Mater tua mala burra est (latín y garbanzos)

Sin los cuidados de la loba Luperca, la peripecia que se relata no habría sucedido.

Está generalmente aceptado que los españoles, o al menos una parte importante de ellos en la que me incluyo, tenemos poco éxito en el estudio de idiomas modernos como el inglés, probablemente el más sencillo de todos. Y no me lo explico muy bien después de haber superado con relativo éxito el aprendizaje de un idioma tan complejo como el latín que empezamos a estudiar en segundo de bachillerato en la Academia Carrasconte. Entonces era una asignatura tan importante como las Matemáticas o la Geografía. De hecho se estudiaba en segundo y en tercero con mayor intensidad y con profesores mejor preparados que los que enseñaban el idioma moderno al uso, que en la Academia habían decidido fuera el francés. El profesor de Latín solía saber latín, lo que no siempre sucedía con los profesores de francés. Al principio mis notas de latín no debieron ser muy allá, por lo que mi padre, que había estudiado con los Salesianos, tomó el papel de instructor de refuerzo aprovechando la hora de la comida y, entre plato y plato, se dedicaba a hacerme transitar por las declinaciones con gran perplejidad y dolor por mi parte. No sé si era por su falta de método o porque a mí se me pasó por alto algún detalle trascendente de sus enseñanzas, lo cierto es que yo me sabía bien, de memoria quiero decir, las declinaciones. Barco era “navis, navis, navi ……” y una retahíla en castellano al lado de cada modo “el barco, del barco, para el barco…..”, pero mi padre no parecía estar muy de acuerdo con mi percepción del latín. Porque para mí, barco era básicamente “navis” y para mi padre eran muchos los matices a tener en cuenta. Recuerdo un día que, entre cucharada y cucharada, mi padre me ponía una frase que incluía barco para que yo la dijera en latín. Donde mi padre decía barco yo ponía navís sin titubear. Mientras los hermanos miraban hacía el plato mascando, además de los garbanzos también los aires de tragedia que se adivinaban, mi padre me miraba muy serio y repetía la frase en castellano. Yo volvía a poner navis en el lugar de barco, vez tras vez, sin preocuparme si era el sujeto de la oración o el complemento directo. Hasta que mi padre me soltaba un sopapo, con su mano regordeta y llena de pecas que parecía un martillo pilón, y a mí se me saltaban las lágrimas. No sé si tanto por el dolor como por la vergüenza que me producía que el sopapo fuera contemplado por todos los hermanos ante los que yo solía ir de chulito casi siempre. Después de un par de minutos, que mi padre empleaba en recobrar el resuello y yo en sorberme los mocos, me decía que “para el barco” era “navi” y yo, que no entendía la importancia del contexto, llegaba a la conclusión de que a mi padre le gustaba más “navi” que “navis” cuando se hablaba de barcos. Tomaba buena nota de ello y cuando mi padre iniciaba otra frase como “El barco llegó a puerto”, yo empezaba muy seguro “Navi ……” y vuelta a empezar con sus miradas asesinas, muy mortificado por tener un hijo tan inútil, yo pensando que a mi padre no había forma de contentarle ni con “navis” ni con “navi”, otro bofetón y lágrimas y mocos por doquier, mientras mi madre se iba a la cocina con los nervios de punta a por algo que creía se le había olvidado. Yo rezaba para que llegara la hora de volver a la Academia o que a mi padre le llamaran de la oficina de Correos. Hasta que mi cabecita entendió que la cuestión era que cuando El barco era sujeto de la oración había que usar ”Navis” y que cuando era complemento indirecto había que decir “Navi”, las comidas fueron un suplicio para toda la familia aunque las lágrimas y los mocos los pusiera yo solito. En el fondo pensaba que el latín estaba bien muerto, por aquella manía de los romanos de complicarse la vida llamando a la misma cosa, barco, de doce formas diferentes. A partir de tener en claro pequeñas cosas como aquella, mejoraron las notas de Latín e incluso empezó a gustarme y era capaz de entender frases maliciosas como “Mater tua mala burra est” o “Yovi flores secas” (1) que nos decían los de quinto curso de letras. Y, sobretodo, a las comidas familiares volvió la calma y mi supuesta dignidad de hermano mayor no se puso tan en cuestión como en aquellas sesiones gastronómicas en que se mezclaba el sabor a garbanzos con las lágrimas y el soniquete cantarín de las declinaciones latinas. A restablecer la situación me ayudaron los profesores de la Academia de Carrasconte (Don Cándido, Bances y otros) y mi instinto de supervivencia. Una vez hecho el examen de reválida, tiré el latín a la papelera y solo me sirvió en las visitas a los espacios monumentales con restos romanos, donde era capaz de enterarme de lo que decían algunas inscripciones en lápidas y frontispicios.

(1) Para los que no hayáis estudiado latín os aclaro que el significado de estas frases dista mucho de lo que se puede entender a primera vista. Su traducción es Tu madre come manzanas podridas y Cortas flores para Júpiter. Queda demostrada la importancia de saber idiomas para no mosquearse cuando hablen de tu madre.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: apolomass.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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