Jirones XVIII. 1963-64 quinto curso en el Instituto Laboral – Verano

Autor: FEDE GARCÍA 27 de Noviembre del 2016

En el círculo la casa a la que se refiere el autor.

Barrio de Colominas de Villablino. En el círculo la casa a la que se refiere el autor.

… Otro verano incierto transcurría, lleno de premoniciones extrañas tras los exámenes finales de 5º curso y la inoportuna  Reválida de quinto. Unas pruebas bastantes duras para unos adolescentes que ya vestían pantalón largo y se adornaban la cara con el vello natural pubertario a expensas de la niñez consumida… La libertad de disponer de un verano ansiado rompía las expectativas de cada compa de curso y del Insti. Cada cual son sus ensoñaciones  propias, planes hilvanados en la esperanza de que estas vacaciones debieran de ser muy especiales.

Al menos, para FEDE: eran todo un misterio. Acabado el curso y la Reválida de QUINTO, fue necesario que comenzara a trabajar de “Guaje de Botijo”, con una grupo de canteros gallegos que ponían las bases de una casa a levantar desde los cimientos, en el camino entre Las Colominas y las chabolas de los cuchos, incluyendo paredes de piedra con esquineras escuadradas a base de cincel y porra.

Las funciones de FEDE, eran las de estar pendiente de que no faltara agua fresca y vino en bota de las de beber a caño, durante un mes. Las bromas y novatadas fueron  las normales del tiempo: ¡Rubio! Acércame el saco de cemento-portland enyesado: rápido, que fragua la masa. ¡Rubio! Acércame el nivel de agua, pero solo el que es de madera. Como es lógico, no había nivel de agua de madera, porque  se trataba de una simple goma de regar de cierta longitud, y el Guaje del Agua y Bota, no acertaba a satisfacer semejantes órdenes.

Una práctica cotidiana de aprendizaje directo, era la de ayudar a lanzar los ladrillos a los albañiles a la altura del primer piso. La práctica era elemental: FEDE, sube al tablón, y recoge al vuelo los ladrillos que te lance de uno en uno. FEDE, había visto con que habilidad lo hacían los demás. Desde el suelo, los lanzaban al vuelo, y en el piso primero, los recogían uno o dos albañiles de manera alternativa con mucha rapidez, dado que la obra se había contratado a DESTAJO.

Los ladrillos habían sido depositados por un camión Pegaso con volquete, que con un estruendo notable se desmoronaban entre una polvareda irrespirable que desaparecía despacio entre las toses y los salivazos teñidos de amarillo-rojo de casi todos, incluido el Guaje Aguador.

No había tregua alguna. Sin disiparse del todo la neblina amarillenta, los ladrillos tenían que ser colocados en los tablones del piso superior, y entre bromas y ánimos perversos, me indicaron, preguntando: ¿FEDE? ¿Serás capaz de subir y recoger, también, los ladrillos al vuelo…? Tuve que subir,  no sin cierto pudor y temor: Resultado: El primer ladrillo recibido se escurrió entre mis manos y fue a parar a la cara, con poca fuerza, porque quien lo lanzó, sabía que de haberlo lanzado con la fuerza normal el ladrillo me habría dañado de modo irreparable.  Tras el grito oportuno, me bajaron del andamio y me asistieron sin botiquín de urgencia – porque no disponían del mismo – Me lavaron la cara con agua fresca y me dieron un pañuelo limpio de los de bolsillo humedecido. Pañuelos de cuadros azules, verdes y blancos, que servían, entre otras cosas, para ponérselos en la cabeza, anudados por las cuatro esquinas, a modo de casco de seguridad improvisado frente al calor o la lluvia. 

Sentado en los tablones amontonados en la obra, y viendo los Canteros la cara de angustia que el incidente/accidente, había provocado en FEDE la invitación a la práctica de recoge-ladrillos-al vuelo, me enviaron a casa, con permiso para no venir a la tarde.

Al día siguiente, ya sin pañuelo-protector, volví a la obra de los Canteros Gallegos, con la boca hinchada y lo moral por los suelos. Los mismos albañiles que me habían incitado a la prueba de “ladrillo-al- aire”, quizá avergonzados, me enseñaron la técnica de cómo lograr que el ladrillo al aire, no acabara rompiéndote la cara o los dientes.  El misterio estaba en recoger el ladrillo, cuando inicia la caída al haber perdido ya la fuerza de subida.  Nunca he olvidado la técnica de recoger al aire, cualquier paquete, ladrillo u otro objeto. Los Canteros Gallegos, tenían razón.

Las funciones de “FEDE” incluían tener los bidones de agua para las masas de azada y pala, siempre llenos. Cubeta a cubeta, había que recoger el agua de una manguera corta, que no llegaba a los bidones,  perdiendo por el camino parte de la misma, por los equilibrios que debía de hacer al sortear un tablón tembloroso, que salvaba una zanja entre la obra y la manguera en cuestión. Todo ello, antes de las diez de la mañana, hora del bocadillo. Habitualmente, la parada era de 15 minutos/media hora, durante la cual, todos sentados en el tablón de la merienda, desenvolvían bocadillos de tortilla enormes, envueltos en varias páginas de periódico arrugadas y adornadas con grandes manchones de grasa; abrían las tarteras; y ponían sobre el tablón-mesa, trozos de cecina, queso y chorizo de matanza curado, que se repartían navaja en mano para cortes crudos. La bota de vino al caño, era socializada sin contemplación alguna, con prohibición expresa de beber a beso. FEDE: tuvo que aprender a beber a caño/chorro, tras varios intentos previos con “atragantamiento” incluido, entre las risas de los expertos en beber sin respirar y no atragantarse…

Esta experiencia de trabajo en vacaciones, finalizó al mes. Me pagaron  un jornal de dos duros al día, sin domingos. Fue el primer aporte de FEDE a la familia de Pedrosa “El Barrenista” e Isabel “La Andaluza”. 

El siguiente mes de Agosto – solo quince días – me enviaron de vacaciones  a AVILES, en Asturias, donde residía un tío-paterno, que trabajaba en ENSIDESA. En Avilés, nuevas amistades; las playas en Candás, las fiestas de gaita y culines de Sidra en los Chigres siempre animados con paisanos de boina calada, fabla rápida, tacos expresos y porte indiscutible.

Para el 15 de Agosto, volví para las FIESTAS DE SAN  ROQUE. Fiestas que ya se hacían en el patio del Colegio de las Niñas. Fiestas de varios días, que atraían a gran número de Lacianiegos. Las atracciones de siempre: La pista de Autos de Choque , los Tío-Vivos, que con sus asientos de cadenas volantes, lanzaban a los aires a los niños y niñas, que habían podido pagar el viaje. Las Tómbolas de lotería, que siempre “Tocaba”, jugaras lo que jugaras, repletas de regalos fantásticos que jamás se terminaban. Las Barracas de tiro de carabina de balines, que a precio de saldo, te animaban a ser el más diestro en abatir muñequitos de chapa en movimiento continuo y cuyo premio, podías elegir entre opciones muy limitadas. Sí, merecía la pena, alguna mañana ir con los padres, porque se ponían mesas con tapas de pulpo y jarra de vino y pan, que no estaban al alcance de todos, pero cuyo aroma aún está grabado en el disco duro de la memoria de Fede “El Rubiajo”.

A las tarde-noches: Fiesta con Orquesta/Banda de profesionales, que en el más puro directo, atacaban temas, incluso de Jazz, que al menos, en Fede, dejaron un rastro indeleble, al oír por primera vez, “EN FORMA” un conocidísimo tema instrumental de Glen Miller.

Aún hoy, algunos años más tarde, están grabadas esas imágenes de modo imborrable, que toman forma cuando en decenas de ocasiones he tenido la ocasión de re-escuchar, dicho tema.

Imagen tomada de: lacianababia.blogspot.com.es

Cerrando el círculo – Miguel Servet

Retrato de Miguel Servet, de Christopher Sichem 1607.

Retrato de Miguel Servet, de Christopher Sichem 1607.

La primera noticia que tuve de Miguel Servet fue a través de la lectura en la escuela de dos páginas que el librito Cien figuras españolas le dedicaba y que me dejaron la errónea idea, por aquello que se había dedicado a la teología, de que era un fraile que se las había tenido tiesas con el reformista Calvino que terminó condenándole a la hoguera.

Debió ser por eso que cuando mi mujer me decía que en su familia había habido antepasados notables como Sancho Abarca y Miguel Servet, dudé de lo primero y rechacé categoricamente lo segundo con el peregrino argumento de que “cómo iban a ser descendientes de Miguel Servet si había sido un fraile” y aparqué sus comentarios en el mismo lugar que alguna de sus otras fantasías. El padre de mi mujer y sus hermanos fueron los últimos Servet de esta rama familiar que se inició hacia 1890 con Ana Servet Marín hija de Federico Servet Brugarolas y María Marín Gilabert, bisabuelos de mi mujer, tal como se cuenta en Los Servet (catalanes y genoveses en Murcia).

En ese rincón de las cosas descartadas estaba Miguel Servet hasta que recientemente he contactado con Luis Fontes Servet-Magenniss, P.J., biznieto de Sebastián III Servet Brugarolas y primo cuarto de mi mujer, que en su escrito The man who found out about himself when he was over 50 lo relaciona con los antepasados de los Servet murcianos. Estaba claro que una persona de otra rama familiar, que no se había relacionado por más de tres generaciones con la de mi mujer, contaba las mismas historias sobre los antepasados. Me ha parecido una coartada suficiente como para reunir algún dato sobre Miguel Servet e incorporarlo a la galería de personajes que pudieron tener algo que ver con los ancestros de mis nietos.

Parece ser que Miguel Servet nació en 1511 en Villanueva de Sijena (Huesca) de Antón Serveto, notario, y de Catalina Conesa. Fue un estudiante aventajado, conocedor del latín griego y hebreo, estudió Derecho en Francia y viajó por diversas ciudades del centro de Europa en plena efervescencia de la Reforma Luterana. En este ambiente tan confuso, comienza a leer la Biblia y usando su propio criterio no encuentra en ella referencias al tinglado de dogmas en que la Iglesia ha convertido la religión. Con veinte años publica De Trinitatis Erroribus donde afirma que el dogma de la Trinidad no tiene base bíblica, que es una invención, y envía una copia al obispo de Zaragoza que pide a la Inquisición que intervenga.

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Para ocultarse de la Inquisición adopta el nombre de Michel de Villeneuve e inicia un intercambio epistolar con Calvino, intentando convencerle de que rechace el dogma de la Trinidad. El intransigente Calvino consideró que sus ideas eran heréticas y guardó estas cartas que más tarde utilizaría contra Miguel Servet.

Se matriculó en medicina en la universidad de Paris. Enseña Medicina, Matemáticas y tras dictar un curso de Astrología tiene que abandonar la ciudad por enfrentamientos con la comunidad universitaria.

Tras muchos años de preparación y antes de imprimirla, en 1546 envía su obra principal Christianismi Restitutio a Calvino para que le haga los comentarios pertinentes. En lugar de ello Calvino le remite una obra suya, Institutio religionis Christianae para que la lea y comprenda lo equivocado de sus ideas. Miguel Servet estudió con detenimiento lo que Calvino decía y llenó los márgenes del libro con anotaciones muy críticas sobre lo que consideraba errores del reformista y se lo devolvió. Calvino, contrariado e intransigente como era, le contestó que sí aparecía por Ginebra no saldría con vida. Finalmente Servet publica el libro en 1553 como autor anónimo, pero alguien revela que el autor es Miguel Servet y que se oculta bajo la identidad de Michel de Villeneuve. Calvino envía las cartas de Miguel Servet a la Inquisición de Lyon que le detiene. Consigue escaparse, lo que no impide que sea sentenciado a muerte in absentia y que su efigie sea quemada.

Para poner tierra de por medio, decide irse a Italia donde creía que sus ideas serían mejor acogidas. No sé si era obligado pasar por Ginebra (dirección noreste) camino de Italia (hubiera sido más corto ir en dirección sureste) o fue su tendencia a meterse en líos, el caso es que el 13 de Agosto asistió a un sermón de Calvino, donde fue reconocido y detenido. Tal como Calvino le había anunciado siete años antes, fue juzgado y condenado a ser quemado en la hoguera junto con sus libros.

MiguelServetLaLibertadDeConciencia

Dice Luis Fontes que

“……fue quemado en la hoguera con una copia de su libro ‘Christianisme Restitutio’ atada a su pierna derecha, su cuerpo y cuello asegurados con cadenas de hierro…… la madera para quemar la escogieron todavía verde para que retardara la muerte del condenado. Su proceso había tardado en completarse dos meses y la condena capital decidida por Calvino fue la de muerte a fuego lento, Servet protestó que el dinero que le habían requisado bastaba para comprar madera seca pero se rechazó su propuesta. Su agonía se prolongó durante dos horas, ….. Su último grito fue ‘Jesucristo Hijo del Padre Eterno, ten piedad de mí’ …..

Tras este truculento suceso, Luis Fontes dice que

“….podemos entender que sus familiares más cercanos, Pedro, su hermano que era notario como su padre Antón, y Juan, que fallecería como párroco de la iglesia de Polemiño (a unos 30 km de Sijena), y el resto de la familia cambiaran su nombre para borrar el apellido infame que estaba en la lista de la Inquisición, sustituyéndolo por el apodo de la familia cambiando el orden de las letras, llamándose Revés.

Pero había una rama de la familia que había emigrado anteriormente a estos sucesos a las regiones vecinas de Cataluña – donde la fabricación de tejidos empezaba a florecer -en busca de trabajo y forma de vivir y, por tanto, no temía llevar el nombre infame de Servet. Con el tiempo (1700) estos parientes y sus descendientes establecieron una red de compraventa de telas a lo largo de toda la Península, especialmente en el sur.

El sistema de transporte de las mercancías, por medio de carros tirados por mulas, exigía almacenes y puestos de descanso por toda la Península. Este hecho les proporcionó unos ingresos económicos inesperados, ya que eran los únicos capaces de proveer alojamiento y comida a las tropas españolas en la guerra de la independencia (1812) y las Guerras Carlistas (1833-1875), usando sus facilidades de almacenamiento y sus conexiones comerciales“.

A finales de este siglo se iban asentando en los proyectos de minas, salinas y banca en las costas del sudeste español, Región de Murcia, ……

Los Servet a que hace referencia Luis Fontes Servet-Magenniss es la saga de los Sebastián Servet llegados a Murcia hacía 1810, procedentes de Castellterçol (Barcelona).

Miguel Servet, que fue tan activo en sus planteamientos teológicos, es más conocido por haber sido el primero en describir la circulación pulmonar de la sangre y curiosamente lo hizo dentro de su obra teológica Christianismi Restitutio, donde afirmaba que Dios estaba en todas las cosas coincidiendo con los panteistas, que no debía bautizarse a las personas hasta la edad adulta como lo había hecho Jesucristo y que defendían los anabaptistas y que la esencia divina del alma residía en la sangre, gracias a lo cual podía estar por todo el cuerpo. Pudo moverle a este descubrimiento más la necesidad de dar soporte a sus planteamientos religiosos que el interés científico.

Pero lo que le llevó a un final tan trágico a los cuarenta y dos años fue su carácter de librepensador y no valorar en su justo término las consecuencias de hacer públicas sus ideas en aquella situación de intransigencia religiosa extrema. Aunque fue ejecutado por el Consejo de la ciudad de Ginebra, la Inquisición de Francia y España estaban pendientes de que apareciera en sus respectivas jurisdiciones para hacer lo propio. Curiosamente, casi doscientos años más tarde, la otra rama familiar, los Vidal-Abarca, emparentaba con los Aledo-Coutiño que ejercieron como Familiares y Familiares Regidores del Santo Oficio (ver Los Papeles de Juan Blesa). La barbarie religiosa que mandaba a la hoguera a los que pensaban diferente continuó en España hasta 1808.

Sorprende que los teólogos oficiales hayan revestido la religión de una complejidad dogmática tan innecesaria como difícil de entender y que un jovenzuelo laico de veinte años sin más que leer la Biblia, a partir de su propio criterio fuera capaz de señalar tantos errores doctrinales. La claridad de juicio que tuvo para sus análisis teológicos le faltó para intuir las consecuencias de revolver el avispero que era el pensamiento religioso de la época. Y le costó muy caro.

Si como aseguran mi mujer y Luis Fontes Servet-Magenniss, Miguel Servet forma parte de sus antepasados, parece fuera de toda duda que fue el más notables de ellos.

Fuentes consultadas: The man who found out about himself when he was over 50, de Luis Fontes Servet-Magenniss; internet

Imágenes tomadas de: servetus.org, unitarianhistory.org.uk, es.slideshare.net

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Crueldad innecesaria

Pelea de gallos.

Cuando nos hacemos mayores son inevitables las comparaciones entre lo que sucede hoy y las cosas que pasaban “en nuestros tiempos“. En el telediario han dicho que un hombre se ha encontrado con su ex pareja, la ha invitado a una tónica para romper el hielo y a renglón seguido la ha matado con un cuchillo que llevaba en una bolsa, casualmente. Satisfecho con semejante acto supremo de autoridad con su ex mujer, se ha clavado él mismo el cuchillo y se ha pasaportado al otro mundo, quizá con la idea de reunirse con ella en la otra vida, eso sí, una vez escarmentada. Me he preguntado si antes éramos así de violentos y la respuesta, por demás complaciente, ha sido que no, que no con las personas que frecuentábamos. Pero se ha colado por un resquicio de mi mente el maltrato que a veces ejercíamos con los animales domésticos, en Omaña el contacto con ellos era permanente, unas veces para procurarnos el sustento y otras gratuitamente y he recordado muchos episodios.

Hoy se compran los pollos muertos y descuartizados de forma que solo hay que echarlos a la cazuela o, si tenemos prisa, los compramos ya asados y solo falta comérselos. En Vegarienza criábamos los pollos en casa para comérnoslos y antes de comerlos había que guisarlos y, como no era caso de echarlos vivos y con plumas a la cazuela, primero había que matarlos y desplumarlos. Recuerdo a la abuela o a mi madre con que técnica tan depurada convertían aquel revoltijo de plumas y cacareos en un manjar digno de la mesa de un marqués, con el que nos chupeteábamos los dedos después de haber mojado abundante pan en aquella sabrosa salsa que acompañaba a los muslos y alones del interfecto. Sujetaban el plumífero bajo el sobaco y, si era de armas tomar, alguien tenía que ayudar sujetándolo por las patas tal como me tocó a mí en muchas ocasiones. Con la mano izquierda le doblaban la cabeza hacia adelante y le pelaban las plumas de detrás de la cresta para poder trabajar con limpieza mientras el justiciable protestaba de manera ostensible. Con el cuchillo daban un tajo entre dos vértebras, sin que les temblara el pulso para que el chorro de sangre no se saliera del cacharro en que se recogía para luego hacerla encebollada. Los pataleos del pollo se iban apagando al mismo tiempo que el chorro de sangre se hacía más y más débil. Ya solo quedaba desplumarlo, chamuscarlo, descuartizarlo y a la cazuela. Todo un tratado de anatomía gallinesca. La mayor parte de los que se chupaban los dedos con el guiso, ignoraban el largo proceso que había sufrido el pollo hasta convertirse en aquel manjar. Al día siguiente cualquiera de los comensales llamaríamos a las inconscientes gallinas, con un tono de voz inocente que no denotaba en absoluto nuestras aficiones gastronómicas que tanto les incumbían, para que se acercaran a comer el grano que les echábamos mientras las observábamos con atención intentando adivinar cuál sería la próxima en convertirse en guiso.

No había el más mínimo cuidado para evitar que los pequeños presenciáramos estos episodios, más bien parecía que se quería que aprendiéramos bien temprano que aquella violencia era necesaria. Así se explica que asistiéramos a la encarnizada matanza del cochino sin que a nadie le entrara la duda de si aquel espectáculo era apto para menores. Veíamos cómo se le convencía al cerdo para que saliera de la cochiquera enganchándole con un garfio por la papada y se le clavaba un cuchillo enorme en el cuello, manteniéndole vivo lo más posible para que sangrara bien y las morcillas fueran abundantes. Luego se le quemaba la piel con antorchas de paja para eliminar las cerdas, aunque aquí se puede esgrimir el atenuante de que el cerdo ya estaba bien muerto. Todo ello entre bromas y chascarrillos, bajo la mirada curiosa de la gente menuda de la casa. Afortunadamente aquí yo no tenía que participar sujetando patas o desollando cuerpos. Solo mirar con ojos asombrados aquel ritual sangriento y casi tribal, pues allí se juntaban para ayudar unos cuantos vecinos.

Sin duda la peor parte se la llevaban los pobres animalejos que tenían alguna utilidad gastronómica, que sufrían eso que eufemísticamente se puede llamar violencia útil o utilitaria o práctica o necesaria, buscando el bien de la especie dominante. Pero también la sufrían aquellos animales con menos utilidad o que no formaban parte de nuestros hábitos alimenticios. Era el caso de los perros y gatos, presentes en todas las casas del pueblo, que ayudaban al pastor a cuidar de vacas y ovejas o a tener a raya a las ratas para que no se comieran los granos de centeno. De las camadas de perros alguno se salvaba si un conocido había manifestado su interés por un perrito. En el caso de los gatos, como gato había en todas las casas, no se salvaba ni uno salvo que el gato que estaba en nómina fuera viejo y hubiera que asignarle un compañero más joven antes de jubilarle. Todas las demás crías hubieran sido bocas a alimentar y no estaba la cosa para despilfarrar. Cuando más encariñados estábamos con los gatitos o perritos recién nacidos, un buen día por la mañana al ir a jugar con ellos habían desaparecido. Mientras la gata o la perra recién parida buscaba inquieta por la casa, olisqueando por todos los rincones para encontrar a su prole, nosotros nos dirigíamos a la orilla del río angustiados, imaginándonos como habrían hecho glu-glu-glu mientras se hundían en el agua pataleando, con la esperanza de encontrar a alguno que hubiera tenido la suerte de acercarse a la orilla. Y es que ya sabíamos que alguna persona mayor habría hecho lo que había que hacer: tirarlos al río para así mantener en su justo término el equilibrio de los animales de la casa. El desconsuelo nos duraba unas cuantas horas, hasta que nos rendíamos a la evidencia de lo irremediable y jurábamos no volver a encariñarnos nunca más con aquellos pequeñines, condenados de antemano. Poco a poco nos endurecíamos y dábamos por sentado que así tenían que ser las cosas. Si hubiéramos sido chinos, en vez de tirarlos al río nos los habríamos comido.

Las ovejas y las cabras ocupaban un escalón intermedio dentro del conglomerado de animales que convivían con nosotros. Eran demasiado pequeñas para realizar ningún trabajo físico y gracias a ello llevaban una vida relativamente muelle, todo el día en el monte comiendo y sesteando. Solo tenían que soportar algún que otro mordisco del perro que ayudaba al pastor a tenerlas a raya y algún que otro susto o dentellada del lobo. Su justificación era la lana, indispensable en aquellos tiempos, la leche para hacer quesos y los corderines y cabritines que tenían cada año. Se las podría haber dejado en paz, pero no. Así como cada vaca o la burra tenían características fisonómicas que las distinguían de las demás, todas las ovejas y cabras del pueblo se parecían salvo que tuvieran alguna mancha o rareza singular. Era necesario distinguir de forma inequívoca las que eran de cada casa para separarlas cuando el rebaño retornaba del monte a última hora de la tarde. Seguro que se podría haber encontrado procedimientos más o menos indelebles y mucho menos agresivos, pero se utilizaba uno que, desde luego, era permanente y barato. Se les cortaba a tijera un trozo de oreja con la marca característica de cada casa y problema resuelto. Sin gastar un duro y para siempre. A los borregos se les castraba por el procedimiento de estrangularles con un alambre los testículos, que al cabo de unos días se desprendían espontaneamente. Económico y eficaz.

Los chavales contemplábamos, de tarde en tarde, como los mayores manifestaban su ira y enfado dando tremendos pinchazos con la ijada a las vacas para sacar el carro de un atolladero o para subir una cuesta, cuando debería haberse cargado menos el carro o arreglado bien el camino y dejar tranquilas a las vacas que hacían lo que podían. Esto lo aprendíamos de los mayores y lo incorporábamos a nuestro comportamiento con los animales que estaban a nuestro cargo. Como cuando moscaban las vacas por efecto de las moscas rocineras, pobrecillas vacas que se volvían locas sin manos para quitarse la mosca donde no les llegaba el rabo, y que pagaban nuestras carreras detrás de ellas con algún bastonazo tan pronto las teníamos al alcance.

Y qué decir de nuestro celo persiguiendo a los perros fornicadores, tan imbuidos como estábamos de la doctrina imperante sobre el sexto mandamiento. Los pobrecillos no habían asistido nunca a la catequesis del cura don Abundio y no sabían que no estaba bien visto el ayuntamiento si no eras casado y aún menos en lugares públicos. Eran tan poco leídos que en vez de hacer “la bestia de dos espaldas” con que Shakespeare aludía el acto sexual, solo alcanzaban a formar un triste ciempiés de ocho patas y dos cabezas tirando obstinadamente cada una por su lado para deshacer aquel incomprensible nudo que les mantenía unidos e inermes. Tan pronto veíamos a dos perros haciendo simplemente lo que su instinto les ordenaba, la emprendíamos a palos y patadas exigiéndoles cumplir con la doctrina y la moral con que don Abundio nos gobernaba a nosotros. Creo que había una cierta envidia por nuestra parte, por la naturalidad con que ellos se comportaban y que a nosotros nos estaba vedado. ¿Dónde estaba aquí la utilidad de la violencia? ¿Qué componente atávico nos conducía a este comportamiento? ¿Solo imitábamos lo que habíamos visto hacer a los chavales un poco mayores? Lo dicho, envidia cruel.

También nos divertíamos cuando algún murciélago se metía en casa o lo cazábamos al vuelo con el procedimiento de lanzar una boina al aire a su paso. No había un solo murciélago capturado que se librase de fumar un cigarrillo de Ideales entre el jolgorio y la excitación de todos nosotros. Y suerte si no acababa pinchado en una tabla con dos chinchetas por las alas. Era un animalito que surgía de la oscuridad y que tenía la mala suerte de parecerse al diablo, todo negro, con garras, orejas puntiagudas y ojos brillantes, y sobre el que ejercíamos una violencia que dejaba traslucir el susto que nos producía lo desconocido, lo diferente. Alguna vez que yo ayudé a sujetarlo mientras le arrimaban el cigarrillo al morro, recuerdo el estremecimiento que me producía el tacto cálido y suave de sus alas membranosas, tan parecido al de la piel humana, pues al fin y al cabo era un mamífero como nosotros. Pero era diferente y tenía que pagar por serlo.

A veces, la diversión a costa de los animales alcanzaba extremos de ensañamiento injustificables. Lo más canalla que recuerdo lo vi en las fiestas de Riello, a media tarde, lo que me autoriza a pensar que a aquella hora la gente todavía no estaba borracha y ya se debía haber disipado la cogorza del día anterior. No cabe, por tanto, atribuirlo a un estado de conciencia disminuido. A juzgar por el jolgorio, se trataba de diversión pura y dura. En mitad de la plaza, donde los días de mercado las vacas esperaban a que algún tratante de ganado se fijase en ellas, habían hecho un hoyo con la profundidad suficiente para que cupiera el gallo acuclillado y lo tapaban con una tabla que tenía un agujero en el centro por el que el pobre bicho sacaba la cabeza para ver la luz. Los mozos tiraban pedradas por turno intentando descabezar al pollo, que metía la cabeza debajo de la tabla cuando veía acercarse una piedra. Sabido es que las gallinas y sus consortes no se distinguen por su inteligencia (junto con “Eres un Pánfilo”, el mayor insulto que nos podía dirigir mi padre era “Tienes menos seso que una gallina”). El caso es que el gallo en vez de quedarse debajo de la tabla a buen recaudo en vista de la que estaba cayendo, ya fuera por curiosidad o por no estar a oscuras, volvía a sacar la cabeza cuando las piedras dejaban de golpear la tabla. De nuevo algún gañan hacía demostraciones de puntería, de fuerza y de saña arrojando una andanada de piedras que hacían que la cresta roja del volátil desapareciera por el agujero, salvándose milagrosamente de aquel diluvio y burlando al asesino en ciernes. Hasta que la mala pata del gallo hacía que sacara la cabeza por el agujero en el momento en que una piedra anticipada volaba por encima del agujero y le cortaba en seco el último cacareo. Mientras el tirador exhibía en alto el cuerpo desmadejado del gallo ignorante como si se tratara de una pieza de caza mayor, los aplausos y felicitaciones celebraban su puntería y se pedía a gritos que pusieran otro gallo debajo de la tabla. Eran muchos los ansiosos por demostrar la puntería que habían adquirido tras muchos años de pedradas a las ovejas y a las jícaras de la luz. Y a nadie nos daba vergüenza esto. De hecho, el tiro al gallo figuraba en el programa de festejos como un acto (¿cultural?) más. Extraño mejunje entre tradición y crueldad.

El repaso detenido sobre cómo nos comportábamos con los animales, me ha dejado un regusto incómodo. Ejercíamos violencia con los animalitos que teníamos alrededor, unas veces para convertirlos en alimento y otras de forma gratuita o por pura diversión. Quizá sea excesivo hablar de violencia, pero cuando menos éramos crueles con los animales que nos ayudaban a sobrevivir. Nos regalaban su esfuerzo, su leche, su lana y sus crías para alimentarnos o para venderlas y obtener así otras cosas necesarias. En vez de estarles agradecidos, a la menor ocasión ejercíamos con ellos una crueldad innecesaria e injusta. ¿Se puede ser más desagradecido?

No puedo por menos que pedir disculpas a todos los animales sobre los que tenía jurisdicción: la burra, la Garbosa y demás vacas moscantes, el Jay y el Pol y cualquier otro perro al que haya perseguido con saña por no cumplir con el sexto mandamiento. Era la costumbre y no fui capaz de discernir sobre la irracionalidad de aquellos comportamientos. Debí ser más cuidadoso y crítico en mi trato con los animales.

Como la tele ha sido la culpable de estas reflexiones tan poco amables, me impongo el castigo de no ver el telediario en toda la semana. Me ahorraré ver como tratamos ahora a los inmigrantes y refugiados o la penúltima incursión de los judíos en la franja de Gaza. Esta sí que es violencia de la buena, de la bíblica. A falta de animales, maltratemos a los más débiles.

Imagen tomada de: cartagena-indias.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los primos de Guinea

Carmencita, Federe y Piluca.

Carmencita, Federe y Piluca.

De la familia de mi padre que conocí, sin duda la persona más vitalista era la tía Epi. Pelirroja y pecosa como mi padre y la tía Ante, siempre la recuerdo risueña o con una franca sonrisa en la cara. Al verla nada hacía pensar que Epi hubiera vivido los trágicos hechos familiares que sumergieron en una profunda tristeza y actitud de dignidad herida sin solución a sus hermanas Ante e Ita (ver Mi otra Familia). Aparte de su vitalidad innata, algo tendría que ver en la superación de aquel revés de fortuna familiar su marido, el tío Federico, que según la prima Mariera una de las personas más graciosas que he conocido”, al que tía Epi conoció “….en tiempo de guerra. Ella estaba de voluntaria haciendo de enfermera y él llegó herido“. Una historia realmente romántica y casi de película. De nuestro álbum familiar siempre me llamó la atención una foto de ellos dos en una actitud parecida a la que solían presentar los protagonistas de las películas de la época en los carteles anunciadores de los cines, quizá por la muestra de cariño que manifiestan y que tan poco usual era en las fotos familiares de entonces.

Tía Epi era la segunda de siete hermanos y mi padre el más pequeño, pero creo que a pesar de la diferencia de edad los dos congeniaban hasta el punto que mientras vivimos en Roa de Duero creo que nos visitaron todos los veranos. Para nosotros recibir a tres primos mayores que nosotros representaba una revolución, sobre todo el primo Federe que era dos años mayor que yo y que enseguida se constituía en líder natural de la patulea constituida por mis hermanos y yo mismo. Carmencita era la mayor y no recuerdo que participara en nuestras travesuras pues tenía unos años más que sus hermanos y la considerábamos casi una señorita. A Federe y Piluca les rodeaba un aura de distinción por el simple hecho de ser gemelos, algo tan inusual que nos tenía permanentemente asombrados y yo al menos les consideraba antes gemelos que niños, una categoría especial. A esta admiración propia de los pequeñajos hacía la soltura con que se manifestaban aquellos primos un poco mayores, se añadía la fantasía de que ellos estaban o habían estado en Guinea Ecuatorial, con todas las connotaciones que tenía vivir en el África negra al estilo, suponíamos, de lo que leíamos y veíamos en las películas de aventuras con exploradores con salacot y fusil y porteadores negros en mitad de la selva, pues el tío Federico trabajaba o tenía allí una empresa maderera.

Federe y Piluca eran divertidos y bulliciosos, con nueve o diez años plenos de energía que necesitaba liberase. A la plenitud física de Federe se unía un espíritu muy competitivo y cierta tendencia al desafío que a veces nos hacía ser a los más pequeños un poco temerarios al intentar emularle, como se verá. El excusado en la casa de Roa, sería hacía 1952, era un cuartucho en el que había una especie de banco de mampostería con una tabla por asiento provista de un anatómico agujero en el centro, bajo el que había tres o cuatro metros hasta el suelo de la planta baja. Un día Federe descubrió que era excitante saltar por encima del negro agujero y así estuvo un buen rato con mirada retadora a los primos que le observábamos entre admirados y temerosos pues sabíamos que al poco nos diría algo así como, “¿a que no os atrevéis?“. Expresado el inevitable desafío, yo que era el mayor me subí a la tabla con tanta aprensión como miedo y con mucho cuidado salté por encima del boquete. Detrás fueron Loli y Fernando que también superaron la prueba bajándose aliviados al suelo. Federe no se rendía fácilmente y reaccionó subiéndose de un salto al rudimentario váter y comenzó a saltar por encima del agujero a la pata coja, retándonos con una sonrisa burlona mientras a los tres hermanos se nos encogía el alma imaginándonos ahogados en el montón de mierda que había bajo la tabla. Se bajó de un salto y dándome con el codo me espetó “me juego lo que quieras a que a esto no te atreves“. Yo era un corre calles y sabía que aquello no era más difícil que saltar entre dos bancos próximos de la plaza de la iglesia como hacía frecuentemente, pero mientras entre los bancos solo había tierra y un fallo se saldaba con un despelleje de rodillas, aquí me esperaba un colchón tan movedizo como nauseabundo y no se me ocurría cómo iban a sacarme de allí. Pero estaba el honor familiar por medio así que me santigüé y salté por encima del redondel sin más problemas. Loli acostumbrada a jugar a la rayuela también superó la prueba sin dificultad. Solo quedaba Fernando que tendría escasamente cinco años y que, por tanto, era menos consciente del riesgo que aquello tenía, además de no tener el grado de habilidad de Loli y mío. Loli y yo debimos impedirle probar, pero la afrenta era tan grande que le dejamos subirse a la tabla confiando en que no le sucedería nada. Pero no fue así. En el primer salto sólo alcanzó el borde del redondel con la puntera del pie y vimos cómo giraba el cuerpo hacia nosotros y se precipitaba por el agujero con cara de terror. Cuando todos nos abalanzábamos para mirar por el agujero a ver qué le pasaría, vimos que su cabeza no desaparecía de nuestra vista porque tuvo la suerte de poder agarrarse con las manos al borde de la tabla mientras lloraba asustado. Le agarramos como pudimos y le devolvimos al mundo de esta parte de la tabla, que sin duda era más sólido de lo que le hubiera esperado allá abajo aunque no sé si menos peligroso pues volvió a la compañía de cuatro descerebrados incapaces de protegerle. Solo fui consciente de lo que pudo haberle pasado a Fernando cuando meses más adelante vi lo que los poceros sacaban de aquel excusado donde toda la familia depositaba sus excedentes.

Aparte de los continuos desafíos de Federe que siempre ponían a prueba nuestro valor y sentido común, la visita de los primos a Roa era una fiesta para nosotros y frecuentemente nos íbamos las dos familias de excursión a pescar cangrejos al río Duero o por las eras que rodeaban Roa. Recuerdo las incursiones de tía Epi por las viñas, agachada como un indio, en busca de racimos que comíamos sin más o acompañados con el pan sobrante de la merienda. También solía caer en sus manos algún melón cuyas semillas rociadas de sal y extendidas sobre una hoja de periódico secábamos al sol en el balcón de casa y que en nada tenían que envidiar a las pipas que comprábamos los domingos en la plaza de la iglesia.

En una de estas visitas se decidió que yo les acompañaría a León para pasar con ellos todo el curso. Fue la primera ocasión en que uno de los hermanos dejaba la casa paterna por una larga temporada para vivir con alguien de la familia. Supongo que representaba un alivio para mi madre, que ya tenía cinco arrapiezos a su cargo, y que también sucedió más tarde con otros hermanos para vivir todo un curso con los abuelos en Vegarienza o en otros destinos familiares. Vivían en un piso alquilado del barrio de El Crucero, en la carretera de Trobajo del Camino a unos cientos de metros del puente de San Marcos, una carretera sin aceras bordeada de casas típicas de la época que exhibían en sus fachadas la ropa puesta a secar. Asistí allí a la escuela y secundé al hiperactivo Federe en correrías por los huertos que había entre las casas y la vía del tren, que sin barreras de separación ni otra defensa nos avisaba de su paso con un estridente silbido escasos segundos antes de echársenos encima. Dos años de diferencia cuando yo tenía seis o siete años eran muchos y seguir a Federe no siempre era sencillo. En una ocasión en que tuvimos que salir pitando por alguna trastada, comprobé que intentar correr tanto como mi primo y al mismo tiempo mirar donde ponía los pies no era fácil y lo pagué con un paleto roto y el tabique nasal desviado. Con el tiempo el paleto salió atravesado, siendo un rasgo peculiar de mi fisonomía (ver Valor se le supone), y mi nariz empezó a parecerse a la de un boxeador.

De esta etapa recuerdo las películas en el cercano cine Crucero de las que salíamos en invierno bien arropados con la bufanda hasta los ojos y sorprendidos por el vaho que expulsábamos por la boca, los caballitos de Papalaguinda y los cucuruchos de castañas calientes o las bolsitas de almendras garrapiñadas. Todo aquello representaba para mí actividades que no eran posibles en Roa de Duero, un pueblecito sin esa variada oferta de ocio y que por otra parte las estrecheces económicas de una familia ya bastante numerosa no permitían. De esta etapa recuerdo especialmente la Nochebuena que pasamos en casa de las tías y la abuela con el correspondiente pavo, creo que el único pavo navideño que he comido en mi vida, y que los Reyes me dejaron una escopeta que disparaba un tapón de corcho, también la única escopeta que tuve. Al terminar el curso me reincorporé a la disciplina familiar en Vegarienza y al final del verano retornamos todos para Roa.

Cuando les visité por segunda vez para estar con ellos una temporada, se habían construido un chalet en la carretera de Alfageme que arrancaba a la izquierda de la carretera a la Virgen del Camino. Era una casita de una sola planta en mitad del campo, de la que recuerdo los elefantes de ébano y algunas figuritas de marfil propias de la artesanía africana o quizá más especificamente guineana. Cerca de la casa había unas vallas metálicas y casetas restos de lo que debió ser una granja, un negocio familiar con poco éxito y por donde recuerdo merodeábamos. Vivir en mitad del campo, con pocos chicos alrededor, no proporcionaba demasiadas emociones y había que fabricárselas. Desde allí nos íbamos caminando hasta la zona del río Bernesga, entre el puente de San Marcos y el de la estación, con la intención de pescar en un cauce con abundancia de cantos rodados y escaso caudal. Yo seguía siempre a Federe a ojos cerrados a cualquier aventura por descabellada que fuera, pero poner como cebo unas bolitas de pan, creo recordar que condimentadas con algo de pimentón o con trazas de chorizo, siempre me pareció un empeño imposible, acostumbrado como estaba a la sofisticada pesca de la trucha omañesa que requería de cebos más aparentes. Saltábamos de un canto rodado a otro recorriendo todos los remansos, más bien charcos estivales, echando la miguita de pan que se desmigajaba por si a algún barbo despistado y con hambre le convencían nuestras artes de pesca. Para mi aquello era un poco frustrante pues sabía que por muy tontos que fueran los barbos el pan, aún sabiendo a chorizo, no les atraería demasiado. Solíamos volvernos para casa apesadumbrados bajo el peso del fracaso y la expectativa de una larga caminata por el borde de la carretera, con las manos vacías.

Hubo un momento en que toda la familia se fue a vivir a Guinea y aunque ellos venían de vez en cuando a León, solo nos vimos esporadicamente. Cuando yo estudiaba preuniversitario en León, coincidiendo con una de sus visitas, una tarde estuve paseando con Piluca en la inevitable procesión dominical por Ordoño II, con la misma sensación de camaradería y cariño con que nos relacionábamos de niños. En otra ocasión Carmencita, ya casada y creo que con niños, nos visitó un verano en Vegarienza. Solo fueron ramalazos de la antigua convivencia que tan grata había sido para mí.

Tras el proceso de descolonización de Guinea que finalizó con la independencia en 1968, el creciente clima de inseguridad obligó a los españoles a dejar el país precipitadamente abandonando todo lo que habían conseguido tras muchos años de trabajo. La familia Andaluz García al completo regresó a la Península donde se les ofreció algún tipo de trabajo, no sé si a modo de compensación por tener que abandonar sus negocios en la colonia. Se afincaron en la costa levantina y nos vimos en contadas ocasiones. El primo Federe sé que estuvo alguna vez por casa de mis padres, cuando yo trabajaba fuera de Madrid y no le vi. Años más tarde, con motivo de la boda de mi hermana Julia en Murcia, vi por última vez a la tía Epi y a Piluca, hará de esto más de treinta años.

Aunque de vez en cuando he sabido algo de ellos por mi madre, los afanes de cada cual y la vida, que a cada uno nos lleva por un lado, no han facilitado que nos viéramos. Ahora que me he puesto a escribir sobre lo que recuerdo y tras haber intercambiado información y algunas fotos con la prima Mari, con la que afortunadamente he podido contactar a través del blog y telefónicamente, he sentido la necesidad de hablar con ellos para comentar cosas sobre la familia que no tengo claras y que probablemente ellos, que eran los mayores de la generación de los primos, podrían aportar nueva información sobre esta parte de mi familia paterna para aliviar tanto desconocimiento. Solo tengo dos números de teléfono a los que no se pone nadie. Dos familias que inicialmente se mantuvieron en estrecho contacto durante años, nos hemos perdido la pista, al parecer, definitivamente. Sin duda, hemos sido poco cuidadosos de estos antiguos quereres.

Tía Epi y tío Federico.En el centro de la foto de la derecha, tía Epi con Carmencita en brazos y el tío Federico en su casa de Guinea. Todos, hasta la pequeña Carmencita, ataviados con el obligado salacot.

Tía Epi y tío Federico.En el centro de la foto de la derecha, tía Epi con Carmencita en brazos y el tío Federico en su casa de Guinea. Todos, hasta la pequeña Carmencita, ataviados con el obligado salacot.

Agradecimientos: a María Guadalupe García López por sus comentarios esclarecedores y fotografías familiares.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Ipe, emprendedor y pícaro

Ipe (Felipe) de Llamas de Laciana, en 1960.

Ipe (Felipe) de Llamas de Laciana, en 1960.

Apoyado en la lavadora que volteaba mansamente la colada mientras vigilaba distraído un recipiente que burbujeaba sobre la vitrocerámica, reparé en lo poco que se parecen las cocinas de hoy a aquellas en las que vi a mi madre afanarse durante muchos años, desde primera hora de la mañana hasta casi la hora de irse a la cama. En la de Villablino el frente lo ocupaba la cocina de carbón a la que seguían en el costado izquierdo el fregadero y la pila de lavar. En aquel ángulo se desarrollaba el ciclo incesante de preparar lo que se iba a cocinar, los guisos interminables que había que vigilar y la limpieza de los cacharros empleados. Inmediatamente recordé a Ipe. Ni un solo electrodoméstico había en la cocina de mi madre. La pila de lavar color gris cemento, jaspeado de piedrecitas blancas, hoy tendría la clasificación energética A+++ pues funcionaba a fuerza de riñones y brazos. Tenía una rampa ondulada donde mi madre frotaba la ropa y la golpeaba hasta convencer a la suciedad que mejor era irse por el desagüe y una cavidad donde se aclaraba la ropa para luego escurrir el agua, retorciéndola con un esfuerzo ímprobo. Nunca vi a una lavandera echar un pulso, pero seguro que no habrían quedado en mal lugar desafiando a aquellos forzudos tan proclives a alardear de su fuerza. A pesar de aquel esfuerzo por llevarnos limpios que aún se desarrollaba en aquellas cocinas, seguro que muchas agradecieron el paso adelante que supuso tener agua corriente en casa, que les evitaba tener que hacer lo mismo en el río, pero arrodilladas y a la intemperie. En la cocina de leña, de carbón en Villablino, se acumulaba el conocimiento de millón y medio de años desde que el hombre conoció el fuego y comenzó a ablandar carnes y verduras sobre brasas protegidas entre dos piedras. En el fondo todo seguía siendo muy parecido: leña o carbón que había que encender cada poco, sobre cuyas llamas se ponían sartenes y pucheros que terminaban completamente tiznados. Podrían haberse dejado así de negros para volver a utilizarlos, pero la cultura de limpieza imperante exigía que los culos de sartenes y peroles quedaran impecables, para lo que se usaba arena muy fina impregnada en el estropajo de esparto y frota que te frota hasta que su efecto abrasivo eliminaba el hollín. La arena se obtenía de yacimientos de arenisca y en Villablino era Ipe el que la traía a las casas. De vez en cuando llamaba a nuestra puerta con su saco de arena al hombro, anunciaba su mercancía de forma ininteligible y volcaba una lata de arena en nuestro recipiente por la que había que darle una peseta. En la calle me enteré que lo que Ipe mascullaba a la puerta de casa era “arena, una peseta“. No hay pueblo que se precie sin su tonto y Villablino no iba a ser menos. Los normales, los listos, habíamos decidido que nuestro tonto fuera Ipe y bastaba que lo viésemos aparecer por una esquina para que alguno de nosotros soltara su retahíla comercial “ena, una eta“, mientras los demás cruzábamos miradas de burla o disimulados codazos cómplices. Nuestro cerebro no daba para más. Era una persona de nuestra comunidad a la que habíamos asignado el sello de lo imperfecto, lo inútil, lo prescindible, lo ignorable. De hecho solo recuerdo de él sus esporádicas apariciones en la puerta de casa ofreciendo su mercancía o habérmelo cruzado alguna vez en el puente del ferrocarril sobre el Sil que transitaban los de Llamas y los Rabanales o la insistente retahíla que alguno de nosotros repetíamos maliciosamente cada vez que le veíamos. Así como recuerdo perfectamente después de cincuenta años tantas y tantas caras de gente “normal” de por allí, los rasgos físicos de Ipe se me superponen a los de Mariano Pililón“, el correspondiente tonto de Roa de Duero donde me inicié en el menosprecio cómplice hacia los “menos normales“. Afortunadamente no todos eran tan imbéciles. Otros trataron a lpe con el cariño y consideración que toda persona merece y que se suele producir a través del conocimiento. Recuerdo comentarios cariñosos de Pepe Sabugo sobre el Ipe que él conoció muy de cerca, que creo es justo reproducir en lo esencial:

Era de Llamas y su estado físico era a consecuencia de una meningitis que había tenido cuando era niño … fue pionero en Laciana en ganarse la vida como comerciante, sin pagar derechos ni franquicias, ni alquiler de local, ni licencia de apertura de negocio, etc etc, libre de pagar impuestos, vendiendo arena que recogía en la montaña de el Cornón en verano ….. Hacía una parada de su trabajosa caminata en Rioscuro, que aprovechaba para mezclar la arena del saco con otra similar pero de menor calidad ….. Con el saco lleno esperaba en la carretera a que algún camionero le acercara hasta Villablino pagándose el viaje con un vino …. Recorría los pueblos de Laciana y las cabeceras del Bierzo donde su recorrido en tren era gratuito. Con su almacén a cuestas (el saco de arena) la medida que hacía las veces de balanza era una lata de sardinas que vendía a una peseta (UNA ETA). También aprovechaba sus viajes vendiendo escobas de monte y codoxos hechos por él, para barrer las cuadras de los animales y en época de la cosecha y maja usados para barrer en las eras los granos de centeno o trigo, a un precio de 5 pesetas (UN URO ). En la época de siembra vendía las varas de avellano para los fréjoles de los huertos por decenas, atados con las mimbres verdes de hacer cestos ….. Su meningitis le impedía hablar bien, fumaba en pipa y se ganaba bien la vida, con propiedades en Llamas de Laciana …… En el transcurso de los años te das cuenta que era libre, que nadie mandaba en él, era un pícaro, sin poner un duro en sus empresas, sin costes de almacenaje, con productos sin fecha de caducidad, sin coste de la materia prima, que después vendía, sus ingresos eran netos …..  En ocasiones en su caminar por los pueblos del valle y cabecera del Bierzo, incrementaba sus ingresos, donde le ofrecían un plato de caldo, haciendo algún favor a alguna desconsolada que, cuando le preguntaba ¿ Felipe quieres….? él respondía IPE TERO“.  

En los inviernos siempre fríos en nuestro valle, Ipe (Felipe) dormía en la estación de Villablino, como sabes a tiro de piedra de Llamas, en un cuarto con calefacción que le proporcionaba el Jefe de la estación, el sr. Evaristo …… este relato se lo debo a mi abuelo que era jefe de la brigada del arreglo de las vías del tren con el que viajaba cuando yo salía del instituto en aquel tren obrero que se llamaba el JAIMITO que solamente llegaba hasta Palacios del Sil. El abuelo era compañero y amigo del sr. Evaristo …..  en alguna ocasión en esos fríos de invierno yo esperaba la llegada del tren en el cuarto de IPE, de ahí el saber con todo lujo de detalles …. Podría ampliar, los secretos que IPE le contaba en esas noches de invierno a Evaristo que a su vez se lo decía a mi abuelo en mi presencia, esperando aquel tren Jaimito para ir a Rabanal de Abajo, pensando ellos que yo no entendía sus charlas o comentarios …. “

Es fácil concluir a partir de estos comentarios que Ipe de tonto no tenía un pelo, que era emprendedor, pícaro al más puro estilo de la tradición picaresca, hasta un poco don Juan y con la astucia suficiente como para estar al tanto de los trapicheos y debilidades de sus convecinos que luego contaba al jefe de estación. No sería excesivo afirmar que Ipe era más importante para mucha amas de casa de por allí que muchos de los que nos considerábamos listos, no solo por su arena que hacía relucir el culo de sus sartenes como soles, sino también por el cariño que les daba. Está claro que en Villablino había más de un tonto y que, según el dicho muy habitual por allí, en nuestra casa no lo sabían. ¿Por qué es necesario hacerse viejo para comprender que este comportamiento con Ipe era homófobo y estúpido? De haber conocido su opinión sobre la gente normal que nos burlábamos de él, imitando su dificultad para hablar, estoy seguro que no quedaríamos muy bien parados. Felipe, sirvan estos recuerdos tardíos y confusos, verás que muchos son prestados, como disculpa. Hoy lo hubieras tenido algo más difícil con tanta vitrocerámica y sartén anti adherente, pero a tu pillería e iniciativa seguro que algo se les habría ocurrido.

Agradecimientos: a Pepe Sabugo por sus comentarios esclarecedores.
Imagen tomada de: Laciana, un otoño de Julio Álvarez Rubio

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Moros y cristianos

Arco de casa Santos en Vegarienza

Arco de casa Santos en Vegarienza

Aparte de los cuentos del lobo y la raposina o las historias del sacauntos y el tío del saco con que los mayores nos metían el miedo en el cuerpo en Sosas del Cumbral y Vegarienza, la única historia realmente fantástica que escuché siendo mozalbete en Omaña se refería a los moros que se decía habían señoreado el castillo, casi en ruina total, de El Castillo de Omaña y que ahora es territorio de zarzas y únicamente habitado por tres o cuatro parejas de cigüeñas, creo que las cigüeñas más al noroeste de todo el valle del Omaña. Se decía que entre las murallas del castillo habían escondido los moros antes de abandonarlo una olla llena de monedas de oro, para cuando pudieran regresar. Los chavales hablábamos de ello y creo que alguna tarde de domingo, que entonces era obligatorio pasarla en El Castillo, hicimos intención de buscar el tesoro entrando por alguna de las brechas de la muralla, ya impracticables de tanto espino, zarzas y ortigas. Probablemente aquella fantasía se complementaba con otra leyenda que decía que los moros eran los causantes de la especial orografía del llano de La Puebla, formada por pequeños montículos y valles a modo de terreno de dunas de morrillos, por el continuo remover de cantos rodados y arena que el río Omaña había depositado allí durante siglos, a la búsqueda de las pepitas de oro arrastradas por el río desde el Valle Gordo y Murias. Dos especulaciones que encajaban a la perfección y que hacían creíbles la una a la otra.

Mas tarde he leído que el castillo se denomina Castillo de Benal y que nunca hubo moros allí, que fue edificado sobre un castro romano y sus dueños fueron los Quiñones, señores de Luna. Los romanos ya buscaron oro en La Puebla trayendo agua desde Peña Cefera, pasando por Las Fornias y que los montículos de La Puebla los produjo una compañía aurífera a principios de siglo. Pero hasta entonces, la falta de información fue suplida por aquella sugerente historia. Tirso López agustino nacido en Cornombre,  defendió que la ciudad romana de Urbicua mencionada por Tito Livio debió estar ubicada en la zona de la Puebla. Lo que yo puedo asegurar al cien por cien es que en la parte de La Puebla más próxima al monte y a Vegarienza, mi abuelo cosechaba unas patatas cuya exquisitez probablemente, otra vez especulando, tendría algo que ver con las pepitas de oro del subsuelo que los romanos no encontraron (ver Guerra al escarabajo).

En Santa Colomba, el teso que hay entre El Vallado y el cementerio de Castriello de Vegarienza, los pastores que llevábamos en becera las vacas allí veíamos un montón de piedras entre brotes de roble que se decía era lo que quedaba de una ermita, pero por el pequeño tamaño de las piedras a mi me parecía que más bien podía ser lo que quedaba de la pared de una cabaña o un chozo. Para los pastores aquello no eran más que piedras y no le prestábamos la menor importancia. Según he leído en alguna parte, parece que inicialmente hubo un castro y que una vez cristianizados sus habitantes se construyó la ermita. La hondonada que hay a media ladera derecha de El Vallado se cree que debió tener carácter defensivo. Nosotros al no asignarle valor alguno a aquel pedregal, no lo teníamos catalogado como algo de lo que el pueblo debiera estar orgulloso.

Este verano, tras más de sesenta años veraneando por allí sin noticia alguna de ello, he oído por primera vez que en Vega había habido una abadía de monjas y un cenobio de frailes. La denominación como “Fincas de la Abadía” de unas tierras saliendo del pueblo hacía Garueña, enfrente de los prados de El Valle, parece sustentar la existencia de la abadía ya que si no fuera así ¿qué sentido tendría esta denominación si no hubiera habido una abadía a la que habrían pertenecido las fincas? En la casa derrumbada que hay frente a la entrada de la iglesia, que yo conocí como casa de Maruja, vivió la familia de mis tíos segundos Baldomino y Blanca hasta que se construyó su nueva casa al lado de la de Fuencisla. En lo que denominaban “cuarto bajo” que estaba al nivel del camino y que por su frescura y oscuridad utilizaban como patatera y panera, había un arco de herradura de piedra labrada que hoy está derruido casi en su totalidad. Mari recuerda que bajaban a por patatas con bastante aprehensión pues en otro lugar del pueblo de semejante lobreguez había aparecido una culebra que consiguieron matar y que al poco apareció alguna más, lo que justificaba sus miedos para entrar en aquel cuarto totalmente oscuro y semienterrado. Estela asegura que en la casa vivió un abad y que la casa gozaba del privilegio de usar el agua que regaba la huerta de la iglesia. Aún hoy se puede ver una entrada desde el camino hasta la presa que transcurre al pie de la pared de la huerta y que era donde se solía ver a tía Blanca lavando y donde recogían agua para la casa. Cuando don Eloy el cura quiso cerrar aquel paso a la finca, que era propiedad de la iglesia, no pudo hacerlo en virtud del privilegio que asistía a la casa.

También hay quien decía que entre la casa-abadía y la iglesia había un túnel secreto. No se si era el interés por mantener en secreto la entrada subterránea a la iglesia, lo que movía a don Abundio el cura a alejar de las obras de reconstrucción de la iglesia a todo curioso y a espantar a los chavales tan pronto aparecían por allí. Baldomino recuerda que don Abundio, que no le quiso bautizar como Baldomino argumentando que el nombre no estaba en el santoral y finalmente obligó a ponerle Baldomino José, cada vez que le veía cerca de la obra le asustaba diciendo “Josepín vamos pa Lariego” y cómo él salía pitando a esconderse del señor cura.

El cenobio me dicen que estuvo situado en la casa de Tomasín que yo visitaba de vez en cuando de chaval, aún vivía su abuela doña Cándida y su tía María, para leer con avidez su abundante colección de tebeos y comer alguna de las enormes ciruelas moradas de la huerta. Por su fachada y el alto muro que sujeta las tierras de la huerta, creo que era la casa con más empaque del pueblo. Me dicen que un escudo que lucía en la fachada se lo quitó de en medio Humberto, el maestro constructor de Vegarienza para el que un escudo nobiliario no dejaba de ser más que una piedra con forma rara, cuando le encargaron arreglar el tejado. Durante años todos los que teníamos que coger el autobús a media mañana en dirección a Villablino, esperábamos al renqueante autobús sentados en el poyete de la casa sin sospechar que aquel lugar había sido tan sagrado. Creo que solo Indalecio, tío de Tomás y molinero tardío al que yo le llevaba de vez en cuando centeno para moler, estaba en el secreto de lo que había sido aquella casa y sabía aprovechar la placidez que emanaba de sus piedras pues solía vérsele durmiendo la siesta en el poyete, ancho suficiente para contener su exigua figura, con el caletre bien protegido por su inseparable boina. Coincidí con Tomás en la procesión de San Salvador y me confirmó que al hacer una reforma aparecieron unos arcos que habían estado ocultos bajo una capa de cal, con inscripciones en griego y fechados en mil setecientos y pico y que el escudo está, como siempre lo recuerda, desmontado dentro del patio sin que Humberto haya intervenido para nada.

Siempre me había llamado la atención el elegante arco de piedra tallada de la fachada de la casa de Santos. Era lo primero que veíamos desde casa de mis abuelos cuando mirábamos carretera arriba, enmarcado entre los dos negrillos que hubo al final del desaparecido puente de piedra de la carretera sobre el río Baltaín. Cuando pregunté en casa de Estela si sabían a que obedecía aquella sutileza arquitectónica en una casa campesina, Vicente se apresuró a contestar que había oído que fue un palacio donde vivió un príncipe que estaba muy enfermo y ciego, que acostumbraba a asolearse en las peñas de enfrente. Casi al unísono, los presentes le preguntamos cómo siendo ciego era capaz de subirse por las peñas sin descalabrarse y Vicente, tras una pausa reflexiva, aventuró que quizá el príncipe solo fuera tuerto. Ya se sabe que los dichos no hay que tomárselos muy al pie de la letra. Por la tarde, saludando a Pili la de Santos al pie del arco, la pregunté acerca del arco y me dijo sin la menor sombra de duda que había sido un convento y que dentro de la casa había más arcos, que amablemente accedió a enseñarnos. Efectivamente, en el interior hay otro arco de medio punto algo más tosco, de pizarra, y otro más pequeño con su parte superior truncada y que en alguna reforma había sido rematado con una viga que sostenía a modo de cargadero la pared que había sobre el arco. Salvo que su abuelo Santos fue el que compró la casa, para entonces el refectorio y la capilla ya debían haber sido convertidos en cuadras, no le constaba documento alguno relativo al convento. Enfrente a la casa de Santos, al otro lado de la carretera, aún se conserva contra las peñas un murete que dicen que fué una ermita o capilla que supongo, por el poco espacio entre la carretera y las peñas, debió ser del estilo de la que hay a la entrada de Marzán en el Valle Gordo que solo contiene una imagen.

En varios documentos de Internet se habla de un “documento de Leodegundia” que dice, “Y después de pasar por Guisatecha y de rezar en la ermita de Sta Colomba y junto a Benal, que son de D. Guisvado, descansamos en el monasterio de Vegarienza”. Juntando las abundantes piedras, que parecen sugerir pertenecieron a edificaciones distintas a una casa campesina, con estas desinteresadas referencias y a la espera de posteriores confirmaciones, podría empezarse a considerar que en Vegarienza hubo algún tipo de congregación religiosa.

Quizá tanto lugar de culto haya dejado flotando en el aire un cierto ambiente de misticismo que sería el que indujo a la frutera de Vega a recorrer una Semana Santa las peñas que van desde su casa (yendo pueblo arriba la siguiente a la de Isaac) hasta la Peña del Garabato, cerca del El Castillo, realizando un viacrucis paralelo al oficial que don Abundio oficiaba en la iglesia. La recuerdo con una corona de zarzas colgada del cuello que de vez en cuando acariciaba con las manos, y con todos sus hijos pequeños detrás de ella colocando cruces por las peñas con las que iba marcando las catorce estaciones. Uno de los hijos, con las entendederas más en su sitio que su pobre madre, la acompañaba con manifiesta mala gana lo que provocaba que la frutera le recriminara así (esto me lo recuerda Ana) “Maldito Cirineo que no quiere ayudarme a llevar las cruces“.

La especial colocación del campanario quizá tenga que ver con la necesidad de avisar a las tres comunidades religiosas de los actos litúrgicos que se desarrollaban en la iglesia. Sin ánimo de contribuir a esta fantasía se puede ver que los tres conventos forman un triángulo en el que el campanario pudiera ocupar un punto singular de los que acostumbran a tener los triángulos, pues ya se sabe que la ubicación de ermitas, cenobios, catedrales, conventos y otros lugares de culto no es caprichosa y siempre hay detrás alguna explicación mágica o más trascendente. Propongo a los tertulianos en casa Selima, donde por cierto comimos una cecina que a mí me pareció la más en su punto que he comido nunca, entre trago y trago y las reflexivas pausas a que obliga engullir cada viruta de cecina, y auxiliándose del Googlemaps de sus smartphons que ya son artilugio corriente, intenten dilucidar si el campanario ocupa el baricentro, el circuncentro, el incentro o el ortocentro del triángulo formado por la casa de Tomasín, la casa de Santos y la casa de Maruja. Raro sería que no coincida con alguno de ellos. Yo a simple vista me inclinaría por el baricentro.

Me marcho de Vega con la sensación de que tres conventos para un pueblecito que nunca tuvo más de cuarenta casas quizá sean demasiados. Pero no creo que lo que he oído estos días tenga menos enjundia y fundamento que las cosas que nos cuentan cuando vamos de excursión a cualquier otro rincón del país. Lo que si sucede es que quizá el carácter omañés es menos dado a presumir de lo suyo que otros pueblos y que estas elegantes piedras han quedado subsumidas en el olvido hasta que un derrumbe o una reforma las ha sacado a la luz. Paradigma de lo poco que importan en estas tierras sus ilustres piedras y monumentos, es que parte de las piedras del castillo de Benal fueron utilizadas a finales del siglo XIX como piedra machacada cuando se construyó la carretera que pasa al pie de sus maltrechas murallas.

Me han dicho que ahora intentan promocionar un viejo camino de Santiago, que fue muy transitado por los peregrinos hasta que quedó en desuso a medida que los moros fueron empujados hacia el sur de la Península, que entraba en Omaña por la Magdalena pasaba por los pueblos de la carretera hasta Aguasmestas para enfilar el Valle Gordo hasta Fasgar y, atravesando el Campo de Santiago, entroncaba en Astorga con el Camino Francés. Me han comentado que en Vega se piensa abrir un albergue en la parte de arriba de la casa del médico. Cualquiera que haya hecho el Camino de Santiago sabe que es una ruta sembrada de iglesias, albergues y leyendas, muchas leyendas. Ya sabemos que no es seguro que hubiera moros en El Castillo, pero se habló de ello. Tampoco tenemos constancia absoluta de los cenobios, conventos y abadías cristianos en Vegarienza, pero se habla de ellos, incluida la mención de Leodegundia. ¿Qué más mimbres se necesita para dar lustre al Camino Omañés?  Se me ocurre que en los dos kilómetros que van de El Castillo a la cimera de Vega hay material suficiente como para que esta parte del camino no desmerezca en nada de los clásicos. Voy a relacionar los que se me ocurren, pero seguro que habrá más.

Los peregrinos llegados a El Castillo podrían comenzar visitando el castillo de Benal explicándoles la leyenda de la tinaja con monedas de oro de los moros y se podría cobrar algo a los peregrinos que quisieran hacer una incursión en las murallas, armados de una hoz para abrirse camino entre las zarzas, a la búsqueda de la tinaja; visita a la Ermita del Cristo con meritorias tallas de los siglos XIII y XV y su colección de antiguos exvotos con los que los fieles solicitaban el milagro sanador; visita al bien conservado aserradero de El Castillo y a la cercana Peña del Garabato donde algunas vacas, atraídas por una fuerza misteriosa, se despeñaban cayendo hasta la carretera y donde la grillada frutera de Vega terminó su alucinado viacrucis. Saliendo de El Castillo para coger el camino del monte que les llevará a Vegarienza, los caminantes tienen que atravesar La Puebla donde se explicaría cómo los romanos traían el agua desde las Fornias para cribar la arena; un poco más adelante, cartelón en la fuente de Riospino avisando de que el agua debe tomarse en pequeños sorbos para evitar quedarse afónicos.

Al llegar a Vega desde Candanedo, podría haber un cartelón indicando a los peregrinos cómo encontrar fresas en el camino del prado de Las Huertas y nada más entrar en el pueblo por el puente sobre el Omaña lo primero que verían sería el arco de la Abadía reconstruido, según le ha sugerido mi primo Guillermo al alcalde Pepe Kenyde, y posterior visita a las ruinas donde estuvo originalmente ubicado el arco contándoles la historia del túnel hasta la iglesia, pudiendo animar a los peregrinos para que remuevan las piedras de la casa de Maruja a la búsqueda de la entrada del túnel; visita a la iglesia y sus tallas de gran valor y, aprovechando la proximidad de la casa de Celesto, contar la historia de su burro que siempre rebuznaba cuando el cura levantaba la Sagrada Hostia, cosa que algunos interpretaban que era debido a que el rucio tenía alma comunista, pero puede insinuarse que podría ser una inclinación mística auspiciada por la cercanía de las santas piedras de la abadía; visita a los arcos conventuales de casa Santos y ruinas de la ermita, donde Vicente podría explicar la leyenda del príncipe tuerto que habitó allí; visita al cenobio de la casa de Tomasín y molino de Indalecio que debería mantenerse en perfecto estado de funcionamiento. Como ya estaría bien de piedras santas, algunas posiblemente apócrifas, bueno sería darle reposo al cuerpo degustando la cecina de casa Selima mientras Maxi, actuando como maestro de ceremonias, cuenta con mucha prosopopeya la visita de Serrat a su tienda. Los que aún se mantengan sobrios podrían subir al campanario por las peñas, donde se les ilustraría sobre la diferencia entre el toque a misa, a fuego, a concejo y otros toques de campana y se les explicaría cómo el campanario, la abadía, el convento y el cenobio no están ubicados al azar sino siguiendo estrictos principios geométricos. A los que aún tengan ánimo se les puede subir a Santa Colomba para que tomen conciencia de que mucho antes que campesinos, en Vegarienza hubo otros pobladores Como cierre se les invitaría a una genuina partida de bolos leoneses en casa de Mariví y, si aún queda alguna panderetera, podía deleitarles con aquel canto que recuerdo haber oído, no se si fue a la tía Blanca, la mejor panderetera de Vega,

Este pandeiru que toco,
ye del pellejo una ogüecha,
que ayer balaba no monte,
y hoy toca que repandiechaaaaaaa …..

Si todo este recorrido fuera poco podría incluirse la historia del primer peregrino de que se tiene noticia, Marcelo Fraga Iribarne hermanísimo del ministro Fraga que seguía el camino viejo a caballo a finales del siglo pasado, que hace años conté en El Camino Omañés y a la que mi primo Jose puede añadir la anécdota del encontronazo que tuvo su padre con don Marcelo, hombre airado que no dudó en tirar de pistola para que fueran atendidas sus impertinentes exigencias, y visitar el salón de mis tías que entonces era cuadra en la que pernoctó el rocín de Marcelo Fraga. ¿Se puede pedir algo más para solo un par de kilómetros del Camino Omañés? Bien harían los encargados de su promoción en leer estas sugerencias a las que seguro que otros convecinos podrán añadir unas cuantas más.

Un poco mareado de tanto dislate, me vuelvo por donde he venido con la melancolía inevitable que me invade cada vez que abandono estas entrañables tierras. Y más ahora, que he descubierto su entraña mistérica a través de tanta piedra culta, que han permanecido ocultas para mí hasta este verano de 2015. ¡Viva Omaña y el Camino Omañés!

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El primo Manolo

Manolo González

Manolo González

A estas alturas pocos recordarán que al lado de la casa de mis abuelos en Vegarienza estaba el mayor conjunto de casas tipicamente omañesas del pueblo, aún techadas con paja, pues la mayor parte del resto de tejados habían ido sustituyéndose por teja o losa seguramente a golpe de incendio. Enfrente, al otro lado de la carretera, estaba el pajar de Urbano, cuya parte baja servía de corte de las ovejas y de tiempo en tiempo veíamos como un techador reponía la paja en las partes más necesitadas, del que hoy solo se han librado un par de esquinas de la remodelación de la carretera; ya en el arranque del camino de Sosas estaba la casa de Nela con techo de teja en la vivienda y de paja en cuadra y pajar anexos, que vi arder en una de las majas y ayudé a apagar participando en la cadena humana que pasaba de mano en mano los cubos de agua que se llenaban en el río; a continuación y separada del Baltaín por un estrecho camino estaba la casa de Urbano, toda ella con techo de paja; separada de la casa de Urbano por un estrecho cañal que subía hacía las peñas, estaba la Casa Vieja donde tío Baldomino guardaba las cabras, ovejas y vacas. Tras las portonas había una amplia zona techada con paja donde se guardaba el carro, el arado y otros aperos de labranza, había una cuadra para las vacas y el resto era un corral descubierto y en declive, siguiendo la pendiente de la cuesta, y donde afloraban algunas peñas medio enterradas por las cagalitas de ovejas y cabras que campaban a sus anchas por todo el corral. En el lugar que ocupaba la Casa Vieja se construyó años más tarde la casa de tío Baldomino y tía Blanca.

Cuando llegaba con mi familia en el autobús de la tarde para iniciar el largo veraneo omañés, tras los saludos apresurados a tíos, primos y abuelos y la visita de rigor al río para verificar que todo seguía en orden y que mantenía el buen pulso necesario para hacer que las piedras planas rebotaran sobre el agua hasta saltar por encima de la presa del molino, salía zumbando hacía la Casa Vieja donde estaba seguro que encontraría al primo Manolo recontando las ovejas y cabras por si le faltaba alguna. Tras muchos meses sin vernos, Manolo era la persona que más me apetecía ver pues para mí era lo más parecido al primo de Zumosol.

Creo que Manolo era el anterior a Estela por lo que debía ser unos tres o cuatro años mayor que yo, lo que desde la perspectiva de mis ocho o nueve años me hacía verle como muy mayor, ágil, fuerte y experto en todo lo que había que saber en el pueblo sobre animales y tareas campesinas. Ya se habían marchado a trabajar fuera sus hermanos Paco, Aurora y Mari. Julio y Palmira llevaban el peso de las tareas de la casa y las fincas y a Manolo, que acababa de iniciar la adolescencia, ya se le encomendaban tareas casi de hombre pues tenía la experiencia y la fuerza necesarias. Era un tío avispado, con el rostro afilado como su padre, el tío Baldomino, moreno y fibroso, impaciente, de genio muy vivo y risa franca.

La ascendencia de Manolo sobre mí provenía no solo porque era algo mayor que yo y lo veía como el líder natural, sino que era de una generación anterior. En realidad era primo de mi madre y de vez en cuando salía en las conversaciones con Manolo y sus hermanas algo menores, quizá para establecer el grado de importancia de cada cual, que ellos eran tíos segundos míos. Y así era en realidad. Su padre Baldomino era el hermano menor de los González, la familia de mi abuela, Manolo, Estela, Inés y Anita tenían una edad muy próxima a la mía, yo era el nieto mayor de mi abuela, y además las dos familias convivimos durante años en la casa de mis abuelos con la familiaridad y complicidad típica entre primos.

Coincidíamos como pastores de nuestras respectivas vacas en las llamas de Castriello con largas horas para el compadreo y compartir peripecias. Manolo me enseñó a afilar la navaja y el machado en una piedra asperón; a buscar las mejores varas de fresno y cómo calentarlas en la hoguera para que domasen bien a la hora de hacer una cachaba; a asar patatas allá por el otoño; a hacer chiflos y berrones con la monda del palero; a saber cuando era la hora de volver con las vacas para casa según la longitud de la sombra del chopo de su llama de Castriello; a deslizar por una pendiente de yerba agostada con una tabla como si se tratara de un trineo en la nieve; a matar el hambre con las hojas de acedera y tallos tiernos de espino o los frutos del tapaculos y del espino mayolar; me enseñó a distinguir las ranas de los sapos y a sacar a los grillos de su agujero hurgándoles con una paja en la retaguardia; me amedrentaba diciéndome que los sapos podían dejarte ciego si te alcanzaban con su chorro de orina o que los dientes de los lagartos se cerraban como mordazas una vez que te habían mordido y que ni siquiera metiéndoles la cola en una hoguera te soltaban. Me tomaba el pelo haciéndome creer que le podía ganar en un pulso o echándole un balto, para finalmente burlarse de mí torciéndome el brazo o tirándome al suelo con una repentina voltereta como si yo fuera una pluma. Era mi preceptor en asuntos pueblerinos y descubrimientos propios de la edad, pero no desperdiciaba ocasión para dejar patente que era él quien controlaba la situación, lo que se traducía en un empeño por mi parte en emularle en fuerza y habilidad con el ferviente deseo de ganarle algún día en algo.

Yo me sentía muy identificado con todo lo que veía hacer a los mayores y deseaba tener la destreza y fuerza necesarias para dejar de ser considerado un niño, por lo que era frecuente quedarme mirando a Manolo cuando partía la leña de roble asombrado de su destreza para golpear con el filo del machado (hacha) en el mismo punto de la trampa (planta de roble que troceada servía para atizar la cocina de leña) y cómo el bíceps surcado de venillas se le abultaba en cada hachazo. Solo necesitaba dos o tres golpes para cortar cada trozo de madera con un corte limpio. Cuando yo me ponía a partir leña, cada hachazo producía un corte insignificante, distanciado un centímetro o más del golpe anterior, y tal parecía que en vez de machado estaba golpeando la trampa con un martillo y en vez de profundizar en el corte lo que conseguía era obtener pequeñas porciones de roble (sorollos) que se desprendían entre los cortes sucesivos. Creo que yo era el mayor productor de sorollos de la zona, que eran muy apreciados por mi abuela cuando quería avivar la lumbre para los fisuelos o calentar la plancha en la chapa de la cocina, pero que merecían la desaprobación del abuelo que veía como buena parte de la leña que había traído del monte quedaba molida al pie del leñero, donde a las gallinas les encantaba acurrucarse al sol del atardecer. Por más horas que dedicaba a partir leña, no conseguía que mis bíceps se parecieran ni por asomo a los de Manolo y mi destreza como leñador seguía siendo penosa.

Manolo era muy veloz corriendo y con su vara en la mano era capaz de atajar a las vacas cuando moscaban y las hacía sentir con sus voces airadas y unos buenos varazos en el lomo que era mejor obedecer. Cuando moscaban mis vacas y yo intentaba hacerles sentir mi autoridad como había visto hacer a Manolo, me debían ver tan insignificante que su única consideración hacia mi persona era intentar no arrollarme en su galope desenfrenado a la búsqueda de una sombra que les aliviara del mordisco de las moscas rocineras. Manolo era veloz incluso con madreñas. Cuando yo me ponía las bonitas madreñas pintadas que me había regalado mi abuelo, me convertía en un patoso preocupado de que no se me saliera el pie de la zapatilla y de no torcerme un tobillo. Las madreñas de Manolo, que inicialmente habrían sido del color blanco del abedul con que estaban hechas, tenían el color impreciso de las madreñas veteranas acostumbradas a navegar en los orines y boñigas de vaca, inevitables al limpiar la cuadra, pero yo le veía correr detrás de las vacas o en el recreo de la escuela jugando al tus apoyándose en la puntera de la madreña y los dos tacos delanteros, con la misma facilidad que yo lo hacía con alpargatas. Jugando al tus con o sin madreñas, Manolo era el mejor, igual que a la bigarda y a otro juego cuyo nombre no recuerdo consistente en ahondar el hoyo que cada uno de los rivales había hecho en el pasto, habitual cuando nos juntábamos varios pastores con las vacas en El Vallado.

Me dejaba acompañarle al río a echar el naso, que él mismo había construido con malla de alambre y un par de aros de palero, en los ribazos del Pradico, sujeto con una cuerda para poder sacarlo sin meterse en el agua. Siempre me advertía que no me acercase por allí para que las truchas no se espantasen, cosa que yo prometía solemnemente cumplir aún sabiendo que sería incapaz. Cada poco me acercaba con cuidado y atisbaba por si ya había truchas en el naso y tenía que aguantarme las ganas de ir a decírselo a Manolo porque sabía que me reñiría. Si veía que dentro del naso había alguna trucha grande revolviéndose de un lado para otro, era tal la desazón que me reconcomía pensando que la trucha acertaría a encontrar el embudo de entrada y se escaparía, que aún sabiendo la bronca que me iba a ganar corría a decírselo.

En el verano casi todos los días echaba un rato a su afición preferida, pescar truchas a mano en la zona del río que seguía a la puerta de la huerta de mis abuelos, una zona en sombra de chopos y paleros que parecía muy propicia para que las truchas buscarán cobijo debajo de las piedras, no sé si para descansar del esfuerzo continuo de mantenerse vigilantes y nadando estáticas contracorriente a la espera de los mosquitos que traía el río Omaña o para refugiarse del bullicio que armábamos la chiquillería de la casa junto al lavadero. Me gustaba verle como iba de piedra en piedra tentando los agujeros que dejaban con el fondo del río y sabía que cuando se detenía en una de ellas, con el agua llegándole al pecho y la cara ladeada para que el agua no le impidiera respirar, era porque había tentado la barriga de una trucha. Se iniciaba entonces un suspense que podía durar varios minutos que me ponía muy nervioso, que solo terminaba cuando conseguía que la trucha cambiara su posición en la guarida y él podía cogerla por las agallas para sacarla del agua. Le daba un mordisco para matarla y me la lanzaba para que yo la escondiera entre las hierbas de la orilla, por si se presentaba Marcos el guarda ríos de El Castillo. En alguna ocasión le vi sacar dos truchas de la misma piedra. Era un fenómeno.

Le gustaba enseñarme cosas nuevas y probablemente de forma inconsciente buscaba deslumbrarme. Y ciertamente que lo conseguía con frecuencia. Recuerdo un año en que la misma tarde que llegamos a Vega fui a buscarle a la Casa Vieja, que me dejó pasmado con algo que posiblemente había aprendido de otros pastores mayores desde que nos habíamos visto por última vez el verano anterior. Terminado el recuento de cabras y ovejas que acababan de llegar al corral, vi que tras algunas carreras por el corral consiguió coger un cabrito joven que se mostraba algo inquieto y supuse que le frotaba la barriga para calmarle mientras me miraba con cara maliciosa. Mientras yo intentaba descubrir el por qué de aquellas maniobras y el significado de la mirada cómplice de Manolo, contemplé estupefacto como al cabrito le salía de la barriga un pirulí rosado como el que yo había visto esgrimir a carneros y cabritos adultos cuando montaban a ovejas y cabras mientras caminaban por la carretera conducidos por el pastor. Manolo soltó al cabrito y yo me fui todo corrido para casa sin darle lugar a más explicaciones. Seguramente Manolo no supo valorar que aún era pronto para transmitirme según qué conocimientos. Pero así suele suceder con las cuestiones más turbadoras, que surgen de improviso y nos descolocan.

Yo estaba dispuesto a creerme a pies juntillas todo lo que Manolo me decía, pues era mayor que yo y lugareño lo que a mis ojos le confería una gran autoridad, pero recuerdo que a pesar de esta predisposición crédula por mi parte en una ocasión tuve serias dudas. Yo estaba convencido que Manolo podría haber sido guía indio como los de las películas del Oeste, pues observaba detalles que a cualquiera nos pasaban desapercibidos. Al ver una quijada de animal calcinada por el sol durante años, por delante de la que yo había pasado infinidad de veces sin pensar otra cosa que el animal había tenido un mal encuentro con el lobo, si iba con Manolo él me preguntaba si sabía de qué animal se trataba. Ante mi encogida de hombros, él me decía si era de vaca, burro o caballo. Un día me dijo que las cagadas de las personas podían dar mucha información y, a renglón seguido, me preguntó si yo era capaz distinguir cuáles eran de hombre y cuales de mujer. Como siempre me dio un cierto tiempo para que yo hiciera mis cábalas, aunque creo que como muchas otras veces era para poner más en evidencia mi ignorancia en el asunto. Cuando en señal de rendición me encogí de hombros, Manolo sentenció “las de las mujeres son más gordas“. No supe que contestar a afirmación tan rotunda y tampoco se me alcanzaba la utilidad de semejante conocimiento, pero me inquietó su respuesta.

Los dos párrafos que siguen describen mis elucubraciones al respecto y el lector hará bien en saltárselos por su carácter escatológico, aunque muestran el interés que a veces ponemos en resolver cosas tan nimias, sobre todo si tienen algún componente morboso.

Estuve varios días rumiando lo que Manolo me había dicho sobre el grosor de los zurullos, intentando disipar unas dudas más que razonables pues yo pensaba que tendría que ver más con el tamaño de la persona obrante que con el género de la misma. Yo razonaba que si los gordos tenían las manos más grandes y los culos inmensos, los ojetes también deberían ser mayores, y a mayor diámetro debían corresponder chorizos más gordos. Aunque a mí no se me ocultaba algunas diferencias obvias entre hombres y mujeres, me decía que si las mujeres no tenían las narices más grandes que los hombres, ¿por qué los ojos del culo iban a ser una excepción?. Fue un tema que me preocupó durante bastante tiempo ya que no sabía cómo salir de dudas y, además, me reprochaba dudar de lo dicho por Manolo.

En un pueblo de gente tan atareada no abundaban los gordos. Los dos únicos gordos del pueblo eran doña Ángeles y Manolón que vivían en frente de nuestra casa al otro lado de la carretera juntamente con su hermana Nela. Yo no había visto a Manolón nunca rondar por El Salgueral, que era donde los de aquel barrio solíamos tener nuestro rincón para hacer de vientre. Doña Ángeles no salía nunca de casa por lo que llegué a la conclusión de que todos los habitantes de la casa hacían sus necesidades siempre en casa. Era una época en la que las mesillas de noche tenían como finalidad principal alojar el orinal o bacinilla, que se volcaba en un cubo de porcelana con tapa que todos los días Nela portaba hasta el río, al pie de nuestra huerta, para vaciar la cosecha diaria de pises y cacas. Yo entonces ya empezaba a saber de quebrados y un día me puse a elucubrar con lápiz y papel como averiguar si la teoría cierta era la del primo Manolo o la mía. Si la teoría de Manolo era cierta, en el cubo de Nela debía haber dos tercios de zurullos gordos correspondientes a las dos mujeres de la casa, Nela y doña Ángeles. Claro que si yo tenía razón, los dos tercios de chorizos gruesos podían corresponder a Manolón y doña Ángeles que eran gordos. Y también podría ser que los tres tercios fueran gruesos, dos tercios por mujeres y el otro por gordo, con lo que las dos teorías serían igualmente ciertas. Desanimado por unos resultados teóricos tan confusos decidí hacer una observación directa por si me aclaraba un poco las cosas, porque perfectamente me podría encontrar solo con chorizos más bien delgados con lo que ninguna de las teorías sería cierta. Al día siguiente me aposté al lado de los salgueros del final de la huerta y esperé impaciente a que llegara Nela para ver sin ser visto. Llegó puntual, se puso en cuclillas y vació en el río el contenido del cubo en el que no pude distinguir piezas enteras que me sacaran de dudas pues, con el bamboleo que imprimían sus enormes caderas al cubo y lo desigual del cauce pedregoso y seco del río Baltaín por donde transitaba, todo era una mezcolanza de orines y zurullos desmembrados que rápidamente fueron arrastrados por el agua y no pude llegar a conclusiones válidas. Mientras Nela arrancaba un terrón arenoso de la orilla para fregotear el interior del cubo me volví en silencio hacía la casa, intentando fijar en mi memoria de forma indeleble que jamás debía de darle a Nela la mano que empleaba a diario en aquellos menesteres. Ante la falta de pruebas concluyentes, decidí dar por buena la teoría de mi primo Manolo e incorporar a mi acervo aquel conocimiento que me permitía con un simple vistazo saber si el autor de una defecación había sido hombre o mujer. Con conocimientos como este se va uno preparando para bandearse en la vida.

Siguiendo el ejemplo de alguno de sus hermanos mayores, con catorce años se fue a Barcelona a ganarse la vida. Da miedo pensar en un chico de catorce años, que probablemente no había salido nunca de Omaña, ir a la ventura en busca de trabajo con la convicción de que las cosas le irían mejor que siguiendo la rutina de siglos como campesino omañés. No recuerdo haber comentado con él si se habían cumplido sus expectativas. Yo me quedé sin mentor que me guiase en los conocimientos precisos para estar a la altura de los lugareños y en los secretos de la vida que empiezan a desasosegarnos a edad temprana. A partir de entonces Manolo volvía por Vega de forma fugaz y de tarde en tarde, ocasiones en las que yo me ponía como antaño en la posición de primo pequeño, aunque con algo más de fuerza física y experimentado. Recuerdo que en una de estas ocasiones le acompañé hasta Aguasmestas en bicicleta, no sé si para ver las truchas del pozo del comienzo de la Fontanina o para qué. A la vuelta íbamos en fila por la orillita de la carretera donde había menos piedras sueltas, Manolo delante como correspondía a su grado. En un descuido mío, rocé con mi rueda delantera la suya de atrás y los dos nos fuimos al suelo. Yo no recuerdo haberme hecho casi nada, pero cuando Manolo tuvo que regresar a Barcelona aún no se le habían caído las postillas de las heridas que se hizo en las manos. Creo que no le volví a ver más por Vega, aunque confío que no tuviera nada que ver con el incidente ciclista.

A su marcha ocuparon su tarea de pastoreo las hermanas que le seguían, Estela, Inés y Anita, que fueron compañeras de largas tardes cuidando que las vacas no se fueran de las llamas de Castriello, con tiempo infinito para hablar, contar mentiras, leer lo que encontrábamos en las casas y en la parroquia, disfrutar del arriesgado deporte de despendolarse cuesta abajo entre gatiñas (planta con duras espinas que crecía en las camperas) montados en una tabla repleta de gente, y donde también había lugar para el aburrimiento. Fueron bastantes los años en que la convivencia con Manolo y las hermanas que le seguían fue diaria e intensa.

Pasados unos años a Manolo le siguieron en esta búsqueda de futuro fuera de la tradición familiar de siglos Estela, Anita y Baldomino, los tres a Madrid el otro polo de atracción de los omañeses que dejaban la región. Siete de doce hermanos González prefirieron cambiar de vida, contribuyendo al repentino e irreversible despoblamiento de la región (ver El vaciamiento de Omaña).

A su jubilación se que vivió con sus hermanas Estela y Ana en Madrid, ya con la desmemoria que alcanza a algunos y que les priva de recordar donde nacieron, lo que fueron de niños y de mayores. ¿Qué es lo que se nos rompe por dentro que desconecta la cabeza de los recuerdos y nos deja a la deriva como barco sin timonel, justo cuando ya nos hemos resignado a no ser lo que toda la vida planeábamos que íbamos a ser y es tan gratificante recordar edulcoradamente lo que fuimos? Los que aún tenemos conexión con nuestra memoria debemos recordar por ellos. En mi caso lo hago con cariño y agradecimiento a lo que me enseñó y viví con él, aunque a veces yo no estuviera aún capacitado para comprender los misterios de la vida que Manolo se empeñaba en desvelarme. Hasta siempre, maestro.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada