Aguja, hilo y un huevo duro (mujeres hiperactivas)

MaquinaCoser512

La cocina de la casa de mis abuelos en Vegarienza era la estancia más amplia y el escenario por excelencia de la convivencia familiar. A pesar de su amplitud, cuando en verano nos reuníamos casi treinta personas era necesario hacer dos turnos de comida. El primer turno lo hacíamos los nietos que cuando volvíamos tiritando de nuestro baño en el pozo La Puente, ya teníamos los platos con las reconfortantes lentejas que nos devolvían algo de color a los amoratados labios. Al terminar de comer nos íbamos a las habitaciones de la planta alta para la siesta ritual y empezaban a comer los mayores. Finalizada la comida y el posterior fregoteo, las mujeres cerraban las ventanas y echaban con un pulverizador insecticida Flit para las moscas que no habían acertado a pegarse en las cintas pegajosas que se colgaban del techo a tal fin.

Tras una siesta corta, aquellas mujeres que no sabían o no podían permitirse estar quietas volvían a la cocina, abrían las ventanas para que se fuera el olor a insecticida y barrían del suelo los cadáveres de mosca. Con todo de nuevo en orden, la cocina se transformaba en taller de costura. Allí se congregaban la abuela HonorinaDolores mi madre, la tía Milce, la tía Honorina, la tía Pilar y cualquier cuñada que pudiera estar por allí de vacaciones. Aunque la abuela y mi madre eran costureras avezadas, no en vano la abuela había vestido a sus diez hijos y mi madre seguía haciéndolo con su cuadrilla de once zangolotinos, quien llevaba allí la voz cantante era la tía Honorina. No se si había hecho algún curso de costura o de patronaje, pero todos los veranos aparecía con patrones nuevos que publicaban algunas revistas, que se añadían a los de veranos anteriores y servían de inspiración a buena parte de los vestidos y blusas que vestían.

Una vez que la destinataria del vestido lo escogía entre las imágenes de los muestrarios, tía Honorina extendía los patrones sobre la mesa y los calcaba a un papel de seda que servía para cortar la tela. Luego a hilvanar, pruebas remetiendo y sacando con ayuda de alfileres y a coser en la máquina de manivela situada sobre una mesita que estaba ante una de las ventanas que daban a la carretera. La máquina de coser era el artefacto con más nivel tecnológico de la casa y podía considerarse una joya de la ingeniería y del diseño. De formas estilizadas tras mucho tiempo de perfeccionamiento, estaba adornada con dibujos resistentes a los años de uso aunque un poco velados y amarillentos por el humo que se producía en las cocinas.

A juzgar por lo que descubrimos en el almacén del cacharrero de Vega, debía haber una máquina de estas en cada casa de Omaña. El cacharrero vivía en la que fue casa de don Abundio, el cura, situada al lado de la carretera junto a la panadería de Octavio. En el pajar almacenaba los botijos y demás cacharros que vendía por los pueblos y, entremezcladas con la paja, tenía gran cantidad de máquinas de coser que obtenía canjeándolas por media docena de platos de loza o un par de cazuelas de barro. Algunas tendrían casi cien años de antigüedad, pues en vez de canilla aún tenían lanzadera. Su gran negocio se inició cuando muchos “veraneantes” empezaron a ver aquellas máquinas como objeto de decoración y se las quitaban de las manos por un precio muy superior a los seis platos que a él le habían costado. Cuando se le acabaron, aceptaba encargos de más máquinas que trataba de rescatar de las cocinas del Valle Gordo en sus viajes con los serones del caballo llenos de cacharros. En aquel pajar había verdaderas maravillas, que habían sido por mucho tiempo la solución en las casas de Omaña para la autosuficiencia en el vestir.

Auxiliadas de aquella máquina y bajo la dirección de tía Honorina, de la cocina de mi abuela salían vestidos, sábanas, visillos, manteles, camisas, blusas y todo lo necesario que no se podía comprar salvo que fueras a León. Mis primeros pantalones largos salieron de aquel taller y también llevé algún calzoncillo con tirantes confeccionado en aquellas tardes de verano. La goma elástica no debía abundar entonces. Pero la pieza más sofisticada que creo salía del taller eran los sujetadores que podíamos ver tendidos en la cuerda de la huerta, con unas copas que daba gusto verlos.

No solo se dedicaban al corte y confección en aquella cocina. Tía Milce era la especialista en el ganchillo y a lo largo de su vida debió de tejer muchos metros cuadrados para realizar colchas, fundas de cojín, paños ornamentales para casa y para la iglesia y muchas otras piezas ornamentales. Cuando iba con las vacas, además de la merienda en la fardela llevaba el hilo y la aguja de ganchillo. Era proclive al ensimismamiento pues mezclaba el rezo íntimo con el ganchillo y era frecuente verla deshaciendo parte de lo hecho por haberse concentrado poco en la labor y demasiado en el rezo, lo que se traducía en rosarios con más de cinco misterios o con una ristra innumerable de avemarías y unas puntillas algo fachosas.

Entretanto, tía Pili se dedicaba a la repostería preparando rosquillas, mazapanes, magdalenas, y cualquier golosina con la que se había previsto festejar el día de San Salvador. A los sobrinos nos interesaba más este negociado que el de la tía Honorina, por más apetitoso. Algunos incluso planeábamos como averiguar si les había dado el punto adecuados a estos manjares antes de que llegara la fecha del patrón (ver post La culebra).

También se veía a las mujeres usando el bastidor de bordar para que la ropa de cama o las blusas salieran de allí bien guarnecidas de dibujos y calados o cogiendo los puntos de las medias auxiliándose de una pequeña aguja y un vaso de cristal. O tejiendo jerseis para el invierno o preparando ropa para un nacimiento próximo o para una comunión inminente. El curso en que yo iba a vivir en el colegio mayor Calasancio de Madrid, en un plis plas marcaron mis calzoncillos, calcetines, pijamas, camisas, toallas y demás indumentaria con el número de habitación. Eran incansables. Cuando ya todos nos habíamos levantado de la siesta y ellas habían acabado las tareas que exigían el uso de la máquina de coser, se llevaban las tareas a la huerta donde solíamos estar ya el resto de la familia al pie de los perales, sobre colchonetas tendidas en la hierba y disfrutando del frescor de la tarde. Allí se llevaban el bordado, el tejido de prendas de lana, el ganchillo, el remate de lo que no se había podido coser a la máquina, los ojales y los botones, en suma todas las operaciones que se podían compaginar con la charla que duraría hasta la hora de preparar las meriendas y los chavales saliéramos con las vacas para las Llamas de Castriello. Todas participaban activamente en la conversación con algunas pausas meditativas revisando si los puntos del derecho se intercalaban debidamente con los puntos del revés y deshaciendo con cara de contrariedad algunas vueltas de la labor si se habían distraído con la charla o pensando en lo que harían de cena. No paraban en todo el día, ni con las manos ni con la mente.

No eran desdeñables las tareas de mantenimiento sobre los rotos de calcetines, pantalones, blusas, sábanas y demás prendas. Allí hacia aparición el huevo de madera de haya (ya se sabe, dura donde las halla) que facilitaba repasar los rotos de calcetines y coderas de jerseys dejándolos como nuevos para el uso, aunque no tanto para la vista. Hacían verdaderos entramados de hilo para suplir el tejido original y darle un segundo uso a calcetines con tomates y camisas con sietes. Era importante que la gente de la familia fuera siempre bien recosida, modestamente pero sin un roto. Guerra total a los pecados con la contrición y buenos propósitos y a los tomates de los calcetines con el huevo de madera.

Todas las hermanas dominaban las distintas técnicas que la abuela se había ocupado de enseñarles. Ahora te compras la ropa en las tiendas pues tienes mucho donde escoger en modelos, colores y tallas. En aquella época eran los sastres los encargados de hacer las prendas a medida, pero en aquellos pueblos en que no había tiendas ni sastres, o ibas desnudo o te fabricabas tu la ropa. Todo empezaba comprando la tela en Riello o León o si pasaba por allí algún vendedor ambulante de tela. El resto, corría por cuenta de las costureras de la casa que abundaban.

En aquel taller de costura no se tiraba ni los recortes de tela. Todo se guardaba hasta tener cantidad suficiente para encargar un litero. Los somieres eran de flejes metálicos o de alambre rizado, material poco amable con los colchones, por lo que se interponía entre ellos y los somieres los literos, formados con las tiras de tela sobrante de la costura, bien retorcidas y unidas con hilo muy fuerte. Eran muy vistosos por la gran variedad de colorido de los retales de tela y su distribución aleatoria. Más adelante, al igual que las máquinas de coser antiguas, los literos fueron objeto de decoración.

Había otras artes en las que solo la abuela era diestra, pues todas sus hijas salvo la tía Milce se habían ido del pueblo antes de necesitar aprenderlo. Eran las relativas a la lana. Yo he visto a la abuela hilar lana con el huso y a la tía Blanca con la rueca, aunque más adelante la lana de tejer ya se adquiría en madejas y éramos los nietos los encargados de sostenerlas con los brazos abiertos para formar los ovillos. También recuerdo verla escarpenar la lana con las cardas, para formar planchas rectangulares que parecían flotar en el aire de ligeras que eran. Con ellas la abuela hacía unos edredones ligeros como plumas pero que abrigaban por demás, como el que regaló a mi mujer y que sigue siendo el edredón preferido de nuestra casa.

La abuela era un compendio de conocimientos y habilidades dirigidas a la subsistencia de la familia, usando solo lo que se tenía a mano. Con su aspecto frágil, era difícil creer que fuera capaz de hacer tantas cosas y con tal dedicación. Y así lo hizo durante toda su vida, pariendo diez hijos y participando también en las tareas del campo y cuidado de los animales. Nunca la oí quejarse, salvo de sus dolores de cabeza. Sería de tanto agudizar el ingenio para sacar la familia adelante.

De aquella escuela de costureras, mi madre sacó la pericia suficiente para vestirnos a nosotros. Aún hoy, a sus noventa años, rara es la semana que no tiene que acortar unos pantalones o estrechar una falda, ayudándose de la máquina de coser que la ha acompañado durante los últimos sesenta años. Es de pedal y su rueda ha girado lo suficiente como para dar la vuelta al mundo unas cuantas veces. Así como a los faraones se les enterraba con utensilios de su vida diaria para que les acompañasen en el tránsito al más allá, a mi madre le debería acompañar su máquina de coser para estar preparada y cuando empecemos a llegar nosotros a donde ella esté, que cada vez nos falta menos, nos pueda arreglar algún descosido en la indumentaria. Salvo que allí todos vayan en pelotas.

Aquellas mujeres que movían el mundo de su alrededor con aguja, dedal y un huevo de madera zurciendo todo agujero o roto que avistaban, estoy seguro se extrañarán viendo como algunas mujeres de hoy lucen rotos de diseño en sus vaqueros de marca deshilachados y se tendrán que aguantar las ganas de pedirle los pantalones para echarles un zurcido y que no vayan por ahí todas eszalamendradas. Otro gallo cantaría si estas mozuelas hubieran participado de aquellas tardes laboriosas de la cocina omañesa de mi abuela, donde el lema era “cortar, coser, zurcir y nunca tirar“. Seguro que no se atreverían a ir así por la calle, haciendo alarde de andrajos de diseño y envejecidos artificialmente antes de su estreno. Ellas cuidaban la ropa con mimo y ahora la compran ya rota. ¿Habrase visto semejante tontería?. Todo empezó con la ropa prêt à porter, con el que las mujeres se olvidaron de coser la ropa aunque nosotros seguíamos rompiéndola como antes. Ahora ni ese trabajo nos dejan, ya compramos andrajos, eso si prêt à porter . ¿Cuál será el paso siguiente?

Pulverizador Flit para las moscas, zurciendo con huevo de madera. Bordando con bastidor.

Pulverizador Flit para las moscas, zurciendo con huevo de madera.
Bordando con bastidor.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: puente-genil.es, todocoleccion.net, canal-literatura.com, lirainwonderland.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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4 pensamientos en “Aguja, hilo y un huevo duro (mujeres hiperactivas)

  1. Bien escrito e ilustrativo aunque algunos párrafos mal clocados y otra vez demasiado extenso. El penúltimo párrafo muy inspirado. Y ese irónico reaccionario hubiese estado bien que saliese a pasear mas a menudo por la vida real.

    • Raquel, no se si estoy muy de acuerdo contigo en la segunda parte de tu comentario. Yo creo que las mujeres en general y las madres en particular seguís estando en el papel de abnegación muy por encima del de los hombre. Para mí la cuestión es que el mundo ha cambiado mucho en cincuenta años y no queda más remedio que adaptarse. Ahora la mayor parte de las mujeres trabajáis fuera y dentro de casa y ya no hay lugar para aquel despliegue de actividades caseras. Otra cosa es dilucidar si este mundo de ahora es mejor y más sostenible. Un abrazo.

  2. Bah, menudo pelota hipocrita. El no pierde oportunidad de zaherir a hijos e hijas cuando se encuentran ante alguna dificultad y no le falta tiempo para proclamar aquello de “cuando yo tenia tu edad…” ó “en mis tiempos no eramos tan señorit@s…”

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