17 horas.
QUIMICA: Martes, de 16 a 17 horas. Miércoles y viernes de 11m a 13m.

El profesor de Física, era el Director del Instituto, Sr. José Antonio y la de Química, una profesora, cuyo nombre se ha desdibujado.

Los temas a abordar por los profesores, en estas materias, siempre en forma de ¿ponencias abiertas… en relación con el programa…? no daban demasiado de sí, porque, debíamos de tomar apuntes a mano en un cuaderno de un solo uso por curso. El resultado, en general, era indescifrable. Dichos apuntes tomados al vuelo, se transcribían con buen ánimo, pero con escasa fortuna. Deberíamos de haber dominado los signos de la escritura taquigráfica, para poder, obtener una transcripción más o menos acertada de la clase de turno. En cualquier caso, lo importante era aprobar, trimestre a trimestre.

Lo cierto es que en Sexto, Fede tenía asignado el número 14, cuando en el curso anterior y su reválida le correspondió el número 17, lo cual se traducía en que, tras seis años en el Instituto “Obispo Arguelles” de Villablino, los compas se habían ido reduciendo, de los ¿cuarenta iniciales…? en el Primer curso, hasta, los ¿24…?

Otras asignaturas, entre ellas, Dibujo, Matemáticas, Geografía, Cultura Industrial, etc. Religión, Educación Física, etc. sus horarios eran intensivos, como lo habían sido en el curso anterior. Como ejemplo:

Martes: 9/10 h. Cultura Industrial. 10/11h. Dibujo Industrial. 12/13h. Matemáticas. Tarde: 16 a 17h. Geografía.
Jueves: 9/10hs: Cultura Industrial. 10/11hs. Dibujo. Tarde: 15/16hs: Matemáticas; 16/17hs. Geografía

Había, además, que tener en cuenta, que las prácticas de Taller: Mecánica, Electricidad y Carpintería, era por Trimestres, y que las mismas se llevaban a cabo por las mañanas en días alternos: lunes, miércoles y viernes. La ventaja, consistía, en el hecho de que los profesores, en cada una de estas materias, eran siempre respetados, dado que en los Talleres, ellos también se ponían el buzo, y, se manchaban las manos de grasa, explicando y aclarando a pie de obra, las dudas de la clase. Las profesoras, solo lo eran en parte de las materias ordinarias que no tenían que ver con las de Talleres. Recuerdo de modo especial a la Profesora de Geografía e Historia: Juana Vega, que me revisaba los apuntes en limpio, el primero.

En Mecánica, por ejemplo, los problemas de roscas, engranajes, pasos, roscas trapezoidales, su teoría y puesta en práctica con Maquinaria Herramienta y útiles, que, en ocasiones, como práctica grupal, había que construirlos bajo plano, a partir de barras de hierro dulce, cumpliendo todo el proceso completo, para ser evaluado el resultado, con un aprobado. Los trabajos de este tipo – los mejores – se conservaban apara ser expuestos a fin de curso.

Día a día, mes a mes, llagaba de nuevo la primavera: La nieve se iba retirando hacia el Cueto Nidio y más arriba. Se acercaba la primavera… en los “praos”, muy verdes, entre el río, y las vías de tren de carbón a los cargues de Villaseca, aparecían las abubillas: unos pájaros de color blanco y negro, con cola amplia y una especie de coronilla en la cabeza. Nunca supe, si eran de la zona, o eran viajeros de temporada, que iban hacia el Norte. Aquellos pájaros eran muy buena señal.

Los meses, marzo, abril, y mayo, pasaban a buena marcha con la rutina habitual, alterada a finales de cada mes y trimestre por las notas parciales, que iban a determinar en parte, las finales de junio.

Llegaron las pruebas de finales de Mayo, y, primera quincena de Junio, y, los resultados finales, para “FEDE”, no fueron desalentadores. Buena parte de las asignaturas resultaron aprobadas por los exámenes parciales trimestrales, por que la media de las notas superaban el “CINCO”. Alguna asignatura, fue objeto de examen total – todo el año – . Recuerdo “Matemáticas” de Sexto: límites, derivadas, integrales, problemas de cierta complejidad, que eran difícilmente entendidos, y en consecuencia, resultaban mal resueltos. Resumiendo: Un único suspenso: “MATES”, para septiembre. Resto asignaturas: Dibujo Industrial: sobresaliente; Geografía e Historia: notable; el esto: Física y Química – asignaturas separadas – Lengua y Literatura, más Educación Física y de Formación del Espíritu Nacional, Religión, habían sido aprobadas, sin sobresaltos destacables.

En cualquier caso, merece la pena destacar, la larga sombra del profesor de Religión – “Don Gildo” -que en una hora, o ¿dos…? a la semana, era capaz de mantener en situación de tensión permanente a unos alumnos en proceso de emancipación juvenil biológica: edades entre 16 a 18 años, con su presencia rocosa, de voz rotunda, sin opción alguna a contradecir sus sermones de breviario ante un alumnado que era escrutado como material en riesgo permanente de apostasías mentales… Aun así, hubo que superar – sin arneses de seguridad mental – la asignatura, que se encuadraba entre las asignaturas de segundo nivel, apellidadas: “LAS MARÍAS”

Nota UNO. Nota especial dedicada al “Compa” Octavio, en relación con el “JIRON XXII”. Octavio, el de Sosas de Laciana, compañero de curso, hasta Quinto de Bachiller, ha tenido el buen detalle, de resituar, un Viaje de Estudios de Fin de Curso, que, de modo, involuntario, he situado en el espacio temporal de “Fin de Curso Bachiller Elemental”. Este viaje correspondió al que se hizo en Un Autobús-Alsa, a Léon, Logroño, Zaragoza, Barcelona – más una vuelta a Valencia – y, retroceso a Barcelona.
El Viaje de Estudios, que había citado, corresponde al realizado los alumnos de Séptimo Curso, a Santiago de Compostela, dos años más tarde.
Agradezco a “Octavio” la notación de carácter temporal que ha tenido a bien ajustar sobre un viaje de Fin de Estudios. Gracias de un compañero que no olvida: Fede, el hijo de “Pedrosa El Barrenista”.
Agradezco de nuevo a Octavio, hoy residente en Ponferrada, al cual tuve la suerte de poder visitar recientemente, a fin de rememorar una antigua amistad, que ha dejado un poso indeleble en la memoria, a la vez, que otros: como Ismael, Robus, Nieto, Rafael Álvarez Rubio, y demás, cuyos nombres se van diluyendo en las nieblas de la memoria.

Fede García González
Autor: Fede García González

Hermano mayor (¿quijada de asno o plato de lentejas?)

Jacob recibe la bendición de su padre Isaac.

Jacob recibe la bendición de su padre Isaac.

A estas alturas de la película y con el coronavirus rondando, me resulta evidente que ser el hermano mayor solo tiene desventajas. Eres el primero de los hermanos al que los huesos le avisan de que están ahí cada vez que cambia el tiempo y el primero en dejar de ser una persona “normal” para convertirte socialmente en viejo y que, si se diera el caso de estar muy malito, algún burócrata podría apuntarte en la lista de los que no valen un respirador porque ya has vivido bastante y no pasaría nada si se te llevan los gusanos. También serás el primero en confundir las historias que te contaron porque están hechas un revoltijo en tu memoria desgastada. Al final tendrá razón el burócrata del respirador, porque….. ¿para qué sirve un tío que ni siquiera recuerda las cosas a derechas? Buena prueba de mi cacao mental es cómo recuerdo el derecho de primogenitura vigente en tiempos pasados, quizá la única ventaja de ser el hermano mayor.

Creo que la primera vez que oí hablar del derecho de primogenitura fue en la clase de Religión de la Academia Carrasconte de Villablino cuando don Urbano, el mejor contador de historias bíblicas que recuerdo (ver Mane, Tecel, Fares) introdujo en nuestro imaginario infantil historias fantásticas de las que la Biblia está repleta (probablemente es el compendio más completo de grandezas, debilidades, traiciones y miserias humanas del que han sacado buen partido pintores, escritores y profesionales de religiones varias) y que por entonces yo era capaz de mantener bien clasificadas y separadas unas de otras en mi cabeza. He comenzado esta historia sobre hermanos mayores convencido de que Caín y Abel eran los hermanos del plato de lentejas y la quijada de asno. Pero no, craso error. Al buscar imágenes para acompañar al texto me he asombrado por mi batiburrillo mental: Caín, Abel y la quijada de asno asesina eran una cosa y otra que para hablar del derecho de primogenitura, es decir el plato de lentejas, tenía que echar mano de Esaú y Jacob dos hermanos gemelos hijos de Isaac, a su vez hijo de Abraham y ambos grandes patriarcas de Israel con los que Jehová hablaba a la mínima de cambio porque estaba muy interesado por influir en el curso de los acontecimientos que Él había desencadenado cuando creó a Adán y Eva.

Volviendo a Esaú y Jacob, parece que ya se las tenían tiesas en el vientre de su madre Rebeca. Esaú nació el primero a pesar de que Jacob le sujetaba por el calcañar porque no quería que su hermano se le adelantase. Esaú fue el primogénito lo que significaba que en su momento heredaría tierras y ganados de su padre. Pero un día que volvía de cazar muy cansado vio a Jacob comiendo un suculento plato de lentejas y le propuso cambiar su derecho de primogenitura (que intuía tardaría mucho en disfrutar pues su padre Isaac iba para centenario y de echo llegó a los 180 años) por la inmediatez del humeante plato cuyo aroma interpelaba a su apetito e impaciencia. Jacob, que además de taimado seguramente tenía más lentejas en el puchero, no lo dudó un momento y le entregó las lentejas, situándose en primera línea hereditaria que consolidaría posteriormente cuando recibió la bendición de su padre engañándole con malas artes ayudado por su madre Rebeca, de quien era favorito, y él mismo porque se vistió con las ropas de su hermano para hacer creer a Isaac, ya casi ciego, que estaba dando la bendición a Esaú. Una historia de envidia entre hermanos como tantas que se narran en la Biblia.

En mi familia de once hermanos no hubo gemelos por lo que las disputas nunca fueron tan prematuras como las de Esaú y Jacob, pues él Génesis afirma que ya reñían en el seno materno, ni nos sacudíamos con quijadas de asno como Caín a Abel pero tampoco éramos unos angelitos. Con mis siguientes hermanos varones, tercero y cuarto, me llevaba dos y cinco años por lo que teníamos amigos diferentes y como parábamos tan poco en casa no recuerdo que hiciéramos muchas cosas juntos ni que hubiera conflictos permanentes. Otra cosa era cuando teníamos que permanecer en casa, algo que sucedía en Villablino en las grandes nevadas que aislaban varios días a todo el Valle de Laciana del resto del mundo. Y claro, siete u ocho hermanos abandonados a los Juegos Reunidos y a su propia inventiva, forzosamente provocaban algún momento conflictivo. Algo debió ayudar que había una cierta rivalidad con mi hermano Fernando, seguramente porque nos llevábamos solo un par de años y él no debía aceptar fácilmente mis aires de hermano mayor. Hubo un par de ocasiones en que queriendo demostrar que yo era más valiente y listo que él, resulté trasquilado y quedó en evidencia lo insensato e ignorante que yo podía ser.

No recuerdo bien cómo empezó la cosa pero en uno de estos confinamientos en que me creí en la obligación de dejar claro que yo era el mayor, reté a Fernando a meter la mano en el tanque del agua caliente de la cocina de carbón que podía estar a 70 grados, suficiente para quedar escaldado para toda la vida. Cuando Fernando dijo “tú primero”, me forré la mano y el brazo con una buena capa de papel de periódico atado con hilo de bramante y lo metí sin pensarlo dos veces en el depósito del agua mientras miraba desafiante a la nutrida concurrencia de hermanos, pues ya se sabe que no hay momento suficientemente dramático sin espectadores. Durante los primeros instantes todo parecía ir tal como yo había planeado porque la envoltura de papel me protegía del calor y, tan henchido como estaba por mi triunfo sobre los novatos, permanecí con el brazo en el agua hasta que empecé a sentir algo de calorcillo y creí prudente sacar el brazo del depósito que chorreaba agua porque el papel actuó de esponja. El calorcillo solo era el aviso de que el agua estaba caliente y enseguida la piel empezó a arderme porque lo que realmente estaba muy caliente era el papel de periódico atado a mi brazo. Las pasé canutas hasta conseguir soltar el bramante con que había atado el envoltorio de papel, mientras los hermanos se partían el culo viendo mi cara de susto y los aspavientos que hacía. Gracias a que metí el brazo bajo el grifo fue un milagro que no me quedara la piel escaldada. ¿Más tonto que el que asó la manteca? Si, seguro.

Tardé en recuperarme de aquel episodio vergonzoso del que fueron testigos todos los hermanos y en vez de meditar sobre lo descabellado y peligroso de aquel alarde de superioridad, cual Caín o Jacob busqué con ahínco la forma de desquitarme. En casa yo era el encargado de cambiar los fusibles y las bombillas cuando se fundían y se me ocurrió que mis conocimientos de electricidad servirían para este propósito. Reté a Fernando a meter un alambre en forma de U en un enchufe esperando que le diera un calambrazo que le pusiera en su correspondiente sitio del escalafón, sin que se me pasara por la cabeza que podría electrocutarse. El ansia de desquite y la ignorancia no tenían límites. Fernando, que siempre ha sido más astuto que yo, me volvió a responder “tu primero”. Convencido de mi superioridad y más ufano que el cuervo de la fábula al que el zorro adulador intenta robarle su queso, metí el alambre en el enchufe cogido con un simple papel. Además de vengativo, tonto, porque ignoraba lo qué harían los amperios: el enchufé pegó un petardazo y me dio tal calambre en el brazo que pegué un brinco con el rostro desencajado sin terminar de comprender qué había pasado. Menos mal que se fundieron los plomos evitando mi electrocución y tras el sobresalto inicial que también alcanzó a mis hermanos todos arrancaron a reírse de mí torpeza sin ningún disimulo y no dejaron de señalarme de forma humillante durante el rato que tardé en cambiar el hilito de cobre en la caja de fusibles. Otro tiro por la culata en mi intento de reafirmar mi superioridad y la verdad es que no sé cómo he llegado a tan mayor habiendo sido tan insensato de chaval.

Tardé en recuperarme de aquellos incidentes afrentosos basados en fenómenos físicos en los que me estaba jugando el tipo por mi desconocimiento y como el confinamiento continuaba y mi descrédito era insufrible, eché mano de mis habilidades de equilibrista intentando asombrar al respetable con el rollo de las empanadillas y una tabla a la que superponía taburetes y otros trastos que a mi entender evidenciaban lo arriesgado del asunto y que el artista estaba jugándose la vida. Por mucho empeño que puse no conseguí reivindicarme porque mis hermanos ya me habían perdido definitivamente el respeto. Fue un alivio cuando algún vecino voluntarioso comenzó a abrir camino en la nieve para poder salir de las casas, terminó el confinamiento y todos nos reintegramos a la vida extra familiar donde era más fácil disimular que no eras el mejor. Fueron episodios frustrantes en los que, además, ni siquiera estaba en juego el ya inexistente derecho de primogenitura. Solo eran ganas de destacar y en mi ignorancia empleé medios tan contundentes como la quijada de asno de Caín, de las que vi unas cuantas por el campo en mi época de pastor por Omaña.

Estaban totalmente blanqueadas por el sol y siempre me parecieron inofensivos despojos hasta que oí a don Urbano contar el uso tan poco compasivo que convirtió a Caín en el primer fratricida, en el prototipo de hermano abusón. Aunque quizá seamos un poco injustos con Caín pues a ver quién es el guapo que aguanta sin soliviantarse que, un día y otro también, Jehová le ponga ojitos a las ofrendas de tu hermano y mala cara a las tuyas con el mal rollo que esto acarrea. Hasta dónde estaría Caín de tanto desdén divino que, disponiendo de toda la Tierra para sus padres y ellos dos, llegara a la conclusión de que no había sitio suficiente para Abel. No quiero justificarme, pero los líos con mi hermano eran una minucia.

Que me perdone don Urbano por haberme metido en su terreno, pero es que en la Biblia está escrito todo lo que somos.

Abril 2020, cuando el coronavirus.

Caín discutiendo con Abel.

Caín discutiendo con Abel.

Imágenes tomadas de: blogs.timeofisrael, wikipedia.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La tía Milce y el coronavirus (el fuego purificador)

La tía Milce

La tía Milce

Es 10 de Marzo de 2020, víspera de que los hospitales de Madrid dejen de atender en consultas y operar todo lo que no sea urgente o grave por la amenaza del coronavirus, ese bichito que vino de Asia y lo ha trastocado todo. Todo parece normal aparte de alguna gente con mascarilla. Deambulando por el hospital, uno de los lugares que frecuento, me sorprendo pulsando los botones del ascensor con el dedo doblado o abriendo la manilla del aseo con el mango de la muleta o con el codo. Inevitablemente me acordé de tía Milce.

Himilce de la Calzada González, familiarmente tía Milce, era la segunda de los diez hijos que tuvieron mis abuelos maternos y desde que recuerdo siempre vivió con ellos, aunque recientemente he visto una foto con una indumentaria que no se correspondía con la habitual de Sosas del Cumbral y he sabido que hizo unos cursos de primeros auxilios y que trabajó en el hospital del Niño Jesús en Madrid, antecedentes que me cuadran con que fuera ella quien ponía las inyecciones en casa de los abuelos. No sé si fue durante esta época cuando comenzó su obsesión por la limpieza extrema, por la asepsia, o fue una reacción provocada por el contacto continuo con animales domésticos que eran auténticas fábricas de excrementos: boñigas inmensas de vaca, oblongas caballunas que se recogían para complementar la comida de los cerdos (ver Síndrome de Diógenes) y que ellos devolvían en forma de abundante estiércol que no recuerdo si tenía una denominación específica, las gallinazas de las aves de corral, cagalitas de cabras y ovejas, etc, etc. Unos daban leche, otros huevos, otros jamones, otros lana, otros….. y todos sin excepción producían mierda de todos los tamaños, colores y texturas con la que había que convivir, que a diario había que limpiar y almacenar en el estercolero pues sin tales sustancias las tierras de solano darían espigas de centeno muy magras, según el dicho “boñigas hacen espigas”. Es lógico pensar que tanta porquería con la que estaba obligada a convivir a todas horas, pudiera haber provocado un rechazo tan extremo.

Tía Milce era la encargada del ordeño y acudía cada mañana y cada noche a la cuadra llena de aprehensión, con un caldero, un paño blanco y una cañada para aliviar las ubres de las cuatro o cinco vacas del abuelo, a la luz vacilante de un precario farol de aceite. Calzaba madreñas que evitaban el contacto directo con el estiércol y un pañuelo negro en la cabeza que le cubría ambos mofletes para protegerse de los rabotazos, inevitablemente manchados de restos de boñiga y orín, que prodigaban las vacas incomodadas por los tirones acompasados con que tía Milce les exprimía los tetos. Cada vez que llenaba la cañada vertía la leche en el caldero tamizándola a través del paño blanco y que luego en la cocina volvería a colar de forma más minuciosa. Hiciera frío o calor, terminaba de ordeñar con prisa por acercarse a la cancilla de la huerta donde confluían los ríos Baltaín y Omaña para limpiarse a fondo de tanta inmundicia.

De tanto frotarse tenía el cutis brillante como un espejo y las manos hinchadas y agrietadas por los sabañones, inevitables de tanto lavarse en el agua helada del río hasta no sentirlas y que después de las abluciones intentaba reanimar acercándolas a la chapa de la cocina de leña. Era la misma agua helada donde lavaba la ropa de la casa incluso en invierno, con aquel jabón áspero que la abuela fabricaba con todo tipo de desperdicio graso, huesos y sosa cáustica, muy eficaz con la colada pero que agravaba aún más su ya maltratada piel.

El jabón no era suficiente para sentirse limpia. No lo presencié nunca pero parece que, con gran alarma de la abuela porque se quemase o provocase un incendio, a veces encendía papeles y pasaba las manos y los antebrazos por las llamas en un rito extremo de purificación. No sé si además de esterilizarse la piel, al modo en que la abuela desinfectaba las agujas con que extraía los pinchos de cardo o gatiña de las curtidas manos del abuelo, era una especie de entrenamiento para los rigores del Infierno del que toda la vida intentó huir a base de rezos. Con la duda permanente de si las oraciones serían suficiente para ganarse el salvoconducto hacia el Cielo o si tendría que comparecer ante Pedro Botero, amo de las calderas infernales, más valía estar entrenada en eso de la chamusquina. Cada vez que oí el chiste de un infierno donde los pecadores vivían en una piscina llena hasta al cuello de mierda y que cada poco un diablo pasaba una inmensa guadaña al ras por encima de las cabezas, me acordaba de tía Milce. Nunca se lo pregunté, pero probablemente a ella le hubiera aterrorizado más la piscina con mierda y la guadaña que obligaba a sumergir las cabezas, que las llamas con que nos pintaban el infierno como summum de los martirios.

Siempre la recuerdo trabajando, tejiendo, rezando o lavándose. Esas manos maltratadas por excesiva higiene y la esterilización a fuego, tenían que empuñar con fuerza el escavín para quitar las malas yerbas de los pies de la patata o la hoz para segar el centeno o sujetar el cepillo de raíces con el que blanqueaba las maderas de pisos y escaleras ayudándose de agua y lejía que le quemaban la piel indefensa pues los guantes de goma aún no se habían inventado.

Salvo en verano cuando los sobrinos la sustituíamos, también era la encargada de llevar a pastar a las vacas mañana y tarde, incluso sábados y domingos, ir a la fuente a por agua y todo tipo de recados más propios de niños. Además ayudaba al abuelo en las tareas del campo y era la encargada de subirse al carro para organizar las forcadas de yerba seca que nosotros le aupábamos hasta conseguir darle un volumen similar al autobús de línea. Entretenía las largas horas de pastoreo tejiendo a ganchillo cantidades ingentes de hexágonos o cuadrados con los que formaban primorosas colchas, tapetes y fundas de cojines o metros y metros de puntilla para ribetear servilletas y manteles o tejía artísticos paños para colocar en el respaldo de sillas y brazos de sillones o debajo de jarrones y candelabros de la iglesia.

Cuando llegaba a casa después de estar con las vacas o ayudando en otras tareas del campo, mientras los demás se daban un respiro, ella sucumbía a su necesidad de limpiar y de estar limpia. Se la veía atravesando a la carrera el corral y la huerta camino del río a lavarse o lavar algo. Cuando volvía evitaba mancharse abriendo las puertas con la mano usando el antebrazo o el codo (como hago yo ahora en el hospital por miedo al coronavirus), pero antes de llegar a casa ya había tocado algo con las manos y vuelta a lavarse al río, en un trajín interminable. Para ella tener las manos limpias era vital y se la podía ver de pie apoyando en las caderas la doblez de la mano y el antebrazo, una postura forzada que solo adoptamos los “normales” con las manos sucias de pintura o algo así.

En verano, cuando las tareas eran más intensas y el calor apretaba la necesidad de higiene se incrementaba y la sorprendíamos de vez en cuando en un rincón apartado del río bañándose en enaguas, el traje de baño habitual de las lugareñas que también vi usar a Mari la de Carola y alguna prima, con el consiguiente enfado por su parte al sentirse descubierta.

Esta obsesión por la limpieza provocaba que a veces la riñeran con una cierta severidad, lo que se traducía en un enfurruñamiento por su parte, pero no por ello desistía de la obsesión que no podía controlar. La limpieza extrema era una obligación más, una pesada tarea añadida a toda una vida dedicada a ayudar a sus padres, no sé si por decisión propia o por la obediencia debida a los progenitores, tan vigente entonces. Progenitores tirando a severos, a los que se trataba de usted y se profesaba un respeto y obediencia extremos, casi bíblicos. Mientras el resto de hermanos estudiaban, creaban familias y tenían trabajos más llevaderos, ella dedicó casi toda su vida a acompañar a los abuelos. El sacrificio de un hijo permaneciendo al lado de los padres y renunciando a su propia vida en beneficio de los demás hermanos, era algo habitual en las familias y seguramente no siempre reconocido y agradecido. Nunca la oí quejarse por ello, ni disputar o meterse con los demás. Trabajaba de forma incansable y solo necesitaba algo de tiempo para el aseo y para sus rezos.

Porque, siguiendo la tónica familiar, su otra obsesión era ser buena cristiana de misa diaria y rosario y estoy seguro que mientras tejía y vigilaba de reojo a las vacas, rezaba y meditaba sobre cómo ser mejor. Cuando por la noche, cansada de trajinar, se ponía a rezar o leer, tardaba horas en pasar una página o rezar un misterio pues se dormía y tenía que volver a comenzar. La recuerdo con mucho recogimiento, los ojos entrecerrados y musitando las oraciones con los labios como haciendo un puchero, en aquellos rosarios en penumbra en los que participábamos toda la familia. A la primera cabezada de tía Milce los sobrinos estábamos pendientes de cómo entraba en sucesivos trances de los que salía como con estupor y algo asustada por semejante flaqueza de espíritu y cómo recuperaba el aire de recogimiento mientras avanzaba las cuentas del rosario por las avemarías que calculaba se había saltado en la ensoñación. Los sobrinos malandrines intercambiábamos sonrisas maliciosas sin reparar en lo cansada que estaría del trabajo diario y seguro que alguna vez fuimos un poco injustos con nuestras bromas o tomaduras de pelo inmerecidas. Disculpa, tía.

Muerto el abuelo, la abuela y tía Milce fueron a vivir a León con las otras tres hermanas solteras y allí trabajó en una fábrica hasta la jubilación. Entre que tenía mucho tiempo ocupado, que el río no estaba tan a mano y que los excrementos se habían quedado en Vegarienza, parece que la manía por la limpieza remitió.

Los últimos diez o quince años los vivió en un ensimismamiento que no la impidió enterarse de todo lo que sucedía a su alrededor. Dedicaba buena parte del día a leer de manera repetitiva un libro de El hermano Rafael, monje trapense, que de tan releído se había desencuadernado y era un manojo de hojas sueltas. Si le dabas la entrada a una frase escogida al azar, ella la completaba de memoria. No sé si trataba de exprimir al límite las enseñanzas del fraile trapense o un método para mantener la cabeza ágil. No parecía consciente de lo mayor que era pues con noventa y muchos años cada vez que sus hermanas Pili y Tere, bastante más jóvenes que ella, salían de casa les preguntaba preocupada por si ellas no volvían, “¿Creéis que os volveré a ver?” Murió con 99 años como había vivido, mansamente, sin dar la mínima lata.

Si el malhadado coronavirus se hubiera encontrado de frente con la tía Milce, no creo que hubiera sido capaz de llevársela por delante, de tan limpia, bruñida y desinfectada como estaba siempre. Ciertamente el cuerpo de tía Milce era el espejo de su alma, obsesionada por su salvación pero limpia, sin dobleces, sin rencor. Si acaso algún resquemor con la vaca Garbosa por sus certeros rabotazos que la ponían perdida de boñiga cuando la ordeñaba. Tía, espero que al otro lado de la vida hayas encontrado por fin el reposo necesario en un sitio sin polvo ni manchas y por si acaso un río cerca, transparente como el Omaña y con aguas más templadas a poder ser, quizá lo más parecido al Cielo que pudiste desear en vida.

Mujer ordeñando.

Mujer ordeñando.

Imagen tomada de: botanical-online

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Pepe “el Portu” (filósofos de cantina)

Pepe "el Portu"

Pepe “el Portu”

Nunca he entendido como están organizados los foros de los pueblos de Omaña, Laciana y Babia de verpueblos.com. Entro cada vez que un email avisa que se ha publicado algo nuevo y allí estoy un rato husmeando entre fotos antiguas y comentarios. A veces doy un primer vistazo y dejo para más adelante leer con detenimiento los comentarios. Cuando vuelvo sobre el tema el enlace ya no apunta a la foto o comentario que me interesaba y soy incapaz de encontrarlo. O soy un torpe o este foro es muy enrevesado. También puede ser que cambie adrede la primera página para que salgan a la luz fotos y comentarios antiguos y así provocar nuevas reacciones de los visitantes. Me pasó la semana pasada cuando lo primero que vi en el foro de El Castillo fue una foto de “El Porto” que había sido publicada hacía cuatro años, junto a muchos comentarios elogiosos. Yo había incluido algún pasaje sobre él en varios puntos del blog, pero enseguida que vi la foto tuve claro que Pepe merecía tener su propia entrada en la galería de personajes omañeses.

Me chocó que todos los comentarios se refirieran a él como “El Porto”, porque yo siempre entendí que era “Pepe el Portu”, por su ascendencia portuguesa y así le nombraba yo. En el foro se decía que su padre participó en la construcción de la carretera. Pepe el Portu fue el único portugués que conocí por entonces, aparte de los maderadores que aparecían por allí cada vez que alguien les llamaba porque necesitaba vigas para rehacer el maderamen de un pajar quemado en las últimas majas, ya que dominaban la técnica de convertir un tronco de árbol en vigas y tablones (oficio que los franceses denominan scieur de long por su maestría para aserrar los troncos en toda su longitud), ayudándose de unas enormes tronzas y cuerdas teñidas de azul para marcar los cortes sobre el tronco. Siempre me parecieron discretos y habilidosos. Nada que ver con la fama de exagerados y torpes que los mayores se empeñaban en imbuirnos cuando contaban que para que aprendieran a desfilar en la mili de Portugal les colocaban una polaina de cuero en la pantorrilla derecha y que la orden de marcha era “o coiro, o non coiro, o coiro, o non coiro……”, mientras que a las lumbreras hispanas era suficiente con decirnos “izquierda, derecha, izquierda….”. Maledicencias de vecinos chismosos. Supongo que Pepe el Portu oiría esta broma infinidad de veces y maldita la gracia que le haría. Pude comprobar personalmente que los maderadores eran gente habilidosa, seria y muy cumplidores en el trabajo. En Los oficios describo con cierto detalle cómo recuerdo haberles visto realizar su trabajo en el prado de El Valle, camino de Sosas, preparando las vigas con las que Humberto convirtió la cocina vieja de casa de mis abuelos en una casita adosada a la principal.

Técnica de los maderadores portugueses para aserrar a lo largo

Técnica de los maderadores portugueses para aserrar a lo largo

El Portu tenía fama de buen pescador y yo lo veía muchas mañanas, poco antes del mediodía, pasar por delante de casa de mis abuelos en Vegarienza a caballo de una bicicleta que conducía con una sola mano mientras sujetaba con el codo doblado del otro lado la caña de bambú enteriza que llevaba al hombro y con la mano sujetaba un cigarro de picadura que acercaba a los labios cada poco. Alpargatas azules, boina calada hasta las cejas que a duras penas conseguía contener su abundante cabellera negra, cesta de mimbre al hombro y una indumentaria algo desastrada completaban su atuendo. El desnivel constante de la carretera, quizá unos pulmones más gastados de la cuenta y probablemente que sabía que a mediodía no era la mejor hora para pescar, hacía que su marcha fuera parsimoniosa. El esfuerzo carretera arriba hacía que su rostro pareciera más coloradote y congestionado de lo habitual. Vivía en Guisatecha y como el río estaba acotado hasta el puente de Vega, salvo que alguien le pagara un permiso de coto para que le pescara unas cuantas truchas para un convite, se veía obligado a desplazarse hasta Vega o Aguasmestas para pescar en la zona libre del río. Yo le vi pocas veces en el río y muchas en las cantinas.

Y tiene una cierta lógica, pues de todos es sabido lo voluble que es el apetito de las truchas omañesas y Pepe El Portu, que las conocía mejor que nadie, cuando veía que las truchas no entraban a sus engaños no se entretenía aporreando el río como hacíamos los aficionados. Entonces se plantearía la disyuntiva de sentarse en la orilla hasta ver cebarse de nuevo a las truchas o volver hasta su casa, echar un rato por allí y volver al río más tarde. Además que tanta humedad podía ser mala para la salud lo primero debía ser aburrido y lo segundo ni pensar en ello (porque…. ¡joder lo lejos que quedaba Guisatecha!), lo más sabio era esperar en casa Selima o en la venta de Aguasmestas donde siempre había alguien con quien pasar el rato hasta que fuera hora de volver al río. También tengo la impresión de que al pasar por delante de casa Selima muchas veces debió sucumbir a la invitación de sus colegas a hacer un alto, incluso antes de verificar si las truchas picaban o no. Después de casi una hora pedaleando desde Guisatecha y el último calentón de la cuesta entre la casa del herrero y la de Selima, a ver quién era el majo que resistía la tentación de refrescar el gaznate por el que ni siquiera habría pasado el desayuno.

En aquellos lugares además de contar y oír historias también se bebía y entre que él no debía comer mucho y que consideraba, según aseguran en el foro de El Castillo, que el vino “…le servía de comida, bebida y además le calentaba el cuerpo….”, ¿quién sería el guapo en resistirse a una dieta tan completa y condensada? Más de una vez debió olvidarse volver para el río, para suerte de las truchas. Tras tantos ratos dedicados a la conversación en la cantina, no sé cómo era capaz de encontrar el camino de vuelta a casa ni a qué hora volvía. Lo digo porque yo le vi subir carretera arriba muchas veces, pero no recuerdo haberle visto nunca volver hacia abajo. No sé si la conversación y el libamiento le retenían hasta tarde en la cantina o que acostumbraba a pescar al sereno hasta muy avanzada la noche, con lo que pasaría por delante de nuestra casa cuando todos dormíamos. Seguro que cualquier disculpa sería buena para demorar el regreso a su casa desvencijada y fría. Con lo calentito y acompañado que se estaba en las cocinas-cantina de Selima y Pacita.

En casa Selima se le veía alternando con Pepe el del Taruco, Eduardo el de Santos y otros. No en el bar que era para el público en general sino en la cocina, como la gente de confianza, mientras Selima trajinaba en el fogón, en una esquina de la mesa el cacharrero despachaba su cena y Maxi gateaba por allí pendiente de las gracietas que le hacían los mayores. Alguna vez vi como el Portu se despachaba un puñado de bicarbonato para acallar la acidez que le atormentaba de tan poco comer y mucho beber aquel vino cuya reciedumbre se reforzaba con la pez que sellaba los pellejos donde lo almacenaban.

Tomás, Pepe el de Faustino y yo solíamos salir a pescar a media tarde río arriba, con la intención de convertir las truchas en dinero y que Pepe lo multiplicara en la timba de casa Pacita en Aguasmestas y allí coincidimos muchas veces con Pepe el Portu. También se le podía ver por casa Sandalio en El Castillo, aunque quizá allí fuera más por afición que por una pausa obligada por la inapetencia de las truchas.

Nunca lo vi en casa de Joselín donde yo entraba solo cuando en casa Sandalio no tenían lo que me habían mandado comprar. Y las pocas veces que entré lo hice con la sensación de estar trasgrediendo una regla no escrita pero que siempre percibí muy vigente, que consistía en que si entrabas en casa de Sandalio no debías hacerlo en la de Joselín. Esta regla no estuvo tan clara en Vegarienza mientras el Secretario tuvo el bar abierto, pero en general el que iba al bar del Secretario no entraba en casa Selima y al revés. Mi percepción, seguramente errónea, era que las casas de Joselin y de Selima eran más para profesionales del bebercio, para los bebedores empedernidos, mientras que casa Sandalio y el bar del Secretario eran para gente más “normal”, menos dependientes del vinazo. Probablemente esta apreciación mía tenía algo que ver con el activismo moral imperante que obligaba a dividir a la gente entre buenos y pecadores, entre los que bebían basicamente agua y si acaso un vermut los domingos al salir de misa y los que necesitaban el vino como combustible vital.

Como apoyo de esta estrambótica teoría estaba que casi todos los días a última hora de la tarde veía partir de Vegarienza a Floro, don Pedro el médico y alguno otro que no recuerdo en dirección a El Castillo, pasaban de largo por delante de casa Sandalio y se aposentaban diez pasos más allá en casa Joselín. ¿Era esto una confirmación de la regla que mencionaba antes o es que el vino de Joselín era muy diferente o el trato muy distinto? No lo sé ni soy un experto en bares, pero siempre creí que esas distintas querencias por las cantinas eran ciertas. Probablemente Pepe el Portu habría sabido darme una documentada explicación.

En el foro de El Castillo se alababa justamente la pericia pescatoria de el Portu, atribuyéndole incluso la invención del arte de “la pesca al garbanzo” que se hacía con una forqueta, modalidad de la que nunca oí hablar y no me extrañaría que fuese una broma de el Portu. Según cuento en El río Omaña si sé que el Portu pescaba

…con cebo natural, lombriz, maraballo o gusarapa, y con mosquitos artificiales que el mismo fabricaba. Decían que cuando estaba pescando y veía volar una mosca de mayo, sacudía la caña y el nylon como si fuera una tralla y la mosca se posaba mansamente en la punta de la caña. Él la cogía, la ensartaba en el anzuelo y conseguía una trucha bien gorda, pues no había una sola que resistiera la tentación de tragarse aquel insecto transparente de color verde suave, que pataleaba y revoloteaba sobre el agua”.

No sé si el Portu dominaba las artes de pesca prohibidas como el trasmallo o la tiradera, si pescaba a mano con tanta pericia como lo hacía su madre según afirman en el foro o si usaba el ferpón. Quizá no, pues no recuerdo que tuviera incidente alguno con la Guardia Civil o con el guarda ríos, algo que terminaba sabiéndose. Ni a qué se dedicaría cuando las truchas empezaron a escasear en el río Omaña.

Por el foro sé que se llamaba José María Martínez Rabanal. Ni rastro de ascendencia portuguesa en sus apellidos, pero independientemente de la influencia de esta componente genética se podría decir que Pepe el Portu era omañés como el que más. De la misma Guisatecha, donde no recuerdo que hubiera cantina pero sí que el río estaba acotado, lo que le obligó a pescar por encima de Vegarienza. Y por el camino oía, insistentes, cantos de sirena que salían de las cantinas. Así fue como aquel maestro en el arte de la pesca también se convirtió en experto en cantinas. Lo uno y lo otro requería predisposición, ser un artista y dedicación. Y a las cantinas el Portu le dedicó media vida. Gabinete Caligari cantaba “…bares, que lugares….para conversar….Jefe…sirva otra copita más…”. Pero en aquellas cantinas el vino no lo servían en copita. Junto al bote de bicarbonato te dejaban el jarro delante para que te sirvieras tú mismo, y como las truchas no se iban a marchar del río aunque te entretuvieras un poco y ¡se estaba tan a gusto en la cocina de Selima!, que…… Tiempo había para que la bicicleta te llevara, solita, hasta el áspero jergón de Guisatecha!

De no estar acotado el río a su paso por Guisatecha, ¿qué habría sido de el Portu?

Pepe “el Portu” rodeado de chavales en la puerta de casa Sandalio

Pepe “el Portu” rodeado de chavales en la puerta de casa Sandalio

Imágenes tomadas de: verpueblos.com/foro el Castillo (OctavioGarcíaGonzález y Aude), pstrimoine.hpy.free.fr

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El tío Emilio (un hombre ensimismado)

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

El tío Emilio fue el sexto de los diez hermanos de la Calzada y, como todos, nació en Sosas del Cumbral, en la casa-escuela donde su padre era el maestro. Él fue el primero en ponernos un mote a los sobrinos: yo era Carcoma en alusión a mi apetito desmedido, Fernando era Tiriti sin que recuerde el por qué y Eduardo, el más pequeño, era Fardel porque llevaba los pañales siempre cargaditos. Loli era Lirila, pero no sé si el mote se lo puso tío Emilio o lo hicimos los hermanos para que no se fuera de rositas.

Él y mi madre, que le precedía, fueron los primeros hermanos que los abuelos mandaron a León con la finalidad expresa de estudiar. Como aún no disponían de lo que luego sería la cabeza de puente para el desembarco del resto de los hermanos, el piso de Ramiro Valbuena, tuvieron que estar de alquiler en casa de unos conocidos compartiendo una habitación de dos camas con dos hijos de JoaquínEl Tremoriego” de Sosas, chico y chica, una cama para las chicas y otra para los chicos, al puro estilo omañés: una cabeza en cada extremo de la cama. Al año siguiente Emilio cambió aquella precaria pensión por los rigores de un colegio de frailes.

Cuando llegó la hora de la universidad se fue a Madrid y no sé si que sus tíos Paco y Bernardino fueran médicos pudo tener alguna influencia en que cursara Medicina. Siempre he escuchado que era muy inteligente. Quizá el estar sobrado de aptitudes para el estudio le hizo entretenerse con algún tema ajeno a la carrera, incluido una cierta dedicación a la poesía. Estas distracciones alarmaron a tía María, era la encargada por los abuelos de mantener el orden y la autoridad sobre los sucesivos hermanos que salían del pueblo para estudiar, que viajó a Madrid a restablecer el sano orden de las cosas que parece ya no volvieron a descabalarse nunca más.

Recuerdo que al término de las prácticas de milicias universitarias que hizo en alguna plaza africana con el grado de alférez, nos visitó en Roa de Duero y le trajo como regaló a mi madre, con la que creo estaba muy unido, una bolsa moruna de cuero y base redonda que se cerraba con unos cordones también de cuero y que nos acompañó en nuestras compras durante muchos años, incluidas las incursiones veraniegas a la búsqueda de huevos en los pueblos próximos a Vegarienza (ver Guardianes del camino). También le regaló, posiblemente con los primeros dineros que ganó como médico, una máquina de coser Alfa con la que mi madre consiguió vestir a once hijos a lo largo de muchos años sin que sufriera percance mecánico alguno. Aún hoy sigue en perfecto uso, silenciosa eso sí, a la espera que alguna de mis hermanas la herede. Una maravilla técnica ajena a la obsolescencia programada y, sin duda, la pieza más importante del ajuar familiar.

Cuando acababa el curso el tío Emilio regresaba a Sosas, se despojaba de su pátina de universitario y participaba como uno más en los quehaceres de aquella familia de labradores, no exentos de riesgo como cuando estuvo a punto de que se lo comieran los lobos camino de Manzaneda (ver El lobo), y en los ritos y costumbres de aquella sociedad tan tradicional y adaptada al entorno rural, donde las trastadas (ver A nateras y quesos) eran una forma de incorporar alguna diversión a la rutina diaria, aunque fuera a costa del escarnio de algún convecino.

Creo que fue el primer miembro de la familia en disponer de cierta holgura económica y cuando venía por Vegarienza siempre traía algún artilugio que nos asombraba, lo que no era muy difícil en aquel entorno tan tradicional donde cualquier elemento del ajuar o las herramientas habían sido inventados siglos antes. Podía ser una maquinilla de afeitar eléctrica (que no solía funcionar por lo escasos voltios que producía el generador de la Sierra), o una de reserva y manual a rodillos con la que se desollaba la cara. También fue el primero que trajo un transistor a pilas con el que intentaba inutilmente oír, debido a las montañas que nos rodeaban, lo que decían Radio Pirenaica y Radio España Independiente del régimen de Franco y su inminente caída.

Yo creo que aquel empeño por oír la radio era porque si Franco moría él no quería demorarse en saberlo. Y es que creo que era un poco rojo y descreído, una auténtica oveja negra en una familia tan de orden y cristiana, que no desperdiciaba ocasión de tomar el pelo a sus hermanas cuando las veía tan dedicadas a rezos y visitas a la iglesia, empeñadas en ganarse la otra vida en la que seguramente él, tan conocedor del aspecto puramente físico del cuerpo humano, no creía. No es de extrañar que su paso por la universidad de finales de los años cincuenta del siglo veinte donde ya existía un fuerte movimiento de oposición, basicamente promovido por el partido comunista, al régimen franquista y al sindicato universitario oficial, el SEU, le hubiera impregnado de ideas anti franquistas. Yo viví en ese ambiente estudiantil unos cuantos años más tarde y lo entiendo perfectamente. Creo que ninguno de sus hermanos estuvo en contacto con un entorno tan politizado, de ahí que se mantuvieran hasta el final como creyentes y políticamente conservadores. No sé cómo valoraba la familia el distanciamiento del tío Emilio de los asuntos religiosos y sus ideas políticas, pero no recuerdo haber presenciado ni discusiones al respecto ni reproches.

También fue el primero de la familia en tener coche. Era un seiscientos en el que todos los que nos montamos pasamos mucho miedo porque teníamos conciencia de lo que significaba la velocidad (algunos habíamos experimentado lo peligroso que era afrontar en bicicleta las curvas demasiado deprisa y terminar en las zarzas) pero que al tío Emilio parecía traerle sin cuidado. Durante la carrera de Medicina tuvo que familiarizarse con conceptos físicos tales como la presión, la gravedad, la temperatura, etc. Nadie debió hablarle de la inercia que tiende a sacarte de las curvas o él por su cuenta había decidido prescindir de tan importante parámetro. Así que mientras los pasajeros apretábamos el culo en las frenadas viendo como nos echábamos encima de camiones y autobuses o nos mirábamos asustados sin atrevernos a rechistar en las curvas de Omaña o de la carretera de Ponferrada, el tío Emilio tiraba impasible del volante para mantener al bólido en la trayectoria, se ayudaba inclinando un poco el cuerpo como si fuera un motorista, y ajeno al canguelo de sus acompañantes. Pudiera ser que nosotros fuéramos unos miedosos inexpertos en la materia, acostumbrados como estábamos a la pachorra del manso autobús de Beltrán y al bicicleteo, y que él hubiera evolucionado a técnicas de conducción desconocidas para nosotros. Esto añadía a la atracción que en aquella época suponía subirse a un automóvil, el morbo de las sensaciones de una montaña rusa. O nosotros los autobuseros enjuiciábamos demasiado severamente su manera de conducir o tuvo mucha suerte, pues no recuerdo que tuviera incidente alguno en aquellas carreteras salvo un encontronazo leve con una vaca.

Recuerdo, como si fuera hoy, el día que llegó en el rápido de Beltrán con la que sería nuestra tía Quinita para presentarla en familia. Era una morena guapa, alta y delgada, labios pintados de rojo intenso, sombra de ojos y rímel en pestañas, falda blanca finamente tableada, un niqui de punto a rayas azules y blancas bastante ajustado y zapatos de tacón tan alto que no sé cómo pudo llegar desde casa de Selima hasta la de los abuelos sin torcerse un tobillo entre las desiguales piedras de la carretera. Tuve la sensación de que nunca habíamos visto por allí una mujer como ella, pues me pareció una reina. Yo estaba tan deslumbrado por mi nueva tía que no percibí o reparé en las reacciones de mis abuelos y tías, tan discretos en su atuendo y sobrios en sus manifestaciones, ante aquella mujer que parecía llegada de otro mundo en el que lucir bella y atractiva era lo normal. Pero presumo que, al menos, debieron quedar muy sorprendidos por aquel exceso de espontaneidad. Tuvieron tres hijos que casi nunca aparecieron por Vegarienza en aquellos veranos omañeses tan superpoblados de nietos. Vivieron en un chalecito en Ponferrada donde el tío ejerció de cirujano y fue director del hospital-residencia de la Seguridad Social.

Hoy día todo cirujano debe especializarse durante años en una porción mínima del cuerpo humano ya sea el hombro, la mano, columna, etc. Entonces un cirujano era un médico todoterreno que había superado la aprensión a la sangre y que no le temblaba el pulso ante escenarios quirúrgicos más propios de un matadero o de una guerra. Su campo de acción abarcaba todo el cuerpo, desde la coronilla a los dedos de los pies. Sin más ayuda que acaso una radiografía, todo empezaba cogiendo el bisturí para dejar al descubierto el órgano a reparar, decidir sobre la marcha que hacer ante lo que veía, cortar y unir para terminar recolocándolo todo y cosiendo lo mejor y más rápido posible aquel batiburrillo de vísceras y músculos, confiando en que su ojo clínico y sus manos hubieran resuelto la dolencia. Y a esperar que el paciente no se muriera. A mí me operó de la uña gorda de los dos pies, algo que seguro no venía en sus libros de Medicina pero que él supo cómo afrontar para que dejara de ser un problema para mí.

Salvo cuando estaba de broma o tomando el pelo a alguien, era frecuente verle pensativo y ensimismado, como ausente y poco participativo en las conversaciones, ejecutando algunos tics como estirar el cuello o tocarse la mandíbula con el hombro y moviendo las manos sin finalidad aparente. A veces he pensado que él ensimismamiento pudiera deberse a un proceso mental de elaboración de estrategias para la próxima cirugía complicada que tendría que afrontar; que con el gesto del hombro reproducía cómo detener una gota de sudor que descendía por la barbilla mientras operaba y que el estiramiento del cuello era una forma de aliviar la tensión que se vivía en el quirófano por el esfuerzo físico y la responsabilidad de tener en sus manos la vida del paciente. Sus movimientos de manos podían corresponder con el ritual de lavado estricto de manos y puesta de guantes quirúrgicos ayudado por una enfermera. Gestos repetidos en el quirófano miles de veces, que se habían convertido en tics en su día a día fuera de la sala de operaciones. Obviamente se trata de una especulación, pero encajaría con un entendimiento obsesivo de su trabajo de cirujano, que tengo entendido que le llevó alguna vez a coserse a sí mismo alguna herida que se produjo, con toda sangre fría.

Siguiendo en el terreno especulativo, otra posible explicación a esa actitud ausente y poco participativa, pudiera ser haber asumido que su posicionamiento en lo político y religioso era tan incompatible con el ideario familiar, que debía evitar a toda costa que afectase al buen clima reinante. Conozco estas situaciones familiares en las que discutir acerca de lo que cada uno cree solo produce, en el mejor de los casos, melancolía.

Con mis otros tíos yo tenía mucha familiaridad y seguro que a veces debí resultar un poco cargante intentando que me prestasen atención. Con el tío Emilio a veces tuve la incómoda sensación de que mis preguntas o comentarios de imberbe estaban de más, pues él estaba a lo suyo, dándole vueltas en el caletre a cosas que le preocupaban. Era la ecuación perfecta, un tío ensimismado y un sobrino tímido y apocado que hacía que a veces los silencios fueran casi dolorosos.

Su conocida tendencia política, tan poco saludable en aquella época, y que no disimulaba lo más mínimo, le trajo algún problema judicial. Por esas ironías del Destino, luego fue médico militar y tuvo un papel destacado como cirujano en un hospital militar de Madrid. Cuando Franco murió, algo que durante tantos años esperó impaciente que anunciara Radio Pirenaica, no sé cómo lo celebró o si cuando sucedió ya sus inquietudes políticas se habían sosegado.

Cuando murió, su cadáver fue velado en su hospital militar. El Destino está siempre ahí dispuesto a ponernos en evidencia y, en una última pirueta, hizo que el tío Emilio fuera despedido por familiares y amigos en una institución militar, algo que nunca debió imaginar en sus años de disidencia y rojería. Así somos, muy vehementes en ocasiones sin reparar en que quizá la vida nos ajustará cuentas y contradecirá a la primera ocasión. Como nos ha pasado a casi todos, que coqueteamos con el progresismo en la universidad y de mayores viramos hacia posiciones menos comprometidas. De lo que no tengo duda, a pesar de la relativa distancia que imponía su actitud introspectiva, es que el tío Emilio, al igual que sus otros hermanos varones, fue para mí alguien a quien quise, admiré y deseé parecerme de mayor.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada