El vaciamiento de Omaña (del arado a la corbata)

Placa en la iglesia de Sosas del Cumbral conmemorativa del centenario del médico Bernardino González

Placa en la iglesia de Sosas del Cumbral conmemorativa del centenario del médico Bernardino González

Ya en la época en que el bisabuelo Bernardino González vivía en Sosas del Cumbral, empezó una tendencia que sería irreversible y que en unas cuantas décadas dejaría muchos pueblos de Omaña vacíos. Sus hijos Paco y Bernardino estudiaron Medicina (en el pueblo pasaron a ser don Paco y don Bernardino) que ejercieron en la zona durante un tiempo, se iniciaron en los negocios con la gasolinera que está junto a San Marcos en León y se instalaron definitivamente en Madrid y León respectivamente. Entre medias alguno tuvo tiempo de participar en la guerra de Cuba y en la del norte de África. Heliodoro se dedicó a negocios mineros y se estableció en el pueblo lacianiego de El Villar. Concha se casó y vivió en León. Solo Baldomino y mi abuela Honorina quedaron apegados al terruño siguiendo con la tradición campesina y ganadera que había caracterizado a Omaña durante los últimos siglos. Los otros cuatro solo volverían ocasionalmente de visita o a cazar o a pasar unos días.

En esa misma generación sucedió algo parecido en Posada de Omaña con la familia de mi abuelo Emilio de la Calzada, pues tío Federico después de estudiar con el domine de Vegarienza se ordenó agustino viviendo toda su vida en Perú (ver El tío fraile) y tío Gregorio vivió en Madrid y León ejerciendo como guardia de asalto y policía nacional. Tío Liezar se quedó regentando su cantina en Posada y juntamente con mi abuelo, que fue maestro en Sosas, fueron los únicos que continuaron dedicados a las labores tradicionales. Se había iniciado timidamente el vaciamiento de los pueblos de Omaña.

En la generación siguiente, la de mi madre, el proceso se acentuó hasta el punto que los diez hermanos pusieron el pie en la ciudad y al final del proceso que dio tres maestras, un médico, un veterinario, dos enfermeras, una costurera, un facultativo de minas y un funcionario, solo tía Milce volvió a la aldea donde acompañó a los abuelos en Sosas y Vegarienza hasta que dejaron su actividad campesina.

El proceso debió ser similar en muchas familias omañesas y voy a relatar someramente como se produjo en el caso de la de mi madre porque me parece ilustrativo de este fenómeno de abandono del campo. Interesante como todos los procesos de emigración, este al que me voy a referir acarreó no solo un cambio de territorio sino también de forma de vida. Piénsese en una familia cuyos miembros viven todos en el pueblo desarrollando una actividad agrícola y ganadera que les hace casi auto suficientes y que inician el movimiento hacía la capital donde no tienen casa ni trabajo de donde solo uno de ellos volverá.

Espero que la avalancha de nombres que forzosamente tendré que usar al ser una familia tan grande, no apabulle al lector. Podrá prescindir de los nombres y será suficiente con fijarse en las vicisitudes que entre todos pasaron.

Necesariamente este salto de la aldea a la ciudad se hizo de forma progresiva a medida que los hijos crecían y fueron muy importantes las relaciones familiares que dieron apoyo a esta diáspora que se complicó bastante por coincidir con la guerra civil. A medida que los hijos terminaban la escuela mis abuelos se planteaban la conveniencia de mandarlos a estudiar fuera. No sé si fueron conscientes que su ausencia estudiantil supondría el descuelgue definitivo del pueblo.

El acendrado sentimiento religioso de los abuelos marcó los inicios de alguno de los hijos que pasaron por colegios de frailes, seminarios e incluso conventos, algo que en la época era frecuente con los jóvenes de la zona, un vivero de curas, frailes, maestros, policías armados y guardias civiles. Como se puede ver, ocupaciones con vocación de poner orden en la vida de los demás.

Aecio el mayor, estudió con los agustinos y estuvo en el seminario de Valencia de Don Juan. Antes de la guerra estuvo junto con su hermana María en Madrid viviendo con el tío Gregorio, que era guardia de asalto, preparando unas oposiciones. En la guerra Aecio fue movilizado y anduvo pegando tiros por diversos sitios. Formó parte de los grupos de voluntarios que estuvieron dando clase por algunos pueblos de Asturias y finalmente opositó a Correos donde trabajó hasta su jubilación.

Milce estudió enfermería en León y finalmente regresó a Sosas y acompañó a sus padres hasta que murió el padre y ella junto con su madre se fueron a León a vivir con sus hermanas.

María estudió enfermería en Valladolid y durante la guerra estuvo de enfermera por la zona de La Robla. Terminada la guerra, cuando regresó temporalmente a Sosas llevaba un perro que le habían regalado y que tenía nombre ruso como Trosky o Lenin o algo parecido.

En Garueña, que estaba a mitad de camino entre Sosas y Vega, había unas costureras donde Honorina aprendió a coser y cortar (habilidades que se relatan en Aguja, hilo y un huevo duro) y allí conocería a Balbino, su futuro marido.

Al no disponer de vivienda en León algunos hermanos tuvieron que iniciar su etapa de estudiantes como pupilos en casa ajena. Fue el caso de mi madre y su hermano Emilio que durante la guerra vivieron en una casa de la calle La Torre regentada por Inés de Villar de Omaña, sobrina de su abuelo Bernardino, cuyo marido era carnicero y estaba en la cárcel; con muy mal carácter que no sabe precisar si era por esta circunstancia o por la lata que le daban ellos. Con ellos estaban también de alquiler otros dos estudiantes de Villar de Omaña hijos de Joaquínel Tremoriego” y de su primera mujer Doñaciana. Los cuatro, dos chicos y dos chicas, dormían en una habitación sin ventanas al exterior que solo recibía luz natural de una galería, donde solo había dos camas, una para los chicos y otra para las chicas. Esto de las camas biplaza lo he vivido yo en vacaciones en Vega donde los pequeños dormíamos de dos en dos, la cabeza de uno en la cabecera y la del otro en la piecera. El curso siguiente Emilio se fue a Tuy a un colegio de frailes y mi madre se cambió a otra casa, propiedad del capitán Lozano abuelo de Zapatero, donde su casera fue Trina de Cornombre, familia de los de la sierra de Vega, cuyo marido era camarero al que la guerra le había cogido en Madrid. Como se ve, en ambos casos eran alquileres destinados a sobrevivir ya que por vicisitudes de la guerra las caseras se habían quedado sin los ingresos de sus maridos. También se pone de manifiesto cómo se entretejían las relaciones con conocidos y parientes para suavizar las incertidumbres de aquel asalto a la ciudad.

María empezó a trabajar en la Fiscalía de Tasas en León, que era el organismo que vigilaba que los precios y movimientos de artículos de consumo eran los autorizados y perseguía a los estraperlistas que se movían en el mercado negro. Recuerdo que en los años cincuenta cuando llegábamos a León, el autobús se paraba en el fielato del puente de la estación donde controlaban todos los alimentos que llevaban los viajeros en sus cestas de mimbre. Era como una frontera interior antes de entrar en la ciudad.

Ya con un trabajo fijo, María alquiló un piso en la calle Ramiro Valbuena con seis dormitorios, suficiente para dar cobijo a todos los que estaban ya en León y los que se esperaban en oleadas sucesivas. Incluso sobraban habitaciones lo que permitió que tuvieran alquilados con derecho a comida. Esto suponía un salto cualitativo, pues habían pasado de pupilos a caseros. Mi madre que entonces estudiaba Magisterio en la Escuela Normal, recuerda que ella actuaba a veces de camarera llevando la comida a los huéspedes. Entre los huéspedes hubo alguien de la Fiscalía de Tasas y también dos muchachas bercianas de los Barrios de Salas. Una de ellas se casaría con tío Aecio convirtiéndose en la tía Jamina. Aecio y mi padre se hicieron amigos cuando ambos trabajaban en Correos y en una visita a la casa mi padre conoció a mi madre y terminaron casándose. Ambos matrimonios vivieron en la casa e incluso alguno de los hijos nacimos allí.

Con algún ahorro de los abuelos y en base a la experiencia familiar de comercios en Posada, Sosas y Vega (ver El bisabuelo Bernardino), decidieron poner una tienda en León en la misma calle de Ramiro Valbuena. Era una tienda pequeñita que no se si encajaba en lo que entonces era una mercería o vendían algo más. Yo recuerdo haber estado allí cuando tío Baldomino la regentaba y me llamaba la atención una mano y su antebrazo que había en el escaparate mostrando una delicada medía de cristal, tan de moda entonces. Creo que el negocio nunca fue bien, hasta el punto que el abuelo se lamentaba de que “si hubieran puesto una sombrerería los niños habrían empezado a nacer sin cabeza“. Cuando se convencieron de que era inviable la cerraron y aún recuerdo ver por la casa allá por 1962 una enorme caja de madera con imperdibles, cintas de colores, automáticos, cremalleras, carretes de hilo y la mano del escaparate. Lo que quedaba de la última experiencia comercial de la familia.

Tanta gente viviendo en la capital requería de un cierto apoyo de los padres que seguían en Sosas apegados al terreno, cuidando los animales y obteniendo las cosechas que permitía el sustento de los que aún vivían en casa y obteniendo algún excedente para ayudar a los expatriados. Cada poco la abuela aparejaba el caballo y se acercaba a Vegarienza con una cesta de viandas que enviaba a León con el autobús de Beltrán o con ocasión de las visitas a Vega de su hermano Bernardino que ya disponía de automóvil. Si en ese momento tenía en casa uno de los pequeños que aún no iba a la escuela, también lo subía en el caballo y la acompañaba en la expedición logística de más de doce kilómetros. Me imagino la impaciencia con que esperaban en la cochera de Beltrán los que ya vivían en León el envío que les traía el aroma del embutido y otros sabores del terruño.

Era un problema vivir a tanta distancia del medio de transporte a la capital que se ponía en evidencia cuando alguna de las nuevas familias que ya apuntaban a numerosas llegaba para pasar las vacaciones en Sosas. El abuelo tenía que bajar a Vega con el carro de las vacas donde nos subíamos grandes, pequeños y equipaje y nos consumíamos de impaciencia en las casi dos horas que tardábamos en llegar, pensando en los renacuajos que nos esperaban en los recodos del río. Evidentemente vivir en el fin del mundo tenía sus inconvenientes. Por eso cuando el abuelo se jubiló de maestro en Sosas, compró la casa de Vega del bisabuelo Bernardino para acercarse al autobús que acarreaba incansable aquel trasiego familiar tan intenso. A partir de ese momento, solo había que andar quinientos metros desde casa Selima hasta la casa de los abuelos y Vegarienza pasó a ser el punto de referencia familiar y lugar anhelado de vacaciones.

A medida que se alejaba el fin de la guerra, la situación comenzó a mejorar y se consolidaron las opciones profesionales de los de la Calzada González y surgieron las nuevas familias.

Aecio fue funcionario de Correos, se casó con la tía Jamina y vivieron muchos años en Ponferrada en cuya casa vivíamos un par de días al año todos los hermanos que tuvimos que demostrar nuestra sapiencia adquirida en la Academia Carrasconte de Villablino durante el bachillerato. Finalmente se fueron a vivir a Madrid y viví con ellos en mi primer curso en la universidad.

Cuando María dejó de trabajar en la Fiscalía de Tasas ella y Honorina trabajaron en la oficina de la gasolinera de San Marcos que como se ha dicho era de su tío Paco. Honorina se casó con tío Balbino de Garueña (la boda del siglo según glosa tío Aecio en Tío Aecio) y vivieron en Palencia y Madrid.

María vivió en Brasil durante bastantes años y a su regreso nos trajo algunos regalos artesanales en madera y en piel con la leyenda “Lembrança do Campos do Jordao” que me quedó grabada para siempre y justifica el nombre de este blog. Trabajó como enfermera en hospitales de Ponferrada y León y terminó siendo directora de la Escuela de Enfermeras de la capital.

Después de cerrar la tienda, Baldomino trabajó en la Fiscalía de Tasas simultaneándolo con el estudio de facultativo de minas y su vida profesional transcurrió en diversas obras del INI, principalmente en la zona del Bierzo y en Huesca. Ahora se dedica a cultivar su huerta, mimar sus barricas de vino en El Bierzo y partir nueces y almendras con la parsimonia que se pueden permitir los jubilados.

Mi madre estudió Magisterio de aquella manera en que se hacían las cosas al final de la guerra en que casi todo era improvisado, pero su casamiento temprano y la incesante llegada de los hijos la impidió ejercer. Vivimos en la casa familiar de León, en Gijón alquilados junto con otra pareja primos de mi madre y por fin con casa exclusiva en Roa de Duero, Villablino y Madrid, lugares a los que corresponden los recuerdos que voy desgranando en el blog.

Emilio estudió Medicina y fue director del hospital de la Seguridad Social de Ponferrada trasladándose posteriormente a Madrid, el inmenso pozo donde terminaron varios de los hermanos.

Pepe era el menor de los varones y estudió en el seminario de León. Después hizo Veterinaria y tras un tiempo ocupándose de los animales de la zona de Vegarienza emigró a Perú donde se casó y allí sigue supongo que añorando las tierras de Omaña.

Las dos pequeñas, Pilar y Teresa, estudiaron Magisterio y ejercieron en infinidad de destinos dentro y fuera de Omaña. Teresa vivió varios años en Ecuador como profesora.

En todo el proceso la familia funcionó como una piña. Los mayores tiraban y cuidaban de los más pequeños, ayudándoles a abrirse camino con el mejor acomodo posible y todos ellos bajo el paraguas de los padres que aportaban el criterio y apoyo económico y logístico.

Como se puede ver casi todos terminaron ejerciendo profesionalmente en diversas áreas de actividad que nada tenía que ver con el campesinado de sus padres y antepasados. Salvo los que estaban en el extranjero, todos cumplían con la cita anual de visitar el pueblo en vacaciones donde se retomaba el contacto con las gentes, los sabores y olores de siempre y con la aspereza de las herramientas ayudando a los padres en las tareas del campo. Pero su vida había cambiado drasticamente, no solo por haber cambiado la boina por la corbata. Habían desligado su suerte del cielo, ya no dependían de que lloviera o no para cubrir el ciclo anual sin agobios, ahora sus destinos dependían de que alguien les pagara la soldada a fin de mes.

Entretanto los abuelos seguían dedicando sus esfuerzos a los animales de la casa, comiendo de lo que daban sus fincas y llenando la patatera y los varales de la cocina vieja con delicias de gocho para alimentar a la avalancha veraniega. Cuando la edad les obligó a dejar los animales y en la huerta ya no se plantaban ni fréjoles ni escarolas, solo les quedó morirse. De una familia con diez hijos que vivía autónomamente de su esfuerzo, a la vuelta de cincuenta o sesenta años solo quedaba una enorme casona cerrada la mayor parte del año y fincas vacas (sin uso).

En distintos lugares, casi doscientas personas surgidas de aquel asalto a la ciudad (solo mi madre tiene once hijos, veintinueve  nietos y dieciséis biznietos) se afanan por no llegar tarde a la oficina o al colegio o cavilan hasta cuando cobrarán la pensión. Alguno de los biznietos y tataranietos de aquella generación con la que se inició el tránsito de la aldea a la ciudad, están ahora de brazos cruzados, esperando que alguien quiera pagarles por su trabajo. ¿Habrá valido la pena?

Supongo que muchos de los que lean este post, nombres de personas y lugares aparte, reconocerán que en su casa sucedieron peripecias similares a las de mi familia. Era el signo de los tiempos. Ahora, aquellas casas de labradores que bullían de vida todo el año solo se abren en el verano, la leche viene en brics y las tierras de labranza solo sirven como coto de caza. Mientras aquella zona que fue sustento digno de mucha gente ahora es un baldío, en la ciudad algunos rebuscan comida en los contenedores. En general todos los emigrados creen vivir con más comodidades que en la aldea, a cambio de haber dejado de ser jefes de si mismos y en algunos casos dejándose la dignidad a jirones para que no les falte el sustento. En el pueblo se trabajaba duro, nadie era más que nadie y no había un año tan malo que no se pudiera subsistir. En la ciudad, te quedas sin trabajo y estás muerto. Debe ser el progreso.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

3 pensamientos en “El vaciamiento de Omaña (del arado a la corbata)

  1. Aunque me resulta excesivamente extenso, reconozco que es un relato redondo. Incluso puedo ver un cambio en tu estilo narrativo que se aleja del cuentacuentos y tiende al periodista-escritor..

    Para no agobiar al personal, podrias hacer un screenshot al arbol genealogico y embeberlo para facilitar el seguimiento.

    [el “tremoriego” empieza a sonarme con estos relatos un nombre apocaliptico, como Beltenebros o Sacamantecas].

    …en la piecera. El curso siguiente… -> punto y aparte.

    Resulta interesante comprobar lo utiles qe eran las “redes sociales” del momento (hoy vuelven a serlo cada vez mas) y atencion a las ultimas posesiones en el terruño de la familia porque es posible que tengamos que volver a ellas bien pronto.

    Esa impaciencia con el carro de las vacas en el camino de vuelta a Vega lo he experimentado yo con el 124. Venganza poetica generacional?

    Como se puede ver…pagara la soldada a fin de mes. -> Extraordinario

    No, y hasta el final ya inspiradisimo, muy, muy bien escrito y de una clarividencia absoluta. Enhorabuena, este relato es como cuando en los libros de texto se señala el paso de una epoca a otra en los trabajos de algun autor.

    • Tremoriego, natural del pueblo de Tremor.
      Efectivamente, cuando hice un repaso a lo que había sido la transición a vivir en la ciudad en tan pocos años fuí consciente de que se había producido un cambio de época. Como no soy sociólogo, me pareció interesante desarrollar brevemente lo que había sucedido en la familia para ilustrar el tema. Algunas cosas solo las sabía mi madre y si no se contaban ahora, ya nadie podría hacerlo.

  2. Pingback: El primo Manolo | Lembranza

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