La cosecha del pan (como en la Edad Media)

Hombres preparados para la maja del centeno en Caboalles de Abajo. Empuñan las manuecas de las que cuelgan los piértigos.

En Vegarienza, al igual que en toda Omaña, se denominaba pan al centeno que se sembraba en las tierras. Es un cereal muy resistente, apto para el clima de la zona y se sembraba con la finalidad, entre otras cosas, de poder hacer con su harina el pan que se comía en aquellos tiempos. De ahí su nombre. Las gallinas también eran destinatarias de parte del grano de la cosecha, que nos devolvían convertidos en exquisitos huevos con grandes yemas rojizas.

El ciclo de cultivo del centeno era superior al año, por lo que se sembraba alternativamente en dos zonas distintas del pueblo. Mientras se sembraba en una zona, la otra descansaba dando tiempo a que se pudrieran los restos de paja de la anterior cosecha por efecto de la intemperie. Como el valle estaba dedicado a los prados y otros cultivos que exigían riego, las tierras en las que se sembraba el centeno estaban en las laderas soleadas en la parte izquierda del valle del río Omaña, “solano” se decía, sin otro linde entre ellas que no fueran los robles, escobas y piornos que crecían en los ribazos. Los caminos para acceder a las tierras solían ser empinados y de tránsito difícil, por lo que era frecuente que del carro con que se subía el abono tirase la pareja habitual de vacas más una segunda pareja, formando lo que se denominaba la “cuartia“.

El ciclo comenzaba en primavera, abonando la tierra con el estiércol que producían las vacas, cerdos y demás bichos de la casa pues ya se sabe que “boñigas hacen espigas“. Se transportaba el abono en el carro aparejado con unas tablas que lo cerraban por los cuatro costados. Más tarde se araba para enterrar el abono. En Octubre se araba y se sembraba a mano, volviendo a arar para enterrar las semillas. El centeno brotaba con las primeras lluvias y su crecimiento y maduración llegaba hasta el mes de Agosto.

Antes de iniciar la siega, había muchos preparativos que hacer. Con haces de paja del año anterior, remojados previamente en el río, se preparaban las cevillas (ataduras) con las que había que atar los manojos. Se afilaban las hoces. Se limpiaba la era de hierbas y se barría a fondo con los codojos (escobones anchos y cortos). Si la maja se iba a hacer a mano, se engrasaban las correas de las manuecas y se preparaban los piértigos con ramas de roble verde, ya que debían ser bien pesados para golpear las espigas. Si se iba a contratar bercianos para la siega, las mujeres hacían acopio de comida para tenerles bien atendidos.

Un buen día, llegaba el autobús de Beltrán con la baca a rebosar de bercianos que llegaban con lo puesto, a lo sumo un hatillo con lo imprescindible, y las hoces al cinto con la hoja cubierta de un encaño de tela o simplemente protegida con paja para no cortarse. En general eran jóvenes y ruidosos, que expresaban sus ganas de vivir con su grito de guerra “ijujuuuuu“. Se les alojaba en el pajar y se notaba una cierta intranquilidad en el ambiente por tener la casa llena de gente no conocida.

Salían al amanecer para las tierras y allí se pasaban toda la mañana con el espinazo doblado, siega que te siega, con un pequeño alto para devorar la comida que se les enviaba de las casas y acariciar la bota de vino o refrescar el gaznate con el agua del botijo. Generalmente, junto con los bercianos había gente de la casa que también segaba, vigilaba que se cortara la paja lo más bajo posible y organizaba el trabajo. Los segadores iban formando montoncitos o gavillas que los atadores convertían en haces o manojos. Los manojos se transportaban en el carro a la era, donde se amontonaban formando pirámides cónicas o “facinas“, con las espigas hacia adentro para que no se mojase el grano si había tormenta y con una ligera inclinación para que el agua escurriese.

A mediodía regresaban todos a casa donde ya había una copiosa comida preprada y los bercianos aprovechaban para darse un remojón en el río. Eran tan ruidosos, que las truchas tardaban horas en volver a aparecer en mitad del río. Terminada la siega, los bercianos cobraban su soldada y ascendían valle arriba a la busca de más tierras por segar. No se les vería más el pelo hasta el año siguiente.

Cuando se había terminado de acarrear los manojos a la era, empezaba la maja. Se extendía el centeno de varios manojos en la era y varias personas con los piértigos, enfrentadas dos a dos, golpeaban las espigas para que se soltase el grano. Había que hacerlo de manera muy acompasada, golpeando alternativamente todos los de un lado y después los de otro. Una vez dado el golpe, se levantaba de nuevo el piértigo haciéndolo girar hacia la derecha de forma que estuviera vertical al llegar a la trayectoria más alta, para golpear de nuevo. Todo ello muy acompasado de forma tal que parecía una tabla de gimnasia o un ballet. Para el que no haya majado alguna vez, era difícil entender que no se sacudiesen unos a otros.

Por un lado se amontonaba el grano, que luego se aventaba al aire para eliminar los trocitos de paja y dejar el centeno limpio. Con la paja menos deteriorada por los golpes se hacían los cuelmos (manojos), que se almacenaban en el pajar encima de la yerba y servían para techar las casas y pajares. El resto de la paja se usaba para mullir las cuadras de las vacas en invierno. En los inviernos largos, cuando se empezaba a terminar la hierba, la paja también servía para darles de comer a los animales mezclándola con hierba. El grano se medía con el cuartal para saber el volumen de la cosecha y, metiéndolo en las quilmas (sacos), se transportaba a la panera que previamente se había revisado y taponado los agujeros con tela metálica o carrapitos para que no entrasen los ratones. De allí se sacaba el centeno cuando era necesario llevarlo al molino de la sierra o al de Indalecio donde se obtenía la harina y el salvado. Con la harina se hacían las hogazas y el salvado se les daba a los animales, principalmente a los cerdos.

Cuando aparecieron las máquinas de majar, se dejaron los piertos arrinconados y las tareas en la era cambiaron bastante, hasta el punto que pasó de ser un asunto de cada casa a ser una tarea comunitaria. El día que tocaba la maja de una casa, todos los del pueblo venían a ayudar de forma que la tarea en la era se acabara rapidamente y la máquina pudiera ir a la siguiente era. En la era de casa la máquina se demoraba varios días, pues allí se majaba el pan del abuelo, el del tío Baldomino y el de Urbano.

La máquina de majar estaba formada por un motor con un gran volante de inercia al que se acoplaba una banda de cuero que transmitía el giro a la máquina que realmente hacía la separación del grano de la paja. El maquinista era una persona agasajada y con lugar de preferencia a la hora de la cena en la casa de la maja  y admirada por su dominio de aquella tecnología que arrinconó los métodos tradicionales de majar, que debían ser los mismos que se utilizaban desde la Edad Media. Claro que aún había que remontarse mucho más allá para ubicar el arado romano, que aún era de uso obligado en pleno siglo veinte. En un solo día aquella máquina resolvía lo que en una semana de maja tradicional. Allí debieron comenzar las prisas que hoy nos atosigan.

El trabajo se organizaba en cadena. Un hombre se subía a la facina y tiraba manojos al suelo que otros llevaban a donde el maquinista los metía en la máquina desgranadora. Por un lado salía el grano y por el otro la paja disparada, con un ruido peculiar que se mezclaba con el pistoneo del motor y las voces de las treinta o cuarenta personas trabajando en la era. La paja la cogían las mujeres que se protegían los brazos con unos manguitos de tela para no pincharse y las dejaban encima de las cevillas de alguno de los hombres que esperaban a tener paja suficiente para hacer un enorme manojo o mañiza que se llevaban al boquerón del pajar. El grano se amontonaba en un rincón de la era preparado con unas lonas sobre el suelo.

Los chavales no dábamos abasto a traer botijos de agua fría de la fuente o rellenar las botas con vino. El tiempo libre lo empleábamos en buscar en el montón de grano el cornezuelo, un hongo parásito del centeno, que guardábamos, año tras año, en un bote. Se decía que de él se extraían algunos medicamentos y que los laboratorios pagaban mucho dinero por un kilo. Nunca supe si aquel bote llegó a llenarse y venderse, lo que nunca vi fue el cuantioso dinero que nos prometíamos.

Tanta gente junta en la era, daba lugar a bromas y había un buen ambiente. Cuando las mozas se descuidaban, algún mozo preparaba un puñado de paja y las empajaba por donde no tenían manguitos, es decir, por debajo de las faldas. Era una forma de aliviar la tensión sexual contenida. Creo que la única aceptada socialmente. Eran unos días de bullicio que ponían de manifiesto que el pueblo estaba pleno de vitalidad, con gente joven y sana en todas las casas y nada hacía presagiar el vaciamiento que se iba a producir en pocos lustros.

Junto con la máquina de majar traían la aventadora, que permitía separar el grano de la poisa y restos de paja merced a unas palas de madera que producían una corriente de aire. Con esta máquina se había eliminado también la ancestral dependencia del viento para separar el grano de la paja. Demasiados cambios en muy poco tiempo que rompieron con la tradición de siglos. Detrás vendrían las motos que sustituirían a burros y caballos, abriendo el camino a los tractores que arrinconarían a los carros y, poco más tarde, los pueblos se quedarían sin gente.

El follón que se preparaba en aquellas majas multitudinarias, también propiciaba alguna desgracia. Con el pajar lleno de hierba seca y de manojos de paja, bastaba el descuido de una colilla mal apagada o una imprudencia para que el pajar saliera ardiendo como una tea. Un año se quemó el pajar de Nela y allí estuvimos niños y mayores ayudando a apagarlo. Formábamos una cadena humana desde el río hasta las peñas de detrás del pajar y nos íbamos pasando de mano en mano los cubos con agua, hasta que llegaban al lugar del incendio y allí se arrojaban sobre las llamas. Normalmente solo se salvaban las paredes, pues el techo solía ser de madera y paja y era frecuente tener que cortar las vigas para que se derrumbase el tejado y no se propagase el fuego a las casas colindantes.

Menos frecuente era la trilla, pero si recuerdo haber trillado alguna vez teniendo el desagradable encargo de estar vigilante, para cuando una vaca levantara el rabo ponerle debajo una lata y así evitar que pusiera perdidos la paja y el grano, aún a costa de que parte de la mierda cayera en el trillo y rozase las manos del portador de la lata.

Una vez convertido el centeno en harina, solo quedaba que la abuela hiciera una buena amasada en la cocina vieja. Usaba una gran masera de madera donde mezclaba la harina con agua y le añadía la levadura y un poco de sal. Formaba unas bolas de masa que dejaba reposar, bien tapadas con una sábana, para que esponchasen (aumentasen de tamaño) por efecto de la levadura. En este intervalo, encendía el horno con escobas y leña que le traíamos los nietos y lo dejaba con la puerta cerrada hasta que toda la madera se había convertido en brasas. Entretanto había formado dieciocho o veinte hogazas enormes a las que hacía cuatro cortes con un cuchillo para facilitar que siguieran esponjándose. Arrinconadas las brasas en un lado del horno para conservarlo caliente, la abuela usaba una pala de madera con mango de más de dos metros para introducir las hogazas en el horno y depositarlas sobre el suelo caliente, con un sutil golpe hacía adelante y atrás de la pala. Al cabo de un buen rato, las hogazas habían aumentado de tamaño y tomado un color pardo que indicaba que ya estaban cocidas. La abuela las almacenaba en la misma masera en que las había amasado, de donde se irían cogiendo en las semanas siguientes.

Era un pan un poco ácido, de miga morena y densa que iba endureciendo y poniéndose correoso a medida que pasaba el tiempo desde su horneado, de forma que las últimas hogazas eran un desafío para nuestros dientes. Era una delicia comer este pan untado con mantequilla y nata o migado en el tazón de leche, pero, a medida que avanzaba el verano, añorábamos el pan insípido de trigo con su miga fofa y que costaba menos masticarlo.

Ahora que ya no hay panaderos y que el pan lo confecciona una panificadora industrial o la tienda del barrio a partir de masa congelada, el pan de centeno se ha puesto de moda como pan de autor. ¡Qué cosas! A los cincuenta años de abandonar la tradición del cultivo del pan, vuelta a la Edad Media gastronómica. ¿Estaremos locos?.

Yugo con mullidas y sobeo, arado romano, hoz. Arando con vacas y arado romano, majando delante de la facina, aventando.

Yugo con mullidas y sobeo, arado romano, hoz.
Arando con vacas y arado romano, majando delante de la facina, aventando.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: Panoramio.com, museo de la Calzada de Sosas del Cumbral, elrollodecepeda.com, churrutada.blogspot.com.es

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

6 pensamientos en “La cosecha del pan (como en la Edad Media)

  1. Como queda claro, la tendencia irrefrenable de aumentar paulatinamente las palabras “raras” sin que las proptestas de critica y publico te hagan la mas minima mella queda confirmada. Por ello en este post mas que nunca hubieras hecho bienen enlazar fotos como esta: http://www.telecable.es/personales/naraval/facianpaya.jpg e incluso videos como este: http://www.youtube.com/watch?v=vlYCdh1pU88&feature=player_detailpage

    Por lo demás, gran historia y esplendida narración.

    • Greta, tienes razón. Aunque en el texto hablo de manuecas, en el pie de foto he metido la pata. En cuanto a los piértigos que creo es el término original, he usado un nombre más corto que debiera haber sido pertio o piertio y no pierto como yo digo. Son las tres acepciones que recoge una recopilación sobre el habla en Omaña hecho en Rosales, muy interesante. Un saludo.

  2. Oh, perdona . No era una crítica, sólo era por si en Caboalles se llamaban de forma distinta, pues a veces cambian los nombres de una zona a otra aunque estén muy próximas. Tu siempre tienes razón y sabes más que nadie, de hecho estoy aprendiendo muchas cosas de mi propia historia leyéndote y sobre todo recordándolas que muchas ya se me habían olvidado. Un saludo.

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