Las Llamas de Castriello (terreno de libertad)

Flora típica de Las Llamas de Castriello: quitameriendas, estalletes, tapaculos

Las Llamas de Castriello de Vegarienza. El territorio dentro del Territorio. El pueblo, el río, los montes, por donde nos movíamos a diario en compañía o en la proximidad de los mayores era el Territorio. Había otro territorio donde casi siempre estábamos nosotros solos, la gente menuda, sin presencia de los mayores. Desempeñando una tarea encomendada por los mayores, pastorear las vacas, pero con mucho tiempo libre para convivir, jugar e inventar. Estábamos cerca de nuestras casas, pero suficientemente lejos y seguros de que por allí casi nunca se presentaría un mayor. Era nuestro territorio, donde podíamos manifestarnos en total libertad y ser hasta un poco osados. Un mundo aparte, como la tierra de Nunca Jamás.

La denominación de llamas se corresponde a praderas rescatadas al monte y que, salvo el agua de la lluvia y algún riego esporádico a principio de la primavera, eran de secano aunque el aspecto, en algunas partes, fuera de terreno húmedo y, a veces, encharcado por el arroyo de Castriello, que no tenía un curso de agua continuo pero que formaba algunos pozos pequeños en las zonas de roca. No puedo asegurar si se trataba de un curso de agua único o, más bien, de distintos manantiales encadenados que se sucedían a lo largo del valle. Aparecía y desaparecía por el valle, pero se resistía, aún en los veranos más secos, a desaparecer del todo como si tuviera asumido que no podía dejar en seco a renacuajos, ranas, salamandras y culebras que se concentraban en los pozos.

Se accedía a las llamas yendo carretera abajo hacía el Castillo y, nada más pasar la sierra, se torcía a la izquierda para, dejando el cementerio en la ladera, encontrárselas después de unos trescientos metros de camino bordeando el arroyo y caminando entre peñas. El cementerio en aquella época tenía un uso escaso y no recuerdo más allá de uno o dos entierros en tantos años de estar en Vega. Allí estaban las tumbas del bisabuelo Bernardino y de su mujer Ana.

Las primeras llamas eran de la abuela Honorina y de todos sus hermanos. En conjunto, casi medio kilómetro de pradera a ambos lados del arroyo. La primera era la de tía Concha y a ella llevábamos nosotros las vacas mañana y tarde durante una buena parte del año. Estaba cerrada con una pared de pizarra que hicieron entre mi abuelo y el Tremoriego. Para sacar la pizarra tuvieron que usar algún barreno de dinamita y en ella transcurre la historia de La Estampa. La siguiente era de la abuela, y el abuelo conseguía regarla lo suficiente como para recoger varios carros de hierba allá por Junio. Estaba bien cerrada para que las vacas no entraran por un descuido y arruinaran la hierba.

Las cuatro siguientes eran de los otros cuatro hermanos de la abuela y era el terreno en que pastaban las vacas de tío Baldomino. No estaban divididas entre sí aunque si parcialmente cerradas, en su límite exterior, por trozos de pared de piedra o delimitadas por negras estacas de ferrocarril que, en su día, se colocaron con la intención de unirlas con alambre de púas, cosa que nunca llegó a completarse. Era una gran extensión de terreno de no menos de trescientos metros de longitud, que exigía vigilancia continua pues las vacas podían salirse. Tanto más cuanto que la hierba no abundaba y las vacas podían salir a las tierras sembradas de centeno que las circundaban por la derecha, o al monte de robles de la izquierda que daba al Vallao.

Seguía la llama de Pedro, el que decía que “hay que ´prapetarse´” cuando La Pasionaria pasó por Vega en camino hacía Madrid, y después otras más que yo creo que ya eran de gente del pueblo de Garueña.

Según recuerdo, los pastores habituales de nuestra casa éramos mi primo Jose, mi hermano Fernando y yo y Estela, Anita y Jesús de casa de tío Baldomino, turnándonos dependiendo de las otras cosas que había que hacer en casa. El ritual era casi siempre el mismo. Cada uno metíamos las vacas donde nos correspondía, agotábamos los recursos propios de auto-entretenernos, merendábamos y, a continuación decidíamos “ir pa donde los de tía Blanca” ya que ellos tenían más complicado que las vacas no se saliesen de su terreno y no podían venirse “pa con los de Honorina”. Y ese era el encanto, estar todos juntos, con entera libertad, fanfarroneando, jugando y desafiándonos a hacer las cosas más tontas. Eso si, los puntos de reunión tenían que establecerse lejos de los cazapetos, esbeltos y con flores amarillas, que tenían fama de dar dolor de cabeza. Y algo debía haber de cierto, pues las vacas, que no dejaban un centímetro cuadrado sin pastar, se detenían a diez centímetros de cada cazapeto donde se formaba una aureola de hierba alta como si hubiera una barrera invisible que impidiera a las vacas acercarse más. Ante tal desperdicio, mi abuelo se la tenía jurada a los cazapetos y se pasaba tardes enteras arrancándolos. A nosotros solo nos servían para saltar por encima de ellos cuando íbamos corriendo.

Podíamos dedicarnos a infinidad de cosas. Perseguíamos saltamontes, de un color grisáceo que se confundía con las matas y las piedrecillas desmenuzadas de las peñas, que saltaban de improviso y volaban enseñando unas alas transparentes y azules de color pluma de grajo. A pesar del cuidado que poníamos, era fácil quedarse entre los dedos con una de las patas saltadoras mientras el saltamontes nos obsequiaba con una gota de saliva, lágrimas podían ser, de color marrón. No es que nosotros lo hiciéramos mal, sino consecuencia de la fuerza que hacía el saltamontes para zafarse con sus potentes patas. O cazar ranas en el pozo que había al pié de la llama de Pedro. Con mucho cuidado y aprensión por las culebras que sabíamos había en el agua y por las salamandras que eran inofensivas, pero por si acaso. O campeonatos para ver quién sacaba antes un grillo de su agujero haciéndole cosquillas con una paja en el culo, estímulo irresistible que le hacía salir del agujero marcha atrás.

A veces encontrábamos entre las escobas una chicharra o cigarra, totalmente verde y sin alas, que era sujeto de un estudio detenido. O, cuando andábamos cerca de las zarzas o los ribazos, notábamos el murmullo de los lagartos corriendo por entre la hojarasca, mientras nos recorría la espalda un estremecimiento, pues sabíamos que los lagartos, cuando mordían, encajaban los dientes de arriba con los de abajo y solo soltaban las presa si se les acercaba fuego a la cola. Rara vez los veíamos, pero cuando esto sucedía, lucían los verdes, amarillos y azules más extraordinarios que se podía ver.

O, según la época del año, podíamos añadir a nuestra merienda suplementos vitamínicos y vegetales de lo más variado. En primavera podíamos comer tallos tiernos de los espinos, que mondábamos con cuidado y que estaban muy buenos. O acederas, como si fuéramos vacas. Al final del verano podíamos comer los frutos verdes y ácidos, con unas líneas meridionales más claras que les daban aspecto de globos terráqueos en miniatura, del espino mayolar que estallábamos entre los dientes. O los deliciosos tapaculos que es el fruto rojo de los rosales silvestres. Estaban llenos de semillas y una pasta roja, como sobrasada, que era lo que nos comíamos. Había que tener cuidado para no comerse las semillas o te podía picar el culo durante días.

También podíamos dedicar un buen rato a estallar las flores de los estalletes contra la propia mano o la cara de los demás. O simplemente sacar del terreno con cuidado la flor que llamábamos quitameriendas, que se hundían en el suelo cuatro o cinco centímetros y había que tener buena mano para que no se rompiese el tallo. O batallas campales tirándonos unos a otros los carrapitos que se pegaban en la ropa y en el pelo y que no había quien se los quitara.

Y las moras. Las había por todas partes, de dos clases diferentes. Un tipo era la que tenía muchos granos pequeños, con semilla dentro y muy dulzonas. Las otras, las que a mí me gustaban, tenían unos granos gruesos y redondos, un poquito ácidas y que se deshacían en las manos si no tenías cuidad al cogerlas. Cogíamos grandes cantidades y las llevábamos a casa para hacer un “batudo” con azúcar y, a veces, un poco de vino. Y si éramos muchos, se añadía un poco de migote de pan. Estaban riquísimas.

Por la mañana el sol caía de plano sobre las llamas y la única sombra era un chopo que había en la llama de tío Baldomino. Y allí nos juntábamos a jugar o leer, vigilando la longitud de la sombra del chopo que nos indicaba cuando era la hora de volver con las vacas a casa. Por la tarde, enseguida se iba el sol y las vacas ya no intentaban moscar, con lo que los pastores de casa de tío Baldomino tenían más fácil alejarse un poco más de las vacas que pastaban en un terreno no totalmente cerrado. Y, entonces, empezaba la diversión de verdad.

En la parte de arriba de las llamas de tío Baldomino, había una campera en pendiente y con hierba corta mezclada con gatiñas, una herbácea con espinas como agujas. Cuando la hierba se agostaba, la campera se convertía en una pista de patinaje por donde nos deslizábamos a toda velocidad. El ingenio que utilizábamos para aquellos meteóricos descensos, era una simple tabla de chopo de un par de metros de largo que habíamos encontrado en la sierra o “distraído” en casa del abuelo o en la de tío Baldomino.

Al roce con la hierba seca, la superficie de la tabla se convertía en un espejo coloreado de verde-amarillo que nada tenía que envidiar a los esquís más encerados. En la parte de adelante, le clavábamos un travesaño que servía para que el timonel pusiera los pies y así poder sujetarse en el descenso sin sucumbir al empuje de los cinco o seis que iban detrás de él.

En este deporte participábamos en igualdad de condiciones los chicos y las chicas. Para que en la tabla cupiéramos el mayor número de tripulantes, nos sentábamos detrás del que iba en cabeza, pasando cada uno las piernas por encima de las de el que iba delante y sujetándose con las manos en los hombros de quién le precedía. Era una mezcolanza de piernas, pies y culos, entre risas y nervios, que iban cogiendo sitio en la tabla, mientras el que iba en cabeza hacía esfuerzos sobrehumanos para sujetar la tabla en la pendiente mientras se terminaba la carga de pasajeros.

Para sujetar la tabla, el timonel se auxiliaba de un palo corto y afilado en cada mano, que hincaba en la hierba. Esos palos también servían para modificar la trayectoria, esquivando las escobas y las estacas que señalaban el límite de las llamas de tío Baldomino. Y, arrastrando los palos en el suelo, también servían de frenos para no caer en el arroyo que marcaba el fin de la pista.

Con estas herramientas tan precarias, era frecuente ir por donde no se quería, pasando por encima de las escobas y enfilando las estacas que, a veces, parecían atraernos como un imán. Cuando veíamos acercarse la estaca a toda velocidad, la única solución era tirarse en marcha y dejar a la tabla que se estrellara sola.

Otras veces era el pasaje, excitado y a la expectativa, el que se “esgurrumbaba” a poco de iniciar el descenso y hacía que la tabla terminara sola el trayecto mientras salíamos todos rodando y las gatiñas se nos clavaban en todo el cuerpo. Pero todo eran risas y jadeos mientras volvíamos a subir la cuesta de nuevo, casi sin aliento, para volver a repetir una nueva travesía de la campera. La tarde no era suficientemente larga para aquella juerga y deporte excitante, a lo que yo creo contribuía la mezcla de pantalones cortos y faldas. Ya habría tiempo de justificar en casa los rotos y descosidos en la ropa. Entretanto solo importaba la velocidad, el riesgo y las risas.

Era tan divertido aquello, que era frecuente que vinieran más chavales del pueblo que no tenían obligaciones pastoriles. Los más habituales eran Tomasín y Corsino que se unían a la juerga. No siempre cabíamos todos en la tabla y había que hacer turnos. Los que se quedaban en pié, hacían de público entusiasta y asistían a las peripecias de los que se deslizaban, partiéndose el culo de risa con los aterrizajes forzosos y los revolcones.

De vez en cuando, alguno de nosotros tenía que ir a ver si las vacas estaban todavía en la llama. Nos íbamos disgustados por la fiesta que dejábamos atrás y recorríamos los quinientos metros de ida y vuelta en un santiamén, recorriendo el camino a un trote rápido para volver a estar cuanto antes subido en la tabla. A veces nos encontrábamos con la sorpresa de que faltaba una vaca, que se había salido por algún hueco del cierro y, si se había ido para casa, ya tendríamos que contar alguna disculpa. Si la disculpa no era creíble, porque cuando nosotros llegábamos a casa la vaca hacía rato que estaba en la cuadra, venía la consiguiente bronca.

Y es que, mientras los pastores se divertían, las vacas se aburrían repasando con los dientes todos los días la misma hierba, que apenas crecía de un día para otro y con la que era difícil engañar el hambre. A veces se metían en las zonas más húmedas, buscando la hierba más tierna, en un terreno tan blando que hundían el zancajón tanto que parecía que no iban a poder sacarlo. Era el mismo terreno donde nosotros cogíamos la menta piperita, ya fuera porque nos lo habían pedido en casa o para vendérsela a doña Amelia. También nos hundíamos como las vacas y salíamos con las alpargatas mojadas y teñidas de negro o de color ferruginoso dependiendo del lugar del arroyo.

Cuando estábamos cerca de las vacas, leíamos o jugábamos a cosas menos arriesgadas. Estela y yo compartíamos e intercambiábamos los fondos literarios de ambas casas. Libros, novelas y tebeos. Y había que estar pendiente de cosas como si alguna vaca estaba en celo, cosa que se manifestaba poniéndose a caballo de las otras vacas. Decíamos que estaba tora y había que contarlo en casa para que la llevaran al toro. En aquella época el toro estaba en El Castillo.

El contacto con los animales, necesariamente, nos hacía presenciar escenas de sexo entre ellos, con naturalidad no carente de curiosidad y de excitación. Permanentemente veíamos a los carneros montar a las ovejas, sin detenerse y como sin darle importancia, y a los gallos subirse en las gallinas, mientras las gallinas seguían picoteando impávidas y medio protestando. En el arroyo de las llamas, veíamos al “rano”, según la terminología de Atenágoras, el señor cura, sobre la rana flotando apaciblemente en el agua y a las parejas de sastres acaballados que caminaban sobre el agua como si tal cosa.

Un espectáculo que excedía todo lo anterior eran los perros enganchados y mirando cada uno para un lado, formando un único animal de ocho patas y dos cabezas. Aquí, no sé por qué extraño mecanismo, éramos un poco salvajes y no dejábamos de molestarles hasta que se separaban.

A todos nos interesaban estos temas y no perdíamos ocasión de acompañar a El Castillo a llevar las vacas toras al toro y de fisgar, por la huerta, el espectáculo que se desarrollaba cuando alguna burra venía a que el burro de tío Baldomino contribuyese a tener el próximo buche, por el que estaba tan inquieta la burra. De allí solíamos ser espantados por la abuela y las tías que debían creer que aquello era perjudicial para nuestras mentes infantiles. O sería que recordaban como a ellas también les excitaba, de pequeñas, todos aquellos asuntos relacionados con la reproducción y, ahora, consideraban que aquello era pernicioso para el cuerpo y para el alma de los más pequeños.

Está claro que ignoraban que hacía muchos años que nosotros habíamos dejado de jugar a las casitas y a los médicos en la Era Vieja. Pero seguíamos interesados en estos asuntos inseparables de la pulsión que asegura la continuidad de la especie.

Volviendo a las llamas, donde hemos pasado muchas horas de nuestra vida. Allí estábamos hiciese sol o no. El que hiciera sol, no era seguro de no mojarse. De hecho, he visto como en días radiantes empezaban a parecer unas nubecillas, como sin querer, y que el sol que por allí no molestaba excesivamente, empezaba a arrojar sobre nosotros un calor picante y agobiador y, en pocos instantes, el cielo se cubría todo de nubes que pasaban de blancas y algodonosas a negras y amenazantes. Empezábamos a oír truenos por la parte de Garueña o del Cueto Rosales y como se aproximaban, al tiempo que empezaba a llover a raudales.

En una ocasión que no me dio tiempo a arrear las vacas para casa, se preparó tal tormenta que los rayos abrían el cielo en dos y los truenos reverberaban por todo el valle como si, en vez de un solo rayo, fueran dos o tres desplazados décimas de segundo entre ellos y que hacían que pareciera que el valle se venía abajo. La rodera de los carros que discurría entre la pared de la llama y las peñas, era como un canal por el que bajaba casi un metro de agua dando tumbos y arrastrando piedras y escobas y encogiéndome al ánimo pues no parecía que aquello fuera a terminar. Y es que no se podía salir de la llama hasta que dejase de pasar agua por el camino. Entretanto, las vacas seguían engañando el hambre arañando la hierba, ahora toda mojada, con una parsimonia e indiferencia admirables como si no estuviera terminándose el mundo.

Con la misma rapidez que empezaban, se acababan las tormentas. Empezaban a alejarse los truenos y a cambiar el color gris de las nubes por otro más blanco, a verse jirones de cielo, hasta que el sol lucía franco y solo se oía el ruido del agua en el camino y en el arroyo que, ahora, si era un cauce continuo y con abundante agua. Hasta el punto que creíamos que había agua suficiente como para que subieran las truchas desde el río Omaña al arroyo de Castriello. Tal era así, que en los días siguientes mirábamos con atención en los pozos de las peñas, por si veíamos alguna trucha de la que hubiera que ocuparse.

Cuando el inicio de la tormenta nos pescaba reunidos alrededor del chopo, lo primero que hacíamos era alejarnos de él para no sufrir la atracción que se decía ejercía sobre los rayos. Lo cierto es que, en las numerosas tormentas cerradas que presencié en las llamas, en las que parecía que caían rayos por doquier, el chopo de tío Baldomino nunca fue alcanzado.

Cuando la tormenta había pasado, se oía al cuco cantar entre los robles. Era la señal de que todo había terminado. Nosotros empapados hasta el alma, pero felices de no haber sucumbido al cabreo repentino de la Naturaleza. El cuco con su canto y las vacas con su pachorra, sabían relativizar mejor que nosotros aquellas sorpresivas y ruidosas salidas de tono.

De vuelta a casa, chorreando y aún impresionados por la tormenta, pasábamos al lado del cementerio donde, salvo los bisabuelos, no había nadie próximo enterrado hasta entonces, y donde tampoco los muertos parecían alterados por el fuego de artificios reciente. ¿Cuántas tormentas como aquellas, y seguro que mayores, habrían presenciado sin inmutarse?

Ahora, en el cementerio de Castriello ya están enterrados los abuelos, Ángel y, en unos días, estarán allí también las cenizas de mi padre. Que descanséis en paz y que disfrutéis de buenas tormentas y mañanitas de sol. Hasta siempre.

A mí no me disgustaría terminar allí, oliendo a menta y escuchando el murmullo del agua del arroyo de Castriello, mientras rememoro, si es que eso fuera posible, las fenomenales bajadas en la tabla, esquivando las estacas y las gatiñas, y, en un descuido, echar una mirada fugaz a las bragas de las primas. No todo era inocente en aquel territorio.

Imágenes tomadas de:

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Anuncios

3 pensamientos en “Las Llamas de Castriello (terreno de libertad)

  1. Yo era muy echao pa atras pero nosotros para fines similares solíamos ir a las enrias o las herias o algo asi. Estaba en Villaverde, lejos hacia el rió, creo recordar.

  2. En Agosto pasado me di una vuelta por “vuestro territorio”, algunos trozos de pared de la llama de “la tía Concha” siguen desafiando orgullosos y altivos el paso del tiempo y demuestran la pericia de los constructores, hice incursiones por El vallao y me parece un lugar muy interesante de estudio, seguro que tiene mucha historia tras de sí, del resto de relato te digo que gracias por avivar mis recuerdos que fueron similares a los tuyos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s