Viento del Muxiven (la vida por treinta pesetas)

1957. Julio, de Rabanal, y el autor (Emilio García de la Calzada) en la zona de Villarino, donde se construiría el cierre de la presa.

Con catorce años recién cumplidos, empecé a trabajar en el INI de Villablino que estaba haciendo estudios para construir varios embalses en la zona. Junto con Parrilla y Julio de Rabanal, subíamos y bajábamos los montes cargados de trípodes, teodolitos, jalones, miras y cubos de cemento para que los topógrafos midieran ángulos y distancias. En la oficina, Dugi Almarza pasaba al plano los datos de campo mientras nos contaba sus aventuras de fin de semana. El trabajo de campo era esforzado a veces, pero distaba mucho del de bajar a la mina, aunque no estaba totalmente exento de peligro, como cuando el dueño de algún prado nos aguardaba con actitud desafiante apoyado en su hacha. Para suavizar estas tensiones, cuando un lugareño se acercaba y entablaba conversación, le dejábamos mirar por el teodolito cuya óptica hacia que la imagen se viera invertida, cosa que les asombraba y lo iban comentando por el pueblo. Recuerdo como una mujer de Villarino nos amenazaba desde lejos cada vez que aparecíamos por el pueblo, agitando enfadada en el aire el palo en el que se apoyaba. Más adelante nos enteramos que creía, por lo que le habían dicho de la visión cabeza abajo, que si la enfocábamos por el teodolito la íbamos a ver con las faldas caídas sobre la cabeza. A veces el peligro se mascaba. Como cuando me encargaron tomar datos de intensidad y dirección del viento en la zona donde saldría el túnel del ferrocarril en la ladera del Muxivén, ya que la vía actual quedaría sumergida por las aguas. Diariamente tenía que cruzar el río Caboalles a la altura de Las Rozas aprovechando un carril de ferrocarril, en forma de H tumbada, que cruzaba el río apoyado en dos soportes de hierro clavados en ambas orillas. Sostenía una tubería de diez centímetros de diámetro que traía agua desde el Muxivén. El vano era de quince o veinte metros y cruzaba el río a unos tres metros sobre el cauce. Había que subirse al carril por el soporte, colocar los pies en la parte de abajo de la H, acostarse sobre la tubería y reptar hasta el otro lado. Con buen tiempo, ropa normal y cauce escaso, aquella operación era relativamente sencilla para un equilibrista como yo. Pero hubo una temporada de lluvias intensas que hizo que el Caboalles fuera muy crecido y sus aguas, tan negras de polvo de carbón como siempre, eran un remolino continuo y asustaba solo de asomarse a la orilla. Para protegerme de la lluvia, yo iba vestido con botas de goma y chubasquero de hule negro y tieso, con el que costaba trabajo incluso caminar. Me persignaba antes de subirme a la tubería con la dificultad que suponía la lluvia, la rigidez del chubasquero y las botas de goma, cuyo mejor lubricante es el agua. A duras penas podía encajar las botas en los salientes de la H, me tumbaba sobre la tubería que chorreaba agua y, rezando, empezaba a reptar. No podía mirar los torbellinos del río que parecía una corriente sólida, pues la vista se me iba enganchada en cada remolino y me mareaba. El ruido del agua y de los cantos que arrastraba era tan ensordecedor, que yo sabía que si me caía no me encontrarían hasta Ponferrada. Me esforzaba en olvidar lo que había debajo de mí, concentrándome solo en lo que pasaba debajo de mi barriga. De vez en cuando el chubasquero se enganchaba en los aros que sujetaban la tubería al raíl y tenía que retroceder, levantar un poco la barriga mientras pegaba la cara a la tubería y pasar el obstáculo sin respirar. Cuando una bota resbalaba y el pie se me salía de la H, me desequilibraba y cerraba instintivamente los ojos mientras me sujetaba con todo el cuerpo contra la tubería. Permanecía un buen rato inmóvil y sin aliento, hasta que me serenaba y, poco a poco, volvía a abrir los ojos y lentamente encajaba de nuevo la bota en la H. Me volvía a concentrar y seguía avanzando. Cuando llegaba al otro lado, me bajaba de la tubería de un salto y daba escape a la tensión acumulada con un respingo. Hacía las mediciones con un aparato muy rudimentario (un círculo graduado y una hebra de lana al viento) y las apuntaba en una libreta. Me demoraba bajo la lluvia un buen rato, haciendo acopio de valor para volver a jugármela a la vuelta. Y todo, por treinta pesetas al día. Tuve ocasión de conocer bien los montes y pueblos de Laciana, Babia hasta el nacimiento del Sil, llegando río abajo hasta Palacios, Matalavilla y Susañe y contribuí, modestamente, a la construcción de tres pantanos y a descartar la construcción de otros dos. Aún siendo el último mono de aquella cuadrilla (los ya mencionados y Don Victorino, Manolo, Víctor, Guarido, los hermanos Mirón y otros), no estoy seguro que la gente de Rabanal y Villarino estén muy contentos conmigo por haber contribuido a sumergir sus fincas.

Nota: Según un comentario, o bien he cambiado un monte de sitio o le he cambiado el nombre. En vez del Muxivén, que está al norte de la región por encima de Sosas de Laciana y Robles, el nombre correcto del monte al que me refiero es Matalachana, que está al sur y bordeado por el río Caboalles.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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2 pensamientos en “Viento del Muxiven (la vida por treinta pesetas)

  1. Hola
    El monte al que te refieres no es el Muxiven que esta cerca de Sosas de Laciana, es Matalachana o “la Matona ” como se le denomina por aqui

    Saludos

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