La siega de la yerba (la gran despensa)

CarroYerba(512)

En Vegarienza, como en toda Omaña, las vacas eran casi como de la familia y se las bautizaba con nombres propios como la Garbosa o la Serrana o la Mora. Eran imprescindibles para arar y tirar del carro y de ellas se obtenía la leche, fundamento de la dieta diaria y subproductos como la nata, la mantequilla y el queso. La venta de sus terneros y novillos, constituían el único ingreso que permitía comprar cosas elaboradas, como ropa y calzado, azúcar, aceite y otros productos de primera necesidad. A veces, cuando morían por algún percance, no por enfermedad, se convertían en carne fresca en cantidades inusuales y en la rica cecina que ayudaban al sustento. Con su piel se hacían muchos utensilios como las mullidas que se les ponía sobre la testuz para asentar el yugo, las cornales para sujetarlas al yugo y los sobeos con los que se ataba el yugo al carro o al arado. Eran, por tanto, imprescindibles en la actividad campesina y fundamentales para la economía de las familias.

Otro subproducto menos vistoso pero igualmente apreciado era sus excrementos que, debidamente secados al sol y al aire, se convertían en abono imprescindible para revitalizar las tierras de siembra y los prados para que cosechas y forraje fueran abundantes.

Consiguientemente, para que estuvieran fuertes para el trabajo, dieran mucha leche, parieran un jatín al año y el esterquero creciera lo suficiente, había que cuidarlas y darles de comer. Era relativamente sencillo cuando no era invierno, llevándolas a pastar a los prados o al monte. Para que comieran en invierno, era necesario recoger la hierba. O yerba, como se decía por allí.

Durante toda la primavera se regaban los prados para que en Junio se pudiera segar la yerba que, una vez seca, se almacenaba en el pajar, una inmensa despensa que permitía dar de comer a los animales tan pronto el frío y la nieve les impedía salir a pastar al campo.

Llegado el momento de la siega, había que preparar los guadaños para que cortaran bien. Para ello los segadores se ponían al sol, pues así la hoja del guadaño se calentaba y era más fácil afinar el corte mediante golpes acompasados sobre el yunque de cabruñar. En realidad, con los golpes se estiraba el filo de la guadaña haciéndolo más delgado y así que cortase mejor. Era una operación que podía tomar un par de horas por cada guadaño. De tanto estirar la hoja, había guadaños tan estrechos que solo se usaban para segar el verde (yerba tierna). Se preparaban los cachapos de cuerno de vaca y las piedras de afilar, se reponían los dientes en los rastrillos de madera con ramas de piorno y se ajustaban los mangos de las forcas. Se ponían en el carro unos tadonjos largos para que sujetaran bien la yerba, que podía alcanzar una altura de tres metros sobre el tablero del carro. Se repasaban las sogas que servirían para atar la yerba y que se mantuviera en el carro en tramos difíciles de camino, donde el carro adoptaba una inclinación que daba miedo. De hecho, el abuelo Emilio sufrió un percance en Sosas intentando sujetar el carro en una de estas travesías difíciles. Resbaló y una rueda del carro le rompió las dos piernas. Por último, los segadores preparaban los riñones, pues se decía que con ellos había que hacer la fuerza para segar. Incluso alguno había que tenía que fajarse la cintura.

Ya en el prado, se plantaban bien los pies en el suelo, se colgaba el cachapo en el cinto, con algo de agua para que la piedra de afilar estuviera húmeda, se cogía el guadaño por el estil y se empezaba a segar moviéndolo acompasadamente de derecha a izquierda, a ras de suelo. A cada golpe de guadaño se avanzaba una distancia de medio pie y la hierba iba quedando en el lado izquierdo, perfectamente alineada, formando marallos. Cuando el guadaño ya no cortaba, se apoyaba la punta de la hoja en el suelo o en el muslo y con la piedra de afilar se estiraba y afinaba el corte para volver a empezar. Era un trabajo penosísimo que solía empezar muy temprano y se terminaba a mediodía. Solo se interrumpía para tomar un pequeño refrigerio, denominado “las diez”, por la hora aproximada en que se producía la llegada de alguien de la casa con comida y bebida. Yo cumplí durante años con la misión de acarreador de alimentos y aprovechaba, mientras los hombres comían, para coger el guadaño e imitarles, aunque solo conseguía clavar la hoja puntiaguda en el terreno o levantar buenas rebanadas de tapín, que me apresuraba a colocar en su sitio de nuevo para evitar la bronca del abuelo.

En la época de la siega era frecuente que alguno de los hijos varones de los abuelos y también mi padre vinieran a ayudar. Algunos, con la piel fina de usar el lapicero en la oficina durante el resto del año, usaban guantes de piel para poder aguantar la aspereza del mango del guadaño. Casi todos acababan con los riñones deshechos y nos mandaban a los chavales que les pisáramos la espalda para recomponérselos.

El trabajo siguiente era esmarallar (deshacer los marallos) extendiendo la hierba con una horca de dos puntas para que el sol la secase. Cuando ya estaba seca por un lado, se le daba la vuelta para que terminase de secarse. Así como la hierba recién segada tenía su olor peculiar, la hierba seca también tenía su aroma característico. Se podía ver como un regimiento de saltamontes verdes saltaban desorientados sobre una yerba tumbada, que siempre habían conocido vertical. Había que recogerla enseguida para evitar que se pudriera si llovía. La posibilidad de lluvia era un miedo permanente que nos angustiaba especialmente en los paréntesis dominicales, pues sabido es que eran días de guardar en los que solo estaba permitido asistir a la Misa, cuanto más en una familia tan practicante como la de mis abuelos. La Iglesia era tan influyente y tan poco sensible a las necesidades de las pobres gentes, a las que una tormenta les podía arruinar las expectativas del invierno, que prohibía trabajar en el día del Señor y la Guardia Civil se cuidaba de que fuera así. No obstante, algún domingo los de casa de los abuelos nos aventurábamos a dar vuelta a la yerba. Intentábamos llegar a los prados por caminos que no fueran la carretera, para evitar a la pareja de la Guardia Civil y sin portar las horcas que nos delatarían. Si se trataba de las llamas de Castriello, trepábamos por el Vallado vestidos de domingo para no dar pistas, como si fuéramos de excursión. A falta de forcas, le dábamos vuelta a la yerba con palos. No sé si luego esta trasgresión de no guardar la fiesta del Señor sería materia de confesionario. No deja de ser curioso que fuera un delito trabajar. Extrañas alianzas entre lo divino y el sátrapa.

Para transportar la hierba al pajar se usaba el carro preparado como se ha dicho, con tadonjos largos en los laterales para llevar una buena cantidad en cada viaje. Se comenzaba haciendo unas grandes mañizas que se pinchaban en los tadonjos para ensanchar la base del carro, con cuidado de dejar sitio en la parte delantera para el corpachón de las vacas. Se subía una persona en el carro, normalmente una mujer que en nuestro caso solía ser tía Milce, y se le iba aupando forcadas de hierba para que la colocara por capas que iba pinchando en los tadonjos. Intentaba que el peso quedase centrado sobre el eje del carro, pues en caso contrario el carro quedaría “delantero” y las vacas apenas podrían levantar las cabezas del suelo, o “trasero“, con lo que las vacas irían mirando hacía las nubes. Para evitarlo, el abuelo lo verificaba cada poco sopesando la carga levantando el carro por el pezón. Los carros de hierba llegaban o tomar un volumen similar al de un autobús y, al final, era necesario atarlos con sogas a lo largo y transversalmente para que no se cayese la hierba en los puntos del camino donde el carro se ladeaba peligrosamente.

Ya solo quedaba bajar a la tía Milce de lo alto del carro, para lo que elevábamos la parte delantera, de forma que Milce se deslizaba por la trasera hasta el suelo como por un tobogán, solo preocupada de que no se le subiesen las faldas por encima de las rodillas.

A veces, en los puntos difíciles del camino, había que sujetar el carro por las sogas para que no valtase (volcase). Era el caso de las llamas de Castriello que en el punto más alto de la rodera (camino) pasaba por una zona de rocas, donde una rueda iba treinta centímetros más alta que la otra y teníamos que tirar fuerte de las sogas de la parte de arriba del camino, para evitar que carro y vacas se cayeran al arroyo.

Pasado el tramo peligroso, nos apurrían (empujaban) a los chavales a la parte alta del carro, donde nos agarrábamos bien fuerte de las sogas. Era un placer hacer el viaje hasta casa subidos en el carro de la yerba, desde donde el mundo se veía con otra perspectiva y podíamos, incluso, alcanzar las ramas de los chopos de la carretera. En el último carro del año, sujetábamos un ramo en todo lo alto indicando con orgullo a todo el mundo que habíamos acabado la recogida de la yerba.

Ya en el pajar, que solía estar en la planta superior a las cuadras, la hierba se descargaba con forcas y se metía por un ventanal grande, denominado boquerón, mientras otras personas dentro del pajar la colocaban hasta llegar al techo y la apretaban todo lo posible, ayudados por todos los chavales que saltábamos para que la yerba se apretase bien. Era un motivo estupendo de diversión donde nos juntábamos todos los chavales de la casa y algún invitado más, que incluso nos subíamos a las vigas para luego saltar sobre la yerba mullida. Nuestros saltos estaban justificados, pues había que dejar sitio para meter encima de la yerba las mañizas de paja cuando se majase el centeno, allá para Agosto, y para los ramos de roble cuyas hojas secas permitirían alimentar a ovejas y cabras y que se recogían justo antes de que empezara a caérseles la hoja. Con tantas cosas que se metían allí, el pajar quedaba totalmente colmatado, de forma que la única manera de llegar a la hierba era por las escaleras que unían la cuadra con el pajar. Desde las escaleras se comenzaba a “mesar” (entresacar) la hierba apelmazada con el gabito, una herramienta de hierro acabada en una V invertida, y se bajaba a brazadas a los pesebres. A fuerza de mesar yerba, el agujero iba agrandándose hasta vaciar el pajar.

Cuando todos los vecinos habían terminado de recoger la yerba, se llamaba a concejo para acordar cuando rehacer los puertos que sacaban el agua del río para regar los prados y se procedía a “partir el agua“, que consistía en fijar el horario en que se podría regar cada prado. El agua del río se extendía por todo el valle a través de un sistema de presas (zanjas en el terreno) que, al ser detenida en cada prado por compuertas, rebosaba por los aliviaderos o torcas mojando todo el terreno. A veces el agua era tan abundante, que los prados se inundaban y las burbujas de aire que quedaban adheridas a las hierbas, por efecto del sol parecían burbujas de champán. Si el turno de riego era por la noche había que hacerlo todo a oscuras, salvo que hubiera luna llena. Lo primero era colocar bien tus compuertas, bien retacadas con trozos de tapín (césped con su correspondiente tierra) que se arrancaban con la azada y minimizaban la pérdida de agua. Cuando llegaba la hora de riego, se quitaban las compuertas del prado que te precedía para que el agua pasara al tuyo. Se vigilaba que el agua salía por todos los aliviaderos, retocando con el azada los que no regaban bien. En algunos prados era necesario repartir el tiempo de riego entre las distintas zonas del terreno. De mozalbete yo era el responsable de regar El Pradón, el prado plantado de chopos por mi padre y tío Baldomino, como “gran negocio” familiar. El riego por la noche era alucinante, por la percepción tan diferente de las cosas que da la oscuridad. Y peligroso, pues saltar los cierros a oscuras con botas de goma o no meter la pata entre tanta presa llena de agua, era complicado. Era frecuente ver erizos pastando en los prados. En una ocasión me llevé uno a casa envuelto en mi cazadora, para que lo vieran los pequeños. Lo dejé en el corral, metido debajo de un cajón de los de dar el pienso a las vacas con un buen pedrusco encima y me fui a la cama. A la mañana siguiente, no había rastro del erizo y no conseguí averiguar cómo se había escapado.

Todo este trajín estaba dirigido a que, a la llegada del otoño, los prados pudieran pastarse hasta la llegada de los fríos y consiguiente estabulación del ganado. El pastoreo en los prados era muy descansado y daba lugar a buenas reuniones de pastores, alrededor de hogueras donde asábamos patatas y recogíamos avellanas en las lindes de los prados. Los animales engordaban con la abundante yerba y algunos terminarían abandonando la familia en los mercados de otoño en El Castillo y Riello (ver post El trato). Era una inyección de dinero para las necesidades invernales.

Con el invierno, la actividad en el campo era nula y las vacas solo salían de la cuadra una vez al día para beber agua en el río. Según se iba consumiendo el invierno camino de la primavera, así se iba vaciando el pajar con la consiguiente preocupación de si la yerba almacenada sería suficiente. Las cosas irían mal si se acababa la hierba y aún no había llegado la primavera, para que las vacas volvieran a pastar en el campo. Entonces habría que echar mano de la paja y las vacas tendrían que apretarse el cinturón. Darían menos leche y llegarían esqueléticas a la primavera, justo cuando serían necesarias para comenzar las labores en el campo. No había estación del año que no estuviese plena de incertidumbres.

La primavera marcaba el inicio del nuevo ciclo y los animales empezarían a pastar en el monte. Si las lluvias llegaban a tiempo para regar los prados, la yerba estaría crecida allá para final de Junio. El soniquete acompasado del abuelo golpeando la hoja del guadaño, volvería a oírse al lado de la presa de la huerta indicando que todo seguía el curso establecido. Establecido por los giros de la Tierra desde tiempo inmemorial.

Aunque la Tierra siguió imperturbable en sus giros, unos cuantos años después ya no quedaba nadie en los pueblos que exhibiera orgulloso el ramo del último día de la yerba. Ni labradores ni vacas. Hoy, en casi todas las casas de Omaña, la leche, al igual que en las ciudades, sale de un tetrabrik.

Guadaño, cachapo, rastrillo y forca, carro con tadonjos para acarrear hierba, gabito. Segador medieval, segando, afilando el guadaño, cabruñando, cargando el carro.

Guadaño, cachapo, rastrillo y forca, carro con tadonjos para acarrear hierba, gabito.
Segador medieval, segando, afilando el guadaño, cabruñando, cargando el carro.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: foro-ciudad.com, es.wikipedia.org, aldeadelpinar.es, turismoentudanca.es, elblogdeayoo.blogspot.com.es, delsaesperides.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

3 pensamientos en “La siega de la yerba (la gran despensa)

  1. Aunque mis padres nunca tuvieron vacas, sí las tenían otros familiares y cómo la yerba necesita mucha gente, todos los años les ayudaban en éste y otros quehaceres. A mí me tocó poca cosa, pero lo recuerdo tal como lo cuentas.
    Al llegar el estío, por todo el pueblo se veían paisanos cabruñando, arreglando engazus y furcaus, colocando a los carros estantuchus y talanqueras… Aquel trajín indicaba que estaba próxima la faena más importante del año: la recogida de la yerba.
    Cómo nunca aprendí a segar, me tocaba algún servicio auxiliar: esmaratsar, amontonar, engazar; pero lo peor de todo era apurrir la yerba en al pajar. El aire se llenaba de grana de yerba y producía un picor por el cuerpo insoportable, así que cuando se apurría la última furcadada procedía pegarse un baño en el río para desterrar picores. El placer del agua fresquita, además de muy agradable, era el mejor remedio contra la picazón.
    Para festejar “el ramo”, todos los años, hacíamos “un churrasco”(cordero a la estaca). Nos juntábamos todos los miembros de la familia materna en la era del tío Pepe, “El Síndico” y aquel día la diversión y el jolgorio superaban a los del día de San Lorenzo. Los paisanos dejaban seco el pellejo y alguna botella de brandy. Se daba buena cuenta del curdeiru y demás viandas y de cuando en cuando se oía el típico grito vaqueiro:¡iiiiuuuuujujujuu!
    Un saludo.

    • Magnífico comentario Eulogio, como todos los tuyos que ponen el contrapunto a cada post de lo que sucedía en Laciana. Al ser vecina de Omaña, las cosas eran muy similares aunque quizá pasaban más inadvertidas bajo la actividad dominante, la minería. Un saludo.

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