El abuelo Emilio (maestro labrador)

Foto de la promoción de maestro de Emilio de la Calzada (primero por la izquierda). En la primera fila, Jesús de la Calzada natural de Posada de Omaña y maestro de Susañe del Sil (centro) y Ricardo Mallo natural de El Castillo y maestro de Santibáñez (derecha).

Mi abuelo Emilio de la Calzada era natural de Posada de Omaña, en el Valle Gordo, pero frecuentaba Sosas del Cumbral pues un tío suyo cura, Víctor, vivía en Sosas. Allí conoció a mi abuela Honorina. Estudió para maestro y, tras un breve espacio de tiempo ejerciendo en una escuela del Bierzo, fue maestro de la escuela de Sosas hasta su jubilación.

La familia vivió en la planta alta de la escuela y allí nacieron todos sus hijos, que cuando salían de casa se encontraban haciendo equilibrios sobre las peñas para no caerse. Posteriormente, vivieron en la casa que seguía a la del cura don Restituto. Era la última del pueblo, río arriba.

Yo lo recuerdo siempre muy tieso, con su boina y su chaleco, las manos enfundadas en los pantalones de pana y la americana siempre abierta y echada hacía atrás con los codos. Vestía chaleco de uno de cuyos ojales colgaba la leontina de su reloj de bolsillo. Andaba con toda naturalidad sobre las madreñas, pero estiraba las piernas como pensándoselo. Probablemente era consecuencia de cuando resbaló debajo del carro de la yerba,  mientras intentaba sujetarlo para que no baltase tirando de la soga que ataba la carga en un trozo complicado del camino, y una rueda  le rompió las dos piernas. Barbilla partida y ojos azules, como sus hermanos Eliezar y Gregorio, que, salvo la tía Milce, no heredaron ninguno de sus hijos ni nietos.

Tenía dos boinas. Una de ellas era la que traía al uso y que llevaba puesta desde que se levantaba hasta que se acostaba, salvo intervalos dedicados a la oración, ya fuera en casa, en la iglesia o en mitad del campo para rezar el Ángelus a mediodía. En este rezo que rompía el trajín de la mañana, sujetaba la boina verticalmente con sus dos pulgares que la giraban lentamente acentuando el grado de concentración en que se desarrollaba la oración. Era una boina casi parda por los años que llevaba al sol y en los bordes se marcaba el círculo por donde las gotas de lluvia se precipitaban al suelo después de deslizarse por toda su superficie. No estaba capada porque nadie se había atrevido a ello. La otra boina era la de los domingos o para cuando se iba de viaje a León, y era de un negro intenso y también estaba entera.

Tenía las manos grandes y tan curtidas que le permitían arrancar las malas hierbas y los cardos sin importarle el picotazo de los pinchos, que la abuela tenía que sacarle de los dedos con una aguja para que no se le infectasen. Estas manos grandes y pesadas debieron ser un buen argumento para mantener el orden en la escuela de Sosas. Yo fui a su escuela pero no recuerdo haberme topado con ellas y las sensaciones que tengo al respecto son placenteras. Mi hermana Loli, un año menor que yo, tiene otros recuerdos “Algo que recuerdo con desagrado y a lo que intentaba negarme, era que me mandaran a la escuela con mi abuelo, era muy rígido y tenías que permanecer quieta y con total disciplina, sino te castigaba o administraba alguna torta. Veo la escuela, con sus estrechas escaleras empinadas de piedra como algo desagradable“. Está claro que para gustos se hicieron los colores y si se pudieran reunir las anécdotas de todos los que fueron sus alumnos durante casi tres generaciones, se llenarían varios tomos.

Aunque estudió para maestro, fue maestro y labrador durante casi toda su vida. Había sido un buen maestro, como lo debieron ser casi todos los de aquella época. Pero estoy convencido que su verdadera vocación era la de labrador. Aunque, en vez de vocación, también pudo haber sido necesidad. Con diez hijos, dificilmente hubieran salido adelante sin las vacas, los prados, el molino y mucho trabajo. El sueldo de maestro escasamente debía llegar para dar estudio a nueve de sus diez hijos, de ahí el trajín que se trajo toda su vida. Mientras vivieron en Sosas, el abuelo fue un pluriempleado. Al amanecer, después de rezar en la iglesia donde a veces tenía que sustituir a un don Restituto ya viejo que se saltaba el rezo del Calvario de vez en cuando, daba de comer a los animales, regaba un prado, miraba si al molino le faltaba grano. Después, desayunaba y se iba a la escuela a desborricar a los niños y adolescentes del pueblo, incluidos sus hijos y, a veces, sus nietos. A mediodía, pasaba otra vez por el molino, segaba un saco de hierba para el ganado y comía deprisa para echar una siesta rápida. Otra vez a la escuela y, al terminar, corriendo a aparejar las vacas para subir un carro de abono a las tierras altas porque ya tocaba arar para la siembra. El tiempo que le dedicaba a la escuela, lo tenía que recuperar luego para no descuidar a los animales y las tareas del campo y así andaba de asoteirado (apurado). Así vivió hasta los sesenta y cinco años en que dejó la escuela.

Aunque siguió siendo el señor maestro. A nosotros en Sosas se nos conocía haciendo referencia a él, como Milín el del señor maestro o Pepe el del señor maestro, aunque tampoco era infrecuente referirse a nosotros como los de Honorina.

Recientemente me he enterado que el abuelo ejerció de “banquero” en Sosas, poniendo en marcha los mini créditos de que ahora tanto alardean las ONG. Como ni en Sosas ni en muchos kilómetros a la redonda había bancos, y mi abuelo y el cura don Restituto eran los únicos que recibían un salario en metálico, con cierta frecuencia algún vecino del pueblo venía a pedirle dinero prestado a mi abuelo, para hacer frente a alguna necesidad perentoria como pagar la contribución. Todos los detalles los llevaba bien anotados en una libreta a la que me hubiera gustado echar un vistazo. Cuando a un vecino con pocos recursos le entelaba (hinchazón dela barriga por ingesta excesiva de hierba tierna) una vaca que terminaba muriéndose y que era imprescindible para las labores del campo, hablaba con mi abuelo que compraba otra vaca y se la entregaba al vecino en cuestión, que la usaba como si fuera suya y aprovechaba su leche. De cada dos terneros que paría la vaca, uno era para mi abuelo y cuando la vaca ya era mayor, era vendida por mi abuelo que recuperaba parte de su inversión. Desde luego, mucho menos oneroso que a lo que hoy nos obligan los bancos.

Una vez jubilado, se fue a vivir a Vegarienza donde se dedicó intensivamente a la labranza y la ganadería, hasta que fue muy mayor. Todos los días había algo que hacer y era muy difícil verle ocioso y, por ende, todos los de la casa teníamos que espabilar. Le gustaba hacer las cosas bien y exigía que los demás fuéramos igual de competentes. Yo, como nieto mayor, solía acompañarle siempre ya fuera para estar delante de las vacas y que el carro no se moviera o para ir delante de la pareja cuando araba. No era partidario de guiar a las vacas con cordeles en las orejas como hacían otros y siempre necesitaba un lazarillo que fuera delante de la pareja, mientras él se concentraba en apretar sobre la mancera del arado romano para que los surcos fueran rectos y apretados. Aparte del aburrimiento, era llevadero ir de guía mientras se araba lejos de la linde. Como le parecía un desperdicio dejar sin arar los últimos metros cerca de la linde, me obligaba a apurar el espacio hasta las zarzas o la pared de la finca, como si detrás de mí no vinieran los cuernos de las vacas. Yo apuraba hasta el último momento y me zafaba casi pasando por debajo del cuello de las vacas, lo que no me libraba de sus riñas ni de los encontronazos con las zarzas. Y así horas y horas, con una pequeña parada para comer algo y rezar el Angelus.

Como ya era mayor, volvía a casa reventado con la chaqueta puesta de medio lado sobre un hombro, y para reponer fuerzas se metía en la cama hasta la hora de la comida. Comía y vuelta a dormir la siesta, después de la cual nos ponía a todos otra vez en movimiento. Y así día tras día. Viendo a que se dedicaba el abuelo, yo sabía en qué nos ocuparíamos los próximos días. Si empezaba a forgar un palo de piorno para reponer los dientes de un rastrillo y a preparar un tadonjo para el carro o revisar las fugas de los cachapos, estaba claro que en breve se comenzaría con la siega de la yerba y su posterior acarreo al pajar. Si bajaba del desván las manuecas, engrasaba con sebo las correas y preparaba pesados palos de roble verde para los piertos o preparaba codojos y valeos para barrer la era, no tardarían en aparecer los bercianos para segar el centeno que luego habría que desgranar a palos en la era. Si te pedía que le acompañaras al Salgueral para cortar unas vilortas, sabías que estaba próximo el reparar un trozo de cierro de Las Llamas de Castriello o del prado de las Huertas. Y así con todo. Seguro que para ser maestro pudo permitirse el lujo de olvidar unas cuantas cosas de las que había aprendido en su carrera, pero del oficio de labrador y ganadero se lo sabía todo. Porque lo había mamado en casa de su padre y porque no dejó de hacerlo hasta muy viejo.

Los demás, que éramos menos vocacionales que él, respirábamos aliviados cuando se iba a León, pues el ritmo de trabajo se reducía al mínimo. Le veíamos salir temprano con su boina nueva, la chaqueta de los domingos, la camisa cerrada hasta el último botón y unos zapatos bien embetunados que controlaba peor que las madreñas. Llevaba una cesta cuadrada de mimbre con algunas cosas para los hijos que vivían en León, al puro estilo de lo que luego sería el prototipo de lugareño en el cine español de los sesenta. Aquel día nos las prometíamos muy felices, pero sabíamos que la tregua duraría poco, pues, indefectiblemente, al caer la tarde le veríamos bajar con su cesta desde casa Selima, donde le había dejado el autobús. Tenía tanta querencia por su casa y sus animales como cuando la burra, recién parida, tenía al buche esperándola en casa y no había fuerza suficiente para frenarla cuando se iniciaba la vuelta a casa.

Era muy religioso pero sin hacer ninguna ostentación de ello. Cuando salía de la iglesia o se terminaban los rezos en casa, que realizaba con la misma seriedad que nos exigía a nosotros, era una persona normal que no tenía la moralina preparada para aplicar a cada poco. Cumplidor de todos los preceptos, supo inculcar en sus hijos el buen sentido, la honradez y algo de su acendrada religiosidad, sobre todo a algunas de sus hijas. Fuera del tiempo dedicado a los rezos, era afable y muy conversador. Le encantaba tomarnos el pelo a los pequeños con sus historias y adivinanzas o meternos algo de miedo con los cuentos sobre lobos. Yo me llevé siempre muy bien con él y conviví un par de inviernos con los abuelos en Vegarienza. Tres de sus hijas fueron maestras como él.

Le costó mucho admitir que estaba mayor para tanto trajín, pero terminó vendiendo las vacas (ver el post El trato) aunque no por eso estuvo inactivo. Tuvo un percance serio cuando se cayó de un ciruelo del Pradico que estaba podando. Un día camino de Misa, vio a Julio el de tía Blanca que estaba haciendo una pared en su casa y le dijo “A la vuelta te echaré una mano“. No tuvo tiempo. Después de comulgar, se murió en la iglesia sin rechistar. Ni él mismo podría haber imaginado un desenlace más coherente con su profunda religiosidad. Descansa en paz, abuelo.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

3 pensamientos en “El abuelo Emilio (maestro labrador)

  1. Muy, muy bueno. Solo que las visitas “de fuera” se ve que están pasando factura en forma del incremento gradual en cada texto de “palabros” que quedan muy bien para los entendidos. Se te esta subiendo la fama.

  2. Esta historia me suena cercana, aunque a mí no me tocó vivirla. Hasta los años 70, la vida de los maestros era similar a la de tu abuelo. Y digo similar porque la de la mayoría fue mucho peor. Eran los tiempos de: “pasas más hambre que un maestro de escuela”. La única forma de combatir el hambre era trabajar, además de la escuela, en la ganadería y agricultura de supervivencia.
    Los maestros y sobre todo las maestras, después de aprobar su oposición, eran destinados a las miles de aldeas repartidas por España a ejercer un apostolado para el que no estaban preparados, sobre todo, si eran nativos de ciudades o villas.
    Cómo no existian comunicaciones, se enterraban en vida en lugares recónditos de los que era muy dificil escapar; ya que los concursos de traslados se movían poco. A los pocos años solían casarse con algún lugareño, porque de lo contrario les aguardaban muchos años de soledad.
    En el campo meramente profesional, también se iban evaporando sus ilusiones y sus ganas de seguir aprendiendo. Ésto era debido al aislamiento, a la falta de contacto con otros docentes, a que no existía la formación continua… Lo normal es que a la vuelta de una década el maestro/a se convertía en otro aldeano más.
    Fue el ministro Villar Palasí con su ley de educación del 70 (la de la EGB), el que terminó con el ancestral aislamiento. Fue una ley controvertida, pero con la mejora de las comunicaciones pudo ser posible. Había llegado la época de las concentraciones escolares en las villas y capitales de comarcas.
    La mayoría de los maestros se trasladaron a los colegios con sus alumnos. Cada uno impartía docencia a un curso. Aparecieron los maestros especialestas. El reciclado y la formación eran imprescindibles para acomodarse a los nuevos tiempos. En definitiva, no había excusa para seguir desarrollándose profesionalmente. Solamente quedaron escuelas rurales en aldeas incomunicadas o con excesivo tiempo de transporte. Con el tiempo mejoraron sus comunicaciones y se transformaron en CRAs (Colegios Rurales Agrupados) o se integraron en los colegios comarcales.El eterno maestro rural había pasado a mejor vida.
    Ëste cambio, que fue muy beneficioso, en general, para los maestros y los alumnos; no fue visto de igual forma por muchos padres, ya que les suponía un cambio de vida y costumbres. Con el tiempo se fueron adaptando y se dieron cuenta que las ventajas, en la formación de sus hijos, superaba con creces a los inconvenientes.
    Las leyes aprobadas en la actual “partitocracia” no hicieron más que empeorar lo que había. La que viene, por el ruido que está metiendo, mucho me temo que lleve el mismo camino. Está claro que a ningún político le interesa mejorar la escuela. ¡Cómo ellos no van a volver al cole! Pero sí están destinando montones de recursos a mejorar las cárceles.¡Leyendo la prensa, me imagino porqué lo hacen!
    Un saludo.

    • Eulogio, todo un tratado sobre los maestros. En el caso de mi abuelo provenía de familia campesina y ganadera que ya estaba asentada en el pueblo, por lo que no necesitó aclimatación de ningún tipo al entorno rural. Es más, yo creo que antes que maestro era labrador.
      En cuanto hacia donde vamos en este tema, creo que no muy lejos. A un país que no es capaz de ponerse de acuerdo en asuntos tan básicos solo le espera el fracaso. Un saludo.

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