Navajeros (¿MacGyver era omañés?)

Navaja

Ser pastor en Vegarienza y no llevar una navaja en el bolsillo, era un contrasentido pues era indispensable para muchas cosas. Una fundamental era poder comer la merienda sin dejarte algún diente en el empeño al morder directamente el pan de centeno cuando la hogaza hacía más de una semana que se había cocido. Había que usar la navaja para cortar pequeños trozos del zoquete de pan que fueran más asequibles a nuestros dientes infantiles. Y antes había que usar la navaja para untar la mantequilla que nos habían puesto en un hoyo del pan, que suavizaba algo la engullida al tiempo que nos empastaba las arterias del entonces desconocido colesterol.

Habíamos visto a mi abuelo y tíos usar las suyas y estábamos deseando tener la nuestra, de forma que a los seis o siete años todos andábamos armados con una navajita en el bolsillo que comprábamos en el mercado de El Castillo o en la ferretería de Fidel en Santibáñez o que nos regalaba alguno de nuestros tíos. Eran unas navajas pequeñas de cachas de madera de cerezo y un resorte que mantenía la hoja abierta o cerrada a voluntad, sin posiciones intermedias. Los había que la llevaban sujeta a una hebilla del cinturón con una cadenita que permitía usarla sin que se perdiera, pero lo más habitual era que la navaja viviera suelta en el bolsillo del pantalón. Nos referíamos a las navajas también por el nombre de cheira.

En el lenguaje de Omaña había un verbo que no se que exista en otros lugares. Es el verbo “forgar“, referido al acto de tallar una vara o un palo con la navaja ya sea aguzándolo o dándole forma o dibujando filigranas en la corteza verde. Los palos tenían mucha importancia en aquella sociedad de pastores y cada cual nos ocupábamos de tener el nuestro debidamente personalizado. Mirábamos con ojos expertos a los paleros, avellanos o fresnos para encontrar la rama que más se adecuaba a lo que buscábamos. Si queríamos un buen palo para jugar a la vigarda, tendría que ser grueso y de avellano seco. Si queríamos fabricar una cachaba habría que buscar en las ramas de los fresnos y, a ser posible, que tuviera un buen porro en el extremo más grueso. Si queríamos un mango para el ferpón de ensartar truchas usaríamos una vara de avellano muy recta. A mí se me iban los ojos detrás del espino mayolar del que se podían sacar unos bastones derechos, nudosos y muy resistentes pero por la dureza de su madera no estaban al alcance de mi cheira casi de juguete.

Si queríamos que nuestro palo fuera inconfundible por su decoración, elegiríamos uno de palero cuya monda (corteza) fuera fácil de trabajar con la navaja. El resultado era un bastón donde el blanco de la madera al descubierto resaltaba sobre el verde oscuro de la corteza. Los palos más artísticos los fabricaba el mejor forgador de la familia, el tío Balbino. Era de Garueña y es sabido que sus naturales tenían una facilidad innata para el trabajo de la madera y algunos terminaron siendo carpinteros, como Arcadio (ver post Los oficios) y Luis que ocuparon la carpintería de Vega. Mi primo Jose, hijo de Balbino, siempre me hablaba de las cosas que hacían con madera en Garueña cuando pasaba unos días allí con su abuela. Los pequeños rodeznos de madera que hacían a navaja y que dejaban dando vueltas incansablemente en algún chorrito de agua en el río Baltaín, me maravillaban cuando me llevaba a verlos.

El palo era nuestro bastón de mando cuando pastoreábamos los animales, aunque servía de bien poco cuando las vacas, achicharradas por las moscas rocineras, no tenían más remedio que moscar y a nosotros solo nos quedaba apartarnos de su trayectoria alocada. Pero en circunstancias menos extremas, el palo nos ayudaba a manejar el ganado y por ello nos preocupábamos que fuera sólido y bien decorado para que no se confundiera con ningún otro.

Cuando ejercíamos de pastor en solitario, la navaja era la mejor compañía. Al llevar las vacas a las llamas de Castriello, cerca del cementerio pasábamos por donde los de la sierra amontonaban las cortezas de los chopos que aserraban y allí nos proveíamos de buenas piezas de corteza, la materia prima que necesita un pastor con tiempo por delante. La tarde se nos pasaba volando entre afilar la navaja cada poco y modelar la corteza para hacer un barco o cualquier otra cosa. Los barquitos los probábamos de inmediato en el arroyo y, mejor o peor tallados, eran un motivo de satisfacción pues siempre funcionaban. Flotaban. Que fueran esbeltos y marineros era otra cosa.

Si hacía viento y teníamos ganas de correr, con un tallo de espino y un par de cuadrados de papel nos fabricábamos un molinillo de viento. Con la navaja cortábamos un trozo de espino de unos quince centímetros y le hacíamos una cara plana hasta llegar a la médula que es esponjosa. Lo clavábamos por el centro a un palo normal con una punta sacada de las tablas de una compuerta cercana, de forma que pudiera girar. Clavábamos cada trozo de papel a un lado del palito de espino y de forma contrapuesta, con las propias espinas que habíamos obtenido del espino. Solo faltaba correr contra el viento para que el invento girara. O hacernos jeringas tiratacos aprovechando que el saúco tiene una gruesa médula en el centro del tronco muy fácil de vaciar. Está claro que además de disponer de la navaja, había que ser expertos conocedores de la calidad y cualidad de cada árbol o arbusto.

Lo más espectacular que podíamos construir era un berrón, un instrumento vegetal con forma y sonoridad de cuerno de caza. Con la monda de una rama de palero de tres o cuatro centímetros de diámetro, que despegábamos después de cortarla longitudinalmente en espiral con la navaja, la enrollábamos hasta construir un cono terminado en la parte más estrecha en un agujero de un centímetro. Las vueltas de corteza se unían a sus contiguas mediante espinas de rosal silvestre. De una rama de un centímetro de diámetro, obteníamos un cilindro de corteza de tres dedos de longitud a base de golpear la monda con el mango de la navaja y de chuparla hasta que se desprendía del tronco girándola, para constituir la boquilla del instrumento. De un extremo de esta boquilla eliminábamos la parte más externa de la monda, dejando la parte interior que era más tierna y que vibraba al soplar aire por ella. Colocando la boquilla sobre la abertura pequeña del cono construido antes y que amplificaba el sonido, ya teníamos un instrumento monocorde que se podía escuchar a varios cientos de metros. Duraba hasta que la piel del palero se secaba y retorcía.

Podría seguir con más ejemplos de lo que daba de si una navaja, los ratos de ocio y nuestra inventiva, pero como no estoy seguro que se me haya entendido lo explicado hasta ahora, lo dejaré para no ser pesado. Solo pretendo ilustrar que con nuestra navaja y lo que teníamos alrededor éramos capaces de construir las cosas más inverosímiles, que por difícil que parezca funcionaban. Cualquiera de nosotros hubiéramos podido desempeñar honrosamente el papel de MacGyver.

También dedicábamos grandes ratos a convertirnos en avezados lanzadores de cuchillos, imitando lo que leíamos y veíamos en tebeos, películas y en el circo, razón por la que nuestras navajas tenían que mantenerse abiertas por efecto de un muelle o seguro. Y justo ahí era donde morían la mayor parte de nuestras navajas, fruto de nuestra falta de habilidad y puntería sobre árboles y trozos de tabla, con las cachas astilladas o saltando por los aires. Era una buena ocasión para reponerla con otra más fuerte o sofisticada, cuidando que su hoja no superase los cuatro dedos que era lo que estaba aceptado entre los más “expertos” como máximo permitido para que no te la confiscase la Guardia Civil, una discusión que nos ocupaba mucho tiempo cada vez que veíamos que uno de nosotros tenía una navaja en forma de estilete o de las cabriteras o de un tamaño exagerado.

Cualquiera diría que éramos una pandilla de lo más peligrosa, grandes y pequeños armados hasta los dientes. Nada más lejos de la realidad. No recuerdo ni una sola pelea entre los chavales ni entre los grandes. Todo lo más, algún altercado porque alguien quitaba antes de tiempo el agua de riego al que le precedía en el turno, que nunca llegó a más que fuertes voces y que, de haberlo hecho, se habría dirimido con la azada y no con las navajas. Ya de puestos, escoger la herramienta más eficaz y contundente.

Y es que la navaja era una herramienta y nada más. No había más que ver la sencillez de las navajas de los mayores, una simple empuñadura de madera de una sola pieza que servía para alojar la hoja, sin un mal muelle ni otra complicación. Eran navajas que duraban toda la vida y servían para cortar el pan, un cordel, afilar los mimbres de los cestos o para pequeños arreglos en las herramientas de trabajo. La sofisticación solo estaba en nuestras navajitas de diletantes, con cachas de nácar, de hueso o con más de un seguro que al abrirlas hacían un ruido de carraca que nos llenaba de satisfacción. Eso si, todas eran de Albacete.

Cuando se acababa el verano, dejábamos de comer pan de centeno, de forgar palos y en nuestro equipaje no se incluía la navajita. Quedaría en un cajón, esperando que la recuperáramos el primer día de las siguientes vacaciones. En Villablino o en Roa de Duero no eran necesarias las navajas, pues los lapiceros los afilábamos con el sacapuntas y no teníamos a la mano árboles tan variados y versátiles como los que permitían poner a prueba nuestra inventiva. Durante nueve meses, éramos navajeros abstemios.

Aunque nunca nos pasó nada grave más allá de algún corte por el que parecía que se nos iba a ir la vida y que resolvíamos enrollando el dedo con un pañuelo mientras seguíamos forgando, no puedo por menos de pensar en el susto que me llevaría si veo a uno de mis nietos de seis años manejando una navaja con la misma soltura que lo hacíamos nosotros. Bueno, ni a los seis ni a los dieciséis. Para MacGyver, el de la tele.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: armasblancas.mforos.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Anuncios

7 pensamientos en “Navajeros (¿MacGyver era omañés?)

  1. En el proceso de obtención del berrón seguíamos exactamente vuestro método. Para obtener la boquilla, en La Majúa,ayudábamos, simultaneamente, al proceso con una salmodia: sal, sal mi gaitina sal, que t’ey de dar una arroba de sal y otra de pimiento para tú guisar, sal, sal ….,¡ Y no fallaba¡.
    Para mí, la navaja sigue siendo un una herramienta imprescindible aunque sólo me sirva para recibir alguna bronca por romper el bolsillo del pantalón.´ Saludos, Calixto

    • ¡Que bueno, Calixto! creí que nadie iba a entender el galimatías del berrón. Claro que siendo un colega navajero, solo con el nombre hubiera sido suficiente. Con semejante cantinela, los vuestros debían salir “bordaos”.
      Aunque siempre tuve la sensación de lejanía entre Babia y Omaña con tantas montañas de por medio, he tenido la curiosidad de buscar en Google Maps la distancia caminando entre La Majúa y Vegarienza y me da 38 kilómetros incluido el rodeo del pantano. Éramos más vecinos de lo que hubiera imaginado. Un abrazo.

  2. Clase magistral, ojala perdurase alguna de las obras de Balbino para poner una foto. No hay nada que te suene raro aqui ? “Los palos más artísticos los fabricaba el mejor forgador de la familia, el tío Balbino. Era de Garueña y es sabido que sus naturales tenían una facilidad natural para el trabajo de la madera…”.

  3. Algunas de las palabras que usas y qué dices son del lenguaje omañés,tienen una territorialidad más amplia. Si buscas en el Diccionario General de la Lengua Asturiana las encontrarás, aunque a veces con diferente Ortografía. Por ejemplo: forgar,vigarda(bigarda), palero( paleru), cheira…Es lógico, puesto que las zonas leonesas de Laciana, Alto Sil, Omaña y Babia y las asturianas del occidente: Cangas de Narcea, Degaña, Somiedo , Teverga… hablaron el mismo idioma durante siglos, el denominado Bable Occidental( que en la zona leonesa llamamos Patsuezu).
    En las escuelas asturianas se estudian los tres tipos de LLingua Asturiana: la occidental, la gallego-asturiana(Navia, Castropol, Taramundi y demás concejos limítrofes con Galicia) y la del resto de Asturias(que es la oficial). En las zonas leonesas no existe su estudio. Hace años se estudió Portugués, porque había una colonia de gentes de este país por Laciana. Había un dinero para que maestros portugueses impartieran este idioma en las escuelas. ¿Por qué no se hace esto con el Patsuezu? Ya sé que no hay maestros formados en la Universidad de León en esta materia, pero si los hay en Asturias; y según creo no están muy lejos.
    Un saludo.

    • Eulogio, yo hablo de términos omañeses porque allí es donde los escuché en contraste con el castellano que oía el resto del año. Creo que nunca los oí en Laciana, si bien es cierto que en Villablino no me desenvolvía en el entorno de los campesinos o ganaderos. No me extraña que sean usuales en las zonas que mencionas, pues la montaña de León siempre me pareció de transición entre la tierra llana y Asturias. Un saludo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s