El burro de tío Baldomino (y algo de Matemáticas)


El último año en Roa de Duero, yo no fui a la escuela. Tenía nueve años y al final de curso tenía que examinarme de ingreso de bachillerato en León. Todo ese año, estudié en casa bajo la supervisión de mi padre.

En la habitación grande, en la que jugábamos al frontón, había una salita lateral con un jergón en el suelo, que se usaba cuando había necesidad de alguna cama adicional por la visita de algún familiar, y allí establecí mi cuarto de estudio. El jergón estaba relleno de hojas de panocha de maíz y allí preparé mi ingreso, tumbado o reclinado. Estudiaba Geografía en un atlas en blanco y negro, Gramática y Ortografía de Miranda Podadera y Matemáticas en un libro de pastas negras y papel envejecido, que creo era de Bruño. Seguramente todos estos libros habían sido de mi padre.

Todos los días mi padre me tomaba la lección y me marcaba desde donde hasta donde tenía que estudiar para el día siguiente, incluidos los problemas que venían en el libro. Todo ello sin explicación previa, no sé si era por falta de tiempo o porque él había estudiado así.

Recuerdo muy bien una definición impecable sobre magnitud, tan poco entendible para mí como el Padrenuestro: “Magnitud es todo aquello susceptible de aumento o disminución”. Magnífica definición, pero había que saber que significaba “susceptible” y yo no lo sabía ni recuerdo que me lo hubieran explicado. Después de la definición, el libro decía que había que buscar ejemplos. Aquel día me limité a memorizar la definición y no aporté ejemplos, diciéndole a mi padre que me explicara el significado de susceptible. Después de la explicación que me dio mi padre, visiblemente contrariado por la torpeza de su primogénito, me quedé con la idea de que magnitud era todo aquello que podía aumentar o disminuir y con el encargo expreso de que no se me ocurriera venir al día siguiente sin buenos ejemplos.

Y a ello me puse bien de mañana después de aprender de memoria las capitales de todas las naciones de Asia. Por la cara de mi padre, ya no podía seguir especulando ni un día más. A pesar de que le dediqué un buen rato, debía estar cansado o atontado porque no pude encontrar ningún ejemplo de magnitud. Tan enfrascado estaba con el problema que, cuando me di cuenta, me estaba orinando y tuve que salir zumbando al cuarto de baño, apretándome la punta de la pilila, y casi sin tiempo de apuntar dentro de la taza. Como siempre, me quedé ensimismado contemplando aquel fenómeno: a medida que el chorro perdía fuerza, la pilila se deshinchaba hasta adquirir un tamaño ridículo y tal parecía que el pis, en vez de estar almacenado en la vejiga, estuviera contenido en la misma pilila que se desinflaba al vaciarse. Me estaba guardando la herramienta en los pantalones, todavía ensimismado con aquel misterio, cuando se hizo la luz en mi cabecita: mi pilila era una magnitud, pues aumentaba y disminuía de tamaño. ¡Bien!, ya tenía el primer ejemplo de la lección. Todo eufórico por el hallazgo, me volví hacia el “cuarto de estudio” dispuesto a encontrar otros dos ejemplos de magnitud, convencido de que aquello estaba chupao.

Repasando el proceso de mi primer hallazgo, sin querer, empecé a divagar sobre pililas y me acordé de aquel fenómeno del burro de tío Baldomino, al que cada poco le veíamos, a pesar de los esfuerzos de nuestras tías para que no contempláramos semejantes cochinadas, cumplir con su oficio de semental. Esa si que era una buena magnitud, que pasaba de no verse casi hasta parecer una quinta pata del animal, y, tan renegrida, que costaba distinguirla de las patas de verdad. Y en Vegarienza sin enterarse que lo que el burro tenía entre las piernas ¡era una magnitud de las gordas!.

Como no me atrevía a hablarle a mi padre de pililas, después de darle muchas vueltas al asunto, encontré nuevas magnitudes como las gomas del tiravete (tirachinas), la pulsera del reloj de mi padre (que era un alambre en forma de muelle que se estiraba para meter la mano y luego se ajustaba a su muñeca) y la manga de mi jersey que se podía estirar hasta ocultar la mano cuando hacía frío. Todo ufano, aguardé con impaciencia a que mi padre me tomara la lección. Casi siempre esto sucedía a la hora de la comida, y nada más sentarme a la mesa le solté, seguro de que me felicitaría por mi perspicacia, los tres ejemplos de corrido: “Tres ejemplos de magnitud son las gomas del tiravete, la pulsera de tu reloj y la manga de mi jersey. ¡Y me se otras!“, añadí todo ufano. Me quedé anonadado cuando mi padre me miró incrédulo y me dijo que era un burro y que no había entendido nada, que un ejemplo de magnitud era la distancia que había entre su cuchillo y su cuchara, que juntaba y separaba repetidamente con evidentes muestras de cabreo. Yo estaba tan aturullado que no comprendí la explicación del todo, pero me apresuré a decir que ahora estaba todo clarísimo.

Más adelante, entendí lo preciso de la definición y lo erróneo de mi interpretación: la magnitud no era mi pilila, sino su tamaño que aumentaba o disminuía y que tampoco era una magnitud las gomas del tirachinas, sino su longitud que podía ser mayor o menor. Al mismo tiempo, entendí que por eso a lo del burro de tío Baldomino le llamaban picha y no magnitud. Pero ya era demasiado tarde para ahorrarme la bronca.

Cuando llegó Junio, me puse corbata por primera vez y algún catedrático del Instituto Padre Isla de León consideró que conocía razonablemente donde estaba cada río, que colocaba las bes y las uves con cierta habilidad y que la magnitud era bastante susceptible, por lo que me otorgó el primer aprobado de mi vida de estudiante. Con tal bagaje cultural, siempre que vi al burro de tío Baldomino en forma, tuve muy claro que, envidias aparte, tan magnitud era la suya como la mía.

(Seguramentes, las cosas sucedieron casi como las cuento. De las sensaciones no tengo duda)

Imagen tomada de: Wikipedia

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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