Piel de gamusino (maldito dinero)

Álbum de la época, allá por 1958

Pertenecer a una familia numerosa con ingresos ajustados, nos provocaba a toda la gente menuda un estado endémico de falta de dinero de bolsillo que se acentuaba cada vez que aparecía un álbum nuevo que era imprescindible y urgente llenar de cromos. Para superar estas crisis, recorríamos las obras y el taller que la Minero Siderúrgica tenía en las Rozas a la busca de algún trozo de metal que se pudiera vender. Lo más apreciado era el plomo y el cobre que vendíamos al pellejero de San Miguel. Tocábamos timidamente en sus portonas de chapa ondulada, mientras sujetábamos en las manos la exigua cosecha, y entrábamos como corderillos a un recinto donde había atados de pieles de distintos tamaños y un batiburrillo de restos metálicos clasificados en montones. Nos miraba de arriba a abajo y, sin apenas fijarse en nuestra mísera carga, nos decía que la dejáramos en el suelo y nos daba algunas monedas, siempre muy por debajo de nuestros cálculos más pesimistas. Salíamos de allí entre cabizbajos, por el mal negocio que acabábamos de hacer, y eufóricos por los dos cuartos que, en cosa de diez minutos, estaríamos entregando a Pili en la Librería Cuadrado a cambio de unos sobres con cromos de La Conquista del Oeste o así. Para nosotros Pili era el equivalente al camello de hoy día, pues calmaba nuestra ansiedad por completar el álbum dándonos unos papelines a cambio de las monedas obtenidas de la rebusca en las escombreras. Menos tóxico que la droga, pero igualmente adictivo. Andábamos siempre a dos velas. Era tal la necesidad y tan grande nuestra inocencia que éramos presa fácil de vanas ilusiones y lo éramos de manera contumaz. Alguien nos dijo que si se madrugaba, era fácil encontrar el dinero que los demás habían perdido durante la noche en los días de las fiestas de San Roque de Villablino, cuya verbena tenía lugar a cincuenta metros de nuestra casa en el Campo Municipal, donde se colocaba el tenderete para la orquesta, la tómbola, algunas atracciones de feria y el ambigú que se instalaba en los soportales del edificio del fondo. Después de haber trasnochado todo lo que nos permitían mis padres, nos levantábamos muy temprano y, con las legañas puestas, íbamos al campo ferial a buscar algo que se pareciera a una moneda o un billete arrugado, removiendo con el pie los papeles de caramelo, chapas de cerveza y tiras de papel de colores de las rifas de la tómbola o las que sujetaban los premios de las casetas de tiro. Recorríamos el ferial de arriba abajo, sin un orden concreto y como sonámbulos, mientras nos esforzábamos con nuestros ojos legañosos por enfocar bien todo aquel batiburrillo de restos de la fiesta, y solo nos volvíamos para casa cuando las tripas no aguantaban más y reclamaban el desayuno. No recuerdo que nunca encontráramos algo, lo cual no era óbice para que al día siguiente, y los años siguientes, repitiéramos el ritual de búsqueda obsesionada del dinero que otros debían haber perdido. O bien había otros que madrugaban más que nosotros o Dios no siempre ayudaba a los que madrugaban. Si alguien nos hubiera dicho que la piel del mítico gamusino valía dinero, nos hubiéramos puesto a buscarlos de inmediato. El poco dinero que teníamos había que estirarlo todo lo posible, aunque fuera haciendo trampas. En San Roque nos atraía de forma especial las casetas de tiro donde había que romper unas cintas de papel para conseguir los premios. Estábamos tan seguros de nuestra puntería que, cuando fallábamos, afirmábamos que los tíos de las casetas hacían trampa desplazando el punto de mira de las carabinas o dejando las cintas de papel flojas de forma que, aunque se acertara con el disparo, la cinta no se rompía y solo se agujereaba parcialmente. Esta sospecha hacía que seleccionáramos la caseta que nos parecía tener las mejores escopetas y las cintas más tensas y también contraatacábamos con nuestras tretas a lo que creíamos eran malas artes de los feriantes. Una de ellas era llevarse perdigones de casa que nos metíamos en la boca, aún no sabíamos que el plomo es un veneno dañino y persistente, y si veíamos que el tío de la caseta estaba distraído, le colábamos alguno de los perdigones propios. Alguno era más osado y simplemente rompía con el cañón de la escopeta la cinta de papel cuando el tío no miraba. Se podía decir que equilibrábamos sus supuestas trampas con las nuestras, bien ciertas. Y eso no era materia de confesión que yo recuerde. Aunque era un chiquilicuatre, asistí en varias ocasiones a las partidas de chapas que se jugaban en Semana Santa en las cocheras de Beltrán. El juego estaba prohibido, pero la Guardia Civil hacía la vista gorda y la única precaución que se tomaba era cerrar las portonas de la calle quedando la cochera en semi penumbra, con los apostantes en corro y el dinero de sus apuestas en el suelo, en un ambiente semi clandestino de película negra. Recuerdo el desasosiego que me entraba viendo como el dinero cambiaba de mano rapidamente y me daba por pensar que a ninguno de aquellos truhanes les habría cambiado la suerte si hubiera perdido un solo duro en las noches de San Roque, aliviando así nuestra situación pecuniaria. Pero no, todos lo tenían bien apuñado suspirando por que las chapas les fueran propicias.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: montaplex.mforos.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

2 pensamientos en “Piel de gamusino (maldito dinero)

    • Se usaban dos monedas antiguas de cobre que tenían sus caras y sus cruces. Había uno, denominado “la banca”, que jugaba contra todos los demás apostantes igualando con su dinero la apuesta que cada uno había hecho, consistente en un dinero que había depositado en el suelo delante de sus pies. Cogía las dos chapas, emparejadas de forma que hacía afuera se viesen las dos caras, con el pulgar y el índice y las lanzaba al aire horizontalmente mientras decía “a caras”. Si las chapas en el suelo mostraban las dos caras recogía todo el dinero apostado. Si no era así, cada apostante recogía su dinero y el que la banca había puesto encima del suyo.
      Es posible que en un post explique esto con más detalle.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s