La división de la célula (¡ay, las chicas!)

Los secretos mejor guardados

A los ojos de un alumno de Segundo curso de la Academia Carrasconte de Villablino (León), los de Quinto y Sexto parecían una especie distinta. Cuando estudiábamos en el aula donde ellos daban clase, mientras yo intentaba entender la propiedad conmutativa de la multiplicación, veía asombrado que ellos operaban en la pizarra con letras en vez de números o traducían el griego de corrido. A ellos los profesores les trataban con consideración, mientras a nosotros nos partían la mollera a capones por nada. Si no estábamos castigados, pasábamos el recreo corriendo detrás del balón o saltando las paredes de los prados mientras ellas y ellos paseaban por la carretera en dirección a Rioscuro, hablando de cosas interesantes. Nosotros usábamos una astrosa cartera para los libros y el plumier donde no faltaba la goma y cuchilla de afeitar para enmendar errores y raspar borrones. Ellos llevaban los libros en la mano elegantemente y las chicas, con el brazo doblado, los acurrucaban contra su pecho. Ellos ya olían a tabaco, mientras nosotros alimentábamos las caries con el dulzor de los caramelos toffes. Solo teníamos ojos para ellos y ellos, o no nos miraban o no nos veían, de tan insignificantes como debíamos parecerles. Ellos esquiaban en el prado que había detrás de la Academia mientras nosotros mirábamos con envidia. Si a uno se le escapaba un esquí prado abajo, allá íbamos corriendo como poseídos para subírselo al dueño, que ni lo agradecía, pues para eso era de Sexto y nosotros sus esclavos a los que mandaban por tabaco. Pero así como ellos y ellas formaban parte de una élite envidiada, ellas eran algo aparte. No como nuestras compañeras de clase que eran casi como nosotros: el pecho liso, olían como nosotros, la cara limpia, a veces desaliñadas como nosotros. Eran simplemente compañeras de clase y, a veces, rivales en lo de sacar las mejores notas. Las chicas de Quinto y Sexto habían dejado de ser niñas y todos los rasgos de mujer eran evidentes, siempre arregladas, ligera sombra en los ojos y las mejillas realzadas, dejaban a su paso una estela de perfume inquietante que insinuaba algo misterioso. Nosotros volvíamos del recreo sudorosos de jugar al balón y con las manos oliendo a tierra, mientras ellas seguían dejando a su paso el mismo halo perfumado y sensual. No eran demasiadas las chicas de estos cursos, pero recuerdo muy bien a la hermana de Celita, una chica impresionante que creo se llamaba Lali a la que todos los de quince para arriba intentaban llamar su atención; Loli la hija del Jefe de Estación; dos hermanas de Piedrafita hijas del alcalde o el médico, morenazas con enormes pendientes de aro y ojos profundos. La pequeña, risueña y con una trenza hasta la espalda, la he recordado cuando he visto cuadros de Romero de Torres. Eran como diosas. Cuando venían con falda de tubo que las obligaban a caminar con pasitos cortos como de geisha, quedaba en evidencia que en su geometría no cabía ni el plano ni la recta. Lo único recto era el rayo de su mirada con que te fulminaban si te quedabas demasiado alelado mirándolas. Y su gesto de mirar si la raya de sus medias estaba torcida, ¡tan sugerente!. No recuerdo por qué era tan importante las discusiones que teníamos cuando las veíamos con estas faldas ajustadas, sobre si llevaban faja o no. Teníamos una empanada mental con fajas, sujetadores y ligueros, artilugios que sabíamos que llevaban pero que aún no habíamos visto. Nuestro interés por las chicas mayores o ya mujeres, estaba acompañado de una ignorancia mayúscula que nos llevaba a asegurar que cuando tenían un tobillo vendado, no era debido a un esguince o torcedura, simplemente era porque estaban con el periodo. Esta ignorancia llevaba a extrañas conclusiones como se verá. Cuando volvía para casa ya anochecido, tomaba por el camino de tierra presidido por un nogal y que llevaba al patio de la casa cuartel de la Guardia Civil, para atajar por uno de los portales. Casi siempre había allí una pareja de novios ya adultos, él colorado y con unos bigotes enormes. Un día vi que en la pared donde yo los sorprendía amartelados, había aparecido una extraña mancha color butano y no tardé en concluir que en aquel portal, además de achuchones, había actividad sexual. Sometido a consulta y detenido análisis, los colegas me dieron la razón. ¡Magnífico!. Así construíamos nuestro imaginario (imágenes e imaginaciones: tobillos vendados, manchas butano,…). Claro que entonces, lo más próximo a los asuntos reproductivos que nos contaba en clase Doña Chelo era la división celular y los guisantes de Mendel. Volviendo a las chicas de Quinto y Sexto, los domingos las veíamos hacer equilibrio sobre sus primeros zapatos de tacón que acentuaban sus curvas y con peinados y moños imposibles. Cada una de sus iniciativas por parecer cada vez más mujeres, apoyaba nuestra convicción de que eran una especie misteriosa, inquietante, y totalmente diferente a los chicos. Después de Sexto, dejábamos de verlas por el pueblo. En Navidades, volvían más divinas y atractivas y, aunque ya éramos un curso mayores, seguían sin vernos cuando nos cruzábamos con ellas. Solo quedaba dejar pasar el tiempo para formar parte de aquella élite admirada que eran los de Quinto y Sexto. Pero asustaba el número de asignaturas que aún quedaba por aprobar para llegar a su estatus y estar a salvo de las tortas de don Sabino y sus colegas. Entonces, cuando las chicas se cruzasen con nosotros, ¿nos verían?.

Alumnas de la Academia de Carrasconte, Villablino, hacia 1957. En el centro, el director Jesús Pérez Bances, a su izquierda la señorita Chelo.
Algunas personas mencionadas están en la fotografía.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda)

Imagen de cabecera tomada de: infovisual.info. Fotografía de cierre gentileza de Luis Álvarez Pérez.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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