El bisabuelo Bernardino (hombres de los de antes)

Bisabuelos Bernardino y Ana.

Ni conocí al bisabuelo Bernardino ni nadie de la familia me había hablado de él, hasta que oí a Ángel de Villaverde decir que era muy aficionado al juego y que, a veces, perdía hasta la camisa. Si conocí a su mujer, la bisabuela Ana, a la que recuerdo muy mayor, con gafas y pelo blanco, que se ayudaba de un bastón para caminar y con el aspecto cariñoso de una abuela de cuento.

Por más que indagué para encontrar alguna imagen del bisabuelo, nadie me dio razón, hasta que el primo Diego me dijo que en su casa de El Villar de Santiago tenían una foto suya. Me faltó tiempo para pasar por allí y hacerle una foto a la foto de los bisabuelos.

Están en la plazuela de la casa de Vegarienza, parece que dispuestos a iniciar un viaje, montados en sendas caballerías. Lo primero que me llamó la atención fue el aspecto de hombre recio y decidido del bisabuelo. Tocado con un sombrero de fieltro, manta al hombro y bien afirmadas las madreñas en los estribos, me pareció la viva estampa de un cuáquero buscando donde asentarse en el salvaje oeste americano. Alguien ha comentado que parece el Lee Van Cleef omañés.

Yo estaba acostumbrado a ver a los hombres de Omaña montar en caballos fuertes y de gran alzada, pero nunca vi a nadie montar en mulo. En la foto me pareció que la acendrada sobriedad del mulo, encajaba muy bien con la reciedumbre que emanaba del bisabuelo Bernardino. La bisabuela Ana monta un burrito a lo amazona, con las dos piernas a un lado de la montura, envuelta en un chal. Los dos parecen decididos a afrontar cualquier eventualidad que les pueda surgir en el camino. La estampa del bisabuelo coincidía con lo poco que sabía de él.

Vivieron en Sosas del Cumbral donde, además del oficio de agricultor, regentaban un comercio-cantina y allí tuvieron a sus seis hijos. Por fuerza, el ámbito del comercio se reducía a la propia Sosas y algún pueblo próximo, lo que debió parecerle poco al decidido Bernardino. Vendió o arrendó sus posesiones y se fue camino abajo, siguiendo el curso del río Baltaín hasta su entronque con el río Omaña en Vegarienza.

Justo allí, construyó una casa de tres plantas, con más de diez habitaciones, cuadras para una docena de vacas y un amplio despacho de comercio en la planta baja. En mi época aún se mantenía el despacho casi en su estado original. Grandes estanterías con un cajón con cierre oculto que debió ser la caja, balanza con todo un sistema de pesas incluyendo algunas monedas de cobre, un sistema completo para medir los líquidos, molinillo para el café, caja de caudales, etc. El sitio era estratégico pues por allí pasaba todo el mundo que vivía en los valles del Baltaín, del Omaña y sus afluentes, como el Valle Gordo. Los días de mercado en El Castillo o Riello, el trajín de gente era impresionante. Muchos paraban allí para encargar un guadaño, un pellejo de vino o una bola de sal para las vacas.

Tal salto en la actividad comercial, exigió un sistema de aprovisionamiento adecuado. A grandes males, grandes remedios. El bisabuelo iba a buscar las mercaderías con su carro de bueyes donde hiciera falta, llegando incluso hasta Benavente a más de 130 kilómetros de Vega. Un viaje que, al paso de los bueyes, que incluso tenía que cambiar por otros de refresco, le llevaba varias jornadas con sus noches.

Y fue en estas noches de posada donde se fraguó su fama de jugador empedernido que debía sostener los envites más descabellados. Según contaba Ángel, hubo veces que perdió el dinero, la carreta y los bueyes y hasta las mercaderías. En estas malas jugadas de la Fortuna, enviaba recado a Vega para que le mandaran a un propio con dinero para pagar la deuda y poder recuperar lo empeñado. Seguro que, durante la espera, algunas manitas más se echaría.

También contaba Ángel una anécdota que habla de su carácter decidido con los naipes. Al finalizar la construcción de su casa, lo celebraron con una pequeña fiesta para la familia y los obreros que habían participado en la obra, a los que aún no había pagado todas las soldadas devengadas. Tras la comida y las libaciones, alguien propuso una partida de cartas en la que se enzarzaron los obreros y el bisabuelo Bernardino. Al final de la timba, el bisabuelo no debía un solo real a los operarios. Me gustaría saber que disculpas enhebrarían los obreros al llegar a sus casas sin un duro.

Recientemente he sabido que su fama de jugador ha llegado hasta el presente. Desde que mi hermano Federico tiene casa en Villaverde, acostumbra a charlar y jugar la partida en el bar de Cirujales, donde sus compañeros de juego le dicen, medio en serio medio en broma, “Cuidado con este, que es biznieto de Bernardino el de Vega, y nos desplumará en cuanto nos descuidemos”.

Estar tan en la brega diaria, no le impidió preparar a sus hijos para algo menos fatigoso que andar por los caminos jugándose la hijuela en cada posada. Dos de ellos estudiaron Medicina y ejercieron de médicos tanto en Sosas como en Vegarienza.

Yo he conocido a las tres generaciones siguientes, incluida la mía, y todos hemos sido gente normal, tirando a aburrida. Creo que el bisabuelo Bernardino fue el último hombre bravo y aventurero de la familia. Me hubiera gustado conocerle, pues seguro que con ese perfil tendría mucho que contar y que nadie en la familia parece conocer. Desde 1928, descansa en el cementerio de Castriello, ahora sí, tan paradito como los demás.

Busto de Bernardino, estribo y escopeta.

Busto de Bernardino, estribo y escopeta.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

2 pensamientos en “El bisabuelo Bernardino (hombres de los de antes)

  1. Esa foto es una chapuza. El puede pasar por el Lee Van Cleef de Omaña. Una bola de sal para las vacas ? Esto debería explicarse mejor asi como la intrahistoria de la foto: quien la saco ? con que ocasión ? como termino en casa del primo…?. Es pena que Bernardino no tuviera control, parece ser un hombre de gran visión, iniciativa y buen emprendedor.

    El relato esta bien.

    • La foto la tomé en una estancia oscura que impedía suprimir el flash que aparece como un fogonazo en el cristal que protegía la foto. Me ha gustado lo de Lee Van Cliff. Era frecuente ver al lado de la pared de la cuadra una bola de sal, del tamaño de una pelota, que las vacas lamían con fruición, supongo que para equilibrar alguna carencia alimentaria.

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