¡Sientenseeeen….! (ahormando mentes)

Quítese la fachada de piedra, las galerías, las banderas y el edificio adosado y esa era la Academia Nuestra Señora de Carrasconte de 1955.

Quítese la fachada de piedra, las galerías, las banderas y el edificio adosado y esa era la Academia Nuestra Señora de Carrasconte de 1955.

La Academia Nuestra Señora de Carrasconte de Villablino (León) era un caserón de dos alturas a la entrada del pueblo por la carretera de León. Era un centro de pago dependiente del Ayuntamiento y preparaba a los alumnos en el bachiller elemental y superior para examinarse, por libre y al final del curso, en el instituto Gil y Carrasco de Ponferrada. Era mixto y los profesores solían ser licenciados de la zona, algunos de Babia y también abundaban los asturianos. La Academia tenía menos aulas y profesores que cursos, lo que se traducía en que en un aula podíamos convivir dos cursos: mientras el profesor daba clase de griego a quinto de Letras, los del segundo curso estábamos en los bancos de atrás estudiando. De ahí que los de Ciencias termináramos sabiendo el alfabeto griego que cursos más tarde usaríamos en la asignatura de Matemáticas. El profesor de griego hacía de profesor y guardián del orden, cosa que no era fácil de mantener, y a menudo se traducía en severos correctivos. Lo más temido era el sopapo de Don Sabino, un asturianón corpulento, de tez oscura y pelo ensortijado, que daba unas tortas que te dejaban la cara mirando para el cogote, seguro que causa de más de un desajuste cervical de los que sufrimos ahora. Como es obvio, de los sopapos no decíamos nada en casa para que allí no redondeasen el castigo con alguna torta adicional. Aún no éramos niños con derecho a no ser maltratados. Los castigos eran, sin más, el justo precio por haber hecho una trastada y lo asumíamos con naturalidad. Cuando la infracción era colectiva, el castigo solía ser humillante y pospuesto hasta la hora del recreo, que pasábamos de rodillas en el pasillo sirviendo de burla, que no de ejemplo como se pretendía, para el resto de alumnos. Cuando no estábamos castigados, la salida al recreo era una autentica estampida. Bajábamos por las escaleras de madera, saltando los escalones de tres en tres, para conseguir las primeras plazas en el único retrete que había para todos los chicos de la Academia. Era un cuadrado de un metro donde había una base de porcelana con un agujero, en la que se meaba de pie y lo otro se hacía de cuclillas poniendo los pies sobre dos resaltes preparados al efecto. Como la cosa urgía, pues no era cosa de pasar la media hora del recreo haciendo cola, terminábamos meando de cuatro en cuatro, salpicándonos los unos a los otros y entrecruzando los chorros como si fuéramos espadachines, mientras la puerta permanecía abierta. Cuando nos sorprendía Bances en aquella actitud mingitoria colectiva, nos gritaba “Animales, ¿qué hacéis meando los unos por encima de los otros?”. No sé si alguna vez se le ocurrió pensar que un solo retrete era poco para tanta clientela. Yo no me explicaba como conseguían las chicas, menos vehementes que nosotros y necesitando maniobras más complicadas, acabar el trámite antes de que finalizase el recreo. Como no había patio de recreo, jugábamos al fútbol en un prado triangular e inclinado que había al otro lado de la carretera, o nos acercábamos a las primeras tiendas o al único futbolín del pueblo. En invierno, si había nieve, los de los cursos superiores esquiaban en el prado que estaba detrás de la Academia y a duras penas conseguían frenar en mitad de la carretera o contra la casa de enfrente, entrando a veces hasta la cocina. La máxima autoridad era Don Manuel, el director, que daba latín, griego y otras asignaturas de Letras. Asturiano y menudo, daba sensación de extrema fragilidad y andaba como pisando huevos mientras se frotaba las manos. Cuando decidía dar un bofetón, lo normal era que el abofeteado ni se moviera y él salía como rebotado, trastabillando y doliéndose de la mano. A veces estaba de coña, pero siempre muy serio. Marcando distancias, nos trataba de usted y eran famosos sus gritos de Sientenseeen o Callenseeen. Del profesor que mejor recuerdo tengo es de Don Calixto, babiano, que nos dio Matemáticas, Física y Química. Los exámenes en Ponferrada eran todo un acontecimiento. Íbamos solos con dos o tres profesores y aquello era una oportunidad de hacer, durante un par de días, cosas fuera del control habitual (ver Buscando a Doña Urraca). El cachondeo empezaba con el viaje en tren y continuaba en Ponferrada, embargados de una excitante sensación de libertad. La vuelta en tren era también entretenida aunque alguno regresáramos menos exaltados si los exámenes no habían ido bien. Después de segundo y tercero con buenas notas, dejé la Academia y me puse a trabajar, creyendo que sería capaz de sacar adelante el cuarto curso con algunas clases particulares. No fui capaz de simultanear trabajo y estudios y a los dos años me reincorporé a la Academia para hacer cuarto y reválida con el mal balance global de un año perdido. Para recuperar el desfase, el curso siguiente hice quinto y en el verano sexto y reválida, en buena medida gracias a Don Calixto, el mejor profesor que he tenido nunca y que me aguantó todo el verano. Después de aquel sobre esfuerzo, me quedé un poco atascado. Guardo muy buenos recuerdos de aquellos años, de todos los amigos que conocí, de los profesores a los que agradezco sus esfuerzos por desborricarnos, incluidos los bofetones de Don Sabino.

Alumnos de la Academia de Carrasconte, Villablino, hacia 1957. En el centro, el director Jesús Pérez Bances.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda)

Si alguno de los que leáis esto tenéis una foto de la Academia Carrasconte cuando estaba ubicada a la entrada del pueblo, viniendo de León, agradecería me la enviáseis para encabezar este post.

Imagen de cabecera tomada de: lacianababia.blogspot.com. Fotografía de cierre gentileza de Luis Álvarez Pérez.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

9 pensamientos en “¡Sientenseeeen….! (ahormando mentes)

  1. Estoy al tanto de tu Lembranza. Gracias por el buen concepto que tienes de este tu viejo profesor ; el sentimiento es recíproco. Recuerdo, con total claridad, cuando una vez me ayudaste a resolver, en clase, un problema de “relojes”. Gracias, también a Gregorio.
    Guardo un excelente recuerdo de mis alumnos/as y compañeros de Villablino. Sería una gran satisfacción veros este verano en La Majúa (Babia).
    ¡Costa sigue imponiendo su ritmo en el baile¡ Abrazos, Calixto.

    • Aún estoy emocionado de haber leído tu correo. Me permito tutearte pues con el tiempo transcurrido creo que si nos vieran juntos pareceríamos más dos jubilados colegas que alumno y profesor. Escribir este blog de viejos recuerdos me ha proporcionado contactos inesperados y estaba sorprendido de que ninguno fuera de mis antiguos compañeros de la Academia. Tu comentario ha llenado con creces las expectativas. Me alegra saber de ti y que sigues en forma.
      Un abrazo para ti y para Costa y disculparme si alguno de mis comentarios acerca de vosotros dos ha sido más malévolo de lo conveniente, pero os aseguro que han surgido del cariño y respeto hacia los dos.

  2. ¿Seguro que la fotografía no es en el Instituto Laboral? Yo tengo una igual, la misma máquina, el mismo microscopio pero distinto fondo. Asistí al I.L. de 1953 a 1957.

    • Hola Higinio. Puedes tener razón. La referencia que hay en la foto en papel es el año 1955 y en ese año terminé primero en el Instituto Laboral y empecé primero en la Academia Carrasconte. Si se dan esas coincidencias que tu mencionas, casi seguro que la foto es del Instituto. Te agradezco la precisión. Por cierto, ¿recuerdas tu la imprenta en el Instituto que menciono en De Magunacia a ……?. Tengo dudas de si mi memoria me juega una mala pasada. Saludos.

  3. Si la recuerdo. El tipógrafo se llamaba Félix y acabó montandos¡ su propia imprenta en Villablino. También a mí me mandaba alguna vez colocar los tipos en su correspondiente casillero y colocar y retirar papel tal como tu cuentas.

  4. Hola Emilio:
    Mis recuerdos de La Academia son buenos. Tengo la sensación de que aquellos seis años me pasaron en un abrir y cerrar de ojos, y eso que no estuvieron exentos de calamidades; ya que, al residir en Villager, llevaba la fardela con la merienda,como los mineros, y comíamos en un aula que nos facilitaba el colegio (la nevera), que estaba situada en la planta baja, situada hacia el norte; es decir, mirando hacia el prado de atrás. Era fría como su nombre delata y oscura como la boca de un lobo , pero a nosotros nos venía de perlas.
    De los profesores también tengo buenos recuerdos. El director seguía siendo D Manuel, que era de Cornellana (concejo de Salas) y al que todos conocían como “el filósofo”. Casó en Belmonte con una hija de las de casa Juanín. Ésto lo sé porque viví diez años en Belmonte y me contaron sus peripecias de cortejo, en años en que nadie tenía coche y el transporte público era escaso. Del resto de profesores de los que hablas me dio clase Dña Costa de Geografís e Historia, que era una señora de Cospedal y de la que no tengo ninguna noticia. También Dña Chelo de Ciencias de la Naturaleza, que estaba casada con Daniel el veterinario de San Miguel, que también fue alcalde de Villablino. Todavía la vi este año comprando en el Eroski y está como siempre.
    De los viajes a Ponferrada yo tengo otros recuerdos. Conmigo siempre bajaban mi madre o mi padre. Nos hospedamos varios años en “El Pato Blanco”, que tenían Bar y camas. Recuerdo que en dos días despachábamos todo el curso. Nunca aprobé todo el curso en junio. La cosa era dejar algo para entretenerse en las mañanas del verano, sin embargo, tampoco nunca repetí curso. Creo que lo hacía para subir cargados de uvas y pimientos.

    • Hola Eulogio. Yo también lo pase fenomenal en la Academia. Lo contrario hubiera sido para matarnos. Recuerdo “la nevera” que solo era confortable cerca de Junio.
      Supongo que en Ponferrada estarías bastante controlado. Yo viajaba solo, pero allí vivía en casa de unos tíos por lo que los horarios no eran un desmadre, pero la sensación de libertad era excitante.
      Un saludo.

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