La partida (pecadillos corrientes)

Partida de tresillo

Partida de tresillo

Ya viviendo en Villablino, cuando los Juegos Reunidos nos aburrieron por archisabidos, en casa empezamos a iniciarnos en los juegos más inocentes de baraja como el cinquillo, el “as, un, dos, tres“, las siete y media y otros que solo requerían un poco de atención y reflejos. Más adelante vino la brisca y la escoba que ya requerían pensar un poco y escoger entre diferentes opciones. No nos jugábamos nada y la recompensa era el placer de ganar a los demás. Eran entretenimientos inocentes de niños pero también la iniciación al mundo de los naipes tan asociado a los mayores. Nada más comer, en todos los bares de Villablino se jugaba la partida ya fuera a cartas o dominó. Creo que la del bar Tropezón (alguno de los que siguen el blog me ha recordado que su nombre era Bar Cadenas) era la más nutrida y desde la ventana del chaflán de Correos veíamos una multitud formada por los que esperaban el correo y los que buscaban pareja o contrincantes para la partida. Creo que venían de todo el pueblo e incluso desde San Miguel y poco a poco entraban en el bar que tenía unas cuantas mesas donde lo habitual era jugar al tute  sobre un tapete verde o al dominó golpeando con las fichas sobre la superficie desnuda de la mesa. Todas las partidas tenían su corrillo de mirones que jugaban mentalmente las cartas o las fichas del jugador que tenían delante y lo más interesante eran las controversias que se establecían después de cada juego en las que terciaban los del corrillo. Recuerdo especialmente a Manso, sin más ocupación conocida que la de ser cuñado de un topógrafo del INI y asiduo de las encarnizadas partidas de tute, que llegaba puntualmente todas las tardes desde San Miguel dispuesto a sentar cátedra, empeñándose al final de cada juego en explicar el por qué de cada jugada que había hecho. Aparte de ganarse el honor y la admiración o desdén de los demás, solo se jugaban el café o la copa de coñac. Yo me tenía por más o menos listo, pero fui un negado para el tute, poco valiente o imaginativo para el mus y seguramente poco competitivo en general. Al cabo de dos o tres juegos perdía la concentración y ya estaba deseando que aquello terminara. Veía como mis amigos Agustín Cosmen, Tinito y otros se iniciaron con facilidad y soltura en aquello que se consideraba parte del rito de hacerse mayores. Fui mirón respetuoso, pero también perdía el interés al poco rato y me iba del bar. Cuando terminé el ciclo formativo en la Academia Carrasconte, mi vida fue una constante alternancia entre estancias en León o Madrid y regresos con la maleta llena de libros a Villablino que no salían de ella en todas las Navidades. En algunas ocasiones encontraba cambios sustanciales en casa, como cuando vi presidiendo el cuarto de estar una televisión Sylvania que cambió la forma en que la familia empezó a llenar algunos ratos de ocio. Aún sabiendo que la emisión no empezaba hasta una determinada hora, recuerdo una cierta avidez por ver lo que contaba la pantalla. La encendíamos un rato antes del comienzo de la emisión y mirábamos la carta de ajuste esperando impacientes que la ventanita parlante echase a andar. En otro regreso vacacional encontré el comedor, habitualmente una estancia con escaso uso, convertido en un garito. Mi padre era un extraordinario jugador de cartas, capaz de retener todas las ya jugadas, establecer con precisión cual era la estrategia de cada unos de los jugadores y era de partida diaria ya fuera en el casino o en el bar Aída. Pero no era fácil encontrar en las partidas de los bares contrincantes para jugar al tresillo, juego complejo donde los haya al que era muy aficionado, por lo que tuvo que buscarlos en el gremio de los más doctos y virtuosos. Alrededor de la mesa de castaño cubierta con un tapete rojo, me encontré sentados a mi padre, a don Veribaldo y otros dos curas de la zona dándose codillo y empleando una jerga más complicada que el latín en el que los ensotanados eran expertos. Aun siendo aquella una casa decente, además del humo de cigarrillos y habanos inherentes a toda timba que se precie, no faltaba en aquella mesa el aroma del café, el coñac y la botella a rombos del anís. Aunque desde que era universitario había dejado de frecuentar los confesionarios y hacía mucho más que había dejado de visitar el de don Veribaldo, el cura de la parroquia con penitencias más benevolentes, no pude por menos que dar un respingo viendo al antiguo depositario de tantas de mis confesiones batiéndose el cobre a los naipes con mi padre y en mi propia casa. Me puse de soslayo y confié que el humo y los efluvios del coñac con que se obsequiaban los jugadores nublaran el raciocinio de don Veribaldo, que además tenía fama de despistado, y no me reconociese. Cuando me hice notar entre dos juegos y don Veribaldo me dijo “Encantado“, me di cuenta que estaba a lo suyo, que ni siquiera se acordaba de quién era yo así que como para acordarse de los pecados de pensamiento y obra, mentiras e incumplimientos doctrinales varios que le había confesado durante años en su confesionario de la iglesia de San Miguel.  Además estaba convencido que mis pecados nunca habían sido muy originales, sino más bien muy comunes y por tanto poco recordables para un cura con largos años de confesionario donde habría oído cosas más gordas. Tranquilizado por la poca memoria de mi cura de cabecera, me dediqué a intentar entender algo de lo que pasaba en la mesa y pude contar no menos de veinte o treinta términos propios del tresillo que intercambiaban los jugadores con toda naturalidad. Tampoco pude entender quien iba contra quien y si ya me era difícil seguir una partida de tute el tresillo me pareció endemoniado por lo que enseguida me despedí cortésmente y allí les dejé dándose bola, codillo y demás lances. En aquella mesa tuvieron lugar algunas partidas menos ilustradas, en las que mi padre nos inició en el póquer a mí (el burro delante), a Agustín Cosmen y a algún otro amigo jugando con garbanzos. Partidas inocentes pero nunca tan pías como aquella en que temí, al ver a mi confesor en buena compaña con mi padre, que mi historial pecaminoso quedase al descubierto tras la enésima copa de anís de mi confesor. Esta anécdota contribuyó a hacerme aún más refractario al vicio de los naipes de Fournier.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: artearquoehistoria.com Dibujo del album Las delicias de Doña Mencia del barón de Greindl

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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4 pensamientos en “La partida (pecadillos corrientes)

  1. Tienes que dejar reposar los recuerdos un poco mas, aquí no hay sustancia suficiente para un relato de los buenos. Aunque no esta mal, ya tienes a la parroquia acostumbrada a mucho mas.

  2. Hola…he encontrado éstas historias por casualidad, y, a pesar de la distancia generacional, las siento próximas y familiares, como las que oí contar en mi casa de Villablino, en mi barrio de Perez Vega, entre Correos y el colegio del que fué conserje mi abuelo Alfredo Castaño, que tenía su vivienda en el mismo edificio y al que, lamentablemente, ya no conocí, aunque probablemente tú si.
    Un saludo afectuoso.

    • Hola Blanca. Yo estuve en el Instituto Laboral solo el curso 1954-55, aunque luego seguí estando ligado al centro a través de amigos, actos que se celebraban allí, películas y sobre todo porque acudía con frecuencia a la biblioteca como lector e incluso como asistente del bibliotecario. Pero no recuerdo a tu abuelo. Un saludo.

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