Sensación de atontamiento (los sonidos de Omaña)

El chopo de la llama de tío Baldomino.

Mi suegro era muy aficionado a la fotografía y a viajar. Como su vida transcurrió antes de la explosión digital, nos dejó sus buenos cíen quilos de álbumes repletos de fotografías y postales que daban fe de los sitios que había visitado y un mapamundi plagado de chinchetas de colores que resumía el contenido de los álbumes. Ya en la época de las redes sociales he visto en algún perfil un mapamundi con los lugares visitados, a modo de selfie viajero no sé si para poner de relieve el carácter de trotamundos o simplemente para fardar, con tal amontonamiento de chinchetas que me ha hecho pensar en el trajín laboral de un comandante de Iberia.

Por perezoso y circunstancias varias yo he sido poco viajero y en mi inexistente mapamundi de esparcimientos foráneos faltarían chinchetas tan emblemáticas como la del París de La France y muchas otras. Cierto que los viajes que he hecho los he disfrutado y a punto estuve de sucumbir al síndrome de Stendhal en ciudades como Florencia, Pisa o Siena, aunque pude sobreponerme creo que gracias al poso pueblerino de omañés que me permite relativizar cuando de cuestiones de belleza se trata. Seguro que se me tildará de ignorante, pero si me dan a escoger entre una mañana intensa en el Louvre gozando de tanta belleza como atesora o un rato de atontamiento en Omaña, no dudaré ni un segundo en entregarme a este síndrome omañés que suele acometerme cada vez que aparezco por allí.

El tránsito del consciente al atontamiento sucede de manera sutil y atrapadora. Basta con estar sentado a la sombra de un manzano en la huerta de mi hermana Julia sin ningún plan concreto y que el murmullo del río próximo se entrelace con algún leve pensamiento, para entrar en un estado ausente controlado por el ruido del agua entre los cantos rodados que puede parecer monótono y uniforme pero que presenta matices y fluctuaciones producidos por cambios en la intensidad de la corriente o en la dirección de la brisa que lo trae hasta mis oídos. El ánimo queda en suspenso y entro en un estado en que todo son percepciones a nivel físico de sonidos y sensaciones de todo lo que está pasando a mi alrededor: sobre un silencio casi absoluto, el ruido leve del agua envuelto en un frescor reconfortante y el aleteo de las hojas de los árboles en la brisa se mezclan con otros también relajantes pero indicativos de que en aquel ambiente tranquilo se libra una pelea continua por la subsistencia, como el zumbido de una avispa hambrienta o el canto asustado de mierlas y grajos, muy atenuado por la distancia. Ningún sonido parece predominar sobre el resto, todo suena muy acompasado

Este nirvana físico y mental desencadenado por el rumor ambiente deja un resquicio de conciencia que se da cuenta de que en aquel espacio faltan sonidos asociados a la actividad de otros tiempos, como el vocerío de los niños chapuzando en la orilla, el golpeo de la ropa en las piedras del lavadero, el ladrido de algún perro avisando al caminante que él es el dueño de aquel trozo de camino, el mugido impaciente de alguna res o las voces lejanas de los que trabajan en prados y huertos, el golpe de hacha que hiende un roble en el monte, el entrechocar de cacharros en una cocina, la campana que anticipa la Misa, el cacareo alocado de una gallina que anuncia su huevo diario, la esquila de una oveja en el Vallado, el suave traqueteo de un carro que pasa por la carretera, ….. Esta fase del atontamiento actúa como una máquina del tiempo que me retrotrae a los sonidos de la Omaña que yo viví y que el subconsciente trae al presente.

Este recuento de sonidos que me faltan, se interrumpe cuando algún conductor con demasiada prisa o poca cabeza pasa por la carretera arruinando con su ruido la armonía del entorno. Las estridencias de los ingenios mecánicos son ahora la muestra casi única de actividad humana en estos pueblos donde antes todo era vida, pausada pero constante y armónica.

La sensación de atontamiento producida por el rumor ambiente que rodea al manzano, también puede surgir a la vista de un paraje solitario como una camperita de yerba corta, como recién pastada por las ovejas, con alguna margarita o quitameriendas u otras florecillas corrientes, a veces atravesada por un afloramiento de roca musgosa y, si el agua está cerca, también habrá una mata de juncos o de menta o algún helecho. La contemplación de esta muestra de simplicidad y armonía me induce la misma sensación de anulación de la voluntad y bienestar asociados a los sonidos de mi infancia omañesa. Nada que ver con el malestar físico que sintió Sthendal al contemplar la belleza que atesoraban los museos e iglesias de Florencia. Lo mío es la felicidad de Simplicio, del que pierde el control en presencia de las cosas sencillas.

Para fotografiar algún paraje como el descrito que ilustrase este post, el verano de 2017 subí arroyo de Castriello arriba, el paraje donde pasé tantas tardes pastoreando las vacas de mis abuelos (ver Las llamas de Castriello). Caminé rodera adelante y a unos cien metros del cementerio vi que alguna máquina había allanado y ensanchado el camino, justo en el lugar más peligroso para el paso de los carros cargados de yerba hasta el punto que teníamos que tirar de las sogas hacia el monte para que el carro no volcase arroyo abajo, mientras oíamos como las llantas de hierro resbalaban peligrosamente por la peña. En cada punto del camino por donde pasaba el agua de lluvia y que todos los años necesitaba ser reparado, se había colocado a modo de alcantarilla un grueso tubo ondulado rematado con cemento por ambos extremos. Tanto esmero en un camino que yo daba por abandonado y unas pisadas frescas de ovejas o cabras me hizo pensar por un instante si se habrían puesto en producción los pastos de las llamas y vuelto a sembrar las tierras de centeno.

Enseguida llegué a la primera llama, la de tía Concha, que tenía el aspecto desolado de las cosas que no se cuidan. La portillera por donde entraban las vacas, cuyas talanqueras asegurábamos para impedir que las vacas las quitaran con los cuernos y se marcharan para casa mientras nosotros zanganeábamos con los otros pastores, solo era un hueco en la pared que cerraba la llama. El cierro que separaba esta llama de la siguiente y que yo había ayudado a hacer a mi abuelo con estacones verdes, se había convertido en un bosquecillo de paleros. Mi abuelo extremaba sus esfuerzos para que todas las fincas estuvieran bien cerradas y ahora las llamas pertenecientes a los seis hermanos podían recorrerse de punta a punta sin ningún obstáculo, como si fueran parte del común.

Hueco en la pared donde estaba la portillera de la llama de tía Concha. En el centro, bosquecillo de paleros nacidos del cierro que dividía esta llama de la de los abuelos del autor.

Por primera vez caí en la cuenta que el bisabuelo Bernardino había sido dueño de casi todos los pastos del arroyo de Castriello. En la llama de tío Baldomino vi el chopo que tantas veces nos cobijó del sol y cuya sombra vigilábamos impacientes para saber la hora de arrear las vacas para casa, erguido como los valientes pero desmochado quizá por el rayo que siempre temimos que nos mataría en los días de tormenta si nos resguardábamos de la lluvia bajo sus ramas. Más adelante, en la bajera de la llama de Pedro, vi que la charca de las ranas estaba totalmente seca y que la ladera, donde nos deslizábamos sobre la yerba seca sentados sobre una tabla, estaba surcada por una cicatriz en forma de camino que debía dirigirse a lo alto de el Vallado.

Poza de las ranas totalmente seca. Arriba, arranque del camino que atraviesa la campera donde se “surfeaba” sobre la hierba seca sobre una tabla de chopo.

Me pregunté cuál podía ser la utilidad de un camino tan remozado en mitad de un paraje totalmente abandonado y confieso que mal pensé que sería cosa de los cazadores para llegar cómodamente en sus todoterrenos al territorio de las perdices, pero mi prima Estela me aclaró que se había arreglado para poder sacar con los tractores la leña de roble que aún sigue calentando las cocinas en invierno. Me alegró saber que aquel paraje, otrora fundamental como área de pastoreo y recolección del centeno, tuviera alguna utilidad.

El Agosto abrasador que había vuelto todo el valle de color pajizo menos la mancha verde de robles y escobales, me imposibilitó fotografiar nada parecido a las verdes camperitas que alguna vez me inducen el trance de atontamiento, pero disfruté del paseo por donde hacía sesenta o más años que no transitaba. Aquel territorio tan frecuentado entonces me pareció una metáfora del transcurrir de la vida, vital y eufórica durante unos cuantos años y reseca y escasamente útil en su tramo final. A la vuelta me detuve frente al chopo de tío Baldomino que yo recordaba alto, frondoso y tan flexible que sabía amoldarse el empuje del viento con una leve inclinación y que ahora estaba desmochado y parcialmente reseco, se me antojó una buena imagen de mí mismo: corriendo de chaval por aquellos andurriales todo el día sin atisbo de cansancio y ahora vigilante para conseguir mantenerme tan tieso como el chopo y a resguardo del frío y del calor, no me vaya a pasar algo. El tiempo no pasa en vano, ni para las personas ni para los parajes abandonados.

Ni siquiera las creencias más acendradas perduran. Recuerdo que siempre nos mantuvimos alejados del vinoso fruto del saúco que los mayores nos repetían que era venenoso y ahora la prima Estela elabora con sus bayas un jarabe cura catarros muy apreciado. A ver si le da por experimentar pronto con las uvas de perro, otro tentador fruto del que nos mantuvimos alejados en nuestra infancia por su fama de ponzoñoso, y logra sintetizar un elixir para los achaques de la edad tardía o solo nos quedará la residencia de Castriello, al borde de la carretera, donde el atontamiento es severo y permanente.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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El tío Pepe (en un rincón de tu memoria)

El Jay observa atento el más mínimo ademán de tío Pepe, impaciente por obedecer sus órdenes.

Esta foto me encanta pues creo transmite de forma genuina cómo éramos entonces en Omaña. El tío Pepe con un atuendo que un cursi podría calificar de informal, en realidad representa la forma en que se vestía por allí, ropa que resguardaba del frío y apropiada para caminar por el monte, siempre a riesgo de sufrir algún desgarrón que rápidamente repasaría la abuela, la boina muy usada y bien calada y el bolso de la chaqueta repleto de cartuchos que él mismo habría recargado una y cien veces. Se apoya en la escopeta calibre 12 de la familia, que siempre estuvo colgada del perchero de la entrada principal de la casa y que de vez en cuando acariciábamos los chicos imaginando cuando seríamos lo suficientemente mayores para que nos dejaran utilizarla. Recuerdo que nunca percibí como algo peligroso que la escopeta estuviera al alcance de los niños. Era un elemento más del ajuar de la casa, tan útil e inofensivo como la máquina de coser o el molinillo de café. Aunque no se ve en la foto, debajo de la chaqueta y bien sujeto al cinto, el tío Pepe llevaba un manojo de tiras de cuero rematadas con una anilla que servían para colgar por el cuello las perdices abatidas al vuelo o las tórtolas cazadas al acecho. Las piezas cobradas colgaban a lo largo del muslo bamboleándose al ritmo de la marcha, punteando de sangre el pantalón y hubo veces que algunas eran tan pesadas que se le perdieron al tronchase el cuello. El escenario podría ser el alto que hay entre las Llamas de Castriello de Vegarienza y Garueña. El perro Jay era de Paco el de tío Baldomino y hasta muy viejo siempre estuvo dispuesto a acompañar a cualquiera de mis tíos en sus cacerías.

En todas las casas solía haber una escopeta y la caza era consustancial con la vida en el campo. Era útil para las batidas al lobo cada vez que había una matanza de ovejas (ver El lobo) o cuando se le intentaba cazar al acecho en invierno ya que el número de aquel implacable depredador y protagonista de casi todos los cuentos infantiles debía mantenerse a raya, aunque también servía para algo más lúdico como la caza de perdices, codornices y palomas torcaces. Cuando el tío Pepe había juntado unos cuantos cartucho vacíos, bajaba a la cocina la lata de galletas maría con la pólvora, los perdigones, los tacos separadores y la rebordeadora que fijaba a la mesa con un tornillo cuidando no estropear el hule a cuadros que hacía las veces de mantel. Una vez relleno cada cartucho con las dosis adecuadas de pólvora y perdigones y debidamente señalado el calibre de los mismos, recuerdo eran del 10 para las codornices del 6 para perdices y torcaces y postas para el lobo, me lo pasaba a mí para colocarlo en la rebordeadora que los dejaba tan bien cerrados como los que se compraban en las armerías de León. Aquellos preparativos se desarrollaban con toda normalidad en la cocina, mientras la abuela trajinaba con las nateras junto al fregadero o repasaba unos calcetines cerca de la ventana y el abuelo releía un periódico atrasado o pensaba en que había que bajar los piértigos del desván porque el centeno ya estaba granado y la maja era inminente. Quizá esta normalidad explicara por qué no se consideraba peligroso que la escopeta colgara de una percha a la vista de todos.

Claro que el sentido común de los mayores pudo pasar por alto que la atracción o curiosidad por las armas de alguno de los chavales que veíamos a diario aquella preciosa escopeta de dos cañones y perrillos a la vista podría provocar alguna travesura más o menos peligrosa (ver Asustando grajos) que tuvo en vilo a todo el pueblo durante días al escuchar disparos a deshora y por doquier. También recuerdo que cuando tío Pepe vino de permiso de las prácticas de milicias, en la mesa de su habitación, que como todas estaba siempre con la puerta abierta y que periódicamente yo visitaba ya fuera para realizar el encargo de recoger algo o por mera “curiosidad“, me sorprendió ver una pistola Luger sobre el libraco Los cipreses creen en Dios, dos objetos que miraba con respeto. La pistola por precaución, pues no conocía su mecanismo ni sabía si estaba cargada y el libro porque su tamaño sugería indigestión segura. Hay una foto mía con catorce o quince años en que se me ve simulando encañonar con la escopeta a un grupo de gitanos mayores y niños que pasaban por la carretera que, para colmo, parecen divertidos con la broma que fue consentida, lo cual no es óbice para que me avergüence cada vez que la veo pues refleja la consideración que entonces teníamos de los gitanos y lo poco gracioso de la broma. Si, las armas me atraían, pero tras los primeros tiros con la escopeta familiar en el monte al filo de los diecisiete o dieciocho años, jamás he vuelto a participar en ninguna cacería.

Cada vez que veo la foto de tío Pepe cazando no puedo por menos que reparar en el contraste entre su indumentaria de cazador omañés y el elegante terno con que se casó con tía Vilma en Perú, otra foto familiar que constituyó por mucho tiempo el disparador de las añoranzas sobre el tío al que de pronto dejamos de ver siendo unos críos, pero del que ya atesorábamos buenos recuerdos. Como era usual en aquella época, Sudamérica era tierra de emigración para muchos españoles y en la familia de mi madre hubo al menos cuatro miembros que formaron parte de ella. El primero fue el tío Federico, fraile agustino hermano de mi abuelo, que emigró a Perú donde murió (ver El tío fraile) y le siguió la tía María que trabajó durante muchos años en Brasil como enfermera. El tío Pepe debió irse hacia 1956 y tras una estancia de meses en Brasil sin encontrar trabajo, siguiendo las indicaciones de tío Federico recaló en Perú donde se estableció y formó su familia, regresando en contadas ocasiones en viaje de visita familiar. Desde hace unos años esta corriente migratoria ha cambiado de sentido y algunas de sus hijas se han establecido con sus familias en España. Es el vaivén de la historia y de las familias. Aunque quizá no pueda considerarse en sentido estricto como emigrante, la cuarta persona de la familia que se fue a Sudamérica fue la tía Tere que vivió unos cuantos años en Ecuador.

Como sus otros nueve hermanos, tío Pepe nació en Sosas del Cumbral y allí sucedió la primera historia que me llega de él. Parece que los hermanos habían estado tirando un nido de pájaro ayudándose de un varal (palo largo) de los que se usaban para colgar los chorizos y morcillas al humo en la cocina vieja. Estos varales, si se utilizaban para remover las brasas del horno donde se cocían las hogazas de centeno y las empanadas, a fuerza de quemarse tenían el extremo aguzado como una lanza. El caso es que después de tirar el nido mandaron a Pepe, como era el menor de los varones tenía que hacer todos los recados, que devolviera el varal a su sitio y parece que iba tan a prisa para volver rápido y no perderse lo que hacían sus hermanos con los pajarillos, que la mala fortuna hizo que pinchara con el varal el pellejo en el que el abuelo guardaba el vino que se sacaba a diario para las comidas y rellenar la bota que llevaba al campo. Empezó a manar vino como si fuera una fuente y la abuela y las hermanas no daban abasto a poner cacharros para evitar que se desperdiciara aquel preciado líquido (de primera necesidad podría decirse) mientras se devanaban los sesos sobre cómo decírselo al abuelo para dejar a salvo a Pepe, sin incurrir en mentira.

Creo que hasta que me casé he pasado todos los veranos en Omaña, los primeros en Sosas donde debí encariñarme con todos los tíos pero especialmente con Pepe. En uno de sus viajes a España me contó que en una de sus vacaciones de estudiante, yo tendría unos dos años y él quince o dieciséis, cuando yo me despertaba y no le encontraba por casa me ponía a gritar a todo pulmón, “Pepeee, Pepeee, ….“. Debía ser muy niñero y los sobrinos siempre andábamos a su alrededor pues nos dejaba acompañarle incluso cuando podíamos ser un estorbo, como en la perpetración de “delitos” tan serios por aquellas latitudes como quitar el agua a un vecino para regar los prados propios. Lo he contado en El fin del mundo y no me resisto a transcribirlo:

“En una ocasión el tío Pepe nos llevó a los pequeños con él para que le avisáramos si aparecía el Tremoriego, porque él iba a quitarle el agua que le correspondía y así regar el prado de La Tablada, que era del abuelo. Nos quedamos jugando en el camino, pero vigilando. Yo no era consciente de ser cómplice de un ‘delito’ y que, por tanto, era exigible una cierta discreción. Cuando vi venir al Tremoriego, siguiendo las órdenes recibidas dije a grandes voces ‘Pepeeee…, ¡que viene el Tremorieeeego!’. El Tremoriego me oyó y, cuando estuvo a nuestro lado, me dijo muy enfadado ‘Oye chaval, yo me llamo Joaquín. ¿Es esa la educación que te están dando en tu casa?’ y con toda la intención pues, no en vano, yo era nieto del señor maestro. Yo me quedé todo corrido y, a partir de entonces, daba grandes rodeos para no cruzarme con él.”

Hasta hace poco que vi una foto con la leyenda San Miguel de Escalada donde se ve a Pepe y otros dos compañeros con sotana, no supe que estuvo en el seminario bastantes años, no sé si con la intención de ser cura lo que hubiera sido todo un acontecimiento en una familia tan pía o simplemente para estudiar a expensas de la Iglesia. Estudió veterinaria en León y estudioso e inteligente como era acabó número uno de su promoción y fue alumno interno del decano Ovejero, que venía a ser como ayudante de cátedra. Terminada la carrera, las milicias y no encontrar trabajo, algo incomprensible con su expediente académico en una provincia con ganadería tan abundante, estuvo una temporada en Vega ayudando a los abuelos y haciendo sus primeros pinitos como veterinario. Creo que cobraba una pequeña cantidad (iguala le decían a aquella modalidad de contraprestación) a los que tenían ganado, lo que les daba derecho a que atendiera a sus animales ya fuera para un parto o cuando las vacas entelaban (el vientre hinchado por los gases a consecuencia de una ingesta abundante de hierba tierna o alfalfa) o cualquier otro percance de salud. Parece que tenía la vista puesta en una plaza de veterinario en la Diputación que se iba a convocar de forma inminente, pero la impaciencia, el ímpetu juvenil y quizá el sentimiento que entonces se tenía de Sudamérica cómo tierra de oportunidades con extensas haciendas ganaderas le hizo tomar la decisión de emigrar. Paradójicamente, al poco tiempo de irse a América salió convocada la plaza de la diputación que probablemente hubiera obtenido y su vida habría sido radicalmente distinta.

Su oficio de veterinario autónomo en Vegarienza, antes sus tíos los doctores Paco y Bernardino González habían hecho lo propio con las dolencias de los paisanos de la comarca, fue el causante involuntario de que por primera vez yo tomara consciencia de que hasta los más valientes tienen sus momentos malos. La Montañesa era una magüeta (vaca joven) del abuelo a la que le había salido un bulto enorme en el anca derecha y después de un tiempo tratándola con antibióticos sin que la hinchazón bajara, Pepe decidió sajarle el absceso. Era un día de bastante calor cuando llevamos a la Montañesa al potro que usaba el herrero para herrar vacas y caballos, donde una vez inmovilizada le hizo una raja con el bisturí en la hinchazón por donde empezó a salir a presión un chorro purulento como si fuera un surtidor. Se me aflojaron la piernas al instante y, aunque me senté, empecé a sentir un vacío en el estómago mientras observaba aquel surtidor infecto que no cesaba. A punto de perder la conciencia y a pesar de lo interesante del momento, me tuve que alejar despacito del chorro amarillento y, como flotando, me llegue hasta casa para intentar recuperarme a la sombra reparadora del nogal. El mismo fenómeno de flojera me ha ocurrido luego en alguna visita al hospital cuando veo tubos saliendo y entrando en bolsas vertiendo líquidos extraños.

Creo que el desempeño como veterinario le ocupaba tan poco tiempo que le permitía ayudar en las tareas del campo y los cuidados ordinarios de los animales de casa. En una ocasión en que el tío Pepe estaba limpiando la cuadra de las vacas y sacando el estiércol al corral, al pisar el garabato (pala de pinchos curvos) se hizo un agujero en el pie y recuerdo como gritaba del dolor mientras se limpiaba y vendaba la herida él mismo. También había tiempo de sobra para la caza y la pesca que practicaba de forma muy original con un arco hecho con ballenas de paraguas y usando como flecha una ballena afilada en el asperón y atada al arco con un bramante. Se le podía ver a menudo pescando bajo los salgueros de la huerta donde las truchas acostumbraban a posarse a mediodía a la sombra de palos y piedras, acompañado de su amigo Genarín de Santibáñez, el médico.

En Perú se casó con la tía Vilma y trabajó en una hacienda ganadera. Creo que luego tuvo su propia ganadería, pero los vaivenes económicos y la inestabilidad del país debió hacerla inviable. Desde su marcha ha venido tres o cuatro veces a España y siempre tiene la amabilidad de vernos, o cuando menos llamarnos, a los sobrinos que dejamos de convivir con él cuando yo debía tener doce años. Por teléfono su forma de hablar me recuerda a Vargas Llosa, pues el deje peruano ha vencido al del castellano de Omaña. Siempre me ha parecido juicioso y cuando habla tengo la sensación de que tiene las ideas y las opiniones bastante bien elaboradas. Revisando documentos de mi madre he sabido que su nombre completo era José Joaquín, el segundo nombre supongo que por su abuelo paterno de Posada.

En plena canícula madrileña de 2017 le he visto por última vez en casa de sus hermanas Pili y Tere donde nos juntamos varios sobrinos con algunos hijos y, a la vieja usanza, compartimos una tarta, pastas y algún refresco bajo conversaciones entrecruzadas que hacían difícil entenderse. El tiempo que a ninguno perdona ha hecho de aquel mocetón de las fotos bien parecido, abundante pelo negro muy peinado hacia atrás, sonrisa franca y contagiosa, cuya fortaleza física contrastaba con mi endeblez de crio hasta el punto que me tenía doblando mis brazos cada poco intentando adivinar si mis bíceps podrían parecerse alguna vez a los suyos, se ha convertido en un viejecito de 87 años, no muchos más que yo que también voy para viejito, que se ayuda de un bastón para caminar y con algunas vacilaciones de memoria que requieren de la ayuda de tía Vilma. Aquellos brazos que amenazaban romper las costuras de las recias camisas verde caqui que trajo del servicio militar, y que durante décadas formaron parte de nuestra indumentaria para las labores del campo, hoy parecían los de un niño de pura delgadez. Apenas pudimos hablar en aquella concurrida reunión sobrinesca y mi familia fue la primera en despedirse. Cuando estábamos esperando el ascensor acompañados por tía Tere, vi que se acercaba a nosotros despacio y muy erguido por el pasillo de la casa y me dijo, creo que algo emocionado, “Yo te llevé a Sosas” refiriéndose al viaje que hacíamos desde Vegarienza hasta Sosas cuando llegábamos de León para pasar el verano, subidos en el carro de las vacas que rebosaba de equipaje, padres y gente menuda con la emoción desbordada por la añoranza de colores, olores, sabores y cariños ausentes. Las vacas con su insufrible parsimonia ponían a prueba nuestra paciencia y nos hacían dudar si alguna vez llegaríamos a aquel pueblecito cerca del fin del mundo, donde nos esperaban abuelos y tíos sonrientes y con los brazos extendidos, el perro que nos cubriría de lametones, la mantequilla untada en pan de centeno, los renacuajos en la presa de al lado del camino y el permanente olor a boñiga que hacía tiempo había dejado de ser incómodo y era más bien como un aroma que nos confirmaba que estábamos en Omaña, el paraíso de nuestra infancia. Yo fui el primer sobrino que hubo en la familia y el tío Pepe, a pesar de su memoria menguante, aún recordaba aquel episodio de setenta y tantos años atrás. Para mí fue una muestra impagable de ese cariño que la distancia impide que sea cotidiano, que casi no se ha desgastado y que permanece ahí agazapado esperando la ocasión de manifestarse aunque sea muy de tarde en tarde con motivo de una visita, alguna noticia o una foto que llega en el correo. Reviviendo luego la escena, yo también me he emocionado. Gracias, tío Pepe, por mantenerme en ese rinconcito de tu memoria y larga vida. Seguramente, lo que se olvida es porque realmente no fue tan importante y uno puede desprenderse de ello para ir más ligero a medida que pasan los años.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Jirones XVIII. 1963-64 quinto curso en el Instituto Laboral – Verano

Autor: FEDE GARCÍA 27 de Noviembre del 2016

En el círculo la casa a la que se refiere el autor.

Barrio de Colominas de Villablino. En el círculo la casa a la que se refiere el autor.

… Otro verano incierto transcurría, lleno de premoniciones extrañas tras los exámenes finales de 5º curso y la inoportuna  Reválida de quinto. Unas pruebas bastantes duras para unos adolescentes que ya vestían pantalón largo y se adornaban la cara con el vello natural pubertario a expensas de la niñez consumida… La libertad de disponer de un verano ansiado rompía las expectativas de cada compa de curso y del Insti. Cada cual son sus ensoñaciones  propias, planes hilvanados en la esperanza de que estas vacaciones debieran de ser muy especiales.

Al menos, para FEDE: eran todo un misterio. Acabado el curso y la Reválida de QUINTO, fue necesario que comenzara a trabajar de “Guaje de Botijo”, con una grupo de canteros gallegos que ponían las bases de una casa a levantar desde los cimientos, en el camino entre Las Colominas y las chabolas de los cuchos, incluyendo paredes de piedra con esquineras escuadradas a base de cincel y porra.

Las funciones de FEDE, eran las de estar pendiente de que no faltara agua fresca y vino en bota de las de beber a caño, durante un mes. Las bromas y novatadas fueron  las normales del tiempo: ¡Rubio! Acércame el saco de cemento-portland enyesado: rápido, que fragua la masa. ¡Rubio! Acércame el nivel de agua, pero solo el que es de madera. Como es lógico, no había nivel de agua de madera, porque  se trataba de una simple goma de regar de cierta longitud, y el Guaje del Agua y Bota, no acertaba a satisfacer semejantes órdenes.

Una práctica cotidiana de aprendizaje directo, era la de ayudar a lanzar los ladrillos a los albañiles a la altura del primer piso. La práctica era elemental: FEDE, sube al tablón, y recoge al vuelo los ladrillos que te lance de uno en uno. FEDE, había visto con que habilidad lo hacían los demás. Desde el suelo, los lanzaban al vuelo, y en el piso primero, los recogían uno o dos albañiles de manera alternativa con mucha rapidez, dado que la obra se había contratado a DESTAJO.

Los ladrillos habían sido depositados por un camión Pegaso con volquete, que con un estruendo notable se desmoronaban entre una polvareda irrespirable que desaparecía despacio entre las toses y los salivazos teñidos de amarillo-rojo de casi todos, incluido el Guaje Aguador.

No había tregua alguna. Sin disiparse del todo la neblina amarillenta, los ladrillos tenían que ser colocados en los tablones del piso superior, y entre bromas y ánimos perversos, me indicaron, preguntando: ¿FEDE? ¿Serás capaz de subir y recoger, también, los ladrillos al vuelo…? Tuve que subir,  no sin cierto pudor y temor: Resultado: El primer ladrillo recibido se escurrió entre mis manos y fue a parar a la cara, con poca fuerza, porque quien lo lanzó, sabía que de haberlo lanzado con la fuerza normal el ladrillo me habría dañado de modo irreparable.  Tras el grito oportuno, me bajaron del andamio y me asistieron sin botiquín de urgencia – porque no disponían del mismo – Me lavaron la cara con agua fresca y me dieron un pañuelo limpio de los de bolsillo humedecido. Pañuelos de cuadros azules, verdes y blancos, que servían, entre otras cosas, para ponérselos en la cabeza, anudados por las cuatro esquinas, a modo de casco de seguridad improvisado frente al calor o la lluvia. 

Sentado en los tablones amontonados en la obra, y viendo los Canteros la cara de angustia que el incidente/accidente, había provocado en FEDE la invitación a la práctica de recoge-ladrillos-al vuelo, me enviaron a casa, con permiso para no venir a la tarde.

Al día siguiente, ya sin pañuelo-protector, volví a la obra de los Canteros Gallegos, con la boca hinchada y lo moral por los suelos. Los mismos albañiles que me habían incitado a la prueba de “ladrillo-al- aire”, quizá avergonzados, me enseñaron la técnica de cómo lograr que el ladrillo al aire, no acabara rompiéndote la cara o los dientes.  El misterio estaba en recoger el ladrillo, cuando inicia la caída al haber perdido ya la fuerza de subida.  Nunca he olvidado la técnica de recoger al aire, cualquier paquete, ladrillo u otro objeto. Los Canteros Gallegos, tenían razón.

Las funciones de “FEDE” incluían tener los bidones de agua para las masas de azada y pala, siempre llenos. Cubeta a cubeta, había que recoger el agua de una manguera corta, que no llegaba a los bidones,  perdiendo por el camino parte de la misma, por los equilibrios que debía de hacer al sortear un tablón tembloroso, que salvaba una zanja entre la obra y la manguera en cuestión. Todo ello, antes de las diez de la mañana, hora del bocadillo. Habitualmente, la parada era de 15 minutos/media hora, durante la cual, todos sentados en el tablón de la merienda, desenvolvían bocadillos de tortilla enormes, envueltos en varias páginas de periódico arrugadas y adornadas con grandes manchones de grasa; abrían las tarteras; y ponían sobre el tablón-mesa, trozos de cecina, queso y chorizo de matanza curado, que se repartían navaja en mano para cortes crudos. La bota de vino al caño, era socializada sin contemplación alguna, con prohibición expresa de beber a beso. FEDE: tuvo que aprender a beber a caño/chorro, tras varios intentos previos con “atragantamiento” incluido, entre las risas de los expertos en beber sin respirar y no atragantarse…

Esta experiencia de trabajo en vacaciones, finalizó al mes. Me pagaron  un jornal de dos duros al día, sin domingos. Fue el primer aporte de FEDE a la familia de Pedrosa “El Barrenista” e Isabel “La Andaluza”. 

El siguiente mes de Agosto – solo quince días – me enviaron de vacaciones  a AVILES, en Asturias, donde residía un tío-paterno, que trabajaba en ENSIDESA. En Avilés, nuevas amistades; las playas en Candás, las fiestas de gaita y culines de Sidra en los Chigres siempre animados con paisanos de boina calada, fabla rápida, tacos expresos y porte indiscutible.

Para el 15 de Agosto, volví para las FIESTAS DE SAN  ROQUE. Fiestas que ya se hacían en el patio del Colegio de las Niñas. Fiestas de varios días, que atraían a gran número de Lacianiegos. Las atracciones de siempre: La pista de Autos de Choque , los Tío-Vivos, que con sus asientos de cadenas volantes, lanzaban a los aires a los niños y niñas, que habían podido pagar el viaje. Las Tómbolas de lotería, que siempre “Tocaba”, jugaras lo que jugaras, repletas de regalos fantásticos que jamás se terminaban. Las Barracas de tiro de carabina de balines, que a precio de saldo, te animaban a ser el más diestro en abatir muñequitos de chapa en movimiento continuo y cuyo premio, podías elegir entre opciones muy limitadas. Sí, merecía la pena, alguna mañana ir con los padres, porque se ponían mesas con tapas de pulpo y jarra de vino y pan, que no estaban al alcance de todos, pero cuyo aroma aún está grabado en el disco duro de la memoria de Fede “El Rubiajo”.

A las tarde-noches: Fiesta con Orquesta/Banda de profesionales, que en el más puro directo, atacaban temas, incluso de Jazz, que al menos, en Fede, dejaron un rastro indeleble, al oír por primera vez, “EN FORMA” un conocidísimo tema instrumental de Glen Miller.

Aún hoy, algunos años más tarde, están grabadas esas imágenes de modo imborrable, que toman forma cuando en decenas de ocasiones he tenido la ocasión de re-escuchar, dicho tema.

Imagen tomada de: lacianababia.blogspot.com.es

Cerrando el círculo – Miguel Servet (se atrevió a pensar en Dios y lo pagó)

Retrato de Miguel Servet, de Christopher Sichem 1607.

Retrato de Miguel Servet, de Christopher Sichem 1607.

La primera noticia que tuve de Miguel Servet fue a través de la lectura en la escuela de dos páginas que el librito Cien figuras españolas le dedicaba y que me dejaron la errónea idea, por aquello que se había dedicado a la teología, de que era un fraile que se las había tenido tiesas con el reformista Calvino que terminó condenándole a la hoguera.

Debió ser por eso que cuando mi mujer me decía que en su familia había habido antepasados notables como Sancho Abarca y Miguel Servet, dudé de lo primero y rechacé categoricamente lo segundo con el peregrino argumento de que “cómo iban a ser descendientes de Miguel Servet si había sido un fraile” y aparqué sus comentarios en el mismo lugar que alguna de sus otras fantasías. El padre de mi mujer y sus hermanos fueron los últimos Servet de esta rama familiar que se inició hacia 1890 con Ana Servet Marín hija de Federico Servet Brugarolas y María Marín Gilabert, bisabuelos de mi mujer, tal como se cuenta en Los Servet (catalanes y genoveses en Murcia).

En ese rincón de las cosas descartadas estaba Miguel Servet hasta que recientemente he contactado con Luis Fontes Servet-Magenniss, P.J., biznieto de Sebastián III Servet Brugarolas y primo cuarto de mi mujer, que en su escrito The man who found out about himself when he was over 50 lo relaciona con los antepasados de los Servet murcianos. Estaba claro que una persona de otra rama familiar, que no se había relacionado por más de tres generaciones con la de mi mujer, contaba las mismas historias sobre los antepasados. Me ha parecido una coartada suficiente como para reunir algún dato sobre Miguel Servet e incorporarlo a la galería de personajes que pudieron tener algo que ver con los ancestros de mis nietos.

Parece ser que Miguel Servet nació en 1511 en Villanueva de Sijena (Huesca) de Antón Serveto, notario, y de Catalina Conesa. Fue un estudiante aventajado, conocedor del latín griego y hebreo, estudió Derecho en Francia y viajó por diversas ciudades del centro de Europa en plena efervescencia de la Reforma Luterana. En este ambiente tan confuso, comienza a leer la Biblia y usando su propio criterio no encuentra en ella referencias al tinglado de dogmas en que la Iglesia ha convertido la religión. Con veinte años publica De Trinitatis Erroribus donde afirma que el dogma de la Trinidad no tiene base bíblica, que es una invención, y envía una copia al obispo de Zaragoza que pide a la Inquisición que intervenga.

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Para ocultarse de la Inquisición adopta el nombre de Michel de Villeneuve e inicia un intercambio epistolar con Calvino, intentando convencerle de que rechace el dogma de la Trinidad. El intransigente Calvino consideró que sus ideas eran heréticas y guardó estas cartas que más tarde utilizaría contra Miguel Servet.

Se matriculó en medicina en la universidad de Paris. Enseña Medicina, Matemáticas y tras dictar un curso de Astrología tiene que abandonar la ciudad por enfrentamientos con la comunidad universitaria.

Tras muchos años de preparación y antes de imprimirla, en 1546 envía su obra principal Christianismi Restitutio a Calvino para que le haga los comentarios pertinentes. En lugar de ello Calvino le remite una obra suya, Institutio religionis Christianae para que la lea y comprenda lo equivocado de sus ideas. Miguel Servet estudió con detenimiento lo que Calvino decía y llenó los márgenes del libro con anotaciones muy críticas sobre lo que consideraba errores del reformista y se lo devolvió. Calvino, contrariado e intransigente como era, le contestó que sí aparecía por Ginebra no saldría con vida. Finalmente Servet publica el libro en 1553 como autor anónimo, pero alguien revela que el autor es Miguel Servet y que se oculta bajo la identidad de Michel de Villeneuve. Calvino envía las cartas de Miguel Servet a la Inquisición de Lyon que le detiene. Consigue escaparse, lo que no impide que sea sentenciado a muerte in absentia y que su efigie sea quemada.

Para poner tierra de por medio, decide irse a Italia donde creía que sus ideas serían mejor acogidas. No sé si era obligado pasar por Ginebra (dirección noreste) camino de Italia (hubiera sido más corto ir en dirección sureste) o fue su tendencia a meterse en líos, el caso es que el 13 de Agosto asistió a un sermón de Calvino, donde fue reconocido y detenido. Tal como Calvino le había anunciado siete años antes, fue juzgado y condenado a ser quemado en la hoguera junto con sus libros.

MiguelServetLaLibertadDeConciencia

Dice Luis Fontes que

“……fue quemado en la hoguera con una copia de su libro ‘Christianisme Restitutio’ atada a su pierna derecha, su cuerpo y cuello asegurados con cadenas de hierro…… la madera para quemar la escogieron todavía verde para que retardara la muerte del condenado. Su proceso había tardado en completarse dos meses y la condena capital decidida por Calvino fue la de muerte a fuego lento, Servet protestó que el dinero que le habían requisado bastaba para comprar madera seca pero se rechazó su propuesta. Su agonía se prolongó durante dos horas, ….. Su último grito fue ‘Jesucristo Hijo del Padre Eterno, ten piedad de mí’ …..

Tras este truculento suceso, Luis Fontes dice que

“….podemos entender que sus familiares más cercanos, Pedro, su hermano que era notario como su padre Antón, y Juan, que fallecería como párroco de la iglesia de Polemiño (a unos 30 km de Sijena), y el resto de la familia cambiaran su nombre para borrar el apellido infame que estaba en la lista de la Inquisición, sustituyéndolo por el apodo de la familia cambiando el orden de las letras, llamándose Revés.

Pero había una rama de la familia que había emigrado anteriormente a estos sucesos a las regiones vecinas de Cataluña – donde la fabricación de tejidos empezaba a florecer -en busca de trabajo y forma de vivir y, por tanto, no temía llevar el nombre infame de Servet. Con el tiempo (1700) estos parientes y sus descendientes establecieron una red de compraventa de telas a lo largo de toda la Península, especialmente en el sur.

El sistema de transporte de las mercancías, por medio de carros tirados por mulas, exigía almacenes y puestos de descanso por toda la Península. Este hecho les proporcionó unos ingresos económicos inesperados, ya que eran los únicos capaces de proveer alojamiento y comida a las tropas españolas en la guerra de la independencia (1812) y las Guerras Carlistas (1833-1875), usando sus facilidades de almacenamiento y sus conexiones comerciales“.

A finales de este siglo se iban asentando en los proyectos de minas, salinas y banca en las costas del sudeste español, Región de Murcia, ……

Los Servet a que hace referencia Luis Fontes Servet-Magenniss es la saga de los Sebastián Servet llegados a Murcia hacía 1810, procedentes de Castellterçol (Barcelona).

Miguel Servet, que fue tan activo en sus planteamientos teológicos, es más conocido por haber sido el primero en describir la circulación pulmonar de la sangre y curiosamente lo hizo dentro de su obra teológica Christianismi Restitutio, donde afirmaba que Dios estaba en todas las cosas coincidiendo con los panteistas, que no debía bautizarse a las personas hasta la edad adulta como lo había hecho Jesucristo y que defendían los anabaptistas y que la esencia divina del alma residía en la sangre, gracias a lo cual podía estar por todo el cuerpo. Pudo moverle a este descubrimiento más la necesidad de dar soporte a sus planteamientos religiosos que el interés científico.

Pero lo que le llevó a un final tan trágico a los cuarenta y dos años fue su carácter de librepensador y no valorar en su justo término las consecuencias de hacer públicas sus ideas en aquella situación de intransigencia religiosa extrema. Aunque fue ejecutado por el Consejo de la ciudad de Ginebra, la Inquisición de Francia y España estaban pendientes de que apareciera en sus respectivas jurisdiciones para hacer lo propio. Curiosamente, casi doscientos años más tarde, la otra rama familiar, los Vidal-Abarca, emparentaba con los Aledo-Coutiño que ejercieron como Familiares y Familiares Regidores del Santo Oficio (ver Los Papeles de Juan Blesa). La barbarie religiosa que mandaba a la hoguera a los que pensaban diferente continuó en España hasta 1808.

Sorprende que los teólogos oficiales hayan revestido la religión de una complejidad dogmática tan innecesaria como difícil de entender y que un jovenzuelo laico de veinte años sin más que leer la Biblia, a partir de su propio criterio fuera capaz de señalar tantos errores doctrinales. La claridad de juicio que tuvo para sus análisis teológicos le faltó para intuir las consecuencias de revolver el avispero que era el pensamiento religioso de la época. Y le costó muy caro.

Si como aseguran mi mujer y Luis Fontes Servet-Magenniss, Miguel Servet forma parte de sus antepasados, parece fuera de toda duda que fue el más notables de ellos.

Fuentes consultadas: The man who found out about himself when he was over 50, de Luis Fontes Servet-Magenniss; internet

Imágenes tomadas de: servetus.org, unitarianhistory.org.uk, es.slideshare.net

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Crueldad innecesaria (perros fornicadores)

Pelea de gallos.

Cuando nos hacemos mayores son inevitables las comparaciones entre lo que sucede hoy y las cosas que pasaban “en nuestros tiempos“. En el telediario han dicho que un hombre se ha encontrado con su ex pareja, la ha invitado a una tónica para romper el hielo y a renglón seguido la ha matado con un cuchillo que llevaba en una bolsa, casualmente. Satisfecho con semejante acto supremo de autoridad con su ex mujer, se ha clavado él mismo el cuchillo y se ha pasaportado al otro mundo, quizá con la idea de reunirse con ella en la otra vida, eso sí, una vez escarmentada. Me he preguntado si antes éramos así de violentos y la respuesta, por demás complaciente, ha sido que no, que no con las personas que frecuentábamos. Pero se ha colado por un resquicio de mi mente el maltrato que a veces ejercíamos con los animales domésticos, en Omaña el contacto con ellos era permanente, unas veces para procurarnos el sustento y otras gratuitamente y he recordado muchos episodios.

Hoy se compran los pollos muertos y descuartizados de forma que solo hay que echarlos a la cazuela o, si tenemos prisa, los compramos ya asados y solo falta comérselos. En Vegarienza criábamos los pollos en casa para comérnoslos y antes de comerlos había que guisarlos y, como no era caso de echarlos vivos y con plumas a la cazuela, primero había que matarlos y desplumarlos. Recuerdo a la abuela o a mi madre con que técnica tan depurada convertían aquel revoltijo de plumas y cacareos en un manjar digno de la mesa de un marqués, con el que nos chupeteábamos los dedos después de haber mojado abundante pan en aquella sabrosa salsa que acompañaba a los muslos y alones del interfecto. Sujetaban el plumífero bajo el sobaco y, si era de armas tomar, alguien tenía que ayudar sujetándolo por las patas tal como me tocó a mí en muchas ocasiones. Con la mano izquierda le doblaban la cabeza hacia adelante y le pelaban las plumas de detrás de la cresta para poder trabajar con limpieza mientras el justiciable protestaba de manera ostensible. Con el cuchillo daban un tajo entre dos vértebras, sin que les temblara el pulso para que el chorro de sangre no se saliera del cacharro en que se recogía para luego hacerla encebollada. Los pataleos del pollo se iban apagando al mismo tiempo que el chorro de sangre se hacía más y más débil. Ya solo quedaba desplumarlo, chamuscarlo, descuartizarlo y a la cazuela. Todo un tratado de anatomía gallinesca. La mayor parte de los que se chupaban los dedos con el guiso, ignoraban el largo proceso que había sufrido el pollo hasta convertirse en aquel manjar. Al día siguiente cualquiera de los comensales llamaríamos a las inconscientes gallinas, con un tono de voz inocente que no denotaba en absoluto nuestras aficiones gastronómicas que tanto les incumbían, para que se acercaran a comer el grano que les echábamos mientras las observábamos con atención intentando adivinar cuál sería la próxima en convertirse en guiso.

No había el más mínimo cuidado para evitar que los pequeños presenciáramos estos episodios, más bien parecía que se quería que aprendiéramos bien temprano que aquella violencia era necesaria. Así se explica que asistiéramos a la encarnizada matanza del cochino sin que a nadie le entrara la duda de si aquel espectáculo era apto para menores. Veíamos cómo se le convencía al cerdo para que saliera de la cochiquera enganchándole con un garfio por la papada y se le clavaba un cuchillo enorme en el cuello, manteniéndole vivo lo más posible para que sangrara bien y las morcillas fueran abundantes. Luego se le quemaba la piel con antorchas de paja para eliminar las cerdas, aunque aquí se puede esgrimir el atenuante de que el cerdo ya estaba bien muerto. Todo ello entre bromas y chascarrillos, bajo la mirada curiosa de la gente menuda de la casa. Afortunadamente aquí yo no tenía que participar sujetando patas o desollando cuerpos. Solo mirar con ojos asombrados aquel ritual sangriento y casi tribal, pues allí se juntaban para ayudar unos cuantos vecinos.

Sin duda la peor parte se la llevaban los pobres animalejos que tenían alguna utilidad gastronómica, que sufrían eso que eufemísticamente se puede llamar violencia útil o utilitaria o práctica o necesaria, buscando el bien de la especie dominante. Pero también la sufrían aquellos animales con menos utilidad o que no formaban parte de nuestros hábitos alimenticios. Era el caso de los perros y gatos, presentes en todas las casas del pueblo, que ayudaban al pastor a cuidar de vacas y ovejas o a tener a raya a las ratas para que no se comieran los granos de centeno. De las camadas de perros alguno se salvaba si un conocido había manifestado su interés por un perrito. En el caso de los gatos, como gato había en todas las casas, no se salvaba ni uno salvo que el gato que estaba en nómina fuera viejo y hubiera que asignarle un compañero más joven antes de jubilarle. Todas las demás crías hubieran sido bocas a alimentar y no estaba la cosa para despilfarrar. Cuando más encariñados estábamos con los gatitos o perritos recién nacidos, un buen día por la mañana al ir a jugar con ellos habían desaparecido. Mientras la gata o la perra recién parida buscaba inquieta por la casa, olisqueando por todos los rincones para encontrar a su prole, nosotros nos dirigíamos a la orilla del río angustiados, imaginándonos como habrían hecho glu-glu-glu mientras se hundían en el agua pataleando, con la esperanza de encontrar a alguno que hubiera tenido la suerte de acercarse a la orilla. Y es que ya sabíamos que alguna persona mayor habría hecho lo que había que hacer: tirarlos al río para así mantener en su justo término el equilibrio de los animales de la casa. El desconsuelo nos duraba unas cuantas horas, hasta que nos rendíamos a la evidencia de lo irremediable y jurábamos no volver a encariñarnos nunca más con aquellos pequeñines, condenados de antemano. Poco a poco nos endurecíamos y dábamos por sentado que así tenían que ser las cosas. Si hubiéramos sido chinos, en vez de tirarlos al río nos los habríamos comido.

Las ovejas y las cabras ocupaban un escalón intermedio dentro del conglomerado de animales que convivían con nosotros. Eran demasiado pequeñas para realizar ningún trabajo físico y gracias a ello llevaban una vida relativamente muelle, todo el día en el monte comiendo y sesteando. Solo tenían que soportar algún que otro mordisco del perro que ayudaba al pastor a tenerlas a raya y algún que otro susto o dentellada del lobo. Su justificación era la lana, indispensable en aquellos tiempos, la leche para hacer quesos y los corderines y cabritines que tenían cada año. Se las podría haber dejado en paz, pero no. Así como cada vaca o la burra tenían características fisonómicas que las distinguían de las demás, todas las ovejas y cabras del pueblo se parecían salvo que tuvieran alguna mancha o rareza singular. Era necesario distinguir de forma inequívoca las que eran de cada casa para separarlas cuando el rebaño retornaba del monte a última hora de la tarde. Seguro que se podría haber encontrado procedimientos más o menos indelebles y mucho menos agresivos, pero se utilizaba uno que, desde luego, era permanente y barato. Se les cortaba a tijera un trozo de oreja con la marca característica de cada casa y problema resuelto. Sin gastar un duro y para siempre. A los borregos se les castraba por el procedimiento de estrangularles con un alambre los testículos, que al cabo de unos días se desprendían espontaneamente. Económico y eficaz.

Los chavales contemplábamos, de tarde en tarde, como los mayores manifestaban su ira y enfado dando tremendos pinchazos con la ijada a las vacas para sacar el carro de un atolladero o para subir una cuesta, cuando debería haberse cargado menos el carro o arreglado bien el camino y dejar tranquilas a las vacas que hacían lo que podían. Esto lo aprendíamos de los mayores y lo incorporábamos a nuestro comportamiento con los animales que estaban a nuestro cargo. Como cuando moscaban las vacas por efecto de las moscas rocineras, pobrecillas vacas que se volvían locas sin manos para quitarse la mosca donde no les llegaba el rabo, y que pagaban nuestras carreras detrás de ellas con algún bastonazo tan pronto las teníamos al alcance.

Y qué decir de nuestro celo persiguiendo a los perros fornicadores, tan imbuidos como estábamos de la doctrina imperante sobre el sexto mandamiento. Los pobrecillos no habían asistido nunca a la catequesis del cura don Abundio y no sabían que no estaba bien visto el ayuntamiento si no eras casado y aún menos en lugares públicos. Eran tan poco leídos que en vez de hacer “la bestia de dos espaldas” con que Shakespeare aludía el acto sexual, solo alcanzaban a formar un triste ciempiés de ocho patas y dos cabezas tirando obstinadamente cada una por su lado para deshacer aquel incomprensible nudo que les mantenía unidos e inermes. Tan pronto veíamos a dos perros haciendo simplemente lo que su instinto les ordenaba, la emprendíamos a palos y patadas exigiéndoles cumplir con la doctrina y la moral con que don Abundio nos gobernaba a nosotros. Creo que había una cierta envidia por nuestra parte, por la naturalidad con que ellos se comportaban y que a nosotros nos estaba vedado. ¿Dónde estaba aquí la utilidad de la violencia? ¿Qué componente atávico nos conducía a este comportamiento? ¿Solo imitábamos lo que habíamos visto hacer a los chavales un poco mayores? Lo dicho, envidia cruel.

También nos divertíamos cuando algún murciélago se metía en casa o lo cazábamos al vuelo con el procedimiento de lanzar una boina al aire a su paso. No había un solo murciélago capturado que se librase de fumar un cigarrillo de Ideales entre el jolgorio y la excitación de todos nosotros. Y suerte si no acababa pinchado en una tabla con dos chinchetas por las alas. Era un animalito que surgía de la oscuridad y que tenía la mala suerte de parecerse al diablo, todo negro, con garras, orejas puntiagudas y ojos brillantes, y sobre el que ejercíamos una violencia que dejaba traslucir el susto que nos producía lo desconocido, lo diferente. Alguna vez que yo ayudé a sujetarlo mientras le arrimaban el cigarrillo al morro, recuerdo el estremecimiento que me producía el tacto cálido y suave de sus alas membranosas, tan parecido al de la piel humana, pues al fin y al cabo era un mamífero como nosotros. Pero era diferente y tenía que pagar por serlo.

A veces, la diversión a costa de los animales alcanzaba extremos de ensañamiento injustificables. Lo más canalla que recuerdo lo vi en las fiestas de Riello, a media tarde, lo que me autoriza a pensar que a aquella hora la gente todavía no estaba borracha y ya se debía haber disipado la cogorza del día anterior. No cabe, por tanto, atribuirlo a un estado de conciencia disminuido. A juzgar por el jolgorio, se trataba de diversión pura y dura. En mitad de la plaza, donde los días de mercado las vacas esperaban a que algún tratante de ganado se fijase en ellas, habían hecho un hoyo con la profundidad suficiente para que cupiera el gallo acuclillado y lo tapaban con una tabla que tenía un agujero en el centro por el que el pobre bicho sacaba la cabeza para ver la luz. Los mozos tiraban pedradas por turno intentando descabezar al pollo, que metía la cabeza debajo de la tabla cuando veía acercarse una piedra. Sabido es que las gallinas y sus consortes no se distinguen por su inteligencia (junto con “Eres un Pánfilo”, el mayor insulto que nos podía dirigir mi padre era “Tienes menos seso que una gallina”). El caso es que el gallo en vez de quedarse debajo de la tabla a buen recaudo en vista de la que estaba cayendo, ya fuera por curiosidad o por no estar a oscuras, volvía a sacar la cabeza cuando las piedras dejaban de golpear la tabla. De nuevo algún gañan hacía demostraciones de puntería, de fuerza y de saña arrojando una andanada de piedras que hacían que la cresta roja del volátil desapareciera por el agujero, salvándose milagrosamente de aquel diluvio y burlando al asesino en ciernes. Hasta que la mala pata del gallo hacía que sacara la cabeza por el agujero en el momento en que una piedra anticipada volaba por encima del agujero y le cortaba en seco el último cacareo. Mientras el tirador exhibía en alto el cuerpo desmadejado del gallo ignorante como si se tratara de una pieza de caza mayor, los aplausos y felicitaciones celebraban su puntería y se pedía a gritos que pusieran otro gallo debajo de la tabla. Eran muchos los ansiosos por demostrar la puntería que habían adquirido tras muchos años de pedradas a las ovejas y a las jícaras de la luz. Y a nadie nos daba vergüenza esto. De hecho, el tiro al gallo figuraba en el programa de festejos como un acto (¿cultural?) más. Extraño mejunje entre tradición y crueldad.

El repaso detenido sobre cómo nos comportábamos con los animales, me ha dejado un regusto incómodo. Ejercíamos violencia con los animalitos que teníamos alrededor, unas veces para convertirlos en alimento y otras de forma gratuita o por pura diversión. Quizá sea excesivo hablar de violencia, pero cuando menos éramos crueles con los animales que nos ayudaban a sobrevivir. Nos regalaban su esfuerzo, su leche, su lana y sus crías para alimentarnos o para venderlas y obtener así otras cosas necesarias. En vez de estarles agradecidos, a la menor ocasión ejercíamos con ellos una crueldad innecesaria e injusta. ¿Se puede ser más desagradecido?

No puedo por menos que pedir disculpas a todos los animales sobre los que tenía jurisdicción: la burra, la Garbosa y demás vacas moscantes, el Jay y el Pol y cualquier otro perro al que haya perseguido con saña por no cumplir con el sexto mandamiento. Era la costumbre y no fui capaz de discernir sobre la irracionalidad de aquellos comportamientos. Debí ser más cuidadoso y crítico en mi trato con los animales.

Como la tele ha sido la culpable de estas reflexiones tan poco amables, me impongo el castigo de no ver el telediario en toda la semana. Me ahorraré ver como tratamos ahora a los inmigrantes y refugiados o la penúltima incursión de los judíos en la franja de Gaza. Esta sí que es violencia de la buena, de la bíblica. A falta de animales, maltratemos a los más débiles.

Imagen tomada de: cartagena-indias.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los primos de Guinea (los buenos tiempos perdidos)

Carmencita, Federe y Piluca.

Carmencita, Federe y Piluca.

De la familia de mi padre que conocí, sin duda la persona más vitalista era la tía Epi. Pelirroja y pecosa como mi padre y la tía Ante, siempre la recuerdo risueña o con una franca sonrisa en la cara. Al verla nada hacía pensar que Epi hubiera vivido los trágicos hechos familiares que sumergieron en una profunda tristeza y actitud de dignidad herida sin solución a sus hermanas Ante e Ita (ver Mi otra Familia). Aparte de su vitalidad innata, algo tendría que ver en la superación de aquel revés de fortuna familiar su marido, el tío Federico, que según la prima Mariera una de las personas más graciosas que he conocido”, al que tía Epi conoció “….en tiempo de guerra. Ella estaba de voluntaria haciendo de enfermera y él llegó herido“. Una historia realmente romántica y casi de película. De nuestro álbum familiar siempre me llamó la atención una foto de ellos dos en una actitud parecida a la que solían presentar los protagonistas de las películas de la época en los carteles anunciadores de los cines, quizá por la muestra de cariño que manifiestan y que tan poco usual era en las fotos familiares de entonces.

Tía Epi era la segunda de siete hermanos y mi padre el más pequeño, pero creo que a pesar de la diferencia de edad los dos congeniaban hasta el punto que mientras vivimos en Roa de Duero creo que nos visitaron todos los veranos. Para nosotros recibir a tres primos mayores que nosotros representaba una revolución, sobre todo el primo Federe que era dos años mayor que yo y que enseguida se constituía en líder natural de la patulea constituida por mis hermanos y yo mismo. Carmencita era la mayor y no recuerdo que participara en nuestras travesuras pues tenía unos años más que sus hermanos y la considerábamos casi una señorita. A Federe y Piluca les rodeaba un aura de distinción por el simple hecho de ser gemelos, algo tan inusual que nos tenía permanentemente asombrados y yo al menos les consideraba antes gemelos que niños, una categoría especial. A esta admiración propia de los pequeñajos hacía la soltura con que se manifestaban aquellos primos un poco mayores, se añadía la fantasía de que ellos estaban o habían estado en Guinea Ecuatorial, con todas las connotaciones que tenía vivir en el África negra al estilo, suponíamos, de lo que leíamos y veíamos en las películas de aventuras con exploradores con salacot y fusil y porteadores negros en mitad de la selva, pues el tío Federico trabajaba o tenía allí una empresa maderera.

Federe y Piluca eran divertidos y bulliciosos, con nueve o diez años plenos de energía que necesitaba liberase. A la plenitud física de Federe se unía un espíritu muy competitivo y cierta tendencia al desafío que a veces nos hacía ser a los más pequeños un poco temerarios al intentar emularle, como se verá. El excusado en la casa de Roa, sería hacía 1952, era un cuartucho en el que había una especie de banco de mampostería con una tabla por asiento provista de un anatómico agujero en el centro, bajo el que había tres o cuatro metros hasta el suelo de la planta baja. Un día Federe descubrió que era excitante saltar por encima del negro agujero y así estuvo un buen rato con mirada retadora a los primos que le observábamos entre admirados y temerosos pues sabíamos que al poco nos diría algo así como, “¿a que no os atrevéis?“. Expresado el inevitable desafío, yo que era el mayor me subí a la tabla con tanta aprensión como miedo y con mucho cuidado salté por encima del boquete. Detrás fueron Loli y Fernando que también superaron la prueba bajándose aliviados al suelo. Federe no se rendía fácilmente y reaccionó subiéndose de un salto al rudimentario váter y comenzó a saltar por encima del agujero a la pata coja, retándonos con una sonrisa burlona mientras a los tres hermanos se nos encogía el alma imaginándonos ahogados en el montón de mierda que había bajo la tabla. Se bajó de un salto y dándome con el codo me espetó “me juego lo que quieras a que a esto no te atreves“. Yo era un corre calles y sabía que aquello no era más difícil que saltar entre dos bancos próximos de la plaza de la iglesia como hacía frecuentemente, pero mientras entre los bancos solo había tierra y un fallo se saldaba con un despelleje de rodillas, aquí me esperaba un colchón tan movedizo como nauseabundo y no se me ocurría cómo iban a sacarme de allí. Pero estaba el honor familiar por medio así que me santigüé y salté por encima del redondel sin más problemas. Loli acostumbrada a jugar a la rayuela también superó la prueba sin dificultad. Solo quedaba Fernando que tendría escasamente cinco años y que, por tanto, era menos consciente del riesgo que aquello tenía, además de no tener el grado de habilidad de Loli y mío. Loli y yo debimos impedirle probar, pero la afrenta era tan grande que le dejamos subirse a la tabla confiando en que no le sucedería nada. Pero no fue así. En el primer salto sólo alcanzó el borde del redondel con la puntera del pie y vimos cómo giraba el cuerpo hacia nosotros y se precipitaba por el agujero con cara de terror. Cuando todos nos abalanzábamos para mirar por el agujero a ver qué le pasaría, vimos que su cabeza no desaparecía de nuestra vista porque tuvo la suerte de poder agarrarse con las manos al borde de la tabla mientras lloraba asustado. Le agarramos como pudimos y le devolvimos al mundo de esta parte de la tabla, que sin duda era más sólido de lo que le hubiera esperado allá abajo aunque no sé si menos peligroso pues volvió a la compañía de cuatro descerebrados incapaces de protegerle. Solo fui consciente de lo que pudo haberle pasado a Fernando cuando meses más adelante vi lo que los poceros sacaban de aquel excusado donde toda la familia depositaba sus excedentes.

Aparte de los continuos desafíos de Federe que siempre ponían a prueba nuestro valor y sentido común, la visita de los primos a Roa era una fiesta para nosotros y frecuentemente nos íbamos las dos familias de excursión a pescar cangrejos al río Duero o por las eras que rodeaban Roa. Recuerdo las incursiones de tía Epi por las viñas, agachada como un indio, en busca de racimos que comíamos sin más o acompañados con el pan sobrante de la merienda. También solía caer en sus manos algún melón cuyas semillas rociadas de sal y extendidas sobre una hoja de periódico secábamos al sol en el balcón de casa y que en nada tenían que envidiar a las pipas que comprábamos los domingos en la plaza de la iglesia.

En una de estas visitas se decidió que yo les acompañaría a León para pasar con ellos todo el curso. Fue la primera ocasión en que uno de los hermanos dejaba la casa paterna por una larga temporada para vivir con alguien de la familia. Supongo que representaba un alivio para mi madre, que ya tenía cinco arrapiezos a su cargo, y que también sucedió más tarde con otros hermanos para vivir todo un curso con los abuelos en Vegarienza o en otros destinos familiares. Vivían en un piso alquilado del barrio de El Crucero, en la carretera de Trobajo del Camino a unos cientos de metros del puente de San Marcos, una carretera sin aceras bordeada de casas típicas de la época que exhibían en sus fachadas la ropa puesta a secar. Asistí allí a la escuela y secundé al hiperactivo Federe en correrías por los huertos que había entre las casas y la vía del tren, que sin barreras de separación ni otra defensa nos avisaba de su paso con un estridente silbido escasos segundos antes de echársenos encima. Dos años de diferencia cuando yo tenía seis o siete años eran muchos y seguir a Federe no siempre era sencillo. En una ocasión en que tuvimos que salir pitando por alguna trastada, comprobé que intentar correr tanto como mi primo y al mismo tiempo mirar donde ponía los pies no era fácil y lo pagué con un paleto roto y el tabique nasal desviado. Con el tiempo el paleto salió atravesado, siendo un rasgo peculiar de mi fisonomía (ver Valor se le supone), y mi nariz empezó a parecerse a la de un boxeador.

De esta etapa recuerdo las películas en el cercano cine Crucero de las que salíamos en invierno bien arropados con la bufanda hasta los ojos y sorprendidos por el vaho que expulsábamos por la boca, los caballitos de Papalaguinda y los cucuruchos de castañas calientes o las bolsitas de almendras garrapiñadas. Todo aquello representaba para mí actividades que no eran posibles en Roa de Duero, un pueblecito sin esa variada oferta de ocio y que por otra parte las estrecheces económicas de una familia ya bastante numerosa no permitían. De esta etapa recuerdo especialmente la Nochebuena que pasamos en casa de las tías y la abuela con el correspondiente pavo, creo que el único pavo navideño que he comido en mi vida, y que los Reyes me dejaron una escopeta que disparaba un tapón de corcho, también la única escopeta que tuve. Al terminar el curso me reincorporé a la disciplina familiar en Vegarienza y al final del verano retornamos todos para Roa.

Cuando les visité por segunda vez para estar con ellos una temporada, se habían construido un chalet en la carretera de Alfageme que arrancaba a la izquierda de la carretera a la Virgen del Camino. Era una casita de una sola planta en mitad del campo, de la que recuerdo los elefantes de ébano y algunas figuritas de marfil propias de la artesanía africana o quizá más especificamente guineana. Cerca de la casa había unas vallas metálicas y casetas restos de lo que debió ser una granja, un negocio familiar con poco éxito y por donde recuerdo merodeábamos. Vivir en mitad del campo, con pocos chicos alrededor, no proporcionaba demasiadas emociones y había que fabricárselas. Desde allí nos íbamos caminando hasta la zona del río Bernesga, entre el puente de San Marcos y el de la estación, con la intención de pescar en un cauce con abundancia de cantos rodados y escaso caudal. Yo seguía siempre a Federe a ojos cerrados a cualquier aventura por descabellada que fuera, pero poner como cebo unas bolitas de pan, creo recordar que condimentadas con algo de pimentón o con trazas de chorizo, siempre me pareció un empeño imposible, acostumbrado como estaba a la sofisticada pesca de la trucha omañesa que requería de cebos más aparentes. Saltábamos de un canto rodado a otro recorriendo todos los remansos, más bien charcos estivales, echando la miguita de pan que se desmigajaba por si a algún barbo despistado y con hambre le convencían nuestras artes de pesca. Para mi aquello era un poco frustrante pues sabía que por muy tontos que fueran los barbos el pan, aún sabiendo a chorizo, no les atraería demasiado. Solíamos volvernos para casa apesadumbrados bajo el peso del fracaso y la expectativa de una larga caminata por el borde de la carretera, con las manos vacías.

Hubo un momento en que toda la familia se fue a vivir a Guinea y aunque ellos venían de vez en cuando a León, solo nos vimos esporadicamente. Cuando yo estudiaba preuniversitario en León, coincidiendo con una de sus visitas, una tarde estuve paseando con Piluca en la inevitable procesión dominical por Ordoño II, con la misma sensación de camaradería y cariño con que nos relacionábamos de niños. En otra ocasión Carmencita, ya casada y creo que con niños, nos visitó un verano en Vegarienza. Solo fueron ramalazos de la antigua convivencia que tan grata había sido para mí.

Tras el proceso de descolonización de Guinea que finalizó con la independencia en 1968, el creciente clima de inseguridad obligó a los españoles a dejar el país precipitadamente abandonando todo lo que habían conseguido tras muchos años de trabajo. La familia Andaluz García al completo regresó a la Península donde se les ofreció algún tipo de trabajo, no sé si a modo de compensación por tener que abandonar sus negocios en la colonia. Se afincaron en la costa levantina y nos vimos en contadas ocasiones. El primo Federe sé que estuvo alguna vez por casa de mis padres, cuando yo trabajaba fuera de Madrid y no le vi. Años más tarde, con motivo de la boda de mi hermana Julia en Murcia, vi por última vez a la tía Epi y a Piluca, hará de esto más de treinta años.

Aunque de vez en cuando he sabido algo de ellos por mi madre, los afanes de cada cual y la vida, que a cada uno nos lleva por un lado, no han facilitado que nos viéramos. Ahora que me he puesto a escribir sobre lo que recuerdo y tras haber intercambiado información y algunas fotos con la prima Mari, con la que afortunadamente he podido contactar a través del blog y telefónicamente, he sentido la necesidad de hablar con ellos para comentar cosas sobre la familia que no tengo claras y que probablemente ellos, que eran los mayores de la generación de los primos, podrían aportar nueva información sobre esta parte de mi familia paterna para aliviar tanto desconocimiento. Solo tengo dos números de teléfono a los que no se pone nadie. Dos familias que inicialmente se mantuvieron en estrecho contacto durante años, nos hemos perdido la pista, al parecer, definitivamente. Sin duda, hemos sido poco cuidadosos de estos antiguos quereres.

Tía Epi y tío Federico.En el centro de la foto de la derecha, tía Epi con Carmencita en brazos y el tío Federico en su casa de Guinea. Todos, hasta la pequeña Carmencita, ataviados con el obligado salacot.

Tía Epi y tío Federico.En el centro de la foto de la derecha, tía Epi con Carmencita en brazos y el tío Federico en su casa de Guinea. Todos, hasta la pequeña Carmencita, ataviados con el obligado salacot.

Agradecimientos: a María Guadalupe García López por sus comentarios esclarecedores y fotografías familiares.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Ipe, emprendedor y pícaro (entre tontos andaba el juego)

Ipe (Felipe) de Llamas de Laciana, en 1960.

Ipe (Felipe) de Llamas de Laciana, en 1960.

Apoyado en la lavadora que volteaba mansamente la colada mientras vigilaba distraído un recipiente que burbujeaba sobre la vitrocerámica, reparé en lo poco que se parecen las cocinas de hoy a aquellas en las que vi a mi madre afanarse durante muchos años, desde primera hora de la mañana hasta casi la hora de irse a la cama. En la de Villablino el frente lo ocupaba la cocina de carbón a la que seguían en el costado izquierdo el fregadero y la pila de lavar. En aquel ángulo se desarrollaba el ciclo incesante de preparar lo que se iba a cocinar, los guisos interminables que había que vigilar y la limpieza de los cacharros empleados. Inmediatamente recordé a Ipe. Ni un solo electrodoméstico había en la cocina de mi madre. La pila de lavar color gris cemento, jaspeado de piedrecitas blancas, hoy tendría la clasificación energética A+++ pues funcionaba a fuerza de riñones y brazos. Tenía una rampa ondulada donde mi madre frotaba la ropa y la golpeaba hasta convencer a la suciedad que mejor era irse por el desagüe y una cavidad donde se aclaraba la ropa para luego escurrir el agua, retorciéndola con un esfuerzo ímprobo. Nunca vi a una lavandera echar un pulso, pero seguro que no habrían quedado en mal lugar desafiando a aquellos forzudos tan proclives a alardear de su fuerza. A pesar de aquel esfuerzo por llevarnos limpios que aún se desarrollaba en aquellas cocinas, seguro que muchas agradecieron el paso adelante que supuso tener agua corriente en casa, que les evitaba tener que hacer lo mismo en el río, pero arrodilladas y a la intemperie. En la cocina de leña, de carbón en Villablino, se acumulaba el conocimiento de millón y medio de años desde que el hombre conoció el fuego y comenzó a ablandar carnes y verduras sobre brasas protegidas entre dos piedras. En el fondo todo seguía siendo muy parecido: leña o carbón que había que encender cada poco, sobre cuyas llamas se ponían sartenes y pucheros que terminaban completamente tiznados. Podrían haberse dejado así de negros para volver a utilizarlos, pero la cultura de limpieza imperante exigía que los culos de sartenes y peroles quedaran impecables, para lo que se usaba arena muy fina impregnada en el estropajo de esparto y frota que te frota hasta que su efecto abrasivo eliminaba el hollín. La arena se obtenía de yacimientos de arenisca y en Villablino era Ipe el que la traía a las casas. De vez en cuando llamaba a nuestra puerta con su saco de arena al hombro, anunciaba su mercancía de forma ininteligible y volcaba una lata de arena en nuestro recipiente por la que había que darle una peseta. En la calle me enteré que lo que Ipe mascullaba a la puerta de casa era “arena, una peseta“. No hay pueblo que se precie sin su tonto y Villablino no iba a ser menos. Los normales, los listos, habíamos decidido que nuestro tonto fuera Ipe y bastaba que lo viésemos aparecer por una esquina para que alguno de nosotros soltara su retahíla comercial “ena, una eta“, mientras los demás cruzábamos miradas de burla o disimulados codazos cómplices. Nuestro cerebro no daba para más. Era una persona de nuestra comunidad a la que habíamos asignado el sello de lo imperfecto, lo inútil, lo prescindible, lo ignorable. De hecho solo recuerdo de él sus esporádicas apariciones en la puerta de casa ofreciendo su mercancía o habérmelo cruzado alguna vez en el puente del ferrocarril sobre el Sil que transitaban los de Llamas y los Rabanales o la insistente retahíla que alguno de nosotros repetíamos maliciosamente cada vez que le veíamos. Así como recuerdo perfectamente después de cincuenta años tantas y tantas caras de gente “normal” de por allí, los rasgos físicos de Ipe se me superponen a los de Mariano Pililón“, el correspondiente tonto de Roa de Duero donde me inicié en el menosprecio cómplice hacia los “menos normales“. Afortunadamente no todos eran tan imbéciles. Otros trataron a lpe con el cariño y consideración que toda persona merece y que se suele producir a través del conocimiento. Recuerdo comentarios cariñosos de Pepe Sabugo sobre el Ipe que él conoció muy de cerca, que creo es justo reproducir en lo esencial:

Era de Llamas y su estado físico era a consecuencia de una meningitis que había tenido cuando era niño … fue pionero en Laciana en ganarse la vida como comerciante, sin pagar derechos ni franquicias, ni alquiler de local, ni licencia de apertura de negocio, etc etc, libre de pagar impuestos, vendiendo arena que recogía en la montaña de el Cornón en verano ….. Hacía una parada de su trabajosa caminata en Rioscuro, que aprovechaba para mezclar la arena del saco con otra similar pero de menor calidad ….. Con el saco lleno esperaba en la carretera a que algún camionero le acercara hasta Villablino pagándose el viaje con un vino …. Recorría los pueblos de Laciana y las cabeceras del Bierzo donde su recorrido en tren era gratuito. Con su almacén a cuestas (el saco de arena) la medida que hacía las veces de balanza era una lata de sardinas que vendía a una peseta (UNA ETA). También aprovechaba sus viajes vendiendo escobas de monte y codoxos hechos por él, para barrer las cuadras de los animales y en época de la cosecha y maja usados para barrer en las eras los granos de centeno o trigo, a un precio de 5 pesetas (UN URO ). En la época de siembra vendía las varas de avellano para los fréjoles de los huertos por decenas, atados con las mimbres verdes de hacer cestos ….. Su meningitis le impedía hablar bien, fumaba en pipa y se ganaba bien la vida, con propiedades en Llamas de Laciana …… En el transcurso de los años te das cuenta que era libre, que nadie mandaba en él, era un pícaro, sin poner un duro en sus empresas, sin costes de almacenaje, con productos sin fecha de caducidad, sin coste de la materia prima, que después vendía, sus ingresos eran netos …..  En ocasiones en su caminar por los pueblos del valle y cabecera del Bierzo, incrementaba sus ingresos, donde le ofrecían un plato de caldo, haciendo algún favor a alguna desconsolada que, cuando le preguntaba ¿ Felipe quieres….? él respondía IPE TERO“.  

En los inviernos siempre fríos en nuestro valle, Ipe (Felipe) dormía en la estación de Villablino, como sabes a tiro de piedra de Llamas, en un cuarto con calefacción que le proporcionaba el Jefe de la estación, el sr. Evaristo …… este relato se lo debo a mi abuelo que era jefe de la brigada del arreglo de las vías del tren con el que viajaba cuando yo salía del instituto en aquel tren obrero que se llamaba el JAIMITO que solamente llegaba hasta Palacios del Sil. El abuelo era compañero y amigo del sr. Evaristo …..  en alguna ocasión en esos fríos de invierno yo esperaba la llegada del tren en el cuarto de IPE, de ahí el saber con todo lujo de detalles …. Podría ampliar, los secretos que IPE le contaba en esas noches de invierno a Evaristo que a su vez se lo decía a mi abuelo en mi presencia, esperando aquel tren Jaimito para ir a Rabanal de Abajo, pensando ellos que yo no entendía sus charlas o comentarios …. “

Es fácil concluir a partir de estos comentarios que Ipe de tonto no tenía un pelo, que era emprendedor, pícaro al más puro estilo de la tradición picaresca, hasta un poco don Juan y con la astucia suficiente como para estar al tanto de los trapicheos y debilidades de sus convecinos que luego contaba al jefe de estación. No sería excesivo afirmar que Ipe era más importante para mucha amas de casa de por allí que muchos de los que nos considerábamos listos, no solo por su arena que hacía relucir el culo de sus sartenes como soles, sino también por el cariño que les daba. Está claro que en Villablino había más de un tonto y que, según el dicho muy habitual por allí, en nuestra casa no lo sabían. ¿Por qué es necesario hacerse viejo para comprender que este comportamiento con Ipe era homófobo y estúpido? De haber conocido su opinión sobre la gente normal que nos burlábamos de él, imitando su dificultad para hablar, estoy seguro que no quedaríamos muy bien parados. Felipe, sirvan estos recuerdos tardíos y confusos, verás que muchos son prestados, como disculpa. Hoy lo hubieras tenido algo más difícil con tanta vitrocerámica y sartén anti adherente, pero a tu pillería e iniciativa seguro que algo se les habría ocurrido.

Agradecimientos: a Pepe Sabugo por sus comentarios esclarecedores.
Imagen tomada de: Laciana, un otoño de Julio Álvarez Rubio

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada