El fin del Mundo (la aldea genuina)

Casa de los abuelos maternos en Sosas del Cumbral.

Sosas del Cumbral (Sosas) era el último pueblo del valle del río Baltaín, o lo que era lo mismo, allí se acababa el mundo para mí. Ya no había nada más allá, o eso me parecía entonces. Solo cuando fui mayor y subí a Picopelado, vi que aquel fin del mundo se comunicaba con otros fines del mundo similares. Al otro lado de Picopelado se veían los valles de Babia que conocería más adelante, cuando viví en Villablino.

No era yo solo el que tenía una idea tan peregrina del mundo. Había gente que no había salido de Sosas en toda su vida. Cuenta mi madre que Herminia, cuando fue por primera vez al mercado a Riello (distante unos 15 kilómetros), decía toda asombrada “Hay que ver lo grande que es el mundo. Y aún dicen que llega mucho más allá”. Fantástico. Una aldea genuina en pleno siglo veinte.

A Sosas se llegaba desde Vega (Vegarienza) por un camino de tierra que seguía el curso del río Baltaín (o Valdaín). Nada más llegar al pueblo, había una calle a la derecha que subía hacía el Otero, uno de los barrios del pueblo. Avanzando dos o tres casas se llegaba a la plaza del pueblo donde se jugaba a los bolos, estaba el potro de herrar las vacas donde nos colgábamos los chavales hasta descoyuntarnos los brazos y el puente que cruzaba el río y daba acceso a la Villa, el otro barrio del pueblo donde estaban la iglesia y el cementerio.

Siguiendo el curso del río se encontraba la casa del cura y la de mis abuelos, que era la última del pueblo. Más adelante estaba la fábrica de la luz donde nos decían que el lobo Xiam se había ahogado en el río, después de haberse comido unos cuantos cerditos. A partir de allí, subir, subir y subir hasta la cima de Picopelado.

Siempre recordaré el sonido cantarín del agua del río que se percibía desde el puente y el olor a jabón casero cuando las mujeres lavaban la ropa, al aire libre, en el lavadero que organizaban por encima del puente. Había agua por todas partes y me llegué a familiarizar con el sonido que hacía en cada piedra y en cada recodo del arroyo, cuyo agua tenía un tono azulado en primavera, procedente de la nieve que se derretía en Picopelado. Y de los renacuajos cuya caza nos ocupaba muchos ratos. Y de los sastres que nos sorprendían caminando por encima del agua y las libélulas, algunas enormes, que sobrevolaban sin descanso cada rincón del arroyo. De vez en cuando descubríamos alguna rana pequeña, marrón o verdosa, que para mí y mis hermanos era una pieza de caza mayor.

Debajo del puente estaba el molino del pueblo en el que cada vecino tenía asignado unos días para moler, cosa que se hacía difícil cuando había poco agua. En cambio, el molino de mi abuelo era capaz de moler todo el año pues necesitaba poco agua. Por su trabajo de molinero, cobraba una medida de lo molido, que era aproximadamente la décima parte. Muchas veces le acompañé a vigilar como se desarrollaba la molienda, con una sensación de miedo al notar cómo retemblaba la tablazón del suelo por los giros del rodezno.

Lo primero que recuerdo de Sosas, debía tener dos o tres años, es cómo andaba asustado corriendo por toda la casa delante de un cachorrito de perro que intentaba jugar conmigo. Luego el perro empezó a ser para mí un componente importante de la familia, igual que el gato, las vacas, las ovejas, el caballo y la burra, las gallinas y los conejos. Aprendí cómo se comportaba cada una de las especies, qué comían y cómo parían.

Supe que había que tener cuidado con la raposina, que acechaba el corral sin descanso intentando comerse las gallinas o sus huevos. Empecé a familiarizarme con las tareas del campo, la siega, la maja; con el molino que tenía el abuelo, con los árboles, con la caza, con las truchas; con las golondrinas y los vencejos. Con las historias que se contaban de la raposa, del lobo, de los cabritines, y de la oveja pedorrera y, sobre todos, el cuento del tío Celedonio. En estos cuentos repetidos al anochecer, los animales hablaban y actuaban como si fueran personas. Comí con fruición el “pan de pajarita“, sin enterarme que me estaban tomando el pelo y otras cosas ricas como la nata, la mantequilla, los fisuelos, el jamón, la cecina. Todo ello en pequeñas cantidades para que no nos hiciera daño. Y alguna otra cosa que no me gustaba, como las berzas.

Vi a mis tíos salir de caza con las escopetas y oí hablar que por el monte andaban los huidos de la guerra civil y los contrabandistas. En la época de las majas, presencié uno o dos incendios de pajares, a menos de cien metros de nuestra casa, y cómo todo el pueblo hacía una cadena humana hasta el río, pasándose de mano en mano cubos de agua para apagar las llamas. Me interesaba por todo y aprendí a hacer o cómo se hacían las cosas. Supe lo que era la iglesia y empecé a aprender, de tanto oír, los misterios del Rosario y la Letanía. Los motes de cada uno del pueblo, lo que no se podía decir en su presencia porque se enfadaban y sus historias.

Yo estaba un poco despistado sobre los límites de la familia. Sabía ciertamente que mis tíos eran los que vivían de forma permanente en casa de los abuelos y otros que aparecían por allí de vez en cuando, principalmente en verano. Luego estaban otros, como el tío Francisco, el tío Jacinto y alguno más, que no acertaba a saber cuál era el parentesco con nosotros, si es que lo había. Otros como Benedito y Dulsé que yo creía que no nos tocaban en nada, aunque tampoco estaba seguro. A veces pensaba que el tratamiento de tío no debía decirlo todo, pues a Máximo, el de “Cheichu, cheichu, cheichu, …Ajo, ajo, ajo….”, no se le anteponía ninguno y sé que era familia de la abuela.

No sabía si aquello era un pueblo o una comunidad familiar, con algún que otro infiltrado. En una visita reciente, me he acercado al cementerio y, desde la puerta, he podido leer las lápidas de los nichos donde abundaban los Calzada, González, García, sin que allí, que yo sepa, haya enterrado nadie de la familia en las tres generaciones anteriores. En aquel mundo tan cerrado, seguro que se practicaba una cierta endogamia.

Lo cierto es que todos, fueran familia o no, eran amables y cariñosos con los chavales. Menos Joaquín, apodado “el Tremoriego” por ser de Tremor, conmigo por lo que cuento a continuación.

Antes mencionaba que había aprendido a no decir inconveniencias delante de la gente. Hubo una vez que no fue así. En Sosas, el agua era un bien escaso y, por tanto, precioso. Sobre todo en verano, que el río más bien parecía un arroyo. Aunque los turnos para regar los prados, “partir el agua” se le llamaba a este reparto horario, estaba establecido, el juego no era siempre limpio. En una ocasión el tío Pepe nos llevó a los pequeños con él para que le avisáramos si aparecía el Tremoriego, porque él iba a quitarle el agua que le correspondía y regar con ella el prado de La Tablada, que era del abuelo. Nos quedamos jugando en el camino, pero vigilando. Yo no era consciente de ser cómplice de un “delito” y que, por tanto, era exigible una cierta discreción. Cuando vi venir al Tremoriego, siguiendo las órdenes recibidas, dije a grandes voces “Pepeeee…, ¡que viene el Tremorieeeego!”. El Tremoriego me oyó y, cuando estuvo a nuestro lado, me dijo muy enfadado “Oye chaval, yo me llamo Joaquín. ¿Es esa la educación que te están dando en tu casa?” y con toda la intención pues, no en vano, yo era nieto del señor maestro. Yo me quedé todo corrido y, a partir de entonces, daba grandes rodeos para no cruzarme con él. Supongo que Pepe aprendería que a infantes tan tiernos, no solo había que decirles que hacer, sino que también había que explicarles cómo hacerlo. Hasta donde yo recuerdo, de las muchas que protagonicé, es la primera metedura de pata gloriosa.

Mi abuelo, Emilio de la Calzada, era el maestro del pueblo y a todos nosotros se nos conocía por el nombre seguido de la coletilla “el del señor maestro“. La casa-escuela era un caserón de dos plantas, ocupando la escuela la primera y la vivienda estaba en la segunda, a la altura de las peñas. Se llegaba a ella por unas escaleras de piedra de pizarra con innumerables escalones. En esta casa nacieron todos los hijos de mis abuelos excepto Teresa, la pequeña. Dice mi madre que cuando nevaba, los copos de nieve se introducían entre el cristal y el marco de madera de las ventanas. Al lado de la escuela, por entre las peñas, discurría un pequeño arroyo donde mi abuela lavaba la ropa. Recuerdo los bancos de la escuela con sus tinteros de porcelana y la pizarra en la pared. Cada uno de nosotros escribíamos en pizarras de mano, con un pizarrín del mismo material que chirriaba desagradablemente. Para borrar la pizarra usábamos la saliva y un borrador de trapo que estaba atado a la pizarra con un cordel o, en su defecto, con la manga del jersey. Cuando mi abuelo construyó su casa, dejaron de vivir en la escuela.

Si a mí me preguntaran por un lugar representativo de la tranquilidad y armonía del hombre y el paisaje, sin duda mi respuesta sería la Sosas que yo recuerdo.

Aunque en un sitio tan bucólico y apacible, también había lugar para los instintos. Hace mucho tiempo que sucedió un crimen pasional a causa de una mujer de extraordinaria belleza. Y no fue a palo ni piedra como correspondería a aquel lugar, sino a pistola que acabó arrojada al rodezno del molino de la Maiserina.

Antes que mis abuelos, vivieron en Sosas los padres de la abuela Honorina. Allí tuvieron a todos sus hijos y, además de ganaderos y labradores, regentaban un comercio que abastecía a los pueblos de alrededor.

Yo estaba en Sosas cuando los abuelos se trasladaron a vivir a Vega y participé en la mudanza que se hizo montando todos los enseres en el carro de las vacas. Recuerdo que me dio mucha pena abandonar aquel lugar tan entretenido y al que me sentía muy unido.

Recientemente he hecho varias veces andando el camino entre Vega y Sosas y recuerdo pocos paseos más placenteros. Del río Rougís para arriba, cada recodo del camino me resultaba familiar, aunque no fuera capaz de precisar en qué campera le habían comido los lobos la burra a Benedito, mientras él segaba el verde a menos de cien metros. Siempre estaré sentimentalmente unido a este pueblo, de donde procede la familia de mi madre.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

3 pensamientos en “El fin del Mundo (la aldea genuina)

  1. No termina de cuajar porque como en otras ocasiones, mezclas la oda a los recuerdos en bucolicas pinceladas de tu infancia con el Tremoriego y unos comentarios en Off de Pepe. A que viene esto ? Osea, cada cosa por su lado no esta mal pero todo junto rompe el ritmo, perturba el tono y emborrona el paisaje. Lo del Tremoriego y Pepe pedían su relato propio y no me cuentes que no te llegan los recuerdos, que esto no es la Montaña Leonesa. Aquí los relatos son del tamaño que a ti te de la gana y si quieres hacer el hayku de pepe pues lo haces y se acabó.

    Y fíjate que cosas, que me pongo a buscar “lobo Xian” para ver que hay en la red sobre la leyenda y esto me encuentro:

    https://www.google.es/search?client=opera&rls=en&q=lobo+Xiam&sourceid=opera&ie=utf-8&oe=utf-8&channel=suggest#sclient=psy-ab&hl=es&safe=off&client=opera&hs=IBh&rls=en&channel=suggest&q=lobo+Xiam&oq=lobo+Xiam&gs_l=serp.12…0.0.0.18930766.0.0.0.0.0.0.0.0..0.0…0.0…1c.rUDwV6j9b3o&pbx=1&bav=on.2,or.r_gc.r_pw.&fp=ddc024c58943df84&biw=1020&bih=645

    Lo que me dice que 1) La rapidez de Google para indexar contenidos es asombrosa y 2) Los que hacen los juegos estos dan gato por liebre a sus clientes.

  2. Y lo de 1) es una gran noticia. Al ser tu blog el único resultado sobre el lobo Xian que arroja Google en la primera pagina, esto en Internet viene a ser como en el mundo real un monopolio en producto (información sobre ciertos temas) y especialización de nicho (información para cierta gente).

    Digamos que aunque puede que ahí fuera no haya demasiadas personas interesadas en el lobo Xiam, ninguna de ellas tienen otra fuente de recursos informativos que no sea tu blog y terminaran pasando por él eventualmente.

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