Primeros tiempos en Roa (cuando el racionamiento)

Cartilla de racionamiento, balanza de pesas, dispensador de aceite, dispensadores de legumbres

Siguiendo a mi padre en su segundo o tercer traslado como Administrador de Correos, llegamos a Roa de Duero cuando yo tenía cuatro años allá por 1948 o 1949 y allí vivimos hasta 1954, año en que le trasladaron a Villablino (León). Ya habían nacido mis hermanos Loli y Fernando. En Roa nacieron Eduardo, Mari y Fede. También Julia es de este período, pero nació en verano, lo que quiere decir que nació en Vegarienza (León) el pueblo de mis abuelos maternos y lugar habitual donde pasábamos todo el verano intentando olvidar las penurias alimenticias de Roa.

Roa estaba en plena llanura castellana, en la provincia de Burgos, subida en un alto que arrancaba desde la ribera del río Duero. Se llegaba desde la estación de ferrocarril por una carretera que, nada más cruzar el puente sobre el río, se dividía en dos ramales que ascendían haciendo curvas en ese hasta el pueblo. Desde la primera curva se podía llegar a pie hasta arriba por unas escaleras interminables que acababan en la esquina del Espolón, el paseo del pueblo con bancos, farolas y una barandilla que hacía que todo el paseo pareciese un balcón sobre el Duero.

Era una zona agrícola con cereales, vid y remolacha principalmente. Había muchas casas de adobe y nada más salir del pueblo empezaba el campo y la eras donde hacían la trilla. No había agua corriente, pero si dos grandes fuentes con pilón para el ganado, una cerca del casino y otra en la Cava. Practicamente todo el subsuelo estaba minado por bodegas donde se almacenaba el vino. La mecanización aún no había llegado y era común ver por las calles carros y arados de vertedera tirados por mulos que, cuando hacían un alto en el camino, eran alimentados con paja mediante unas bolsas que les colgaban del cuello. Antiguamente Roa debió estar fortificada pues se conservaban lienzos de muralla.

Roa era famosa por sus asados y, sobre todo, por la gente notable que se moría en el pueblo, como el cardenal Cisneros, o que “les morían” como El Empecinado. Como en muchas otras partes de España, la guerra debió hacer estragos como ponía de manifiesto una placa en la colegiata con los nombres de los caídos de uno de los bandos, los vencedores. No hace mucho nos hemos enterado de que las víctimas del otro bando aún están en las cunetas de La Horra, Gumiel de Izán, Aranda y otros pueblos de por allí.

La casa en que vivíamos estaba situada en la primera calle que se encontraba a la izquierda nada más pasar El Espolón, subiendo desde el río. Hoy creo que se llama calle de Los Balcones. Era un caserón en cuya planta baja estaba la oficina de Correos y nuestra vivienda en el primer piso. Se entraba de la calle por una gran puerta de madera a un portal donde estaba la ventanilla para el público. Al fondo del portal había una puerta que daba paso a un rellano por donde se entraba a la oficina y desde el que arrancaba una escalera con pasamanos y barrotes de madera que subía al primer piso. Al fondo del rellano había varias estancias y un patio al aire libre con muros de adobe y una higuera.

Con anterioridad debió ser almacén o casa de labradores, pues las estancias de la planta baja eran suficientemente espaciosas para almacenar aperos de labranza y posiblemente animales y el patio pudo ser corral de gallinas u otros bichos. La amplitud de la puerta de la calle, de dos hojas, era suficiente para el paso de carruajes y estaba dotada de un cerrojo de diente de lobo que solía cerrar yo por las noches, no sin esfuerzo y ayudándome de las dos manos.

La fachada a la calle era la base de una plaza irregular en forma de triángulo, que ascendía en plano inclinado hasta el vértice. El lado izquierdo estaba formado por una cantina y otra casa adosada y continuaba con una de las fachadas de las escuelas nacionales. El otro lado estaba formado por el comercio casa Vicente y otros caserones a continuación. Del vértice superior arrancaba una calle que pasaba por el patio de recreo de las escuelas y llevaba directamente al paseo de El Espolón, bajando unas escaleras. La plaza fue escenario de los primeros juegos y servía de patio de recreo de las escuelas.

La vivienda tenía varias habitaciones grandes, especialmente una de ellas en la que se podía andar en bicicleta y hasta jugábamos al frontón con mi padre. Había tres balcones a la calle desde los que observábamos todo lo que pasaba por la calle y en la plaza. Desde allí empecé a escuchar y aprender las canciones que cantaban las niñas en el recreo como Donde va la mi cojita, Soy la reina de los Mares, Mambrú se fue a la guerra, Donde están las llaves y muchas otras que aún no he olvidado.

Hacía el interior estaba la cocina, una despensa y un corredor que daba a una especie de corral con paredes de adobe donde había una higuera. En uno de los extremos del corredor estaba el váter. Lo de váter es un eufemismo. Era una especie de banco con tapa de madera y un redondel en el centro que daba a un hueco cerrado que bajaba hasta el suelo de la planta de abajo. Te sentabas sobre el redondel y el regalito caía al piso de abajo de forma que no hacía falta tirar de la inexistente cadena. Cuando aquello se llenaba de porquería, venían unos obreros que lo vaciaban, tapiaban el recinto y a empezar otra vez. En una ocasión tuvimos que ayudar a mi hermano Fernando que se había escurrido por el agujero y estaba agarrado a la tabla de forma que solo se le veía la cabeza y las manos. Que cada cual se imagine lo que podría haberle pasado si se hubiese caído.

Váter rudimentario.

El agua nos la traía de la fuente de cerca de casa una mujer, llamada Águeda, con unos cántaros de barro que apoyaba en la cadera y con los que llenaba unas tinajas también de barro. Era de una edad que no puedo precisar e iba siempre vestida de negro y peinada con un moño en el que se colocaba todas las horquillas que encontraba por la calle. Águeda y Mariano Pililón, grandote y colorado, fueron objeto de alguna de nuestras burlas desvergonzadas. Vaya desde aquí mis disculpas, tan sinceras como inútiles y tardías. De las tinajas se cogía el agua con un tanque de lata, tanto para hacer la comida y beber como para lavarse. Seguramente nos lavábamos lo imprescindible. Recuerdo los baños en la cocina, en un balde de cinc que mi madre llenaba con agua que se calentaba en la caldera de la cocina y que seguramente servía para que nos bañáramos más de uno sin cambiar el agua.

En la parte de abajo que pudo ser un almacén, guardábamos la leña o tizos que había que cortar con una sierra para que cupieran en el hogar de la cocina. También teníamos allí alguna gallina ponedora y recuerdo a mi padre hacer anotaciones, con un lápiz rojo, en los huevos que luego ponía a que incubaran las gallinas.

La escalera y, sobre todo la barandilla era un lugar de juego así como el portal. En el suelo del portal había una trampilla de madera muy grande con dos anillas de hierro que me tuvo intrigado durante mucho tiempo, hasta que, por asociación con las que vi abiertas en otras casas, supe que debajo de la casa había o había habido una bajada a las bodegas subterráneas. Desde entonces, tuve claro que algún día habría que explorar aquella parte de la casa.

De vez en cuando, una mula de las que pasaban por la calle se caía aparatosamente, y sin explicación aparente, al pisar la tapa metálica de una alcantarilla. El misterio era que mi padre, para rebajar la factura de la luz, había colocado un aparato que denominaba “cangrejo” en la instalación eléctrica, que hacía que el contador diera vueltas al revés, descontando kilovatios. Picardías para subsistir en épocas difíciles.

Por la edad que yo tenía, ya podía empezar a salir a la calle a hacer algún recado, era el momento de ir a la escuela, empezar a jugar en la calle y explorar el terreno que estaba más allá de las cuatro esquinas de la casa. Lo recuerdo como una época excitante y feliz.

Loli, Fernando y yo comenzamos a ir a un colegio de monjas que había en la Cava. No recuerdo nada en absoluto de lo que me pasó allí, salvo que llevábamos bata y a alguno de los tres nos llamaban Cabecita de Ajo. Más tarde pasé a la escuela nacional que había en la plaza de al lado de casa. Allí si recuerdo como formábamos en el patio al estilo militar y con la voz de “A cubrirse” tocábamos con el brazo el hombro del que estaba delante para ajustar las distancias en la fila y cómo cantábamos el “Cara al sol” falangista.

Recuerdo a don Leandro el maestro y los capones que pegaba en la cabeza para poner orden, hasta que un compañero, al cubrirse la cabeza instintivamente, no soltó la pluma con la que estaba escribiendo y que se clavó en la mano del maestro con gran regocijo de todos. Aprendimos la lección y, aunque no tuviéramos la pluma en la mano en el momento del castigo, siempre la cogíamos antes de taparnos la cabeza. Aquella treta se generalizó y el maestro tenía que contener su primer impulso de sacudirnos y nos obligaba a que dejáramos la pluma sobre el pupitre y a continuación nos arreaba con la mano o usaba directamente la regla de madera.

En los recreos aprendí a jugar a las canicas, a la peonza y a los mamarrachos que eran las tapas de cartón de las cajas de cerillas y que hacían las veces de cromos. Con los cromos jugábamos al “embruño”. Consistía en poner unos cromos en la palma de la mano tapados con la otra mano. Se decía en tono desafiante al contrario “Al embruño”. El otro contestaba “Alza el puño”. Se levantaba la mano que tapaba los cromos con un gesto rápido para que el otro no pudiera percatarse bien de cuantos cromos podía haber. El contrario decía un número y, si acertaba se llevaba los cromos. Si no acertaba, entregaba la diferencia. Ahora le tocaba al contrario hacer de “embruñador”. También aprendí a hacer las chapas con tapas de cerveza, un cristal que redondeábamos a fuerza de roerlo con una piedra y que rematábamos con jabón, para jugar a la carrera ciclista. Aunque para ello teníamos que ir a la plaza de la iglesia donde el suelo era de cemento. Aunque era juego de chicas, aprendí también a jugar a las tabas y a los alfileres enterrados que había que desenterrar golpeando con una piedra. Muchos de estos juegos, nunca más volví a jugarlos cuando nos fuimos de Roa.

Aprendí a hacer chiflos (silbatos) limando contra las paredes el pipo de los melocotones hasta que se le hacía un agujero. Sacando la semilla teníamos un silbato que funcionaba soplando en el agujero con el borde del labio inferior. También aprendí a hacer silbatos con un trozo de rama de chopo al que se le quitaba la monda con cuidado y se daba forma a la madera como si fuera una flauta con un solo agujero. Y las jeringas de saúco, “tiratacos” las llamábamos, con las que hacíamos ruido de taponazos hundiéndonos el émbolo en la barriga para apretar los tapones de estopa. Los juegos en grupo como La una anda la mula, El cinto, El pañuelo, Las cuatro esquinas, Diez navíos en el mar y otros cuantos llenaban el tiempo de los recreos y a los que, después de salir de la escuela, seguíamos jugando en la plazoleta.

Ya éramos unos cuantos en casa y los tiempos eran difíciles para llenar los platos todos los días. Además estaba el racionamiento de alimentos que se impuso después de la guerra, por el que tenías derecho a una cantidad determinada de alimentos básicos de la que no te podías pasar. Recuerdo ir con la cartilla de los cupones a casa Vicente para comprar el aceite y el azúcar. El aceite salía de un bidón que estaba debajo del mostrador, a un cilindro de cristal graduado aspirándolo con una manivela. Cuando el aceite había llegado a la raya de la cantidad pedida, se giraba la manivela en sentido contrario con lo que al aceite pasaba a la botella que habíamos llevado de casa. El azúcar lo sacaban de un saco de tela con un recogedor cilíndrico de latón que terminaba en cuña, vertiéndola en una bolsa de papel gris colocada en un platillo de la balanza hasta que se equilibraba con las pesas del otro platillo. Había que estar muy pendiente de que el aceite llegara a la raya justa y que no nos engañaran en el peso del azúcar o de los garbanzos. Además del dinero que había que pagar, te recortaban los cupones correspondientes de la cartilla. Cuando se acababan los cupones, a esperar hasta el mes siguiente.

Me llamaba la atención como partían en trozos el bacalao en salazón con una guillotina y el ruido seco que hacía. En el camino de vuelta cogía una tirita del bacalao y lo iba masticando. Era como si te hubieras echado un puñado de sal a la boca.

Una vez al mes íbamos a una tienda que estaba un poco más allá de la iglesia a hacer la compra gorda. Recuerdo especialmente las cajas grandes de galletas, una para todo el mes, la lata de anchoas, el chocolate El Mago. La lata grande de mejillones que estaban colocados por capas separadas por un papel semitransparente, de forma que cada capa que desaparecía suponía un suspiro colectivo de pena de todos los hermanos que esperábamos ansiosos el bocadillo de mejillones. El primer día había un poco de manga ancha, para pasar enseguida a la medida necesaria que permitía llegar hasta la compra del mes siguiente.

Los plátanos eran una golosina que estaba reservada al más pequeño de la familia, que se lo tomaba en forma de puré después de aplastarlo con un tenedor y mezclarlo con un poco de azúcar y galletas desmenuzadas. Para mayor INRI, a los mayores nos tocaba a veces realizar el puré y dárselo al enano. Al menos estaba el consuelo de olerlo. La leche condensada era otra golosina anhelada y escasa.

Entre tanta escasez y con el férreo control de existencias que llevaba mi madre, era difícil obtener alguna ración adicional, salvo empleando el ingenio y siendo algo insolidario. El azúcar lo almacenaba mi madre un una bolsa de tela de donde iba sacando para un bote vacío de Pelargón que hacía las veces de azucarero. En alguna visita clandestina que yo hacía a la despensa, chupaba de una de las esquinas de la bolsa que contenía el azúcar como si de una teta se tratara y conseguía diluir algo de azúcar que me endulzaba la saliva. Todo ello sin mover la bolsa de sitio y así no delatar la presencia de ladrones. El problema era que, al secarse, la zona de bolsa chupada quedaba tiesa como un cuerno, señal inequívoca del latrocinio.

Menos mal que había huevos y patatas fritas. Recuerdo que la mayor parte de las noches era nuestra cena. O lo que mi madre llamaba “el arrozacho” que era una sopa de arroz condimentado con una hoja de laurel, pimentón, una fritada de ajos y una cucharada de aceite que añadía al caldo unos ojitos de grasa como si se hubiera hecho con abundante carne y otros sabrosos ingredientes. Odié el arroz hasta muy mayor, cuando conocí la paella y otras variantes menos espartanas de cocinarla.

En la calle que iba de la iglesia a la Cava, había una pastelería a cuyo cristal me quedaba adherido un buen rato cada vez que pasaba por allí. Todavía recuerdo el olor al merengue tostado. También recuerdo una fiesta con don Isaac el médico, que era amigo de mi padre, en la que hicieron helado con una heladera giratoria y lo rico que estaba. Un sabor que se me ha quedado asociado a Roa es el de un orejón que un día me dieron en la frutería. He recordado el sabor durante mucho tiempo, pero sin asociarlo a ningún alimento en particular. Ha sido después de cuarenta o cuarenta y cinco años cuando, en unas Navidades, he sabido que aquél sabor era de los melocotones secos.

Con motivo de las visitas que nos hacía la tía Epi y los primos de León, recuerdo los paseos a las afueras por la carretera de Pedrosa o la de Mambrilla, y las incursiones que hacían a los viñedos y los melones. Esos días había fruta en abundancia y entretenimiento. Después de comernos el melón, separábamos las pipas de la melaza, las lavábamos bien, les echábamos sal y las poníamos al sol a secar sobre papel de periódico para luego darnos un festín. A veces íbamos a pescar cangrejos al río y ese día nos poníamos morados de cangrejos con patatas que a mi madre le salían muy ricos.

La lucha por la subsistencia en aquella familia que empezaba a ser numerosa, se libraba a diario y en todos los frentes. Raro era el día que yo no me acordara de la tierra de promisión: Vegarienza. Los tres o cuatro meses de verano que pasábamos allí, con abundancia de patatas, legumbres, embutidos del samartino, la leche y mantequilla de cinco o seis vacas y abundantes huevos, eran un remanso en tanta necesidad como se pasaba en Roa. Mis abuelos se pasaban el resto del año trabajando y almacenando lo que nosotros devoraríamos cual plaga de langosta.

En el post Últimos años en Roa se habla de los siguientes años que vivimos en Roa.

2006 Casa que fue Correos, cántaras de agua, 2006 colegio de religiosas en La Cava, 2006 confitería. Cerrojo puerta, sierra tizos, carro con toldo tirado por mulos, heladera, niños cantando “El cara al sol”.

2006 Casa que fue Correos, cántaras de agua, 2006 colegio de religiosas en LaCava, 2006 confitería.
Cerrojo puerta, sierra tizos, carro con toldo tirado por mulos, heladera, niños cantando “El cara al sol”.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: mundoanuncio.net, navarchivo.com, apuntes-de-viaje.blogspot.com, todocoleccion.net, ANAGarcíaSandoval.Twitter…., laalcazaba.com, …. , milrecuerdosdelpasado.wordpress.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s