La estampa (el demonio anda suelto)

Como cada tarde de aquellos interminables veranos en Vega (Vegarienza de Omaña), llevábamos las cuatro vacas de nuestro abuelo a pastar en las llamas de Castriello. Mi primo y yo íbamos por la parte izquierda de la carretera y, delante de nosotros, las cuatro vacas caminaban por la derecha tal como se nos había repetido innumerables veces. De no ser así, si tuviéramos la mala suerte de que nos viera la pareja de la Guardia Civil, nos metería una buena bronca e, incluso, podía denunciarnos. Y a nosotros la Guardia Civil y el guardarríos nos producían casi tanto miedo como el sacamantecas.

Llevábamos una vara de avellano en una mano y en la otra una fardela de tela a cuadros con la merienda que nos había preparado la abuela. Aunque no habíamos visto como la preparaba, sabíamos que era un trozo del borde de una gran hogaza de centeno con un hoyo en la miga, que rellenaba de mantequilla y que luego tapaba con la miga que había sacado del hoyo. Y todo ello envuelto en una servilleta. Al comienzo del veraneo, era una delicia el sabor y el olor del pan de centeno untado con la mantequilla de la que saltaban diminutas gotas de agua al aplastarla con la navaja. Después de semanas y semanas merendando lo mismo, el encanto inicial se había desvanecido. Como la abuela amasaba una vez cada tres semanas, la mayor parte de las veces el pan estaba correoso y la merienda solo servía para acallar las tripas y rellenar un rato de aquellas tediosas e interminables tardes.

Las vacas, después de una mañana trabajando como verdaderos animales en alguna de las mil tareas del campo, avanzaban con andar cansino y tan poco ilusionadas como nosotros ante el escaso alimento que les esperaba en el mismo lugar a que las llevábamos a pastar a diario. De un día para otro la hierba escasamente crecía uno o dos milímetros, de forma que necesitaban tres o cuatro horas para conseguir medio llenar sus inmensas barrigas.

A los ocho o nueve años y con una talla que no alcanzaba a sobrepasar el lomo de las vacas, ya teníamos asignadas algunas tareas permanentes dentro del complejo esquema de actividades de aquella familia campesina. Era necesario trabajar todos los días del año para conseguir subsistir por sí misma en aquellos difíciles años de mitad del siglo veinte. Cumplidos los siete años, había trabajo para todos y se esperaba de nosotros que cumpliéramos nuestras tareas con la misma actitud responsable que las personas mayores. Ese sentido de responsabilidad que nos habían imbuido, nos hacia ser desconfiados de la aparente calma que transmitían las cuatro vacas.

Caminaban cansinamente, balanceando acompasadamente el rabo de un lado a otro de sus lomos intentando librarse de las moscas, mientras miraban hacia delante de forma inexpresiva. Hacía un calor de los que decíamos daban galbana y sabíamos que en cualquier momento podíamos tener problemas. Vigilábamos sobre todo a la Garbosa, la vaca que iba en cabeza. Y en especial, vigilábamos su rabo. Sabíamos que tan pronto el rabo dejaba de balancearse y se ponía inhiesto, el desastre estaba servido. Algún tábano o mosca rocinera había hecho presa en la vaca y la Garbosa “moscaba” emprendiendo un galope alocado que contagiaba a las otras vacas. Cuando esto sucedía, eran cuatro moles de seiscientos quilos galopando en direcciones entrecruzadas y nosotros, dos arrapiezos de unos veinte o veinticinco quilos, solo teníamos presente que había que volver a casa con las cuatro vacas a salvo y bien alimentadas. Aunque para ello tuviéramos que ponernos delante de las vacas al galope, esgrimiendo nuestra vara de avellano e intentando sobreponernos al terror que nos producía el ruido de las pezuñas golpeando el suelo con fuerza y aquellos cuernos que se balanceaban frenéticos delante de nosotros. Sabíamos que si no atajábamos el incidente pronto, terminaríamos con las vacas extraviadas en el monte de roble bajo, donde buscarían alivio a sus picores rozándose los lomos con la enramada y a la sombra. Las vacas sabían que allí las moscas las dejarían en paz.

Volver a poner las cosas en su sitio, es decir las vacas en el prado, nos costaría más de una hora de carreras y lágrimas de impotencia. Dejamos atrás la casa del cura y afrontábamos el último tramo de carretera antes de torcer a la izquierda para iniciar la ascensión por el valle del arroyo de Castriello, casi seco en esta época del año. Al pasar por el molino y aserradero, única industria del pueblo, estaban a la puerta de la casa unas tías monjas de mi primo que le llamaron para que se acercara. Mientras mi primo hablaba con las monjas, yo seguí detrás de las vacas esperando alcanzar pronto el vallecito del arroyo que, al estar en sombra, reduciría el peligro de estampida de la Garbosa.

Afortunadamente, llegamos al prado sin incidentes y, cuando apareció mi primo, ya estaban las vacas entreteniendo el hambre repasando y repasando las matas de hierba con los dientes. Al estar el prado cercado con una pared de pizarra,  una vez que conseguíamos meter las vacas en la finca, estas dejaban de ser un problema. A partir de ese momento, el único problema a que nos enfrentábamos era superar las tres o cuatro horas de espera sin que nos aplastara el aburrimiento. Comenzamos como todas las tardes a limpiar de yerbajos la fuente que manaba de un ribazo del prado y de la que bebíamos, a morro, para ayudarnos a tragar los bocados de la merienda. Solo era necesario tener una garganta curtida para resistir la frialdad del agua y el auto convencimiento de que no nos tragaríamos uno de los renacuajos que estaban posados en el fondo o uno de los zapateros que caminaban sobre la superficie con la misma naturalidad que Jesús sobre el lago Tiberiades.

Después de verificar que el agua estaba tan fría como siempre, nos pusimos a jugar a las estacas, un juego que, como casi todos los de por allí, tenía como objetivo humillar al contrario tanto como fuera posible. Se trataba de clavar en el terreno un palo, aguzado por un extremo y de una longitud de un palmo, que uno de los jugadores golpeaba un número determinado de veces con el mango de la navaja que sujetaba por la hoja. El otro jugador debía extraer el palo con los dientes. Cuando el que golpeaba era hábil, el otro se enteraba de verdad a que sabía la hierba, la tierra y la boñiga de vaca. En esto también tenía su utilidad el tener la fuente a mano. Al poco rato de escupir tierra, consideramos oportuno comenzar con la merienda.

Yo saqué de mi fardela el mismo trozo de pan de siempre, con la tapadera de miga que cubría la mantequilla y envuelto en la servilleta. Noté que mi primo tenía alguna dificultad para sacar su merienda de la bolsa y oí una especie de frufrú que no me resultaba familiar. Cuando volví la cabeza, vi que en una mano tenía una caja de color rojo suave y que parecía cubierta de papel de celofán que entendí era responsable del frufrú que me había llamado la atención. Con los ojos como platos, le pregunté a mi primo sin abrir la boca: “¿qué es eso?“. Él me contestó:

Es una caja de bombones que me han dado mis tías las monjas. Se marchan esta tarde al convento y me han encargado que se la lleve a mis padres.

Bombones. Me vino a la boca el sabor del duro de chocolate que de tarde en tarde me comía cuando algún familiar venía a vernos. O en Reyes, cuando, además de un tambor de hojalata y unos caramelos, nos ponían un duro de chocolate. Total, no más de dos o tres veces al año tenía lugar esta cita con el tan escaso como delicioso manjar. Pero lo suficiente como para tenerlo fijado de forma indeleble en la memoria y en esa zona indeterminada entre el paladar, la garganta y la lengua que era capaz de rezumar raudales de saliva simplemente con recordarlo.

Mi primo sacó su merienda y volvió a meter la caja de bombones en la fardela. Cada uno con nuestro trozo de pan en una mano y la navaja en la otra, comenzamos a preparar la merienda. Consistía en sacar la mantequilla del hoyo del pan, tapar el hoyo con la miga que había servido de tapadera y extender la mantequilla sobre el pan reconstruido. A continuación partíamos con la navaja un pequeño trozo de pan y nos dedicábamos a masticarlo hasta que nos dolían las mandíbulas. Cuando ya no disponíamos de más saliva nos ayudábamos con tragos de la fuente. Aquel día apenas hablamos mientras masticábamos, más lentamente que nunca, y con la mirada perdida. Yo pensaba en el duro de chocolate. Y en la cantidad de bombones de diferentes sabores que debía haber en la caja de mi primo. No sé en qué pensaría mi primo, pero yo estaba convencido que su ensimismamiento debía tener un motivo similar al mío.

Salvo el esporádico duro de chocolate, nuestro contacto con el chocolate se reducía a alguna merienda de pan con una pastilla de chocolate El Mago para hacer a la taza. Era un chocolate áspero con el que te podías romper un diente al partirlo en trozos y se necesitaba buches y buches de saliva para deshacerlo. Nada que ver con el chocolate de los duros que se deshacía en la boca. Seguro que el chocolate de los bombones de la caja de mi primo era como el de los duros de chocolate. O mejor, porque, en eso, las monjas eran insuperables. Recuperé la conciencia un rato después de haber terminado la merienda. Aunque sabía que mi primo era muy responsable, me atreví a decirle,

¿Me dejas ver la caja?

Mi primo me miró con desconfianza durante un buen rato. Yo estaba convencido que él también había tenido una ensoñación con el chocolate similar a la mía. Se volvió lentamente hacia su fardela y sacó la caja de bombones hasta la mitad. Yo me acerqué y me senté con cuidado. Vi como brillaba el celofán y que había un dibujo sobre la tapa. Pensando que no violentaría mucho a mi primo, le dije

¿Qué dibujo es ese?

El fue sacando poco a poco la caja de la bolsa y se paró cuando el dibujo estaba casi completo. Era una especie de postal navideña con María, José, el niño, el burro y la vaca. Una caja de bombones navideños. Debían estar buenísimos. De repente me imaginé lo dolorosa que iba a ser aquella tarde sin nada que hacer y con aquella caja de bombones tan cerca y, a la vez, tan fuera de mis posibilidades. Y ya se sabe, como nos decía la abuela cada vez que entreteníamos nuestros ratos de ocio inventando trastadas, “Cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo”.

Y en verdad que aquella tarde el diablo volaba a ras de suelo a nuestro alrededor y, en vez de moscas, se estaba empleando a fondo con aquellos bombones de monja rezadora que tanto le acosaban con sus plegarias desde siglos atrás. Estoy seguro que me susurraba al oido.

¿ Y no te han dicho que te podías comer alguno? – le pregunté

No, me han dicho que tengo que llevársela a mis padres. Supongo que ellos me darán alguno

Y, aunque no te vayas a comer alguno, ¿no podríamos ver como son?– insistí

No, porque tendríamos que quitar el papel de celofán y luego no podríamos volver a colocarlo – me respondió

Bueno, pero aunque se la lleves a tus padres sin papel de celofán, ellos no van a notarlo. Seguro que no todas las cajas están forradas de celofán. Tus tías te han dicho que no te comas ningún bombón, pero no que no abras la caja – insistí

No, no me han dicho que no abra la caja – me contestó

Yo sabía que él estaba librando una lucha interior entre su convencimiento de que debía de entregar la caja tal como se la habían dado sus tías y su deseo de ver lo que había en la caja. Aparenté desentenderme del tema sabiendo que tenía que darle tiempo para convencerse de que el celofán no era importante para cumplir honestamente con el encargo de sus tías. Al cabo de unos minutos, vi por el rabillo del ojo que estaba intentando despegar el celofán ayudándose de su navaja. Observé, casi sin respirar, que lo estaba haciendo despacito y muy bien aunque el pulso le temblaba por la emoción del momento. Cuando estaba despegando la última esquina, el celofán se desgajó como si hubiera tenido alguna imperfección.
Mi primo se había quedado inmóvil, respiraba con dificultad y estaba a punto de llorar. Para darle ánimos, le dije

No has tenido la culpa, lo has hecho muy bien. Seguro que el celofán tiene un defecto adrede para evitar que en las tiendas se pueda abrir la caja sin que se den cuenta.

Siguió durante un buen rato en silencio. Poco a poco parecía serenarse. Había metido la caja en la fardela. Yo no me atrevía a decirle que abriera la caja. Cuando se convenció que lo del celofán no tenía remedio, lo cogió con las dos manos y lo redujo a una pelota muy pequeña.

Hay que hacerlo desaparecer- dijo con voz ronca.

Los dos sabíamos que algunas tardes eran nuestros hermanos los que venían con las vacas y era muy difícil que algo permaneciera escondido permanentemente. Después de descartar muchos escondites, me acordé que cruzando el arroyo y al lado de la pared de la finca, por la parte del monte, estaba la pequeña cantera de la que se había extraído mediante barrenos la pizarra con la que se había construido la pared. Había un agujero de barreno que tenía una profundidad de más de un metro y unos dos o tres centímetros de diámetro. Era imposible sacar de allí cualquier cosa que se introdujera hasta el fondo. Cuando se lo dije a mi primo, estuvo de acuerdo que era el sitio adecuado para ocultar el rastro de nuestra fechoría involuntaria. Cruzamos el arroyo, saltamos la pared y ayudados por una de las varas de avellano empujamos el celofán hasta el fondo del agujero. Estuvimos media hora intentando por turno sacar el papel del agujero sin éxito. Al cabo de este tiempo nos quedamos satisfechos. El secreto solo dependía de nosotros dos y estábamos seguros de que ninguno diríamos jamás nada por la cuenta que nos traía.

Volvimos al lado de la fuente, nos sentamos con las piernas flexionadas y estudiamos con detenimiento si había algún rastro más de nuestro desaguisado. Estaba todo en orden. Mi primo, en su preocupación por guardar la caja en la bolsa, había dejado fuera la servilleta que envolvía su merienda. Para no abollar la caja al meter la servilleta, puso la bolsa sobre sus rodillas, sacó la caja, después metió la servilleta y cuando iba a volver a meter la caja en la fardela, la tapa se ladeó ligeramente dejando escapar un intenso aroma a chocolate.

Mi primo se paró en seco, nos miramos y, al instante, teníamos las dos cabezas juntas intentando ver lo que había dentro por la raja que la tapa había dejado al descubierto. No se veía nada, pero el aroma ya nos había llegado al cerebro y teníamos la boca rezumando saliva. Después de unos instantes de borrachera, mi primo se rehizo e intentó meter la caja en la bolsa, pero no podía al estar la tapa montada sobre la parte de abajo. Para poder cerrar bien la caja había que sacarla del todo, taparla bien y volver a meterla. Los nervios, la mala postura y Satanás, que con seguridad rondaba aquel día por allí, hicieron que la tapa se cayera al suelo.

Al mover la caja intentando que la tapa no cayera al suelo, los bombones quedaron un poco amontonados, cada uno de ellos dentro de su cuenco de papel con los bordes ondulados, similar al molde que se emplea para las magdalenas. Como si pensase que el desastre podía ir a más, mi primo se desentendió de la tapa, afirmó la caja sobre sus rodillas y comenzó a reordenar los bombones que casi no cabían debido a que la ondulación del papelillo que les rodeaba tendían a ocupar más espacio del disponible. La cosa parecía sencilla, pero los envoltorios intentaban reacomodarse y al final había uno o dos bombones que se salían ligeramente hacia arriba. Volvía a aplastarlos y siempre parecía que faltaba sitio para el último bombón.

En uno de los intentos de dejar todo en orden, mi primo cogió un bombón con la mano mientras reordenaba el resto. Los envoltorios se reacondicionaron ocupando todo el espacio disponible y aún parecía que faltaba un poco de sitio pues uno de los bombones sobresalía un poco. Yo miraba con atención todas aquellas maniobras intentando comprender aquella especie de bulle bulle de los envoltorios que hacía que cada bombón tuviera vida propia intentando ocupar algo más de espacio del que le correspondía. Al poco, y es que el diablo seguía dando rabotazos cerca de nosotros aquella tarde, me sorprendí al escuchar mi voz diciendo

Creo que en esta caja se han equivocado y han puesto un bombón de más. No caben todos. Por más que los colocas, siempre falta sitio.

Mi primo me miró, aún con el bombón en la mano, volvió a observar los bombones y, al cabo de un instante, cogió la tapa del suelo, la puso sobre la caja comprobando que todo parecía estar en orden igual que antes que se cayera la tapa. Parecía un poco confuso y le costaba entender lo que estaba sucediendo. Era como si nada hubiera pasado con la caja, pero él tenía un bombón en la mano. Volvió a levantar la tapa y a intentar acomodar el bombón. Imposible. Los que ya estaban en la caja se removían y lo echaban hacía arriba. Volví a escucharme diciendo

Creo que si intentas meter ese bombón, se van a dar cuenta que has estado hurgando en la caja.

Siguió intentándolo durante un rato sin resultado. Exhaló un hondo suspiro y dijo

Se van a creer que he estado toqueteando los bombones y me van a castigar.

Si dejas uno fuera verán que todo está en orden – le dije para animarlo

Si, pero mis tías me han dicho …. – comenzó a decir preocupado

Tú sabrás si prefieres que te regañen o no. Yo creo que sobra un bombón y en ningún sitio dice si en la caja hay 35 o 36 o 40 bombones. Nadie puede saberlo – le dije, intentando ayudar a tranquilizar su conciencia quizá demasiado exigente.

Revisó con atención la caja y dijo

Es verdad, en ningún sitio dice cuantos bombones trae la caja. Yo he querido dejar todos los bombones dentro pero no se dejan. Es imposible, parece que me la quieren jugar y yo no quiero que me regañen. Malditos bombones. Creo que tienes razón en que sobra uno y, si sobra, habrá que hacerlo desaparecer.

Parecía que su reflexión le había dejado más tranquilo. Con ademán decidido sacó el bombón que parecía que ocupaba más sitio, tapó la caja y la guardó en la fardela. En la mano sostenía el bombón que le había estado dando tantos problemas. Era rectangular, con adornos de chocolate blanco por encima. Yo me volví a acordar de los duros de chocolate y sentí que la saliva me llenaba la boca. Me sentía como el lobo esperando que Caperucita llamara a la puerta de la casa de su abuela.

Vi que mi primo sacaba la navaja del bolsillo mientras miraba fijamente al bombón. Lo posó con su envoltorio sobre la hierba y empezó a calcular con cuidado la mitad geométrica del bombón. Apoyó con parsimonia la hoja de la navaja sobre el bombón, corrigió la posición varias veces y apretó hacia abajo con decisión. Me miró y me ofreció una mitad. En justo reconocimiento a la valentía con que mi primo estaba afrontando su conflicto interno, cogí la que me pareció más pequeña y le dí las gracias. Nos metimos la mitad del bombón en la boca en silencio.

Yo me tumbé de espaldas en la hierba, con los ojos cerrados, y empecé a darle vueltas al bombón en la boca tan lentamente como era posible, intentando que no se terminara nunca. Estaba ensimismado en la operación cuando mi primo dijo, con la boca totalmente desembarazada de chocolate,

Tenemos que esconder el envoltorio.

Cruzamos el arroyo, saltamos la pared y repetimos la misma operación que con el celofán. Estábamos seguros que nadie descubriría nuestra fechoría por el celofán o el envoltorio. Cuando estábamos a punto de volver, vimos que una de las vacas estaba triscando al lado de la bolsa de los bombones. Mi primo que vio como todos sus desvelos por la caja de bombones estaban a punto de irse al garete, soltó un grito de horror y salió zumbando hacia donde estaba la bolsa. Yo contemplaba la escena sin moverme y solo acerté a gritar “!!! Eeeeh, vaca, eeeh !!!!” y a lanzarle un par de piedras. Cuando la vaca sintió el ruido de las piedras y mis voces, levantó la cabeza y vio que mi primo cruzaba el arroyo haciendo grandes aspavientos y agitando la vara de fresno. Entendió que se estaba acercando a una zona donde no se podía estar y se volvió donde estaban sus compañeras. A mí me pareció que habíamos conjurado el peligro y cuando vi que mi primo llegaba a la fuente, emprendí la vuelta a toda prisa deseando que a la caja de bombones que se había cruzado en nuestras vidas no le hubiera pasado nada.

Cuando llegué, mi primo estaba de rodillas sacando la caja de la fardela. Le dije

Yo creo que la vaca no ha tocado la fardela.

Prefiero asegurarme porque me la juego con mis padres – me contestó todavía jadeante.

La caja parecía intacta. Cuando levantó la tapa vimos que había un bombón que no estaba perfectamente acomodado y se salía un poco hacia arriba. Lo apretó varias veces, y como no parecía encontrar acomodo lo sacó de la caja. Automáticamente, los envoltorios de los demás bombones se abrieron un poquito y volvieron a ocupar todo el espacio. Una vez más, parecía que no faltaba ninguno. Aquello era desconcertante. Vi que mi primo cogía otro bombón en la mano y que la operación se repetía: el resto de los envoltorios se abrían un poco más y ocupaban todo el espacio disponible.

Esto es milagroso – le dije a mi primo -. Quites los que quites – subrayé con toda intención-, siempre parece que no falta ninguno.

Mi primo parecía haber llegado a la misma conclusión, porque, antes de que yo hubiera terminado de hablar, me estaba ofreciendo uno de los bombones que yo me apresuré a degustar con devoción. La gula y el descubrimiento de que aquellos envoltorios rellenaban todo el espacio disponible, parecieron alejar de mi primo su preocupación anterior y que se adueñaba de él una sensación de impunidad, porque, al poco, sacaba un nuevo bombón y luego otro. Aunque los envoltorios no reaccionaron con tanta efectividad como en las extracciones anteriores, mi primo movió un poco la caja y el efecto de caja completa se volvió a producir. El resultado le debió de parecer satisfactorio, porque me alargó con la mano uno de los bombones. Estábamos enviciados y la sensación de peligro había pasado. La caja permanecía abierta y los dos nos estábamos fijando en los tipos de bombón que aún no habíamos probado. Repetimos la operación, aunque ahora fue necesario aplastar los envoltorios restantes para que se cubriera todo el fondo de la caja. Éramos todo saliva. Mi primo seguía moviendo un poco los bombones para conseguir el mejor efecto de llenado posible, aunque ya se entreveía el fondo blanco de la caja entre los bombones. Todavía había bombones suficientes para repartir entre su familia.

Yo miraba sus manejos y, de repente, me di cuenta que el fondo de la caja era de un color y una textura diferente del resto de la caja. Me acerqué un poco más y, después de pensar un rato, le dije

Creo que debajo de estos bombones que vemos, debe haber otra capa de bombones.

No puede ser – dijo mi primo deseando equivocarse. Empezó a pasar con rapidez los bombones a la tapa de la caja – Ábrete Sésamo – exclamó enfervorizado.

En un santiamén, el cartón sobre el que habían estado los bombones estaba fuera de la caja, apareciendo ante nuestros ojos el segundo piso de bombones. Bien apretados unos contra otros.

Parece que estamos como al principio. Si hubiéramos abierto ahora la caja, no nos habríamos dado cuenta que faltaba una capa completa – le dije

Si, con una diferencia – me contestó con decisión- Que tenemos unos cuantos bombones de la capa de arriba que nos sobran. Hay que comérselos. ¿ Cuales quieres ?

Dicho y hecho. Y a toda prisa, pues presentíamos que a la segunda capa de bombones le podríamos someter a la misma técnica de ajustes sucesivos que habíamos aplicado a la primera y la tarde estaba ya bastante avanzada. Para darnos un ligero respiro, fuimos a esconder los envoltorios del reciente banquete. En esta ocasión nos llevamos la caja de bombones con nosotros para evitar sobresaltos innecesarios. El agujero del barreno desprendía ya un ligero olor a chocolate. Empezamos a comer bombones de la segunda capa cogiéndolos directamente de la caja, de uno en uno. Ya no los derretíamos lentamente en la boca. Los masticábamos con la cadencia suficiente para que mi primo tuviera tiempo de hacer las maniobras necesarias y ajustar el espacio entre los bombones restantes. Pero íbamos con rapidez para que ninguno de los dos perdiese turno. Solo una ligera pausa para elegir el próximo bombón.

Tan rápido íbamos, que, de repente, mi primo puso las manos abiertas sobre la caja dándome a entender que parara, ya que, al tener la boca llena de chocolate, no podía indicármelo con la voz. Le miré y vi que estaba asustado. Terminamos de comer el bombón que teníamos en la boca. Cuando quitó las manos de encima de la caja, apenas quedaban doce o catorce bombones y el espacio entre ellos clareaba abundantemente.

Nos hemos pasado. No quedan ni dos bombones para cada uno de mi familia. Me la he cargado – dijo

Pero, ¿cómo no has avisado que parásemos antes?. Nos hemos cegado, come que te come – dije yo relamiéndome aún del sabor del último bombón que había sido de licor – Tenemos que pensar algo, pues eso no lo puedes llevar así. ¿ Y si no les llevas nada o dices que se te ha caído al arroyo y no la hemos podido coger? – dije yo insidiosamente

Me la he cargado, me la he cargado – repetía mi primo sin cesar

Había protegido los escasos bombones que quedaban cerrando la caja con la tapa. Yo me sentía tan culpable como mi primo, pero sabía que a mí no me iban a castigar. Esto hacía que me sintiera aún peor. Al ser un poco mayor que él, me sentía en la obligación de buscar una solución. Comencé a darle vueltas al caletre repasando como había empezado todo. “Si la caja no fuera tan grande… Si pudiéramos cortarla con la navaja para hacerla más pequeña…Si sus tías no vieran a sus padres hasta que se les olvidaran los bombones...” pensaba. Y, de repente, recordé que mi primo había dicho “ …. mis tías se van esta tarde al convento ….”. Eso quería decir que hasta el próximo verano no se volverían a ver. Miré a mi primo exultante y dije

Tengo la solución.

Explícate – replicó mi primo sombríamente y un poco enfadado.

Primero tenemos que terminarnos los bombones sin dejar rastro – le dije

Si claro, y ¿qué les llevo a mis padres?. Se nota que a ti no te van a chillar

Les puedes llevar el dibujo de la tapa que podemos recortar como si fuera una estampa. A tus padres no les extrañará que tus tías, que son monjas, les regalen una estampa – le contesté.

Y cuando se vean y les pregunten, ¿qué me pasará?

Me has dicho que tus tías se iban hoy. Eso quiere decir que ya no están en el pueblo y no se verán hasta el año que viene. Y el año que viene, vete tu a saber …. – le dije con el tono más convincente de que fui capaz.

¿ Tu puedes hacer una estampa con la tapa? – preguntó mi primo, después de una larga pausa y agarrándose al clavo ardiendo que yo le había puesto delante.

Claro, lo hago en un pis pas con mi navaja. La he afilado esta mañana. Déjame la tapa – le dije extendiendo la mano e intentando imprimir a mi voz un tono de seguridad.

Mi primo, que debió pensar que su situación era tan mala que no podía empeorar mucho más, me dio un bombón y la tapa de la caja. Me acerqué a una pizarra plana en la pared de la finca y puse la tapa encima. Repasé la navaja sobre una piedra y, cuando el filo estuvo a punto, me concentré en hacer cuatro cortes en los márgenes del dibujo que no se hubieran mejorado con una guillotina. Satisfecho de mi trabajo, me acerqué pavoneándome a mi primo y le entregué la estampa. La miró con ojos críticos, pero pareció quedar satisfecho, pues me dio la mitad de los bombones que quedaban en la caja y que “me correspondían”.

La tarde había sido tan ajetreada y las emociones tan fuertes como dulces, que no nos habíamos dado cuenta que era hora de volver a casa. De hecho, las vacas estaban todas tumbadas y rumiando. Había que hacer desaparecer cualquier rastro de nuestra fechoría. Llevamos todos los restos al agujero y, a duras penas, conseguimos meterlo todo. Por si acaso, retacamos el agujero con tierra y piedras esperando que de allí no saliera nunca ni un papel ni el más leve aroma a chocolate. Nos lavamos la cara y las manos, frotándonos luego con ramitas de menta que abundaban al lado del arroyo, estrujando las hojas para que se nos impregnara bien el olor y tapara el del chocolate. Hicimos dos ramitos de menta para entregarla a nuestras respectivas familias de modo que no se extrañaran de nuestra estela olorosa. Estaba claro que en el transcurso de la tarde nos habíamos convertido en dos auténticos rufianes.

El aburrimiento hacía que todas las tardes adelantáramos media hora la vuelta a casa, sobre la hora que nos tenían señalada. Aquella tarde, aguantamos hasta que empezó a anochecer para pasar por delante del molino cuando estuvieran cenando y evitar encuentros incómodos. Las vacas estaban impacientes y con las ubres llenas. Tan pronto les abrimos la cancela, empezaron a caminar ligero. Nosotros íbamos detrás en silencio.

¿Quieres que te acompañe con tus padres? – le dije a mi primo queriendo expresarle mi solidaridad por lo sucedido aquella aciaga y, al mismo tiempo, dulce tarde.

En el fondo sabía que, con mis frases, había contribuido de manera interesada en sus decisiones y me sentía algo culpable.

No– me contestó sin mirarme

Al llegar a casa, metimos las vacas en la cuadra y farfullamos unas confusas explicaciones sobre porque llegábamos tan tarde. Nos separamos y cada uno nos fuimos con nuestras familias. Yo estuve muy atento por si se oía algo que me permitiera intuir si mi primo estaba en dificultades. No escuché nada. Al día siguiente mi primo no estaba. Se había ido a pasar una semana a casa de sus abuelos paternos en el pueblo próximo.

Nunca volvimos a hablar de aquella tarde en que, por primera vez, fuimos conscientes de lo difícil que era mantenerse fiel a los principios y no sucumbir a la tentación. Esta vez había tomado forma de bombón de chocolate. Más adelante, descubriríamos que la tentación puede disfrazarse de casi cualquier cosa. Y que, casi siempre, habría algún motivo que justificase que los principios fueran menos atractivos que la tentación.

Desde entonces, cada vez que el señor maestro o el cura nos hablaban de cómo Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso por morder la manzana prohibida, no podía evitar una sensación de comprensión y simpatía hacia ellos pues de sobra sabía yo lo que cuesta no cruzar la línea de lo prohibido. Sobre todo cuando se está aburrido como debían estarlo ellos y estoy seguro que pensando de continuo en lo único que no les estaba permitido hacer.

En estas ocasiones, no podía por menos que pensar que, si habían hecho lo que habían hecho por una simple manzana, ¡de que no habrían sido capaces esta pareja por una caja de bombones!.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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