Túnel negro (mirones en la biblioteca)

Desde que en 2006 comencé a recopilar mis recuerdos de infancia para contárselos a mis nietos, fui consciente que la memoria puede jugar malas pasadas. Por eso acabo todo lo que escribo diciendo que lo que relato pudo ser diferente de como lo cuento y solo pongo la mano en el fuego por las sensaciones que me quedaron de aquellos momentos. A pesar de estas cautelas, hoy estoy un poco confuso. Buscando una foto de la Academia Carrasconte de Villablino (León) en que estudié el bachillerato a partir de 1955, me he topado en Internet con una página que conmemora el cincuenta aniversario del instituto Obispo Argüelles, que ocupó el mismo edificio del Instituto Laboral de mis recuerdos y que antes fue sede de la Academia Nuestra Señora de Carrasconte. Dice que en 1951 “el edificio estaba muy bien equipado y tenía materiales bastante avanzados como un retroproyector, un piano, un esqueleto humano, muchos discos y mapas, un globo terráqueo y una máquina de cine” y entre las actividades extraescolares destaca “una emisora de radio que funcionaba todo el día, incluso en verano, para cada hora de emisión realizaba el guión un profesor; una revista llamada Unicornio; un Belén al que acudía a ver todo el valle; ….”. Yo vi y toqué el esqueleto hasta que se agitaba como si tuviera el baile de San Vito y vi algunas películas de entre las que recuerdo especialmente Operación Cicerón, que incorporó a James Mason a mi acervo de héroes. El piano debía ser el que vi tocar a Doña Dolores mientras yo, muy a mi pesar, le pasaba las páginas de la partitura. También recuerdo haber pasado muchas horas viendo montar el inmenso Belén y haber ayudado a recolectar musgo para decorar las montañas y a hacer agujeritos con un alfiler en la cartulina azul que hacía de cielo, que parecían estrellas al ser iluminados por detrás. Mi confusión viene de pensar que si alguien menciona un simple globo terráqueo, ¿podría haberse olvidado de enumerar dos elementos tan singulares como la Biblioteca y la imprenta tipográfica, tan poco habituales en aquella época?. ¿O es que no existieron más que en mi imaginación?. Después de un buen rato de desconcierto, concluyo que es imposible que yo me haya inventado haber trabajado con la tipográfica Boston en la imprenta del Instituto Laboral. ¿Donde lo pude hacer si no fue allí?. ¿Y qué decir de las largas horas pasadas en la Biblioteca como ayudante de bibliotecario y los muchos libros que allí leí?. La Biblioteca ocupaba el ala izquierda de la planta baja del edificio y sus paredes estaban cubiertas con estanterías repletas de libros, protegidos por puertas acristaladas y con llave. Yo era el encargado de coger los libros que pedían los lectores al bibliotecario o recolocar en su lugar los que devolvían. Mientras yo me dedicaba a estas tareas de segundo nivel, el bibliotecario controlaba todo desde su mesa, actualizando las fichas de cada libro con las peticiones de los lectores o reclamando los libros prestados y no devueltos. El suelo era de madera y recuerdo como yo transitaba sobre él pisando con suavidad para que no crujiera y sorteando los agujeros de las tablas, desde que supe que debajo del piso había una cámara de veinticinco o treinta centímetros a la que se podía acceder por unos ventanucos, situados a ras de suelo en la fachada que daba a la carretera de la estación. Alguien me había dicho que metiéndose allí debajo, se podía mirar a través de minúsculos agujeros en las tablas para verles las piernas a las chicas, especialmente cuando estaban delante de la mesa del bibliotecario, donde un saboteador había eliminado parte de un nudo de la madera. Siempre pensaba en ello cuando veía a alguna chica parada ante el puesto del bibliotecario que, a pesar de su aparente seriedad, debía tener bastante éxito con ellas por lo mucho que se demoraban en cada trámite. Algunas tenían un furor lector sorprendente. Recuerdo especialmente a dos hermanas madrileñas que vivían en el camino del cine viejo, morena la mayor y la pequeña tan rubia que era casi blanquita, que aparecían por allí muchas tardes de verano. Yo no comprendía cómo podían leer un libro cada día, por muy grueso que fuese, y a que venía tanta conversación con el bibliotecario. Libros que yo tenía que coger o recolocar en su estantería por escrupuloso orden alfabético. En una ocasión, reponiendo un libro que había devuelto la hermana mayor, vi que sobresalía un trocito de papel con unas líneas escritas que decían “túnel negro, túnel negro / dos raíles de carne me llevan a él / ¿llegaré yo el primero?”. Subido en la escalera que usaba para alcanzar las estanterías más altas, mi primer impulso fue devolver a la muchacha el papel, pero reparé en que aquella especie de versos estaba escrita con la pulcritud con que el bibliotecario hacía las anotaciones en las fichas de los préstamos. Pensé que podría verme envuelto en un conflicto con mi jefe, que aún seguía con las risas y confidencias con la chica, así que me eché el papel al bolsillo mientras cavilaba sobre el significado de aquellas frases que, estaba seguro, no tenían nada que ver con el ferrocarril. Releí muchas veces el papel robado, pero aún tardé bastante en entender lo que el bibliotecario estaba insinuando a la chica. ¿Me habré inventado yo esta historia y los versitos?. Pienso en ello cada vez que paseo, mientras evito pisar las tapas de registro que hay en la acera, como si fueran los agujeritos e imperfecciones de la tarima de la Biblioteca del Instituto Laboral de Villablino.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: viajejet.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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3 pensamientos en “Túnel negro (mirones en la biblioteca)

  1. Y en donde sacaste esa información no podrías volver para iniciar un acalorado debate sobre el pasado y aclarar las cosas sobre la Magna Academia Nuestra Señora de Carrasconte y de paso autopublicitar tu blog un poco ?

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