Don Restituto (medio hombre, medio cura)

Sosas del Cumbral 1934. Don Restituto es el tercero por la derecha.

Don Restituto fue el primer cura que recuerdo haber visto en mi vida. Era en Sosas del Cumbral allá por 1947 o 1948 y le veía casi a diario pues su casa estaba pegada a la de mi abuelo Emilio de la Calzada, maestro del pueblo desde 1909. Ya fuera yendo o viniendo de la iglesia o montado en un caballo de gran alzada que me asustaba un poco, seguí viéndole casi a diario todos los veranos hasta 1950 o 1951, cuando mis abuelos se fueron a vivir a Vegarienza. A pesar de ser vecinos, no recuerdo haber hablado con él en todo este tiempo, pero puede ser simplemente una cuestión de memoria.

Si recuerdo la extrañeza que me producía verle caminar por el pueblo envuelto en su sotana, y como se transformaba cuando montaba a caballo. Medio cura, con la sotana arremangada hasta la cintura, y medio hombre, con pantalones que terminaban en unos pies bien afirmados en enormes estribos. Desde entonces yo estaba en el secreto de que los curas por dentro eran hombres como los demás, o casi.

Cuando nos fuimos a vivir a Vega, le veía de vez en cuando pasar por delante de casa de mis abuelos. Primero era un paraguas que surgía por junto a casa de Urbano, y luego su sobria figura, muy erguido sobre la montura, camino de El Castillo o de Riello en los días de mercado. Lo suficiente para no olvidarle y contemplar cómo, mientras yo crecía y me hacía grande, él se encogía y se doblaba poco a poco hasta que, en los últimos tiempos, iba totalmente doblado por la cintura con el cuerpo casi encima del cuello del caballo y con las piernas echadas exageradamente hacía adelante para, ayudándose con los estribos, equilibrar aquella postura imposible. No debía ser suficiente aquel apoyo en los estribos, porque terminaba de equilibrarse agarrándose con una mano a la correa que arranca de la parte trasera de la silla para rodear la cola del caballo. A veces parecía montar de medio lado, como los indios. No me podía imaginar como aquel hombre, talmente una V horizontal, podía caminar al bajarse del caballo. Cuando le veía con la cabeza a la altura del cuello del caballo, concluía que si llegaba a su destino, forzosamente sería por la pura costumbre de la cabalgadura de llevarle de un sitio para otro.

Hasta aquí lo que recuerdo y observé por mí mismo. Al ser un personaje que me atrajo desde siempre, no he dejado de preguntar sobre él a mi familia. Impresionado por aquella decadencia física, con lo que me decían he interiorizado algunas escenas que son pura invención, metiéndome en el pellejo de un don Restituto ya viejo, y entrecruzando el argumento de sus reflexiones con personas de mi propia familia y hechos que les sucedieron en Sosas. De hecho, si yo hubiera sido novelista, creo que don Restituto hubiera sido el protagonista de mi primera novela. También he leído algo de lo que se comenta sobre su persona en un foro de Manzaneda de Omaña (1). Con lo uno y lo otro, intentaré trazar una semblanza, absolutamente inventada, del señor cura de Sosas.

Aunque no era del pueblo, no podía decirse que fuera un cura postizo como don Abundio en Vega, que necesitó hacer grandes esfuerzos para congraciarse con sus parroquianos. Don Restituto era del país, exactamente de Arienza a pocos kilómetros de Sosas, por lo que conocía las costumbres, virtudes y vicios de sus parroquianos y, como ellos, era hombre recio y amante de los caballos de buena planta. Los cuidaba como a hijos y se sentía muy ufano de su fortaleza.

Cuentan que un día vinieron a avisarle de que un lobo estaba acosando a su caballo que pastaba en el prado, para que fuera a ahuyentarlo. Se acercaron al prado, y al ver como su caballo se defendía a coces del lobo, mirando a los presentes les espetó muy ufano “no ha nacido el lobo que pueda con mi caballo“. No se había percatado que el lobo en cuestión no era un lobo cualquiera, sino Xiam, el más astuto y famoso lobo de aquellos montes, que aparecía en todos los cuentos que nos contaban abuelos y tíos. Gozando con la escena que se desarrollaba en el prado, el señor cura afirmaba que el lobo no tardaría en rendirse y miraba a los concurrentes con la satisfacción de dueño orgulloso. Efectivamente, pareció que Xiam se rendía retirándose hacía al río Baltaín (o Valdaín) con ánimo de cruzarlo. En mitad del río se dio un chapuzón y volvió hacía la orilla donde se rebozó de arena, ante los ojos atónitos de todos los presentes. Cuando esperaban que desapareciera por entre los salgueros, dando media vuelta el lobo volvió sobre sus pasos y entró de nuevo en el prado, acercándose al caballo del cura que se levantaba sobre las patas traseras para impresionarle. Cerca del caballo, Xiam se sacudió la pelambrera cómo hacen los perros cuando están empapados, y proyectó la arenilla sobre los ojos del caballo que, cegado, no sabía por dónde se le acercaba el lobo. Todos los presentes, al ver que la treta de Xiam hacía peligrar la integridad del caballo, empezaron a dar voces y don Restituto emprendió una galopada hacía el lobo enarbolando un estacón que había cogido en la cancilla del prado. Xiam que era intrépido pero no suicida, puso, ahora sí, pies en polvorosa.

Don Restituto había bautizado a todos los hijos de mis abuelos, seis mujeres y cuatro hombres, y también a alguno de nosotros. Mi hermana Loli nació en Sosas a la “hora de las ovejas” cuando yo apenas tenía un año, en el día en que todo el pueblo, incluido mi padre que había ido a ayudar a Máximo, comenzaba a segar el Valle del Cumbral junto con los de Villadepán. Benilde y Almudenina, con la experiencia que les daba haber visto parir tantas veces a las vacas, ayudaron a mi madre a parir a Loli, mientras yo andaba por allí intentando no perderme lo que estaba pasando. El primer sábado siguiente y apadrinada por mi abuelo y mi tía Milce, don Restituto bautizó a mi hermana, mientras mi madre se quedaba en casa cumpliendo con la cuarentena.

El domingo siguiente a cumplir los cuarenta días de no dejarse ver fuera de casa como si fuera una apestada, mi madre estaba muy nerviosa pues tenía que ir a la iglesia para el Rito de la Purificación. Recordaba la vergüenza que había pasado en semejante trance un año antes, cuando sintió en su piel el agua bendita con que el cura la purificaba, bajo la mirada maliciosa (“Algo habría hecho”) de los vecinos que asistían a la ceremonia en el atrio de la iglesia. “¡Estúpidos!”, dijo para sí y se prometió que en esta ocasión no bajaría la mirada en señal de arrepentimiento. “¡Arrepentimiento!, ¿de qué?”. Estaba tan enfada con lo que iba a pasar, que aún se entretuvo diez minutos más sabiendo que don Restituto y el resto del pueblo estaban ya esperándolas con expectación e impaciencia. Cogió la vela ritual y a la niña y bajó al camino que no pisaba en semanas. Pasó el puente y cerca ya de la iglesia, notó que sus piernas se aflojaban. Avivó el paso y apretó a la niña contra su pecho mirando con desdén a todos los concurrentes, que la aguardaban detrás de don Restituto, que movía impaciente el hisopo con el que la bendeciría para perdonarle el tremendo pecado de haber tenido una hija.

Después de la misa, don Restituto, al que ya le pesaban los años, volvía para casa, arrastrando las piernas, lastradas por unas varices forjadas en tantas horas de pie en el púlpito intentando explicar lo que ni él entendía bien o delante del misal que cada vez parecía que tenía las letras más pequeñas y borrosas. Encima, hoy había tenido que esperar un cuarto de hora, a pie firme en la puerta de la iglesia, a que llegase la hija del señor maestro con su nueva hijita para el Rito de la Purificación, que la volviera a hacer digna de integrarse en la comunidad de fieles. “¡Hay Dolorcitas!, tan dócil antes, hoy no le noté el semblante compungido. Parecía como si le escociera el agua bendita. ¿Qué nos estará pasando?. ¿Hacia dónde vamos con esta juventud?”. Se sintió tan agotado, que deseó con toda su alma que llegara la hora de la siesta.

Primero tendría que comer cualquier cosa y casi sin gana tragó lo que quedaba de la cena anterior, agobiado por el calor que dejaban pasar las losas del tejado. Después, como cada tarde de verano, subió trabajosamente por las peñas de detrás del michinal, hasta el rellano donde se estaba tan fresquito al contacto de la pizarra en sombra. Sabía que aquel fresco le estaba doblando la espalda poco a poco, pero era el mejor sitio para meditar. Llevaba un papel donde pensaba anotar ideas para el siguiente sermón en que tendría que explicar por enésima vez a sus parroquianos, el intríngulis de la Concepción de la Virgen. “Que Dios tenga en la Gloría a Pio XI, pensaba, pero menudo lío había montado con este dogma que tenía que hacer entender a gente tan poco versada y que a él le tenía cada vez más confuso. ¡Con lo claro que creyó tenerlo cuando joven, en el seminario. Cada vez lo entendía peor: Santa Ana y San Joaquín, padres de La Virgen, no tuvieron coyunda; San José, tampoco; el Espíritu Santo …… ¡Dios, que difícil!”. Le pesaban los párpados mientras el papel se escurría de su mano. Aquella brisilla era tan irresistible y el tema tan abstruso, que poco a poco le pasó lo de siempre que intentaba desentrañar aquellos dogmas en la canícula de Julio.

Amanecía y afuera hacía frío. Seguro que ya habría orvallo en los prados y en la cama “¡se estaba tan a gusto!”. Ultimamente, reunirse con sus feligreses en la amanecida para el rezo del Calvario le producía una inmensa pereza. En pocos minutos tendría que reunirse con aquella gente, ávida de rezos e impaciente por empezar con sus tareas en el campo y con los animales. Aún estaba disgustado consigo mismo, pues ayer se había trabucado con los latines y el señor maestro tuvo que ayudarle a retomar el hilo del rezo. Había casado y bautizado a todos aquellos desagradecidos que no dudaron en murmurar en voz queda, olvidando que les había dedicado toda su vida y sin comprender que se estaba haciendo viejo y que hacía demasiado tiempo que había dejado el seminario. Eran tan ignorantes, que ni se imaginaban lo difícil que era aprender el latín. Ni lo fácil que era olvidarlo. Cerró los ojos confiando que, como tantas veces que no había aparecido para el rezo del Calvario, el señor maestro lo hiciera bien. “¡Estaba tan calentito¡. Roma y el obispo ¡quedaban tan lejos!. Y él, tan viejo”.

Cuando los feligreses, ateridos por el frío que hacía en la iglesia, llevaban varios minutos esperando al señor cura, cosa que ultimamente pasaba con frecuencia, eran evidentes las muestras de preocupación por cómo veían desvanecerse a don Restituto con los años. El señor maestro estaba impaciente por rezar el Vía Crucis, pues le esperaba el ordeño, dar de comer a los animales y salir pitando para la escuela a desbastar a la chiquillería montaraz. Su mujer le daba insistentes codazos conminándole a iniciar el rezo de la primera estación. Aunque ya lo había hecho varias veces, era tremendamente respetuoso y no quería poner más en evidencia al viejo sacerdote que ayer no dio pie con bola oficiando la oración. Cuando vio que el primer rayo de sol entraba por la vidriera, avanzó decidido hasta la primera cruz y comenzó el rezo con voz emocionada, que sus vecinos contestaron con prisa para abreviar el trámite y salir pitando.

Don Restituto aún recordaba cuando se habló de que el obispo iba a acercarse por el pueblo para confirmar a los chavales de las últimas hornadas. Fueron unas semanas en que vivió angustiado, pensando que iban a meter las narices en la iglesia y mirar como llevaba las anotaciones en los libros de nacimientos, bodas y defunciones, que, tenía que admitirlo, estaban un poco faltos de puesta al día. No es que estos acontecimientos menudearan en el pueblo, pero lo iba dejando de un día para otro y, cuando se daba cuenta, ya no se acordaba de la fecha en que había bautizado a tal o casado a cual. Y, para anotarlo mal, mejor no precipitarse.

Aquella visita se convirtió en una obsesión para él y a menudo se encontraba murmurando “¡Demonio el obispo!, ¡Demonio el obispo!….“. Asustado por la blasfemia, se tapaba la boca con la mano pero su garganta seguía moviéndose intentando repetir lo mismo. Solo conseguía calmarse, echando mano de su palabrota preferida, “puñeta, puñeta, puñeta….“. Lo peor es que, cuando los vecinos le preguntaban impacientes, “Don Restituto, ¿cuándo va a venir el señor obispo?“, le salía involuntariamente sus angustias y contestaba “¡Demonio el obispo!, ¡Demonio el obispo!….“. Tenía que alejarse todo corrido, por el mal ejemplo que estaba dando a sus convecinos. Menos mal que el señor obispo no llegó nunca, pero por los nervios que pasó le quedó un ardor de estómago que no podía acallar ni con los puñados de bicarbonato que se echaba al coleto.

Estas cosas no le pasaban de joven, cuando aún tenía el latín fresco y entendía casi todos los misterios y dogmas que tenía que explicar en sus sermones. Se levantaba de la cama como un cohete, incluso en las mañanas más frías, y la preparación de los sermones le llevaba menos de una hora. Podía aguantar de pie las misas cantadas sin que se le cargaran las piernas y leía sin trabajo, con un solo ojo y a más de un metro, hasta las letras más pequeñas del misal. Ahora era diferente. Le costaba trabajo subirse al caballo y empezaba a sentir miedo cuando le anochecía por el camino, sin haber llegado a casa.

Estas ideas le cruzaban por la mente, mientras, bajo el sol de media tarde, llevaba varios minutos intentado enhebrar la aguja para repasar el último roto de su sotana. Aún arremangándosela cada vez que subía al caballo, no podía evitar rozarla con la silla. A sus ochenta, no solo le fallaba el pulso, también la vista de tanto leer latín mirando al misal de través. Sería más llevadero si aquella sotana, que había sido negra y ahora era tan parda como las boinas de sus feligreses, no fuera tan delicada. O si tuviera alguien para cosérsela. “¡Y pensar que ya era la tercera sotana que gastaba desde que se ordenó!”. El roce con la silla, las arruinaba enseguida.

Cada vez se controlaba menos y los lapsus de memoria le atormentaban. Sobre todo, desde que el señor maestro le contó la historia del cura que usaba todo tipo de trucos para disimular que no sabía latín. Vivía acongojado. No se le iba de la punta de la lengua lo que decía aquel cura zote de la historia del señor maestro: “Debajo de pontis pecis, calavernis coquis …”. Sabía que un día en misa, en vez del Kyrie eleyson le saldría esta retahíla y sería insoportable el rumor contenido de risas que le llegaría desde el coro. Aunque estuviera de espalda a los feligreses, estaba seguro que el cabecilla de los murmullos sería Aecio, el hijo mayor del señor maestro, que incluso versificaba en latín. “¡Y pensar que fue mi monaguillo preferido!”. No lo podría aguantar, “Puñeta, puñeta y puñeta“.

Además, en dos semanas el señor maestro se iba para Vegarienza y tendría que levantarse todos los días, aún en plena helada, a rezar el Calvario. Su espalda no lo resistiría. Aún recordaba lo mal que lo pasó cuando el carro le partió las piernas al señor maestro y tuvo que estar bastantes meses sin poder faltar ni un solo día al rezo del Calvario. Estaba tentado de pedirle al señor obispo que le dejara jubilarse, pero, “¡que iba a hacer sin su misa y su rosario después de más de cincuenta años!”. Claro que sabía que algunos feligreses, los más desagradecidos, estaban deseando que llegara un cura joven al pueblo. Un día de estos tendría que recoger sus cosas y retirarse a Manzaneda con su ahijado. Que le busquen allí sus feligreses desagradecidos o el señor obispo, “¡Demonio el obispo, demonio el obispo!“. Menos mal que cuando algunos empezaban a abandonarle, su dócil caballo aún seguía siéndole tan fiel como siempre.

(1) Aude, Picopelao y Marilin en el área de mensajes de pueblos-espana.org/……/manzanedadeomana

Imagen tomada de: pueblos-espana.org/……/sosasdelcumbral

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

3 pensamientos en “Don Restituto (medio hombre, medio cura)

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