Biorritmos (¿chicas o amigos?)

En el último chiste que me han contado, le preguntan a un recién casado que cómo le ha ido la luna de miel, a lo que él responde “fenomenal, unos días más y me la tiro”. Me ha recordado mi actitud, respetuosa en exceso, en mis primeros contactos con las chicas allá por los trece o catorce años y cuánto me lo recriminaban mis amigos. Era una época en que, fuera de las horas que pasábamos en clase o en casa, la pandilla de amigos lo era casi todo. Pero si nos gustaba una chica, éramos capaces de abandonar a los amigos a ratos para pasarlos en el entorno de la chica intentando llamar su atención, aunque estas ausencias se pagaran muy caro. La primera chica que recuerdo que me gustó se llamaba Angelines y la conocí cuando llegó de Madrid a pasar unos meses del verano con sus tíos y su prima Chon. Vivían bajando desde la plaza del Ayuntamiento a la derecha, muy cerca del hórreo que muchos usamos de modelo en los concursos de dibujo y que desaparecería al abrirse la calle del casino y del cine nuevo. Los domingos me iba con varios chicos que no eran de la pandilla, Angelines, su prima y alguna chica más, caminando carretera adelante hacía Rioscuro, hasta dejar atrás el apartadero del ferrocarril, y nos sentábamos en sendos muretes que había sobre un riachuelo que cruzaba por debajo de la carretera. No sé por qué elegíamos aquel sitio. El caso es que allí estábamos un buen rato entre bromas, alardes gimnásticos sobre el muro y fanfarronadas entre nosotros, intentando ser lo más ingeniosos posible e interpretando miradas, sonrisas y desplantes de las chicas. Independientemente del estado de ánimo con que yo volvía de aquellas ceremonias galantes, por los avances realizados con Angelines, lo más duro era reencontrase con los amigos que inevitablemente me hacían siempre la misma pregunta, sin importarles cualquier otra cosa que yo les quisiera contar: “que si había metido mano”. Por muchos rodeos que yo diera intentado explicarles, terminaba admitiendo, todo corrido por sus chanzas, que no, que no lo había hecho. Cómo explicarles que habíamos estado casi todo el tiempo sentados los unos frente a las otras, con seis o siete metros de carretera de por medio, cuchicheando entre nosotros e imaginando lo que las íbamos a decir cuando nos atreviéramos a cruzar la carretera, sin dejar por ello de estar atentos por si, en un acomodo de piernas, alcanzábamos a ver más allá de sus rodillas, en lo que los chicos denominábamos que la chica “nos estaba haciendo una foto”. Era una forma de poner el ojo en aquella zona de intimidad en que mis amigos estaban empeñados que yo pusiera mis manos. Cómo decirles a mis implacables interrogadores, que las pocas veces que habíamos tenido el valor de acercarnos a decirles alguna tontería, Chon, que llevaba la voz cantante, se las había compuesto para soltarnos alguna frase que nos devolvía a nuestro pretil entre las risas burlonas de las chicas, a ver si se nos ocurría algo más ingenioso. Era un ritual colectivo de tonteo a distancia, que casi nunca propiciaba estar a solas con la chica que te gustaba. Y si esa circunstancia se hubiera dado, seguro que yo no habría sido capaz de traspasar la raya roja que mi enfermiza timidez trazaba alrededor de las chicas en general. En el camino de vuelta al pueblo, que hacíamos casi en fila india, yo iba más pendiente de mi estrategia de defensa para cuando viera a mis amigos, que de lo que se hablaba en el grupo. Hacía tiempo que tendría que haberles confesado a los de la pandilla que, aunque hubiera cumplido con el trámite que ellos tanto me urgían, no habría sabido que hacer ni decir a continuación de “meter mano”, si la reacción de la chica hubiera sido distinta de propinarme una bofetada. Yo pensaba que antes de “meter mano”, tendría que haber sido capaz de decirle a la chica que me gustaba, pasar una buena temporada paseando cogidos de la mano, bailar con ella en las fiestas y, luego, ya veríamos que hacer con la mano. Ellos eran, o aparentaban ser, muy directos y yo me perdía en los prolegómenos. Estaba claro que mi biorritmo estaba muy alejado del de mis amigos y más de una vez estuve tentado hasta de cambiar de pandilla, para evitar aquella presión continua por mi forma de enamorar a las chicas, idea que descartaba de inmediato por trabajosa. También es cierto que no recuerdo que ninguno de ellos me comentase como “habían metido mano” en trances semejantes. A veces pensaba que me estaban tomando el pelo, pero no me atreví a preguntárselo a las claras, pues el cachondeo y el escarnio hubieran sido mayúsculos. Así que padecí sus reiteradas preguntas a lo largo de todo el verano como un mal inevitable. Cuando Angelines se volvió para Madrid con sus enormes ojos y sus vestidos de flores, la sensación de fracaso se vio algo mitigada por el hecho de no oír más a mis amigos hacer la maldita pregunta, aunque ahora me decían con recochineo “Angelines se te ha escapado viva”. Como en el chiste del principio, yo estaba seguro que si el verano hubiera durado unos días más, al menos yo hubiera sido capaz de decirle a Angelines que me gustaba. Definitivamente, para mis amigos yo era más lento que el caballo del malo en cuestiones amorosas. Y qué razón tenían. Lo grave es que tengo que admitir que Angelines solo fue la primera de algunas novias que he tenido, que no se enteraron de que lo eran. ¡Mecachis!.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: elatelierdelauraofertas.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

7 pensamientos en “Biorritmos (¿chicas o amigos?)

  1. Aquí vuelves a recuperar el pulso. Relato muy vivido y sugerente que, aunque duele a la vista leerlo por la ausencia de puntos y aparte, nos enseña que el problema de las Chons del mundo es algo que no entiende de generaciones ni de fronteras.

  2. He leído parte de las historias – casi todas ellas – que se relacionan. He recordado, sin querer, que, el que suscribe este comentario, también fue parte de ellas. Años después, las nuevas tecnologías, reabren los archivos de la memoria casi olvidada. Fiu niño y adolescente, en el INSTI, del curso 1959 hasta 1966. Vivía con mi familia en Las Colominas, Nº 42-2º-derecha. La MSP, accidentalmente, despidió a mi padre: RAMON GARCIA PEDROSA, EL Barrenista, y de nuevo, fuimos exiliados- todos – hacia el eldorado de las cataluñas,,, Si fuera posible, me gustaría, reconectar conmis antiguos colegas de clase- Saludos. FEDE

      • Gracias. En cualquier caso, espero, que alguien pueda contactar, si lo desea. Pero, leer determinadas historias, me anima a recordar, otras, muy reales, que, por ejemplo: afectan a Don Gildo, también a Alberto – el Pellejero y su señora Lucila, a sus hijas, Carmina y ..Pazita…? Al reparto del pan a caballo en las Colominas, con la libreta de crédito mensual, etc, y muchas cosas más, que la memoria ha ido enterrando, sin querer, por supuesto… Saludos.FEDE

  3. De nuevo gracias. Lo haré. Viendo una fotografía de la fuente antigua de la Plaza – derruida – y, parece ser, que reconstruida a escala reducida, me anima, un poco más a intentarlo. Veremos… FEDE

  4. He hecho, en un tiempo muerto, un pequeño apunte. ¿Jirones en la memoria…? pero, he tratado de enviarlo por C.E. a LEMBRANZA, y ha sido devuelto, ¿por error…? ¿Habría un CE: de acceso normal…?
    FEDE.

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