El tío fraile (remedios amazónicos)

La familia de mi abuelo Emilio de la Calzada era oriunda de Posada de Omaña, casi al final del Valle Gordo, pueblo del que también era natural David Rubio Calzada el autor de El Peralvillo de Omaña y coetáneo de mi abuelo. En mi familia aseguran que no eran parientes, cosa que me resulta muy difícil de creer ya que, además de compartir el apellido Calzada, en las generaciones anteriores a mi abuelo aparece varias veces el apellido Rubio, en un pueblo de no más allá de una treintena de casas. Fueron siete hermanos, cuatro de ellos varones. Todos buenos mozos, ojos de color azul celta y mandíbula prominente.

Al igual que el autor del Peralvillo, que dedicó una buena parte del libro a narrar la brutalidad del método de enseñanza del domine de Vegarienza “el domine más bárbaro de la provincia” afirmaba, uno de los hermanos de mi abuelo, el tío Federico, estudió latín y humanidades en semejante centro, donde imperaba el método del vergajo. Como muchos de los que pasaban por las horcas caudinas del domine, el tío terminó ordenándose fraile, no sé exactamente de qué orden, y se fue a Perú donde vivió hasta su muerte.

No lo conocí hasta los siete u ocho años en uno de los viajes que hacía a España cada tres o cuatro años. Espigado y delgado, enfundado en su permanente sotana tenía un porte que nos impresionaba a toda la gente menuda. En estas estancias las mujeres de la familia, muy dadas al asunto religioso, estaban en la gloria, pues tenían cura propio al que cuidaban más que a nadie. Yo ya había empezado a leer El Quijote y me acordaba de “nunca fuera caballero de damas tan bien servido” cuando veía como las mujeres de la casa se desvivían por hacerle la vida muelle al tío fraile. Yo ya sabía ayudar a misa y era su monaguillo titular, lo que no era óbice para mantener siempre una actitud de respetuosa distancia.

En sus muchos años en Perú debió tener contacto con la medicina popular o chamánica, pues no había dolencia para la que no tuviera un tratamiento exótico y desconocido que nos recomendaba a todos nosotros cuando andábamos aquejados de alguna dolencia. Como tratamiento preventivo y de amplio espectro para sí mismo, usaba un hongo amazónico que le acompañaba en cada viaje. No sé si siempre era el mismo o lo renovaba en cada una de sus visitas, ya que era tan imposible distinguir un hongo de otro como difícil es encontrar diferencias entre dos huevos cascados en sendos platos, pues este era el aspecto que el hongo tenía. No debía ser poca cosa traerse el hongo desde Perú en los largos viajes trasatlánticos de entonces, que duraban varias semanas, y tampoco se me ocurría donde lo llevaría en su periplo desde el puerto de arribada hasta Vegarienza.

Porque el hongo era un bicho delicado y requería mucha atención. Al llegar a Vega pasaba a ser jurisdiccion de la abuela y las tías, que lo aposentaban en la mejor jarra de cristal de la casa donde flotaba en tres o cuatro dedos de agua de la fuente. Cada día sacaban el agua del día anterior y vuelta a rellenar. El agua que sacaban de la jarra parecía tener una consistencia próxima a la clara de huevo y el tío Federico se la tomaba con casi tanta unción como el vino consagrado con el que decía misa. Cada vez que le preguntábamos, él nos decía que aquel agua en la que había flotado el hongo durante veinticuatro horas lo curaba casi todo.

Yo estaba intrigado y le dediqué muchos ratos de meditación a desentrañar de donde podían provenir las virtudes del agua que diariamente se bebía el tío. Aunque el ambiente religioso en que nos movíamos nos hacía proclives a pensar en milagros y hechos poco asequibles a la inteligencia, apliqué el método más racionalista que pude. Si el agua que ponían en la jarra era de la fuente del Valle, y aquel ectoplasma no hacía otra cosa que flotar en ella, llegué a la conclusión que lo que mantenía al tío Federico inmune a toda dolencia no podía ser otra cosa que los meaos del bicho. No se lo dije a nadie, pero cada vez que le veía beber el agua con los ojos entrecerrados, pensaba si se trataría de un rito indígena. Ya se sabe que entre hechiceros siempre hay un intercambio de experiencias místicas.

En una ocasión en que tuve un catarro, tan agarrado que cuando tosía parecía que se me iban a salir los pulmones por la boca, el tío me preguntó si quería tomar un poco de agua del hongo, que seguro me sentaría bien. Después de mis conclusiones sobre los meos del hongo, me deshice en agradecimientos por su ofrecimiento y le dije que creía que el catarro ya se me estaba quitando. Tras verme toser durante dos días más como un tuberculoso, me dijo que si no quería beber el agua del hongo podíamos intentarlo con un método que usaban en Perú para los catarros resistentes.

Me puse en guardia pero, tan malo estaba y dejados al margen los meaos del hongo que pensaba que no podría haber algo peor, le dije que estaba dispuesto a aplicar el remedio. Le pidió a la abuela una cucharada del petróleo que se usaba para encender los faroles y me la ofreció con el mismo gesto que cuando daba de comulgar a los fieles en misa. El olor era tan repugnante, que me tuve que tapar las narices para tragar el brebaje. Peor fueron las arcadas que me dieron, aunque no conseguí vomitar. No sé si el catarro se me curó o no en virtud del tratamiento, lo cierto es que me olvidé de él a fuerza de estar pendiente del petróleo que no dejó de repetirme durante semanas. Aún años más tarde había ocasiones en que percibía, allá en el fondo de mis tripas, el sabor y la repugnancia que me produjo aquella cucharada de petróleo.

Se decía que tenía una mina de plata en Perú y en sus visitas traía pequeñas joyas de plata, medallas y rosarios y alguna pequeña alpaca, para las mujeres. Nunca entendí como un sacerdote, con sus correspondientes votos de pobreza, podía ser dueño de una mina de plata que yo imaginaba le debía estar haciendo inmensamente rico. No debía ser gran cosa, pues nadie de la familia heredó nada a su muerte.

No tuve una noticia muy precisa de su fallecimiento, por lo que no puedo afirmar si fue cosa de la edad o la culpa la tuvo el debilitamiento de los fluidos de su hongo de cabecera. A pesar de varios intentos en las dos generaciones siguientes, en que varios miembros de la familia pasaron por el seminario, él fue el último hombre con sotana de la familia, con gran disgusto de la abuela y tías que eran de una religiosidad profunda. Indudablemente, los tiempos estaban cambiando. Igual que el tío Federico fiaba su salud a un ectoplasma, los hombres empezábamos a fijarnos en las cosas terrenales y a olvidarnos de lo trascendente.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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