La culebra (maldad a edad temprana)

Salón de lectura

Tejadillo en puertas carreteras de la casa familiar en Vegarienza

En Vega ( Vegarienza de Omaña ) la siesta era sagrada. Los que habían estado en el campo o en el trajín de la casa, por cansancio; los que habían estado en el río bañándose o pescando, porque el agua desgasta mucho y hay que renovar las fuerzas y los que no habían hecho nada, por vagancia. Todos solían pasar un par de horas reponiéndose en el frescor de las habitaciones.

Yo solía aprovechar este rato para leer. Leía todo lo que caía en mis manos. Recuerdo con especial cariño el Tartarín de Tarascón que no sé cómo conseguí. Solo se me resistió Los cipreses creen en Dios. Me daba angustia empezar aquel libraco que, además, olía a libro de persona mayor. Cuando ya había terminado con todos los libros que había en la casa y los de la biblioteca de la parroquia, empecé con las novelas del oeste que me proporcionaba la prima Estela y que habían sido de su hermano Paco. Era un género de lectura que no estaba bien visto por los mayores para nosotros los chavales y eso hacía que hubiera que buscar lugares apartados para leer.

Yo había encontrado un sitio que me permitía estar fuera de todas las vistas y seguir enterándome de todo lo que pasaba y poder acudir rápido si me llamaban, o hacerme el loco si para lo que me llamaban no era de mi gusto.

Al corral se entraba desde la plazoleta que había delante de la casa, por unas enormes puertas carreteras de madera de dos hojas que estaban rematadas por un tejadillo de pizarra. Para dar una buena protección a la madera de las puertas, el tejadillo era muy amplio. Para mí, que trepaba como un mono, era facilmente accesible ayudándome de los travesaños de la puerta y de las rejas de una ventana de la planta baja y del balcón de la despensa que estaba en la primera planta.

Cuando ya todos estaban en la siesta, me encaramaba al tejadillo y allí me tumbaba con mi novela pasándome el rato de la siesta tan ricamente, sin mayor inconveniente que cambiar de vez en cuando de postura cuando las vigas que formaban la base del tejadillo habían hecho que se me durmiera alguna parte del esqueleto. Eso sí, tenía que estar atento y dejar la lectura antes de que empezaran a aparecer los sesteadores para poder abandonar el escondite sin ser visto.

Un día que me demoré porque estaba terminando la novela, oí, a través del balcón de la despensa, como la tía Honorina y mi abuela abrían la puerta de aquel recinto prohibido. Era una habitación en la que había dos aparadores y una mesa de comedor en el centro y se solía usar para guardar las conservas, la fruta y todo aquello que debía estar a buen recaudo. Desde dentro de la casa era inaccesible para nosotros pues la puerta siempre estaba cerrada con llave. No así las puertas del balcón, que permanecían entreabiertas para que la despensa estuviera ventilada y le entrara el fresco al atardecer y por la noche.

Empezaron a mover cosas que había por encima de los aparadores y de la mesa para hacer sitio. Era el mes de Agosto y en unos días sería la fiesta de San Salvador, el patrón de Vega. Hablaban de empezar a preparar lo que serían los postres de la comida y era necesario organizar la despensa. No le di más importancia a aquello pues estaba preocupado por cómo me había descuidado y tenía que bajarme del tejadillo sin que me vieran. Después de escuchar atentamente todos los ruidos que procedían de la casa y de la huerta, finalmente lo conseguí.

Y así seguí en las siestas de los siguientes días sin mayor novedad. Pero una tarde, cuando me agarraba al balcón como última etapa antes de ingresar al tejadillo, me llegó el sutil aroma a natillas, aún calientes, mezclado con otros olores que yo tenía asociados a rosquillas, a los canutillos de crema y a otros postres. Hice visera con las manos para poder ver a través de los cristales, pero no pude ver nada por los visillos. Empujé las puertas del balcón intentando asomar el cogote, pero no cedieron pues la manilla que accionaba la falleba estaba enganchada en la otra hoja de la puerta. Disgustado, me metí en la sala de lectura.

Aquella tarde, la lectura no fue tan placentera como otras veces. Estaba distraído y tenía que volver a comenzar innumerables veces a leer, desde el principio de la misma página como hacía tía Milce con el misal, pues no me enteraba de nada. Por más que lo intentaba, mi cabeza estaba ocupada, de forma autónoma y sin intervención de mi voluntad, en buscar una solución al problema de las puertas del balcón. En vista de que no podía avanzar con la lectura, me dediqué, ahora conscientemente, a pensar en ello.

Pensé en hacerme el solícito al día siguiente y ayudar a las cocineras a meter algo en la despensa y así, en un descuido, liberar la falleba de la ventana. Pero lo descarté enseguida pues sabía que no me dejarían traspasar la puerta del sancta sanctorum. Ellas temían más que a un nublado que, si yo veía lo que allí había, se extendiera la voz al resto de la chiquillería porque ya no habría quien nos despegara de allí pidiendo probar “solo un poquito”. Como otras veces, yo sabía que todo lo más en que me dejarían colaborar sería en separar los moldes de papel ondulado de las magdalenas para lo que había que soplar en los bordes con todo el alma y yo terminaba mareando y sin fuerzas.

La solución tenía que encontrarla yo solito y actuar también en solitario. En aquellos asuntos tener cómplices aseguraba que, antes o después, nos descubrirían. Y además habría que repartir el botín. Me bajé antes de la hora del tejadillo y me puse a cavilar. Hasta que al final de la siesta, empezó por todas partes la actividad en la casa.

Aquella tarde fui con el abuelo a arreglar la valla del prado de Las Huertas que estaba en mal estado. Pronto habría que llevar las vacas a pastar y había que impedir que pasaran a los prados colindantes. Era una valla formada por estacas de las que se usaban en la vía del tren, clavadas en el suelo de trecho en trecho y unidas por tres hileras de alambre de espino. Yo tensaba el alambre con un útil apropiado y el abuelo sujetaba el alambre a las estacas con grapas. Al final recogimos el alambre sobrante para volvernos a casa. Yo no había dejado de pensar en el problema del balcón y, mientras recogía el alambre en la bobina de madera, se me encendió la bombilla.

Creía que con un trozo de alambre podría soltar la manivela de la falleba y entrar en la despensa. Estaba decidido a probar. Cuando el abuelo me mandó guardar el rollo de alambre sobrante, corté un trozo con los alicates y me lo guardé.

Al día siguiente, además de la novela llevaba el trozo de alambre. Me subí al tejadillo y dejé la novela sin soltarme del balcón. Comencé a manipular con el alambre y tardé un par de minutos en soltar la manivela. Empuje con cuidado las puertas del balcón y salté dentro de la despensa.

No me había equivocado. Encima de la mesa había flanes en sus moldes, rosquillas fritas rebozadas en azúcar (seguro que las había hecho la tía Pilar), cuadrados de leche frita perfectamente alineados en una fuente plana, natillas, canutillos de crema, magdalenas, tarros de melocotón en almíbar, plátanos, tabletas de chocolate. Un verdadero tesoro para un niño como yo. Me sentía capaz de comérmelo todo yo solito. El problema era como hacerlo para que no se notara.

En primer lugar descarté los plátanos pues estaba seguro que estaban contados y se notaría la falta de uno solo. También descarté los melocotones en almíbar pues los tarros estaban precintados y también las tabletas de chocolate. Lo mismo pasó con la leche frita pues los trozos estaban dispuestos en un rectángulo perfecto y, si decidía meterle mano, tendría que comerme una fila completa y esto se notaría de todas todas.

A medida que avanzaba en mis cavilaciones y que los resultados eran tan poco esperanzadores, empecé a sentirme mal pues se me hacía imposible mantener en la boca la gran cantidad de saliva que estaba segregando. Ya empezaba a caérseme la baba y tuve que limpiarme la barbilla con la manga de la camisa.

Sin poder aguantar más, me comí una rosquilla pues pensé que aquello era más fácil de disimular.

Seguí mirando a la mesa y enseguida descarté los flanes. Tenían por arriba una costra que hacía imposible tocarla y que no se notase. Me imaginé dando la vuelta al molde y echando el flan en un plato. Podría comer un filete plano de la parte más estrecha y volver a meter el flan en el molde. Imposible, se me caería el líquido que yo sabía que siempre se queda en la parte de abajo del molde y se pondría todo aquello perdido y se notaría. Y, además, no tenía el plato ni el cuchillo. Tampoco había nada que hacer con los flanes. Y tenían una pinta, que para que.

Solo quedaban las natillas y los canutillos de crema pastelera. Era lo que más me gustaba y las cosas se estaban poniendo muy negras. Descarté los canutillos pues supuse, por lo difícil que era hacerlos, que estarían más que contados.

Me centré en las natillas y, al poco, estaba sudando. No encontraba la solución. Empecé a sentirme tan mal como la raposa y la cigüeña del cuento.

Como casi todos los cuentos, este tenía muy mala leche. Trataba de una raposa que invitó a la cigüeña a comer en su casa para reírse de ella. Cuando llegó la cigüeña a casa de la raposa se encontró la mesa puesta con la sopa en dos platos llanos. Mientras la cigüeña no era capaz de recoger la sopa con el pico, la raposa comía la sopa a grandes lametones. Al rato, y todavía con toda la sopa en el plato, la cigüeña dijo que no tenía mucho apetito y se despidió no sin antes invitar a la raposa a comer a su casa. La raposa aceptó mientras se comía divertida la sopa de la cigüeña. A su vez, el día acordado para el convite a la raposa, la cigüeña sirvió la sopa en sendas garrafas de cuello alto, de forma que la raposa no pudo llegar con la lengua a la sopa y se tuvo que marchar toda corrida por como la cigüeña le había devuelto la broma.

Yo estaba tan corrido como la zorra y la cigüeña juntas. Todos aquellos manjares delante de mí y estaba siendo tan difícil echárselos al gargüelo como si estuvieran metidos en el fondo de una garrafa. Si, al menos, yo hubiera sido cigüeña hubiera podido comerme algo metiendo el pico por un lado en las natillas.

En esas estaba, maldiciendo no tener un pico como la cigüeña, cuando reparé en un paquete de macarrones que estaba abierto sobre el aparador de enfrente y se me volvió a encender la bombilla. Qué razón tiene el dicho que afirma que la necesidad aguza el ingenio.

Cogí un macarrón, a modo de pico de cigüeña, y lo apoyé con mucho cuidado en la superficie de las natillas, que se había endurecido un poco convirtiéndose en una costra casi sólida. Coloqué el macarrón justo en la orilla de la fuente y apreté despacio y girando hasta que la capa de arriba dejó de hacer resistencia y noté como el macarrón había entrado en la parte líquida. Aquello iba bien.

Cerré los ojos y comencé a chupar despacito y sentí como las natillas llegaban a mi boca sin interrupción. Pensé en lo bueno que sería si las fuentes, por lo menos una vez a la semana, manaran natillas en vez de agua.

Cuando ya no aguantaba más sin respirar, abrí los ojos mientras respiraba y vi horrorizado como la superficie elástica de las natillas se había empezado a curvar hacia abajo debido al hueco que había producido mi intenso chupetón en la fuente. Allí estaba yo totalmente paralizado, con el macarrón en la boca y mi aparato digestivo esperando a recibir otra inyección de natillas que mi cerebro ya le había anticipado.

Pensando que la había cagado y que, ya de puestos, lo mismo daba, volví a cerrar los ojos y le di otro chupetón al macarrón para calmar al monstruo que esperaba otra dosis. Cuando abrí los ojos, la película semisólida de las natillas estaba tan hundida que amenazaba desprenderse del perímetro de la fuente. Si no lo hacía era porque se apoyaba, en el centro de su curvatura, en la porción de natillas líquidas y flotaba.

No podía entender como dos simples chupetones, que me habían sabido a casi nada, habían producido aquel bache. Me dio por pensar que en un campeonato de chupar natillas con un macarrón yo podría haber terminado de los primeros.

Después de estas disquisiciones y completamente desconsolado, saqué el macarrón con mucho cuidado, lo relamí bien por fuera y lo re chupeteé por dentro y lo rompí en pequeños trozos que me eché al bolsillo. Con la yema de los dedos aplasté contra la fuente la pequeña abertura que había dejado el macarrón. Me pareció que nadie sería capaz de advertir que allí había habido un agujero.

Para compensar el desconsuelo que sentía, me comí otra rosquilla, redistribuí las que quedaban en la fuente y salí por el balcón. Intenté volver a colocar la manilla de la falleba tal como estaba, pero después de unos minutos desistí pues ya empezaba a sentirse algún ruido por la casa avisando que la siesta llegaba a su fin. Luego pensé que si se daban cuenta de que el balcón estaba abierto, como había más de una cocinera no se pondrían de acuerdo en quien había sido la descuidada.

Otra cuestión era la fuente de las natillas. Cuando se dieran cuenta se armaría un escándalo. Pero tendrían que encontrar al culpable y yo no iba a ayudarles mucho a ello.

A la mañana siguiente, cuando estábamos desayunando toda la chiquillería, oímos que la tía Pili gritaba despavorida desde la despensa

Nora, ¡¿qué ha pasado con las natillas? ¡

Entró como una tromba y con cara de asombro en la cocina llevando la fuente de natillas en las manos. Se la enseñó a la tía Honorina, que se llevó las manos a la cabeza horrorizada.

¡ Pero cómo pueden haber mermado tanto ¡. Las hemos hecho como siempre y esto no nos había pasado nunca. Una cosa es que mermen un poco y otra cosa es esto – decía incrédula y mirando atentamente por si descubría algún signo de profanación que no encontró, tal había sido de perfecta mi operación de trasvase.

Todos los niños menos yo se acercaron a mirar la fuente. Me di cuenta enseguida que aquello podría delatarme y me apresuré a acercarme a la fuente poniendo cara de asombro. Aproveché para verificar que, efectivamente, no había rastro del macarrón.

Llegaron la abuela, mi madre y el resto de mujeres a ver el fenómeno.

A ver si se han cortado y se han convertido en requesón de natillas – aventuraba Pili

El tiempo está de tormenta, pero seguro que no tiene nada que ver – decía la abuela

A ver si es porque mezclamos la leche con la de La Serrana, que solo hace una semana que ha parido – decía mi madre.

Se habrán evaporado con el calor que hace – volvía a terciar Pili

Y así siguieron aventurando hipótesis descabelladas mientras continuaban con los preparatorios para San Salvador.

Entretanto, los chavales habíamos vuelto a la mesa y seguíamos con el desayuno.

Yo, que había sido tan canalla como para comerme las natillas de todos sin que me remordiera la conciencia y sin confesar la fechoría, me di cuenta que era tal el grado de confusión que se podía aventurar cualquier causa natural o sobrenatural para explicar el fenómeno. Y creí provechoso contribuir a la confusión y así alejar aún más otras hipótesis más razonables que enseguida empezarían a surgir y que apuntarían en dirección a los más mayores de los pequeños. Es decir, a mí. Aproveché un momento de silencio y dije como quien no quiere la cosa

A lo mejor ha sido una culebra – y seguí migando pan en la leche con parsimonia

Por el rabillo del ojo vi que todos, mayores y chicos, me miraban asombrados. Seguí mirando para mi tazón durante unos instantes para darles tiempo a que lo que acababa de decir surtiera efecto. Cuando levantaba la cabeza para mirarles, la tía Honorina, empezó a decir

¿ Como va a ser eso ?

Puse la mayor cara de inocente que pude y dije sin asomo de duda

Vosotros decís que las culebras maman la leche de las vacas suavemente para que la vaca no se entere y sin dejar señal de mordida. Y que puede pasar mucho tiempo hasta que uno se da cuenta de lo que ha pasado porque el jatín no engorda. Eso es lo que ha podido pasar con las natillas.

Se quedaron todos en silencio. Las mujeres pensando en aquella historia que habían oído tantas veces. Y los chavales, con los ojos muy abiertos, pensando en las culebras que tantas veces habíamos visto en el río, al lado del lavadero, y reflejando en el rostro el miedo que siempre acompañaba a todas aquellas historias que nos contaban. Nadie dijo ni media palabra.

Cuando terminábamos de desayunar, la abuela dijo

Pues vamos a tener que volver a hacer las natillas. A ver, quien de vosotros quiere unas pocas natillas de estas.

Yo, yo, – dijimos todos al unísono.

Enseguida me di cuenta de la oportunidad que se me presentaba de completar el trabajo que no había podido acabar la víspera y remaché el clavo de los miedos atávicos diciendo, con tono de duda, y rebosando maldad

Pero si están de la culebra ……, no se podrán comer. Te puede dar dolor de barriga. O morirte ….. – alargué lo de culebra con toda la intención de sembrar la duda entre mis competidores por las natillas.

Yo no quiero – dijo uno de los primos

Ni yo – dijo otro y así hasta que todos se quitaron el babero y salieron corriendo de la cocina.

Yo terminé de desayunar con parsimonia y, en el colmo del encanallamiento, le dije a la abuela

Abuelita, aunque estén de la culebra, me comeré algunas para no desaprovecharlas – y le alargué mi tazón

Me tomé el tazón con calma, relamiéndome y pensando que me lo merecía pues el día anterior había corrido mi riesgo y casi no había podido probarlas.

Aún le pedí otro tazón a la abuela y desistí de un tercero al notar que la barriga iba a empezar a dolerme de un momento para otro. Me relamí y, cuando estuve seguro de que no me quedaba rastro de natillas en los labios, me limpié con el babero y salí, muy satisfecho de haber redondeado la jugarreta del macarrón.

Aquel día oí como los otros hermanos y primos hablaban intrigados del episodio de la culebra y se pasaron un buen rato intentando dilucidar si habría entrado en la despensa pasando por la rendija de debajo de la puerta o si habría entrado por el balcón. Yo asistía a aquellas conversaciones, ayudando con algunos comentarios malévolos siempre que se iniciaba alguna teoría descabellada, mientras me partía el culo de risa.

Días más tarde, mientras nos bañábamos en el río, oí como dos chavales comentaban

En casa de Honorina una culebra se ha comido todos los dulces que habían preparado para San Salvador.

Una culebra no puede comer tanto – replicaba el otro

¡Cómo que no!. Pueden tragarse hasta un conejo. Lo que yo no sabía es que les gustase el dulce – contestó el primero.

Estaba visto que sabían poco de reptiles y no entraba en sus cálculos que hubiera personas que podían comportarse como verdaderas víboras. Preferí dejarles en su ignorancia.

Por primera vez sentí una sensación, entre culpable y excitante, por haberme aprovechado de los demás en beneficio propio. En cualquier caso, estaba más justificado ser un canalla por culpa de una fuente de natillas que por un plato de lentejas. Menuda diferencia. No recuerdo si aquello se lo confesé al señor cura.

En los días siguientes me encargaron poner una tablilla en la parte de debajo de la puerta. Como si a las culebras con recursos nos pudieran parar con una simple tablilla.

Y la culebra se puso a maquinar como resolver la cuestión en las próximas fiestas de San Salvador.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

5 pensamientos en “La culebra (maldad a edad temprana)

  1. ¡No señor! ¡Ahora estoy absolutamente seguro!
    Desde hace un tiempo el sueño me es esquivo, vengo cavilando, bebiendo en las más autorizadas fuentes, investigando los códices más refutados, manteniendo correspondencia con los catedráticos que más han investigado sobre la materia, y cómo siempre sucede en los hallazgos más importantes del ser humano, ha sido la fortuna la que me ha desentrañado el gran misterio.
    No ha sido D Luis Vives, como asevera D Francisco Calero, ni D Alfonso de Valdés como asegura Dña Rosa Navarro. ¡Noooo, señores catedráticos! Dejen sus polémicas aparcadas para siempre. El autor del libro más importante de nuestra novela picaresca, no es anónimo, como ustedes proclaman desde hace tiempo y como se nos ha enseñado en bachiller; pero tampoco lo es ninguno de los autores que ustedes mencionan en sus múltiples escritos. Lean ustedes, como yo lo he hecho, el relato “La culebra” de la serie Lembranzas de D Emilio García de la Calzada y no les quedará ni un asomo de duda de quién fue su autor.
    Un abrazo.

  2. Hace una temporada leí en prensa que la catedrática Dña Rosa Navarro ofrecía una conferencia sobre la autoría del Lazarillo.Después leí que D Francisco Calero le llevaba la contraria. Hoy al descubrir tu romance secreto con natillas y otras “tsambionadas” y la forma tan “lazarillesca” de contarlalo, recordé la polémica de los catedráticos y como lo había pasado tan bien con tu narración como cuando leí las aventuras del de Tormes, con la ironía que el caso requería, decidí desautorizar a tan sesudos estudiosos y otorgarte a tí tal honor.
    No es de tí de quién me cachondeaba, más bien era de ellos.
    Enhorabuena por la gracia y sencillez y con que cuentas tus vivencias.
    Un abrazo y perdona mis excesos.

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