Coplillas de ciego (aquellos guateques)

Ipod de 1960, indispensable en los guateques en Villablino

Sobraban los dedos de una mano para enumerar los eventos musicales que acontecían cada año en Villablino (León), allá por 1958: tres días con orquesta en las fiestas de San Roque, la Nochevieja en el Casino, los conciertos de piano de Doña Dolores el día de Santo Tomás de Aquino y el armónium en las solemnidades eclesiásticas. A esto había que añadir un par de horas diarias de música que emitía Radio Villablino dedicada casi en exclusiva a Antonio Molina y otros representantes de la copla y del folklore. Recuerdo como Parrilla casi se quedaba sin respiración cantando Soy Minero. Un balance musical realmente escaso. Todo cambió cuando mis padres compraron un tocadiscos Philips y media docena de discos: fuimos capaces de fabricar la música a voluntad, aunque siempre fuera la misma. Era un cajón cuadrado en forma de maleta con tapa, que nos abrió camino hacía los guateques, término que no se si ya se había acuñado. Yo, un completo zote sin la más mínima idea de por dónde iban las tendencias musicales, era el que compraba los discos y debo confesar que algunos los elegí por el color llamativo de los vinilos, amarillos y rojos, que empezaban a ser una novedad frente al tradicional negro pizarra y que creí impresionarían a los amigos. Alguno de los títulos que recuerdo eran Tintarela di Luna, La casa verde, Hasta luego Cocodrilo y algo de Nat King Cole. No sé si acerté, pero eso era lo que había y eso era lo que se bailaba en nuestros guateques de manera repetitiva. Nuestra casa se convirtió en un salón de baile juvenil donde nos reuníamos con amigos y amigas, en su mayoría de la Academia Carrasconte. Casi no cabíamos en el cuarto de estar y era habitual que mis padres y algún otro hermano pequeño estuvieran sentados en el sofá, no con ánimo de vigilar pues no había nada vigilable, sino porque no tenían otro sitio donde estar y por la novedad. Casi todos estábamos más pendientes de aprender a bailar (dos pasos a un lado y uno al otro; como había que coger a la pareja; como mover los brazos) que de otra cosa. Los había más hábiles y menos, pero recuerdo especialmente a Javier Cuadrado que siempre bailaba por libre, con unos pasos estrambóticos, levantando los pies hasta la altura de la cintura en un estilo que, más adelante y debidamente depurado, se denominaría “bailar suelto” en contraposición al “agarrao” que practicábamos. Las chicas solían ser más hábiles que nosotros, pero era responsabilidad de los “hombres” dirigir la pareja, aunque a veces fuera tarea imposible. Cada vez que aparecía un disco nuevo, surgía la pregunta “¿Qué es esto?” para saber si aplicábamos a nuestros pies la receta del pasodoble o la del bolero. Claro que había quien lo mismo le daba que se tratara de un bolero o un chachachá. Costa era conocida por su tesón, capaz de hacer siempre lo que se le ponía entre ceja y ceja. Recuerdo que cada vez que bailaba con ella, después de un ratito en que yo intentaba, como era mi obligación de varón, marcar el ritmo y el rumbo sin conseguirlo y doliéndome el brazo de hacer palanca, me rendía y la seguía como un corderillo, sin ofrecer resistencia esperando que acabara “la pieza”. Recorríamos la pista en línea recta, con determinación de autómatas, rebotábamos en la proximidad de la pared según las leyes de la reflexión, como si fuéramos bolas de billar, y nuevamente emprendíamos un rumbo rectilíneo, subiendo y bajando los brazos frenéticamente al ritmo que Costa marcaba. Admirable su fuerza y determinación. La portabilidad del tocadiscos nos permitió montar guateques en casa de otros amigos, donde teníamos la invitación asegurada pues éramos elementos indispensables ya que sin pickup no había guateque. Tocadiscos portátil si, pero sus más de veinte quilos hacían su transporte trabajoso. El guateque en casa ajena justificaba tanto esfuerzo considerando que allí no estarían mis padres observando. Solían acompañarme un par de candidatos a asistir al guateque que se turnaban conmigo en el acarreo, sujetando el tocadiscos por el asa, llevándolo sobre el hombro o sobre la cabeza cual porteadores de Las Minas del Rey Salomón. Recuerdo que el guateque que más sudores nos costó fue en casa de Emilita Noval que vivía por encima de la plaza del Ayuntamiento. Mis porteadores aguantaron estoicamente la subida desde Correos, pero desaparecieron misteriosamente a la hora de regresar. Muy a mi pesar, les disculpé sinceramente pues yo hubiera hecho lo mismo. Los muchachos que hoy lean esto, con miles de canciones en su iPod de menos de ochenta gramos en el bolsillo, dificilmente entenderán nuestros esfuerzos para asistir a un baile casero. Claro que menos entenderán que unos años antes aprendiéramos las letras de las canciones de moda (Por el Camino Verde, Doce Cascabeles y otras) en cuartillas de color que pasaban de mano en mano, como debió suceder desde mucho antes con las coplas de ciego. Afanes similares con esfuerzos dispares, marcan el discurrir de las generaciones.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: flickr.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

4 pensamientos en “Coplillas de ciego (aquellos guateques)

  1. Lloré de risa al leer tus recuerdos de nuestros bailes.Pienso que lo de mi tesón es un eufemismo para indicar una cierta cabezonería.Puedes tener un poquito de razón, a no ser que pensándolo bien,yo tuviera un sentido especial para distinguir los diferentes ritmos y te quisiera llevar por el camino correcto.Los títulos que mencionas permanecen en mi memoria siempre unidos a Loli, a tí y a la casa se Correos .Un cariñoso saludo a tu madre.Abrazos para Loly y para tí. Costa

    • Costa, dejémoslo en que eras obstinada. Me olvidé comentar en ese post otro ejemplo de obstinación: como Herminia nos mantenía a distancia con su brazo de hierro interpuesto. De aquella música que comprábamos sin ningún criterio recuerdo algo sudamericano “El sapo y la estaca” con un ritmo inasequible a principiantes. Costa, me encantan vuestros comentarios. Un abrazo.

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