Mane, Tecel, Fares (estos si eran súper héroes)

Decalogo

Intentando mediar entre mis nietos Alex y Diego peleándose por un juguete, les pregunté si sabían quien fue el rey Salomón y, para mi sorpresa, me contaron con pelos y señales la famosa sentencia sobre el niño que se disputaban dos mujeres. Yo creía que las historias sagradas solo eran un recuerdo de mi generación, tan mediatizada por la omnipresente religión. La Biblia era tan extensa, contenía tantas historias, que los tres curas de Villablino tuvieron que especializarse para transmitírnosla. Don Gildo y don Veribaldo, que tenían jurisdicción sobre nuestras almas, nos adoctrinaban cada domingo tomando como base lo que los evangelistas del Nuevo Testamento decían que había dicho o hecho Jesucristo. De pie ante el misal o desde el púlpito, don Gildo nos conminaba a ser buenos y taladraba nuestras conciencias con las enseñanzas de lo que predicaba Jesús o machacándonos con alguna norma posterior como las Obras de Misericordia. A veces yo perdía el hilo en los pasajes en que Jesús se mostraba críptico, como cuando decía “Yo soy el que soy”, pero, si conseguía que me sintiera un pecador, allí estaba su socio don Veribaldo emboscado en el confesionario, para ayudarme a poner el contador de mis pecados a cero. Por otro lado, don Urbano nos enseñaba en la Academia Carrasconte lo que decía el Viejo Testamento en la asignatura de Historia Sagrada. Al no tener responsabilidad sobre nuestras conciencias, en sus clases no se hablaba de nuestros pecados sino de lo que había acaecido entre la creación del mundo y la época en que nació Jesucristo. Eran unas clases distendidas y amenas en las que ni siquiera había que tomar apuntes, pues aquellas historias fantásticas se nos grababan en la mente con la nitidez de los cuentos infantiles. No había que estudiar y se aprobaba con la gorra. De estas clases recuerdo un Jehová muy dado a la gran escenografía y a los efectos especiales, como cuando separó las aguas del Mar Rojo para que los judíos lo cruzasen “a pie enjuto” (¡que expresión!), o cuando en la cima del monte Sinaí ordenó a Moisés, desde unas zarzas que ardían sin consumirse, que fuera a Egipto a liberar a los judíos. Me parecía un dios algo inconstante y un tanto homófobo, pues al poco de crear a Adán y Eva en un momento de debilidad y aburrimiento, decidió que Caín fuera malo y Abel bueno y terminó desdeñando a la multitud que poblaba la tierra recién creada salvo a su pueblo, el escogido. Esta tensión entre malos y buenos junto con la intervención continua de Jehová en los asuntos de los hombres, daba mucho juego y unos personajes singulares. Si alguien no era del agrado de Jehová, no se andaba por las ramas como con Baltasar que bebió de los vasos sagrados en una orgía. Le envió al profeta Daniel para anunciarle que moriría aquella noche y que su reino sería invadido. Aun comprendiendo que lo que nos contaba don Urbano y lo que nos exigía don Gildo eran dos facetas de la misma religión, yo vivía aquellos contrastes con una cierta esquizofrenia. Si, había que ser buenos, pero veía que Jehová protegía a malhechores como Sansón, que no contento con quemar los sembrados de los filisteos soltando trescientas zorras con teas ardiendo atadas a sus colas, mató a mil de ellos con una quijada de asno. ¿Cómo podíamos tomar ejemplo de las acciones de semejantes energúmenos?. Es cierto que Jesús tuvo algún episodio airado, pero nada que ver con como Jehová trataba a todos los que no descendían de Judá, enviándoles plagas, matanzas de inocentes y desgracias sin fin. Si yo hubiera tenido un espíritu crítico, habría puesto en duda lo que me contaban ambos intérpretes de la Biblia, pero prefería perderme en divagaciones sobre cómo pudo Sansón reunir trescientas zorras. Adopté, más o menos, como norma de conducta lo que recomendaba don Gildo y decidí disfrutar, sin más análisis, de lo que don Urbano nos contaba que sucedió en torno a los judíos. Todos eran personajes fantásticos que vivían cientos de años y que llenaron mi mente con sus hechos disparatados. Cada uno de ellos por separado daba para escribir una buena novela. No echábamos de menos a los superhéroes del cómic, que aún tardarían en hacer su aparición. De todos ellos, Moisés fue el que me pareció más interesante y llegué a pensar que estaba por encima de Jesús en el escalafón bíblico. Y qué decir de las imágenes del libro de Historia Sagrada que teníamos que reproducir en nuestros cuadernos: Moisés con las Tablas de la Ley esculpidas con números romanos, que aún tardarían en inventarse mil y pico años, o golpeando la roca con su báculo para que surgiera agua o la caída de las murallas de Jericó a toque de trompeta y tantas más. Solo comparables a la de la llamita sobre la cabeza de los apóstoles cuando el Espíritu Santo les insufló el don de lenguas. ¡Era todo tan fantástico!. Tengo que confesar que me hubiera gustado tener imaginación suficiente para escribir otra biblia, con personajes potentes, milagros increíbles y frases contundentes. De hecho, he reunido material de aquí y allá, incluidas sentencias que no son mías como las que oí a un compañero de trabajo, no muy originales pero que suenan bien bíblicas: “Bienaventurados los niños en su niñez y los adultos en su adulterio” o “Amaos los unos sobre los otros”. ¿Y qué tal un Moisés mostrando las Tablas de la Ley en un iPad?. Dudo que esta biblia mía, apócrifa, si, pero no más disparatada que la auténtica, hubiera sido del agrado de don Gildo.

Mane, Tecel, Fares: Daniel 5,1-30

Imagen tomada de: sobreconceptos.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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8 pensamientos en “Mane, Tecel, Fares (estos si eran súper héroes)

    • Muy acertada Pilar. Somos muchos los lectores.
      Pilar, ¡¡como recuerdo tu librería en el camino hacia la Academia¡¡¡. La de enfrente del casino me pilló ya lejos de Villablino
      Gracias Pilar por aguantarnos. Y a Miguel, gracias como siempre.
      Gregorio.

  1. Como siempre que dedico algunos minutos a tus escritos, recuerdo instantes imborrables de mis años de bachillerato. Gracias Emilio por tantos buenos ratos

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