Con las armas en la mano (¿santos o normales?)

Cruz de Cuetonidio en Villablino (León)

Se decía que la cruz que coronaba el monte Cuetonidio de Villablino (León) conmemoraba una misión evangelizadora en aquella tierra de gentiles. Ciertamente, los mineros salían de la mina con la cara tan tiznada que podían confundirse con negros del Congo. Negra debía parecerle a Don Gildo la condición de nuestras almas, pues de vez en cuando organizaba para la gente joven ejercicios espirituales que reforzaran nuestra fe y convencernos de que fuera de la senda marcada no había futuro. Tenían lugar en la iglesia de San Miguel, durante dos o tres días alrededor de la Semana Santa, y los daba algún fraile traído ex profeso, especialista en hablar del Infierno dentro de una escenografía tenebrosa, con la iglesia en penumbra, solo alumbrada con unos cirios. Conseguían que nos cagáramos de miedo por lo que decían nos iba a pasar si no éramos castos y rezábamos poco. Recuerdo un fraile tan vehemente que al hablar de la castidad, uno de los temas capitales, nos decía “Hay que fortalecer el espíritu con la oración, para así aguantar los envites de la tentación. No hay que bajar la guardia para que, si la tentación llega, os encuentre con las armas en la mano”, una receta que producía una oleada de miradas y sonrisas cómplices en la penumbra, dentro del acongojo general. A todos nos afectaban aquellas arengas, pues quién más y quién menos teníamos nuestros pecadillos y salíamos de los ejercicios con el espíritu maltrecho. Terminábamos con una confesión intensa y su extenuante penitencia y con el firme propósito de ser mejores. Una consecuencia inmediata de los ejercicios espirituales era la epidemia de primeros viernes de mes a la que casi todos sucumbíamos, ya que nos garantizaba morir auxiliados por un sacerdote y así burlar a Pedro Botero. No sé si fue en plena crisis posterior a unos ejercicios espirituales cuando Fraguas nos captó a mí, a Tinito, a Parrilla, a Manolín y a otros que no recuerdo, para participar en una especie de catequesis para imberbes que tenía lugar los sábados por la mañana en los salones de la iglesia nueva. A Fraguas yo lo conocía porque vivía al lado de casa, en la serrería que había entre Correos y la carretera que bajaba a la estación. Era mayor que nosotros y dirigía nuestras reuniones esforzándose en que participáramos en discusiones sobre temas trascendentes como la fe, la oración y lo importante que era ser buen cristiano. Proponía un tema para el sábado siguiente y nos animaba a que lo preparáramos en casa, anotando ideas para su discusión. Yo hice algunos esfuerzos por seguir su recomendación apuntando mis pensamientos en un papel, siendo los hallazgos tan pobres que no me atrevía a exponerlos a los demás. Cuando en las reuniones Fraguas nos pedía nuestra opinión y conclusiones sobre el tema, era frecuente que nos miráramos unos a otros esperando que alguno se decidiera a hablar primero, mientras cada uno buscábamos la inspiración que nos permitiera salir airosos del trance. Me consta que todos éramos bien intencionados, pero nuestra espiritualidad volaba a ras de suelo. Nos hacíamos los remolones para entrar a las reuniones, entreteniéndonos en jugar a la pelota en la acera de la iglesia con paletas que fabricábamos con tablas de las cajas de pescado que Horacio el pescadero abandonaba al lado de Correos. Cada vez las reuniones con Fraguas se nos hacían más cuesta arriba por la sequedad de nuestras almas y lo poco que daban de si nuestros caletres en la tarea de aportar algo enjundioso sobre los temas tan trascendentes que se nos proponían. Sábado tras sábado, se ponía en evidencia que no éramos Santo Tomás de Aquino. El buen tiempo y el desorden hormonal que nos invadía, terminó de arruinar aquellas reuniones. Cambiamos la ardua filosofía de lo trascendente, por los primeros botellines y el juego de la rana en un bar que había al comienzo del terraplén que unía, abruptamente, la calle de Correos con la carretera que bajaba a la estación. Estaba algo retirado y nos permitía una cierta privacidad para nuestros primeros cigarrillos y tragos de mistela, aún a costa de tener que pasar por delante de la casa de Fraguas. Nos sentíamos algo culpables por la vida depravada que iniciábamos, pero éramos conscientes de nuestra incapacidad para elaborar discursos elevados mientras estábamos preocupados en como ser ingeniosos aquella misma tarde cuando paseáramos con las chicas, camino de Rioscuro. No se podía estar en misa y repicando. Además, con los nueve primeros viernes ya nos habíamos asegurado una buena muerte y a las chicas no les interesaban aquellos asuntos tan serios. Si había que estar a la altura de las circunstancias, más valía concentrase en lo importante pues las chicas eran exigentes y no perdonaban estar distraídos con La Virgen y los santos. Era una cuestión de prioridades. Supongo que Fraguas encontraría fácilmente a otros más preocupados que nosotros por hacer méritos para el más allá. Nosotros pensábamos, como Don Quijote, “Largo me lo fiáis, amigo Fraguas”. Ya habría tiempo más adelante de ocuparse de las cosas del alma, ahora había que concentrase en entender a aquella especie desconcertante: las chicas.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: casaturismorural.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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Un pensamiento en “Con las armas en la mano (¿santos o normales?)

  1. El pragmatismo de la juventud es lo que ha echado a perder la reserva espiritual de occidente. Creo que la transición del meapilas al hereje se produjo con tu generación (es decir, si piensa en nosotros y en tus tías con respecto a esto) y queda muy bien reflejado en este relato.

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