La trastada (tradiciones insanas)

En Vega ( Vegarienza de Omaña ) no había demasiadas posibilidades para evadirse del aburrimiento. Después del tiempo que se dedicaba a ir a la escuela, a por agua a la fuente, a las tareas del campo o ir con las vacas y bañarse en el río, el resto era un espacio que, o se quedaba vacío y transcurría con lentitud aplastante, o se rellenaba con actividades sociales más o menos entretenidas.

Y el repertorio era amplio y variopinto. A veces terrenal y, a veces, trascendente. Como rezar el Rosario que nos decían era una inversión para el más allá.

Rezar el Rosario fue durante muchos años una de esas actividades en las que participábamos todos. Se rezaba después de cenar y siempre había una persona que dirigía el rezo mientras todos los demás contestábamos de forma monótona y automática sin pensar en absoluto en el significado de lo que decíamos ni en la intención con la que se decía. Era imposible mantener la concentración a lo largo de los cinco misterios, compuestos cada uno de ellos por diez avemarías y diez diostesalvemarías. Y la letanía en latín con la respuesta “Ora pro nobis” que dábamos todos al unísono. Era como los mantra orientales. La mayor parte de las veces rezábamos alumbrados por una vela o un candil o, si ese día había luz eléctrica, alumbrados por el filamento apenas incandescente de una bombilla de baja potencia que, además, tenía que traspasar un cristal plagado de cagadas de mosca. Los voltios y los amperios eran tan escasos, que el filamento de la bombilla nos avisaba de cuando en el pueblo se encendía o apagaba otra bombilla con el consiguiente plus de más penumbra o un poquito de más color en el filamento. Era un ambiente fantasmagórico que, más que paz al alma, producía sueño y aburrimiento. Y es que los pequeños, aunque inmersos en el ambiente religioso que lo impregnaba todo, no éramos muy conscientes de la devoción necesaria cuando de salvar el alma se trataba. El único que tenía que estar atento era el que conducía el rezo que se auxiliaba de las cuentas de un rosario para saber por dónde iba. El resto éramos comparsas que luchábamos por alejar el sueño o el despiste para no seguir contestando “Dios te salve María….” cuando ya tocaba el “Ora pro nobis” y que conllevaba que alguien te diera un codazo en el costado para que te reincorporaras al buen camino. Una de las tías solía entrar en trance y repetía y repetía sin control. Era un alivio cuando se rezaba en la iglesia, pues daba más oportunidades para poder mantenerse al margen durante un rato sin que se notase y facilitaba el contacto con los colegas. En cualquier caso, hay que reconocer que le poníamos una gran voluntad en repetir oraciones ininteligibles, tanto en latín como en castellano, ya que parecían más destinadas a ser repetidas y no entendidas que a otra cosa. Cuantas veces habremos repetido “El pan nuestro de cada día, dánosle hoy y perdónanos a nuestros deudores como a nosotros mismos ….” sin entender lo que era “el pan nuestro de cada día” o quién eran nuestros “deudores“.

Otra actividad social era el “calecho”. Antiguamente consistía en reuniones nocturnas de varias personas, de diferentes casas, en la casa de una de ellas al amor de las llamas del hogar de la cocina vieja. Se contaban historias, anécdotas y algunas mujeres aprovechaban para hilar la lana, de ahí que en algunas partes de León se denominara también “filandón”. En nuestra época eran reuniones de gente joven y menuda que tenían lugar después de cenar en cualquier sitio, aunque el preferido era el petril de la carretera que había entre la casa de Humberto y la de Indalecio. Solo se hacía en verano, cuando éramos en número suficiente para que las ocurrencias y comentarios mantuvieran el interés de la reunión. Y por la noche bajo un cielo, las más de las veces, de un oscuro intenso y totalmente plagado de estrellas como no he observado nunca en ningún otro lugar. Para los chavales de cada casa, duraba hasta la hora en que nos habían dado permiso, momento en que iniciábamos el regreso en grupo carretera abajo comentando las últimas ocurrencias del calecho.

Cuando había alguien nuevo en el pueblo, había que someterle a un ritual de iniciación que consistía en pasar la prueba de La caza del gamusino. El gamusino era un animal que unicamente vivía en aquella zona de Vega, que no se podía ver de día porque era de costumbres nocturnas y que solíamos salir a cazar en grupo. Al nuevo le empezábamos a hablar de cómo iba a ser la cacería y que, en deferencia a él, le correspondería el honor de traer el saco con el gamusino que cazáramos. Cuando la víctima estaba impaciente por semejante cacería del gamusino, que describíamos de una forma confusa y diferente cada uno de nosotros, nos subíamos a la cuesta con el invitado y un saco cuando había anochecido. Nos dividíamos en dos grupos y, mientras uno de los grupos distraía a la víctima buscando por detrás de las escobas y calentando el ánimo del invitado, el otro grupo fingía haber visto al bicho, correr de tras de él y decir a gritos que ya habían cazado uno. En realidad todo era teatro y lo que se había hecho era meter una buena piedra en el saco. Cuando llegaba el grupo con el embromado, este quería ver aquel representante raro y único de la fauna autóctona que era el gamusino, pero se le decía que podía escaparse porque era muy listo y que lo que había que hacer era llevar el saco abajo para abrirlo a la luz. Y allá se iba el inocente con el saco a cuestas, dando tumbos y resoplando por la cuesta abajo, mientras los demás nos partíamos de risa en silencio. El colmo de la risa y las cuchufletas era cuando se abría el saco con gran precaución y teatralidad y, con gran sorpresa del interfecto, aparecía la piedra. La victima de la broma intentaba dar a entender que algo había intuido diciendo “Ya me parecía que se movía poco, para ser tan fiero”. Lo cierto era que el embromado, que ingresaba en el círculo de iniciados, era el más furibundo entusiasta de la próxima caza del gamusino como forma de redimirse de su propio ridículo.

La noche siempre fue ocasión de otras actividades que buscaban la diversión aunque no tan inocente como las anteriores. Y digo fue porque en épocas anteriores a mí, era frecuente que los mozos fueran por las casas a robar quesos y beberse el contenido de las nateras o ñateras que se ponían al fresco dentro de las fresqueras colgadas en los corredores o galerías. Yo solo recuerdo haber participado una o dos veces en este tipo de actividades por las escasas oportunidades que había, ya que la fabricación de queso o mantequilla era muy escasa en mi época y las casas con corredor eran dos o tres. Lo más parecido era “ir a fruta” que consistía en darse una panzada de manzanas o cerezas en los frutales de algún vecino.

Pero esta tradición de molestar, en el buen sentido, a algún vecino se resistía a desaparecer y raro era el día de Sábado Santo en que no se plantease la necesidad de hacer lo que denominábamos una trastada. La fecha era muy propicia pues, después de tanta devoción y recogimiento, el cuerpo nos pedía a los mozalbetes algo más movido y mundano. La trastada consistía en hacer algo gracioso que diera lugar a la diversión de los participantes y a los comentarios jocosos del resto del pueblo cuando observaran, al día siguiente, el resultado de la trastada que debía ser evidente y quedar a la vista de todos.

Normalmente, cuando se habla de hacer gracia, casi siempre suele ser a base de embromar a alguien que es el sujeto paciente de la trastada. Paciente porque lo sufre y pasivo porque se trataba de que no se enterase de lo que le había pasado hasta el día siguiente, al mismo tiempo que los demás convecinos ya estaban riendo la gracia. Y si el embromado se enfadaba más de lo que la broma justificaba o era gracioso en sus comentarios, mejor que mejor.

Bajo mi punto de vista, las trastadas no eran malintencionadas. Claro que nunca lo he contrastado con el destinatario de la trastada, por cuestiones obvias. El embromado nunca debía saber con certeza cual de nosotros había participado en la broma. Pero él lo sospechaba y esto se manifestaba por la mirada un poco atravesada que te dirigía en los días siguientes o cuando te saludaba con un genérico “ ¡ Mangante ¡ ”.

Aquel año, nos juntamos varios en casa Selima después de la cena. En la cocina estaban los habituales aficionados al tintorro y a la cháchara y, si no recuerdo mal, Julio, Pepe el de Isaac, Pepe el de Faustino, Genaro el del herrero, alguien de La Sierra y yo. Estábamos haciendo tiempo para subir al campanario y participar en el campaneo de las doce de la noche que anunciaba el fin de la penitencia semanasantera. Después que cada uno de nosotros consumimos nuestro turno de repiquetear con más o menos gracia, agarrados a la cadena que unía los badajos de las dos campanas, retornamos a casa Selima bajando por las peñas por la parte más complicada, poniendo en riesgo el rompernos la crisma.

Seguimos charlando y mirando la partida de cartas que jugaban los habituales, hasta que a alguno se le ocurrió decir que había que hacer una trastada en el pueblo. La cuestión era encontrar algo que fuera gracioso y a quien hacérselo. Como destinatarios de la trastada quedaban automáticamente eliminadas las casas de los presentes, con lo que se reducía bastante el ámbito de actuación. De entre los que quedaban, había que elegir alguien que aceptara la broma con buen talante y que compartiera el sentido de la trastada.

Después de mucho deliberar decidimos que el elegido era el Asturiano. Era un hombre afable, que a mí siempre me cayó muy bien y que me saludaba sonriente cada vez que nos cruzábamos. Era un buen hombre. Le recuerdo montado en sus madreñas, con su pantalón de pana y su boina y la ijada de avellano en la mano, su media sonrisa y mirada alegre. Nos hacía gracia a todos por sus comentarios y su forma de hablar. La historia más celebrada era la que él contaba de cómo había ayudado a dar a luz a una vaca que traía el ternerín mal colocado. El decía “Yo ateraba, ateraba y que la vaca no daba el pario” (Yo tiraba, tiraba y que la vaca no paría).

Vivía en el camino de Garueña, al lado de la iglesia, en una casa con corral que daba al camino a través de una cancela. La casa tenía las cuadras en la planta baja y el típico corredor de madera en la planta de arriba que hacía de vivienda. Detrás de la cancela había un pequeño espacio donde dejaba el carro y, entre el carro y las cuadras, estaba el estercolero. Habría que ir con mucho cuidado, pues aquella noche todo el mundo estaba pendiente de no ser objeto de broma.

Este año la trastada consistiría en sacarle el carro del corral y colocarlo en algún sitio destacado del pueblo de forma que lo pudieran ver a la mañana siguiente todos los del pueblo cuando fueran a misa. Teniendo ya claro el plan, solo faltaba reunirnos en número suficiente para poder sacar el carro en volandas para que no hiciera ruido y que ni el Asturiano ni su familia se enterasen. El carro podía pesar trescientos o cuatrocientos kilos y éramos pocos.

Echamos cuenta de los que éramos y del resto de gente que había en el pueblo y no nos salían las cuentas. Éramos pocos. Aunque no estábamos seguros que Maxi, con sus pocas carnes, nos fuera de mucha ayuda, le preguntamos a Selima por él y nos dijo que estaba ya en la cama.

Estuvimos dándole vueltas al asunto y decidimos subir a despertar a Maxi. Selima no nos dejaba, pero como estábamos ya lanzados, no pudo impedir que subiéramos a la habitación. Maxi estaba doblemente dormido. Porque tenía sueño y porque había libado aquel día más de la cuenta. Le dimos la lata a base de bien, hasta que se convenció de que no nos iba a quitar de encima. Salió de la cama vestido y se puso sus gafas de culo de vaso que, si no le servían demasiado para ver de día, no se que utilidad les iba a sacar de noche.

Y allá nos fuimos carretera abajo, regocijándonos por anticipado del cachondeo que se iba a preparar el domingo por la mañana. Tiramos por el camino de Garueña hasta la iglesia. Allí nos paramos y Genaro se fue a ver si estaba todo tranquilo. Nos hizo señales con la mano y nos acercamos todos bien pegados a la pared de la casa de Maruja. Estaba todo en silencio y el carro en el sitio donde esperábamos.

Genaro comenzó a abrir la cancela lentamente y con cuidado de no hacer ruido. Cuando la cancela empezó a chirriar, la sujetó en vilo, para que el peso no actuara sobre los goznes, hasta que quedó totalmente abierta. Nos colocamos a los dos lados del carro, algunos con los pies hundidos en el esterquero, y cogimos el carro en volandas que pesaba como el plomo. Lo giramos para que enfilase la cancela y salimos resoplando hacia adentro por el esfuerzo, pero sin hacer el más mínimo ruido. Al llegar a la pared de la era de Maruja, lo posamos en el suelo para descansar mientras nos mirábamos y reíamos en silencio.

Desde allí lo llevamos rodando muy despacio, hasta pasar el puente del río Baltaín. Nos pusimos a discutir el lugar más adecuado para dejar el carro. Tenía que ser un sitio donde lo vieran por la mañana los vecinos que vinieran a misa ya fuera del barrio de arriba o del de abajo. Y tenía que ser evidente que el carro estaba allí como consecuencia de la trastada. Y el mejor sitio estaba muy cerca: enfrente de casa de Corsino era el lugar por donde iba a pasar casi todo el pueblo. Y dicho y hecho.

Cogimos el carro otra vez en volandas y lo pusimos encima de la pared del eiro que hay frente a la casa de Corsino con una rueda para cada lado de la pared. Aunque el Asturiano se diera cuenta de que le faltaba el carro por la mañana temprano, no podría rescatarlo sin ayuda. Era el sitio ideal. Nos fuimos a festejarlo a casa de Selima y, ya tarde después de comentar largamente los incidentes de la fechoría, nos fuimos a la cama.

A la mañana siguiente, el Asturiano estaba desde primera hora, a pié firme al lado de su carro, comentando el suceso con todos los que pasaban por allí. Empezó el desfile de feligreses hacía la iglesia y todos hacían sus comentarios y le tomaban el pelo al Asturiano, que lo encajaba todo con buen humor. Cuando pasábamos alguno que él creía que había participado en la trastada, fingía amenazarnos con la ijada diciendo

Hay caimán, caimán, te voy a dar.

Al salir de misa, como ya había surtido el efecto esperado, cogimos el carro entre todos para bajarlo de la pared y se lo devolvimos al corral. En el colmo de la desfachatez, le dijimos al Asturiano

Prepárate, que al año que viene te lo vamos a sacar otra vez – y nos fuimos divertidos con nuestra valentía hasta casa Selima.

En los días siguientes aún se comentaba el incidente. Yo, cuando me cruzaba con la mujer del Asturiano, tenía cuidado de pasarme al otro lado de la carretera, por si acaso. No tenía tan buen pasar como él.

Y, efectivamente, al año siguiente nos acordamos de la promesa que le habíamos hecho al Asturiano. No era usual repetir la broma a la misma persona, pero lo prometido era deuda. Y allá nos fuimos la noche de Sábado Santo, con todas las cautelas, a repetir la hazaña sabiendo que estaría esperándonos.

Después de mucho rato intentando aguzar el oído y la vista para ver si nos esperaban, nos convencimos de que estaban dormidos. Volvimos a realizar la operación de abrir la cancela con sumo cuidado y nos dispusimos a sacar el carro en vilo. Enseguida oímos un ruido metálico y nos dimos cuenta que algo no iba bien porque no podíamos levantar el carro. Salimos zumbando hasta la tapia de la casa de Maruja, a intentar aclararnos de lo que estaba pasando.

Enseguida oímos al Asturiano que andaba en la galería y que nos decía guasón

¡ Ah, pájaros!, ¿U tais oh (dónde estáis)? – y se le notaba escudriñando en vano en la oscuridad de la noche por ver si nos reconocía.

Después de un rato observando sin ver ni oír nada, pero sabiendo que estábamos allí como le habíamos prometido el año anterior, nos dijo con sorna

Caimanes, este año os jodéis que os he atado el carro con cadenas. ¡Sacáimelo si podéis¡.

¡ Desgraciaos, iros a la cama a dormirla ¡ – apostilló su mujer

Empezamos a bajar hacía la escuela, sin el menor cuidado de no hacer ruido, un poco corridos por como el Asturiano nos había devuelto la jugada. Al llegar al puente nos pusimos a discurrir como hacer para salirnos con la nuestra. Y no sé a quién de nosotros se le ocurrió cómo hacerlo: ya que no era posible sacar el carro, pues estaba atado con las cadenas de arrastrar la leña en el monte, le quitaríamos una rueda y la expondríamos en el sitio adecuado. Decidimos que había que esperar a que el Asturiano se durmiera, así que nos fuimos a casa de Selima a echar un rato.

Volvimos a las dos horas y todo parecía en calma. El Asturiano, satisfecho de la trastada que nos había devuelto, parecía dar por resuelto el problema por aquel año y dormía a pierna suelta. Levantamos el carro de un lado, con mucho cuidado para que no sonaran las cadenas, y Genaro, que de eso sabía mucho, sacó la pina de hierro que sujetaba la rueda al eje y nos quedamos con la rueda en las manos. La llevamos camino abajo, dejando el carro apoyado en el eje en una posición poco digna.

Enseguida encontramos el sitio adecuado para colocarla bien a la vista de todos. La subimos en el balcón de Corsino, que estaba justo enfrente de donde el año pasado habíamos dejado el carro entero. Para que no pasase desapercibida, colgamos del balcón un trapo que se balanceaba en el aire haciendo inevitable que la gente se fijara en la rueda.

Por la mañana, se volvieron a repetir las escenas de jolgorio de los vecinos que iban a misa, como el año anterior. La rueda aparecía reluciente al sol de primavera en el balcón de Corsino y las miradas divertidas de la gente iban de la rueda al Asturiano que hacía guardia debajo del balcón esperando que alguno de nosotros se encaramara al balcón para bajársela, como así hicimos a la salida de misa.

Si había una diferencia con el año anterior. El Asturiano no dejaba de repetir que le habíamos perdido la pina, la pieza de hierro que sujetaba la rueda al eje. No se si con las prisas por llevarnos la rueda, la pina quedó enterrada en el suelo, blando por los orines que escurrían del esterquero, o alguno de nosotros se la llevó como recuerdo de la fechoría.

Tampoco se si la pina apareció o el Asturiano encargó una nueva al herrero, lo cierto es que el carro del Asturiano volvió a circular por el pueblo con normalidad. Pero el incidente sirvió para que durante los meses siguientes el Asturiano tuviera que sufrir las preguntas socarronas de todo aquél que se cruzaba con él:

Qué, Antón, ¿has encontrado ya la pina?

De tanto contar la historia, la frase de “¡ Ah, pájaros!, ¿U tais oh? “ fue la más repetida del verano.

Todos los participantes en la trastada fuimos conscientes de que nos habíamos pasado un poco y, que yo sepa, fue la última vez que el Asturiano fue objeto de más bromas de Sábado Santo.

Cuando se acabaron las nateras y los carros se sustituyeron por tractores, también se acabaron las trastadas. Nosotros nos hicimos mayores y dejamos el deporte de la trastada. El Rosario tampoco nos ocupaba tiempo y, en vez del calecho, empezó a verse la televisión. No sé si se sigue practicando la caza del gamusino o es una especie totalmente extinguida. Lástima de costumbres ancestrales

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda)

Imagen tomada de: verpueblos.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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4 pensamientos en “La trastada (tradiciones insanas)

      • Exacto, el Sábado Santo era el día de las trastadas.
        Ha desaparecido la costumbre pero no los recuerdos y las anécdotas, y las carreras para esquivar a la Guardia Civil.
        En dicha web de Caboalles, en una colaboración, de Jesús Torre Álvarez, aparece el siguiente párrafo:

        En Semana Santa, el Sabado de Gloria, a partir de las doce de la noche, la juventud festejaba la “Noche de las Trastadas”, que consistia entre otras cosas en sacar todos los carros de las casas y llevarlos a los sitios mas complicados, de donde al dia siguiente a primera hora, los dueños de los mismos salian a buscarlo siempre sin protestar. Lo mismo aparecian encima del tejado de una capilla como colgados de un arbol; se llego a colgar del puente dos carros unidos con una cadena, para mas INRI, pertenecian a dos vecinos que no se llevaban bien. El problema era al dia siguiente que tenian que ponerse de acuerdo para poder descolgarlos. Las campanas de la iglesia pasaban buena parte de la noche tocando, siempre vigilando que la Guardia Civil no estuviera cerca. Este acto de las trastadas, no estaba permitido, pero era dificil el encuentro entre los guardias y los mozos porque se vigilaban unos a otros y yo creo que de lo que se trataba era de pasar una noche divertida. La prueba es que nunca hubo detenidos y afortunadamente tampoco accidentes. Los treinta o cuarenta jovenes que intervenian formaban grupos para ir a robar los carros y era habitual robar sus propios carros, pero nadie se enfadaba.

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