Pandemónium (tránsito a la modernidad)

Patinete de rodamientos

Villablino era un pueblo en continuo crecimiento y con una economía al alza, a pesar de lo cual, cuando nosotros llegamos en 1954 todas las calles eran de tierra, salvo la carretera que atravesaba el pueblo y que era considerada como la avenida principal. Salvo en el pueblo, que había algunos trozos con acera, era una carretera sin arcén y la cuneta empezaba donde terminaba el asfalto, generosamente utilizado en algunas partes como en las curvas que bajaban a Rioscuro, donde las zapatillas se te pegaban a la brea en los días calurosos de Agosto. El resto de las calles eran de tierra, no parduzca como la tierra de labor sino tierra algo teñida de negro por el polvo de carbón que se caía de camiones e isocarros. En invierno eran calles cambiantes según la hora del día. Por la mañana cuando íbamos a clase, la tierra estaba dura como un cuerno por la helada y en vez de charcos había espejos helados con filigranas vegetales. A mediodía, despues de unas horas de sol, el suelo era blandito por la capa superficial de barrillo y había que sortear los charcos de nuevo. También había senderos, como el que atravesaba La Veiga entre sembrados y que solíamos utilizar como atajo para ir a misa a San Miguel. En las mañanas invernales del Domingo este trayecto era especialmente complicado si había nevado la noche anterior. La nieve redondeaba todos los contornos y era fácil salirse del sendero, por lo que manteníamos el rumbo enfilando las dos primeras casas por donde el caminito entraba en San Miguel. Aún pasaron varios años hasta que fue asfaltada la calle que bajaba del Ayuntamiento y que, pasando por delante de Correos, llegaba hasta El Cruce. Recuerdo como abrieron la calle en canal, la recubrieron de gruesas piedras que varios picapedreros con gafas desmenuzaron in situ durante semanas, usando mazas provistas de largos mangos hasta dejarlas del tamaño de las que se usaban en las vías del tren. Una apisonadora a vapor, pariente cercana de las máquinas del ferrocarril que veíamos en la estación, con sus enormes cilindros de acero aplastó las piedras antes de recibir el riego de asfalto. El asfalto, calentado en una especie de vagonetas con un hogar atizado con madera, se impulsaba con una bomba manual que alimentaba un rociador manejado por hombres con mandilones de goma que regaban las piedras y la gravilla. Una última pasada con la apisonadora, culminó el tránsito de aquella calle pueblerina a la modernidad. Fue un espectáculo debajo de nuestra ventana que duró varias semanas y que dio paso a una cierta intranquilidad de los peatones, pues los camiones y motos empezaron  a circular a todo trapo por el nuevo pavimento. La zozobra que compartíamos con el resto de viandantes al transitar por la calle asfaltada surcada por vehículos desquiciados, se convertía en imprudencia cuando éramos nosotros quienes tripulábamos el único ingenio mecánico que teníamos a nuestro alcance, la bicicleta. Subir en bici hasta la plaza del Ayuntamiento era tan trabajoso como antes del asfaltado, pero ahora las bajadas las hacíamos a tumba abierta, tocando insistentemente el timbre en la curva ciega del Instituto Laboral. El nuevo pavimento facilitó la aparición de artefactos rodantes desconocidos hasta entonces. Recuerdo la envidia que me produjo ver a César bajar calle abajo, todo ufano, montado en un patinete hecho con rodamientos de camión y una tabla. Pasó como una exhalación por delante del cuartel de la Guardia Civil sin que los guardias de la puerta, sorprendidos, hicieran otra cosa que seguirle con la mirada. No se si ya estaba vigente el Código de Circulación, pero nosotros vivíamos aquella calle recién asfaltada sin norma alguna. Seguía siendo una calle tan desordenada como antes y muy parecida a la de los poblados del Oeste que veíamos en el cine. Circulaban por allí vacas indolentes que decoraban el asfalto con parte de lo que habían comido en el prado, viandantes con oído y ojos avizor para no ser atropellados, mineros con la cara tiznada y el candil al hombro un poco zombis intentando adaptarse a la claridad exterior, despendolados vehículos a motor, ciclistas suicidas y patinetes de rodamientos, entremezclándose desordenadamente en un auténtico pandemónium. Para poblado del Oeste solo faltaba el saloon, las coristas y los disparos. Creo que en aquella época solo ponían multas de circulación unos motoristas vestidos de cuero que venían de León de uvas a peras y, por ende, nuestras calles eran calles sin ley. No me extraña que con la parafernalia que había que desplegar para pasar de la tierra al asfalto, las calles de tierra aún abundasen cuando nos fuimos de Villablino en 1966. Seguramente, a día de hoy hasta el último metro cuadrado de La Veiga estará cubierto de asfalto o cemento, el signo de los tiempos. Benditos senderos y calles de entonces, tan mullidos, tan pueblerinos.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: cienciaslacoma.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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