La leña (escupirse en las manos era de hombres)

Cocina de leña

Cocina de leña

En casa de mis abuelos en Vegarienza, el fuego en el fogón de leña que presidía la cocina estaba siempre encendido desde primera hora de la mañana hasta que nos íbamos a la cama. Además de la comida de las personas, había que preparar la de los cerdos cociendo en enormes calderos de cinc patatas, verduras y nabos acompañados de salvado y restos de todo tipo. Había que hervir la leche que se ordeñaba mañana y noche, dos veces tenía que subir hasta el borde del hervidor para evitar enfermedades, y planchar con planchas de hierro que se calentaban sobre la chapa de la cocina. Más antiguamente, había que producir brasas en el hogar de la cocina para cargar las planchas de chimenea que se calentaban así. Los chavales hacíamos un uso intensivo del horno para asar manzanas cuando aún no se podían comer crudas.

La cocina de leña era el único modo de disponer de agua caliente que se calentaba en un depósito lateral a la cocina, de donde se sacaba con un tanque o a través de un grifo de latón. Era muy de agradecer en invierno tener agua calentita para llenar la botella con que nos calentábamos los pies entre las sábanas heladas. También era la única forma de caldear todo el recinto de la cocina que era al mismo tiempo cuarto de estar.

La base de tanto calentamiento era la madera de los robles, es decir la leña, que cubrían todo el monte de la parte umbría de Vega. Desde el camino que bordeaba los prados de Las Huertas hasta el Cueto Rosales, todo era monte de roble en el que se distinguía perfectamente la zona de la última corta que paulatinamente iría cubriéndose de brotes de nuevos robles. La leña había que cortarla y dejarla durante meses en el monte para que se secara y, ya sin hojas, transportarla hasta el leñero e ir cortándola según se iba necesitando.

En primavera se afilaban bien los machados (hachas) en la piedra de asperón y se metían unas cuantas horas en agua para que el mango de madera se hinchase y la hoja del hacha no se escapara al golpear los troncos. Con las hachas y la merienda nos íbamos al monte principalmente a la zona de Valdegrisa a cortar varios carros de trampas, que es como se denominaba a las plantas de roble de tres o cuatro metros de altura y algo más gruesas que un brazo. Se cortaban bastante a ras de suelo dándoles certeros hachazos por uno y otro lado hasta que caían. Al principio yo solo miraba y ayudaba a amontonar las trampas ya cortadas. Más tarde me dejaron cortar algunas trampas, además de algunas piedras en las que yo mellaba la hoja del machado que a veces salía rebotado buscándome las espinillas. Cuando fui más diestro, daba gusto como entraba el machado en los troncos verdes y ya me consideraban uno más a derribar trampas. En cada pausa miraba de reojo cuanto habían aumentado mis bíceps por efecto de los últimos mandobles, ya que era el signo más evidente de cuan mayor se iba haciendo uno y que envidiaba como signo de fuerza al ver los brazos de mis tíos. Tuve que incorporar a mi repertorio de gestos de “persona mayor” el de leñador experto, que consistía en escupirse cada poco las manos para sujetar más firmemente el mango del hacha. Era un poco asqueroso pero eficaz. Ya en casa, gastaba más de una hora frotando el machado contra el asperón intentando disimular las mellas que le había hecho contra las piedras y así evitar que el abuelo me abroncase.

Reuníamos las trampas en montones del tamaño adecuado para que una pareja de vacas pudiera arrastrarlas monte abajo por el troitoiro cuando estuviera la madera seca, que solía ser allá para el otoño. El troitoiro es una especie de pasillo de tierra entre las trampas, libre de obstáculos y que a fuerza de arrastrar por él la leña era una especie de ligera hondonada en el terreno que se dirigía monte abajo hacía el camino, en línea casi recta y siguiendo la máxima pendiente. Había vecinos que organizaban rodullas (grandes haces de trampas contrapeadas formando una especie de cilindro) que atadas con una cadena echaban a rodar monte abajo hasta llegar al camino.

En el otoño aparejábamos las vacas y con el carro preparado con tadonjos nos íbamos para el monte. Dejábamos el carro en el camino justo en el punto por donde desembocaba el troitoiro y subíamos con la pareja de vacas uncida hasta los montones de leña. Llevábamos una cadena muy gruesa y de varios metros con la que hacíamos un lazo en la punta de los troncos de cada montón de leña, de forma que la cadena saliera por la parte de abajo del montón y atábamos el extremo al yugo de las vacas. Cuando las vacas empezaban a tirar, la cadena levantaba ligeramente la parte delantera del montón de leña siendo así más fácil arrastrarlo como si se tratase de un trineo. Lo primero era enfilar el montón de leña por el troitoiro por el que se descendía deprisa hasta el punto donde habíamos dejado el carro. Había que tener cuidado de que no te atropellasen ni las vacas ni el montón de leña que iba detrás. Ya en el camino se subían las trampas al carro y de vuelta para casa.

Se tenía a gala cortar las trampas más esbeltas y eso se hacía evidente a los demás vecinos en el momento de pasar con el carro cargado por el pueblo. Nosotros no éramos los que más podíamos presumir de trampas ni los más admirados, lo que era explicable al tratarse de un abuelo y los mequetrefes de los nietos. La leña se descargaba en el leñero, que estaba al lado del pino de la plazuela. Al lado del leñero del abuelo estaba el de Manolón, nuestro vecino del otro lado de la carretera, que cortaba unas trampas tan largas que casi llegaban de la carretera a la presa de la huerta. Mientras descargábamos nuestras trampas más bien raquíticas, mirábamos con envidia a las de Manolón pero enseguida nos consolábamos pensando que nuestro leñero siempre estaba a tope y el de Manolón a veces quedaba vacío, lo que obligaba a su hermano Utavio a buscar debajo del puente los troncos que había traído la última riada. Claramente era preferible la cantidad a la esbeltez con tanta escasez.

De cualquier manera, fueran las trampas largas o cortas, gruesas o finas, era madera de roble. Una vez las trampas en el leñero, solo quedaba cortar cada uno o dos días lo necesario para que el fogón no parase. En algunas casas cada vez que se ponían a cortar leña hacían un buen montón que les permitía atizar durante días. Al abuelo no le gustaba esta forma intensiva de cortar la leña, pues decía que si la leña cortada estaba al alcance de la mano se gastaba más. El era partidario de cortarla cada menos tiempo y así usarla con más cabeza. Nada de despilfarros.

El roble seco es una madera recia y costaba lo suyo partirla con el hacha, sobre todo si eras un mequetrefe y no andabas sobrado de puntería. Recuerdo mis sudores para cortar aquellas trampas que parecían de acero. En vez de cortarlas, más parecía que las molía a base de golpes de hacha, cada hachazo en un sitio diferente y ayudándome con los dedos para desprender los trozos de madera que quedaba magullada entre dos hachazos. Con el tiempo la técnica mejoró y lo hacía como el mejor. Era un magnífico ejercicio gimnástico, aunque dudo que bueno para la espalda como casi todo lo que se hacía por allí.

Las trampas más gordas era necesario rajarlas a lo largo antes de cortarlas, para lo que se hendía el extremo dando un hachazo siguiendo la veta de la madera y en la raja se introducía una pina (cuña) de hierro que al golpearla rajaba el tronco longitudinalmente, con lo que era más llevadero cortar cada una de las mitades.

Los trozos pequeños que se desprendían al cortar la leña y la corteza seca se llamaban “sorollos” y eran muy apreciados cuando el fuego de la cocina debía ser vivo. Era el caso de hacer fisuelos o si se necesitaba que las planchas cogieran buena temperatura o si estaban preparando los dulces para la fiesta de San Salvador.

Algunos vecinos no iban por leña hasta que habían consumido la última trampa. El abuelo era muy previsor y nada perezoso por lo que no recuerdo haber llegado nunca a las trampas que estaban en contacto con el suelo, que podrían tener más de veinte años y debían estar duras como las peñas. Yo tenía la teoría (tal como se indica en el post Del burro a la bicicleta) que la densidad de aquellas trampas viejas actuaba con la misma fuerza gravitacional que un agujero negro y atraía especialmente a las mujeres de la familia cuando pasaban en bicicleta por las proximidades del leñero, al que se subían con bici y todo de forma pasmosa y al parecer inevitable.

Las gallinas también se sentían especialmente atraídas por el leñero al atardecer. Cuando el sol pasaba por encima del campanario y daba en la plazuela, se las podía ver escarbando en los sorollos para hacer una poza donde acostarse calentitas. Alguna incluso llegaba a poner sus huevos debajo de las trampas más antiguas.

Pero los robles no solo proporcionaban calentamiento. La mayor parte de las techumbres de las casas estaban soportadas por fuertes vigas de roble y todos los otoños se subía al monte con la podona al cinto para cortar ramas de roble que atadas en haces se almacenaban en el pajar para que ovejas y cabras comieran en invierno las hojas secas. No había desperdicio posible y el monte de roble se regeneraba solito para atender a tanta solicitación. Era el equilibrio perfecto, fruto de la experiencia de años y el cuidado extremo del entorno. Eran muy raros los incendios y casi siempre se echaba la culpa a los pastores de los pueblos vecinos, que se decía buscaban que la ausencia de robles facilitara el crecimiento de hierba de pasto. Cuando se producían los incendios todos participábamos en la extinción, unos de buen grado y otros pastoreados por la Guardia Civil. El espectáculo nocturno era grandioso y a los pocos años el monte se regeneraba como si nada hubiera pasado.

Ahora nadie corta leña en aquel monte, pues todo son bombonas de butano o vitrocerámicas. El monte se hace cada vez más tupido y los robles avanzan sobre lo que antes eran camperas dedicadas al pasto. Como en El Vallado, que tal parece que un día las trampas de roble llegarán hasta la carretera e impedirán circular a los coches. Antes se las tenía a raya cortándolas cada poco y usándolas como única fuente de energía en un entorno perfectamente sostenible. Ahora, en vez de leñero se usa gas fósil venido del confín del mundo en botellas color butano. Cuando los combustibles fósiles se acaben, ¿volveremos a subir al monte?.

Plancha de chimenea para brasas, plancha normal.

Plancha de chimenea para brasas, plancha normal.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: milanuncios.com, antiguorincon.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

3 pensamientos en “La leña (escupirse en las manos era de hombres)

  1. Esta tarea era más intensa e importante en Vega que en Villager. La importancia venía dada por el carbón y su ausencia.
    En Tsaciana, la base del “tseñeiru” no era el roble, sino el piorno. En septiembre cuando iban secando los piornos, si iba al monte a preparar las treitas. Con el azadón se desenterraban las raíces de los piornales y después se arrastraban por los “treitoirus” con la pareja, ayudados de una cadena, hasta un lugar próximo al camino. Allí se amontonaban y se marcaban, para evitar que algún espabilado se los llevara disimuladamente.¡ No eran de nadie! Más tarde con el carro se transportaban hasta el pueblo.
    En la página de Villager de Laciana, Manolo Gancedo (El Cazador) escribe sobre ésta y otras tareas de antes.
    Un abrazo.

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