El río Omaña (todos éramos furtivos)

Mujeres lavando en el rio Omaña desde el cauce seco del río Baltaín

En Vegarienza hay dos ríos, el Omaña y el Baltaín o, mejor, el río Grande y el río Pequeño. A este último también se le denominaba río del Valle, o río de Garueña o río de Sosas. Pero cuando se hablaba del río sin más, siempre nos referíamos al Omaña. El Baltaín, después de bordear la pared de la huerta de mis abuelos, se unía con el Omaña y los dos juntos en un solo río transcurrían por el borde este de la huerta. La casa de mis abuelos es una de las pocas que podían presumir de tener dos ríos bordeándola.

Lo de grande y pequeño tenía su justificación. El río Omaña, aún en los años más secos, siempre mostraba una buena musculatura, incluso cuando a principios de Julio se sacaba el agua para regar los prados y que dieran una buena otoñada. El Baltaín que yo conocía casi como un arroyo a su paso por Sosas del Cumbral y que aumentaba su caudal con el agua que le aportaba el arroyo Rugis, en verano era incapaz de llegar a juntarse con el Omaña, aún en los años de más lluvia. En Vega nos enterábamos de que se había acabado la siega en el valle del Baltaín, porque la presa que pasaba por la huerta de mis abuelos se secaba. A los pocos días, el cauce se secaba desde el puente de la escuela. La avidez de la gente por regar sus prados, sin darle un respiro al río y la gran cantidad de agua que se iba por las topineras, lo dejaban exhausto y por doscientos metros escasos no conseguía llegar hasta su socio el Omaña. Por delante de casa de los abuelos, el cauce era un pedregal que se estrechaba a medida que avanzaba el verano, por el avance incesante de las zarzas y las hortelanas con ligero olor a menta.

De todas las cosas interesantes que pasaban en el pueblo, lo que más nos atraía a los chavales como diversión era el río. Cada verano, nada más llegar a Vega, lo primero que hacíamos era irnos a la confluencia de los dos ríos. Seleccionábamos unas cuantas piedras y probábamos a cortar o capar el agua, para verificar si aún estábamos en forma después de casi un año lejos del pueblo.

En el río jugábamos, nos bañábamos, pescábamos renacuajos, nos asustábamos con las algas, estábamos pendientes de las culebras y de las ratas de agua, intentábamos pescar truchas, veíamos pescar truchas, dábamos de beber al ganado, cogíamos agua con un cubo para regar los frutales y la ropa tendida al sol para blanquear y leíamos o charlábamos al frescor de los chopos del Pradico. En fin, el río daba mucho juego.

Y, mientras nosotros nos divertíamos, las mujeres lavaban la ropa que nosotros emporcábamos. Lo hacían arrodilladas en un cajón de madera, asentado en una plataforma de piedras que todos los años les preparábamos, en los últimos metros del cauce del Baltaín ya totalmente seco. Frotaban la ropa sobre una tabla de lavar o directamente sobre una piedra plana del río, usando jabón Lagarto o el hecho por la abuela con huesos y sosa. Mientras las pompas de jabón iban río abajo a gran velocidad, restregaban y daban grandes golpes con la ropa y la retorcían para escurrirla. Se hablaba de lo duro que era el segar la hierba, pero lavar la ropa no debía irle a la zaga. Antes de arrodillarse en el cajón, lo levantaban para ver si debajo había culebras que se les pudieran meter por debajo de las faldas. Y es que era frecuente acercarse a la orilla y ver como una culebra salía nadando hacía debajo de las algas del centro del río. Seguramente se acercaban a la orilla porque allí el agua estaba más caliente.

Era un río de aguas limpias, con un cauce de cantos rodados cubiertos de una pátina resbaladiza que les hacia aparecer de color mermelada de melocotón o ciruela claudia. El agua solía ir bastante rápida salvo si el tramo estaba remansado por alguno de los puertos (represas) que se hacían para sacar el agua de regar los prados o impulsar el molino y el aserradero. Delante de la casa de los abuelos había una balsa producida por el puerto del molino, con lo que disponíamos de unos cien metros de río con aguas más mansas, pero que aún así corrían deprisa. Al estar el agua más reposada, en el centro del río había algas de agua dulce, les llamábamos “ocas“, donde se escondían las truchas al verse sorprendidas. La balsa era el escenario ideal para cortar el agua, haciendo que las piedras dieran diez o quince saltos sobre la superficie si eras suficientemente hábil. Delante de la casa el río podía tener veinticinco o treinta metros de ancho, la profundidad rondaba el metro y allí aprendimos todos los pequeños a nadar “a lo perro” ayudados por un salvavidas de corcho que nos atábamos al pecho. En la parte de arriba del Pradico cubría hasta debajo del sobaco y era nuestra zona de baño cuando ya éramos nadadores más expertos y nadábamos “a lo marinero”. Allí nos juntábamos todos los del barrio de abajo a la hora del baño. Los de fuera con traje de baño más o menos elegante y algunas chicas del pueblo, como Mari la de Carola, que se acercaban por el río solo de vez en cuando, se bañaban vestidas con las enaguas, de forma que no podían nadar y se limitaban a darse chapuzones refrescantes que les quitaba el polvo de la hierba o la poisa del centeno.

A diario nos lavábamos la cara y las manos en casa, echando agua en una palangana con jarrones de porcelana que se traían del río. El río era el lugar donde nos quitábamos la roña más persistente de vez en cuando. Nos metíamos en mitad de la corriente, al lado de los lavaderos, y nos enjabonábamos con el jabón de lavar la ropa. Si alguna vez te entretenías lavándote la cabeza, el dolor de sesera estaba asegurado por lo fría que estaba el agua. Aquel maldito río no tenía grifo de agua caliente. Solo si un alma caritativa te ayudaba con una regadera en la que se había añadido un tanque de agua caliente, el aclarado era algo más llevadero.

En Vega solo había un puente a la altura de casa Selima y era el punto obligado para pasar a la otra orilla, lo que se denominaba la parte umbría del valle. En verano, con menos agua, se podía cruzar el río por algunos otros sitios con el carro de las vacas o a pie enjuto por unas piedras grandes que se colocaban en mitad del río y que llamábamos “pasaderas“, como las que en la zona de El Salgueral permitían pasar al Pradón ayudándose de un palo. En alguna ocasión vi a Urbano cruzar el río sobre unos zancos por delante de casa. Aquello me dejó tan asombrado que me fabriqué diversos zancos con los que aprendí a caminar, e incluso a bailar y subir y bajar escaleras o por las peñas, y me entrenaba a cruzar el Baltaín. Tardé mucho tiempo y me mojé muchas veces intentando pasar el río grande. La corriente y las piedras resbaladizas y redondas hacían la travesía complicada. Pero era tal mi afición, que al final lo conseguí.

Las truchas del río eran muy apreciadas por los lugareños y también por los de fuera. Estaba acotado de pesca desde más abajo de El Castillo hasta el puente de Vega, por lo que solían ser los pescadores forasteros casi los únicos que pescaban en aquel tramo de al lado de casa. Quiero decir, pescaban a la vista y legalmente con permisos que sacaban en León. De que hubiera el mayor número de truchas para los visitantes se preocupaba el guardarríos, por lo que trataba de impedir que las pescáramos los del pueblo. La gente del pueblo tenía la sensación que los de fuera venían a aprovecharse de lo que era suyo. Este sentimiento, acompañado del morbo que nos daba hacer lo prohibido y lo ricas que estaban las truchas, hacía que allí todos fuéramos pescadores furtivos desde los seis años hasta los sesenta.

Las truchas eran nuestras y las pescábamos de muy diversas maneras. Principalmente a mano, con ferpón (arpón) y con naso que eran las herramientas que más a mano teníamos los más jóvenes. Y casi todos los días le dedicábamos a esta tarea un buen rato aprovechando la hora del baño. Los mayores solían pescar con dos clases diferentes de red, casi siempre de noche. La tiradera, una red sujeta entre dos palos, se usaba en solitario, tirándola sobre el río en un movimiento envolvente. Cuando eran varios los pescadores, se usaba el trasmallo, una red de varios metros de longitud y una altura de un metro con plomos para que se ajustara al fondo, atravesándola en el río y azuzando a las truchas aguas arriba.

De vez en cuando llegaba la noticia de alguna animalada como que alguien había usado el veneno que salía de una planta denominada “morga” o con cal viva o carburo para coger truchas en cantidad. Se decía que en algún sitio, no por allí, se empleaba cartuchos de dinamita. En algunas ocasiones oíamos disparos de pistola a la orilla del río, que enseguida relacionábamos con algún guardia civil o policía que andaba por el pueblo de vacaciones e intentaba cazar, que no pescar, truchas.

Había gente especialmente habilidosa. El primo Manolo era un artista pescando a mano debajo de las piedras o en los raizones de los árboles. Yo le acompañaba muchos días y le veía con la espalda encorvada, la cabeza ladeada para poder respirar e intentando no mojarse el ombligo, acariciando la tripa de la trucha que estaba debajo de una piedra hasta que conseguía engancharla por las agallas. He llegado a verle sacar dos truchas de una vez de debajo de la misma piedra. A mí me dejaba desgañotarlas. Genaro, el hijo del herrero, era un fenómeno con el ferpón que él mismo se había fabricado en la fragua y que era desmontable. Trucha que veía asomando debajo de una piedra o de un tronco, trucha que no se le escapaba.

Nosotros, que no teníamos fragua, robábamos tenedores de hierro de la cocina y los machacábamos hasta dejarlos planos. Luego los atábamos con alambre al extremo de un palo que habíamos hendido por la mitad. Por su fragilidad, tenía el inconveniente que casi siempre terminaba totalmente doblado, al golpearse contra las piedras por el impulso. Y también que cualquiera que te viera con el artefacto sabía a dónde ibas y podía chivarse al guardarríos.

El tío Pepe pescaba con un pequeño arco hecho con ballenas aceradas de paraguas y flechas del mismo material que impulsaba con gran fuerza. Humberto el albañil decía que las flechas salían de aquel artilugio “como por litricidad”. Yo me fabriqué algún arco de aquellos, pero los usaba más bien como Robin Hood, atravesando manzanas o clavando las flechas en tablas y en los troncos de los árboles. Valiente tontaina.

Las truchas que se pescaban furtivamente casi siempre eran para consumo propio, pues venderlas hubiera supuesto arriesgarse a que se enterase el guardarríos.

El único lugareño que vivía, más bien malvivía, de la pesca era Pepe el Portugués, familiarmente “El Portu”. Vivía en Guisatecha y muchos días subía en bicicleta, con su caña enteriza de unos tres metros y su cesta de pesca, a pescar a la parte libre del río que empezaba por encima del puente de Vega. Pescaba con cebo natural, lombriz, maraballo o gusarapa, y con mosquitos artificiales que el mismo se fabricaba. Decían que cuando estaba pescando y veía volar una mosca de mayo, sacudía la caña y el nylon como si fuera una tralla y la mosca se posaba mansamente en la punta de la caña. Él la cogía, la ensartaba en el anzuelo y conseguía una trucha bien gorda, pues no había una sola que resistiera la tentación de tragarse aquel insecto transparente de color verde suave, que pataleaba y revoloteaba sobre el agua. Le gustaba el morapio y se le podía ver en casa Selima o en casa Sandalio dilapidando el dinero que había sacado por la venta de las truchas, echándose un vaso de vino al coleto con una mano y con la otra un puñado de bicarbonato.

Cuando fui algo mayor, yo también me dediqué a pescar con caña con no muy buenos resultados. El secreto para pescar estaba en poner anzuelos que simulaban mosquitos parecidos a los que volaban cada día y no los de dos meses antes o dos meses después, pues las truchas no les hacían ni caso. Los mosquitos que yo llevaba eran unos comprados al azar en casa de Sandalio. Y cuando no pescábamos, ignorantes, le echábamos la culpa a la Luna. Y es que mi padre, cuando compró la caña con la que empezamos a pescar, adquirió un librito con el título de Tablas Solunares para la pesca de la trucha y que decía en que hora picarían las truchas cada día, debido al influjo de la Luna sobre su apetito. Además de que fuimos el hazmerreír de los entendidos por ir a pescar al río a la hora que decía un libro, se demostró que las tablas solunares eran tan poco de fiar como los anzuelos de Sandalio usados sin criterio. Las truchas eran muy astutas y había que engañarlas con señuelos que parecieran de verdad y acompasados a la época de floración, que marcaba los mosquitos que volaban sobre el río.

A pesar de las pocas capturas, yo salía con frecuencia a pescar con Tomasín y Pepe el de Faustino. Íbamos a pescar, pero, sobre todo, a echar la tarde. Pepe era muy ingenioso y nos lo pasábamos en grande. Terminábamos al anochecer en Aguasmestas, con dos o tres truchas que vendíamos a la exuberante Pacita. Pepe, que era un poco tahúr, cogía el dinero que nos daba Pacita y se ponía a jugar a las cartas intentando acrecentar nuestros caudales. Nunca ganamos mucho y el día que perdíamos tampoco era un gran desastre.

Mi padre conoció en Villablino a un minero llamado Salvador, apodado El Rubio, que sabía hacer anzuelos con hilos de colores y plumas de gallo de León, los mejores para este asunto. Se pasaron todo un invierno juntos, de forma que cuando se abrió la veda de la trucha en primavera, mi padre tenía un catálogo completo de mosquitos con la indicación aproximada de la época en que había que utilizar cada uno de ellos. Sabía construirlos él mismo y tenía una buena colección de hilos de color y de plumas de gallo que llevaba en la cesta de pescar. Esto le permitía fabricar en el río cualquier mosquito que viese volando y que él no llevara preparado. El resultado de tanta tecnología pescatoria, fue que pescaba truchas a mogollón. Con la cantidad de gente que éramos, nos hartábamos de comer truchas fritas y aún sobraba para hacerlas escabechadas y así poder comerlas en otra época del año. Mi madre las freía estupendamente y era un placer comérselas todas churruscaditas con piel y todo. Acostumbrado a aquellas exquisiteces, a partir de entonces yo nunca he podido comer truchas de piscifactoría.

A estos ríos, totalmente inofensivos la mayor parte del año, yo les he visto tremendamente cabreados con motivo de una temporada de lluvias intensas. El río grande tumbaba los chopos de los ribazos como si nada, de tal forma que el Pradico quedó reducido a la mitad en dos riadas sucesivas. En estas ocasiones el río pequeño se convertía en grande. Arrastraba troncos que se atrancaban en el puente que cruzaba la carretera por encima de la casa de los abuelos y el agua se embalsaba de forma que era capaz de atravesar la carretera y alcanzar la plazoleta de delante de casa de los abuelos,  dejando a las gallinas de Carola sobrenadando en el corral. Realmente daba miedo.

Lo que más se temía de las riadas era que el agua entrara en las casas y que el río pegara bocados a los ribazos de los prados. Para mitigar el efecto de las riadas, se plantaban árboles con buenas raíces en la orilla del río y se construían gaviones. Eran unas mallas de alambre inoxidable con las que se formaban unas cajas de planta rectangular de metro por metro y medio. Se colocaban en el borde del prado, asentados en el fondo del río y se rellenaban con toneladas de piedras de forma que se comportaran como una roca grande. Se podían apilar unos encima de otros. En el Pradón colocamos varios. Pero cuando al río se le hinchaban las narices lo suficiente, era capaz de socavarlos y moverlos.

Debido a la vegetación de la orilla, el río era muy difícil de ver si no te acercabas al borde del agua. Desde la carretera sabias donde estaba el río por el ruido y por la barrera tupida de chopos, alisos y salgueros que lo flanqueaban por las dos orillas, pero no lo veías. En otoño el paisaje cambiaba totalmente, cuando los árboles se quedaban desnudos de hojas y en sus ramas aparecían los nidos al descubierto. Entonces se veía el río y la otra orilla y los prados del lado del monte. Cuando los árboles habían perdido las hojas, se tenía la sensación de vivir en un pueblo totalmente distinto.

El río era inseparable del guardarríos. Le vigilábamos cuando bajaba al Castillo para así poder pescar sin cuidado, aunque siempre estábamos en vilo. Lo bueno era cuando nos enterábamos que se había ido a León a hacer alguna gestión, pues ese día nos lo tomábamos con más tranquilidad. Esos días, incluso nos atrevíamos a pescar con naso.

El naso estaba hecho de tela de alambre fino, para que las truchas no vieran fácilmente la trampa, y tenía como entrada un embudo que hacía fácil que las truchas entrasen y que les resultase complicado salir. Lo solíamos poner en la corriente que había por encima del pozo del Pradico en mitad de una pared que hacíamos con piedras, de lado a lado del río y que disimulábamos con ocas. Una vez instalado, comenzábamos a arrear las truchas río arriba, desde el lavadero hasta el punto donde estaba situado el naso, haciendo ruido en el agua y escarbando, afullicando decíamos, en los raizones del Pradico para que salieran las truchas que estaban escondidas.

El primo Manolo usaba el naso de otra manera. Yo le acompañaba a echarlo al lado de los raizones del Pradico, atado con una cuerda, y lo dejábamos de un día para otro, aunque yo no podía aguantarme la impaciencia y lo revisaba cada dos o tres horas con cuidado de que no me vieran las truchas. Solía dar un par de truchas o tres cada vez, pero casi siempre buenas.

Yo conocí a dos guardarríos. El primero vivía en el Castillo y patrullaba por el río con una carabina. Decían que estaba un poco majara y que sus reacciones eran imprevisibles. Recuerdo un otoño, cuando los árboles sin hojas permitían divisar la otra orilla, ver enfrente de casa del herrero como corría a palos a Ubaldo el del Taruco porque le había encontrado pescando en el coto y con la veda cerrada.

El segundo guardarríos que hubo por allí vivía en Vega y terminó siendo medio familia, pero no se casaba con nadie. Nos teníamos manía desde la primera vez que me encontró echando unas cañadas en la Fontanina. Me pidió la licencia y que le enseñara las truchas que llevaba en la cesta. Yo, que pescaba más bien poco, no me podía permitir el lujo de devolver al río los vilasios (truchas más pequeñas que el mínimo autorizado a pescar) y, ese día, llevaba dos. Se las enseñé y me dijo con tono amenazador que no eran del tamaño reglamentario. Yo intenté discutirle que no eran tan pequeñas y que, en cualquier caso, a quien se le podía ocurrir ir al río con un metro para medir el tamaño de las truchas. Se le torció el gesto y me dijo que lo de llevar o no llevar metro al río era cosa mía y que me iba a denunciar. Al final no lo hizo, pero no hacíamos buenas migas.

El río Baltaín no parecía estar dentro de la jurisdicción del guardarríos o simplemente no le prestaba la más mínima atención. En verano solo había agua en algunos pozos y algún tramo corto del cauce. Aunque en invierno estuviera plagado de truchas, en verano solo quedaban las que no tuvieron ocasión de pasarse al río grande antes de quedarse seco. Teníamos a las truchas de cada pozo censadas hasta llegar a Garueña, y dedicábamos algún rato a intentar pescarlas, pero con poco éxito.

El río era un elemento básico a la hora de orientase. El terreno que estaba a la derecha del río, era la parte umbría y el que estaba a la izquierda del río era el solano. Pero el río, al ir siempre paralelo a la carretera (más bien era al revés), también definía el sentido en que se caminaba por ella. Se iba “pa rriba” o “pa bajo” según la dirección en que transcurría el agua y determinaba cual era el barrio de arriba del pueblo y cual el de abajo. No sé si este hábito de orientación es el que me impide orientarme correctamente en ciudades con río hasta que no lo ubico adecuadamente.

Hace poco me he acercado al Salgueral y me ha resultado muy difícil acercarme a la orilla del río, de tanta maleza como ha crecido por todas partes, consecuencia de una inexistente actividad que antaño hacía que el río fuese accesible en todo su curso. Me dio la impresión que aquello nunca volvería a ser el río que fue y que tanto juego daba en nuestros veranos en Vegarienza. Y truchas, a pesar de los ya inexistentes lugareños furtivos y que la pesca ahora es sin muerte, nada de nada.

Trucha cebándose , marabayo, gusarapa, mosca de Mayo. Anzuelo de pluma, ferpones.

Trucha cebándose , marabayo, gusarapa, mosca de Mayo.
Anzuelo de pluma, ferpones.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: servindi.org, pescarioeume.blogspot.com, fundación saber.es

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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2 pensamientos en “El río Omaña (todos éramos furtivos)

    • Vaya, parece que una buena parte de las personas que menciono en los post ya no están aquí. Lo siento. Salvador vivía en nuestra misma casa y el contacto era habitual. Un auténtico conocedor de los secretos de la pesca. Aún conservamos el catálogo que confeccionó mi padre con él y estoy seguro que alguno de los anzuelos con los que pesca mi hermano Fede aún son de los que construyeron Salvador y mi padre. Un saludo, Río Sil.

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