De Maguncia a Villablino, pasando por Boston (¿es fiable la memoria?)

Imprenta tipográfica Boston

Imprenta tipográfica Boston

En otoño de 1954, a las pocas semanas de haber empezado a estudiar en el Instituto Laboral, ya había curioseado en los talleres, en el laboratorio, en la biblioteca y hasta había visto donde se emitía Radio Villablino. Era un edificio con apariencia anodina, pero su interior era una caja de sorpresas. Detrás de cada puerta había auténticas maravillas que yo no había visto nunca (tornos, fresadoras, sopletes, sierras mecánicas, desbastadoras, aparatos de medida, balanzas, matraces, etc) y que me mantuvieron excitado durante días a la espera de poder usarlas. Pero ninguna de ellas estuvo a mi alcance. La cualificación establecida para el primer curso solo puso a mis disposición limas, cepillos de carpintero, formones y soldadores eléctricos cuyo uso me hacía sentir como un paria. Un invento al que si tuve más acceso del que hubiera deseado, aunque, dicho sea de paso, por mi voluntad, lo he mantenido en el olvido durante años, hasta que buscando algo por Internet, me topé recientemente con el blog de unos impresores artesanos que incluía la imagen de una tipográfica Boston que reconocí al instante. Recordé como a través de una puerta entrecerrada del Instituto, percibí un día un intenso olor a disolvente y pude entrever un recinto con mobiliario y objetos desconocidos para mí. Un alumno de segundo me dijo que era la imprenta donde él trabajaba a veces. Le insistí para que me dejara entrar con él a echar un vistazo. Era una habitación grande, en aparente desorden, donde reinaba un fuerte olor a tinta y disolvente. En un costado había una persona frente a un mueble de cajones de los que tomaba objetos diminutos que colocaba en una regleta metálica. El chico me aclaró que era el tipógrafo que componía letra a letra el molde de impresión. Me quedé extasiado viendo como “escribía” con tipos de plomo, de derecha a izquierda, como los árabes. Luego me señaló una máquina con una gran manivela que era donde se imprimía lo que el tipógrafo componía. Me pareció un asunto tan subyugante que le insistí al chico para que dijera a Don José Boves, profesor de Matemáticas, que quería trabajar en la imprenta. No tardé en descubrir que allí el único trabajo interesante era el del tipógrafo y que los demás solo poníamos la fuerza bruta y mucha paciencia. La composición realizada por el tipógrafo se colocaba en el bastidor de la máquina, que entintaban unos rodillos de caucho, y se presionaba sobre él el papel blanco, reproduciéndose así la composición tipográfica. Salvo poner el papel blanco y retirarlo una vez impreso, todas las operaciones las realizaba la máquina accionando la palanca. Al ser nosotros unos mequetrefes, se necesitaban dos para manejar la máquina. Uno tiraba de la palanca y el otro ponía el papel blanco con una mano y con la otra lo retiraba ya impreso. Cualquier descoordinación de los dos operarios se traducía en hojas mal impresas que había que esconder de la mirada vigilante de Don José. Era una labor tediosa y estresante y a los pocos minutos me invadía la sensación de ser una prolongación de la máquina, que en cualquier momento podía merendarme una mano. Por ello, cada vez que Don José salía de la imprenta, dejábamos de imprimir y nos acercábamos a ver trabajar al tipógrafo, intentando adivinar lo que decía cada línea a partir de su imagen invertida. Luego intentábamos recuperar el tiempo perdido aumentando la cadencia de impresión, sucediendo entonces los mayores desastres. Por muy rápido que fuéramos, el montón de papel impreso crecía con una lentitud exasperante. No recuerdo si imprimíamos apuntes, la revista del Instituto o folletos comerciales y tampoco recuerdo haber recibido algo a cambio, salvo las regañinas y pescozones de Don José por poco productivos o descuidados. Salíamos de cada sesión bien manchados de tinta y tan mareados del olor a disolvente, que más de una vez le debió entrar a mi madre la duda de si yo venía del Instituto o del bar El Tropezón. Cuando tuve confianza con el tipógrafo, me dejaba limpiar y deshacer los moldes ya impresos y distribuir los tipos en sus cajones correspondientes. A pesar del ruido, del esfuerzo y el aburrimiento, me sentía orgulloso de manejar aquella máquina del siglo veinte que no era más que una mejora de aquella de tipos vaciados en madera con la que Gutemberg imprimió La Biblia en Maguncia, allá por 1452. Cincuenta años más tarde de esta experiencia de ayudante de impresor, en plena era digital, cualquiera de nosotros puede imprimir en casa un libro de trescientas páginas con una impresora de sesenta euros sin el más mínimo esfuerzo. ¡Quién me lo hubiera dicho a mi entonces!. Manejar aquella tipográfica me permitió superar la frustración de no poder acercarme a tanta máquina que veía en el Instituto por doquier. La lima y el formón no eran para mí y me tuve que desfogar emulando a Gutemberg, aún a riesgo de convertirme en un adicto al disolvente. Años más tarde, cada vez que recogía de Correos el atado de periódicos de La Montaña Leonesa, su olor a tinta fresca me retrotraía a aquella desordenada imprenta y al chasquido monótono de la tipográfica Boston.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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3 pensamientos en “De Maguncia a Villablino, pasando por Boston (¿es fiable la memoria?)

  1. En algunos de tus relatos (los menos) hecho en falta la simplicidad y eficacia evocadora de unos recuerdos que fluyen a partir de una pequeña historia, un acontecimiento nimio o un personaje levemente particular en tu retina. Son esos relatos farragosos y atropellados en donde no terminas de tener claro en que quieres centrarte y o bien pasan demasiadas cosas sin que ninguna destaque o no pasa absolutamente nada. O te centras en demasiados personajes sin que ninguno termine de estar minimamente dibujado o te centras en un solo personaje sin que quede de relieve con profundidad suficiente…

    Este por fortuna no es uno de ellos y tendrías que tenerlo como ejemplo de composición, ritmo, capacidad de crear imágenes…muy bueno (y ademas no muy extenso !!!).

    Pero por que sigues sin poner puntos y aparte ?.

  2. Si mis recuerdos no me fallan, el tipógrafo se llamaba Félix y acabó montando su propia imprenta en Villablino. Yo también hice mis pinitos allí. De D. José Bobes Prado guardo muy buenos recuerdos, me hizo comprender los elementos del álgebra de manera sencilla y eso fue importante de cara al futuro.

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