El Campo Municipal (el gran escenario)

Juego del irio

En el desnivel que iba desde La Corradina a la estación de ferrocarril, el Campo Municipal de Villablino era una anomalía de horizontalidad constituida por un cuadrado de menos de cien metros de lado. Estaba jalonado en dos de sus lados por postes verticales de hierro que sostenían dos gruesos cables de acero que los atravesaban horizontalmente y servían para amarrar las reses con ocasión de los mercados semanales de ganado. Creo que eran los lunes de otoño y recuerdo la gran cantidad de puestos que se colocaban a lo largo de todo el camino, entonces de tierra, llegando desde el Campo hasta El Cruce y, en especial, a las pulpeiras escaldando y apaleando pulpos. Los chavales nos subíamos a los cables de acero haciendo alarde de habilidades equilibristas que se nos exacerbaban cada vez que un circo se asentaba en el Campo. Además de ferial y asentamiento de circos, pistas de coches de choque o cualquier otra atracción ambulante, servía de plataforma espaciosa para las fiestas de San Roque, los exámenes de conducir, como improvisado campo de fútbol y escenario de diversos juegos como el hinque o el irio. También alojó temporalmente la fábrica de tubos de hormigón que se usaron para la red de saneamiento, a cuyo proceso de fabricación dediqué muchas horas de observación. Alguna vez usé uno de aquellos enormes tubos como refugio después de recibir un balonazo en la barriga, o más abajo, para que los compañeros no se percataran de los lagrimones que se me escapaban. Otro lado del Campo lo cerraba un edificio enorme con amplias arcadas y techo de pizarra que se decía estaba destinado a alojar a la Academia Carrasconte, pero que yo siempre conocí cerrado, asunto que no fue óbice para conocerlo al dedillo por dentro en detenidas incursiones exploratorias. En el cuarto lado del Campo se situaba una nave donde asistí a las clases de carpintería en mi único curso en el Instituto Laboral, aprendiendo a serrar, a cepillar, a respirar serrín y donde, tras mucho esfuerzo y frustración, conseguí unir dos maderas con una calamitosa cola de milano. A continuación de esta nave estaban los aposentos de Sultán, el toro que inseminaba a las vacas sin pareja. Los días que Sultán estaba desganado, veíamos como su cuidador, de andares asimétricos, le obsequiaba con paseos relajantes mientras le susurraba palabras de ánimo. Aunque casi siempre nos espantaban de allí el veterinario o el cuidador, a través de la ventana podíamos observar los tejemanejes tan complicados con que se engendraban los terneros en Villablino, mientras pensábamos que había otra forma más sencilla y natural de hacer aquello. Al alejarnos de la ventana, no podíamos por menos que sentirnos solidarios con el engañado Sultán, que conocía muchas vacas pero a ninguna de verdad. Recuerdo especialmente las encarnizadas partidas de irio en la que todos queríamos ser compañeros de César, un chaval delgado y muy hábil que trabajaba lavando y engrasando coches en el garaje de su padre. El día que no te tocaba en su equipo, podías estar corriendo detrás del irio durante toda una tarde. Cruzábamos el Campo jadeantes, mirando como el irio surcaba el cielo para intentar cogerlo en el aire. Íbamos mirando hacia arriba, pero controlando los obstáculos y para no tropezar con Sultán en uno de sus paseos relajantes. Coger el irio en el aire era arriesgado, pues giraba como un molinillo amenazante con sus puntas aguzadas y solíamos usar el jersey, un poco separado del cuerpo como si fuera un mandil, para recogerlo y no hacernos daño. Si jugábamos tres contra tres o más, cuando golpeaba César el irio con su palo de avellano, mientras gritaba “Vete a casa el boticario”, los que corríamos teníamos a veces que ir a buscarlo a las tierras que estaban cerca de la estación del tren. Era extenuante luchar contra el palito volandero, pero todos hubiéramos dado una mano por cogerlo al vuelo en uno de los lanzamientos fulgurantes de César. Nos colocábamos en el punto donde creíamos que iba a aterrizar el irio, pero César nos engañaba siempre dirigiendo el irio al otro extremo del Campo, igual que le hacían al pobre Sultán que siempre le cambiaban, en el último momento, la vaca por un tubo de goma.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda)

Imagen tomada de: felechas.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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