Tío Aecio (cazador y cuentista)

Aecio de la Calzada en el prado Travieso. Sosas del Cumbral

Aecio de la Calzada estaba muy orgulloso de tener nombre de general romano. Su segundo nombre, pues se llamaba Aecio Clodoveo, era otra cosa. En la escuela, cuando los chavales querían meterse con él, le decían Aecio Culoteveo cosa que le ponía encendido. Era el mayor de los diez hijos del señor maestro de Sosas del Cumbral, Emilio de la Calzada. Estudió en los agustinos donde aprendió hasta latín. No sé si de ahí le venía su facilidad de fabular y de sacarle punta a todo lo que sucedía a su alrededor. Sin duda era el que más nos divertía a los sobrinos con sus historias, algunas de las cuales llegó a escribir en forma de cuento. También era aficionado a la poesía y enhebraba versos con facilidad como la poesía titulada “La Boda del Siglo” que escribió con motivo de la boda de su hermana Honorina y que se acompaña al final.

Cuando se juntaba con sus hermanos, Baldomino, Emilio, Pepe y otros mozos del pueblo, siempre era el promotor de bromas que luego se encargaba él mismo de contar, con todo tipo de adornos, para mayor escarnio del embromado. En el post “A nateras y quesos“, reproduzco casi como él nos lo contaba, lo que sucedió cuando fueron a robarle quesos al tío Francisco y la tía María.

De todos nosotros era conocida la historia de cómo los lobos le comieron la burra a Benedito, atada a la cancilla del prado de la Tablada o el de Vegarriondas, mientras él segaba verde a menos de cien metros. El tío Aecio nos la contaba a su manera. Decía que Benedito oyó que la burra ronaba y le gritó

Ay que ver con la burra. ¡Calla coño!, ronas como si te estuviesen comiendo los lobos – y siguió segando

Cuando terminó y vio la burra agonizante con grandes dentelladas en el cuello , tiró al suelo el saco de verde que llevaba al hombro y, levantando los brazos furioso, gritó como esperando que los lobos le oyeran:

Desgraciaos, muertos de hambre, me habéis dejao a pata – tal parecía que la burra le importaba un pimiento, pero no así tener que llevar el saco a hombros hasta su casa.

Al día siguiente, cuando Aecio le vio caballero de una burra prestada, le preguntó con sorna

Benedito, ¿no será esa la burra que te comieron los lobos? – y se desternillaba de risa

Calla, calla – le contestó Benedito furioso – que te doy con la cachaba.

También era muy celebrado en Sosas el susto que le dieron al Tremoriego para que no regara tanto y que se incluye en su relato “La muerte del cochino” que acompaño al final del post.

Cuando Aecio llegaba a Vegarienza daba rienda suelta a su pasión por la caza. Cogía la escopeta de dos cañones calibre doce y se iba para el monte, casi siempre sin perro, en busca de perdices y codornices o al acecho de las palomas torcaces. No recuerdo que cazara ninguna de estas volátiles, pero a falta de estas piezas difíciles de cazar sin perro, si le vi muchas veces pegando tiros por El Valle detrás de los grajos que, al menos, se sabía por dónde andaban por lo ruidosos que son. Creo que tampoco cazó ninguno, aunque si les asustaba lo suficiente como para que perdieran alguna de sus plumas azules y negras, con las que adornaba orgulloso su sombrero de cazador.

Otra de las cosas que le encantaba era cuidar de las tres o cuatro colmenas del eiro del Retiro en Vegarienza y, cuando era el momento, les extraía la miel. Se cubría la cabeza con una careta casera hecha de tela y con un trozo de tela metálica fina delante de la cara. Yo le ayudaba a preparar el fuelle con el que producía humo para atontar a las abejas y que así le dejaran trabajar. Para que el humo fuera abundante probamos diversos combustibles, pero era la boñiga seca de vaca la que producía el humo más denso y atontador. Mientras él manipulaba las colmenas, nosotros nos manteníamos a una distancia prudencial, pero era tal el zipifostio de abejas que se formaba que, en ocasiones, llegaban hasta donde estábamos y teníamos que salir corriendo. Una vez una abeja me picó en el interior de la oreja y de poco sirvió el formol que me echaron. De verdad que creí morirme.

Estaba casado con la tía Jamina, berciana, la mujer más dulce y cariñosa que he conocido, y tuvieron seis hijos. Vivieron en Ponferrada y Madrid, donde viví con ellos durante mi primer curso en la universidad. Les estoy profundamente agradecido.

En cierto modo fue responsable de que yo haya nacido. Coincidió en León trabajando en Correos con el que sería mi padre y se hicieron amigos. Un día mi padre le acompañó a casa y allí conoció a mi madre.

A sus noventa y tantos años, seguía tieso como una vela, como corresponde al porte de un cazador de raza.

Tío, allá donde estés, si cabe alguna capacidad de ensoñación, seguro que en alguno de los interminables ratos de ocio de que dispongas, te imaginarás al acecho, emboscado en un sombrajo de piornos y escobas, apuntando a un rebollo repleto de palomas torcaces, mientras te relames como La Raposina ante un nidal repleto de huevos de gallina. Ante tal abundancia de palomas, estás indeciso sobre a cual apuntar y luchando denodadamente con la escopeta, que parece tener vida propia y aprovecha cada uno tus momentos de duda para fijar su punto de mira en un grajo rezagado que comparte el roble con la bandada de palomas. Y es que la pobre escopeta, después de tantos años y lances con el tío Aecio, tiene fijación por estos pájaros estruendosos y de plumas azules. Buena caza, tío.

La matanza del cochino (autor: Aecio de la Calzada)

Estamos en Omaña, comarca montañosa y ganadera de la provincia de León: verdes prados, ríos trucheros de aguas transparentes y altas cumbres, coronadas de nieve, anuncian ya, a mediados de Noviembre, la exacta cronológica llegada del frío Invierno de todos los años.

En uno de sus numerosos y apacibles pueblos, casi aldeas, y de cuyo nombre no me acuerdo, se preparan sus habitantes para realizar la imprescindible y consuetudinaria “matanza del cochino” que encabeza estas líneas y es motivo de este curioso relato, un tanto jocoso, salpicado de vocablos y frases autóctonas propias del dialecto omañés.

Vamos, pues, a continuación de este preámbulo, a describir, no sé si con acierto, los detalles y operaciones y las faenas también llamadas “samartino

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Era, como ya hemos dicho anteriormente, a mediados de noviembre, un día cualquiera, y apenas el astro rey, que nos calienta, había extendido sus rubias guedejas sobre al altozano de “La Cachiza”, cuando he aquí como cuatro convecinos del pueblo sin nombre, fuertes y robustos, bien provistos de todo lo necesario para el sacrificio, como son cuchillos, tan relucientes y afilados, que mejor sería denominarlos dagas florentinas, una soga y, especialmente, rebosando buen humor y más talante, se acercaron a la casa de Don José, el Maestro, donde se había de realizar la siempre añorada matanza del cochino.

A propósito, me parece bien intercalar aquí que, tanto estos cuatro vecinos, que ya cito, como el resto de la casi totalidad de los habitantes del lugar, le profesaban cariño y respeto al señor maestro, el cual los había liberado del analfabetismo, convirtiéndoles a la vez en pequeños enseñantes capacitados, como auténticos misioneros, para impartir sus conocimientos a otros semejantes en otras comarcas, no tan cercanas, como eran entonces los pueblos y aldeas que circundaban la villa de Cangas, donde pasaban enseñando durante el invierno, casi cuatro meses, con el aplauso y agradecimiento de aquellas buenas gentes.

Bien, pues concluido ya este inciso, pasemos a describir con todo detalle los sucesos y anécdotas que acompañaron la famosa matanza.

Previamente se había dispuesto delante de la casa un fuerte banco de roble, un cubo o caldero y demás utensilios pertinentes.

Llegados, pues, a la casa, los cuatro buenos mozos saludaron a su dueño. Diciendo

¡Buenos días don José! ¿Dónde está el cochu?

A lo que respondió el aludido

Ahí está, en el cubil, sacadlo. Pero si no esperad, que os voy a convidar, antes que comencéis con vuestro trabajo, con esta parva.

¡Esu, esu! ¡Muy bien!. Muchas gracias don José.

De inmediato ordenó el maestro a una de sus hijas, llamada Laudelina, que sacara el botellón con cuatro vasos en una bandeja y lo colocara allí mismo en una improvisada mesa “ad hoc”.

Y acercándose el mismo don José, les sirvió sendas “copisinas” de lo que hoy llamarían droga, pero no, que era aguardiente y del bueno, traído, no ha mucho, del cercano Bierzo.

Al unísono, los cuatro vaciaron sin contemplaciones el orujo en sus resecos gaznates, pues, por el intenso frío, estaban enganidos, tiritando.

A continuación, sacando sus petacas, rellenas de buena picadura tabaquil, liaron con destreza sus cigarros con papel “El Automóvil” que encendieron deseguida con sus chisqueros de larga mecha y pedernal.

Y, dando profundas chupetadas, con los cigarros pegados a su labio inferior, se dirigieron de nuevo a su trabajo, como sigue.

Procedieron incontinente a entrar en el cubil donde, presintiendo lo que le esperaba, gruñía el cocho de 180 kilos, dando vueltas sin cesar y acometiéndolos con tanta fiereza que parecía un “jabaril”.

Como valientes que eran y avezados a estas lides, echáronse encima del gorrino, y agarrándolo unos por las orejas y otros por el rabo, lo sacaron, sin su consentimiento, a la calle con el propósito de tumbarlo sobre el banco.

El enfurecido verraco envestía con todas sus fuerzas contra los matarifes, y no les permitía, faltaría más, que lo subieran sobre el banco, dando temibles hocicadas a diestro y siniestro. En vista de lo cual, el más fuerte y más alto de los cuatro dijo:

¡Coño!, dejáimelo a mí.

Y, sin otras precauciones, es el que visto y no visto, se abalanza a la jineta sobre el enfurecido suido, el cual, viéndose momentaneamente libre de los otros tres que lo sujetaban, emprendió una alocada y veloz carrera calle abajo hasta llegar a la casa del cura, donde, llevado de un ímpetu incontenible y dando un gran brinco, sepultó a su improvisado jinete, mal a su pesar, cuan largo era sobre el “esterquero” consabido.

Entonces, más rebozado de lo que él quisiera, levantóse aturdido el cerduno caballero y comenzó a pedir refuerzos, que no tardaron en llegar de manos de los otros tres expectantes del inusitado suceso, que reían a carcajadas.

Entre los cuatro, sacando fuerzas de flaqueza, lograron echarle “el pesqui” de nuevo al embravecido verraco de 180 kilos y llevarlo, contra su voluntad, al lugar del sacrificio y, logrando ahora con alguna que otra ayuda, tumbarlo sobre el banco.

A continuación, y para evitar otra posible fuga, sin más preámbulos, lo sujetaron con una fuerte soga en tanto el puerco de 180 kilos gruñía sin cesar.

Luego, se dispuso el matarife a ejercer su oficio, no sin antes decirle a una convecina, diestra en estos menesteres, que atendía en forma coloquial por el nombre de Gilboneta, que aprestara el cubo de recoger la sangre, para hacer posteriormente las “frisuelas”, tan ricas y propias de esta tierra.

Contestó la interpelada, mostrando el brazo derecho desnudo, que todo estaba “aseito”.

Así pues, sin más dilaciones, estando el cerdo de 180 kilos bien amarrado al duro banco, uno de los cuatro, el matarife tomó en su diestra el cuchillo de sangrar, y de un certero golpe al gran marrano de 180 kilos, este comenzó a soltar un gran chorro intermitente de líquido escarlata dirigido al cubo de la Gilboneta.

Esta, sin dejar de revolver la sangre en el cubo, comenzó a decir:

¿Ah you!. Peque este cocho no sangra comu outras veces. ¡Habrásele atraganto algún cuajaron en el butiello!

¡Ja, ja, ja!. Repitió al unísono toda la concurrencia, sin poder reprimir la risa.

Tu revuelve y si no canta, que estamos todos callaos como si fuéramos mudos.

¿Y qué voy a cantar, chacho?

Pus lo que sepas, coño. Por ejemplo, lo que intentabas cantar y no cantaste por las Flores de Mayo, que quedaste aturullada ante toda la Iglesia y te espetó el tío Jacinto: “¡Arranca Ginorra que te escazuelo!”

Esu non ye verdá, contestó la aludida.

Bueno, eso lu dices tú, pero por ahí se habla lo contrario. En fin, dejémoslo, que hay que pelar el cocho de 180 kilos.

El cual aún gruñía y “espatalejaba” en los estertores de la muerte, como alegando el no haberle dejado defenderse en juicio justo, como a cualquier hijo de vecino.

En cuanto dejó de respirar el gran cochino de 180 kilos, despidiéndose de este mundo traidor en contra de su voluntad, procedieron incontinentes los cuatro matarifes, ayudados ahora por varias mujeres del pueblo, a raparle bien las duras cerdas al animal con agua hirviendo, mediante sus cuchillos tan relucientes como dagas florentinas.

Una vez bien afeitado, que podría ser presentado en la sociedad cerdil con unánime aplauso, lo llevaron a pesar en romana, esta vez ayudados también por don José, y dio en ella exactamente 180 kilos.

Y dejando el marrano colgado de una fuerte viga de roble a escurrir, pasaron todos a continuación al comedor a reponer sus fuerzas, que ya iban algo exhaustas.

Excusado será decir lo que embaularon los comensales en sus respectivos estómagos. Sabroso caldo montañés con tropezones, churrasco y cecina del Valle Gordo, chorizos y jamón, procedentes, sin duda alguna, de otro antepasado del hoy ajusticiado suido, pan y postre, todo ello bien regado en abundancia con excelente vino de Cacabelos.

————————-

Mientras se celebraba de esta guisa la matanza, subieron de tono las calorías de los satisfechos comensales, y uno comenzó a decir.

Os voy a contar lo que le pasou el otro día al Tremoriego.

¡Cuenta, cuenta! A ver qué le pasou.

Pus mirai lo que dicen por ahí: Que estaba él una noche regando su prau de La Cortina, a causa de estar partida el agua, por mor de la pertinaz sequía, cuando vio que le cruzaban el prau tres hombres desconocidos y se pasaban al camino, hoy carretera, caminando marcialmente hacia Porquin.

Él, que se estaba calentando al amor de una lumbre y, medio muerto de miedo, al percibir tan extraños visitantes, y pasar éstos por el camino frente a donde él se estaba calentando, con curiosidad galaica, aún se atrevió a decirles:

¡Pasen, pasen, si quieren y caliéntense, que hace mucho frío!

A lo que contestaron desde el camino los desconocidos.

¡Caliéntese usted, buen viejo, que nosotros bien calientes vamos, que hasta llevamos el fuego por dentro!. Y uste mejor estaba en casa que no regando a estas horas, pues la noche no se ha hecho sino para los lobos y para nosotros.

Siguieron caminando con paso marcial, que más bien parecían soldados de maniobras, pues, al parecer, portaban sendos mosquetones al hombro, aunque algunos dicen que eran de palo.

El caso es que el mencionado Tremoriego, según dicen por ahí, mojó los pantalones y no volvió a salir de noche a regar sus praos.

Cheichos, cheichos, dijo uno, ¿y no se sabe quiénes eran ellos?

Aún no se sabe, por ahora

Y esta fue la anécdota que les contó uno de los matarifes con gran regocijo de todos.

Ahora, pues, dejaremos para mañana los restantes detalles de esta famoso samartino.

————————————–

Así, pues, al día siguiente, se reunieron de nuevo los matarifes y mujeres, con Gilboneta al frente, para dar término al azaroso suceso de la víspera.

Bajaron los mozos al gorrino, que colgaba de la viga, esta vez ya sin protestas del ajusticiado, colocando su enorme masa de 180 kilos, no sin esfuerzos, encima de una gran masera, destinada ad hoc para el despiece.

Y con gran habilidad y destreza lo convirtieron, no digo en picadillo, pero si en unos cuantos trozos apropiados para colgarlos en sus respectivas “espeteras” y aguardar la curación.

Luego, todos los intervinientes en este famoso samartino, bien lavados y aseados en las transparentes aguas del río Baltaín, que por allí pasaba al azar desde el principio de la creación del mundo, también pasaron al comedor, con buen humor y mejor apetito, a celebrar el venturoso final del gran suceso anteriormente descrito.

Como colofón a este pantagruélico banquete, cabe mencionar, entre otros platos, una gran torre de “frisuelas” que hicieron las delicias de los cooperantes, y las cuales, pasaron, sin protestar, a mejor vida.

-FIN-

NOTA: en la anécdota del Tremoriego, se hace referencia a los huidos de la guerra que andaban por aquellos montes. La gracia es que fueron Aecio, Emilio y Baldomino los que desfilaron delante del Tremoriego, con un palo al hombro simulando un fusil y tapados con una manta a modo de capote, para asustarle y que dejara de usar el agua para poder regar ellos. De ahí, el regocijo con el que lo celebraban en el banquete. Aunque no se menciona el nombre de Sosas es evidente en que pueblo transcurre la historia. Al señor maestro se le asigna un nombre ficticio.

La boda del siglo (autor: Aecio de la Calzada)

Allá por los años treinta,
según relata la Historia,
aconteció el gran suceso
que quiero contar ahora.

Cuando los campos semejan
un mar de flores encaje,
y los árboles se visten
de sus más verdes ropajes,

De León en la montaña
dos almas de las mejores
se dieron el “si quiero…
a la sombra de los robles.

Con trompetas y añafiles
su propia boda anunciaron
a todos los comarcanos
que solícitos llegaron.

Alegre y puntuales,
luciendo todas sus galas
cual dicen los cronicones
a la cita ya anunciada.

Los “curquiellos” de Valbueno
aún no se les ve el plumero
pero es de sospechar
que ya vengan hacia El Fueyo.

Enfilando campo arriba
las mozas de Villapán
cantando alegres tonadas
ya bajan pol Cerradal.

Los mozos de Rodicol
ya columbran La Collada,
con chalinas de colores
agitando las cayadas.

Tañendo sus chirimías,
de Cornombre y Manzaneda,
por La Congosta ya bajan
la su mocedad entera.

Las campanas de la Iglesia,
por Amador tocadas,
repican a ceremonia
religiosa y deseada.

Esta Iglesia no es Iglesia
que es Catedral entera,
asentada en La Cubata
dominadora de sierras.

A ti acuden presurosos,
sin pensar en los agobios,
y don Restituto les dio
la bendición a los novios.

Y en El Campo de las Sendas
se formó la zarabanda:
baile “chano”, jotas recias,
panderetas y charangas.

En el hotel “Mira el Rio
cien cabritos, diez capones
flacas fuerzas restauraron
mazapanes y roscones.

Todos quedan satisfechos,
y, por si algo faltara,
con el vino de Sosiellas
se terminó la parranda,

Con fuegos artificiales,
ofrendas de vino y rosas,
en la aldea de Garueña
y en la gran ciudad de Sosas.

Autor dixit.

NOTA: Además del título rimbombante y el relato de la boda como hecho excepcional en la región, nótese como remata con los dos últimos versos, la tradicional rivalidad entre Sosas y Garueña de donde era el novio, el tío Balbino Mallo.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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5 pensamientos en “Tío Aecio (cazador y cuentista)

  1. Se parece en la foto a esos carabinieri que acompañaban a Michael Corleone en los paseos con Apolonía.

    Muy bonita, sentido y bien escrito el recuerdo a Aecio (al que creo que llegue a conocer). Él mismo escribe muy bien aunque pone infinitas comas y algunas cosas las repite infinidad. Se ve que no se leia sus cosas después de escribirlas.

  2. Buenas tardes. Estuve releyendo, después de algunos años, el relato y la anécdota sobre Joaquín, “El Tremoriego”. Entiendo la Literatura como un camino hacia el entendimiento entre personas, un puente que nos permite comprendernos, dentro de la profundidad de las Humanidades, del ser humano y de su esencia. Por ello, me gusta recordar a Joaquín tal y como me lo describía mi padre, nieto suyo, una descripción que siempre realizaba con respeto y emoción, hasta el último día de su vida. Desde aquí mi recuerdo y cariño hacia los dos, mentor y alumno, también mentores de todos nosotros, su familia, que tratamos de aprender tantas cosas buenas de ellos. Muchas gracias.

    • Natalia, encantado de que una biznieta de Joaquín “El Tremoriego” lea mis recuerdos sobre él. Le cito en varias entradas del blog y aún recuerdo verles a él y a mi abuelo haciendo la pared de Las Llamas en la zona de Castriello de Vegarienza.
      Tras el episodio que cuento, creo que “El fin del mundo”, que debió suceder cuando yo tenía cinco o seis años quedé tan avergonzado por cómo afeó mi conducta que rehuía cruzarme con él. Al respeto habitual hacía los mayores se añadió el miedo a que me volviera a chorrear.
      Creo que cuando años más tarde pasó varios días en Vegarienza ayudando a mi abuelo, aún tenía yo cierta prevención por el mal recuerdo de mi intervención, gritando su apodo sin saber que prefería que le llamaran por su nombre.
      Saludos.

  3. También leí la descripción de “Casa Selima” y me trajo muy buenos recuerdos de Vegarienza. Muchas felicidades por su blog y por el trabajo realizado en él. Reciba un cordial saludo.

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