Últimos años en Roa (el aprendizaje de la calle)

Gesto supremo de camaradería en Roa de Duero, allá por 1952 o 1953

Con siete u ocho años ya me daban permiso para ir más allá de la plazoleta de mi casa, hablo de la casa de Correos de Roa de Duero donde trabajaba mi padre como administrador, y empezó un tiempo de experiencias en que raro era el día que no aprendía algún sitio nuevo donde ir o alguna cosa excitante que hacer. Éramos como una página en blanco en la que solo estaba escrita la palabra inocencia, pero no con tinta indeleble, y que cada día se desvanecía más a medida que aprendíamos cosas, oíamos lo que los chavales mayores nos transmitían o visitábamos nuevos lugares. Era el aprendizaje de la vida.

Yo era bastante tontorrón y recuerdo cómo caía una y otra vez en las bromas de los más mayores. Cuando volvíamos a la calle nada más parar de llover, siempre había alguno que me gastaba la misma inocentada. Se acercaba a un árbol pequeño y me gritaba “¡Corre, corre! Mira, un nido”. Yo acudía corriendo donde estaba él y me ponía a mirar hacia arriba como un tonto, momento que aprovechaba el bromista para sacudir el árbol y empaparme con las gotas que aún estaban sobre las hojas. Era tal el entusiasmo que ponía en seguir a los mayores, que aquella broma me la pudieron hacer cuarenta o cincuenta veces. Hasta que fui capaz de pensar un poco antes de seguir alocadamente a los mayores, y entonces me convertí yo en embromador de los más pequeños, disfrutando del placer de sentirte menos tonto que el que habías empapado y de subir un escalón en el escalafón de la calle.

La sensación de peligro no existía en la calle pues casi no había vehículos. Había un autobús que venía de Aranda todos los días, algunos camiones desvencijados y un par de coches en todo el pueblo, que iban tan despacio que, cuando oías el ruido del motor, te daba tiempo a atarte los cordones de las dos botas en mitad de la calle antes de que los vieras aparecer. Cómo serían de rápidos, que uno de los deportes favoritos era subirse a la trasera de los coches, agarrados a la rueda de repuesto que llevaban detrás y con los pies sobre el parachoques. Solo había que tener la precaución de tirarse antes de que empezaran a bajar una cuesta ya que allí se embalaban. Subirse al coche era sencillo y el conductor no se daba ni cuenta, pero bajarse era algo más complicado pues había que seguir corriendo a la misma velocidad del coche y, a veces, se pagaba con un buen desconchón en las rodillas. Está claro que esto solo lo pude hacer después de haberme curtido en otras peripecias menores.

Pero la ausencia de sensación de peligro era cierta. No más peligro que el que podías tener en la plazoleta de delante de casa. En una ocasión estaba sentado en una piedra, a modo de mojón, que había en la esquina de casa y que daba a la calle de El Resbalón. Sin saber ni por qué ni de dónde vino, me pegaron un cantazo en la cabeza que me hizo una brecha. Y es que en Roa las pedreas estaban a la orden del día. Se montaban tan pronto como nos encontrábamos dos grupos de distintos barrios y solo se terminaban cuando en tu bando había muchos afectados por las piedras y había que salir corriendo o cuando se acababan las piedras. Y solíamos tener buena puntería. Nos entrenábamos tirándoles a las ratas que había en la salida de las tuberías de los desagües que estaban al lado de las escaleras que bajaban desde el Espolón hasta el río. Nos pasábamos allí horas sacudiéndoles a los roedores.

Y cuando no había pedrea, organizábamos batallas a espada en las eras que estaban cerca de la Cruz de San Pelayo. Un buen día desaparecían de todas las casas los mangos de las escobas, que eran de madera, y se convertían en espadas que esgrimíamos con ardor, influenciados por lo que leíamos en los tebeos del Guerrero del Antifaz, “novelas” les llamábamos allí, y la película de Robín de los Bosques. Nos juntábamos un montón de chavales y allí nos pasábamos la tarde dándonos mandobles, conquistando posiciones y muriendo en combate. Siempre era un problema decidir quién había ganado la batalla, pues en el recuento de muertos no siempre había consenso.

Viendo a los mayores, aprendí a trepar por las columnas cilíndricas de hierro de los soportales de la plaza, que estaban pulidas como el cristal, poniéndome un cinturón a la altura de los tobillos y reptando columna arriba. También dominaba el uso del aro con el que recorría todas las calles del pueblo a todo correr. A deslizarme en invierno cuando había hielo en la calle y hacíamos los resbalitos. A jugar al frontón, al balón, a la tarusa en La Cava. A comer la capa verde y dulce que tenían en su interior el “cagao de puta” que era como llamábamos a las vainas del algarrobo. Lo de cagao era por el color marrón que tenían las vainas cuando estaban maduras. El genitivo ya no se a que obedecía.

Y a deslizarme por las baturras. Las baturras eran un canalillo que hacíamos en la tierra arcillosa en la pendiente que bajaba desde el paseo de El Espolón a la carretera que subía del río. Podía ser una distancia de entre ochenta y cien metros. Todos los del grupo nos poníamos en la parte de arriba de la baturra y meábamos en la canal, con lo que conseguíamos que se formara una película de barrillo superficial sobre la que resbalábamos. Nos poníamos con un pie en la baturra y, doblando esa pierna mientras estirábamos por delante la otra, empezábamos a bajar a toda velocidad manteniendo el equilibrio con una mano a cada lado de la baturra. Normalmente no pasaba nada y el juego se acababa cuando ya no podíamos mear más y la baturra se secaba. Un día de mala suerte me rompí la pierna derecha y un vecino mayor que yo que me vio, me llevo a casa arrujas mientras yo lloraba a voz en grito. Los cuarenta días de escayola fueron un suplicio por el picor y, sobre todo, por lo que me estaba perdiendo en la calle. Mi hermano Fernando me dice que el día de la rotura de pata, en un “más difícil todavía” a que nos tenían acostumbrados los titiriteros que de vez en cuando llegaban a Roa, yo le llevaba a él sobre la espalda mientras bajábamos por la baturra. Demasiados kilos para tan poco hueso.

No sé si con conocimiento de mi madre o en su completa ignorancia, nos acercábamos hasta la ribera del río Duero que pasaba por allí con un caudal respetable, color barro. En primavera, cuando el fruto de los almendros estaba en leche, bajábamos como una bandada de langostas desde el Espolón a las tierras de labranza que estaban al lado del río y nos hartábamos de almendrucos. Además de hartarnos a pié de almendro, nos remetíamos los jerséis debajo de los pantalones, a modo de barriga suplementaria, y los llenábamos de almendrucos hasta que parecíamos embarazadas y emprendíamos el camino de regreso a casa. Ahora me imagino la gracia que les haría a los dueños de los almendros.

Aprendí a hacer cosas completamente inútiles, pero necesarias si querías mantener un cierto estatus dentro del grupo. Como restallar los dedos tirando de ellos hasta que se descoyuntaban o eructar adrede encogiendo y estirando la tráquea como si fueras un pavo, hasta que se te irritaba la garganta y no podías más. Imitar el ruido que hace un corcho cuando salta de la botella, metiendo un dedo en un carrillo de la boca y sacándolo haciendo palanca. A tirar sonoros pedos apretando con el brazo la mano ahuecada colocada en el sobaco para regular la salida del aire, haciendo el pedo más o menos sonoro y largo. Todos estos ruidos, era un recurso muy socorrido en las situaciones solemnes o cuando había que estar en silencio. Era el caso de cuando se hacía cargo de la clase de don Leandro un profesor medio sordo o que no se enteraba de nada. Tan pronto el profesor se volvía de espaldas para llenar la pizarra de trazos blancos, se levantaba un guirigay de eructos artificiales, pedos sin olor y taponazos que provocaban un alud de risas y miradas cómplices, mientras el profesor seguía a lo suyo explicándonos la regla de tres, no enterándose del barullo que inundaba toda la clase o haciéndose el tonto mientras nosotros seguíamos simulando escribir en los cuadernos sus doctas enseñanzas. Un auténtico diálogo para besugos. Había algún chaval que añadía a aquel repertorio de tonterías darse la vuelta al párpado, mientras seguía como si tal cosa hablando y mirándote con el borde del ojo sanguinolento. Por más que lo intenté no lo conseguí, pues no tenía el valor suficiente. Y otras cuantas cosas más, gansadas más bien, que te permitían seguir el ritmo de la pandilla.

La pandilla era importante, pero los más amigos no pasaban de dos o tres. Entre fechoría y fechoría, caminábamos por la calle en línea con los brazos sobre los hombros de los que iban a tu lado. Era con los que compartías un trozo de bocadillo o a los que dejabas dar un mordisco en la pastilla de chocolate de tu merienda. Eso si, bien marcado con los dedos el límite de donde sus dientes no podían pasar. Cuando uno de ellos te traicionaba o no te dejaba morder de su merienda, surgía el mayor de los reproches, que se materializaba en la frase “Ya no te ajunto”. Y durante unos días o unas horas o solo unos instantes, dejaba de formar parte de tu círculo de los más queridos y ya no le pasabas el brazo por el hombro. Hasta que hacía méritos, se mostraba compungido por su comportamiento y terminaba por decir la frase ritual “¿Me ajuntas?”. Tu, que en el fondo te sentías peor que él, decías que si le ajuntabas y todo volvía a la normalidad, a compartir juegos, pertenencias, meriendas y confidencias.

La indumentaria habitual eran unas sandalias de cuero con hebilla, calcetines, pantalones cortos y, en invierno, jersey y medias de hilo hasta la rodilla sujetas con ligas, alrededor de las que enrollábamos lo que sobraba de las medias. En invierno solía hacer mucho frío y un aire tan fuerte que lanzaba las piedrecillas contra las pantorrillas a una fuerza tal que parecían picotazos. En una ocasión me compraron unas zapatillas de esparto que no pesaban nada en comparación con las sandalias. Fue tal la sensación de ligereza que cogí el aro y me recorrí el pueblo varias veces a toda mecha. Todavía no se había inventado el marquismo. Me imagino a mis hijos con unas medias con ligas y sandalias con hebillas o zapatillas de esparto que no decían que eran Nike.

Debido a todas aquellas travesuras, conocí varias veces el efecto de la suela de goma de la zapatilla de mi madre en el culo y, sobre todo, como escocía en la parte de atrás de los muslos, que el pantalón corto dejaba al aire. Si tengo que ser justo, siempre tuve el convencimiento que me merecía los zapatillazos. Y, aunque a mamá no le temblaba la mano al impartir justicia, yo veía la angustia que tenía encima al tener que aplicar la ley casi sagrada del castigo. Estaba claro, el que la hacía la pagaba.

Otro atractivo eran los titiriteros y los húngaros que de vez en cuando aparecían por el pueblo. Pasaban por la calle tocando la trompeta y el tambor, llevando con ellos un mono o una cabra a la que hacían subir por una escalera con un escalón final mínimo, donde le cabían las cuatro patas a duras penas y allí la obligaban a girar sobre si misma. Los húngaros (ninguno sabíamos que el nombre hacía referencia a su lugar de origen) solían traer un oso atado con una cadena de hierro que hacían bailar cada poco, mientras anunciaban la hora de la función. Al oír la música acudíamos en tropel a la esquina donde estaban parados y observábamos el desganado bamboleo del oso mientras uno de los húngaros le tironeaba de la cadena para animarle, al tiempo que nosotros, al ritmo de la música, cantábamos “Baila baila Nicolás, Nicolás de la Rusía, baila baila Nicolás, Nicolás de la Risión”. Les seguíamos alborozados por todo el pueblo, de esquina en esquina, contoneándonos para imitar al oso mientras pensábamos como dar la noticia en casa para que nos dejaran asistir a la función. Normalmente actuaban en la misma plaza donde hacíamos las compras del mes, detrás de la iglesia. Allí vi los títeres, los malabaristas, los que escupían fuego y a los equilibristas sobre rodillo, que luego imitábamos en casa con el rodillo de las empanadillas con el que yo conseguí una cierta habilidad, o eso creía.

Los domingos nos daban una peseta, en Roa le llamábamos “la propina“, que nos gastábamos en regaliz, del normal y del de palo, o en caramelos o pipas en los puestos de la plaza de la iglesia, que nos terminábamos en un santiamén. A veces nos arriesgábamos a probar suerte en el barquillero, con un nudo en la garganta mientras daba vueltas la ruleta que indicaba cuantos barquillos te tocarían. Al lado de la iglesia había una señora que por una peseta te daba un cubilete lleno de piñones, que abríamos con una chapita aprovechando una raja longitudinal que tenían en la cáscara. Y así hasta la semana siguiente, salvo que mi madre nos hiciera caramelo casero. Ponía en una sartén con un poco de aceite en el fondo, unas cucharadas de azúcar y todos nosotros observábamos como el azúcar empezaba a fundirse y tornarse color caramelo. Cuando lo retiraba del fuego y, antes de que se enfriase, con un cuchillo lo marcaba en cuadraditos formando caramelos que luego nos tomábamos nosotros. El caramelo del pobre, pero que estaba riquísimo.

Cuando empezaba el calor, los domingos aparecía en la plaza un hombre vestido de blanco que empujaba un carrito pintado del mismo color, colmado de cucuruchos y con dos tapaderas de metal relucientes que escondían la golosina que más apreciábamos: el helado. Había dos formas de comerse el helado: en cucurucho o lo que denominábamos “el corte”, ya que el heladero lo obtenía cortando transversalmente con un cuchillo una loncha de una barra cuadrada de helado y que servía entre dos galletas de hojaldre. Al heladero lo teníamos conceptuado como la persona más roñosa y tramposa de todos nuestros proveedores de golosinas. Al llenar los cucuruchos tenía mil trucos para hacer que pareciera que estaba bien cargado de helado, cuando, en realidad, había puesto una media bola insignificante. Era decepcionante lo poco que daban de si los cucuruchos de helado servidos por aquel tramposo, a pesar de que nuestras chupadas eran delicadas y superficiales, intentando prolongar aquel placer de sorbetear hasta lo indecible, mientras vigilábamos que ni una sola gota de helado derretido pudiera caer al suelo. También es cierto que nuestra exigua peseta semanal solo alcanzaba para comprar el cucurucho más raquítico de todos. Con una peseta también se podía tomar un corte de helado. Con que envidia mirábamos a algunos niños que pedían cortes dobles y hasta triples. El heladero marcaba con una plantilla sobre la barra de helado las divisiones transversales que le señalaban el grosor de los cortes, pero su inclinación a estafarnos hacía que el cuchillo se torciera a su favor y así obtenía, a costa de acortar nuestro placer semanal, un corte más en cada barra. A veces, solo cuando tenía prisa porque había mucha clientela esperando, podía suceder que no calculara bien sus cortes fraudulentos y la última porción no le permitía sacar dos cortes simples y se veía obligado, muy a su pesar, a entregar un corte de tamaño algo superior a lo normal. Una vez descubierto que este fenómeno se producía de vez en cuando, era frecuente dedicar un buen rato a observar como avanzaba el proceso de despachar la barra de helado, intentando calcular en que momento ponerse en la cola para obtener la última porción. Más de una vez, después de interpretar el estado de humor del heladero, abandoné la cola en el último instante, musitando alguna disculpa incongruente, al estar seguro de que el maldito heladero partiría el último corte en dos exiguas raciones. Gastar adecuadamente la única peseta semanal, merecía todo tipo de cálculos y desvelos. Si las ruedas del carro de los helados no hubieran sido de madera, seguro que se las habría pinchado más de una vez, por roñica.

Empecé a leer todo lo que caía en mis manos, que no era mucho. Recuerdo que estaba siempre pendiente de que mi madre me mandase a por algo a la droguería que había en la plaza de la iglesia, pues según el importe de la compra nos daban unos cuentos pequeñitos de la colección Cuentos de Calleja, que leíamos con auténtico ansia y cambiábamos con otros chavales.

Pero el auténtico vicio a partir de los ocho años, fueron los tebeos. Había infinidad de ellos, pero El Guerrero del Antifaz, cuyas aventuras contra los moros de la media luna continuaban de una semana para otra, nos mantenían en vilo. A partir de este momento abandoné las golosinas, muy a mi pesar, y el dinero semanal tenía este destino prioritario y único. A mi hermana Loli también le gustaba leer, pero las chicas leían los cuentos denominados “de hadas” y que los chicos despreciábamos por su insulsez.

El día de los Reyes Magos era un acontecimiento muy esperado. Lo primero que hacíamos, nada más empezar las vacaciones, era escribir la carta a los Reyes con una fe inquebrantable, a pesar de los escasos resultados de los años anteriores. Durante las vacaciones nos manteníamos lo más contenidos posible para no echarlo todo a perder y hacernos merecedores del temido carbón con que los mayores nos amenazaban durante todo el año. El día cinco por la noche todos poníamos las sandalias bien lustradas con betún, le insistíamos a mi madre para que les dejara alguna golosina a los Reyes y nos asegurábamos que la falleba de la ventana quedara abierta para que pudieran entrar. Aquella noche estábamos pendientes de oír algún ruido sospechoso, hasta que nos dormíamos con un sueño inquieto. No recuerdo que los Reyes nos trajeran nunca un juguete para uno de nosotros en particular, que ya éramos unos cuantos hermanos y la economía flaqueaba . Siempre eran juguetes para compartir entre todos. Podía ser un tambor de hojalata o un camión del mismo material. Recuerdo el tobogán Payá que nos trajeron un año y que nos mantuvo embobados durante unos cuantos días. Consistía en un fleje que golpeaba una bolita de corcho impulsándola hacia arriba mientras otra bola bajaba por el tobogán. Y así de forma interminable. Nuestra única implicación en el juego era darle cuerda al resorte, cosa que hacíamos por riguroso turno. Cuando fuimos algo mayores, la caja de Juegos Reunidos nos tuvo entretenidos horas y horas alrededor de la mesa camilla.

Esta escasez de juguetes la suplíamos con nuestra propia industriosidad, aprovechando los materiales más inverosímiles. Ya he hablado de las peleas con espadas hechas con el palo de la escoba y es que el tema bélico daba mucho de sí. Con una simple goma de sujetar billetes puesta entre los dedos pulgar e índice, y unos trocitos de papel doblados en forma de V como proyectiles, montábamos unas peleas tremendas entre los hermanos. Hay que ver como escocía un buen disparo en las pantorrillas o en el cogote del que huía, y como les sacudíamos a las moscas paradas en el techo, dejando muestras de nuestra puntería en forma de manchitas de mosca por toda la casa. Nos fabricábamos nuestros propios tiragomas (“tiravete” le decíamos en Roa, en vez de tirabeque) con horquillas de madera o alambre retorcido si lo teníamos a mano y que usábamos en las peleas callejeras entre barrios, disparando a las jícaras de los postes de la luz, intentando atinar a los pájaros en los hilos de la electricidad o haciendo campeonatos para ver que piedra llegaba más alto. De vez en cuando, el ruido de cristales rotos ponía de manifiesto que, a veces, nuestra puntería dejaba mucho que desear. Cuando en una obra encontrábamos tiras de cañizo del que se usaba para sujetar la escayola de los falsos techos, nos hacíamos unos arcos que eran un poco endebles, pero nos permitían lanzar una flecha a dos o tres metros de distancia.

Lo más sofisticado eran las pistolas que nos fabricábamos a partir de una tabla de madera, sobre la que dibujábamos el perfil del arma según el dibujo de los tebeos de Hazañas Bélicas y que dábamos forma a fuerza de horas de trabajo, con un cuchillo de cocina que era la única herramienta que teníamos a mano. Luego le cogíamos a mi madre goma de la que se usaba para hacer ligas para los calcetines o ponerla en los pantalones de los pijamas, y hacíamos un aro que poníamos entre la punta del cañón y la parte de atrás de la pistola. Empujábamos la goma con la uña del dedo gordo hasta que se salía de la madera y la goma salía disparada hacía adelante, como si de una bala se tratase. Esto nos permitía entablar encarnizadas batallas entre nosotros o hacer concursos de puntería, disparando sobre lapiceros puestos de pie o contra siluetas de papel que poníamos en el borde de un taburete. Eran juguetes que no se rompían casi nunca, que no necesitaban pilas de recambio y que nos permitían escenificar las peleas que habíamos leído en los tebeos. La falta de generosidad de los Reyes, la suplíamos con ingenio y entusiasmo.

Una callejuela que bajando desde nuestra calle, hoy Los Balcones, daba a la plaza de la iglesia, fue el escenario de mi primera pesadilla recurrente que recuerdo. No se si en aquella calle me pasó algo o vi alguna cosa que me impresionara. El caso es que siempre que pasaba por aquel lugar lo hacía deprisa y mirando de reojo. La pesadilla consistía en que, cuando soñaba pasar por allí, miraba a la callejuela con desconfianza y veía algo, una sombra que no se si era una bruja o algo parecido, que tenía en las manos un cesto de mimbre de metro y medio de alto como los que se usaban para la recolección de las uvas. Yo echaba a correr muy rápido y aquel ser salía detrás de mí, hasta que tiraba el cesto al aire para intentar cazarme, momento en el que yo hacía esfuerzos por ir más deprisa, pero había algo que me mantenía sin desplazarme en el mismo sitio en que estaba, de forma que el cesto me caía encima y yo me quedaba a oscuras, esperando asustado a que me atrapara mi perseguidor. Cuando veía que se levantaba un poco el cesto y una mano asquerosa con largas uñas se me acercaba, era el momento en que me despertaba. Las más de las veces totalmente orinado.

Así como los Reyes Magos eran sinónimo de juguetes, la Semana Santa era tiempo de jolgorio, aunque parezca mentira. Como según el rito no se podían tocar las campanas hasta el Sábado de Gloria, se anunciaban las procesiones y actos religiosos yendo por las calles los chavales haciendo un ruido estruendoso con carracas y matracas de madera, siendo la única ocasión del año que hacer ruido estaba bien visto y a ello nos dedicábamos con verdadero ardor. De los actos religiosos recuerdo principalmente cuando el cura lavaba los pies a varios hombres y había que ver como los tenían algunos de roña, como correspondía a aquella tierra de secano.

En Roa tuvimos nuestra primera bicicleta que, como no podía ser de otra manera, también era colectiva. Como éramos varios chicos y chicas, la bicicleta de segunda mano que compró mi padre, en un comercio que había al principio de la misma calle que vendía cosas diversas y que creo también era cristalería, era de mujer, con unas preciosas mallas en los guardabarros para que las faldas de mis hermanas no se metieran entre los radios. Los domingos nos íbamos todos a la plaza de la iglesia y allí nos poníamos en fila, como si estuviéramos esperando el autobús, hasta que nos llegaba el turno para dar una vuelta a la plaza. Los que sabíamos montar mejor, nos poníamos nerviosos viendo como las vueltas de los que estaban aprendiendo se eternizaban y solíamos dar la vuelta a la plaza corriendo detrás del que iba en bici dándole consejos, más que buscando perfecionasen su técnica, intentando que no se demorasen tanto. A partir del momento de aparición de la bicicleta, el peor castigo posible era no poder montar en bicicleta, lo que no evitaba ir a la plaza con todos los demás y sufrir la espera de un turno que ese día no llegaba nunca.

El último año en Roa, yo no fui a la escuela. Tenía nueve años y al final de curso tenía que examinarme de ingreso. Todo ese año, estudié en casa bajo la supervisión de mi padre. En la habitación grande, había una salita lateral con un jergón en el suelo que estaba relleno de hojas de panocha de maíz y, allí tumbado o reclinado, preparé mi ingreso. Recuerdo especialmente el estudio de Geografía en un gran atlas, en blanco y negro, que debió ser el que mi padre utilizó para preparar su ingreso en Correos. Me aprendí todo lo que era posible aprender. Países y sus capitales, ríos y sus afluentes, penínsulas, cabos, montes y estrechos de todo el mundo que me han servido hasta que el mundo se ha vuelto loco y los países o las capitales han cambiado de nombre. “Obi, Yenesei, Lena, Kolima, Amur, Oango, Yantse Kiang, Sikiang …..” era una de las cantinelas que colmataron mi memoria y que, inconscientemente, me han hecho odiar a partir de entonces todo ejercicio memorístico pero que, indudablemente, tenían su utilidad. Era conocimiento enlatado. Y no había forma de librarse porque mi padre era un verdadero especialista.

El escribir sin faltas de ortografía era fundamental, no solo para superar el examen sino para llegar a ser un hombre de provecho. Y a ello le dediqué grandes esfuerzos de la mano de un libro de Miranda Podadera, que estaba lleno de reglas y excepciones para acertar en los dictados si burro era con b o con v y bajo la estricta vigilancia de mi padre. Recuerdo la regla nemotécnica que permitía saber las palabras que se escribían con b según fuera su primera sílaba. Decía, más o menos así: “Se escriben con b todas las palabras que empiezan por tri tur nu su cu ca ra ri tre gu lo ru so la car ta ro sa te tra ce a e i o u” y que todos los hermanos que pasamos por la academia paterna, donde Miranda Podadera era un clásico, pronunciábamos de carrerilla como si fuera una sola palabra, “triturnusucucararitregulorusolacartarosatetraceaeiou” que le daba cien vueltas en longitud a la de otorrinolaringólogo. Lo malo era que detrás de cada sílaba arrancaba una retahíla de excepciones: “Tri, menos trivial y trivio”, “Tur, menos ……… “. En aquellos momentos en que estaba yo tan enfrascado en las reglas y las excepciones y sin tiempo para ir al diccionario a ver el significado de trivial y trivio, me quedó una cierta resonancia de que las dos palabras se debían referir a útiles de labranza, acaso por su parecido con trillar y trillo. Y menos mal que no tiré de diccionario para encontrarme que el significado de trivio era: “En la Edad Media, conjunto de las tres artes liberales relativas a la elocuencia (gramática, retórica y dialéctica) que, junto con el cuadrivio, constituía los estudios que impartían las universidades”, con lo que mi ánimo hubiera quedado bajo mínimos. O se moría de empacho de reglas nemotécnicas, o sepultado bajo significados incomprensibles. Y luego, en los dictados, había que estar atento a lo que decía el profesor, a procesar cada palabra desconocida por los vericuetos de las reglas y excepciones de Miranda Podadera, mientras rezabas para que la pluma no soltara un borrón encima de la v con la que acababas de escribir trivio, que tanta dedicación me había costado y que la mala leche del profesor seguro que contaría como falta, por guarro.

El estudio de las Matemáticas en soledad, me ocupaba mucho tiempo y me procuraba no pocos disgustos. En el post “El Burro de tío Baldomino”, se ilustra mis dificultades con el concepto de magnitud y el método tan poco científico con que yo afrontaba esta asignatura.

Yo empezaba la sesión de estudio en solitario, después que todos los hermanos se habían ido a la escuela, mi padre a trabajar y mi madre estaba ocupada en las tareas de la casa. Eran demasiadas horas dedicadas al estudio en solitario y yo me proveía de alguna lectura que aliviase tanta entrega a la ciencia. Me acostumbré a leer con los ojos y la cabeza, mientras el oído estaba pendiente de los pasos de mi madre, para poder esconder el material no didáctico debajo del jergón y desplegar el atlas o lo que tocase. La habitación tenía balcones a dos calles, y allí también me desentumecía con frecuencia de mi profunda inmersión en el conocimiento. Especialmente usaba el balcón que daba al recreo de la escuela nacional, que añoraba de años anteriores como un escenario de libertad vigilada, pero libertad al fin y al cabo. Cuando llegó Junio, me examiné en el instituto Padre Isla de León y gracias a Miranda Podadera, el atlas de mi padre y las matemáticas de Bruño, me colgué mi primera medalla de estudiante.

En el post “Primeros tiempos en Roa” menciono que en el portal de la casa de Correos había una trampilla de madera que daba acceso a lo que debio ser las bodegas de la casa. Una tarde la levantamos entre varios tirando de las dos argollas de hierro y, alumbrándonos con velas, bajamos por las escaleras a aquella especie de catacumbas que eran las bodegas. Todo el suelo de Roa debía estar minado. A lo que se podía acceder desde la casa, tenía el aspecto de estar abandonado y había trozos de cántaras de barro y hoyos en los que aún había restos de hollejos de uva y charcos. Era bastante extenso y con recovecos. Nos dio bastante impresión y, apoyándose en esa sensación, a alguno se nos ocurrió que sería divertido traer a otros chavales y asustarles al pasar por algún sitio donde alguno de nosotros se habría escondido previamente. Y así los hicimos. Cuando el grupo de incautos apareció, los que estaban escondidos rompieron un trozo de cántara haciendo todo el ruido posible. Hubo una estampida general, con la suerte de que los que acompañábamos a los incautos y que no sabíamos dónde se iba a producir el susto, también nos asustamos y salimos a toda pastilla delante del grupo de fugitivos, alumbrándonos minimamente con las velas que llevábamos. Cuando luego he vuelto a pensar en ello, se me ponen los pelos de punta. Podría haber habido monóxido de carbono y habernos quedado todos allí. Se pudo perder alguien o caer en uno de los charcos que no se si eran profundos o no. Una locura que salió bien.

Podría contar más peripecias y juegos peligrosos, pero creo que es suficiente para ilustrar la desinhibición con la que actuábamos y la poca sensación de riesgo que acompañaba nuestras andanzas. Y nuestras madres, inocentes y bienpensantes, en casa sin imaginarse lo que sus angelitos eran capaces de protagonizar a lo largo y ancho del territorio.

En Junio de 1954, con diez años recién cumplidos, mi padre devolvíó la bibicleta a la tienda y toda la familia dijimos adiós a Roa donde yo había vivido unos años muy intensos y excitantes, camino de Villablino (León), el nuevo destino de mi padre. Llegué a Roa siendo un crío cogido a las faldas de mi madre y me marché convertido en un perillán que no había dejado un rincón por explorar ni una travesura por hacer.

Automóvil de la época, carrito helados, juego tarusa, juego aro, tobogán. Juegos Reunidos, cuento de Calleja, El Guerrero del antifaz, Hazañas Bélicas, tiragomas.

Automóvil de la época, carrito helados, juego tarusa, juego aro, tobogán.
Juegos Reunidos, cuento de Calleja, El Guerrero del antifaz, Hazañas Bélicas, tiragomas.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: farm8.staticflicker.com, venvir.net, leonoticias.com, tuche.es, nostalgia80.com, 2.bp.blogspot.com, marianobayona.com, nosolocomics.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Anuncios

3 pensamientos en “Últimos años en Roa (el aprendizaje de la calle)

  1. “indeleble, y que cada” después de coma quita la “y”.
    Como bien dicen, de todo se aprende y los métodos de hacer justicia de tu madre han sido, doy fe, de mucha utilidad para todos nosotros.
    Lo del oso es que ni me lo puedo creer y lo del rodillo ? naaaa…eso tengo que verlo.
    El de los helados leyó un buen día un libro de fractales y se acabo la ciencia en los cortes. Lo de las cábalas de la ultima porción es brutal !.
    Y por aquel entonces el carbón de los reyes magos era de verdad o ya se usaba la mariconada de caramelo de hoy ?
    falleba ni siquiera esta en la wikipedia, anímate a ser editor !
    Pulgar e indice ? o te falla la memoria o vuestra generación dejo para la nuestra la revolución “anular”.
    tri tur nu su cu ca ra ri tre gu lo ru so la car ta ro sa te tra ce a e i o u… ya se que es fácil criticar desde la distancia pero tu padre no se daba cuenta de que leyendo libros con cierta asiduidad se aprendia lo mismo y ademas se lo pasaba uno bien ?
    “El Burro de tío Baldomino” bien por los enlaces de autobombo ! Ya solo faltan los de palabras dificiles a la wikipedia.
    Después de todo lo leído, parece mentira que solo a estas alturas con lo del monoxido de la bodega te venga a la cabeza aquello de “lo que podría habernos pasado”.
    Como si tu madre no las hubiese hecho iguales o peores ! Desengañate que esto es de todas las generaciones que ha habido desde que el mundo es mundo y las madres han sido niñas antes.

    Bueno, estoy agotado. Si puedo ponerle un pero seria no haber dividido esto en tres historias. Por lo demás es excelente. Vuelves a ser el Delibes de Omaña y todo lo que escribes se traduce inmediatamente en imágenes en la mente del lector ESO ES TRANSMITIR.

    • Lo de la coma y lo de la y, me lo se, pero me gusta más así, me parece que queda más claro.
      Lo del oso, es auténtico y para lo del rodillo ya no estoy para demostraciones, pero era un hacha. El carbón era de verdad, pero no recuerdo que sucediera nunca.
      Además de la Wiki, harías bien en visitar la RAE: Falleba- Varilla de hierro acodillada en sus extremos, sujeta en varios anillos y que sirve para asegurar puertas o ventanas.
      En cuanto a leer antes de los diez años, había dado poco tiempo para ello. Era más directo Miranda Podadera.
      ¿Sabes que Delibes pescaba en el río de Vega?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s