Travesía al paraíso (¿legaterna o lagartija?)

Vagón de madera, habitual allá por 1950

Al final del curso escolar en Roa de Duero, llegaba el momento de irse de veraneo a Vegarienza, en León, y la excitación se apoderaba de nosotros desde unos cuantos días antes. La perspectiva de vivir tres meses sin ir a la escuela, comer razonablemente bien y vivir medio salvajes, nos ponía a cien. También influían los preparativos del equipaje, sabíamos que nos comprarían algo de ropa o calzado a cada uno de nosotros y el viaje en si mismo, una novedad en casi un año de no movernos del mismo sitio.

Hacíamos el viaje los cinco o seis hermanos a cargo de mi madre, pues mi padre seguiría trabajando en Correos hasta sus vacaciones, allá para Julio, en plena siega de la hierba en Vegarienza. Íbamos a la estación, que distaba unos kilómetros del pueblo, en el coche que llevaba las sacas de correo. Era un coche alargado, con puertas de madera que por su estética decían que era una “rubia“. No sé cómo mi madre era capaz de pastorear a tanta chiquillería y que no se despistase ningún hermano ni el equipaje.

En el tren viajábamos en vagones de madera con asientos corridos de tiras del mismo material y ventanas que se subían y bajaban mediante una correa de cuero, sujeta a la parte inferior del marco. El equipaje iba encima de nuestras cabezas, sobre un estante de madera y sin sujeción de ningún tipo, moviéndose inquietantemente al compás de los traqueteos del tren. Nos estaba prohibido asomarnos a la ventana, pues mi madre decía que nos podía cortar el cuello una señal o la barandilla de un puente. Íbamos como hipnotizados siguiendo con la vista los postes que pasaban a toda prisa por la ventanilla y con la sensación de que los que realmente viajaban eran ellos. Al rato, me dolían los ojos y el cuello de seguir con la vista los postes. En las curvas podíamos ver por la ventanilla como la máquina de vapor lo expulsaba fatigosa pero incesantemente por la chimenea, lo que hacía necesario recargar agua en la máquina en alguna estación intermedia para poder continuar viaje. Había estaciones en las que no se detenía el tren, pero allí estaba en el andén el jefe de estación en posición de firmes y con el brazo en ángulo recto, sujetando un banderín de tela roja para indicar que todo estaba en orden. En las estaciones donde el tren se detenía unos minutos, se acercaban a las ventanillas vendedores con bocadillos y refrescos que observábamos con ojos golosos, pero a ninguno se nos ocurría pedir nada pues sabíamos que nuestra comida saldría de la fiambrera que había preparado mi madre. Filetes empanados y tortilla de patata con abundante pan.

Aguantábamos todo lo que podíamos antes de ir al aseo, pues la cosa se las traía. Estaba situado en el exterior del vagón, en la plataforma por la que cada vagón se unía a su contiguo, donde el ruido y el traqueteo de las ruedas sobre los raíles era ensordecedor y el miedo a caer hacía que nos agarráramos a las barandillas con toda la fuerza. Era un cubículo de menos de un metro, con una taza minúscula a través de cuyo agujero se veía pasar las piedras de la vía a toda velocidad y como tu pis las iba mojando. Era irremediable pensar en los regalitos que se encontrarían los operarios que arreglaban las vías.

Por la noche era complicado dormir en aquellos bancos de madera tan incómodos y seguíamos mirando a través de la ventanilla intentando adivinar lo que había al lado de la vía, pero era como viajar a través de un inmenso túnel que solo se interrumpía de estación en estación. En alguna de ellas, contemplábamos con curiosidad y algo de inquietud como operarios de Renfe, vestidos con uniforme azul oscuro, casi negro de tan sobado, y alumbrándose con un farol de aceite, golpeaban con un martillo los bujes de los vagones para verificar el buen estado del tren de rodadura y los frenos.

Había que hacer transbordo en Valladolid, donde pasábamos casi toda la noche. Nos daba tiempo a dar un paseo por el parque próximo, del que recuerdo unos soberbios pavos reales con sus colas desplegadas de coloridos inimaginables. Era una cita obligada en cada viaje. Viaje que no dejaba de tener un poco de aventura, sobre todo para mi madre que tenía que controlar a aquella numerosa troupe con su equipaje, y que podía tomarnos casi un día completo para cubrir poco más de trescientos kilómetros. No sabría decir cuántas veces le preguntábamos a mi madre en el transcurso del viaje si aún faltaba mucho.

Ya en León, bajábamos del tren muertos de sueño y llenos de trastos. Caminábamos como una pequeña tribu hasta las cocheras de donde salía el autobús de Beltrán que nos llevaría a Vegarienza. Si era de día y aún no era la hora de coger el autobús, hacíamos un alto en el camino para tomar un helado en la Coyantina, mientras admirábamos al fiero Guzmán El Bueno señalando el camino de la estación a quien no estuviera a gusto en la ciudad. Ya desde aquí la ansiedad de llegar a Vega iba en aumento y en el renqueante autobús no dejábamos de preguntar si faltaba mucho para llegar.

Al poco de salir de León, entrábamos en una carretera flanqueada por chopos a ambos lados que le daban aspecto de túnel vegetal interminable, que anunciaba que habíamos llegado a un territorio en el que el color predominante sería el verde, en su infinidad de tonalidades, y que dejábamos atrás el color terroso de la meseta. Enseguida aparecían las primeras estribaciones montañosas donde era difícil encontrar alguna extensión de terreno llano. Entrábamos en la montaña leonesa.

La llegada a Vega era indescriptible. La primera impresión que recuerdo era que la cuesta de la Era Vieja me parecía menos alta que el año anterior. Nunca entendí como unos pocos centímetros más de mi estatura podían surtir aquel efecto tan espectacular de reducir la altura de los montes y de los árboles. Debía ser que además de crecer unos centímetros, teníamos una sensación mayor de seguridad en nuestra capacidad de escalarlos. Esa era la mejor evidencia de que crecíamos.

Después de dar los apresurados besos de ritual, salíamos escopetados hasta el río a tirar piedras y pescar los primeros renacuajos, hasta que nos llamaban para la comida. Y enseguida, a ver cómo iban las manzanas de tía Blanca para saber cuando les podríamos hincar el diente y asegurarnos que el guindal venía cargado y que aún los tordos no se habían comido todas las guindas. Visita rápida a la cuadra para ver si la Garbosa tenía el mismo aura de vaca guerrera y moscadora de otros años, que nos aseguraría ratos muy complicados cuando apretara el sol, y ver si la burra daba signos de reconocerme. Con algunas reservas sobre los disgustos que los animales de mi abuelo nos proporcionarían, comprobábamos que nada había cambiado en el paraíso que disfrutaríamos durante meses. El Pol y el Jay nos seguían de un lado a otro moviendo el rabo felices, esperando algún currusco de nuestras meriendas.

Solo faltaba adaptarse rapidamente al nuevo hábitat y a sus gentes, para lo que había que cambiar algunos aspectos del esquema mental que regía en Roa. A las legaternas había que llamarles lagartijas y entender que cuando alguien decía “chito” había que entender perro o estar siempre ojo avizor para no pisar una boñiga o abrasarse con una ortiga. Que en los árboles ya no había que buscar “cagao de puta”, sino el brillo de las guindas, ciruelas o manzanas que ya empezaban a madurar. Que ya no estaba prohibido acercarse al río, pero que había que estar atento al guardarríos; que además de la misa semanal aparecía el rosario diario y que había que ponerse a las órdenes del abuelo para lo que hubiera menester, que solía ser mucho.

Demasiadas cosas a tener en cuenta, pero seguro que merecería la pena como en años anteriores. Los primos de tía Blanca también habían crecido lo suyo y ya habíamos quedado con ellos para vernos esa misma tarde en las llamas de Castriello, con nuestras respectivas vacas, y reeditar andanzas conjuntas de años anteriores. En el bolsillo ya teníamos la navaja con la que untaríamos la mantequilla en el trozo de pan de centeno de nuestra merienda y estábamos convencidos que este año la Garbosa no iba a tener tan fácil escapar de nosotros cuando moscase. No en vano habíamos estado todo el curso entrenado a recorrer las calles de Roa detrás del aro, para estar a la altura de estos desafíos.

Automóvil "rubia", estación de Roa en 2006, estatua de Guzmán El Bueno de León.

Automóvil “rubia”, estación de Roa en 2006, estatua de Guzmán El Bueno de León.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: blogs.elcorreoweb.com, escuderia.com, elleoncurioso.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Un pensamiento en “Travesía al paraíso (¿legaterna o lagartija?)

  1. “En las curvas podíamos ver…” comienza hasta el final del párrafo un tocho difícil en donde parece que no tienes las ideas claras o te faltan ganas de escribir. Son todo sentencias cortas, deslavazadas, que no guardan relación directa a diferencia de los demás párrafos.

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