Rompiendo con el Santoral (de Epigmenia a Kevin)

Santoral

Cuando viví con mis abuelos en Vegarienza, la primera cosa que hacía al entrar en la cocina a la hora del desayuno, era arrancar la hoja del día anterior del calendario del Sagrado Corazón, un taco de 365 hojas una por cada día del año.

Me encantaba leer las adivinanzas que traía por la parte de atrás, las frases de personas ilustres, las curiosidades y enterarme de la fase en que estaba la Luna y la hora a que salía el Sol, algo muy importante para un zascandil como yo. Pero también me detenía a leer el santoral del día para auto afirmarme en que el nombre de mi padre no era tan raro. Llevaba muy mal que, cuando alguien me preguntaba cómo se llamaba mi padre, todos hicieran esfuerzos por cambiarle el nombre. Era inevitable que cuando yo respondía que se llamaba Orencio, mi interlocutor respondiera “ah!, Florencio” o “ah!, Lorenzo“o “!ah, Hortensio” y nombres así. No me quedaba más remedio que volver a repetírselo y no estaba nada seguro que el preguntón quedara convencido de mi respuesta.

Yo aceptaba que Orencio no era un nombre muy corriente, pero estaba seguro que mi pronunciación era lo suficientemente clara como para que se me entendiese a la primera. Y, desde luego, no era nada raro si se comparaba con el de sus hermanos. La familia de mi padre era originaria de Tierra de Campos, la parte llana de León que podría decirse que era pura Castilla, y mis abuelos debieron gastar muy poco tiempo en pensar el nombre que pondrían a sus hijos. A pesar de tener nueve meses para pensárselo, tiraban por el camino fácil de arrancar la hoja del calendario del día que nacía la criatura y escogían un nombre de entre los santos, obispos, beatos y mártires cuya onomástica se celebraba en la fecha.

No sé si era pura pereza o que así el niño tenía en el mismo día santo y cumpleaños, con lo que se ahorraban un festejo y el engorro de recordar tanta fecha. Pura economía. Otra ventaja del método era que con tales nombres ni siquiera necesitaban el apellido para saber de quién se estaba hablando. En pueblos tan pequeños, e incluso en toda la redondada, no había sitio para dos eusiquios. Eusiquio era el amigo de mi padre que vivía en Velilla de Valderaduey y que hizo con él la mili, con ese nombre no había duda posible. Nada que ver con llamarse Pepe o Manolo. También podía ser que mis abuelos estaban familiarizados con los nombres de la gente del pueblo, todos los que he conocido eran bastante singulares, y que ellos mismos habían sido bautizados de la misma guisa. Se llamaban Lázaro y Teoclia. Al menos el de ella, solo pudo salir del Santoral del día.

Ni uno solo de los hermanos tuvo suerte, si puede decirse que es suerte llamarse Pedro o Juan. Les pusieron Glicerio, Antelma, Asterio, Benedicta, Epigmenia y Orencio. Claro que, fijándome en un día al azar de una versión moderna del susodicho calendario del Corazón de Jesús, la cosa podría haber sido peor: el 29 de Septiembre dice que es el día de Fraterno, Ludwino, Crimoaldo, Eutiquio, Plauto, Heráclea, Dadas, Ripsimes, Gudelia, Alarico y Quiriaco, que no se puede negar era toda una invitación a la originalidad. No obstante, la coquetería femenina y los nombres familiares suavizaban algo la aspereza de estos nombres. A mis tías Antelma, Benedicta y Epigmenía las conocíamos como Ante, Ita y Epi, una solución bastante práctica y llevadera. Otra cosa debía ser ir a sacarse el carnet de identidad, donde tendrían que repetir su nombre hasta dos y tres veces, en incluso escribirlos ante el incrédulo funcionario.

En la montaña omañesa, y en Sosas del Cumbral en concreto, es cierto que también había nombres sacados del Santoral del mismo día del parto, pero había lugar para los nombres más tenidos como normales. De los diez hijos de mis abuelos maternos, solo se contabilizan un Aecio, una Himilce y un Baldomino. Los demás, un porcentaje nada desdeñable, tenían nombres de los considerados “normales”. Probablemente, en la generación de mi madre ya se había iniciado la rotura con el Santoral como fuente de inspiración a la hora de nombrar a la descendencia. Eso sí, había que mantenerse dentro del orden establecido que fijaba que todos los nombres tenían que ser de santo o virgen o mártir, pues si no sería imposible registrar su nacimiento. Cada vez empezaban a abundar más los pepes, pacos y manolos que necesitaban acompañar el nombre con sus apellidos o con un apodo para distinguirse unos de otros.

En mi generación y la de mis hijos, los nombres normales han sido epidemia, con lo interesante que hubiera sido haber conservado algún Procopio o Almerinda. Ahora, si el gobierno del PP no lo cambia y parece estar decidido a todo, puedes ir al registro del juzgado y ponerle al niño un nombre de cosa, podría ser bombilla u orinal y el funcionario ni parpadeará, o simplemente un nombre inventado. En tres generaciones, en mi familia se ha pasado de unos tíos llamados Epigmenia y Asterio a que mis nietos se llamen Alex, Francisco, Christian, Diego y Lola. Con un canto en los dientes me doy de que ninguno se llame Kevin o Jeny.

Creo que no estaría de más que empezáramos a comprar el calendario del Sagrado Corazón y atender sus sugerencias, antes que asignar a los angelitos nombres de galán cinematográfico o estrella de telenovela. Algo de cierto debe tener el dicho “cualquier tiempo pasado fue mejor“, al menos en los nombres, aunque a veces fuera necesario repetírselo a los duros de oreja.

Imagen tomada de: tacoadictos.wordpress.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

7 pensamientos en “Rompiendo con el Santoral (de Epigmenia a Kevin)

  1. Dios, que tufo reaccionario destila este post !!!
    Yo doy gracias al cielo cada vez que oigo mi nombre (y no es Eustaquio), de que la eleccion fuese hecha por mama.

  2. Hola Emilio:
    Voy a contarte cómo fue la elección de mi nombre.
    ¿POR QUÉ ME LLAMO EULOGIO?
    La respuesta es muy simple. Todos los hijos varones, por parte de mi familia paterna, que habían nacido antes que yo, se fueron librando de tener el honor de recibirlo; y eso que mi abuela lo intentaba a cada nacimiento.
    Al primer nieto le pusieron Enrique porque así se llamaba su abuelo paterno. Al hermano de éste le pusieron Marcelino, en honor a su padre. Otro nieto recibió el nombre de Francisco (Paco), como su abuelo paterno. José (Joselo) fue el nombre de otro, en recuerdo a un tío al que desafortunadamente “pasearon” en la guerra. Parecía que el próximo varón no se libraría ya, puesto que, se habían agotado los posibles nombres de varones en la familia, excepto el aludido.
    Cuando mi tía Secundina (Gunda) quedó embarazada, prometió a mi abuela, que si nacía una niña la llamaría como ella: Antonia. Llegado el momento del alumbramiento, la niña salió infante y mi tía para no desdeñar a la abuela, que ya se había hecho ilusiones de tener una nietita con su nombre, pues cambió el género del recién nacido y le puso Antonio.
    Así pues, ya no había solución, el próximo varón tendría el gran honor de llevar el nombre del abuelo, que había fallecido muchos años antes. Ese honor me correspondió a mí. Claro está, que para que el afortunado no tuviese un trauma infantil de continuo y no solo cuando el maestro al pasar lista pronunciase su nombre, le llamarían con el apelativo de Logi. Y así se me conoce desde entonces en Villager. Y menos mal que a mi padre también le hacía ilusión que su hijo llevara el nombre del abuelo y no abogó por el suyo propio o por los dos juntos. En cuyo caso me hubiera llamado Dositeo o Eulogio Dositeo. Esto ni con apelativos se hubiese arreglado: Logi Teo o Teo Logi. Inasumible ¿verdad? Y aún tuve suerte que no acudiesen al santoral. Pues pude llamarme Atanasio, Eutropio, Gausberto, Arnulfo o Restituto.
    Así como a los varones nos concedieron el honor de la tradición en nuestros nombres, no ocurrió igual con las chicas. Ellas se llaman: Mª Teresa, Rosa María y Mª del Pilar. Nada que ver con los nombres de sus respectivas madres: Eloina, Audelina y Adamina.
    Un saludo.

  3. Toda una lección de cultura y antropología evocada de forma muy amena. Realmente muchos de esos nombres, aunque nos parezcan raros, forman parte de nuestra identidad, son rotundos e inequívocos, y los sentimos más propios que tantos nombres extranjeros que emulan al artista, deportista…. de turno de origen anglosajón. Esta moda que tiene tanta vigencia en Hispanoamérica también hace estragos en España…¡Qué hermoso el nombre de Eulogio: “el que habla bien”! O Benedicta: “bien dicha” o “aquella de la que se habla bien! Será cuestión de volver a consultar los calendarios…

    • Hola Margarita. Tienes razón, nombres rotundos para gente recia, sin concesiones a la fonética ni a la estética. Mi familia estuvo repleta de aquellos nombres sin complejos. En mi generación se empezó a contemporizar con nombres más “ligth” y seguramente es un indicio como tantos del reblandecimiento que nos invade. Yo tengo una cierta nostalgia de aquellos nombres, a veces difíciles de pronunciar, que para mí establecían una relación inseparable con las caras de sus portadores. Los nombres y sus caras eran casi irrepetibles. Nombres que no volverán. Saludos.

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