El Milagro (la fe, ¿modifica la realidad?)

Tras esta roca, cerca del arroyo Rugis, es donde afirma el autor que se produjo el milagro.

Hacía dos años que los abuelos habían dejado Sosas del Cumbral, donde habían vivido toda la vida y habían nacido todos sus hijos, para ir a vivir a Vegarienza. Vendieron la casa de Sosas y casi todos los prados y tierras de labranza. Las fincas que no pudieron vender, las dejaron en renta. Montaron todos los muebles y enseres en el carro de las vacas y echaron camino abajo hasta Vega. Yo estaba en aquella época con los abuelos y viajé montado en la parte trasera del carro, balanceando las piernas en el aire y pensando con pena en los años que habíamos pasado en Sosas, en el río, en la escuela, en los amigos. No creía que hubiera nada parecido a Sosas, ni a sus lugares con los que yo estaba familiarizado, ni a las personas que nos trataban con tanto cariño, ni nada. Iba un poco ensimismado en lo que dejábamos atrás, de forma que casi no me di cuenta que habíamos llegado a Vega.

En Vega me encontré una casa llena de gente, pues la familia del tío Baldomino y la tía Blanca todavía vivía allí, con lo que había cuatro o cinco chicos y chicas de edad similar a la mía y pronto me olvidé de Sosas. Entre el bullicio permanente de la casa, los juegos en el Despacho y que empecé enseguida a ir a la escuela, mi aclimatación a Vega fue rapidísima.

Cada vez era capaz de ayudar en más cosas y ya me dejaban ir solo con las vacas o a llevar el centeno al molino cargado en la burra. Las vacas que eran el centro de la economía familiar y parte fundamental en las tareas del campo, eran un poco anodinas y había poca interacción con ellas. Hacían en silencio el trabajo a que se les destinaba y, salvo cuando moscaban, parecían no tener personalidad y andaban siempre con su mirada inexpresiva y pensando solo en comer.

La burra era diferente. No solo porque podías montar en ella e influir con tu voluntad en lo que hacía y hacia donde debía dirigir sus pasos, sino porque tenía su propio carácter y lo ponía de manifiesto. Por ejemplo, si decidía que no pasaba por un sitio, no había fuerza capaz de hacerla pasar por allí. Era el caso del puente, cuando tenía un agujero porque se había caído al río parte de la tierra que se echaba encima de las vigas. Aunque había sitio suficiente para pasar lejos del agujero, se quedaba parada con la cabeza gacha y mirando al agujero y, por mucho que le arrearas con la vara, no se movía. Tenías que bajarte, cogerla de la cadena y tirar de ella con fuerza y pasar bordeando el agujero. Cuando veía que pasabas tú delante, ella seguía detrás alejándose todo lo posible del agujero.

Era de pelo negro, con algún ribete que no se si era blanco porque si o se trataba de unas canas incipientes. Su edad era indefinida y yo la recordaba de siempre en casa del abuelo. Tenía unos ojos muy grandes, que te miraban con insolencia cuando decidía no obedecer. No le gustaba que le dieran con la vara en sus enormes orejas y no dudaba en cocear si consideraba que se le estaba acosando en exceso. A mí no me cabía duda que era mucho más inteligente que las vacas y nada que ver con la mansedumbre de los bovinos. Así como cada vaca tenía su nombre, ella era simplemente la burra.

Otra muestra de su carácter se ponía de manifiesto cuando decidía que tenía que revolcarse. Esto ocurría cuando no llevaba la albarda y encontraba una zona del camino con dos dedos de polvo. Se tiraba al suelo y daba varias volteretas, girando sobre el lomo de forma que cada parte de su barriga se impregnara bien de polvo. No atendía a razones, ni a las voces ni a los palos. Mientras ella no creía estar bien embadurnada de polvo y que había acabado con todas las moscas rocineras que la atormentaban, no se levantaba, y, cuando lo hacía, se sacudía bien la piel quedando envuelta en una nube de polvo. No había quien se montara en ella, a pelo, durante varios días.

Y lo definitivo, era cuando estaba en celo y se cruzaba con un burro entero. Ambos rebuznaban y estiraban la cabeza hacia arriba enseñando todos los dientes como muestra de aceptación de relaciones. Había que tirar con todas la fuerzas del ramal y darle de palos para poder seguir el camino. De estar suelta, se hubiera ido sin dudar detrás del galán de turno.

No se le mandaba gran cosa. Ir de vez en cuando a por un saco de verde para las vacas al prado del Valle y llevarme encima cuando iba con las vacas. De tarde en tarde, al molino y poco más. Yo creo que esto la había hecho un poco vaga. Y cada uno o dos años, paría un borriquín que, a la media hora de nacer ya se ponía de pié y en un par de días corría a saltos, pareciendo que no doblaba las patas, convirtiéndose en motivo de juego y atención para toda la chiquillería pues resultaba entrañable. Mamaba con mansedumbre de la ubre negra de la burra, hasta que consideraba que no le llegaba leche suficiente y le daba un empujón con el morro a su madre para provocar que aumentara el caudal.

En estas etapas de crianza, le sentaba muy mal a la burra alejarse de la casa. Iba remoloneando y había que estar pendiente pues, en el menor descuido, emprendía sola el regreso para estar junto al buche. En el camino de vuelta, tenía tanta prisa por llegar que había que ir frenándola continuamente. Al cabo de unos meses el abuelo vendía el buche y, tras un par de semanas que andaba fuera de sí, la burra volvía a su habitual andar cansino y a sus terquedades conocidas.

Pasaron un par de años en que prácticamente no me acordé de Sosas y cuando lo hacía no era con añoranza. Pero aquel otoño, el abuelo me preguntó una noche, mientras cenábamos, si me gustaría volver a Sosas. Yo que me encontraba ya muy a gusto en Vega y sabía que el abuelo no daba puntada sin hilo, pregunté intrigado

Claro, abuelito, ¿por qué lo dices?

Porque había que ir a cobrar la renta de unas fincas que tengo arrendadas y ya el año pasado no fuimos. Había pensado que a lo mejor eres capaz de ir con la burra y traerte la renta de estos dos años.

No va a apañarse (ser capaz) con la burra y las quilmas (sacos) en un camino tan largo – terció la abuela, preocupada porque yo no tenía más allá de siete u ocho años.

Yo que ya me sentía un hombrecito, no me gustó el tono de duda de la abuela y me pareció que tenía que ponerlo de manifiesto

– – ¿Cómo no voy a ser capaz, abuelita?. La burra hace siempre lo que le digo – mentí, a sabiendas de que solo era así cuando lo que la burra pensaba y lo que yo le indicaba coincidía, y continué faroleando – y me sé el camino de Sosas de memoria.

Eso creo yo – afirmó el abuelo, mientras la abuela, más sensata que nosotros dos, nos miraba moviendo la cabeza -. Pues mañana le dices a don José el maestro que al día siguiente no irás a la escuela.

Y así quedó acordado. Me fui a la cama todo ufano, pensando en el día de vacaciones que me iba a ganar y satisfecho de haber dejado sentado que había que empezar a contar conmigo. Mientras me dormía, empecé a rememorar los buenos ratos pasados en Sosas y en si me lo encontraría todo como yo lo recordaba. Aquella noche soñé con la escuela de Sosas, con los renacuajos y con la raposina y el lobo Xiam.

Al día siguiente le pedí permiso al señor maestro y el abuelo me dio instrucciones de lo que tenía que hacer. Tenía que ir a casa de Benedito y a la de Dolsé. El primero tenía que darme cuatro cuartales de centeno, dos por año, y Dolsé tres y medio. Llevaría dos quilmas, una para cada casa. Y no tenía que entretenerme, pues los días empezaban a ser más cortos y debía estar de vuelta antes de anochecer. Esa noche, pasada la necesidad de demostrar ante los abuelos lo mayor que era, no las tenía todas conmigo y mi sueño fue un poco más inquieto que de costumbre.

Me levanté temprano y desayuné a toda prisa. Mientras la abuela me preparaba la merienda, bajé a aparejar la burra. Le puse la sudadera y coloqué la albarda encima, pasé la baticola bajo el rabo de la burra y apreté la cincha firmemente. Ajusté los estribos y puse las alforjas encima de la albarda. Mientras hacía estas operaciones, dejé que el borriquín mamara sin pausa pues el resto del día iba a estar en ayunas. La burra se dio cuenta de que se avecinaba un viaje más largo que otros días y me miró con aprensión.

Se acercó la abuela con la merienda y las dos quilmas y yo lo metí todo en las alforjas. Cuando apareció el abuelo, me dieron los últimos consejos

No dejes de ir por casa de Máximo y de Almudenina a saludarles – dijo la abuela

Vigila que te midan bien el centeno. Antes de volver, deja que la burra beba agua en el río y, si tienes tiempo, que paste un poco – me recordó el abuelo.

El abuelo apartó al buche para que dejara de mamar y yo salí a la plazoleta llevando a la burra de la cadena que estaba unida a la cabezada. Me subí al poyete para poder ponerme a horcajadas de la burra. Llevaba una vara corta para poder controlar mejor a la cabalgadura. Me despedí de los abuelos y crucé la carretera para pasar por delante de casa de Urbano. Cuando pasé pavoneándome por delante de las escuela, faltaban diez minutos para entrar y allí estaban todos los chavales que me miraron con envidia por el día que me iba a pasar sin estar bajo el control del maestro. Doblé la curva de las últimas casas del pueblo y empezamos, la burra y yo, a avanzar pasito a pasito por el largo camino que teníamos por delante.

Al pasar por delante del prado de el Valle, oí los graznidos de los grajos que siempre andaban por aquellos chopos de al lado del río. La burra había adoptado el andar cansino habitual, reforzado con una especie de gemido que emitía en cada paso. Seguramente iba pensado en el buche que había dejado en casa. Al cabo de una media hora llegamos a Garueña y comenzamos a caminar por una parte del camino menos conocida. El río discurría paralelo al camino, oyéndose el ruido que hacía el agua en cada peña y en cada remolino. Era un terreno muy despejado de árboles. En media hora más llegamos al río Rugis, arroyo más bien, que yo sabía era la mitad del camino y, un poco más adelante, cruzamos el puente de Porquín que conduce el camino al otro lado del río. Subimos una cuestecilla y, de repente, el camino cambió por completo.

De ser despejado y llevar siempre al lado el río oyendo el sonsonete del agua, pasó a ser un camino encajonado entre los chopos que bordeaban los prados y, por la derecha, de un ribazo de tierra poblada de robles y escobas. El río pasó de estar a mano derecha a ir por la izquierda y bastante alejado del camino de forma que ya no se oía el canturreo del agua. De vez en cuando el camino se ensanchaba en una camperita que se terminaba enseguida. Pero la sensación era la de un desfiladero verde de chopos y robles con el fondo parduzco del camino y parecía que no había tanto sol como en el tramo anterior. Los graznidos de los grajos se oían bastante lejos y como reverberando.

Como ya era otoño, corría una ligera brisa que hacía que las hojas de los chopos se movieran al unísono con un bisbiseo continuo y que anunciaba que pronto amarillearían y dejarían, al caerse, los nidos de los pájaros a la vista. El aleteo de las hojas producía un rumor persistente y triste. Tal era la sensación de umbría que se había apoderado del camino que yo miraba continuamente hacía arriba para asegurarme que no se estaba nublando el día. De vez en cuando oía algún ruido entre los matojos del ribazo, que bien pudiera ser producido por un lagarto o un pájaro andando por la hojarasca, pero por mucho que mirara yo no veía quién lo causaba.

Empecé a mirar a todos lados con desconfianza, mientras arreaba a la burra para que fuera más deprisa. El paisaje empezaba a parecerse a los que yo tenía asociados a los cuentos sobre el lobo que tantas veces me habían contado y que siempre me dejaban un regustillo de miedo. Ahora me veía yo, a mí mismo y a la burra, como los personajes centrales de los cuentos a quienes acechaban los lobos. Me acordaba del tío Eliezar (ver post El lobo) echándole trozos de merienda a los lobos para entretenerlos. No dudé ni un instante en sacar la fardela de la merienda de la alforja y la llevaba en la mano, por si acaso. No en vano estaba en el terreno del lobo Xiam.

Aunque, según los cuentos que nos contaban por las noches, a Xiam lo que le gustaban eran los corderines y los cabritines, sabía que, si estaban muy hambrientos, no harían ascos a un angelito como yo, que no estaba ni gordo ni flaco. ¿O preferirían a la burra?. Ahora, además de mirar a cada lado del camino, también miraba hacia atrás, que era por donde yo sabía que se aproximaban siempre los lobos a las personas.

Al poco pasé por delante del prado donde los lobos le habían comido la burra a Benedito (1), mientras él segaba la hierba a pocos metros y no se enteró hasta que estaba ya agonizando. Me entró un escalofrío y me removí inquieto encima de la burra. La arreé con los talones y con la vara y me puse a cantar por lo bajini intentando darme ánimos

De dónde vienes ganso
De tierra de garbanzos
Que traes en el pico
Un cuchillito
Donde lo afilaste
En una piedrita
Donde está la piedra
La tiré al río
Donde está el río
Se lo bebieron los peces
Donde están los peces
Se los comieron los frailes
Donde están los frailes
Abonando el huerto
Corre, corre fraile, que te quedas tuerto

Y vuelta a empezar, cada vez con voz más alta y nerviosa. Y los pelos de los brazos, de punta. Hasta que divisé las escombreras de la mina y, un poco más adelante, vi las primeras casas de Sosas y empecé a oír los ruidos provenientes del pueblo y de las huertas que hay a la entrada del pueblo. El camino dejó de estar bordeado de árboles y, de nuevo, tuve la sensación de que el día era esplendoroso. Dejé de cantar e hice esfuerzos por tranquilizarme y auto convencerme que el temor al lobo, imbuido por tantos cuentos como había oído, me había jugado una mala pasada.

Nada más entrar en el pueblo, me empecé a encontrar con gente conocida que me llamaba Milín, el de Dolores, me preguntaba por los abuelos y me decían que cómo había crecido y que qué hacía por allí. Yo contestaba, todo avergonzado, que bien y que a cobrar la renta.

Allí estaba Máximo, con barba de varios días, las madreñas de boñiga hasta los topes y escapándosele las palabras por entre los huecos de los dientes que le faltaban, pero risueño como siempre

Pero, cheichu, cheichu, cheichu…. Qué rapaz tan valiente que viene él solo con la burra – ni se imaginaba la cagueta que yo había pasado -. Cómo has esponchao (crecido). Ajo, ajo, ajo …. ¿Te acuerdas cuando dijiste a vocesQué viene el Tremoriegocuando le habíais quitao el agua de la Tablada? Cheichu, cheichu, cheichu.….

Me escabullí como pude, pues Máximo podía seguir intercalando los cheichu y los ajos toda la mañana. Me acerqué a casa de Benedito y, después de los saludos e intercambio de información, nos fuimos a la panera con la quilma y me dio los cuatro quintales de centeno. Subimos la quilma sobre la burra, equilibrándola bien para que no se escurriera, y me despedí en dirección a casa de Dolsé.

Dolsé no estaba en casa. Su mujer me dijo que había ido a llevar abono a las llamas de Fanyuelo y que tardaría más de dos horas en venir. Dejé allí la burra comiendo algo de hierba y, contento de disponer de un rato libre, me fui corriendo a recorrer aquellos rincones del pueblo que recordaba con más agrado.

Subí corriendo las escaleras de la escuela y me puse a mirar por las ventanas haciéndome visera con las manos. Allí estaban mis antiguos condiscípulos atendiendo al maestro y me resultó extraño ver que ya no era mi abuelo el que estaba al frente de la clase. Volví a bajar corriendo las escaleras y me fui a la poza donde solíamos pescar renacuajos. No había ni uno. Después de mirar un buen rato intentando averiguar lo que estaba pasando, caí en la cuenta que estábamos en Octubre y todos los renacuajos se habían convertido en ranas varios meses antes. Pasé al prado del molino y entré a ver cómo caía el harina por un lado y por el otro el salvado, mientras el suelo temblaba al compás de los giros del rodezno. Me sentí satisfecho al comprobar que todo seguía igual que hacía dos años.

Me fui hacia el potro de herrar las vacas y me colgué con las manos de las cadenas, dejando colgar el cuerpo panza arriba. Encogí las piernas subiendo los pies por encima de la cabeza y balanceé las piernas por detrás de la cabeza, dando una vuelta completa de forma que las piernas cayeron y quedé mirando hacia abajo con los brazos retorcidos. Deshice la voltereta satisfecho, pues seguía tan ágil y flexible como antes. O más.

Al cruzar el puente vi a don Restituto, el cura, más torcido que hacía dos años, me acordé de la casa de los abuelos. Me acerqué y pasé por el huerto que había sido de los abuelos y cogí un puñado de nueces del nogal, poniéndome las manos totalmente verdes. Estaba lavándome en el río e iba a continuar el recorrido por el pueblo, cuando se acercó Máximo y me dijo que me fuera a comer a su casa. Le acompañé y me agasajaron con lo que había más un añadido de jamón y cecina que me supo a gloria, mientras Máximo seguía con los cheichus y los ajos que trufaban todas sus intervenciones.

Cuando creí que habían pasado las tres horas de espera, me fui a casa de Dolsé. Me estaba esperando y pasamos a la panera que estaba bastante oscura. Mientras la abría me dijo

Dile a tu abuelo, que me tendrá que bajar la renta. Ese prado se riega muy mal y apenas se puede aprovechar.

Yo sabía que Dolsé era un protestón y no me distraje mientras medía los tres cuartales y pasaba el rasero. Hundió la punta del cuartal en el montón de grano con un gemido que le salía del alma, poniendo de manifiesto el dolor que le causaba separase de aquellos granos que tanto trabajo le había costado obtener: al menos una gota de sudor por cada grano de centeno. Me pareció que con la mano arrastraba parte del grano, que se reincorporó al montón, pero no le dije nada pues no me pareció demasiado. Midió el medio cuartal, me lo enseñó y le dije que estaba de acuerdo. Montamos las dos quilmas en la burra y me ayudó a montar encima. Me despedí y dirigí la burra a la salida del pueblo. Allí estaba Máximo que me dio recuerdos para los abuelos.

Dejamos atrás las primeras casas del pueblo y la burra comprendió que nos dirigíamos a casa. Así como por la mañana se había mostrado cansina y desganada, ahora se movía con ligereza. No parecía que los siete cuartales y medio de centeno le pesaran lo más mínimo. Tuve que empezar a tirar hacia atrás de la cadena para frenarla un poco. Sin duda, la leche que se estaba acumulando en su ubre, la urgía para estar cerca del buche. Me dolían los brazos de tanto tirar de la cadena. El camino era cuesta abajo, siguiendo el continuo descender de las aguas del río, y la burra más que andar trotaba. Yo estaba preocupado porque el trote hacía que las quilmas se fueran ladeando de manera imperceptible. Yo intentaba equilibrar el peso ladeándome sobre la burra. Tal era la tensión, que no me acordé de pensar en el lobo a pesar de que empezaba a atardecer y el camino estaba más sombrío aún que por la mañana.

Con el mal rato de la mañana y los nervios de visitar todos mis rincones preferidos del pueblo, se me había olvidado orinar antes de subirme a la burra y el trotecillo me agudizaba las ganas de mear. Decidí parar para aliviarme y, de paso, intentar equilibrar las dos quilmas que amenazaban con irse al suelo. Hice un esfuerzo ímprobo para frenar a la burra y, aún mientras caminaba, me bajé al suelo meándome casi por las patas abajo.

Me puse la cadena de la burra debajo del sobaco y empecé a hurgar entre los pantalones antes de que fuera demasiado tarde. Solo estaba concentrado en hacer lo que tanto me urgía y me olvidé por un momento del otro problema, como era el que tenía que estar muy pendiente de aquella burra resabiada. Estaba ya iniciando la meada, cuando, con tanto manejo y la tensión que imponía la burra al intentar seguir caminando, se me cayó la cadena al suelo y oí como tintineaba en las piedras del camino al ser arrastrada por la burra que había empezado a caminar al sentirse libre. Una vez que había comenzado a salir el chorro, yo no podía hacer otra cosa más que dedicarme a mear mientras veía como la burra caminaba cada vez más deprisa. A falta de otra cosa más a mano, imprimí la mayor presión que pude a la vejiga y el arco que describía el pis se alejó medio metro más de mí. No pude parar hasta el escalofrío final que acompaña a las meadas intensas.

La burra ya se había adelantado casi cien metros y avanzaba en un trote franco, con las quilmas bamboleándose y arrastrando la cadena por el suelo, que iba levantando una nubecilla de polvo. Se estaba acercando a la bajada próxima al puente de Porquín, con lo que seguramente aumentaría su velocidad. Con las últimas gotas cayéndome por las piernas abajo, empecé a correr gritándole a la burra las palabras rituales cuando quería que se me acercase para ponerle la cabezada

Buche, buche, buche, veee….. Tuma, tuma, veee …. – pero la burra no estaba por acercarse, sino en franca huida

Yo corría con toda mi alma, mirando con angustia como las quilmas se movían al compás del trote, y empecé a sentirme mal. Se me puso un punto de dolor en la parte alta de la barriga, como era usual cuando corría con intensidad. Seguí unos cuantos metros y me tuve que parar, poniéndome en cuclillas para controlar el dolor, y vi como la burra empezaba a desaparecer por la pendiente que terminaba a la altura del río Rugis, cuando el Baltaín (o Valdaín) pasaba al otro lado del camino y este se despejaba de árboles otra vez.

El dolor no se iba por mucho que me apretaba el costado con la mano y comencé a llorar de impotencia y rabia. Sabía que la burra no pararía hasta llegar a Vega y que unos cuantos metros más allá, me encontraría una quilma, o las dos, en mitad del camino, reventada y con el grano esparcido por el camino. A ver cómo le explicaba yo al abuelo, después de haber presumido de mi control sobre la burra, que la renta de dos años se la habían comido los pájaros de Garueña. Y sería el hazmerreír de todo el pueblo. Juré que me vengaría de la burra, sin duda.

A los cinco minutos pude ponerme en pie y empecé a caminar despacio, con la garganta cada vez más seca por la angustia. Me sequé los lagrimones y empecé a trotar arrastrando la pierna del lado en que me dolía el costado. Cuando llegué a la pendiente, no se veía a la burra en todo el tramo de camino que llegaba hasta la primera curva que se perdía detrás de unas peñas. Eran más de trescientos metros y di la batalla por perdida. A ratos caminaba y a ratos trotaba. Rezaba para que la abuela me ayudara a superar la riña del abuelo. Las burlas de los amigos, me las tendría que comer yo solito.

Aunque pensaba que la burra me las pagaría, sabía que la culpa era mía por descuidarme. Tenía que haber atado la burra, aunque me hubiera meado encima. Claro que ya me meaba yo bastantes veces en la cama, como para haber aceptado una meada cuando estaba despierto. Y es que en aquella época, me meaba en la cama cada dos por tres, dejando unos rodales en las sábanas y en el colchón de lana que para qué. Y cuando despertaba me pasaba un par de horas o tres, intentando secar, con el calor del culo, la meada para que no se diera cuenta la abuela ni la tía Milce.

Me estaba acercando a la curva del camino que desaparecía detrás de las peñas, sumido en pensamientos de lo más sombríos. ¿Habría alguien en Garueña que, al ver que la burra estaba aparejada y suelta, parase a la burra? ¿Tendría, al menos, la suerte de entrar en Vega a caballo de la burra aunque fuera sin el centeno? Y es que la mayor afrenta para un caballero era entrar en su casa a pie, descabalgado y siguiendo a distancia a la caballería que le había burlado. Por eso, aunque yo me había ganado varias veces la seguridad de no morir sin confesión, tal como nos aseguraba el cura si se hacían los nueve primeros viernes de mes, prometí solemnemente hacerlos otra vez si se producía un milagro que me permitiera entrar en Vega caballero de la maldita burra que Satanás confunda. En aquella época, aun creía yo en los milagros por intervención divina.

Y, al superar las peñas de la curva, cuál no sería mi sorpresa al ver que el milagro se había materializado. Allí estaba la burra, parada en mitad del camino, a cien metros de mí como si fuera una estatua de sal, con las quilmas al límite del equilibrio y la cabeza gacha, como humillada ante la intervención divina. Incrédulo y olvidándome de mi costado, comencé un galope alocado mientras miraba a las peñas por si veía un ángel o algo sobrenatural alzándose hacía el cielo después de haber obrado el prodigio.

Llegué sin resuello al lado de la burra y me puse varios metros por delante de ella, con la vara en la mano y los brazos estirados ocupando todo el camino, por si el milagro se interrumpía y la burra quería iniciar de nuevo su carrera alocada a la búsqueda de su buche. La burra seguía inmóvil, con las patas en el gesto de caminar y la cabeza en una postura forzada mirando al suelo. Me acerqué con todas las precauciones de que era capaz, pues no estaba dispuesto a que me la jugara de nuevo. Y vi en qué consistía el “milagro”.

La burra había pisado con una de las patas traseras la cadena de la cabezada que llevaba a rastras entre sus cuatro patas, lo que hacía que tuviera la cabeza en aquella postura forzada y allí se había quedado clavada, frenada por ella misma. Aunque yo la consideraba muy lista, no acertó a entender que levantando la pata trasera hubiera quedado libre al liberar la cadena. Tomé la cadena fuertemente con las dos manos y me costó un buen rato sacarla de debajo de la pata trasera, pues a la burra le parecía que iba a perder el equilibrio si levantaba aquella pata tan firmemente conectada con la cabeza. Y también habían ayudado las quilmas que, con su enorme peso, le hacían más difícil levantar la pata si no era por su propia voluntad.

¡Burra imbécil!, ¡desgraciada!, – le grité mientras le daba un par de varazos en las orejas, que era donde más le dolía, lo que provocó un brusco movimiento de cabeza que a punto estuvo de que las quilmas cayeran al suelo – te vas a enterar. Vas a estar tres días sin ver al buche. ¡Desgraciada!, te voy a moler a palos.

Busqué donde asegurar la cadena y la entallé (metí) en una hendidura de la peña. Empujé las quilmas equilibrándolas lo mejor posible. Y, dispuesto a no dejarme sorprender, hice un lazo con la cadena alrededor del hocico de la burra para que actuase de freno. Todavía enrabietado, le di un par de tirones fuertes mientras le gritaba y le enseñaba el palo

¡ Burra desgraciada!, te vas a enterar quién es el que manda aquí.

La burra me miraba resignada, pues sabía que no podría luchar con la cadena apretándole el morro y, de momento, había perdido la partida. Se limitó a espernancarse y echar una buena meada para aliviar la tensión que seguramente también tenía acumulada. Rendida, sí, pero aún con fuerzas de mostrarme su desdén con aquella espumosa dedicatoria. Me acerqué a una piedra y, sujetando fuertemente la cadena, me vi caballero otra vez de aquel perverso animal que ponía en evidencia, tan a menudo, mi poca autoridad sobre él.

Enseguida llegué a Garueña, controlando en todo momento las urgencias de la burra mediante la presión en la cadena. Aquello ya era terreno muy familiar y me dispuse, en media hora, a entrar en casa de los abuelos sin más percances.

La abuela se alegró al verme y el abuelo y yo vaciamos las quilmas en la panera del Despacho. Entretanto, la burra dejaba que se vaciara la ubre en las fauces del buche. Aquél día, la abuela me dio de cenar dos huevos fritos con pimentón, como a los hombres. Les di los recuerdos de Máximo y de los demás y que Dolsé quería que el abuelo le rebajase la renta. Nada más cenar, me sentí cansado y me fui a la cama. Debía ser por las horas de ir espatarrado encima de la burra, pensé. Pero estoy seguro que, más bien, fue el miedo de la mañana y la tensión de la vuelta. La humillación a que me sometió la burra y las perspectivas de perder el crédito ante los abuelos. Un mal día sin duda.

Aquella noche soñé con el viaje. Me salían dos lobos hambrientos, en el mismo sitio que se habían comido la burra de Benedito y empezaron a morder los cuadriles de la burra. Yo me tiré al suelo y la dejé abandonada a su suerte. Me alejé corriendo camino de Sosas mientras oía que la burra ronaba “como si se la estuvieran comiendo los lobos” que había dicho Benedito. Yo corría y corría, llevando la vara en una mano y la fardela de la merienda en la otra, pensando que cuando los lobos acabaran con la burra vendrían a por mí. Cuando estaba cerca del pueblo y ya no oía los rebuznos lastimeros de la burra, me alcanzaron los lobos y yo, acordándome de tío Eliezar, empecé a tirarles trozos de merienda que se comían en un abrir y cerrar de ojos. Y lo peor, era que yo cada vez corría menos, pues las piernas se me estaban ablandando y se me ponía el maldito punto doloroso en el costado.

Al fondo del camino, veía las primeras casas de Sosas y a Máximo que me hacía señas con los brazos y me decía

Pero Milín, cheichu, cheichu, cheichu, corre más que te van a apercollar esos lobos lambriones. Ajo, ajo, ajo …….

Pero yo casi no me movía y sentía el aliento húmedo y sanguinolento de los lobos a mi espalda. Yo seguía avanzando como a cámara lenta y, a cinco metros de Máximo, tropecé y me caí al suelo. Con Máximo estaban, Benedito, don Restituto y Dolsé que miraban sin hacer nada – solo cheichu, cheichu, ajo, ajo.. – como me alcanzaban los lobos. Yo les miraba angustiado pidiendo ayuda y ellos, nada, mirando. Cuando los lobos se abalanzaron sobre mí, me desperté agitado. Afortunadamente, aún no me había orinado, y busqué la bacinilla debajo de la cama.

Me desvelé y dediqué un buen rato a discernir si lo ocurrido con la burra había sido un milagro de verdad o pura casualidad. En cualquier caso, había tenido mucha suerte y, por si acaso, me confesaría y cumpliría con la promesa de hacer los nueve primeros viernes de mes. Al poco me dormí y soñé que la burra, desde el cielo, me miraba con rencor por haberla abandonado a los lobos. Yo le respondía que se lo había merecido por traidora y le prometía cuidar del buche.

A los pocos meses el abuelo vendió al buche y la burra volvió a su ser. Es decir, traidora y terca pero con menos prisa que cuando el buche estaba en casa. Yo ya sabía cómo tratarla. Sobre todo en el camino de vuelta a casa. Pero durante mucho tiempo estuve ojo avizor, esperando una venganza inminente de aquel solípedo inteligente y poco dispuesto a ser sojuzgado.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

4 pensamientos en “El Milagro (la fe, ¿modifica la realidad?)

  1. Esta historia parece corregida y aumentada un tanto no ? O sea, la mejor prueba de que una historia es muy buena y que ha quedado impresionada en aquel que la lee es que si la relee un tiempo después y puede darse cuenta de que la historia “parece corregida y aumentada”…no te digo mas.

  2. Me ha gustado el relato, bueno todo el blog, palabras olvidadas, como la de esponchao, el miedo que se pasaba por el camino para ir a coger el rápido, yo recuerdo la cabra youca (lechuza) haciendo ajagüeiros, el pasar por Porquin siempre con historias de lobos, lo de colgarse en el potro para dar la voltereta, era los columpios que teníamos. El ajo ajo de mi abuelo. En resumen me ha gustado. Una cosa y no se si estoy en lo cierto o no, siempre oí que el río se llamaba Valdain ( en algún mapa de Omaña lo he visto escrito así) y Montepelao creo no existe sería Pico Pelao. Gracias por hacernos retroceder a tiempos pasados e inolvidables.

    • Hola Raquel. Me alegro te gusten estas historietas y gracias por hacer de correctora. Efectivamente, la cabra youca formaba parte de los ruidos desasosegantes. Digo Baltaín porque así le llamábamos en Vega, pero he añadido tu Valdaín. Efectivamente, lo de Montepelao se me ha escapado y lo tendré que buscar en los post. Un saludo.

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