Villablino, territorio comanche (al filo de la navaja)

El autor (Emilio García de la Calzada) y Juanjo “el polisia” en 1960, en el prado donde se hacían las fiestas de San Roque en Villablino (León)

Como toda zona en crecimiento, Laciana era destino para gente de fuera. De Barbastro llegó a Villablino, como jefe de la policía municipal, un hombre menudo, de andares marciales, con su gorra de plato, la porra y los pantalones, tan subidos, que a duras penas le llegaban a los tobillos. Bajo su responsabilidad debía estar también la vigilancia del orden en los bares, asunto que le desgastaba tanto que cuando a mediodía volvía para su casa junto a la estación, iba con la mirada perdida y el paso vacilante. De su hijo Juanjo, le apodábamos El Polisía, fui compañero inseparable algo más de un año, período en el que pasamos mucha horas alrededor de la estación de ferrocarril. Sin comprender muy bien por qué nos atraía, veíamos pasar a Loli, la hija del jefe de estación, cruzando majestuosamente la plazuela sobre sus zapatos de tacón y hecha un pimpollo. Entrando y saliendo del bar de la estación veíamos al Gran Mago Lanfrey (ver Lanfrey, el mago), con una caja de cerveza en la mano en vez de su varita mágica. También había gente normal, como los viajeros que iban o venían. Conocíamos la estación al dedillo, entrando y saliendo de sus instalaciones y dependencias como Pedro por su casa y algunos maquinistas que nos conocían, nos dejaban asomarnos a su puesto de mando en la locomotora. Tanta amabilidad con dos mequetrefes, derivaba de su interés por las dos hermanas de Juanjo, dos morenazas. De vez en cuando nos asomábamos a la tapia que circundaba la mansión de Los Belgas, mirando con pena aquella magnífica pista de tenis permanentemente ociosa. Juanjo era un poco temerario y me arrastró a cosas en que yo ni hubiera pensado, por miedoso. Tenía un cuerpo de goma que le permitía salir de los trances más comprometidos trastabillando, con las piernas dobladas de forma increíble y apoyándose con las manos en el suelo a cuatro patas, pero sin caerse nunca. Él me convenció de que podíamos subirnos a los trenes de carbón y tirarnos en marcha. Observamos que cuando los trenes, cargados hasta los topes, salían de la estación en dirección a Ponferrada, lo hacían muy despacio, las ruedas patinando, y arrancando con dificultad debido al peso del carbón. Enseguida había una curva a la izquierda que dirigía al puente de hierro sobre el Sil y, a la salida del puente, había otra curva a la derecha que enfilaba una recta larga que discurría entre prados en suave pendiente. Esperábamos al tren en la entrada del puente, donde todavía iba muy despacio, y nos subíamos a los estribos de un vagón cerrado de los que siempre había alguno en cada convoy. Ya en la recta, y antes de que el tren se embalase del todo, nos tirábamos con la precaución de caer fuera de las piedras sobre las que se asentaban las traviesas y lo más lejos de las zarzas, que crecían al lado de las paredes de los prados que bordeaban la vía del tren. Yo, menos osado, siempre era el primero en saltar. Solíamos aterrizar bien, pero alguna vez nos pegábamos un buen jostrazo al pisar una piedra suelta que nos desequilibraba. Afortunadamente aquello se nos pasó pronto pues creo que, en nuestro fuero interno, sabíamos que nos la estábamos jugando. En ocasiones también sucumbíamos al miedo. Como cuando exploramos a oscuras los extensos muros palomeros que sostenían el tejado del edificio construido en El Campo Municipal. Era un edificio enorme, todavía sin uso, al que entramos por una ventana y exploramos minuciosamente hasta subir a la zona del tejado, supongo que buscando chatarra que luego vendíamos al pellejero de San Miguel. Era como un enorme laberinto de tabiques de ladrillo orientados en todas las direcciones, sin una sistemática aparente, y que recorríamos a oscuras pues el tejado no tenía claraboyas. Al principio fue divertido y nos permitimos hacer bromas y amedrentarnos el uno al otro. Llegó un momento en que los dos estábamos desorientados y no sabíamos cómo salir. Nos asustamos y algunos lagrimones hicieron acto de presencia, al comprobar que ya habíamos pasado varias veces por los mismos recovecos. Por pura casualidad, vimos un poco de claridad al doblar un tabique y nos lanzamos en tromba hacía la salida de aquél intríngulis. Días más tarde, con el morbo que nos producía recordar el miedo que habíamos pasado y sabiendo a ciencia cierta que había salida, volvimos a entrar acompañados de otros chavales a los que abandonábamos en medio del laberinto y rescatábamos al oírlos llorar, después de un rato de regocijo. Durante un tiempo intentamos montar los caballos que solía haber en los prados de Las Rozas, que no sé cómo no nos arrollaron cuando les acosábamos en una esquina del cercado. También experimentamos con alguna moto, sin éxito pero con riesgo de ganarnos unos guantazos. Vivir como en territorio comanche implicaba bastante riesgo y duró hasta que a Juanjo le debí parecer poco aguerrido y me sustituyó por otro colega mayor que yo. Al principio estuve dolido por su deslealtad, pero, al poco, quedé aliviado de no seguir con aquella escalada de aventuras arriesgadas, concluyendo que benditos los cuernos que me había puesto El Polisia.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

3 pensamientos en “Villablino, territorio comanche (al filo de la navaja)

  1. Menos mal, era un camino sin retorno el que llevabas con Juanjo. El relato esta muy bien escrito y me recuerda a las nuestras, especialmente aquella que sucedió en “los bajos” del garaje y que quizás alguno de tus angelitos te quiera comentar.

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