Trashumancia (el trajín del mundo)

Casa familiar en Vegarienza de Omaña

No sé si Vegarienza de Omaña (Vega) era cañada real o no, pero todas las primaveras la carretera quedaba cubierta durante días de bolitas negras que dejaban a su paso innumerables rebaños de ovejas merinas que, carretera arriba, iban en busca de los pastos de alta montaña. Desde casa de mis abuelos oíamos los zumbos de los carneros guía cuando comenzaban a bajar las cuestas de Pandorado, y toda la chiquillería sabía que en un par de horas teníamos que estar sentados en las escaleras que daban a la carretera para no perderse el espectáculo.

Avanzaban ocupando toda la carretera como una alfombra compacta de lomos y cabezas de la que, de vez en cuando, surgía un carnero que montaba, sin detenerse, a la oveja que tenía delante, cuyo corderín veríamos cuando el rebaño pasara, carretera abajo, por delante de nosotros en el otoño. Con cada rebaño iban varios pastores, perros de pastoreo, animales de carga con las provisiones y los enseres y enormes mastines para defenderse de los lobos, luciendo al cuello carrancas de afiladas púas, que caminaban de forma cansina y a cuyo paso, precavidos, nos arrimábamos un poquito más a la pared. Estábamos especialmente pendientes del rebaño de tío Bernardino al que acompañaba una reata de yeguas percheronas que solía acampar en un prado de la Fontanina, a la salida del pueblo. En una ocasión, el primo Julio me llevó a visitar el campamento de noche, mientras los pastores cenaban alrededor de una acogedora hoguera, con todos los perros pendientes de los trozos de comida que les arrojaban. En otoño el espectáculo se repetía, ahora carretera abajo, aumentado el rebaño con muchos corderines de escasos días que seguían sin dificultad el ritmo de los adultos, mientras los recién nacidos los llevaban, terciados al hombro, los pastores.

Pero no solo trashumaban las ovejas. Todos los años recibíamos miríadas de golondrinas y vencejos, alguna cigüeña que no solía pasar más al norte de El Castillo y unas pocas codornices que llegaban de África a empollar entre el centeno y que corríamos a tiros ya estuviera la veda abierta o cerrada.

Sin ajustarse ni al ritmo de las ovejas o los pájaros, aparecía por Vega varias veces al año, caminando sin prisa, un personaje al que se conocía por El Tío de la Maleta, debido a que portaba una maleta donde unos decían que llevaba todo lo que poseía y otros que la usaba para meter a los niños que eran desobedientes. De hecho, los mayores nos amenazaban con llamar al Tío de la Maleta cuando hacíamos alguna travesura. Estas amenazas surtían escaso resultado, pues su aspecto era apacible y le habíamos visto muchas veces sentado en las escaleras de la casa engullendo el tazón de leche que le había dado la abuela, bien apelmazado con migotes de pan. Era más bien risueño, con la tez cobriza del sol y el aire de los caminos y su atuendo estaba formado por la boina, una chaqueta de pana y varios pantalones superpuestos de los que no prescindía ni en los días de más calor. Se decía que era de familia rica, pero vivía de lo que le daban por pequeños trabajos que hacía o, simplemente de la caridad. Cuando se iba, inclinado hacia el lado de la maleta, sentíamos un cierto alivio, no fuera a ser verdad lo que decían.

De más antiguo era la visita de los arrieros y trajineros que traían desde el Bierzo y la ribera del Órbigo diversos productos, en especial el vino, hasta los pueblos más alejados de Omaña y se llevaban algunos productos de la región. En mi época ya no existían y el trasiego comercial lo cubría Sandalio repartiendo pellejos de vino con su caballo, El Manganeto en cuya furgoneta cabía un supermercado y otros que no recuerdo.

Con la misma puntualidad que los rebaños, tan pronto acababa el curso, aparecíamos por Vega todos los descendientes de mis abuelos dispuestos a devorar lo que había dado de sí el samartino, la cosecha de patatas, lo que la abuela había sembrado en la huerta y la producción diaria de vacas y gallinas, amén de alguna trucha que pescaba mi padre. Vega era nuestro pasto de verano familiar. En los primeros años era también una cuestión de supervivencia: veníamos huyendo del racionamiento que nos asolaba en Roa de Duero, donde íbamos a comprar provistos de una cartilla de cupones que, a duras penas, nos alcanzaba hasta mitad de mes.

En Vega había artesanos con plaza fija que resolvían todo lo que tenía que ver con el hierro y la madera, Genaro y Luis, y Humberto que entendía de hacer paredes. Para el resto de necesidades se establecía una corriente trashumante de especialistas diversos que, curiosamente, siempre seguían el sentido ascendente de los rebaños en primavera.

El hojalatero pasaba un par de veces al año, estableciéndose con su prole junto a la casa de Corsino donde le llevábamos faroles de aceite, cañadas y cacerolas que él soldaba o remendaba, y donde también fabricaba los utensilios de hojalata que le encargaban las mujeres.

Antes del verano aparecían los esquiladores que dejaban a las ovejas mondas y lirondas y entregaban a las mujeres unos vellones de lana asquerosa, que lavaban en enormes calderas de cobre con agua hirviendo hasta dejarla blanca impoluta, lista para su cardado o hilado en las noches del invierno.

En agosto llegaban los ruidosos bercianos para la siega del pan que, una vez majado y almacenado en la panera, aseguraba disponer de los quintales suficientes de centeno para las hogazas de todo el año que amasaba y horneaba la abuela y dar algo de pienso a los animales. Los maderadores portugueses, especializados en obtener las vigas de madera necesarias para techar casas y pajares, también llegaban a Vega con sus enormes hachas, tronzas y cuerdas teñidas de añil. Los techadores que techaban casas y pajares con los cuelmos de paja del centeno. Losadores, tejadores, capadores y algún oficio más que seguro se me olvida.

Trashumancia local era lo que se producía los días de mercado en Riello o El Castillo, con un desfile incesante de personas y ganado, que cubrían el ciclo completo en el mismo día. Con el escaso bagaje mundano que yo tenía, estaba convencido que por delante de la escalera de la casa de mis abuelos desfilaba el mundo entero. Hay que reconocer que el avispado bisabuelo Bernardino escogió bien la ubicación de la casa: por delante de su comercio pasaba toda la gente del valle de Sosas, del Valle Gordo y de todos los pueblos río Omaña arriba.

Pero de todos los personajes que periodicamente aparecían por Vega, el que más expectación producía entre los chavales del pueblo era el afilador. Nada más oír la melodía de su chiflo, cuando pasaba por delante de la casa del cura, nos peleábamos por ser los primeros en encontrar a mi abuela para que nos entregara las tijeras y cuchillos que necesitaban afilarse y tener así el privilegio de presentarnos ante el afilador como el delegado de la casa para aquellos asuntos. Cuando aparecía a la altura del kilómetro 54, a la bajera de la casa, empujando su extraña máquina, ya estaba el afortunado portador de tijeras y cuchillos esperándole, subido en las escaleras que daban a la carretera, junto al delegado de casa de tía Blanca portador, a su vez, de multitud de elementos cortantes. Mientras asentaba la máquina sobre sus cuatro patas, ponía la correa motriz en la rueda grande y comenzaba a impulsarla con su pie de forma acompasada, nos hacía preguntas o nos contaba algo para calmar nuestra impaciencia por verle entrar en acción. Casi todos eran gallegos, se decía que de Orense “a terra da chispa”, y sus años de andar por los caminos les convertían en sicólogos avezados que sabían que decir a cada mujer para obtener lo mejor para su negocio y a los chavales, que nos tenía rendidos de antemano ante sus casi mágicas manipulaciones y el fuego de su rueda, como si fuéramos los indígenas a los que Colón y los suyos engañaban con trozos de espejo y baratijas. Nos hacía sentir importantes y atendíamos raudos sus indicaciones de ir por más cuchillos o pedirle a la abuela dinero para el pago de su trabajo. Tan pronto acercaba el primer cuchillo a la rueda de esmeril, una corona de chispas daba vueltas con la rueda y un haz de ellas chocaban contra la ropa del afilador que, sin inmutarse, seguía dándole a la rueda y pasaba y repasaba el cuchillo mientras yo, a una prudente distancia, intentaba explicarme como no se le encendía la ropa con tanta chispa, ni se le quemaban las manos si aquello parecía el infierno. De vez en cuando separaba el cuchillo de la rueda y miraba su filo atentamente. Cuando ya creía que estaba bien, pasaba el corte por la superficie de la uña de su dedo gordo para ver si cortaba. Por allí se decía que un cuchillo bien afilado debía cortar un pelo en el aire. Si veía que el mango estaba un poco flojo, golpeaba los remaches con un martillo y daba el trabajo por terminado. Las tijeras eran un poco más trabajosas de afilar y ajustar. Cuando había terminado, las probaba cortando un hilo de los muchos que afloraban de su raído jersey de lana. Había veces que nos preguntaba si alguno le dábamos un pelo y, si había algún valiente capaz de arrancárselo de la cabeza, él le premiaba con alguna frase elogiosa y usaba el pelo para probar las tijeras. Una vez que había terminado toda la faena y cobrado sus dineros, quitaba la correa de la rueda grande, ponía la máquina en el suelo sobre la rueda como si fuera una carretilla e iniciaba su camino pueblo arriba, empujando el artefacto con una sola mano mientras se afilaba los labios con su chiflo, desgranando aquella melodía sencilla y característica que iba poniendo en aviso a las próximas casas para que prepararan sus cuchillos y tijeras. Nosotros, como si de un flautista de Hamelín se tratara, le seguíamos unas cuantas paradas más intentando desentrañar el misterio de las chispas, pues sabíamos que no volveríamos a verle hasta dentro de tres o cuatro meses. Hasta su nueva visita, nos quedaba el recurso de la piedra de asperón para afilar las hachas y nuestras navajas, que debían estar siempre afiladas para forgar los palos.

Un poco antes de que volvieran las ovejas a sus lugares de origen, más al sur, primos y tíos dejábamos nuestro pesebre de verano y retornábamos a las escuelas y quehaceres de invierno, completando nuestro ciclo de trashumancia y, a veces, con un miembro nuevo en la familia que, como los corderines que nacían en el puerto, habían decidido nacer en Vega durante el verano. Salvo en lo de la lana y en aparearse a la vista de todos, tampoco éramos tan diferentes de las ovejas.

Carnero con zumbo, mastín con carrancas. Tronzador.

Carnero con zumbo, mastín con carrancas.
Tronzador.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: i.imgur.com, regaladistinto.com, pueblos-espana.org museo de la calzada

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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