Guerra al escarabajo (patatas de donde las pepitas de oro)

Sulfatadora

Sulfatadora

Junto al pan y la leche, las patatas formaban parte esencial de nuestra dieta diaria en Vegarienza. Acompañadas de cualquier otra cosa como lentejas, fréjoles, cocido, guisos de carne, etc, o solas ya fuera en forma de cachelos o de la forma más habitual, simplemente guisadas con una hoja de laurel, un poco de aceite, pimentón y, acaso, un puñado de arroz, que comíamos en unos tazones de barro o en platos de porcelana con desconchones, tal cual salían de la cazuela o bien espachurradas con el tenedor como me gustaban a mí.

De las patatas no se desperdiciaba ni las mondas, que la abuela cocía junto con berzas, hojas de negrillo, remolacha o nabos para el engorde de los cerdos que finalmente nos comeríamos en forma de jamón o embutido y, cómo no, en guiso de costillas de cerdo con patatas. Al ser un ingrediente tan versátil y de uso tan profuso, era necesario tener una buena cosecha para dar de comer a tanta gente como nos reuníamos en los meses de verano. Como para recoger hay que sembrar, la abuela tenía que dosificar la ingesta de patatas durante todo el año, de forma que en la primavera aún quedase en la patatera los kilos suficientes para sembrar la enorme tierra de La Puebla, cerca de El Castillo.

Esta finca era la última de Vega, al final del campo de La Puebla donde se decía que romanos y moros habían removido el terreno arenoso a la búsqueda de oro. Producto de esta actividad minera el campo está lleno de hondonadas por donde discurrió el agua y montones de cantos rodados, ahora colonizados por escobas y piornos. La prueba de que la finca de La Puebla había formado parte de ese campo aurífero, era la infinidad de morrillos redondos que aún aparecían al arar, a pesar de las carretadas de ellos que había sacado el abuelo a lo largo de los años. Yo acompañé varias veces al abuelo a arar aquella tierra preparándola para la siembra de la patata. Con una mano sujetaba la mancera del arado apoyándose con todo su peso para que la reja profundizase bien, llevando en la otra la ijada con la que apremiaba a las vacas, que estiraban el cuello tirando con esfuerzo del arado. Yo iba delante de las vacas para que el surco saliera recto y no recuerdo un trabajo más tedioso, que se prolongaba durante días pues era necesario remover toda la tierra y no se avanzaba más de un palmo de terreno en cada pasada. Si agotador era para mí, no quiero ni pensar en lo que se les pasaría a las vacas por la cornamenta cada vez que la reja tropezaba con una piedra.

Al día siguiente todos los de la casa volvíamos a La Puebla a sembrar las patatas de la cosecha anterior, reservadas para este fin y cortadas en varias porciones cada una. Con el arado el abuelo abría un surco bien amplio donde se dejaba caer los trozos de patata para que de cada porción creciese una planta. Los trozos de patata se cubrían de tierra con el escabín y en los meses siguientes se regaban con el agua de la fuente de Riospino. Para mí aquello de las patatas era milagroso. Yo había visto al abuelo sembrar el centeno, esparciendo a voleo granos entre los surcos abiertos en las tierras de secano y veía normal que de granos salieran espigas colmadas de granos. Pero que da cada trozo de patata saliera una mata que en sus raíces tenía ocho o diez patatas enteras, me parecía portentoso.

Al cabo de un tiempo emergían de la tierra las plantas de patata con abundantes hojas de un verde intenso y unos tallos casi tan transparentes como los de las cristalinas de las macetas, en cuyas raíces engordaban unas cuantas patatas. Si sabrosas eran las patatas, no menos debían serlo sus hojas que al poco tiempo, empezaban a ser comidas por el voraz escarabajo de la patata que amenazaba, año tras año, con dejarnos sin el complemento de todos nuestros guisos. Había que estar al tanto y tan pronto como aparecían las primeras hojas comidas, se ponía en marcha la brigada exterminadora armada con polvos del insecticida DDT que se compraban en Riello y utensilios para rociar las plantas.

De la época del bisabuelo Bernardino había una máquina sulfatadora de cobre, que se ponía como una mochila a la espalda cargada con la mezcla de insecticida y agua. Con una mano se accionaba la palanca que impulsaba el líquido a través de un tubo terminado en un pulverizador con el que se rociaba las plantas con la otra mano. Parte del líquido se salía por las juntas y era normal tener la mano y la ropa empapada de insecticida. Como la tierra era tan grande, el resto del equipo usaba calderos de zinc para realizar la mezcla y una especie de escobilla hecha con ramas de escoba empapadas en el líquido con la que se hacía un aspergis a las plantas, como si fuera un hisopo. De tanto mojar y sacudir, las manos sin guantes de goma que aún no se habían inventado quedaban empapadas por el insecticida. Esto no era óbice para que llegado el momento de tomar la merienda nos la comiéramos con las manos aún empapadas en DDT.

Al día siguiente se podía ver en los surcos infinidad de escarabajos panza arriba que ya no se comerían nuestras patatas. No tardaban en aparecer malas hierbas que chupaban parte del agua y nutrientes destinados a que las patatas engordaran. Otra vez aparecía la patrulla protectora de las patatas, ahora armada con escabines y escabuchos, cuyos componentes, espernancados en el surco y pasando los plantones de patata por la entrepierna, limpiaban todo el terreno de cenisos y otras malas hierbas a fuerza de riñones y paciencia. Por debajo, las nuevas patatas engordaban gracias a los cuidados que se les prodigaban, a la espera de ser cosechadas en el otoño.

Los chavales, igual que nos mostrábamos impacientes comiéndonos la fruta antes de que madurase, tan pronto llegaba Septiembre y llevábamos las vacas a pastar a los prados de Las Huertas, nos faltaba tiempo para escarbar con un palo en el patatal más cercano, fuera o no de la familia, para sacar las primeras patatas que asábamos en una hoguera mientras las vacas se llenaban la panza sin darnos que hacer. Nos las comíamos, sazonadas con sal que llevábamos de casa, con auténtica gula. Eran sesiones de camaradería alrededor de la hoguera, que casi siempre terminaba con la recolección de unas cuantas avellanas para el postre. Al llegar a casa decíamos, con aire inocente y sin que viniera a cuento, “Parece que este año van a salir buenas las patatas”.

Los demás tendrían que esperar hasta Octubre para ver si nuestra “predicción” era acertada, época en la que la familia se iba a La Puebla con el carro, las vacas, el arado y armados de cestos y escabines para la recolección patatera. Con el arado el abuelo removía las plantas de patata y los demás íbamos detrás desenterrando con el escabín las patatas y llenando los cestos que se volcaban en el carro. El abuelo supervisaba el trabajo para que no dejásemos ninguna patata y no las partiéramos con las herramientas. Cuando las patatas estaban a punto de superar los tableros del carro, hacíamos un viaje a casa para descargarlas en la patatera, la zona más oscura y fresca de la casa, donde tendrían que durar hasta la cosecha siguiente. Si les entraba algo de luz, les saldrían brotes y se arrugarían. Para prevenir esto, se cambiaban de posición en la patatera en alguna fase precisa de la Luna. Ya solo quedaba que alimentaran nuestras panzas, pero con moderación.

Cada vez que la abuela Honorina llenaba el cesto en la patatera, seguro que hacía el cálculo de si las patatas que quedaban llegarían a la próxima siembra, contando con que habría que alimentar a toda la patulea hambrienta que llegaría en verano cual plaga de langosta. Durante el curso siguiente, algún fin de semana me acercaba yo por Vega con una cesta de mimbre vacía, que volvía para Villablino con huevos, alguna otra cosa de la matanza y los apreciados frutos de La Puebla que, en vez de las pepitas de oro de antaño, nos obsequiaba con sabrosas patatas de hogaño. Patatas etiqueta dorada, podría decirse.

Salvo el DDT, que años más tarde se prohibiría por su alto poder contaminante, todo el proceso era sencillo, entendible y sostenible. Centenares de kilos de patatas se obtenían cada año sin mayor coste que el trabajo y el primoroso cuidado con que obsequiábamos a aquellas plantas verdes y de hojas sedosas, que quinientos años antes habían llegado de Sudamérica. Los únicos perjudicados en todo el proceso eran los escarabajos, ajusticiados por glotones a manos de los glotones de dos patas engullidores de patatas, la clase superior e intransigente.

Y lo que yo me preguntaba, ¿de dónde salía tanto escarabajo cada año, si ya nos los habíamos cargado el año anterior?

Vestigios de minería romana en Omaña

Vestigios de minería romana en Omaña

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: Todocoleccion.net, verpueblos.com/ElCastillo (Marilín)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

7 pensamientos en “Guerra al escarabajo (patatas de donde las pepitas de oro)

  1. El momento de dar la vuelta a las patatas y quitarles los grillos que comenzaban a brotar, señal de que la patata empezaba a perder lozanía y a arrugarse, era el menguante de marzo, según recordaba mi madre (q.e.p.d.) que hacía su abuela, en Sosas de Laciana. Yo quiero hacerlo igual, pero en Babia he de esperar al mes de abril, quiza debido a la diferencia de altitud.

  2. Estoy seguro que fuiste todo un hombre de campo. Tu abuelo ejerció su magisterio de forma amplia, como lo es la vida. Si por ventura tuvieras que arrancar los frutos a la madre tierra, estoy convencido que el hambre no llamaría a tu puerta. La mía no dejaría de aporrearla.
    La labor que hoy narras, también la conozco. De chaval se desarrollaba como la cuentas, aunque lo que más practiqué fue “l’arrinca las patacas”.
    Todavía este otoño ayudé a la familia en esta labor. Nada que ver con antaño. Después de comer, mi primo llamó a “sestaferia” y en diez minutos una cuadrilla, de una docena de personas, armadas con picachos, cestas, sacos… se hizo presente en la tierra. Mientras un tractorín iba abriendo los “sucos”, parte de los obreros llenábamos los cestos de patatas y los más avezados removían la tierra para que no quedara patata alguna enterrada. Llenamos unos treinta sacos y con un remolque los llevamos para casa. De esas “patacas” comemos casi todo el año. ¡Lo mío son los servicios auxiliares!
    Ya sabes, cuando dicen de uno que tiene voluntad, suele ser que carece de conocimiento.
    Un saludo.

  3. Pingback: Moros y cristianos | Lembranza

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