Juegos y cantinelas en Roa (ejercicio de nostalgia)

JuegoElCordon

Haciendo figuras con un cordón

En Roa de Duero, allá por 1950, nuestra vida transcurría principalmente en la escuela y en la calle. En la escuela nos organizaban lo que teníamos que hacer, pero en la calle éramos nosotros los que organizábamos nuestra vida. Como entonces no había parques con toboganes, ni ordenadores o consolas, ni televisión (a Dios gracias), a lo largo de los tiempos se habían inventado innumerables juegos cuya simple relación ocuparía un montón de páginas. Y normalmente a cada juego le correspondía una cantinela o retahíla de palabras sin sentido, pero que servía para gobernar la secuencia y el ritmo de la acción. Tantas veces las habré dicho, que sesenta años después y con muy poco esfuerzo las he recordado completas. La diversión nos la fabricábamos nosotros mismos sin más recursos que lo que llevábamos puesto, cromos y canicas aparte, y nuestra hiperactividad.

Cada día al salir de la escuela íbamos corriendo a casa a coger la merienda y nos bajábamos a la calle, dándole mordiscos al pan y lo poco de relleno que tocara ese día, para no perdernos cualquier acontecimiento o diversión. Un escenario habitual era la plaza triangular cuyo vértice era las escaleras de las escuelas públicas y la base la fachada de la casa de Correos donde vivíamos. Era un espacio amplio con cuatro bocacalles que confluían allí (la actual calle Los Balcones, la calle de El Resbalón que bajaba a la plaza de la Iglesia y la que llevaba al Espolón) y con numerosos puntos donde esconderse. Observando desde un balcón lo que pasaba en esa plaza hasta que tuve edad de ir a la escuela, yo había aprendido la mayor parte de las canciones y juegos de niñas y niños cuando salían al recreo. Las mismas que luego pondría en práctica cuando fui un poco mayor.

Jugábamos con cualquier cosa. Con un simple cordón anudado en las dos puntas jugábamos entre dos de nosotros a formar figuras tridimensionales, ayudándonos con todos los dedos de las dos manos. Uno formaba una figura y el otro recogía tú figura con unas posiciones increíbles de sus dedos y el cordón adoptaba otra forma que tú transformabas en la siguiente secuencia, hasta que ya no había más inventadas. Y si no teníamos cordón lo fabricábamos a partir de un hilo, tal como nos había enseñado mi madre, retorciéndolo y doblándolo hasta conseguir el grosor adecuado.

Con ese mismo cordón pasado por dos agujeros de un botón grande, construíamos lo que denominábamos un “bufón” por como bufaba al hacerlo girar a toda velocidad. Poníamos cada extremo del bucle del cordón en un dedo corazón y, con el botón en el centro, hacíamos que el cordón se retorciese volteando el botón de forma giratoria. Cuando el cordón estaba retorcido, estirábamos y encogíamos el cordón imprimiendo al botón un giro muy rápido que hacía que bufase. Sencillo y divertido. Una variante era sustituir el botón por una madera plana, con dos agujeros y pintada de colores de forma que simulaba círculos concéntricos de colores variados.

En Roa un juego muy habitual entre las chicas era el de Las Tabas, unos huesecillos de las patas de los corderos, que había que recoger o recolocar en distintas posiciones, de una en una o de dos en dos, antes que cayera al suelo el pitón, que era una canica de cristal, que se había lanzado al aire antes de iniciar los movimientos. Era un juego de habilidad y orientación pues había que manejar las tabas al tacto mientras se seguía con los ojos la trayectoria del pitón que había que recoger en el aire con la mano. Las tabas estaban pintadas de colores llamativos. En cualquier rincón abrigado del viento, al lado de las escuelas o en el Espolón, había grupos de chicas sentadas en el suelo moviendo las tabas con habilidad.

Un juego muy inocente al que solíamos jugar en casa, consistía en que uno de nosotros se agachaba poniendo su cabeza en el regazo de otro que estaba sentado y se denominaba “madre”, por ser el encargado de decidir lo que era cierto. Otro de nosotros golpeaba suavemente en la espalda del que “la quedaba” alternativamente con el codo y con los nudillos mientras la madre recitaba

De codín, de codera, que te majo la mollera,
adivina, adivina, cuantas dedos tienes encima

Al terminar la cantinela, el que golpeaba ponía varios dedos de punta encima de la espalda del que la quedaba. Él tenía que averiguar la suma de dedos que presionaban, muy ligeramente para no dar pistas, su espalda. Si acertaba, se intercambiaban los papeles.

Aunque no se entienda muy bien por qué nos sentíamos tan felices siendo poseedores de gran cantidad de alfileres doblados o de un buen mazo de mamarrachos cochambrosos, había otros juegos que buscaban el beneficio de ganárselos al contrario. En Roa era frecuente ver a varios en un rincón, sentados o en cuclillas, jugando compulsivamente a los alfileres. Cada uno ponía en el centro del corro el número de alfileres estipulado, que previamente habíamos obtenido esquilmando los acericos de nuestras madres, y que se tapaban con tierra. Por turno se golpeaba con una piedra sobre el montón de tierra y se ganaban los alfileres que quedaban al aire. Era un juego más bien tonto, pero que ponía en evidencia lo que más adelante seríamos capaces de hacer con dinero.

Con los cromos y con los mamarrachos, que eran las tapas de las cajas de cerillas, que arrancábamos en casa sin esperar a que se terminaran los fósforos, jugábamos  “al embruño” (se describe en el post Primeros tiempos en Roa) donde poníamos empeño en engañar al contrario sobre el número de ellos que encerrábamos entre las manos.

Con los cromos también jugábamos a “la pared”. Se trataba de dejarlos caer al suelo por turno, desde una raya que hacíamos en la pared. Los cromos descendían planeando y se extendían por el suelo, ganando todos los cromos el primer jugador cuyo cromo “montaba” (quedaba encima de) uno de los que ya estaba en el suelo. Había que calcular como el viento afectaba al vuelo del cromo, que a veces abarquillábamos un poco para facilitar el planeo si se tiraba el cromo horizontalmente. Si querías que el cromo se alejase de la pared, se dejaba caer verticalmente y pegado a la pared, con lo que el cromo en vez de planear daba volteretas alejándose. Recorríamos el pueblo desafiantes con nuestro mazo de cromos buscando a quién esquilmar. Aunque, a veces, salíamos trasquilados. Este juego les encantó a mis hijos cuando se lo enseñé y el mayor esquilmaba a sus dos hermanos.

Los mamarrachos sustituían a las monedas en algunos juegos como La Tarusa, a la que solíamos jugar en La Cava, la explanada donde estaba el frontón y se colocaba la plaza de toros en las fiestas. Los mayores jugaban con monedas de verdad y nosotros con mamarrachos. La tarusa era un una especie de bolo pequeño, de unos quince centímetros y cilíndrico aunque solía tener una especie de cintura más estrecha o alguna filigrana, que se colocaba en el suelo verticalmente y sobre el que cada jugador ponía los mamarrachos estipulados. A una distancia marcada por una raya en el suelo, a ocho o diez metros de la tarusa, los jugadores tiraban por turno y raseando por el suelo discos de hierro, que recuerdo muy pesados, con el objeto de tirar la tarusa y los mamarrachos que tenía encima. El que derribaba la tarusa ganaba los mamarrachos que quedaban más cerca de su disco de hierro que de la tarusa. El resto de mamarrachos se añadían a la puesta de mamarrachos de la tirada siguiente. La Cava era un hervidero de grupos de hombres y chavales jugando a la tarusa y a las chapas. Las chapas era un juego muy sencillo consistente en una raya pintada en el suelo a la que los jugadores intentaban aproximarse lo más posible lanzando una moneda de cobre desde tres o cuatro metros. Ganaba el que más cerca quedaba de la raya.

Un buen día, sin acuerdo previo y como obedeciendo a las mismas pulsiones que hacen que todos los árboles empiecen a echar hojas al mismo tiempo o que todas las mariposas inicien sus vuelos el mismo día de primavera, aparecíamos con las peonzas y todo el pueblo se llenaba de corros de chavales bailando las peonzas, luciendo sus habilidades y haciéndolas chocar contra las de los rivales. Las canicas las llevábamos siempre en el bolsillo y en cualquier momento del año podíamos iniciar una partida de gua. La Vuelta Ciclista nos marcaba cuando había que comenzar a preparar las chapas y llenábamos las aceras del pueblo con pistas ciclistas, pintadas con tiza o trozos de yeso, donde demostrábamos nuestra habilidad afrontando mil curvas antes de llegar a la meta y que nos mantenía en cuclillas tanto tiempo que nos costaba levantarnos de agarrotadas que se nos quedaban las piernas.

Pero los juegos a los que dedicábamos más tiempo y entusiasmo eran los que implicaban un cierto cuerpo a cuerpo. Juegos con un gran derroche de esfuerzo físico y habilidad, que servían para ganarse la admiración de los demás por la rapidez o la destreza y que proporcionaban infinidad de ocasiones para festejar las situaciones que se presentaban en los distintos lances y que también servían para reírse de los torpes y hacer escarnio de los menos amigos.

Una de las primeras cosas a dilucidar eran los componentes de cada equipo en contienda o quién la “hincaba”, es decir, quién era el pobrecillo sufridor si se trataba de un juego en el que todos demostraban sus habilidades menos uno, que era el que las soportaba. Y para todo ello había sus procedimientos.

En el caso de juego con burro, nos poníamos todos en corro y había uno encargado de ir liberando sucesivamente a los jugadores, según la suerte, hasta que el último se convertía en el sufridor. Para determinar la suerte había varios sistemas. El más usado en Roa era aquel en el que el líder sacudía arriba y abajo la mano con la que luego nos iría señalando sucesivamente mientras recitaba la salmodia

Plon, chiviricú, chiviricá,
chiviri, curi, curi, fa,
chiviri, curi, curi, fero,
chiviri, curi, curi, fa

Cuando alguien del corro decía “Basta”, la mano detenía sus sacudidas y con el índice empezaba a señalarnos sucesivamente a cada golpe de voz, de forma que el señalado con el último “fa” de la salmodia quedaba liberado. Y así se seguía hasta que solo quedaba uno que era el que la “hincaba”.

Si en el momento de echar suerte te entraban ganas de orinar o de cualquier otra urgencia, le decías a un amigo que te representara “poniéndote una mano” mientras te acercabas a la esquina más próxima para aliviarte. El elegido levantaba una mano y el dedo señalador la tenía en cuenta como si fuera tu misma cara. Dependiendo de la suerte, cuando volvías lo hacías ya con carácter de liberado o de burro.

Otra cantinela muy utilizada, esta sin meneo de mano, era la que contaba nuestras caras, a una cara por palabra, así

“Una, dola, tela, catola, quila, quilete,
estaba, la reina, en su, gabinete,
vino el, civil, apagó el, candil,
candil, candilón, justicia, y ladrón”

Si el juego era el de policías y ladrones, los grupos se formaban con aquellos a los que les tocaba la palabra “justicia”, eran los buenos, y los señalados como “ladrón” eran los que los policías tenían que detener.

Otra de las innumerables cantinelas, con la misma mecánica de ir señalando a cada uno de los del corro, era

En un café, se rifa un gato,
al que le toque el número cuatro,
un, dos, tres y cuatro.

Había una cantinela para cada cosa. No significaban nada o eran rimas sin sentido, pero que todos nos sabíamos y aceptábamos como procedimiento indiscutible para marcar el orden de los jugadores.

Cuando nos sentábamos alrededor de la mesa camilla para una sesión de Juegos Reunidos, un invento extraordinario que rellenó tantas y tantas horas de nuestra niñez, cada uno de nosotros ponía una mano encima de la mesa para dilucidar quién era el primero en salir en La Oca o El Parchís. Uno de nosotros empezaba a pellizcar ligeramente en cada mano mientras recitaba

Pim, pim, zarramacutín, la ceca, la meca, pasó por allí,
vendiendo sal, sal menuda, pide para la cuba,
cuba de barro, pide para el caballo,
caballo morisco, pide para el obispo,
obispo de Roma, tápate la corona,
que no te la vea la gata rabona.

El dueño de la mano pellizcada con la “gata rabona“, era el primero en mover el cubilete con el dado.

Cuando eran dos los equipos contendientes, siempre había un par de chavales considerados como líderes que se encargaban de escoger los componentes de su equipo, “echándolo a pies“. Se distanciaban unos metros y, como si fuera un duelo entre dos pistoleros, avanzaban el uno hacía el otro con pasos del tamaño del pie, poniendo el talón de un pie a continuación de la puntera del otro. Cuando uno de ellos ya no podía colocar el pie sin pisar el de su rival, probaba a ver si le cabía el pie transversalmente entre los dos pies y, si era así, decía “Monta y cabe” y él era el primero en escoger entre todos los participantes. Si el pie no cabía, había que reiniciar el duelo de pies. La elección de participantes seguía criterios de amistad o de habilidad y rapidez. Ni que decir tiene que los que corrían menos o eran poco habilidosos iban quedando para el final.

Cuando en el juego era de todos contra uno, entre cada participante y el que la quedaba se establecían diferentes formas de jugar que ponían de manifiesto el nivel de amistad o enemistad que les unía y también había espacio para que el espíritu sádico de algunos se pusiera en evidencia. Un ejemplo muy claro de esto era el juego de “A la una, anda la mula“. Era el juego más común con el que rellenábamos muy buenos ratos tan pronto nos reuníamos unos cuantos. El que le tocaba hacer de burro, arqueaba la espalda y se apoyaba con las manos en las rodillas, metiendo la cabeza todo lo que podía debajo del pecho y mirando de reojo quién era el que se le venía encima, para relajarse o ponerse en guardia. Los demás saltaban sobre él apoyando las manos en su espalda, recitando las frases establecidas y haciendo los gestos o acciones aludidas ya que, de no hacerlo bien, se pasaba a ser el nuevo burro:

· “A la una, anda la mula“. Simplemente se saltaba por encima del burro, pasando una pierna por el lado de la cabeza y otra por el culo y apoyándose con las manos en su espalda. Los amigos, a menos que fueran torpes o gordos, eran ligeros como plumas y casi no notabas su peso en la espalda. Los había “mala idea” que se apoyaban con los nudillos y te sacaban la asadura por la boca.

· “A las dos, la coz“. Al tiempo de saltar, se le daba un toque al burro en el culo con el talón. Aquí los sádicos, o “dañinos” como les decíamos, propinaban una buena coz que si el burro no era experto o estaba desprevenido, le hacía dar unos traspiés y hasta podía caer de bruces.

· “A las tres, almirez“. Se saltaba golpeando ligeramente con los nudillos, como llamando a la puerta, en la espalda del burro. Lo de ligeramente no era interpretado de igual forma por todos, según fueras amigo o tuvieras alguna cuenta pendiente con el burro.

· “A las cuatro, culada que te parto“. Los amigos resbalaban sobre tu espalda y los “mala leche” se dejaban caer con todo su peso intentando que el burro se desplomase, con el consiguiente jolgorio de los demás y detrimento de tus riñones.

· “A las cinco, salto y dejo mi cinto“. En vez del cinturón, se dejaba encima de la espalda del burro el pañuelo o moquero. Y efectivamente, unos eran pañuelos y otros un trapo de color indefinido en el que solía predominar el amarillo verdoso. Había que esmerarse en la colocación, porque en la pasada siguiente había que ser capaz de recogerlo sin incidentes. Si eras amigo del burro, podías colocar tu pañuelo de forma que en el salto siguiente, alguien se viera obligado a tirar alguno de los pañuelos.

· “A las seis, salto y lo vuelvo a recoger“. Mientras se saltaba, había que recoger tu prenda sin que se cayese ninguna de las demás. Si lo conseguías, te lo guardabas en el bolso aliviado, pero con cierta aprensión por su contacto con los mocos de los demás, salvo que fueras uno de los de moquero. Si tirabas alguno de los pañuelos, eras el nuevo burro.

· “A las siete, planto mi carapuchete“. Se repetía la misma secuencia anterior, pero dejando ahora un objeto que podía ser una piedrecita o algo similar.

· “A las ocho, un bizcocho“. Se saltaba haciendo ademán de comer y aquí cada uno intentábamos poner de manifiesto la expresividad y capacidad de provocar la risa de los demás.

· “A las nueve, saca la bota y bebe“. Gesto de empinar la bota de vino mientras se saltaba, haciéndose el borracho al llegar al suelo.

· “A las diez, otra vez“. El que había logrado éxito en la pantomima anterior se esforzaba ahora en reforzar la gracia.

· “A las once, llamé al conde“…….
· “A las doce, me responde“……
· “A las trece, ya amanece“…….
· “A las catorce, ya te lo diré“…..
· “A las quince, el estrinque“……

· “A las dieciséis, espolique inglés“. Nueva coz y a salir corriendo para que el burro no te pillara pues te convertías en el nuevo burro. Podéis imaginaros las ganas con que corría el burro detrás de los que más le habían zaherido aunque, si eran más veloces que él, solía pagarlo el gordito o el que menos corría.

La verdad es que era un juego que dejaba mucho espacio a la expresividad y permitía reafirmar las relaciones de amistad u odio entre los miembros de la pandilla.

En Roa aprendí a construir algunos juguetes como las jeringas, tiravetes, muñecos saltimbanquis, culebras de madera, juegos “mágicos” consistentes en dos piezas de alambre separadas y cerradas que podían introducirse una en otra sin romperlas. Era un juego del que casi siempre había que explicar el truco, que era facilísimo, porque pocos conseguían engarzar las dos piezas.

La culebra se hacía a partir de una vara de madera que se partía en pequeños cilindros, con grosor en disminución simulando el cuerpo de las culebras. Se partían longitudinalmente en dos y se volvían a juntar pegándolos dos a dos sobre una tela que hacía de armazón o columna vertebral. Se remataba con una cabeza también de madera en la que se ponía una lengua bífida y dos ojos formados por alfileres con cabeza de vidrio. Se pintaba el cuerpo con color verde oscuro y la boca de rojo intenso. Al poner la culebra horizontalmente y ladearla ligeramente con los dedos, se movía como si fuera una culebra de verdad causando gran impresión a algunos.

Esta relación de juegos es necesariamente reducida y seguramente no los he descrito con suficiente claridad o extensión. Podría haber hablado del Escondite o La Maya, del Pañuelo, de Tres Navíos en el Mar (“Tres navíos en el mar” decían los que se escondían y “Otros tres en busca van” respondían los que iban a buscarles), de Pies Quietos, etcétera, etcétera, pero no acabaría nunca.

Aunque no me resisto a incluir la última cantinela que, de vez en cuando, me viene a la memoria y que era la que entonaba la “madre” como si fuera un muecín, mientras tapaba los ojos al que la ligaba y los demás salíamos corriendo a escondernos

Ore, ore, churrúscamele
Orales, orales, churrúscame los costales
Troncho, berzas, orejas para venir
Una
Ore, ore, churrúscamele………orejas para venir,
Dos
Ore, ore, churrúscamele………orejas para venir,
y Tres

A la de tres, el que la ligaba salía a buscarnos y nos traía por una oreja hasta donde estaba la madre, tal como anunciaba la salmodia.

Aún no se habían inventado los 40 Principales, pero nosotros teníamos más de cuarenta cantinelas para gobernarnos en el día a día de los juegos.

Había un juego que no consigo recordar de forma completa. Lo jugábamos cuando en la calle había un montón de arena de una obra. Se hincaba un palito en la arena y se escarbaba con la punta de los dedos en la base del palito, con cuidado para que no se cayera, mientras se decía “perrito no me muerdas, te daré pan y gerdas, …..“. Pero no se en que más consistía el juego ni como se acababa. Si alguno de los que lea este post lo recuerda, le agradecería me lo explicara en el área de comentarios.

Lo que sí es cierto es que no conocíamos el aburrimiento y éramos cualquier cosa menos sedentarios. Con estos juegos y sus correspondientes cantinelas nos desfogábamos a diario en las plazuelas de Roa. Sin coches, las calles y plazas eran completamente nuestras. Benditos juegos de entonces que nos enseñaban a entonar y convivir, esto último según y cómo y con quien.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

3 pensamientos en “Juegos y cantinelas en Roa (ejercicio de nostalgia)

  1. Como te dije en vivo y en directo, las historias centradas en eventos relacionados todos ellos con un mismo tema, personaje, periodo, etc, y que no se dispersan a cada párrafo invadiendo “otros asuntos” te salen enormes.

  2. Acabo de leer los tres relatos que hacen referencia a tus correrías por Roa. Aunque la distancia entre Villager y Roa es considerable, me siento muy identificado tanto en el “modus vivendi”, como en los juegos, en la cortedad de las propinas, en el sadismo de algunos juegos… Aunque no había medios de comunicación que nos conectaran, parece ser que, salvo en pequeñas variantes, la vida era igual en Castilla, que en Laciana, que en Madrid.
    Hace unos años, la asociación de vecinos de Villager, publicó un librín en el que recopilaba juegos tradicionales de Laciana. Intenté buscarlo y no lo encontré, pero apareció otro con la misma temática de Pola de Siero. Si lo encuentro, que no creo, te informaré de su contenido.
    Nunca estuve de visita en Roa, aunque pasé muchas veces cerca de paso hacia Aranda y otros pueblos de Burgos. La próxima primavera o verano, me acercaré para reconocer “in situ” el escenario de tus primeras travesuras.
    Un saludo.

    • Eulogio, yo creo que en aquellos años más que la geografía (además de que Burgos y León con su Tierra de Campos comparten el territorio común de Castilla) era la sociología de la postguerra la que igualaba los territorios. Un saludo.

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