Tercos Frailecillos (historia de una frustración)

Esquís, hechos en la carpintería de San Miguel, mencionados en el texto

Con la primera nevada que nos dejó aislados varios días del mundo, comencé a ir a las laderas del Cuetonidio próximas a Llamas y allí vi esquiar por primera vez. Íbamos hundiéndonos en la nieve hasta las ingles y volvíamos en plena helada, caminando sobre la nieve dura cual camino de tierra. Me di cuenta que no tener esquís en Villablino era ser un don nadie y empecé a planear como conseguirlos. Tras un intento de esquiar con unas tablas de cuba, comprendí que para esquiar era necesario algo más que desearlo intensamente. Una tarde oí a un chaval de Llamas que vendía sus esquís. Eran blanquecinos, sin ranura central y con cantos redondeados, sujeciones de hojalata y correas con hebillas, que a pesar de su aspecto tosco deslizaban bien. Toda la semana rumié como conseguir las cincuenta pesetas que pedía. Si ahorraba el dinero del cine, al final del invierno tendría suficiente. Acordamos que le daría tres pesetas cada sábado y me entregaría los esquís con el último pago. Recé para que siguiera nevando hasta entonces y estudié con más ahínco que nunca el Latín, las Matemáticas y demás asignaturas, para que no fallara la paga semanal. Asistí cada sábado a las sesiones de esquí para entregar el dinero y, sobretodo, vigilar que no sufrieran ningún percance “mis” esquís. El día que le pagué las tres últimas pesetas, se hizo el remolón y no me dio los esquís hasta que anocheció. Como ya olía a lobo por allí, volví a casa enrabietado por no haber podido esquiar y me puse a encerarlos. Con la plancha iba derritiendo sobre los esquís trozos de vela, presionando para que la cera se fundiera con la capa que ya tenían. Al pasar junto a la chapa que servía para encajar la puntera de la bota, sentí un chirrido metálico. Horrorizado, vi que de la cera emergía el extremo de una de las puntas que sujetaban la hojalata a la madera y que había más puntos negros que se transparentaban a través de la cera. Tras un momento de angustia, me tranquilicé pues había visto semana tras semana como aquellos desgarbados esquís de madera de chopo nunca se quedaban rezagados en el descenso. El sábado siguiente, me faltó tiempo para ir al monte dispuesto a esquiar hasta que se hiciera de noche, oliera a lobo o no. Quería ser de los primeros para encontrar la nieve virgen. En la parte más alta de la pista, encajé mis botas en la hojalata y las até fuertemente con las correas. Como había imaginado tantas veces, me impulsé hacia abajo con fuerza, olvidando que era un novato sin los recursos necesarios para controlar la situación. Había pasado demasiado tiempo esperando aquel momento e imaginado cientos de veces como tenía que hacer cada maniobra. Sobre todo, el derrape para dejar los esquís clavados al final del prado. Los esquís deslizaban demasiado y aquello empezaba a estar fuera de control. A media pista dudé si sentarme y frenar con el culo o seguir e intentar derrapar en la zona más llana. Hice mal el gesto de derrapaje y me dirigí como una exhalación al escalón que separaba aquel prado del siguiente. Caí sobre la nieve con las colas de los esquís y dos crujidos simultáneos me helaron el corazón, mientras sentía que mis talones habían perdido contacto con la madera. Mis botas seguían atadas a la mitad delantera de los esquís, y vi horrorizado como las otras dos mitades se deslizaban hacía abajo, de medio lado y sin prisa. Confuso por cuan diferente había sido el descenso de lo que yo había imaginado, vi que varios clavos que unían la hojalata al esquí mostraban sus puntas entre la madera astillada, como dientes de un tiburón que hubiera mordido los esquís con saña. Unas puntas estaban más oxidadas que otras, señal de que aquella rotura había sido precedida de algún contratiempo más. Fui consciente al instante de que me habían vendido unos esquís a punto de romperse y que mi poca habilidad había hecho el resto. Tantas tardes sin cine se habían ido al garete en un único descenso imprudente. Para no añadir a la sensación de timado que me invadía, la vergüenza de que se enterasen los demás esquiadores, escondí bajo unos piornos los trozos de esquí y volví para el pueblo a toda prisa, cruzándome con los primeros esquiadores. Estaba claro, los próximos esquís tendrían que ser nuevos, de los que hacían de fresno en la carpintería de San Miguel por unas quinientas pesetas. Cuando me los entregaron, atravesé orgulloso La Veiga llevándolos al hombro, palpando satisfecho la perfecta acanaladura que los recorría. Compré en Casa Serapio unos herrajes, pintura y cera de esquís pues no estaba dispuesto a ponerles cera de vela a aquellos magníficos esquís. Coloqué los herrajes, pinté los esquís de rojo y los enceré a conciencia. Estábamos en Octubre y la nieve no tardaría en aparecer. Pasó Octubre, Noviembre y Diciembre y no hacía más que llover o helar. Ni una brizna de nieve. Y lo mismo pasó en Enero, Febrero y Marzo. Lo nunca visto. Y lo mismo sucedió al año siguiente y al siguiente. Nadie lo entendía y yo menos que nadie. Los frailecillos del tiempo seguían empeñados en mantener su capucha quitada, mientras con la varita señalaban que el tiempo sería seco. Ahora sé que aquellos “nostradamus” clarividentes estaban señalándonos el comienzo del cambio climático y que yo fui uno de sus primeros damnificados. Cuando los frailecillos de cartón se pusieron la capucha y empezó a nevar, yo había decidido ser un don nadie y abandoné mis flamantes esquís sobre un armario.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

3 pensamientos en “Tercos Frailecillos (historia de una frustración)

  1. Dios¡¡¡, qué recuerdos; el olor a pino recién cortado en la carpintería de Gómez. Parece que lo estoy viendo y escuchando
    su nerviosa y atropellada conversación.
    ¡¡¡¡¡Gracias Emilio¡¡¡.

  2. En Villager teníamos varias “estaciones” de esquí. Los que vivíamos en el barrio de abajo, es decir, en la zona de la Cantina y de la carretera de Orallo, utilizábamos la de los prados de Las Silvas y Carracedo.
    La primera vez que intenté domar unos esquís tendría unos 14 años. Eran de color rojo, de madera con herrajes para las botas y con correas de sujeción. El propietario era mi primo Marcelo, que los había heredado de Loyo, el de D Eloy. Él tenía otros de mayor tamaño, heredados de Recaredo. No recuerdo las veces que bajé rodando prado abajo. Al llevar los pies atados con correas, los esquís fustigaban mis pantorrillas y me producían un tremendo dolor hasta que, rebozado en nieve, me detenia al final del prado. Después tocaba desatar los esquís, echarlos al hombro y volver a subir, claro está, en el telesilla de San Fernando, al pico del prsdo antes de volver a las andadas.Al llegar a casa curaba los arañazos con alcohol, que los moratones ya se curarían con el tiempo y, ésto en secreto, no se fuera a enterar mi madre y pusiera fin al deporte invernal.
    Otro día contaré lo que me sucedió la víspera de Nochebuena con los mencionados esquís y el pantalón de ir a la Academia.
    Un saludo.

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