Roa, el paso del tiempo y los recuerdos (¡ay! colegiata, -ex)

Plaza Mayor de Roa, con la colegiata.

Plaza Mayor de Roa, con la colegiata.

Si te olvidas que el culpable de tan singular escenario es el Río Duero, cuando te aproximas a Roa por la carretera de Aranda tal parece que la villa encaramada en lo alto surgió al mismo tiempo que el propio cerro cuando este fue creado. O que del cerro brotaron con naturalidad las casas al modo que en el terreno llano circundante crecen vides y espigas. Está claro que si no estás atento, la imaginación puede trastocarlo todo. Igual que si a remolque de tus recuerdos pretendes que en sesenta y cinco años no haya pasado nada en Roa.

Desde 1954, cuando mi familia dejó de vivir en Roa, yo había vuelto en dos ocasiones. Siempre de paso y sin la calma suficiente para anotar el desajuste que el tiempo estaba introduciendo entre la Roa real y la que yo prefería mantener en mis recuerdos según he descrito en Primeros tiempos en Roa, Últimos años en Roa y Juegos y cantinelas en Roa. Los cambios eran evidentes pero la prisa de mis visitas y lo a gusto que uno se encuentra con sus remembranzas, me hacían más cómodo pasar por alto el paso del tiempo y así seguir sintiendo Roa con ojos de niño.

El 7 y 8 de Agosto de 2019 he vuelto a Roa con la pausa necesaria y, efectivamente, he visto que hay cosas que han cambiado, como no podía ser de otra forma.

Comenzando por el principio, el casino donde mi padre acudía cada tarde ya no existe. En su lugar está el bar Transilvania, nombre que sugiere que a los castellanos de Roa de toda la vida se han debido añadir gentes de todas partes, como en el resto del país. En la plazuela tampoco está la fuente donde las mujeres llenaban los cántaros de barro que surtían de agua a las casas y en cuyo pilón bebían los abundantes machos de aquella población esencialmente agrícola (luego comprobaré que el pilón de la entrada de La Cava ha corrido la misma suerte). Qué tontería, pero también eché de menos los sones de trompeta que venían de las primeras casas sobre El Espolón y que tantas veces oí al pasar por allí. Nunca puse cara al desinhibido trompetista que no parecía preocupado porque todo el pueblo fuera participe de sus progresos y desafinos. Lo que sí consiguió fue que todos supiéramos de la potencia de sus pulmones.

La tierra que entonces pisábamos en todas las calles del pueblo, ha sido sepultada bajo asfalto y adoquines o el embaldosado. Hay que mirar en los jardines o en los abundantes solares sin edificar y en el descascarillado de las fachadas por donde asoman los adobes, para encontrar  algún vestigio de tierra. Incluso la calle de El Resbalón (hoy Cardenal Cisneros) que era como el lecho de un arroyo entre dos estrechas aceras, está hoy tan finamente pavimentada que resultaría difícil romperse algún hueso salvo tropiezo fortuito con algún gato de los que viven en los ventanucos enrejados a ras de suelo que me hacían pensar entonces en mazmorras y prisioneros. Ya ni en la enorme Cava donde entonces jugábamos mayores y pequeños, debe quedar una brizna de tierra donde jugar a la tarusa de tan colmatada como está con la plaza de toros, el enorme polideportivo y algunas edificaciones más.

Aunque la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción sea el mejor símbolo de permanencia de la ciudad, entré con algo de aprensión preocupado por lo que podría haber ocurrido para que ya solo fuera ex-colegiata. La percibí sólida y luminosa como entonces pero me sentí desorientado, algo no encajaba y dudé si debía fiarme de mis recuerdos que me avisaban de que allí faltaba algo importante que no supe concretar. Caminaba por la nave izquierda mirándolo todo con atención por si descubría el motivo de mi desasosiego, cuando vi a una mujer que cuidaba las flores de los altares. Resultó ser una joven de ochenta y cinco años, más que contemporánea mía, que con seguridad podría resolver mis dudas con solvencia. Me explicó que el templo perdió el rango de colegiata cuando dejó de contar con los tres canónigos requeridos. Me enumeró los nombres de los ensotanados que yo veía deambular por el atrio y a los que tantas veces debí cumplimentar con mi besamanos, pero solo me sonó el nombre de don Bonifacio. Me tranquilizó saber que lo de ex-colegiata se trataba de una minucia canónica o administrativa que en nada disminuía la calidad artística y simbólica de aquel templo tan importante en mis recuerdos. Al instante decidí prescindir del prefijo ex- y sus connotaciones negativas. Mientras hablaba con la mujer vi en los laterales del altar mayor unos retales de madera que rompían con toda armonía y que parecían haber pertenecido a un coro. Solo entonces me atreví a preguntar por el coro donde recordaba haber estado acompañando a mi padre. La amable mujer me dijo, creo que con un cierto tono de rencor, que un cura caprichoso había desmontado el coro, el órgano y el enrejado en contra de la voluntad del pueblo. Menos mal que no desmontó los arcos, remachó mientras miraba a los dos arcos transversales que unen las cuatro últimas columnas de la nave central. Entonces entendí la causa de mi desazón. El malhadado cura, merecedor de la excomunión si de mí hubiera dependido, había despojado a la colegiata del empaque que los coros dan a catedrales y grandes iglesias y rebajado la grandiosa nave central a la categoría de iglesia moderna de barrio obrero. No había sido el tiempo el causante de tal estropicio sino un cura poco respetuoso. Cuando le conté que habíamos vivido en la casa de Correos que estaba en la esquina de la calle de El Resbalón, me dijo que recordaba perfectamente a mi padre.

Roa de Duero. Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, ya sin coro.

Roa de Duero. Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, ya sin coro.

Se me quedó en el tintero preguntarle por las letras doradas de la fachada que yo recordaba mencionaban a los caídos por Dios y por España, los caídos buenos por supuesto, y que habían desaparecido. Me quedé con las ganas de saber si la culpa era de la ley de Memoria Histórica, del cura revisionista o simplemente de mi memoria desajustada.

El paseo de El Espolón lucía espléndido y a resguardo del sol por unos plátanos de sombra vigorosos y sanos bajo los que el cardenal Cisneros otea impasible el horizonte. Unos jubilados nos dijeron que debíamos tocar el talón del cardenal que sobresale del pedestal de cemento para no sé qué. Creo que nos estaban tomando el pelo. Las vistas son impresionantes y la primera intención es asomarse a la baranda, pero yo aconsejaría mirar a lo lejos y pasar por alto el basurero en que se ha convertido la ladera donde los críos jugábamos a deslizarnos por las baturras, una especie de canalillos en la tierra que formaban las zapatillas al deslizarse sobre el barrillo que se formaba cuando todos los participantes orinábamos en la parte alta de la baturra. Poco más allá de  las escaleras que dan a las antiguas escuelas, descubrí los arcos del restaurante El Chuleta con unas vistas extraordinarias y muy bonito por dentro.

Bajando desde las antiguas escuelas hasta La Cava, salvo unos pocos comercios todo son bares, terrazas y restaurantes. Si no hubiera visto que el campo circundante rebosa de vides, campos de cereal y girasoles o maizales, habría concluido que la villa que yo conocí bulliciosa de actividad y esencialmente dedicada a la labranza, se había convertido en un parque temático para visitantes. No pude pasar por alto que de los soportales de la plaza habían desaparecido las lisas columnas metálicas donde los críos nos graduábamos de chavales, tan pronto conseguíamos llegar trepando hasta su parte más alta.

Estaba alarmado tras todo un día anotando qué cambios tendría que sobre escribir encima de mis recuerdos que habían permanecido invariables durante sesenta y cinco años, pues no sabía cómo un cerebro ya desgastado manejaría la situación.

Menos mal que por la noche todo pareció volver a su ser. Cenamos sentados en una terraza de la Plaza Mayor, con la colegiata muy bien iluminada que me pareció y sentí era la de siempre. Bien plantada y sin arrugas a pesar de los siglos y de que un cura malandrín la hubiera despojado del coro. No sé si ayudó a poner orden entre mis recuerdos y la realidad el magnífico picoteo en la terraza del Portalón, lo cierto es que hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto y en un sitio tan evocador y extraordinario. El tiempo y las gentes introducen cambios, pero lo fundamental permanece y creo que la iglesia de Roa da buen ejemplo de ello. En la colegiata primero fue  el románico, luego el gótico, más tarde lo renacentista, una superposición arquitectónica que sintetiza cómo adaptarse a los cambios y seguir siendo la misma. Primero colegiata y luego rebajada con un insultante ex- a parroquia rasa, pero ahí seguía tersa y señorial. Tomé buena nota de que el tiempo y sus avatares no tienen por qué cambiar la esencia.

Agosto de 2019. Plaza Mayor de Roa.

Agosto de 2019. Plaza Mayor de Roa.

Me fui de Roa satisfecho pensando que bien están los recuerdos en un cajón para abrirlo cuando lo necesites, como bien está disfrutar lo que de bueno tiene la Roa actual y la de siempre. Y si quieres que todo fluya acompasado, sin estridencias, nada mejor que una noche de Agosto, a ser posible en vísperas de San Roque, en el escenario magnífico de la plaza mayor de Roa con su colegiata eterna al fondo y los niños proyectando sobre su fachada sombras chinescas al corretear por el atrio, tal como hacía yo hace sesenta y cinco años. Hasta siempre Roa, sé cómo se te ve ahora pero me vuelvo con mis recuerdos intactos.

Por supuesto, no olvidé llevarme una torta de aceite bajo el brazo. ¿Se puede pedir más a un viaje al pasado?

Imágenes tomadas de: todocoleccion.net, wikipedia.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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En primera línea (la obsolescencia de los cuerpos)

2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza. 2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza.

 

Hace dos días recogí de casa de mi madre los recuerdos personales que me habían correspondido: un original mecanografiado de La sonrisa de la fortuna novela con correcciones a mano de mi padre, su muestrario de anzuelos y secretos para la pesca de la trucha, una foto de mis padres y algunas más del álbum familiar donde aparezco yo o alguien de mi propia familia, dos tomos de Historia de las cruzadas de J.F. Michaud con bonitas ilustraciones de Gustavo Doré y un bolsito bandolera de ganchillo que había sido de mi madre. Era la última vez que estaba en la casa de mis padres en Madrid donde había vivido solo unos cuantos meses allá por 1968 y visitado bastante a menudo a mi madre durante sus últimos años de vida.

Mi madre había muerto dos años y medio antes, pero ahí estaba todavía la casa como un nexo que me unía materialmente a mis padres, como si aún no se hubiera producido el adiós definitivo. Ahora sí, ya solo quedan sus recuerdos y las pocas cosas suyas que mencioné. Los hilos materiales que me unían con la historia de mis orígenes se han cortado definitivamente con esta última visita a la casa paterna. Solo recuerdos y sus cenizas en sendas urnas en Vegarienza, en el cementerio de Castriello, en la ladera de Santa Colomba que ni es solano ni avesedo, pegadito al arroyo que huele a menta por cuyo cauce escurren las aguas que manan de las tierras ferruginosas de las llamas donde tantas tardes pastoreé las vacas de mis abuelos (ver las Llamas de Castriello y La estampa). Ahora sí fui mucho más consciente que cuando mi madre murió de que yo ocupaba la primerísima fila de los que, inexorablemente, seremos llamados al ajuste final de este tránsito corpóreo (valle de lágrimas decía mi abuela Honorina) que es la vida.

En Castriello descansan también, en la tierra al estilo tradicional, mis abuelos y bisabuelos maternos y seguramente algún antepasado más de la rama González y García. Cuando a mi madre le dio por pensar dónde quería estar cuando se le acabase el tiempo, ya no había espacio en el suelo de aquel modesto cementerio omañés colmatado de cristianos más o menos rezadores. Modesto pero tan antiguo como la misma Omaña. La falta de espacio para tanto muerto se resolvió al modo en que lo solían hacer los invasores romanos del valle del Omaña, añadiendo un columbario con unos cuantos nichos (palabra horrorosa donde las haya) mortuorios que destacan sobre el yerbazal de las tumbas. Mirando al cementerio y más concretamente al columbario donde ya estaban las cenizas de mi padre, en el verano de 2016 y tras rezar un padrenuestro mi madre musitó emocionada “Que nos reunamos todos en una vida mejor” en lo que me pareció la expresión de un deseo intenso, anhelado, cinco meses antes de dejar esta vida que ya se le estaba haciendo demasiado larga.

Entre lo que nos dejó había unos papeles manuscritos que decían que mi madre era propietaria de uno de estos nichos y un notario de Madrid ha anotado en sus protocolos que yo soy dueño junto a mis hermanas de semejante aposento para la eternidad. No conozco a nadie capaz de llevar la contraria a un notario. Yo desde luego no lo haré, así que allí me llevarán cuando llegue el momento si los que me sobrevivan atienden mis deseos.

No sé a qué edad comenzó mi madre a preocuparse por estas cosas que a los de la siguiente generación nos hacía sonreír condescendientemente, pero el tiempo pasa para todos y forzosamente tengo que agradecerle que pensara con tiempo suficiente en algo tan obvio como dónde acomodarse para los restos, dónde estar sin molestar a los vivos. Porque hace tiempo que siento los efectos de la obsolescencia escrita en los defectuosos genes que me han tocado en suerte, de los que sin duda son responsables involuntarios unos cuantos de mis antepasados con los que un día compartiré espacio en el cementerio de Castriello. He sido, soy todavía, el trasunto de lo que ellos fueron, de lo que llevaban escrito de forma indeleble en su ADN fruto de tantas vidas entrecruzadas durante siglos y que ha cristalizado con mejor o peor fortuna en individualidades concretas como yo mismo.

Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello. Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello.

 

Ha hecho fortuna la expresión obsolescencia programada aplicada a los electrodomésticos y otras máquinas que usamos a diario, pero a fuerza de percances de salud, aparentemente sin relación alguna con mi estilo de vida, cada vez estoy más convencido de que somos nosotros los que tenemos bien escrito en los genes, con tinta invisible a simple vista, la fecha de caducidad de nuestros cuerpos. Los cirujanos van extendiéndonos prórrogas a esta fecha de caducidad, pero finalmente la obsolescencia nos alcanza de forma inexorable. Da igual que hayas sido alto o bajo, ocurrente o aburrido, valiente o cobardón.

Por eso mismo le estoy agradecido a mi madre por ocuparse sabiamente de dónde dejar su propia obsolescencia y, de paso, la mía. Y qué mejor sitio que el cementerio de Castriello, donde aún cantan las ranas en el arroyo y los saltamontes despliegan sus esplendorosos élitros del mismo azul que el ala de los grajos que se oyen entre los chopos del cercano río Omaña; donde por las tardes se siente el alivio de la sombra que proyecta Santa Colomba cuando ya se hace inaguantable la solanera con que el sol aprieta desde bien temprano en las mañanas de verano o dónde en invierno se agradece el solecito mañanero que atempera la tiritona de la helada nocturna, porque habrá que ver cómo se siente el frío y el calor cuando en vez de huesos y carne se sea solo polvo o ceniza.

Polvo o ceniza. Hasta la época de mis abuelos era cierto lo que decía el sacerdote cada Miércoles de Ceniza mientras nos ponía una pizca de ceniza en la frente, “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás), frasecita que nos helaba el alma y que a mí me sugería con desagrado el roer de los gusanos reciclando la carne en tierra vegetal, en polvo. Ahora que ya salimos reducidos a ceniza desde la capilla mortuoria, sin gusanos de por medio, no sé si habrán tenido que cambiar este recordatorio que nos decía a las claras que éramos muy poca cosa. Y así es, hay que admitirlo.

A medida que te haces mayor hay que ser consciente de que las leyes de la probabilidad van dejando de ser neutrales, que la cara y la cruz de la moneda no pesan estadísticamente lo mismo. En los próximos días se lanzará de nuevo mi moneda, que tantas veces ha salido cara, y veremos qué sucede.

Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho. Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho.

 

Si sale cruz, mi familia tendrá que encargar una plaquita con mi nombre y pegarla en la losa de mármol negro que cubre el nicho de la familia García de la Calzada, tan pulido que en él se reflejan los robles y escobas de la ladera de enfrente que recuerdo servían de refugio a las vacas que moscaban en las tardes de verano cuando yo las llevaba a las llamas de Castriello, el paraje donde fui feliz de chaval.

No se me ocurre un sitio mejor para esperar que se desperecen los cuerpos cuando suenen las trompetas del Juicio Final en que creían muchos de los residentes del cementerio de Castriello. Y para los descreídos sólo quedará sentir como nuestras cenizas se esponchan o acurrucan según haga calor o hiele, mientras se oye el manso discurrir del arroyo de Castriello entre juncos y matas de menta. El mundo seguirá dando vueltas y en unos cuantos años los hoy jóvenes de mi familia serán candidatos también a residir en Castriello o, si lo prefieren, a la sombra de las hortensias familiares.

17 de Junio de 2017, en vísperas.

La moneda salió cara, otra vez. Aunque algo desvaída por una maldita e inesperada FA.

22 de Junio de 2017.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los zapatos prodigiosos (ahora que todo es plástico)

Plástico.

Si vives en un pueblo, aunque sea grande y pujante como era Villablino, ir de compras a Ponferrada era una experiencia excitante, pero peligrosa si eras un poco palurdo. Cuando aún casi no habíamos oído hablar del plástico y el calzado era basicamente de cuero, recuerdo que el dependiente de una zapatería me mostró una especie de mocasines de cuero de becerro, tan peculiares que de la suela sobresalían un par de milímetros unos tacos circulares de un material desconocido para mí. El dependiente me explicó que entre la suela exterior y la interior había una lámina de nylon con tacos redondos, que era con los que se pisaba en el suelo y que aportaban un buen agarre y durabilidad. Para qué quería yo oír más. Cuando los probé y me sentí cómodo, dije que me los envolviera pensando ya en cómo aquellos mocasines con unos mini tacos parecidos a los de las botas de fútbol me harían sentir diferente entre los amigos.

Cuando se los enseñé todo ufano al zapatero Rouco, que había puesto muchas medias suelas de cuero a los zapatos de toda la familia, dijo que eran muy bonitos mientras esbozaba una enigmática sonrisa. Efectivamente eran muy ligeros y cómodos y con las primeras nieves me permitieron destacar como el patinador más rápido sobre los resbalitos que hacíamos en la nieve recién caída y ya helada. Cuando la nieve se convirtió en un bochinche de nieve y agua, mis zapatos, cumbre tecnológica zapateril, se convirtieron en barcas de tanta agua como traspasaba la suela a través de los orificios de los tacos. Al llegar a casa los puse a secar al lado de la estufa de carbón, convencido de que seguramente el vendedor olvidó advertirme que eran zapatos de secano. Un completo desastre en una época en que solo teníamos un par de zapatos. Cuando supuse que ya habrían secado me acerqué a la estufa con aprehensión y encontré dos cosas retorcidas y acartonadas, orladas de las manchas blancas que deja la humedad en el cuero, y no pude por menos que recordar la sonrisa de Rouco que seguramente fue más condescendiente que enigmática. Nunca más me senté en un corrillo de amigos mostrando, como sin querer, las suelas de aquellos zapatos vanguardistas que parecían anunciar que Rouco el zapatero tendría que sustituir el cuero de vaca por el plástico. Juré que en adelante sería más precavido con mi debilidad hacía las vanguardias tecnológicas, pero vez tras vez he sucumbido a la tentación con resultados tan desastrosos como los de estos zapatos innovadores a los que yo fiaba mi prestigio entre los amigos.

Yo, que voy para muy viejo, viví cuando aún no había plástico. Casi todo se construía con materiales tradicionales como madera, piedra, barro, cuero, esparto, mimbres, algodón, hojalata, hierro, vidrio y cosas parecidas que proporcionaba la naturaleza sin intervención de la química o la física cuántica. Tímidamente, en aquellos teléfonos negros de disco, empezó a usarse un material sintético, moldeable pero rígido y muy frágil, que se llamaba bakelita. De repente, en 1957, los satélites rusos Sputnik comenzaron a orbitar la Tierra, los americanos llegaron a la Luna y empezamos a oír hablar del silicio y de un sin número de materiales sintéticos que lo cambiarían todo. Como el plástico, que valía para casi todo y culpable en parte de mi desastrosa experiencia zapateril.

Menos de sesenta años después de aquellos minúsculos tacos de naylon de mis zapatos, todo el planeta está inundado de plástico. Muchas aves y especies marinas mueren al ingerir deshechos plásticos y mecido por las ondas del Pacífico hay un continente de plástico cuyos bordes, si no deja de crecer, llegarán pronto a las playas de California. Y ahora dicen que nos estamos bebiendo el plástico en forma de micro partículas en las más finas aguas de mesa, de manera que el plástico con el que lo hemos enmerdado todo comienza a colonizarnos por dentro. Lo más parecido a morir de éxito. El éxito del plástico. El mismo éxito del que mea más alto, aunque sea a costa de ensuciarse con su propia orina.

Si te compras un coche de cincuenta mil euros que conduce solo y donde todo es lujo y tecnología, lo primero que llama la atención entre tanto aparato sofisticado es alguna pequeña incrustación de un material precioso en el salpicadero o en los asideros de las puertas, que seguramente estarán forrados de cuero como signo de distinción. Son incrustaciones minúsculas, como las joyas, finamente pulidas y recubiertas de un barniz que parece ámbar y que realzan la sensación de exclusividad del vehículo. Es madera. Madera y cuero, el mismo cuero que Rouco el zapatero empleaba en sus reparaciones, símbolos de sofisticación. Pero ahora a precio de oro.

Imagen tomada de: cronista.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Jirones XX. Garabatos mentales

Autor: FEDE GARCÍA 12 de Mayo de 2019

Villablino 2018. Lavadero de carbón cerca del río Sil.

Tras un cierto tiempo, desde el 9 de abril del pasado año 2018, se abre la puerta del interés personal a fin de continuar, esta especie de: monográfico a la intemperie de los hilvanes que dieron cuerpo a la niñez y adolescencia de un niño rubio – hoy adulto avanzado – al que le apodaban en “Las Colominas” FedeEl Rubiajo”. Se han olvidado en el calendario – 398 oportunidades de dar continuidad a esta especie de ¿revalida de la memoria…? que, puede incluir, algún garabato mental, producto de las neblinas que la lejanía del tiempo añade al repaso voluntario de septiembre-otoñal. Razones involuntarias y acontecimientos sobrevenidos, lograron silenciar de modo temporal la pluma, el palillero y la tinta “Waterman” de Fede – (sistema analógico de escritura en vías de extinción radical) –  a manos de las nuevas tecnologías, que no manchan los dedos de tinta, ni emborronan las cuartillas amarillas con restos de paja.

Estas visitas – recordatorio – a la memoria escondida, se volvieron a reactivar, tras una visita relámpago a Villablino con la familia, hace escaso tiempo. Apenas, unas semanas, nada más. Tiempo suficiente para re-andar unos caminos, unas veredas, y unas circunstancias que encajaron pieza a pieza el puzle de la imaginación, salvo algún imponderable irreparable que la realidad del devenir impone.

Pude comprobar el asesinato de las vegas y los prados, camino del puente de Hierro, para ir a las pozas de baño: “El Largo”… “La Concha”… etc, a  manos de un monstruo enorme de hierro y hormigón que había impuesto sus cimientos sobre unos prados, siempre verdes, con amapolas y margaritas sembradas a voleo. Habían sido esos prados el sustento de un ganado específico, y también, el tablero de juegos tras las siegas de verano, de unos niños y niñas – casi todos de “Las Colominas”, que se aventuraban a colonizar de modo temporal los mismos.

Ese monstruo colosal – hoy, en silencio – es una especie de esfinge frustrada en honor al horror del progreso al minuto. Sus desechos, por miles de toneladas – habían sido depositados a pie de ribera del siempre altivo Río Sil. Habían rellenado las graveras que la paciencia del rio en millones de años había construido, sin quejarse. El paso por la “Concha”, seguía siendo el mismo: estrecho, ondulado, peligroso, y la playa-rocosa a la altura de “El Molinón”, era una especie de espacio natural – sin proteger – adornado por las hierbas y flores, que habían hecho fortuna entre las rendijas y las entretelas de las rocas. El silencio dominante – ningún lacianiego, ni guaje, ni adulto, con caña o sin ella, perturbaba la melodía de fondo de las aguas – casi bravas – en su camino hacia el abrevadero reventón de la presa de “Las Rozas”.

Esa vereda – casi clandestina – porque, para ser paseada, es necesario hacerlo con cayado de boj, o vara de avellano verde, dispone de un pequeño y casi oculto acceso a la altura del hoy – extinto – puente colgante de las aguas potables de hace unas décadas, en la bajada del camino de “La Muela”. Camino, casi motorizado, aunque, aún se mantiene, el acceso natural a “La Muela”, por el sendero de cabras, que cruza el robledal, hasta el Castro, paralelo al arroyo que desciende desde el Nevadin.

Allí, se puede comprobar, como los artilugios mecánicos de traslado, de la reposición de los residuos impertinentes del “Carbón-negro antracita”, han sido depositados – capa a capa – como si de un rascacielos inverso se tratara, por decenas de miles de toneladas, y sin, por otra parte, disponer de Plan-B alguno de emergencia ambiental, ni presente ni futuro, por si Don Gildo, levantara la cabeza. Una pena. Pero, a la vez, una desgracia más, que ha pasado factura sin derecho a devolución, en cuanto al resarcimiento efectivo y la correspondiente reposición de los prados en su esplendor  milenario ya desaparecido.

Los sopletes ya habían desmontado, alguna parte del espinazo del ascensor de residuos industriales contaminantes. Allá estaban, volteados, oxidados, quizá a la espera, de que algún responsable, o empresa, o vaya usted a saber quién, los facture a la Fundición Auxiliar más próxima, sin explicaciones, por el momento.

Villablino 2018. Antiguas escuelas graduadas.

En otros momentos, en los paseos hacia el abismo de la memoria, alcancé y alcanzamos, por dos vías, las escaleras de piedra de acceso bilateral a las antiguas Escuelas Graduadas, en la carretera a San Miguel y Villager, y por la ronda/calle, hoy asfaltada, desde la Plaza de Villablino al Extinto- Cine Muxiven y a las Escuelas. En ambas vías, la “Suerte estaba echada”. Los patios de juego y expansión de las Escuelas Siamesas (Niños y Niñas) juntos, pero no revueltos, habían sido ajardinados sin demasiado esmero. Por tanto, se había acabado el griterío de tumulto imparable en las salidas al recreo y al finalizar las clases mañana y tarde. Un silencio catastrófico era el rey del tiempo.

Ni resbalones, ni empujones, ni meriendas volando, ni juegos naturales, ni tablet, ni smartphone inoportunos y alienantes. Se acabó, el yo soy el primero, porque me da la gana y además te puedo… recurso inapelable del más broncas de la clase, que siempre se arrugaba, ante otros de menor edad, que podían hacerle frente, y además, no le chivaban los deberes o las preguntas del So-Maestro.

Los colores de las Escuelas – su pintura – las paredes, habían sido restañadas en alguna ocasión. No demasiadas. El interior de las aulas estaba arrasado, como si hubiera pasado un ciclón natural. Algún pupitre volcado, y algún mapa desvencijado. Ruina, en definitiva. Abandono programado y desidia municipal en estado de insolvencia mental.

Villablino 2018. Antiguo cine Muxivén.

Respecto del Extinto-Cine Muxiven, había pasado de ser el centro de culto del paisanaje de Villablino, los sábados/noche, los domingos sesiones primera tarde/menores y tarde/noche, adultos, con películas muy al día del momento: Reestrenos, casi siempre, habiendo pasado previamente, por el Visto/Bueno, de Don Gildo. Cine – ruinas de cine – sellado a cal y canto, como un simple sarcófago, tal y como confirmó la vecina de enfrente. El cine Muxiven, había sido sacrificado para siempre, en su versión previa. Quedaban los ojos ovalados de respiración interior –siempre abiertos – como espantados de que su fin era irreversible – Dan la impresión de que no aceptan el veredicto de un sacrificio cultural ya añejo y olvidado. Quizá, alguna promotora, o entidad pública, se atreva a rehabilitar una ruina que enriquezca la memoria colectiva. A saber…

Autor fotografías: Fede García González

Una ventana en la memoria (viejas neuronas de juventud)

Villablino, plaza del Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Tras seis años exprimiendo una memoria ya exhausta y con miedo a repetirme, este blog había entrado en una etapa casi vegetativa con escasa publicación que, además, yo percibía cada vez menos original, menos intensa. Seguía habiendo visitas pero sin que yo tuviera constancia de si eran lectores ocasionales o visitantes con la intención expresa de buscar los contenidos del blog. De repente, en Marzo y Abril de 2019, he visto una actividad inusitada de lectores que recorrían de forma compulsiva una entrada tras otra los post de Villablino y de Omaña. Este autor del blog no cabía en sí de satisfacción, claro.

Durante la Semana Santa, la actividad lectora se incrementó aún más e incluso los visitantes empezaron a interactuar con sus comentarios, el summum. Primero fue Lucas Losada González, de Cuevas del Sil y condiscípulo mío en segundo de bachillerato en la Academia Carrasconte de Villablino, sorprendido de que le citase en Buscando a doña Urraca. Faltaba más Lucas, destacabas mucho sobre los demás. Luego fue Manuel Lema Pose que había estado recientemente en Villablino y me aclaró en un comentario los nombres del pie de foto de los alumnos de cuarto de bachillerato. Gracias Manolo. Estaba claro que eran mis contemporáneos.

Ayer, mientras estaba atento al debate de los candidatos a presidir España, me llegó un correo de Manuel Tercero, un nombre que no me decía nada. Abrí la primera foto anexa, con ese precioso tono sepia de las instantáneas antiguas, y quedé en shock, ajeno a las mentiras de nuestros próceres en televisión. Fue como abrir una ventana al pasado, al Villablino de alrededor de mil novecientos sesenta. Era el pasado que me interpelaba. Parece una cursilada, pero así fue.

Allí estaban Armando, Pose, Santiago el de La Moderna, Manso a los que conocí y reconocí de inmediato y también Tino y José Luis que me eran muy familiares aunque no recordaba ni su nombre ni mi relación con ellos. Seguramente Piti el fotógrafo pasó por allí y, como tantas veces, al grupo de reunidos le pareció oportuno hacerse una foto sin motivo alguno especial, solo por el placer que proporcionaba la espera para ver cómo de bien habían quedado en la foto, que pagarían a escote cuando Piti la hubiera revelado. Había que aprovechar que estaban vestidos de domingo y que no había mucho más que hacer, un día lluvioso de invierno, quizá reunidos allí sin más objetivo común que resguardarse de la lluvia o intentar adivinar de qué iba la película a partir de unos pocos fotogramas que se exponían protegidos por una tela metálica de gallinero, entre la tienda de periódicos de Baquero y la frutería de la madre de mi amigo Tinito. ¿Cuántas veces habría hecho yo lo mismo? Lo mismo era pedir a Piti que nos tirara una foto porque sí o preguntarse ante la cartelera si la película merecería la pena o ponerme a cubierto en aquellos tediosos y lluviosos días de invierno. Fue como verme a mí mismo en aquel mismo sitio sesenta años atrás, con vestimenta similar, peinado parecido e igual de desocupado que ellos. Vamos, como si me hubiera subido a la máquina del tiempo. En la imagen todos miran a cámara salvo Armando que parece ignorar al fotógrafo, pero no es casual. En todas las fotos suyas de la época que conozco adopta la misma posición ladeada para ofrecer su perfil más favorecedor. No en vano era el Danny Zuko del pueblo, el mejor tupé de la comarca y jefe de la cuadrilla T-Birds de Villablino. Si la historia de Grease hubiera transcurrido en Villablino, Armando le habría birlado la chica al mismísimo Travolta.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil.
Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta.
De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

La foto siguiente también me sacudió interiormente. Allí estaba la cara más que risueña del cura don Urbano, que tantas veces nos habló en la Academia Carrasconte de las fabulosas historias de la Biblia (ver Mane, Tecel, Fares), con un tono muy alejado del amenazante de don Gildo (ver Don Gildo y don Veribaldo), el interventor de nuestras almas que veía en cada uno de nosotros un firme candidato al Infierno. Sus sempiternas gafas oscuras, casi de ciego, no consiguen anular su aura optimista y de buena persona. Espero que me haya perdonado el calentón que le dimos a su moto (ver La Guzzi de don Urbano) en el campo de fútbol de Sierra Pambley intentando emular a Luisma el de la gasolinera. Si algún día me lo reprochara, diría en mi descargo que su hermano Mauro no nos lo puso nada difícil, más bien al contrario. Seguramente en la Guzzi se desplazaba a Villarino del Sil (creo que antes era del Escobio), escenario de la foto con el fondo del angosto valle del Sil tras haberse engullido las aguas del río de Los Bayos y Caboalles. Todas las caras me resultan familiares y reconocibles como los del curso siguiente, con un trato distante como correspondía al estatus que un año más aportaba. Algún percance académico de Felipe hizo que coincidiéramos en algún curso posterior. Con quien más me relacioné fue con Javier Martínez Cuadrado, el bailarín más estrambótico de nuestros guateques (ver Coplillas de ciego), sobre todo cuando los dos fuimos los únicos de la Academia Carrasconte en hacer Preuniversitario en León. Algunas tardes venía a estudiar conmigo a mi casa de Ramiro Valbuena. Luego le perdí la pista.

1959 Villablino, campo de fútbol de Sierra Pambley. Tradicional partido entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte el día de Santo Tomás de Aquino.
Equipo de la Academia. De pie por la izquierda: Conrado, Manolo “El Babiano”, Julio Martínez Pestaña, Manuel Lema Pose,  Ángel Valencia López y Alfredo González Chimeno.  Agachados: Tino, Quique Fdez Llanos, Armando López Suárez, Agustín Cosmen de Lama y ¿?.

El escenario de la última foto que Manuel Tercero sitúa en 1959 es el campo de fútbol de Sierra Pambley, el único que conozco con dos pendientes. Una transversal cayendo hacia el valle del Sil y otra longitudinal que descendía en dirección a Rioscuro, lo que seguramente hacía muy difícil discernir cuál de las dos porterías era más ventajosa. Pero con todo podía la juventud de aquellos futbolistas y la rivalidad entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte que alcanzaba su clímax cada festividad de Santo Tomás de Aquino. De la Academia son los aguerridos futbolistas de la foto, que pone en evidencia que el material deportivo era escaso pues no había camisetas para todos, los calzones se los había traído cada cual de su casa y Manolo, “El Babiano”, tuvo que oficiar de portero con su pantalón de pana de diario y jersey de lana. Unos con botas de fútbol, otros con zapatos normales y hasta con deportivas. Un revoltijo de futbolistas de varios cursos. De mi curso eran Conrado, Manolo, Armando con los que conviví largas horas en clase y Agustín que, además, era amigo de los de a todas horas. Con los de los otros cursos compartí aula forzosamente pues era usual que en la misma hubiera un curso con un profesor dando clase y vigilando al otro curso mientras estudiaba. Eran situaciones en las que la última fila del curso que daba clase era fronteriza con la primera del otro curso y propiciaba la confraternización entre distintos y a veces la aparición de conflictos. Recuerdo haber coincidido en ocasiones con Chimeno que me enseñaba orgulloso su reloj Bulova y algunas veces compartí con él largos castigos arrodillados en el pasillo central, casi en penumbra, de la planta alta, para purgar alguna indisciplina colectiva. Con nuestros culos jóvenes aposentados en las duras piedras de la tapia, esperábamos impacientes a que el fotógrafo disparase la foto, pero debía tener alguna dificultad con el encuadre porque Armando, que está encajado entre dos compañeros que le dificultan ponerse de perfil como en todas sus fotos, no para de forzar el cuello intentando salir por su lado bueno. El duro Danny Zuko no baja la guardia nunca.

Manuel Tercero resultó ser Manuel Lema Pose y sus tres magníficas fotos un formidable motivo para recordar cosas que aparentemente había olvidado, pero que alguna vieja neurona mantenía latentes a la espera del estímulo adecuado. Gracias Manuel por tus fotos, que resumen muy bien cómo éramos.

Imágenes gentileza de Manuel Lema Pose.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La ensaimada (carita de ángel)

1957. Jugando al fútbol. Autor, Ramón Masats.

Igual que pasó con otros hermanos, en un par de ocasiones viví fuera de casa de mis padres para aliviar las apreturas de una familia tan numerosa.

En la primera viví junto a un hermano una temporada con los abuelos en Vegarienza, un escenario de lo más habitual para nosotros. Después de la escuela nos entreteníamos ayudando a Humberto en la obra para poner agua corriente en la casa. En la despensa donde una vez entró una culebra a comerse las natillas y otras exquisiteces (ver La Culebra) estaban haciendo un cuarto de baño enorme con bañera y todo, lo que me obligó a elaborar múltiples disculpas anti baño para tener a mano porque a mí me gustaba lavarme como los gatos en la palangana de porcelana gastando la menos agua posible pues era yo el responsable de traerla del río. Jabón tampoco gastaba mucho pues creía que me iba mal para el cutis. Pero la cosa pintaba mal. Con agua del pozo se llenaría un depósito en el desván que se calentaría en el calderín de la cocina de leña, con lo que seguro que a la abuela se le ocurriría que los niños teníamos que bañarnos enteros de vez en cuando. Yo estaba asustado. Con lo a gusto que estaba llevando la misma ropa puesta más de dos semanas, porque cada vez que tenía que ponérmela limpia me daba un escalofrío y tardaba un par de días en volver a estar confortable.

Para distraernos de los malos tiempos que podría traer tanta limpieza, cuando el abuelo y Humberto se descuidaban nos dedicábamos a hacer el cabra subidos a las vigas que habían colocado para sostener el piso de baldosas, la bañera y otros elementos asquerosamente blancos. Hacíamos equilibrio caminando sobre las vigas con los brazos extendidos intentando no mirar al suelo de cemento tres metros más abajo y dando giros inverosímiles al llegar a la pared, compitiendo por ser el más rápido. Una vez que mi hermano iba ganando y estaba más pendiente de mirarme con guasa que de ver donde pisaba, al girar resbaló en el borde de la viga y dando un grito se precipitó al piso de abajo chocando con un ruido sordo, como de trapo. Asustado al oírle gritar me descolgué hasta donde estaba caído al tiempo que la abuela salía de la cocina alarmada por los gritos que estaban más que justificados porque se había roto la clavícula. Aquel episodio evidenció que yo era un inconsciente y que dos éramos demasiado para los abuelos que estaban muy mayores y a mí me mandaron con mis padres.

No sé si esta travesura acentuó mi aura de inquieto e incrementó mis opciones a candidato para una nueva ausencia más prolongada y azarosa. Casi un exilio. Mi padre había estudiado con los salesianos y tenía allí un amigo responsable de reclutar chavales que de mayores irían con faldas por la calle. Entrar en el internado suponía años de educación de cierta calidad, un plato asegurado y todo gratis, lo que no era un asunto desdeñable. Llegar a ponerse faldas era cosa de cada uno, no era obligatorio. O ponérselas en el noviciado y salir zumbando cuando aún era tiempo. Entretanto, la consigna era estudiar, poner cara de santo y rezar algo.

No sé cómo mis padres nos vendieron el asunto a mí y al hermano que me precedía, el caso es que recibimos la visita del amigo de mi padre, todo zalamero y sonriente, que quedó muy bien impresionado de nuestra carita de santos, de lo modositos que parecíamos y lo dispuestos que estábamos a redimir negritos, amarillitos o indios apaches en las misiones. Hasta entonces aquellas razas exóticas solo habían sido objeto de nuestra atención cuando en la parroquia o en la Academia Carrasconte nos daban unas huchas para pedir dinero para el Domund. Tenían forma de cabeza, cabezón más bien y tirando tan a gorditos que nunca me pareció que pasaran hambre u otras necesidades, con una raja para las monedas encima de la cabeza.

Quedó decidido que a finales del verano nos iríamos los dos a un internado en Galicia. Mi madre desempolvó una maleta de cartón y le hizo una funda de mahón azul que se cerraba con botones todo alrededor. En verano empezó a preparar las mudas y la ropa necesaria que sus hermanas ayudaron a bordar con los nombres de interfecto1 e interfecto2 y que fue colocando en dos montones dentro de la maleta. Yo no sabía cómo me había dejado embaucar pero, por si acaso, aquel verano fui el más trasto de todos los hermanos, en un ansia inagotable por apurar los últimos días antes de subsumirme en un mundo solo para hombres que no me agradaba.

Mi padre nos llevó a Ponferrada donde nos juntamos con otros grupos de pobrecillos como nosotros, en una amplia operación logística que me recordó a cómo en Vegarienza reunían las ovejas de cada casa para que el pastor se las llevase juntas al monte. Y como ovejas, tristes y preocupados, subimos al tren con destino a un pueblo marinero de la ría de Arousa. En el tren conocí a Perico que sería compañero de confidencias y peripecias. Nos bajamos en Cambados a primera hora de la mañana, todos legañosos y sucios, llevando la maleta entre los dos hermanos, una mano de cada uno en el asa, y caminando a trompicones.

1975 Internado salesiano en Galicia. Don Bosco y María Auxiliadora. Huchas Domund.

El colegio era de piedra, enorme, con muchas ventanas y rematado por la estatua protectora de María Auxiliadora. Entre la capilla y las viñas de albariño había un campo de recreo donde hacíamos gimnasia y jugábamos al fútbol. Aún no había empezado el curso pero enseguida comenzaron con el ablandamiento mental. Que si la vida ejemplar de Don Bosco, que había que ser devotos de María Auxiliadora, que había que estudiar y rezar mucho y que si tal y que si cual. A mí me entraba un sueño insuperable en aquellas charlas y menos mal que Perico y yo nos entendíamos bien y nos turnábamos para que mientras uno estaba atento el otro pudiera dormitar discretamente, pues un oportuno codazo le despertaría si era necesario. Aprendí a dormirme en cualquier postura y lugar como se verá más adelante.

Apenas salíamos del colegio y cuando lo hacíamos era muy difícil despistarse pues íbamos en fila de a dos y con los frailes vigilándonos de trecho en trecho. Siempre tuve la sensación de que la gente nos miraba como a bichos raros. A veces nos llevaban a la playa y aprovechábamos para mirar con ojos ávidos lo que nos faltaba en el colegio, las chavalas. A la vuelta de cada paseo me preguntaba qué era lo que se me había perdido allí, que yo no tenía madera de misionero. El próximo verano tendría que decir a mis padres que no quería seguir para cura.

En verano nos daban quince días de vacaciones, plazo calculado para que no nos disipáramos y perdurase el efecto de las últimas sesiones de lavado de cerebro. Que si teníamos que rezar, que si la castidad, que si la obediencia. Ya en Vegarienza yo me desfogaba a tope y le repetía a mi madre que no quería volver, pero ella siempre me convencía de que tenía que seguir estudiando y que más tarde ya veríamos. Aprovechábamos que toda la familia estaba junta para hacer las fotos del carnet de familia numerosa y vuelta a meter las mudas repasadas en la maleta y regresar al mundo de los pensamientos elevados y realidades rampantes. Se habla mucho de la morriña de los gallegos cuando están lejos de su tierra, pero a nadie le preocupaba la añoranza de Omaña y de la propia familia de los que estábamos en Galicia contra nuestro deseo. Allí me formaban para ser misionero y yo lo que quería era ser ingeniero. Tendría que estudiar, que era lo importante, y fingir en lo demás.

A fingir ayudaba que yo tenía carita de bueno, casi de angelito, tanto que tuve mi momento de gloría cuando eligieron una foto mía para la portada de una revista que editaban cada dos meses para enviar a padres y antiguos alumnos. Me pavoneé durante un tiempo delante de los compañeros, pero al poco todo siguió igual. Levantarse temprano, ir a misa, estudiar, comer no demasiado, mucho deporte para que estuviéramos bien desfogados y más rosario y mucho Don Bosco y acostarse pronto. Menos mal que había una red de distribución de tebeos que nos hacía la noche más llevadera e incluso circulaba alguna revista con fotos de mujeres que cada poco intentaban requisar registrando los dormitorios.

En el comedor servían la comida mujeres bastante mayores vestidas de negro hasta el cuello y con delantal blanco, especialmente reclutadas para que la tentación de la carne, en sentido bíblico, no hiciera presa en nosotros. No entendíamos como Juani había superado el filtro de la selección. Tendría unos treinta y tantos y tan buen aspecto que ni siquiera la vestimenta negra era capaz de disimular su exhuberancia y buena raza que justificaba el sobrenombre de Pechodulce. Perico y yo salíamos zumbando de clase y nos apostábamos a la entrada del comedor para conseguir una plaza en las mesas que ella servía. Cuando lo conseguíamos nos quedábamos arrobados, como tontos de baba ante aquel prodigio de la naturaleza, esperando una sonrisa que cada cual interpretaba a su gusto y que algún botón mal abrochado permitiera ver más allá de lo que dejaba intuir el delantal, milagro que nunca sucedió.

A cambio de la dicha de ser servidos por Pechodulce no había que ser muy remilgado con la comida. Y es que la zona de influencia de Pechodulce estaba frente a la ventana que separaba el comedor de la cocina a través de la que veíamos como preparaban los platos antes de servirlos. Allí estaba un hermano lego que servía para todo. Era el jefe de los chivatos, el que controlaba en la sacristía a los monaguillos y allí ayudaba a preparar los platos. Cuando había filetes empanados o rusos los pasaba de la bandeja que traía la cocinera a los platos, cogiéndolos con los dedos y, como quemaban, los soltaba en nuestros platos mientras sacudía la mano y se chupaba los dedos antes de continuar el trasiego. Si alguno se caía al suelo lo recogía sin más y al plato. El día que no podíamos con el asco de comer filetes con sabor a chupao o porque creíamos que nos había tocado el que se había caído, por la tarde el rugir de tripas era insoportable. Si los monaguillos ya le odiábamos porque no nos dejaba beber las escurriduras de las vinajeras en la sacristía, una tarde entera acordándote a cada retortijón de tripas de cómo se relamía entre filete y filete hacía que alguno juráramos que algún día nos lo pagaría.

Para reforzar nuestra fe y convencernos de que fuera de la senda marcada no había futuro, nos sometían cada poco a ejercicios espirituales. Traían al internado verdaderos especialistas en hablar del infierno en medio de escenografías tenebrosas, penumbra y cirios encendidos, que conseguían que nos cagáramos de miedo por lo que nos iba a pasar si no éramos castos y rezábamos a todas horas. Ni me gustaban los ejercicios espirituales ni confesarme cada poco, y menos aun cuando confesaba el jefe de estudios que tantas broncas me echó en su despacho por mal comportamiento, mientras me trataba de usted. Cuando me arrodillaba en el confesionario, se inclinaba hacía adelante y adoptaba un tono convincente y asquerosamente tierno. Hasta me tuteaba mientras me preguntaba que cuántas veces. Yo me separaba todo lo posible, pero no podía evitar el cachete que me daba al decirme que me fuera en paz.

Cuando hacía un par de años que mi hermano se había marchado para el noviciado, última etapa en la emulación de Don Bosco y donde ya tenía que llevar sotana, me puse un poco nervioso y cada día se me hacía más urgente salir de allí antes de que fuera demasiado tarde. No me veía toda la vida vestido de negro y, conociéndome, me horrorizaba tener que comportarme las veinticuatro horas con la rectitud y dignidad que se esperaba de un religioso, siempre expuesto a que mis actos litúrgicos, docentes y hasta civiles, fueran observados atentamente por fieles, alumnos y superiores.

En semejante estado de ánimo dormía mal y, noche si y noche también, mis miedos afloraban en una pesadilla recurrente que se materializaba en la tonsura que me harían al ser ordenado. Un redondel pelado común a todos los religiosos que tendrían que recortarme periódicamente y a mí los peluqueros me disgustaban sobre manera. Lo peor de la pesadilla no era el peluquero vaciándome la coronilla, sino que en vez de pelo empezaba a crecerme yerbajos de todo tipo que yo tenía que cortar a cada poco. Trataba de ocultar aquel jardín con el bonete pero los vegetales crecían tan deprisa que tras un rato sin cortarlos, el bonete empezaba a levantarse por el empuje de las plantas y sentía cómo sus raíces se hundían dentro de mi cabeza. En los primeros sueños solo eran yerbajos pero a medida que se acercaba la fecha de ir al noviciado, los vegetales aumentaban de tamaño y hubo noches que me salían tomateras y berenjenas imposibles de disimular y sus raíces ahondaban en mi cabeza hasta a salir por las orejas. Durante el día me sorprendía tocándome insistentemente la coronilla, todavía intacta y con todo su pelo.

La esquizofrenia entre lo que quería ser y lo que sería si no conseguía salir del internado, afloraba en mi subconsciente cada noche. En cierto modo esta hiperactividad nocturna me ayudó a encontrar la solución.

Una noche, en vez de soñar con el huerto de mi coronilla, me vi ya ordenado y oficiando misa, muy preocupado por sentirme observado por los feligreses, ocurrió un percance muy afrentoso. Los dos monaguillos que me ayudaban a misa eran como yo mismo, aficionados al vino de consagrar e igual de golfos que yo lo había sido. Yo musitaba en latín los rezos del misal de espalda a los fieles y con los monaguillos arrodillados detrás de mí. A mis frases en voz alta tenían que contestar en latín pero pasaban de lo aprendido en el catecismo del padre Astete y alardeaban de creatividad y mala leche. Si yo decía Dominus boviscum, ellos contestaban con voz gangosa El vino que bebe Asunción insinuando mi afición al vino de consagrar. Si para disimular y que los fieles no se enterasen de tal insubordinación yo decía en voz más alta de lo normal y alargando tanto como podía Oreeeeemus, como si estuviera cantando gregoriano, los monaguillos irreverentes contestaban entre risas ni es blanco ni es tinto ni tiene color. Yo estaba seguro que aquellos desalmados se habían bebido algo más que las vinajeras antes de empezar la misa. La cosa empeoró cuando tenían que levantarme ligeramente la casulla por detrás y cogiendo el borde del alba me la subieron hasta la cintura para que todos los fieles me vieran los pantalones, con lo que al jolgorio de los monaguillos se añadió el de algunos fieles. Mi cabreo iba en aumento y decidido a darles un escarmiento, al volverme hacía los fieles para bendecirles y anunciar que la misa había acabado, giré impetuosamente con una pierna en alto para barrer de un patadón a aquellos hijos de mala madre, con tan mala fortuna que por el impulso rodé por los escalones del altar mientras los monaguillos, que habían esquivado mi furibundo ataque, retomaban la forma canónica de ayudar a misa y volviéndose hacia los fieles tocando la campanilla estruendosamente anunciaban de forma teatral Ite misa est y desternillándose de risa se dirigieron a la sacristía seguro que para amorrarse al garrafón de moscatel. Ningún feligrés hizo ademán de ayudarme y allí quedé muerto de vergüenza y echaba espumarajos por la boca jurando que mataría a los dos insumisos si conseguía rehacerme de la fenomenal costalada.

Desperté sudoroso y afectado porque la pesadilla era el trasunto de cómo tenía interiorizado cuales serían mis sensaciones en mi vida de fraile, pero no me quedó más remedio que admitir que los monaguillos de la pesadilla eran unos tíos salados y pistonudos, aunque me la hubieran jugado. Claro que como episodio onírico estaba bien, pero si algo parecido ocurriera en el internado aquellos dos tunantes no tardarían un minuto en ser expulsados. No tardarían un minuto en ser expulsados, repetí mientras me vestía deprisa para bajar al comedor. Acababa de intuir como podría bajarme en marcha de aquel tren que cada día me acercaba un poco más al noviciado.

Cuando me tocaba ayudar a misa, el día anterior acompañaba al hermano lego a la sacristía para preparar toda la parafernalia necesaria. En una ocasión que se acabó el vino de la botella de rellenar las vinajeras, vi cómo el hermano lego abría un armario donde guardaba un garrafón con vino de consagrar. Rellenó la botella y volvió a cerrar el armario-bodega. Yo estaba a lo mío pero la fortuna quiso que a través de un espejo viera guardar la llave detrás de un cuadro de Don Bosco que presidía la sacristía.

Empecé a pensar en cómo aprovechar aquel descubrimiento en beneficio propio. Se lo conté a Perico y planeamos darnos un atracón de moscatel cuando coincidiéramos los dos de sacristanes. Necesitaríamos un cómplice para alejar de la sacristía al hermano lego mientras nosotros perpetrábamos el latrocinio. Perico me contó que Manolo, que era de su mismo pueblo, necesitaba urgentemente que le echaran del internado porque tenía una medio novia cuyo recuerdo le hacía muy duro su ausencia del pueblo y estaba dispuesto a hacer una trastada lo suficientemente grande como para que le echaran. No le importaba pasarse el resto de su vida trabajando en la mina como su padre y sus hermanos. Era el tercer hombre que necesitábamos y los tres nos pusimos a maquinar un plan conjunto.

Ya había terminado el curso y nos habían entregado los libros de escolaridad con las notas y los diplomas a aquellos que el próximo curso entraríamos en el noviciado. Había que actuar de inmediato. La ceremonia de entrega había sido en el salón de actos con la solemnidad de todos los años, seguida de una merendola con patatas fritas, sándwiches y naranjada. Cuando terminó la ceremonia y simulando ayudar a retirarlo todo, me guardé debajo del jersey dos bandejas de cartón blanco que habían contenido los sándwiches y Perico dos botellas de Fanta. Guardé las bandejas debajo del colchón hasta que fueran necesarias.

Empezaba un período un poco tonto antes de las vacaciones de verano con más tiempo libre y alguna excursión, pero básicamente nos dedicábamos a jugar al fútbol y leer aunque no faltaban las charlas edificantes y preparatorias de la etapa del noviciado.

La semana antes de las vacaciones coincidimos Perico y yo de monaguillos y avisamos a Manolo para que estuviera preparado, pues no podíamos retrasarlo más. Después de la siesta nos ordenó el hermano lego que le acompañáramos a la sacristía para preparar las cosas de la misa del día siguiente. Estábamos recortando las obleas, preparando las vinajeras, repasando las velas y ordenando todo un poco, cuando por la ventana de la capilla oímos que empezaba el partido de fútbol de cada tarde y al exaltado Manolo dando voces, pidiendo que le pasaran el balón. Todo parecía estar en orden.

Perico y yo actuábamos con parsimonia esperando que Manolo hiciera lo convenido, cuando oímos un estrépito de cristales rotos porque un punterazo de Manolo había estrellado el balón contra la vidriera de colores que representaba a María Auxiliadora y cuyos trocitos regaron el suelo de la capilla, al lado del altar. El hermano lego salió como un tiro a la puerta de la sacristía y al ver el estropicio exclamó asustado

–       ¡ La Virgen ! – y salió despavorido hacía el campo de deportes como si se hubiera venido el mundo abajo. En el campo de deportes se había hecho un silencio total.

Con la misma rapidez que el hermano lego había abandonado la sacristía nos pusimos manos a la obra. Cogimos la llave de detrás del cuadro, abrimos el armario y llenamos las dos botellas de Fanta con el moscatel destinado a convertirse en sangre de Cristo. Habíamos planeado juntarnos los tres y pegarnos una fiesta pagana en algún sitio recogido. Cerramos el armario y pusimos la llave en su sitio. Mientras salía con su botella envuelta en papel de periódico, Perico me dijo que me diera prisa. Contesté que enseguida, que iba a terminar de recogerlo todo. Pero mis planes eran otros.

Manolo ya había hecho méritos suficientes para irse a casa y faltaba que yo hiciera lo propio. Me eché al morro la botella y el moscatel fresco y dulce me supo a gloría. Yo estaba acostumbrado a pequeños sorbos de las escurriduras de las vinajeras y no era muy consciente de que aquello era vino y que me la cogería si seguía con aquellos lingotazos. Mi plan era que cuando los frailes entraran a ver el destrozo de la vidriera me encontraran con las manos en la masa, bebiendo el vino robado. Salí de la sacristía para oír mejor lo que pasaba en el exterior y me acerqué al altar mientras empinaba la botella. Qué bueno estaba el vino y qué bien me sentaba, tan fresquito con el calor que hacía.

Al otro lado del hueco donde había estado la vidriera se oía una algarabía enorme. Los futbolistas explicaban vehementemente a los que llegaban cómo Manolo había metido un gol a la Virgen. Como el hermano lego había ido a buscar al jefe de estudios para que se hiciera cargo de la investigación y aplicara justicia, pensé que aquello podía ir para largo así que me senté en el altar y seguí refrescándome el gaznate. Balanceaba las piernas en el aire y me encontraba cada vez más alegre pensando en lo poco que me quedaba por estar allí. Ya me había bebido la mitad de la botella y temí que se me acabara el vino antes de que entraran los de la sotana. Ahora, además de las piernas, balanceaba los hombros y la cabeza y canturreaba la canción que los días de excursión cantábamos en el autobús

Para ser conductor de primera, de segunda, de terceeeeeera….
Para ser conductor de primera, acelera, aceleeeera…. (trago)
Hace falta ser buen bebedor
Con el vino se engrasan las bielas, acelera, aceleeeera…. (trago)
Y se toman las curvas mejor (trago, trago, trago)

Ya balanceaba todo el cuerpo basculando sobre el culo y me acercaba con los hombros peligrosamente al altar, mientras oía al otro lado de la no-vidriera cómo el jefe de estudios afeaba a Manolo lo torpe que era y le amenazaba que se fuera preparando. Y cómo Manolo le contestaba con sorna berciana, aprovechando el ambiente milagrero imperante,

–       Es que oí como la Virgen me pedía que le pasase el balón, pero no calculé la fuerza y ya ve…… – fingiendo estar compungido por lo sucedido

–       ¡Qué grande eres, Manolo! – decía yo con risa floja de beodo (trago)

Sujetando la botella con una mano, empecé otra vez con los cánticos mientras me recostaba dulcemente en el altar, que estaba blando y fresquito, usando el brazo libre como almohada

Fara ser fonductor de frimera, (trago) de fefunda, de ferfeeeeera…. (trago)
Fara fer fonfuctor fe frimera,….

Ya casi no percibía el follón de afuera y me sentía tan a gusto…., tan fresquito……..

Como en sueños, oí un frufrú de sotanas que pasaban a mi lado y que un fraile que se parecía al jefe de estudios subía al púlpito para mejor observar el destrozo de la vidriera y desde allí gritaba señalándome con un dedo acusador

–       ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! ¡Usted es un sacrílego! ¡Sacrílego! ¡Borracho!

El hermano lego olió la botella y se dirigió derecho al armario-bodega. Al ver el garrafón medio vacío se asomó a la puerta de la sacristía y terció en la filípica

–       ¡Y ladrón! ¡Y ladrón! ¡Un ladrón y un borracho! – mientras levantaba el garrafón medio vacío para que lo viera el del púlpito

Medio dormido, al sentir que me sacudían por el hombro reacomodé la cabeza sobre el brazo que hacía de almohada. Insistieron en las sacudidas y las piernas se me cayeron del altar con lo que me incorporé asustado con la sensación de perder el equilibrio y empujé sin darme cuenta la botella que rodó por el altar y cayó rompiéndose en añicos con gran estrépito. El ruido de cristales rotos y las voces del jefe de estudios, cuya cara estaba a pocos centímetros de la mía, hicieron que empezara a tomar conciencia de dónde y por qué estaba allí. El jefe de estudios me gritaba

–       ¡Usted se la ha cargado, por borracho! ¡Le voy a llevar ante el claustro! ¡De esta no se libra, sinvergüenza, malnacido! – mientras agitaba su dedazo delante de mis narices

–       ¡Sinvergüenza y ladrón! ¡Ladrón y borracho! – animaba el hermano lego cuya cabeza asomaba por detrás del jefe de estudios

Aún algo adormilado, me sentí tan acosado por aquella gente encima de mí que hice un gesto defensivo con los brazos y los dos ensotanados dieron un respingo hacía atrás cayéndose de culo al pie del altar en un revoltijo de brazos, sotanas y pantalones. Me hizo tanta gracia verles en postura tan poco digna, que me eché a reír con voz de borracho mientras les señalaba en claro gesto de burla.

Se levantaron como pudieron y un poco amedrentados por mi impulsiva reacción, se fueron retirando mientras el jefe de estudios me gritaba

–       ¡Prepárese, indigno! Le vamos a expulsar. No podrá ir al noviciado. Ha arruinado su vida – seguía agitando su dedo acusador mientras retrocedía hacía la puerta de la capilla.

Yo había recuperado algo el control y quise rematar la faena para que no hubiera duda. Me llevé una mano a la boca haciendo bocina y les dediqué una sonora pedorreta que reverberó en toda la capilla. Los de negro debieron creer que me había vuelto loco o que estaba poseído, porque salieron de la capilla atropelladamente cual alma que lleva el diablo.

Seguí durante un buen rato sentado en el altar, disfrutando de la sensación de bienestar que me embargaba por el moscatel trasegado y la satisfacción del deber cumplido. Me bajé del altar con movimientos cautelosos y salí con paso vacilante, pero erguido, camino del dormitorio para preparar la maleta pues aquello ya no tenía vuelta de hoja.

Estaba haciendo la maleta cuando me avisaron para que me presentara de inmediato en el despacho del rector. Terminé sin prisa la maleta, me refresqué la cara con agua y me fui calmosamente hacía el despacho del rector sabiendo lo que me esperaba. Allí estaban el rector y el jefe de estudios que cuando me paré de pie delante de la mesa del rector se puso a una prudente distancia de mí. El rector fue muy breve,

–       Por la gravedad del asunto, hemos considerado que no eres digno de ordenarte como sacerdote. Mañana a primera hora, informaré al claustro y serás expulsado de los salesianos. Mañana mismo te iras a tu casa con vacaciones indefinidas.

–       Tiene usted razón, padre rector. ¿Manda algo más? – Extrañado porque no me hubiera desecho en disculpas, por el nulo arrepentimiento que mostraba y por lo poco contrariado que parecía, el rector me miraba incrédulo y como diciendo que no con la cabeza lentamente. Di media vuelta y me fui por donde había venido.

Aproveché lo que quedaba de día para despedirme de los amigos que se mostraban preocupados por el fin de mi carrera y yo les consolé como pude. Solo Perico y Manolo que estaban al tanto del asunto me felicitaron por el desenlace. Decliné su invitación para participar en la libación nocturna que tenían planeada y quedé con Manolo, al que también habían aplicado el mismo artículo reglamentario que a mí por haberle hecho un pase a la Virgen, en vernos por la mañana en la portería del colegio para coger el autobús que nos llevaría hasta el tren.

A la mañana siguiente bajé a la portería donde ya teníamos preparados los billetes y una bolsa con algo de comida para el viaje. Manolo me esperaba sentado encima de su maleta con cara de sueño, señal de que la despedida con Perico y otros secuaces se había prolongado hasta altas horas, pero con aspecto satisfecho. Le pedí que guardara mi maleta unos minutos mientras iba al baño. El colegio parecía desierto pues los chavales estaban en la biblioteca y los profesores en el salón de actos donde el rector les informaba de la doble expulsión.

En el retrete saqué las bandejas de cartón de debajo del jersey y puse una de ellas encima de la taza del váter; me bajé los pantalones y elaboré una ensaimada de proporciones regulares lista para ser entregada. Tapé el regalito con la otra bandeja y salí llevándolo todo con el brazo extendido como si fuera un camarero consumado en dirección al despacho del jefe de estudios que estaba en el salón de actos adornando la exposición del rector con sus comentarios de testigo directo. Entré sin llamar y deposité aquello encima de su mesa. Cogí un bolígrafo de oro que había sobre la escribanía, lo unté en la ensaimada y escribí en la bandeja de arriba “¡SOBÓN!”. Cerré la puerta del despacho y me fui para la portería.

Diez minutos más tarde sonó la bocina del autobús, justo cuando ya se oía el rumor de pasos de los profesores que abandonaban el salón de actos. Cuando el autobús arrancaba Manolo se volvió hacia el colegio y le dedicó un corte de manga con toda su alma de minero. Yo no quise mirar pues hacía un instante que había rubricado de forma contundente mi salida del internado. Aquello no merecía ni una palabra ni un gesto más. Solo lamentaba no haber podido dejarle otro regalito al hermano lego por chivato y chupa filetes.

Viajamos juntos hasta Ponferrada y Manolo me enseñó la foto de su novia que había conseguido mantener a salvo de registros durante aquellos años. Nos despedimos con un abrazo y nos deseamos suerte. Yo seguí solo hasta Villablino temeroso de cómo se tomaría mi padre la noticia. Primero le enseñaría el libro escolar con unas notas tirando a buenas y luego le contaría lo que no me atreví a decirle los años anteriores: que quería ser ingeniero y que no volvería con los frailes. Si las cosas se ponían feas, no tendría más remedio que recordarle que también él se había salido de los curas y que ni había sido un desgraciado ni le había pasado nada.

Mayor problema sería explicárselo a la abuela y a las tías en Vegarienza, que hacía años soñaban con tener dos curas en la familia que paliaran la añoranza del tío Federico, el último fraile familiar. Les consolaría diciendo que ya estaba mi hermano mayor ocupándose de eso y remacharía, mintiendo como un bellaco, que yo no podía ser fraile pues en el internado habían descubierto que me sentaba tan mal el vino de consagrar que podría darme un ataque en mitad de la misa. Si llegaba algún informe del colegio contando lo realmente sucedido, ya encontraría a quien echar la culpa. Me estaba convirtiendo en un truhan con cara de ángel. De momento aquel verano intentaría sacar provecho con las chavalas a mi cara de no haber roto un plato. Y que ¡no me hablasen de ayudar a misa en Vegarienza!.

Con todo el plan bien pergeñado, me quedé dormido en los duros asientos de madera y, como casi siempre, mis vivencias y obsesiones se incrustaron en mi sueño. Soñé que el jefe de estudios, todo engreimiento, llevó a los profesores a su despacho para enseñarles las estadísticas de las notas del curso. Extrañado, se quedó parado un momento ante su escritorio y apartando un par de moscas que sobrevolaban el regalito, levantó la tapa y todos pudieron ver el graffiti (más bien mierdditi) ¡SOBÓN!. Cuarenta pares de ojos interrogadores se dirigieron al jefe de estudios que frenéticamente aplastaba la bandeja de arriba sobre la ensaimada para borrar el graffiti acusador. Los subproductos de mi metabolismo, tan dúctiles y maleables como yo mismo, obedecieron dócilmente a la presión y se extendieron sobre las estadísticas tan laboriosamente preparadas. Transfigurado por la ira, cogió la bandeja con rabia y la lanzó contra sus colegas, mudos aún por la sorpresa. Los de la primera fila pudieron agacharse a tiempo y la bandeja encontró en su trayectoria la cara del hermano lego que aún seguía con la boca abierta, intentando explicarse si las desgracias de los últimos días se debían a sus muchos pecados o a un momento de distracción de Don Bosco. Profundamente dormido, me removí satisfecho en el asiento como si lo que acababa de soñar hubiera sucedido de verdad. Magnífico desenlace.

Al llegar a Villablino me desperté reconfortado por la larga siesta y el regustillo de haber tenido, por fin, una ensoñación agradable sin lucha a brazo partido con hortalizas o monaguillos insolentes. Bajé del tren eufórico, me eché la maleta al hombro y comencé a subir la empinada cuesta con una ligereza inusitada, felicitándome por la forma tan cutre, pero eficaz, de acabar con mi contribución a la diáspora familiar. Era un completo truhan, pero bendita imaginación que me había librado de las faldas y la tonsura. Allí mismo empezaba una nueva vida.

Nota del autor: Todos mis relatos se refieren a historias personales excepto este. Esta historia que no he vivido yo pero si alguien de mi familia, me ha atraído intensamente desde siempre por iconoclasta y golfa. Salvo el episodio de las vinajeras, que conozco por referencias y lo cuento no como fue sino como lo he imaginado, el resto es ficción y así hay que leerlo. Escribo en primera persona para que no quede la mínima duda que lo que cuento es consecuencia de mi invención y del esfuerzo por meterme en la situación del personaje y en el escenario, aunque en el desarrollo también he incorporado vivencias personales.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: elpais.com, matermundi.tv, blogs.hoy.es.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los negocios del alma (la obsesión de Lucas de la Calzada)

El juicio de un alma. Óleo de Mateo Cerezo. Museo del Prado (1).

Mi abuelo Emilio de la Calzada murió como vivió. Murió en 1964 en la iglesia de Vegarienza al poco de comulgar. Era de convicciones religiosas muy profundas que probablemente influyeron en su mujer, Honorina, y que ambos transmitieron a sus hijos. Mi abuela Honorina concebía la vida como el valle de lágrimas que a fuerza de sacrificio y oraciones la conducirían un día a un Juicio Final exitoso. Con una apariencia física endeble, trabajaba sin descanso de sol a sol tanto en casa como en el campo y aceptaba las dificultades y desgracias con frases tajantes como “Todo sea por Dios y nada más” o avisaba de su aceptación de la dureza del tránsito terrenal suplicando “Que Dios nos mande lo que podamos soportar“. No creo que se pueda sintetizar más acertadamente su concepto vital de que el trabajo y sacrificio, junto con la oración, eran el camino que la conducirían a la salvación eterna (ver Mi abuela Honorina).

Yo conviví mucho con mi abuelo Emilio hasta el punto que fui su acompañante como lazarillo que iba delante de las vacas cuando araba las tierras o ayudante-aprendiz en todo tipo de tareas en el campo. Él me enseñó a ayudar a misa y me introdujo como monaguillo de don Abundio y yo sabía que la oración jugaba un papel importante en su vida pues el tiempo que viví con los abuelos en Vegarienza, tendría siete u ocho años, dormía en su habitación en la misma cama que mi abuelo y no había día que al primer rayo de luz que entraba por el balcón no dedicáramos un rato a la oración (ver Mi vida con los abuelos) y el día nunca terminaba sin el correspondiente Rosario. Si el mediodía nos cogía arando, el abuelo detenía las vacas y, despojándose respetuosamente de la boina, rezaba el Ángelus. El resto del día lo dedicaba a trabajar y a preparar los aperos necesarios para el trabajo del día siguiente. Un hombre recto y muy trabajador que hacía tres breves paréntesis cada día para atender a sus convicciones religiosas.

Yo había vivido este ambiente desde siempre y me parecía todo tan normal que me causó gran desazón oír un día a mis espaldas, creo recordar que fue en el coro de la iglesia de Vegarienza, que alguien del pueblo decía con tono que me pareció despectivo que mi abuelo era un meapilas. Me trastocó el comentario porque yo entendía que mi abuelo empleara algo de su tiempo, que otros gastaban en la cantina, acorde a sus creencias.

No obstante, el comentario hizo que me preguntara algunas veces si era mucha o poca la preocupación de mi abuelo por lo que pasaría a su muerte. Yo sabía que en su familia hubo quien se dedicó profesionalmente a los negocios del alma pues conocí a su hermano Federico, fraile digamos que normal y poco dado a perseguir a los espíritus tibios (ver El tío fraile), y un tío suyo fue cura en Sosas del Cumbral. Nada extraordinario que me justificara su religiosidad, por lo que persistía la duda de si mi abuelo exageraba con sus rezos.

Recientemente ha caído en mis manos un documento que puede consultarse en el Archivo Diocesano de León (2). Trata de la fundación por un antepasado de mi abuelo de la Capellanía de San Pedro Apóstol del pueblo de Bercianos del Real Camino, en pleno Páramo leonés, con la finalidad de que “cada año, perpetuamente, para siempre jamás” hubiera alguien que rezara por la salvación de su alma. Que en su familia hubiera hacía más de 200 años alguien con esta obsesión por la salvación eterna, quizá diera alguna pista del por qué del acendrado espíritu religioso de mi abuelo.

Está documentado (3) que su antepasado Lucas de la Calzada, era allá por 1735 cura del pueblo de Bercianos del Real Camino, fecha en la que

El escultor Pedro de Valladolid firma con el cura de la Iglesia De San Pedro de Bercianos del Páramo, don Lucas de la Calzada, y con Bernabé García, mayordomo, escritura para realizar el retablo, por 7.000 rs. Consta de: banco, cuerpo único, ático semicircular y tres calles, predominando el relieve escultórico. Por falta de medios económicos, nunca llegó a dorarse”.

Preocupado por la salvación de su alma, en 1748 fundó una capellanía con la advocación de San Pedro Apóstol y la finalidad de que “cada año, perpetuamente, para siempre jamás”, en las fechas señaladas de San Pedro Apóstol, Jueves Santo y Navidad se dijeran misas cantadas en el altar de San Pedro Apóstol, determinando que

por la limosna de estas, señalo cinco reales cada una … con obligación de cantar un responso sobre la sepultura presbiteral acabada cada una de las misas por su alma, la de sus padres, obligaciones y las del purgatorio“.

Seguramente el cura Lucas, conocedor de los intríngulis de la Eternidad, pensaba a menudo estar en el mismo trance que la criatura que pintó Mateo Cerezo, ser juzgado por el Sumo Hacedor y en ese momento quería estar respaldado por una eternidad de rezos que permitieran la intercesión de la Virgen y otros santos mediadores.

Para asegurarse de que su voluntad se cumplía, dota a la fundación con 16.870 reales en

viñas, suertes, tierras, trigales, centenales, ferreñales y vasijas”.

No solo se preocupa de la viabilidad económica del encargo sino de que el asunto quede en buenas manos, para lo que nombra como primer capellán que le rezara a gente de su confianza:

el Lzdo. Dn. Lucas de la Calzada mi sobrino carnal

y para asegurarse que siempre haya un capellán que diga la misa y los responsos, nombra y da autoridad sobre todo el proceso también a personas de su confianza:

como patrono único y presentero ….. a mi hermano Manuel de la Calzada quien es al presente vecino del lugar de Posada…… y por muerte de mí dicho hermano es mi voluntad suceda su hijo Felipe de la Calzada y después su hijo mayor, prefiriendo al varón a la hembra en dicha presentación y así los demás sucesores por la línea de los Calzadas y extinguida esta línea suceda por la línea de los Garcías descendientes de Santos García y Maria Rubio mis abuelos vecinos del lugar de Fasgar, y extinguida esta suceda ……”.

Tan exhaustiva es la descripción de quien será el presentero (4) que debe nombrar capellán cuando la sede quede vacante, que creo refleja la extrema preocupación por su salvación. No vaya a ser que el cura Lucas de la Calzada, por algún que otro pecadillo, esté confinado en el Purgatorio y por falta de misas y responsos se quede allí por los siglos de los siglos.

Tal era su preocupación, que no se fía de que las extirpes de la Calzada y García duren por siempre jamás y extiende la capacidad de ser presentero a todos los curas de Posada:

y extinguida esta suceda dicha presentación única en el cura o Vicario interino que fuere de la parroquia de San Pedro, de dicho lugar de Posada

Y para más asegurarse los rezos por su alma, afloja la exigencia de que los capellanes sean de la familia de la Calzada hasta el cuarto grado y le vale cualquier propincuo (5) e incluso podrá serlo el estudiante más pobre de todos los pueblos del Valle Gordo,

y que dicho patrono, o sus sucesores tengan obligación de apresentar en el pariente mas propincuo, dentro del cuarto grado y este pasado, de las dichas líneas, el patrono, pueda apresentar al pariente que le pareciere, sin excepción alguna y sino hubiera pariente, dicho patrono y sucesores puedan presentar, en quien quisieren y que dicho cura o Vicario deban de apresentar en el estudiante mas pobre de los lugares que hay de Barrio a Fasgar, siendo hijo de vecino de dicho lugar.

El cura Lucas no daba puntada sin hilo y para que la economía de la capellanía, de la que es responsable cada capellán nombrado, fuera sólida y alcanzara el “por siempre jamás”, establece que

dicho Capellán nombrado como los que le sucedieren tengan obligación siempre y todos los años a tener la hacienda bien labrada, de las labores necesarias y cercas de huertas, de manera que vaya en aumento y no venga en disminución y si el Capellán no lo hiciere el Patrono ….

Como se refleja en el documento del Archivo Diocesano, fueron patronos presenteros desde su hermano Manuel de la Calzada y sus descendientes hasta, al menos, Julián de la Calzada. Es decir, durante no menos de cinco generaciones en la familia de la Calzada siempre hubo alguien obligado a estar pendiente de la salvación del alma del cura Lucas de la Calzada. De que siempre hubiera un capellán que en los días señalados le cantara misa y rezara el correspondiente responso.

Qué enorme responsabilidad la de los sucesivos patronos-presenteros al sentirse imprescindibles en el devenir del alma de su pariente muerto. Me imagino la angustia de aquel presentero que dudara de si habría nombrado un capellán descreído o poco cumplidor de sus obligaciones para con el alma del cura Lucas de la Calzada y, por tanto, sentirse culpable de que no llegara suficientemente rezado al día del Juicio Final. O que pensara que estaba más pendiente de sus propios asuntos en Posada y no haber sido suficientemente diligente en vigilar que los capellanes nombrados mantuvieran y acrecentaran las posesiones de la capellanía, de cuyas rentas salían los dineros para el pago de tanto rezo. Pues ya se sabe que sin reales no hay responso.

Muchos años con la obligación de ser responsables de la salvación de alma ajena. Demasiado tiempo pensando en lo importante que era el rezo para que Lucas de la Calzada se asegurase la otra vida, que era imposible permanecer impertérrito y no aplicarse el cuento al alma propia. Más aun estando, como era el caso, inmersos durante siglos en una cultura religiosa que promovía el sacrificio y la oración como vía para salvar la propia alma. Seguramente mi abuelo vivió esta preocupación familiar por la salvación de los muertos y quizá contribuyó a forjar su sentido religioso de la vida.

Meapilas: “persona que muestra una devoción religiosa exagerada o hipócrita, santurrón”. Pues no, ni hablar. Creo que es un término mal aplicado a mi abuelo que era un hombre de convicciones. Se podrá discutir si hay un Más Allá o no, si sirve de algo rezar. Pero al que lo hace por convicción y no emplea medio segundo en imponer sus ideas y hábitos religiosos a los demás, respeto. Mi abuelo segaba con guadaño y preparaba las tierras con arado romano, como lo habían hecho sus antepasados desde siglos. También rezaba y creía en lo mismo que ellos, sin alardear y convencido que eso era obrar con rectitud, porque él era un hombre recto, un hombre bueno y honesto. Dejemos rezar a quien lo necesita para dar sentido a su vida.

Y volviendo a Lucas de la Calzada, no sé quién le habrá rezado estos últimos años, porque nunca oí en casa de mis abuelos que su primogénito, el tío Aecio, fuera el presentero con mando en la capellanía de San Pedro Apóstol. No sé si la estrategia de salvación del cura Lucas, que tanto se esforzó en dejar tan bien atada, habrá superado las vicisitudes de la historia. A mí, que soy el nieto mayor pero ya un de la Calzada de segundo apellido, nadie me planteó ser presentero. Si fuiste un gran pecador, Lucas de la Calzada, me temo lo peor. Salvo que ya estés en el Cielo, a cubierto de misas no cantadas y responsos no rezados. Amén.

El documento fundacional se puede ver en Capellanía de Bercianos del Real Camino.

Fuentes consultadas
(1) “..el Salvador como Juez, en el momento de tomar una decisión, y la Virgen, que ha intercedido ante su Hijo por el mortal…el alma juzgada, encarnada por un joven semidesnudo arrodillado que mira hacia arriba de forma suplicante…”, (MUSEO DEL PRADO 200 AÑOS).
(2) EL PÁRAMO LEONÉS. Síntesis geográfico-histórico-costumbrista de sus pueblos, de Francisco Rodríguez Juan. Página 206.
(3) El documento fundacional de la capellanía se halla en el Archivo Diocesano Leonés en la sección Fondo Beneficial, pueblo Bercianos del Real Camino, Capellanía de San Pedro.
(4) Presentero: presentador para prebenda de los privilegios, beneficios o derechos eclesiásticos, muy común en el sentido religioso más en todo para las dignidades como el obispo o presbítero (definiciona.com).
(5) Propincuo: allegado, cercano, próximo (RAE)

Agradecimientos: A María Inés López de la Calzada que puso al autor sobre la pista de la capellanía y le facilitó la transcripción del documento fundacional.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de 4.bp.blogspot.com

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Autor: Emilio García de la Calzada