Los cuentos que me contaron (de lobos y cabritines)

En mitad del siglo veinte, tan pronto anochecía en Sosas del Cumbral al igual que en otros muchos pueblos de la montaña leonesa, aparecían los faroles de aceite o los candiles de carburo a cuya luz mortecina se cenaba y transcurría una corta sobremesa hasta la hora de ir a la cama. La sombra que los muebles y las personas proyectábamos se deformaban según se movía, merced a las corrientes de aire que penetraban dentro del farol, la llamita que flotaba en el aceite. El humo del farol que surgía de la mecha, espeso y de un negro intenso, ascendía en volutas hacia el techo oscureciendo un poco más las vigas y tablas, ya de color café. En aquel ambiente de luces y sombras deformadas, surgían los cuentos que nos contaban a los críos de cuatro o cinco años mis abuelos y tíos para entretenernos.

Algunos eran extremadamente violentos, como el de El tío Celedonio, que se ensañaba con el lobo, la raposina (la zorra) y el oso, que le habían pedido su casa para hacer una fiesta. Porque casi todos los cuentos estaban protagonizados por animales domésticos y sus depredadores naturales en aquellos lugares, el lobo y la raposina principalmente, que hablaban y actuaban como si fueran personas. El rol de cada uno se correspondía con la personalidad que se le atribuía en la vida real, la raposina muy lista y el lobo voraz pero tonto. El lobo de por allí tenía incluso nombre propio, era el lobo Xiam.

Eran cuentos que no nos cansábamos de oír y continuamente pedíamos a los mayores que nos los volvieran a contar. El cuento era siempre el mismo, pero cada cuenta cuentos introducía alguna variante y su forma de contarlo era diferente, por lo que el encanto se mantenía vez tras vez. Nuestros corazones se encogían ante las peripecias de todos los animales con el malvado lobo, hasta que al final, si el cuento acababa bien, suspirábamos aliviados.

Pero casi siempre nos íbamos para la cama, guiados por una persona mayor que portaba el farol mientras nosotros levantábamos los pies con cuidado y llevábamos un brazo adelantado para evitar tropezones, con un cierto regustillo de miedo, pues sabíamos que tanto el lobo como la raposina estarían rondando en aquellos momentos por las peñas de cerca de casa de los abuelos. Con la habitación totalmente a oscuras, no nos dormíamos de inmediato pues seguíamos inquietos rememorando como el lobo iba contando “uno“, “dos“, “tres” ….. cada vez que engullía entero un cabritín, mientras a través de las tablas del piso nos llegaba el rumor del rezo del Rosario de los que se habían quedado en la cocina.

Creo que los cuentos que oíamos a una hora tan inoportuna, tenían algo que ver con la incontinencia nocturna que nos aquejaba a toda la gente menuda y que dejaba los colchones asolados por nuestras meadas, al intentar huir en sueños del lobo feroz. Lo que no era óbice para que a la noche siguiente pidiéramos, un tanto morbosamente, que nos volvieran a repetir los mismos cuentos en medio de aquel ambiente tan sugerente de sombras cambiantes.

Las últimas horas de sueño eran más sosegadas y reparadoras y la llegada del día era un bálsamo para nuestras amedrantadas mentes infantiles. Superada la hora del desayuno y los más o menos cariñosos reproches sobre nuestro descuido nocturno, se abría un paréntesis con menos sobresalto. Los ruidos familiares, que se transmitían en el aire calmo del pueblo con una claridad como luego no he vuelto a percibir en ningún otro sitio, dibujaban un escenario distinto al vivido por la noche. El rumor del río al otro lado del camino, el relincho cercano del caballo de don Restituto, ruido del cacharrear en las cocinas, algún mugido o balido en las cuadras próximas, traquetear de madreñas en los empedrados de corrales y cuadras, golpes de hacha cortando leña para cocinar, ruidos de azada en las linares de la entrada del pueblo y las voces dirigidas al ganado, nos llegaban con completa nitidez desde todas las partes del pueblo. Todo parecía estar de nuevo en orden, lo que permitía distraer la tensión y que entráramos poco a poco en los juegos propios de nuestra edad. A nuestro alrededor evolucionaba tranquilizador el perro de los abuelos y la anochecida, que de nuevo llegaría con cuentos de lobos y raposinas que exigiríamos a los cuenta cuentos familiares, quedaba todavía muy lejos y nuestros corazones tendrían tiempo para sosegarse y así poder afrontar las emociones de cada noche.

En el post El lobo, se cuentan otras historias reales sobre el lobo que tambien nos relataban los mayores y que contribuían a exacerbabar nuestro temor a la bestia y cómo esta, finalmente, se cruzó en mi vida.

Transcribo a continuación algunos de los cuentos que me contaron, tal como yo los recordaba y ayudado por mi madre que me los ha recontado. No incluyo el de El tío Celedonio, que era el que más nos gustaba, por las razones indicadas más arriba.

La oveja Pedorrera

Érase una vez una oveja, a la que llamaban Pedorrera porque cuando caminaba se tiraba pedos, que había tenido varios corderines hacía pocos días. Como tenía que darles de mamar, no se había ido al monte con las demás ovejas y estaba pastando en un prado cerca de la cuadra, rodeada de sus pequeños.

Al cabo de un rato de estar pastando, se acercó el lobo y le dijo

Oveja, me voy a comer a tus corderines

Espérate un rato a que yo coma un poco más de hierba y así les podré dar de mamar y estarán más gordos y tiernos cuando te los comas – le contestó la oveja, intentando ganar tiempo por si se le ocurría alguna treta para engañar al lobo

De acuerdo. – le dijo el lobo que era muy feroz pero un poco tonto – Me echaré a dormir un rato. Cuando me despierte me los comeré.

Y dicho y hecho, se puso a dormir al solecito de la mañana. Estaba tan a gusto pensando en el banquete que se iba a pegar, que al poco rato roncaba sonoramente. Cuando la oveja oyó como roncaba, les dijo a los corderines en voz baja

Correr, correr sin hacer ruido y vamos a encerrarnos en la cuadra para que el lobo no pueda comeros.

Empezaron todos a correr hacía la cuadra intentando no hacer ruido, pero con tan mala suerte que uno de los corderines tropezó con la cancela del prado. El lobo se despertó y echó a correr detrás de la oveja que iba la última. Cuando estaba el lobo a punto de alcanzarles, la oveja pudo cerrar la puerta de la cuadra en las mismas narices del lobo. Muerta de miedo, casi sin fuerzas y apoyándose en la puerta por dentro, suspiró la oveja

Desde que soy oveja Pedorrera, nunca me pegué tal carrera – aludiendo al apuro que acababa de pasar para salvar a sus corderines.

Desde que soy corderín murcio, nunca me llevé tal escamurcio – decía el corderín más chico que había llegado, como sus hermanos, con el corazón fuera de la boca.

Desde que soy lobo cano, nunca me pegué tal carrera en vano – decía el lobo apoyándose también en la puerta y todo desconsolado por la ocasión perdida de darse un banquete a costa de los corderines.

El lobo se fue con el rabo entre las piernas y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

El lobo y los cerditos

Estaba una cerda con sus cinco cerditos al lado del molino de la Maiserina a la salida del pueblo, cuando vino el lobo y le dijo

Tus cerditos están muy gordos y me los voy a comer, pues tengo mucha hambre.

Ay señor Lobo, no me importaría que se los comiese si estuvieran bautizados. Pero no lo están y si usted se los come, se irán al Infierno con Pedro Botero. – contestó la cerda para ver si el lobo se apiadaba de ella.

No me importa que se vayan al Infierno. Tengo mucha hambre y me los voy a comer ahora mismo – contestó el lobo ansioso.

Se me ocurre una idea, señor Lobo. – dijo la cerda intentando ganar tiempo – Si me ayuda a bautizarlos en la presa del molino, a continuación, podrá comérselos.

Está bien – contestó el lobo impaciente – dime que tengo que hacer.

Póngase aquí por donde la presa entra en el molino y yo le alcanzaré los cerditos uno a uno. Usted les mete la cabeza en el agua y me los devuelve. Cuando estén todos bautizados, se los podrá comer. – Le dijo la cerda.

El lobo se puso donde el agua entraba en la canal del molino, con una pata a cada lado de la presa y fue metiendo en el agua la cabeza de los cerditos que le pasaba la cerda, que los volvía a recoger y los posaba en el suelo. Cuando el lobo le devolvía al quinto cerdito bautizado, la cerda le dio un tremendo emburrión (empujón) con el hocico y el lobo se cayó por la canal hasta el rodezno, que giraba por el empuje del agua y empezó a darle golpes por todo el cuerpo. El lobo gritaba

Para rodín, para rodón que no quiero más cerdos non. – mientras intentaba protegerse contra los golpetazos del rodezno.

Pero el rodezno no se detenía y seguía y seguía golpeando al lobo hasta que lo mató. Los cerditos saltaban de alegría alrededor de su madre que había sido tan lista y vivieron felices por mucho tiempo.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Los siete cabritines

Vivían en su casa una cabra y sus siete cabritines. Todos los días la cabra daba de desayunar a sus cabritines antes de irse a comer al campo, para tener leche con que poder alimentarles. Cuando se iba, les decía

No abráis a nadie la puerta, que el lobo anda rondando por aquí. Yo os enseñaré la pata por debajo de la puerta, para que sepáis que soy yo y entonces me abrís. – Dicho esto, cerraba la puerta y se iba.

Un lobo que andaba por allí cerca, sabía cuáles eran las costumbres de la cabra y se le ocurrió hacerse pasar por la cabra y comerse a los cabritines. Se acercó a la puerta de la casa y les dijo fingiendo ser la cabra

Abrirme hijos míos, que soy vuestra madre y estoy aterida de frío.

Los cabritines se dieron cuenta de que no era la voz de su madre y contestaron al lobo

No, tú no eres nuestra madre. Nuestra madre tiene la voz más clara. Tú eres el lobo y nos quieres comer – y no le abrieron la puerta.

El lobo todo corrido, se fue hasta una casa del pueblo donde sabía que había gallinas y robó media docena de huevos que se comió para que se le aclarase la voz. Volvió a la casa de los cabritines y les dijo con la voz muy parecida a la de la cabra

Abrirme hijos míos, que soy vuestra madre y estoy aterida de frío.

Los cabritines ya iban a abrirle la puerta, cuando el más pequeño que era el más listo, le dijo al lobo

Enséñanos primero la pata por debajo de la puerta

El lobo les enseñó su pataza negra y peluda y los cabritines se pusieron a gritar llenos de miedo porque habían estado a punto de abrirle la puerta.

No, tú no eres nuestra madre. Nuestra madre tiene la pata muy blanca. Tú eres el lobo y nos quieres comer – y no le abrieron la puerta.

El lobo, hambriento por la tardanza en comerse a los cabritines, se fue hasta otra casa del pueblo y se untó la pata con harina que pudo robar de la cocina vieja. Volvió a la casa de los cabritines y les dijo con la voz tan parecida a la de la cabra como pudo

Abrirme hijos míos, que soy vuestra madre y estoy aterida de frío.

Los cabritines, escarmentados de la vez anterior, le dijeron

Enséñanos primero la pata por debajo de la puerta

El lobo les enseñó la pata untada de harina, y los cabritines le abrieron la puerta convencidos de que era su madre que venía a darles de mamar. Cuando vieron que era el lobo, corrieron a esconderse por todos los rincones de la casa. El lobo entró en la casa y fue mirando por todos los sitios y, cuando encontraba un cabritín, se lo comía entero de un solo bocado pues eran muy chiquititos y tenía un hambre feroz. Por cada cabritín que se comía, contaba “Uno”, “Dos” y así hasta “Seis”. Siguió buscando por toda la casa porque sabía que eran siete y le faltaba uno por comer. Pero el más pequeño, que ya hemos dicho que era muy listo, se había escondido en la caja del reloj y no le pudo encontrar. Después de mucho tiempo buscándolo, decidió que ya era hora de marcharse, que ya se lo comería otro día y se fue.

El cabritín más pequeño, que además de listo era valiente, salió de su escondite y vio que el lobo se tumbaba debajo de un chopo, al lado del río, para dormir una buena siesta, como correspondía después de la comilona que se había pegado a costa de los cabritines. Cuando llegó su madre, la vio por la ventana y salió corriendo a decirle lo que había pasado con sus hermanos y señaló donde estaba el lobo durmiendo. La cabra se puso muy nerviosa, pero se le ocurrió una idea y le dijo al cabritín

Busca en el costurero las tijeras, aguja y un carrete de hilo, y tráemelo

El cabritín hizo lo que le decía su madre y los dos juntos se fueron a donde estaba el lobo, que seguía profundamente dormido mientras los cabritines saltaban dentro de su barriga. Con mucho cuidado, la cabra le corto la barriga a todo lo largo y salieron los cabritines saltando de alegría. La cabra les hizo la señal de que se callaran para que el lobo no se despertase y les dijo en voz baja

Coger cada uno una piedra de la orilla del río y traérmela deprisa antes de que el lobo se despierte.

Le metieron las piedras en la barriga, en lugar de los cabritines, y la cabra cosió la barriga y se alejaron donde el lobo no pudiera verles cuando se despertara. Al cabo del rato, el lobo se despertó y desperezándose dijo

¡Uf, parece que en vez de cabritines he comido piedras! ¡Me arde el estómago, como si los cabritines fueran de barro! Voy al río a beber algo de agua a ver si se me calma este ardor.

Se acercó al río y se agachó para beber un gran sorbo de agua. En ese momento, las piedras que tenía en la barriga se le echaron para adelante e hicieron que el lobo se cayera de cabeza al río. Aunque sabía nadar, estuvo chapoteando un rato, pero se hundía cada vez más hasta que se hundió del todo y al cabo de un poco se ahogó.

Los cabritines, entretanto, bailaban de alegría mientras cantaban

Gori, gori, gori, que el lobo muerto está

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Arriba cabrinas, arriba

Una mujer necesitaba un pastor para que llevara sus cabras al monte y fue a buscarlo a la plaza del pueblo. Con tan mala suerte que al único que se encontró fue al lobo disfrazado de pastor. Lo contrató, le llevó a casa, le dio de desayunar, le dijo por donde tenía que llevar a las cabras y que le acompañaría una perrita que estaba acostumbrada a cuidarlas.

Se fue el lobo con la perrita y las cabras. La perrita olfateaba algo raro y se dio cuenta que el pastor no era tal, que se trataba del lobo. El lobo, que quería comerse unas cuantas cabritas, las animaba a subir monte arriba para que no le vieran desde el pueblo, diciéndoles

Arriba, cabrinas, arriba, a beber agua fría

No subáis, no, que os comerá el lobo – les decía la perrita

¡Cállate perrita o te corto una patita! – le amenazaba el lobo, y seguía animando a las cabras – Arriba, cabrinas, arriba, a beber agua fría

No subáis, no, que os comerá el lobo – insistía la perrita

Y así hasta que el lobo sacó la navaja y le cortó una pata a la perrita, que ya no pudo seguir y se volvió poco a poco para el pueblo. El lobo, cuando creyó que estaba bien lejos, se comió a todas las cabras menos a una. Para que la dueña no se diera cuenta al volver al pueblo que volvía sin todo el rebaño, le puso todas las cencerras a la única cabra que quedaba, con lo que el ruido era el de todos los días y se volvió para el pueblo.

¿Están todas las cabras? – le preguntó la señora al lobo disfrazado de pastor. Y como este le respondió afirmativamente, le dijo – Pues baja a la cuadra y ordéñalas

El lobo bajó a la cuadra y como no había cabras que ordeñar, llenó el caldero con el pis del burro que en ese momento estaba orinando. Mientras el lobo estaba en la cuadra, llegó la perrita cojeando y le dijo a su dueña que el pastor era un lobo y que se había comido a las cabritas. La mujer cogió la escoba y se escondió detrás de la puerta. Cuando el lobo entró en la cocina le dio unos buenos golpes y, cuando estaba atontado, lo metió en un saco y lo ató. Luego se fue al pueblo a buscar a otros vecinos para que vinieran a pegarle una paliza al lobo.

Mientras la mujer estaba fuera, el lobo oyó que en la cocina había un gatito y le dijo

Ábreme el saco, gatito, y te daré chorizo

Y el gato, que estaba hambriento, le abrió el saco. El lobo, metió en el saco los cacharros de la cocina y volvió a atar el saco. Después se fue corriendo para que no le encontraran cuando volviesen todos.

Cuando la mujer volvió con varios hombres que traían unos garrotes muy grandes, les señaló el saco y les dijo

Darle una buena paliza, para que no vuelva a aparecer por el pueblo

Los hombres se dedicaron a dar garrotazos en el saco, que sonaba como a huesos rotos, hasta que la mujer les dijo

Parar ya que debe estar casi muerto y con todos los huesos rotos.

Cuál no sería su sorpresa cuando abrió el saco y vio todos sus cacharros destrozados. La pobre mujer se quedó sin cabras y sin cacharros.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Farol de aceite, palmatoria, candil de carburo.

Farol de aceite, palmatoria, candil de carburo.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: colorearjunior.com, revistacomarcal.es, blogdetruman.blogspot.com, .

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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9 pensamientos en “Los cuentos que me contaron (de lobos y cabritines)

  1. Muy buenos los cuentos con algunas variantes, pero en esencia los mismos, no me acuerdo del del tío Celedonio, me gustaría leerlo. Te voy a pasar uno que escribió en Pueblos de España Paco, que tiene casa en Vega, y también era un clásico de las noches de invierno, esta un poco adornado pero seguro que lo recuerdas.

    LA ZORRA “MARUXIÑA” Y EL LOBO “XUAN”
    Érase una vez una zorra que se llamaba Marusiña y un lobo que se llamaba Xuán, tenían la guarida en el monte de “Valdelablano” término municipal de Garueña, limítrofe con el de Sosas del Cumbral y Villapán y ejercían sus fechorías por toda “la redonda”.
    El año de caza era muy malo, ambos tenían solo el pellejo y se les marcaban todas las costillas y decidieron unirse para cazar a ver si así pintaban mejor las cosas y podían llevarse algo caliente a la boca, pues en los últimos tiempos solo habían comido unos grillos que cogían “al salto” en los gatiñales de “Porquín”.

    El caso es que una buena mañana salen los dos socios por los “Rozos del monte” abajo y al llegar cerca de la Fuente de “Llamacerrada” ven enredado en un espino a un carnero del “ Tío Jusepín” lo atacan y a duras penas consiguen acabar con él quedando los dos para el arrastre, cuando se disponían a hincarle el diente la zorra dice sentirse muy mal y convence al lobo de que es mejor enterrarlo y dejarlo para otro día y mientras tanto recuperarse, así lo deciden y lo entierran debajo un piorno.
    De vuelta a la guarida el lobo no pensó en otra cosa durante toda la noche que en comerse el carnero y a la mañana temprano ya estaba despertando a la zorra para ir a darse un festín, Marusiña le dice: Ay Xuán hoy no podrá ser, me olvidaba de decirte que precisamente hoy tengo un bautizo en Manzaneda (cerca de la casa de la Vieja) del hijo de una hermana mía y no puedo faltar pues soy la madrina, bueno pues que se va a hacer dijo el lobo ven pronto y tráeme “los perdones”.
    El lobo se volvió a la cama a matar el hambre y la zorra mientras tanto se fue a donde estaba el carnero lo desenterró y comió hasta que se hartó. Volvía de ello con una barriga que le llegaba a los píes cuando se encontró al lobo que cazaba algún que otro grillo para no morirse de hambre, al verla el lobo se puso muy contento y le dijo: ¿Que tal el bautizo Marusiña?, ¿me trajiste los perdones? Y le dice la raposina: calla lobo calla, que con tanto cura, tanto fraile y tanta gente honrada no te pude traer nada, bueno pues que se le va a hacer contestó el lobo ¿y como pusieron al niño? “Empezelo” contesta Marusiña (había empezado el carnero) y a propósito estoy muy mala si me llevaras a cuestas un ratín te lo agradecería en el alma y dicho y hecho de un salto se encaramó en los lomos del pobre animal que con el peso de la zorra y la debilidad por el hambre casi se cae de morros y en esto empieza la zorra a cantar “estando mi barriga farta y repantigada mi compadre el lobo arrujas me llevaba”, que dices Marusiña, que dices dijo el lobo, nada que estoy muy mala lobo que estoy muy mala.

    Esa noche el pobre Xuán la pasó como ánima en pena esperando el amanecer para ir a comer del carnero y bien pronto despertó a Marusiña que enfadada le dijo: Hoy tampoco podrá ser Xuán que tengo otro bautizo, ¡malalla tu y tus bautizos! Contestó el pobre bicho y ¿donde es esta vez?, pues en Sosas del Cumbral, (cerca de la fuente de las Burbuchas), en Pico Pelao, del hijo de otra hermana mía (ya sabes que las zorras solemos tener familias muy numerosas y a este bautizo tampoco puedo faltar que también soy la madrina. Bueno pues que se le va a hacer, tráeme los perdones y esta vez no te olvides que estoy que me muero de hambre.
    La raposa volvió al lugar donde se encontraba el carnero y comió hasta que lo demedió, (se comió la mitad del carnero), lo enterró otra vez muy enterrado, se tumbó al sol a dormir la siesta y cuando le pareció volvió a la madriguera a descansar la panza, al llegar se encontró al pobre Compañero muy débil, ya solo tenía huesos, pellejo, orejas y rabo y con voz muy cansina le preguntó, Que tal el bautizo Marusia?, me trajiste los perdones?, a lo que esta responde: Calla lobo calla que con tanto cura, tanto fraile y tanta gente honrada no te pude traer nada, hay que pena mas grande dijo el lobo y como pusisteis al neno?, “Demedielo” (había comido la mitad del carnero) y calla la boca Xuán que hoy vengo muy cansada y dicho esto se puso a roncar como una descosida mientras el lobo aullaba de hambre canina.

    La del alba sería cuando el lobo Xuán despertó a la zorra Marusiña para esta vez ya sin excusas ir a comer el carnero tan deseado, la boca se le hacía agua solo el pensarlo, y marusiña despegando toda su zorrería le convenció de que esta vez tampoco podría ser que tenía otro bautizo, esta vez en Vegarienza (en la sierra, cerca de Prao Redondo) y que le era del todo punto imposible el faltar a dicho acto pues de nuevo era la madrina, el lobo muy enfadado le exigió que esta vez si le trajera los perdones o se moría de hambre antes de dar buena cuenta del sabroso y gordo carnero.

    La taimada raposa vuelve al lugar de los hechos, desentierra el carnero y dándose un festín lo consigue terminar, solo quedaron los huesos y el pellejo, se dió una vuelta, para hacer tiempo y bajar la barriga, por “la Folguera” y atardecido se presentó en la cubil donde la aguardaba un Xuán que ya solo tenía dientes, éste al verla le imploro ¿que me trajiste Marusiña? A lo que ella le dijo: calla lobo calla, que con tanto cura, tanto fraile y tanta gente honrada no te pude traer nada. Al lobo casi le da un síncope, pero por educación le preguntó y como llamasteis esta vez al neno? “Acabelo” (se había comido todo el carnero) replica la zorra y por favor déjame dormir que vengo reventada, mañana mismo vamos a comer el dichoso carnero.

    No habían ni tocado Diana los gallos de Villapán y ya estaban nuestros dos protagonistas en busca del carnero, el lobo iba delante con la lengua afuera y la zorra detrás arrastrando la barriga, al llegar al piorno de marras donde debería estar enterrado el carnero el lobo empezó a escarbar y de allí solo salieron los restos del animal, (los cuernos y el pellejo), entonces Marusiña comenzó a gemir y a dar grandes voces al lobo, diciéndole: Hay pobre de mi, sin vergüenza, canalla, mal amigo, que mientras yo estaba cumpliendo mi obligación, ejerciendo de madrina, tu te has comido el carnero.
    El pobre Xuán no salía de su asombro y replicaba, que no Marusia, que no, que yo no fui, que serían los perros de Valbueno o de la Venta de Aguasmestas, que yo no fui, pero Marusiña no acepto sus excusas y haciéndose la ofendida disolvió allí mismo la sociedad con el pobre Xuán y lo despidió, la muy zorra, con cajas destempladas.

    Dicen las malas lenguas que se dirigió a Cornombre, donde había otro lobo soltero a quién engañar y cuentan las leyendas que siguió haciendo de las suyas.

    Del pobre lobo nunca más se supo, la última vez que lo vieron fué en Villaceid, pero ya era muy viejo, no tenía casi dientes, estaba sordo, veía muy mal y cuentan que vivía de la caridad cristiana.

    (DEDICADO A NUESTROS ANTEPASADOS QUE NOS LEGARON ESTAS MARAVILLOSAS HISTORIAS)

  2. Actualmente estoy leyendo los relatos de Sosas. La mayoría de los cuentos a los que aludes también me los contaron a mí, incluido el de Raquel. Aunque pensándolo mejor, creo que varios los escuché a través de radio Villablino. No puedo discernir cuales llegaron a mis oídos a través de las ondas y cuales por trasmisión oral.
    Hace unos cuantos años mi hermana me regaló el libro :”BITSARON”, de Eva González y su hijo Roberto González-Quevedo. En él se hace alusión a vivencias ancestrales: cuentos, poesías y cusitsinas(adivinanzas), escritas en “na nuesa tsingua”. En el libro están esos cuentos contados por nuestros padres o abuelos a la luz del candil o lo que es casi igual, de una bombilla de filamento incandescente, que más que luz daba pena.
    Se me ocurre un juego. Te envío dos adivinanzas y me dices si tu abuelo te las contó de pequeño.
    CUSITSINA 1 CUSITSINA 2
    Cien vacas nun corral Dous bueis marietsus
    todas mexan a la par. nun corral de fierru.
    Un saludo.¡Ah! Ya vi tu nueva entrega, La leeré más adelante.

    • Hola Eulogio. Me encantaría poder leer el libro que mencionas, pero en la tsingua lacianiega, cosa imposible pues casi no he entendido la primera adivinanza (¿podrían ser los carámbanos en los aleros del corral?) y nada de la segunda. Un saludo.

  3. Hola Emilio:
    Muy bien. La adivinanza 1 son las veras al caer de los aleros. Más o menos lo que habías contestado.
    La adivinanza 2 son los huevos fritos en el cazo.
    Pues como éstas, el librín, tiene una treintena.
    No creas que yo entiendo con fliudez el patsuezu. Leo la revista “El Mixto”, que suele tener textos en nuesa tsingua y algunos otros escritos, pero me cuesta entender muchos vocablos.
    Todos los años, se entregan en la casona de San Miguel, los premios del concurso Guzmán Álvarez, en patsuezu. También suele haber mercau lacianiego y una boda lacianiega en la que invitan a una recha de pan y manteiga con azúcar. Desde que la leche la ordeño a diario del brick, no pruebo una rechina. Mi abuelo, mi tía Isabel y mi primo Marcelino trabajaron en la lechería de Villager haciendo manteca, pero no sabía igual que la que hacía mi madre de la nata de las vacas de mi tío Paulino. ¡Qué sabores en el recuerdo!
    Un saludo

    • Eulogio, yo en pastuezu me quedé en la primera lección con aquello de tsumo, tseite, tsino y tsana que aprendí a los pocos días de llegar a Villablino. Y es que en aquella época no se oía para nada hablar en pastuezu, ni hablar de ello. Debía ser por la presión oficialista de establecer el castellano como única lengua. Un saludo.

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