De aquellos helechos….. (nadie hacía nada)

Me cuesta imaginar que las madres de mis nietos les dejaran bañarse donde lo hice yo, allá por 1955 en Villablino. Mi madre sabía que íbamos al río a bañarnos, pero si nos hubiera visto desaparecer bajo la superficie del agua del río Sil, nos lo habría prohibido. Para llegar a la zona de baño, caminábamos más de un kilómetro por la vía del tren que iba a Villaseca, curso arriba del río Sil, y cruzábamos el puente que llevaba a la ladera del Cuetonidio. Era una zona de pedregal a lo largo de una ese del río, donde había dos pozos con profundidad suficiente para poder nadar y donde siempre había unos cuantos chavales bañándose. Si llevábamos traje de baño lo usábamos, pero si no, nos bañábamos en calzoncillos y algunos días, si habíamos ido sin permiso, en pelotas para no tener que esperar a que se secaran. Te acercabas a la orilla del río y donde se acababan las piedras, allí terminaba el mundo visible y empezaba un mundo tan opaco como el chocolate. La superficie del río era tranquila si el cauce era profundo, o retorcida y sonora si el agua era somera y rápida, pero nunca se podía ver el fondo. Lo que en otros ríos eran remolinos de espuma cuando el curso era agitado, aquí, debido a la falta de transparencia, eran remolinos de aspecto sólido y forma cambiante. El primer día tardé mucho en meterme en el río pues la cosa se las traía. Empecé por meter una mano y vi que salía mojada y limpia como en el río Omaña, pero me daba mucho reparo meterme en aquellas aguas color carbón sin saber lo que cubría ni lo que había en el fondo. Después de observar un buen rato que la gente que yo conocía nadaba y salía sin problemas, me animé a tantear poco a poco comprobando que se flotaba como en el agua limpia. Había algunos que se tiraban de cabeza, desaparecían de la vista de los que estábamos fuera y volvían a la superficie igual que en los ríos normales, por lo que también yo terminé zambulléndome de cabeza con las manos por delante por precaución. Aprendí la configuración del fondo a través del tacto y comprobé que era inútil abrir los ojos debajo del agua. En más de una ocasión fue la cabeza la que me avisó donde acababa el agua y comenzaban las piedras del fondo. El libro de Geografía decía que abundaban las pepitas de oro en el Sil y que era un río muy truchero, pero yo no vi una sola trucha en los años que me bañé allí. Al segundo o tercer día me parecía normal bañarme en aquella suspensión de polvo de carbón que arrojaban los lavaderos río arriba. Yo era un mequetrefe indocumentado, pero nunca oí a nadie más autorizado quejarse de aquel estado de cosas que, supongo, les salía gratis a las compañías mineras. ¿No habían nacido aún los ecologistas o estaban todos bien domesticados, trabajando en La Minero Siderúrgica?. Lamentable. Mientras nos secábamos en el pedregal, golpeábamos los cantos rodados, entre pizarrosos y pardos, buscando en su interior el dibujo perfecto de los helechos. Pero los mejores fósiles los obteníamos en las escombreras de las bocaminas. Con un amigo del Instituto Laboral que se llamaba (o apodaba) Patoy que vivía en el barrio de La Corradina, frecuenté la escombrera de una bocamina que había en plena ladera, encima de la plaza del Ayuntamiento. Rompíamos las pizarras, que nos obsequiaban con el grabado nítido y brillante de los helechos que habían poblado aquellas laderas millones de años antes. Esta bocamina fue uno de los escenarios habituales de nuestros juegos y mi primer contacto con la mina. Los domingos no había obreros trabajando en la mina y la vigilancia era practicamente nula. Nos adentrábamos por la bocamina hasta donde podíamos avanzar sin iluminación y curioseábamos todo lo que había por allí. Montábamos en las vagonetas y las empujábamos por la vía, haciéndolas chocar unas con otras mientras viajábamos de pie sobre los topes. Cuesta trabajo pensar que no tuviéramos un solo accidente mientras los mineros, expertos en el asunto, se accidentaban cada poco. Cuando nos cansábamos de las vagonetas y de los fósiles, rodábamos escombrera abajo trozos de pizarra que descendían con un gran estruendo que nadie parecía oír pocos metros más abajo. Mis primos de Madrid tenían que gastar dinero en unos fósiles ridículos en los puestos de la Plaza Mayor y yo los tenía allí de todos los tamaños, por todas partes y gratis. Helechos verdes y esponjosos de hacía millones de años que, convertidos en negro polvo de carbón, me impidieron ver las truchas del río Sil y sus brillantes pepitas de oro.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: kalipedia.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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3 pensamientos en “De aquellos helechos….. (nadie hacía nada)

  1. El relato esta bien pero atención: deberías haber sabido aprovechar económicamente lo de los helechos y haber pensado en una forma menos trabajosa y peligrosa para bañarte. Ademas de ser receloso y cobarde (lego te hace gracia lo mio), te faltaba creatividad e iniciativa.

    Lo siento pero es lo que me da por pensar cuando leo este cuento.

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