Cola de milano (aprendiz de casi todo)

Instituto Laboral de Villablino (León). Cola de milano como las que se construían en el taller de carpintería.

Cuando llegamos a Villablino entrado el otoño de 1954, ya me habían matriculado en el primer curso del Instituto Laboral, que estaba a cien metros de Correos. Era un edificio de piedra, bastante grande, donde estudiaban chicos de toda la comarca, algunos de los cuales venían en bicicleta desde Caboalles, Villaseca e incluso de El Villar. La formación que impartían estaba muy dirigida a oficios útiles a la industria en general y a la minera en particular. Además de las asignaturas tradicionales, había otras más técnicas, laboratorios y talleres de electricidad, metalurgia, mecánica y carpintería. Disponía de biblioteca y la emisora Radio Villablino, que emitía algunas horas a mediodía, haciendo los profesores de locutores. El espacio más oído era el de las canciones dedicadas. A los talleres íbamos embutidos en un mono azul y allí aprendíamos a realizar empalmes eléctricos soldados con estaño, a preparar una pieza de hierro a fuerza de lima y a ensamblar maderas sin clavos. Era divertido, aunque yo me encontraba raro dentro del mono azul. El primer día nos recibió en Metalurgia Don Julián, dejándonos claro que había que aprenderse el libro “de pe a pa, es decir, de la Introducción hasta…” y, abriéndolo por la última página leía el fin del último párrafo, terminaba “ . hasta carborundo y alundo”. Doña Dolores, mañica creo, nos daba Geografía y me cogió mucho cariño dándome la oportunidad de trabajar en la biblioteca de la que era directora. Las Matemáticas las enseñaba Don José Boves del que un alumno, de Llamas o de Rabanal, cada vez que le expulsaba de clase se despedía diciéndole “Don José, tantos años viva como lobos mate”. En el laboratorio de Física y Química recuerdo como, mientras la profesora estaba concentrada en enseñarnos el experimento que tocaba, uno de los alumnos más atrevidos se colocaba un espejo de aumento en el empeine del pie y lo metía entre las piernas de la profesora, con el regocijo de los demás que atendíamos con medio ojo al experimento y con otro ojo y medio al espejo. La profesora al oír las risas, miraba hacia atrás extrañada pero no se enteraba de nada. Doña Dolores, además de bibliotecario, me cogió de ayudante en el concierto de piano que daba en la fiesta de Santo Tomás de Aquino. Mi cometido era pasar las páginas de la partitura cuando ella me hiciera una leve indicación de cabeza. Yo estaba de pie junto al piano, frente al respetable, avergonzado por aquel protagonismo no deseado y bajo una tensión tremenda, preocupado por no equivocarme. Doña Dolores se ensimismaba con la música y seguía el ritmo con la cabeza, con lo que yo pasaba las hojas antes de tiempo y tenía que hacerme señales ostensibles para que volviera atrás. Un desastre que me avergonzó hasta el final del curso. A costa de aquel ridículo y de soportar el exceso de cariño, un poco empalagoso, que me tenía Doña Dolores, tuve acceso a todos los libros de la biblioteca. Recuerdo haber devorado todo Salgari, Edgar R Burroughs y su Tarzán, Julio Verne, Walter Scott, etc, etc. Nunca estuve aburrido en aquellos tiempos. Seguí siendo bibliotecario después de irme del Instituto, incluso en verano. Reclutado ocasionalmente por Don José Boves, ayudé en la imprenta manual en labores propias de mi cualificación: tirando de la palanca o poniendo y retirando el papel mientras inspiraba profundamente el olor a tinta. En la clase de soldadura robábamos carburo del que se usaba para soldar al acetileno y lo utilizábamos para hacer volar botes de conserva vacíos. Les hacíamos un agujero en el fondo y los poníamos boca abajo sobre un hoyo con agua en la que echábamos carburo y lo rodeábamos de tierra para que no se escapase el gas que producía la reacción. Por el agujero salía el gas que, cuando acercábamos una cerilla, explosionaba saliendo el bote despedido hacia arriba treinta o cuarenta metros, llenando de barro la cara del artillero entre el jolgorio de los presentes. Cuando Don Julián sorprendía a un ladrón de carburo, le obligaba a echarse agua en el bolso del mono que quedaba humeante y con un buen boquete. Terminé aquél curso sin pena ni gloria, después de leer muchos libros de aventuras, sabiendo lo que era el carborundo y con dos maderas ensambladas con una patética cola de milano. El siguiente curso me fui a probar fortuna a la Academia Nuestra Señora de Carrasconte.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: wiki.ead.pucv.cl

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

4 pensamientos en “Cola de milano (aprendiz de casi todo)

  1. No sabes lo que dices. Ojala nos hubieran dado a nosotros un par de horas a la semana de saber hacer este tipo de cosas sencillas pero que serán útiles en la vida de cualquiera mas de tres y cuatro veces. Y ojala alguien se de cuenta de que la educación de nuestros hijos esta siendo una mierda similar a la nuestra y haga algo para cambiar la situación.

    No en vano en cuanto nos pasa cualquier cosita tenemos que llamar a papa para que nos de instrucciones y nos parece que cuando en persona se pone a arreglar descosidos hace poco menos que magia.

    Ah, la historia ? muy buena, como de costumbre.

  2. El Maestro de taller de carpintería era D. Jerónimo de quien, por cierto, se rumoreó que los para hacer los muebles de su casa, colaboramos los alumnos del Instituto. De D. Julián se que fué alcalde de Miranda de Ebro y que allí seguía con la misma fama que tuvo a su paso por Villablino. La Srta Dolores Mainer, zaragozana, profesora de Geografía e Historia a más de concertista de piano, la Srta Pilar profesora de Dibujo, D. Manuel Lozano Director y profesor de Lengua y Literatura, ah! y D. Ramiro, Maestro de taller de electricidad que procedía de Ejército del Aire, etc.

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