La vida con los abuelos en Vegarienza (aprendiz de omañés)

Emilio de la Calzada y Honorina González, abuelos maternos del autor

Emilio de la Calzada y Honorina González, abuelos maternos del autor

Aunque lo habitual era estar en Vegarienza solo durante el verano, cuando yo tenía entre seis y ocho años hubo un par de ellos que los pasé enteros con los abuelos y la tía Milce. Hacía poco que el abuelo había dejado de trabajar como maestro y su dedicación a las tareas del campo y cuidado de los animales era completa. Yo iba a la escuela y el resto del tiempo transcurría en el entorno de los abuelos.

La vida era tan próxima a los abuelos, que en invierno yo dormía en su misma habitación. Tenía un balcón que daba al corral por donde entraba la primera luz de la mañana y había dos grandes camas de hierro, una a cada lado de la puerta, donde dormían los abuelos. La pared estaba presidida por un Sagrado Corazón estigmatizado y por un reloj de pared al que me dejaban darle cuerda, para lo que tenía que subirme a una silla. Yo dormía en la cama del abuelo y, en las noches más frías, era el encargado de llenar una botella con agua caliente del calderín de la cocina de leña, que era muy útil para calentar un poco las sábanas y los pies. Al cabo de un rato el agua se enfriaba y el contacto con la botella era muy desagradable, por lo que el abuelo y yo la empujábamos disimuladamente hacía la parte contraria de la cama. Los días que yo me meaba en la cama, entre sueños confiaba que a la botella se le hubiera salido el tapón. En algunas casas, en vez de botellas de cristal, usaban ladrillos macizos que se calentaban sobre la chapa de la cocina. Lo de las bolsas de goma vino mucho más adelante.

Participaba en las oraciones matutinas y vespertinas que dirigía el abuelo y a las que contestábamos la abuela y yo. Me acuerdo en particular de una que el abuelo recitaba con voz monótona y profunda, secundado por la abuela y por mí

Por todos los caminantes y navegantes del mar y de la tierra

Por los moribundos y agonizantes del día y de la noche

Y para que Dios nos libre de muerte repentina y males desconocidos

Por las buenas cosechas y buenos temporales

A Santa Lucia bendita que nos conserve la vista

A Santa Bárbara bendita que nos libre de los rayos, truenos y tempestades………….

Cuando las primeras luces traspasaban los cristales, había que levantarse, vestirse y empezar con el trajín. En vestirnos no tardábamos mucho. El abuelo salía de la cama casi vestido con la camiseta de felpa y el calzoncillo mariano hasta los tobillos, que también hacían de pijama, y tardaba un santiamén en ponerse la camisa, los pantalones de pana y las zapatillas a cuadros. Yo tampoco tardaba mucho, pues tenía poco que pensar en que ropa debía ponerme ya que siempre era la misma. A diferencia de otras casas en las que las habitaciones solían estar encima de las cuadras para aprovechar el calor de los animales, aquí no era así y el frío nos hacía ser especialmente rápidos. Mi primer cometido era coger la botella de agua y llevarla a la cocina, no sin antes verificar si había sido noche de meada por si había que tener preparada alguna disculpa.

La abuela encendía la cocina con unas escobas y troncos de roble y ponía a calentar la leche y el café de puchero, con muy poco café y mucho de achicoria. Lo primero que yo hacía al llegar a la cocina, era arrancar la hoja del día anterior del calendario Zaragozano, para leer la historieta o las curiosidades y adivinanzas que traía en la parte de atrás y enterarme de cuáles eran los santos del día. Era como un premio que me dejaran arrancar la hojita. El abuelo y yo nos sentábamos en el escaño (banco corrido) y desayunábamos en enormes tazones redondos de loza blanca, donde migábamos el pan de centeno. A continuación empezaban a ordeñar las vacas. Mientras, yo me lavaba como los gatos con agua fría, tan fría como hubiera sido la noche, usando un palanganero que era lo más parecido al lavabo actual. Era un mueble que podía tener espejo y sostenía una palangana de porcelana, con algún que otro descascarillado que dejaba al aire el hierro de que estaba hecha, echando agua de un jarrón con asa que había al lado. La palangana tenía un tapón que enviaba el agua usada a un cubo que luego había que vaciar en el río. Me peinaba y bajaba a la corte de las ovejas para poder sacarlas a la carretera a tiempo para cuando pasara el pastor de turno con el resto de las ovejas del pueblo. (Ver post El Lobo).

Recogía mi catón y mi pizarra, me calzaba las madreñas y me iba a la escuela con tiempo suficiente para poder jugar un ratito o hablar con los demás chavales antes de que abriera el señor maestro. La vida en la escuela transcurría tal como se relata en el post “La escuela en Vegarienza“.

Cuando volvía de la escuela ayudaba en todo lo que me mandaban o hacía las cosas que ya tenía asignadas como tarea diaria. Cortaba leña, la subía a la cocina, traía calderos con agua de la presa para la cocina y jarrones para los palanganeros, iba a por agua a la fuente con el botijo, recogía los huevos de las gallinas, acompañaba al abuelo y a la burra a por verde al prado del Valle, iba al molino con la burra a llevar centeno para moler, o al herrero a llevar un hacha a que le sacarán el corte y así infinidad de tareas menores. Por la noche, era el encargado de cerrar la puerta de la calle con una tranca de madera muy fuerte, que de día permanecía embutida en el muro. Esta tarea me hacía sentir especialmente importante, pues la interpretaba como un signo de confianza de los abuelos.

Hoy día, más de una asociación no gubernamental diría que aquello era explotación infantil. Pero, entonces, no era más que ganarse el sustento y el derecho de poder ir a la escuela. Nada era gratis y a nadie se le permitía estar ocioso cuando había tantas cosas que hacer. No es que no nos hiciésemos los remolones en alguna ocasión en que nos hubiera apetecido más irnos a jugar, pero, en general, había buena disposición para el trabajo porque era lo que veíamos hacer a los mayores.

Además era el ayudante del abuelo en todas las tareas que se consideraban “de hombres“. Le ayudaba a aparejar las vacas y a uncirlas al carro, le acompañaba a subir el abono a las tierras donde se sembraría el centeno que nos permitiría comer pan todo el año (ver post La cosecha del pan), me ponía delante de las vacas para que no se movieran cuando él hacía algo subido en el carro, iba delante de las vacas cuando araba para que el surco saliera recto, le acompañaba a cortar y acarrear la leña, le ayudaba a cerrar las lindes de los prados y así en todas las tareas en que era conveniente que hubiera una segunda persona mientras él hacia el trabajo duro. Debido a este papel de ayudante, aprendí como se hacía casi todo lo relacionado con el campo y los animales. El abuelo me explicaba todo aquello por lo que le preguntaba y era condescendiente con mis errores. Cuando tenía que llamarme la atención por algo más gordo, me gritaba, “¡Pero chiclán! ¿qué haces?”.

Aprendí a llamar a cada animal de la forma, con la entonación y el gesto de la mano adecuados, tal como había visto hacer:

Tuma, tuma, tuuuuma, vaaaaca ve…… para que se acercasen las vacas, mientras movía los dedos de una mano adelantada haciendo el gesto de darles algo

– Buche, buche, buuuuche, tuma, tuma, tuuuuma…. para que se acercase la burra o el borriquín

Orrrr, orrrrr……. para que se alejasen las ovejas de donde estaban, ayudándome de alguna que otra pedrada

Pitas, pitas, piiiitas, pivivipipipiiiii….. para llamar a las gallinas a comer, mientras me acercaba haciendo bien visible la lata con el grano

También me enteraba de las cosas que hacía la abuela en aquel interminable trajín que duraba todo el día, aunque hubiera menos ocasión de ayudarla. Veía como colaba y hervía la leche del día, como la pasaba a las nateras que ponía al fresco, como deburaba (las vaciaba del suero) las nateras para separar la parte más grasa de la leche y como hacía los quesos y la mantequilla. Como amasaba y hacía hogazas de centeno que cocía en el horno de la cocina vieja. Como preparaba la comida para los cerdos y el batudo para el perro, a dar la comida a las gallinas, a cambiar la lana a los colchones, hilar y escarpenar la lana, tejer y un sin número de tareas más sin contar con la costura, la limpieza y todo lo que tenía que hacer la mujer de la casa. No me imagino cómo, además, pudo criar diez hijos sin dejar aquel trajín.

Mientras estuve con ellos se produjo un cambio tecnológico en la forma en que se hacía la mantequilla. Hasta entonces, después de purgar las nateras, echaba la nata en un odre hecho de la piel de una oveja o cabrito, cerrado con tapones de madera por lo que habían sido las patas y atado con una cuerda por el cuello, que era el lugar por donde entraba la leche y salían la mantequilla y el suero. Se ponía al sol con el odre sobre el regazo, mazando (golpeando) el contenido con vaivenes bruscos que hacían que golpease sobre los extremos del odre, hasta que el suero se separaba de la mantequilla. El cambio tecnológico consistió en una mazadora hecha de madera por el carpintero, con aros al estilo de las cubas de vino. Era una pequeña cuba horizontal de madera con una boca en la parte superior y que internamente tenía un bastidor, también de madera, montado sobre un eje que se accionaba desde el exterior con una manivela. El bastidor batía la nata de forma que separaba el suero de la mantequilla. A partir de ese momento, si le ayudé a mazar la mantequilla girando la manivela. Como signo de modernidad, en alguna casa el odre de piel se sustituyó por una mazadora de hojalata, con aspecto de submarino y hecha por alguno de los hojalateros que periódicamente pasaban por el pueblo.

En el samartino (matanza del cochino), vi como se reunían familiares y otras personas del pueblo que venían a ayudar. Los hombres ayudaban al que oficiaba de matarife a sacar al gocho de la cochiquera bien agarrado por el cuello, lo ataban sobre un banco muy recio y allí procedían a ajusticiarlo. Las mujeres habían preparado diversos cacharros donde se echaría la sangre, las tripas y las vísceras del animal y calderos de agua casi hirviendo con la que pelarían la piel del cerdo una vez eliminadas las cerdas quemadas con el fuego de manojillos de paja. La abuela era quien dirigía todo el proceso posterior a la muerte y descuartizamiento del animal. Preparaba el picadillo para los chorizos, la mezcla de las morcillas, embutía todo ello en las tripas del cerdo, adobaba los jamones y los lomos, salaba el tocino, entripaba los yoscos y butiellos. Y con las sobras de los chorizos nos preparaba un frito que llamábamos titos y que estaba riquísimo. En el post “El tío Aecio” se describe de principio a fin un samartino

Cada tarde, si iban al rosario yo les acompañaba y a la vuelta cenábamos. Si no había rosario en la iglesia, lo rezábamos en casa. En la sobremesa era cuando el abuelo me contaba sus historias. No eran muchas pero las repetía gustosamente. Había una que le gustaba contar y que yo no entendía muy bien, pero me gustaba ver como se divertía contándomelo. Trataba de la prédica de un cura un poco bruto que disimulaba que no sabía latín y que estaba preocupado porque al pueblo habían llegado unos forasteros con más luces que sus feligreses y temía que le estropearan el sermón. Decía el cura en el sermón, mezclando latín y castellano,

– Os voy a echar una predicazaina. Pero tenéis que echar fora a los castellasaos – después de un momento, cuando creía que todos los forasteros habían salido de la iglesia, continuó – Debajo de pontis pecis, calavernis coquis. Guiviz cantaviz, quiz quiz, cua cua. Ten cornus come boy e non e boy. ¿Qué será que no será feligrisiños meos?

Si non e boy será vaca, oh! – le contestó un forastero que se había quedado en la iglesia.

¿Non vus dije que echaseis los castellasaos fora? Pues agora, cagaibus en la predicazaina – terminaba el cura enfadado

El abuelo lanzaba grandes risotadas y yo me reía divertido con él, sin haber entendido donde estaba la gracia.

A veces el abuelo, que fue maestro durante toda su vida en Sosas del Cumbral, me ayudaba con los deberes de la escuela. También me ayudó a estudiar los latinajos que el monaguillo tenía que contestar al cura en misa y que yo aprendí de memoria en el catecismo del padre Astete. Cuando creyó que ya estaba preparado para ser monaguillo, don Abundio el cura me enseñó cómo tenía que ayudarle a vestirse, a llenar las vinajeras, a encender y echar incienso al incensario, a cómo llamar la atención de los feligreses durante la Misa con la campanilla, cómo tenía que poner la bandeja debajo de la barbilla de los comulgantes, cómo pasar la bandeja para la limosna, cuando tenía que levantarle la casulla en la elevación del cáliz y la hostia y muchas otras cosas que se necesitaba saber.

En aquella época la misa se decía en latín, que casi nadie entendía, y el cura daba la espalda a los feligreses que se enteraban de muy poco de lo que se hacía en el altar. Y claro, el monaguillo también estaba de espaldas al pueblo, arrodillado detrás del cura, escuchándole con atención y contestando a sus latines con los propios. Al principio yo tenía la sensación incómoda de más de cien ojos fijos en mis espaldas, pendientes de mi pensaba yo, para ver si me equivocaba. Pasado un tiempo, me hice el dueño de la sacristía y me preocupaba menos de las miradas. Más adelante aprendí a ayudar en los bautizos y en los complicados ritos de la Semana Santa. En aquella época en Vega no se moría nadie y nunca me tocó ayudar en un entierro. Menos mal. Me llegué a sentir realmente importante.

El cura daba algunas perras gordas a los monaguillos, que nos gastábamos en casa Selima al poco de salir de Misa, y nos dejaba comer el recorte de las hostias. De tarde en tarde nos dejaba escurrir las vinajeras. Aquel vino estaba buenísimo y entendí perfectamente a mi hermano Eduardo cuando se pegó una fiesta en el seminario donde vació casi entero el garrafón de vino de consagrar.

Otro de los cometidos como monaguillo era avisar a los feligreses de que iba a empezar la Misa o el Rosario. Había que tocar las campanas cuyo campanario no formaba parte de la iglesia, como suele ser usual. Las casas del pueblo de Vegarienza se alinean con la carretera que sigue el curso del río Omaña y con el camino de Sosas que bordea el río Baltaín. Dos valles estrechos divididos por un monte, lo que provocó que el campanario estuviera ubicado en este monte divisorio y así se pudieran oír las campanas en todos los barrios del pueblo. Para tocar las campanas subía corriendo por la cuesta del campanario y allí tocaba el repique correspondiente, tirando de las cadenas de las dos campanas. Dos toques con la grande y uno con la pequeña, de forma que empezaba con una campana antes de haber acabado con la otra. El toque lo aprendí de los mozos del pueblo cuando subieron las campanas al campanario, después de haberlas reparado en León. En aquella ocasión todos los mozos hicieron alarde de su habilidad con las campanas y yo tomé buena nota de cómo ser un buen campanero.

En otoño, si el abuelo iba con las vacas yo le acompañaba y, viendo como lo hacía él, aprendí a hacer cestos con los mimbres que cortaba de los paleros. Se tardaba varias tardes en hacer un cesto grande, le salían muy bien y eran muy resistentes. Se usaban para llevar la ropa al río, para ir a por el verde, para la cosecha de las patatas, para casi todo. Yo hice uno por mi cuenta y, a pesar de hacer todo lo que había visto al abuelo, me quedó un poco cochambroso pero me sentí orgulloso de haber sido capaz de terminarlo. Si hubiera insistido, supongo que el resultado hubiera sido mejor.

Claro que la abuela no se quedaba atrás en esto de la construcción de cosas inverosímiles. Yo he visto como elaboraba los sombreros de paja que nos poníamos para ir a la hierba. Era un proceso largo que comenzaba escogiendo las mejores pajas de la cosecha. Las ponía a remojar durante bastante tiempo para que se volvieran flexibles y dóciles, pues con ellas había que trenzar una tira plana muy larga que era con la que se construía el sombrero cosiendo vueltas contiguas, en espiral, de esta tira y dando forma al sombrero en todo un prodigio artesanal. Eran sombreros que duraban varios años. Los pliegues de la paja trenzada se te hundían en la frente, pues la abuela, después de haberse tomado tanto trabajo, no los remataba con la típica badana de cuero que tenían los que se compraban, seguramente porque no disponía de ella.

Vi nacer los terneros, los corderines, los cabritillos, los cerditos, el buche (borriquín), los conejos, los perritos y gatos y como salían los pollitos del cascarón. Todo ello sin necesidad de ir a una granja escuela.

Participé en la siembra del centeno, de las patatas, de los guisantes, de los fréjoles, de los garbanzos, de las lechugas, berzas y nabos. Ayudé a quitarles las malas yerbas, a sulfatar los escarabajos de la patata y a recolectarlos. A trillarlos o majarlos y a aventarlos para que el aire separase el grano de la paja y las semillas de sus cáscaras.

No todos los trabajos transcurrían en el ámbito familiar ya que algunos estaban destinados a la comunidad, como era sacar el agua del río para regar los prados o arreglar los caminos antes del acarreo de la hierba y del pan, o reconstruir el puente que cruzaba el río cuando tenía tales boquetes que no resistiría el paso de los carros cargados y los animales, asustados, se negaban a pasar por allí. En el pueblo había un vecino que actuaba de alcalde, no recuerdo si era por votación o por turno, y era el encargado de mandar que se tocasen las campanas para llamar a concejo, al que yo asistí numerosas veces con el abuelo. Recuerdo concejos cuando era alcalde tío Baldomino o Isaac. Se reunían los hombres de cada casa aprovechando un lugar con sombra y allí discutían sobre los trabajos a realizar, hasta decidir el día y la hora y cuanta gente de cada casa participaría. Llegado el día señalado, allá nos íbamos con palas, azadones y hachas a meterle mano a la tarea. Se trabaja duro y en los descansos, además de que los mayores tentaban el culo a la bota de vino en largas rondas en las que participaba todo el grupo, se bromeaba y se tonaba el pelo a todo el mundo. Recuerdo dos frases que salían a relucir a menudo. Cuando alguien acababa algún trabajo que se le había encomendado y quería manifestar que lo había terminado a satisfacción, decía todo ufano “Ya está la rata debajo de la lata”. Por el contrario, si alguno se demoraba en terminar su trabajo dando lugar a que los demás comentaran que no iba a quedar bien o que no iba a ser capaz de terminarlo, él se defendía pidiendo paciencia y decía “Eeeey, ¡al quieto parao! que aún está el capador encima de la gocha (cerda)”, con lo que daba a entender que aún no había dicho su última palabra.

Aquello fue un auténtico master del que no me perdí una sola clase. Estoy convencido que yo hubiera sido un buen lugareño y que me habría sentido bien siéndolo. En aquellos años aceptaba aquella vida con naturalidad, entendiendo las causas, los efectos y me parecía normal que hubiera que trabajar con ahínco para pasar de las unas a los otros. Me estaba convirtiendo en una copia del abuelo.

Vivíamos en una cultura del aprovechamiento de todo lo que estaba a nuestro alcance y aprendí a no despilfarrar y a reciclarlo todo hasta extremos exagerados como se describe en el post “El síndrome de Diógenes“.

A menudo tenía la sensación de que el tiempo pasaba angustiosamente lento. Sobre todo cuando estábamos con las vacas o arando, tareas repetitivas y especialmente tediosas. Solo sabíamos cuando empezaban, momento a partir del que yo anhelaban con todo el alma que llegase el momento de terminar. Nadie de la casa tenía reloj, salvo el abuelo que tenía uno de bolsillo sujeto por una cadena a un ojal del chaleco. Yo no me atrevía a preguntarle la hora, para que no me abroncase diciendo que solo pensaba en ir para casa. El tiempo lo medíamos indirectamente, por las campanas que avisaban a misa o al rosario y cuando pasaba el autobús de Beltrán que nos fijaba cuatro horas del día, según fueran los rápidos o los correos. En las llamas de Castriello usábamos la sombra del chopo de la llama de tío Baldomino, para saber cuando era la hora de volver con las vacas a casa. Aún tendría que esperar a los doce años para tener mi primer reloj, uno que dejó de usar el tío Baldomino y que seguramente había tenido otros dueños antes que yo, de tan desgastado como estaba el metal de la caja por su roce con la ropa.

La vida transcurría tan apacible y lentamente, que podía decirse que lo más singular que sucedía en el pueblo era las cuatro veces que pasaba el mencionado autobús de Beltrán, que a veces traía algún viajero y noticias. Eran las mayores novedades del día. Unía Villablino con León en dos viajes diarios de ida y vuelta. El que salía temprano de Villablino y volvía de León a última hora de la tarde, era el “rápido”. Otro autobús salía de León por la mañana, dejando el correo en todos los pueblos, y regresaba de Villablino para recoger el correo en los pueblos de la ruta. De ahí su nombre de “correo”. Tanto uno como otro tardaban más de tres horas en hacer menos de cien kilómetros, por lo que lo de “rápido” era un eufemismo. El primer autobús que yo conocí era de color verde claro, con un morro prolongado, grandes guardabarros delanteros y una escalera en la parte de atrás que servía para subir los equipajes al techo del autobús y donde había unos bancos de tiras de madera que se usaban en el buen tiempo para llevar a los pasajeros que no cabían en el interior. Esto solía pasar los días de feria o en el verano cuando venían los bercianos a la siega del pan. Yo viajé arriba en alguna ocasión y había que ir pendientes de las ramas de los chopos, que entonces bordeaban los dos lados de la carretera, pues te podían afeitar la cabeza si te descuidabas y no te agachabas a tiempo. Todos estábamos pendientes de lo que traía y llevaba el autobús, agradeciendo que de vez en cuando nos sacase del aburrimiento con alguna novedad. Los perros eran de otra opinión y no había vez que no salieran disparados detrás del autobús, en un intento inútil de morderle las ruedas.

El cobrador se llamaba Juan, era grueso, con el pelo moreno y rizado, que sudaba copiosamente por el calor y el esfuerzo de subir y bajar los equipajes a la parte de arriba del autobús. A mí me asombraba como era capaz de escribir los datos del billete, de pié en el pasillo y bamboleándose en las curvas del camino. Aunque lento, el autobús solía ser puntual. Sabíamos cuando venía de León porque oíamos el bocinazo que daba al salir de Pandorado, en el alto de La Hoja, en las curvas que hay antes de llegar a Guisatecha. Te daba tiempo a llegar andando hasta la parada, junto a la casa del cartero. Al durar el viaje tanto, hacía dos paradas intermedias. Una en la Magdalena y una más en otro pueblo que durante años fue Aguasmestas, cruce de caminos y mezcla de ríos. Más adelante se hizo cargo de la línea los autobuses Fernández, que ya no tenían baca y todos los viajeros iban en el interior. En esta época, la mayor parte de los perros habían muerto atropellados o estaban lisiados por los percances con el autobús y casi todos caminaban renqueando. Ahora, al paso del autobús permanecían tumbados al lado de la cuneta, como recordando sus lances con el autobús de Beltrán.

También pasé en Vega las Navidades. Estaba todo nevado, la presa del río pequeño llegó a helarse y del tejado colgaban unos carámbanos afilados como puñales que chupábamos como si fueran de caramelo. Entonces no había Papá Noel y los regalos los traían los Reyes. A mí me trajeron mi primer pantalón largo, que tenía toda la pinta que lo había hecho la abuela, y unas nueces de las que se guardaban en el desván y que me supieron a gloria. Los pantalones eran bombachos y calientes y el primer día de clase me acerqué a la escuela contoneándome para llamar la atención sobre mi “puesta de largo“.

A pesar del ajetreo diario a que nos empujaba el abuelo, que no sabía estar ocioso, fueron unos años en que disfruté como un auténtico campesino. Una vez aprobado el examen de ingreso de bachillerato, ya no hubo posibilidad de pasar los inviernos con los abuelos. Me sustituyeron en estas estancias alguno de mis hermanos más pequeños, pero yo no olvidé lo que había aprendido. Estoy seguro que hubiera sido un buen omañés, de costumbres y sentimiento. Vamos, de pueblo, como creo aún se me nota hoy día.

Palanganero, odre de mazar, mazadora de hojalata, mazadora. Sagrado Corazón, varales con matanza, haciendo un cesto.

Palanganero, odre de mazar, mazadora de hojalata, mazadora.
Sagrado Corazón, varales con matanza, haciendo un cesto.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: elrinconcunqueiro.com, museo de la calzada pueblos-espana.org, ojodigital.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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Un pensamiento en “La vida con los abuelos en Vegarienza (aprendiz de omañés)

  1. Demasiado largo y demasiado disperso. Deben ser historias de 5 minutos/3-4 folios, todo lo demás no es formato adecuado. Haces mención/desarrollas/apenas metes la pluma en muchas cosas en principio no relacionadas directamente y merecedoras cada una de su propia historia (inventos revolucionarios en Omaña, mi vida como monaguillo, el bus, la matanza, el reciclaje, las manualidades, los animales de la casa…). Parece un compendio autopublicitario redireccionador de greatest hits.

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