Los oficios (artesanos que ya no veremos más)

Rueda de carro, un alarde artesanal

Rueda de carro, un alarde artesanal

Además del oficio de agricultor y ganadero, comunes a la casi totalidad de los vecinos de Vegarienza, tuve ocasión de conocer en detalle una buena cantidad de oficios diferentes. Probablemente, de ese contacto con tanto artesano, me viene la afición y facilidad para los trabajos manuales. La mayoría de aquellos oficios a los que me voy a referir, ya están en desuso.

En Vega había tres artesanos principales, Arcadio el carpintero, Francisco el herrero y Humberto el albañil. En una época en que aún no se conocía el plástico, en un pueblecito de no más de cuarenta casas se dominaban los materiales con los que se construía casi todo desde tiempo inmemorial: la madera, el hierro y la piedra con técnicas sencillas y que dominaban a la perfección. Eran artesanos que ejercían su oficio con eficacia y sin hacer alarde de ello, movidos por el deseo de hacer las cosas de la mejor forma posible. Hacer cosas duraderas y a fe que lo conseguían. Al lado de todos ellos he pasado muchos ratos mirando, aprendiendo, ayudando y, seguramente, estorbando.

Francisco el herrero, tenía su pequeña fragua al lado de la carretera, en la confluencia con el camino de Sosas. Era una caseta cuadrada con puerta y un pequeño ventanuco, toda renegrida por el polvo del carbón que usaba para calentar el metal y por el humo que desprendía la fragua. Dentro de la fragua había un enorme fuelle de cuero con un contrapeso constituido por una marmita llena de recortes de hierro que se accionaba manualmente tirando de una cadena, la fragua propiamente dicha, el yunque y una pila de piedra llena de agua donde se daba temple al hierro caliente que se enfriaba haciendo “frufrú” y desprendiendo vapor.

Yo era amigo de Genaro, su hijo, y me pasaba largos ratos ayudándole con el fuelle y fijándome en todo lo que hacía. Podían fabricar desde llantas de hierro para los carros, rejas para las casas, herraduras a medida para caballos y vacas, rejas de arado, arreglar todo tipo de herramientas y hasta hacían los clavos que servían para unir las vigas y la tablazón en las casas. Metía la pieza de hierro en el carbón y cuando estaba al rojo vivo después de soplar bien con el fuelle en el fuego, la sacaba con unas tenazas y la ponía sobre el yunque, dándole forma martilleando ritmicamente unas cuantas veces sobre el hierro y dejando rebotar el martillo sobre el yunque mientras cambiaba de posición la pieza. Cuando tenía la forma adecuada, metía en el agua la parte de la pieza que había que endurecer que enseguida perdía el color rojo al enfriarse entre nubecillas de vapor.

También era el que herraba las vacas y cabalgaduras para lo que las inmovilizaban en un potro que tenía en el camino del río. Con el pujamante les quitaba de los cascos la parte deteriorada o deformada y les colocaba las herraduras que él mismo había hecho a medida, sujetándolas con clavos, operación que, aunque sabía que no les dolía a los animales, a mí me daba tiricia. Era importantísimo que vacas y caballos estuvieran bien herrados, para que pudieran tirar del carro sin aspearse (destrozarse las pezuñas) o aguantaran largas caminatas al trote . Si me lo hubieran propuesto, habría sido herrero encantado.

Fragua de José González Ordás en El Castillo de Omaña. José presenta el hierro candente sobre el yunque al golpeo acompasado de sus ayudantes Antonio González Flórez y Alfredo el de Rosales. (Marilin, verpueblos.com).

Arcadio el carpintero, tenía su casa al lado del herrero, pues había momentos en los que trabajaban juntos, como era el caso de la construcción de un carro donde cada uno tenía su propio cometido, pero había un momento en que los dos artesanos coincidían. Era cuando había que montar la llanta de hierro sobre las ruedas de madera de los carros. Hacían una hoguera al lado del río en la que metían la llanta para que se dilatase con el calor y luego la montaban sobre la rueda de madera, que empezaba a echar humo hasta que rapidamente lo enfriaban todo echando cubos de agua del río. Ya no había fuerza capaz de sacar la llanta de la rueda, que recorrería caminos de tierra y roderas de roca durante generaciones.

El carpintero también hacía de todo. Puertas, ventanas, mangos para las herramientas, carros con todos sus accesorios, arados, muebles, escaleras de mano y las de las casas y un sin fin de cosas más. Era imprescindible a la hora de colocar las vigas en los tejados de las casas entrelazándolas de la forma adecuada, para que el armazón completo soportara bien el peso del tejado y repartiera adecuadamente los esfuerzos sobre las paredes, ya que de lo contrario se abrirían.

Era menos espectacular que el herrero, pero también era un oficio que me gustaba. Le observaba mientras trabajaba, con el lapicero en la oreja y el cigarrillo apagado colgando sin esfuerzo del labio inferior, manejando el cepillo o la garlopa y haciendo filigranas con la sierra y los formones para hacer un empalme en forma de cola de milano o en espiga. Podía hacer un mueble completo sin emplear un solo clavo, pues sabía enlazar la madera sin que se moviera lo más mínimo. Posiblemente el trabajo más complicado era construir la rueda de un carro, con sus dieciseis rayos (radios) que conectaban la calabaza central con las pinazas del exterior. Un verdadero prodigio en madera hecho sin el concurso de ninguna máquina, solo sus manos y las herramientas básicas. A veces nos dejaba afilar nuestras navajas en la muela rotatoria, por la que escurría el agua que facilitaba el afilado.

Allí aprendí que para que las puntas entraran facilmente en la madera, era conveniente pasárselas primero por el pelo para que se engrasaran un poco. O un mucho, pues las cabelleras de entonces brillaban más por lo grasientas que por lo sedoso del pelo. Lo único desagradable del oficio era cuando calentaba el mejunje de huesos, cuero, pezuñas y otros restos durante horas, con los que fabricaba la cola que olía a demonios. Delante de la carpintería vi durante años el potro donde tenía un tronco de fresno o roble, parcialmente hendido por la mitad, dándole forma de diapasón para lo que sería la caña de un carro de vacas. No sé si se trataba de un encargo que no llegó a buen término o que se adelantaba a uno futuro, que nunca llegó a producirse por el declive de la actividad campesina a causa del envejecimiento de la población. A medida que pasaba el tiempo, las ortigas colonizaban el proyecto de carro como protegiéndolo del Sol, el principal enemigo de la madera.

Tanto el carpintero como el herrero, compatibilizaban la dedicación al oficio con sus tareas de labranza y cuidado del ganado, pues era lo que les garantizaba la subsistencia en ausencia de encargos.

Tuve ocasión de conocer bien el oficio de albañil y cantero, más bien constructor de casas, cuando Humberto hizo la casa de las tías en el lugar que antes ocupaba la cocina vieja, entre la casa principal y el pajar. Para ello usó los cantos rodados que sacábamos del río con el carro de las vacas. Recuerdo como al descargar las piedras unas encima de otras, saltaban chispas al chocar entre si y el olor a chamusquina que desprendían. La arena la sacábamos del Salgueral, cribando el cascajo de la orilla del río. Vi como Humberto construía los muros echando un vistazo a todas las piedras amontonadas, buscando la más adecuada al hueco que necesitaba rellenar. Si la piedra no se ajustaba del todo, tenía que prepararla dándole golpes con la maza en el lugar adecuado, para lo que tenía que saber cuál era la estructura interna de la piedra y como iba a responder a sus mazazos.

Yo ayudaba amasando arena y cemento o arena y cal y lo subía en cubos al andamio cada vez que me decía, con mucha coña, “¡pinche, amasa!, mierda pa la casa”. Antes de que por allí empezase a utilizarse el cemento, la argamasa se hacía con arena y cal y decían que esta mezcla se hacía más firme a medida que pasaba el tiempo, llegando a ser tan dura como la roca al cabo de los cien años, cosa que a mí me parecía imposible. La cal se obtenía en hornos artesanales (yo conocí uno en las curvas que había entre Villaseca y el puente de Las Palomas) quemando piedra caliza con carbón. La cal que se obtenía así se denominaba cal viva y había que pedir que te la trajeran con antelación al comienzo de la obra, pues había que convertirla en cal muerta echándola en agua donde burbujeaba y emitía calor, para luego dejarla secar durante un tiempo. Este oficio de albañil me parecía un poco más aburrido que los anteriores, por lo mucho que se tardaba en levantar los muros y ver los resultados.

Había otros artesanos que no vivían en el pueblo a los que había que llamar cuando se les necesitaba. Era el caso de los maderadores, techadores para los tejados de paja, losadores para los tejados de losa o tejadores para los de teja, capadores de cerdos, esquiladores de ovejas, cardadores de lana, matarifes y otros más que no recuerdo ahora.

A propósito de los cardadores de lana, mi madre cuenta una historia divertida que pasó en Sosas del Cumbral. Parece ser que una vez esquiladas las ovejas, todas las amas de casa tenían prisa en tener la lana cardada para poder trabajar con ella, hilando o tejiendo, en las largas noches del invierno. Las que no cardaban ellas mismas, se lo encargaban a los cardadores. En Sosas solían hacer esta labor el tío Martín y su hija, la tía Juliana. El tío Martín era muy apreciado pues la lana que él cardaba quedaba suave y esponjosa como las nubes de primavera. El secreto estaba en sus manos que manejaban las cardas con primor y la forma en que acondicionaba la lana. Cogía grandes buches de aceite en la boca y, de vez en cuando, la espurreaba (esparcía) sobre la lana que estaba cardando, dándole un toque de suavidad inigualable. El caso es que estaban muy solicitados y las mujeres de las distintas casas pugnaban por ser de las primeras en tener la lana lista y asediaban al tío Martín para que les dijera cuando iban a ir por su casa. Él siempre les contestaba vagamente, para no comprometerse con una fecha concreta. Les decía “Iré cuando termine la carda que ahora tengo entre manos”. Parece que una mujer, más impaciente que las otras, no veía la forma de que el tío Martín la atendiera y le mandó a su hija con un mensaje tal, que a ella le parecía imposible que el tío Martin se resistiera: “Tío Martín, que dice mi madre que tiene para usted en casa una cama excusada (de sobra) y un mijín (orinal)”. Lo que no sé es si el tío Martín pudo resistir semejante ofrecimiento.

Los maderadores, que casi siempre eran portugueses, eran necesarios con bastante antelación a construir una casa. Eran los encargados de cortar los árboles de los que se obtendrían las vigas para la casa. Antiguamente trabajaban con los robles, pero en la época en que yo les vi trabajar, las vigas se obtenían a partir de los chopos que tenían una madera menos resistente y duradera. Empezaban por cortar los chopos, que se desplomaban con un estruendo de ramas rotas parecido al reverbero de los truenos cuando el rayo ha caído muy cerca. Los limpiaban de las ramas con unas hachas muy grandes y los serraban transversalmente a la medida que se necesitaba para cada viga y los descortezaban. La operación siguiente era convertir la redondez del tronco en una viga de cuatro caras planas. Empezaban por estudiar el tronco y cuando decidían por donde cortar, usaban una cuerda teñida de azul que colocaban bien tensa a lo largo del tronco y, como si fuera una cuerda de guitarra, uno de ellos la cogía con el pulgar y el índice y la separaba del tronco de forma que al soltarla dibujaba una línea recta azulada por donde había que desbastarlo. Luego subían un extremo del tronco sobre un caballete y dos hombres, uno de pie sobre el tronco y otro en el suelo, empezaban a cortar por la línea con una sierra muy grande llamada tronza o tronzador de cuyos extremos tiraba cada uno de los hombres. Las vigas así preparadas se dejaban secar un tiempo a la sombra, bien colocadas para que no se deformasen. Interesante, pero muy esforzado.

Maderadores trabajando sobre el terreno.

Maderadores trabajando sobre el terreno.

Otros artesanos, en cambio, aparecían por el pueblo de vez en cuando sin que se les llamase. Era el caso de los hojalateros y los afiladores.

El hojalatero hacía su gira por los pueblos un par de veces al año. Solía tener unos cuantos hijos pequeños que viajaban con él. En Vega se ponía al lado de la casa de Corsino y hasta allí se le llevaba todo lo que se había descompuesto desde su última visita. Faroles, aceiteras, lamparillas de aceite, cañadas de ordeñar, embudos, tanques para el agua, mazadoras. También ponía remiendos a las calderas de bronce de las cocinas viejas, ollas y sartenes y podía encargársele que hiciera piezas nuevas. Hacia un pequeño fuego donde calentaba el soldador y pasándolo por una barrita de estaño rellenaba el agujero por donde se le escapaba el agua al cacharro. Al salir de la escuela podíamos estar grandes ratos mirando mientras hablábamos con sus hijos. Era un oficio poco atractivo, pues sabíamos que llevaba implícita una vida bastante miserable y errante.

Hojalatero.

Del afilador y el especial atractivo que ejercía sobre los chavales, hablo en el post Trashumancia.

De todos se aprendía, no solo cómo se hacía lo que hacían, sino a entender cómo eran y funcionaban las cosas que fabricaban.

Yo no dejaba pasar la ocasión de hacer por mí mismo aquellas cosas que se me presentaban, siempre que hubiera el material y herramientas necesarias. Lo más asequible eran las tareas de carpintero, pues madera había de todos los tipos, herramientas también y hasta un enorme banco de carpintero con mordaza. Sabía manejar con cierta habilidad el martillo, las tenazas, el serrucho, el cepillo para madera, el formón. Hacía mangos para el hacha y otras chapuzas menores. Lo más sofisticado que hice fue un pelador de fruta con una base piramidal de madera que en cada cara tenía una lámina de madera. El rabo de la pera o manzana se metía entre dos láminas, se retorcía un poco y la fruta caía en el fondo. Aún vi que se usaba bastantes años después.

Cuando luego de mayor me puse a trabajar en cosas menos divertidas, de vez en cuando me venía a la cabeza la idea de lo bien que yo estaría siendo el herrero o el carpintero del pueblo. Sin jefes, sin prisa, sin grandes necesidades. Aunque hubiera sido un problema llegar a la jubilación, pues casi todos los oficios que he mencionado desaparecieron con aquella generación de artesanos que yo conocí. Maldita sea esta tendencia a desmontar lo que funciona y mantiene la dignidad de las personas intacta.

Otros oficios no relacionados con el campo y todos desempeñados por personajes lacianiegos que me subyugaron, los menciono en los post Rouco el zapatero, Horacio el pescadero y Piti el fotógrafo.

Fragua, potro para herrar animales. Carpintero construyendo una rueda de carro, afilador.

Fragua, potro para herrar animales.
Carpintero construyendo una rueda de carro, afilador.

Imágenes tomadas de: elblogdeayoo.blogspot.com, phottic.com, huescalamagia.es, aldedelpinar.es, Villegas.info, entredosamores.es, eBay.fr

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

4 pensamientos en “Los oficios (artesanos que ya no veremos más)

  1. Muy bien. Solo una cosa, no conocí a ningún carpintero llamado Arcadio. Yo solo conocí en la casa que mencionas al lado de la de Francisco el herrero, a Luis y su tío Genaro, que descendían de Garueña y efectivamente eran carpinteros.
    El hijo de Luis, Carlos, era quinto mío. También era quinto Abilio, el sobrino de Humberto, que vivía con él como si fuera hijo.

  2. En el tema de los oficios, trabajos manuales, artesanía, bricolage y demás quehaceres que requieran habilidad manual, declaro absoluta inutilidad. He intentado algún arreglo casero y siempre fue peor el remedio que la enfermedad. En cambio, mi mujer es una excelente artesana. Asistió a talleres de talla de madera, cuero, pintura… Ahora está con los cuadros a punto de cruz. Dentro de poco tendremos que alquilar una nave para almacenar sus labores.
    Un saludo.

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