Don Gildo y don Veribaldo (men in black)

Don Gildo (1964) y don Veribaldo, los dos curas de Villablino.

Don Gildo (1964) y don Veribaldo, los dos curas de Villablino.

Ahora que llevamos meses esperando la visita de los hombres de negro del FMI y de la Unión Europea que dicen que nos van a rescatar, caigo en la cuenta que siempre hemos tenido entre nosotros hombres de negro intentando salvarnos de algo. Hace mucho que para salvar las almas de los herejes la Inquisición descuartizaba sus cuerpos. Sin llegar a esos extremos, en época más reciente también teníamos hombres de negro ocupados en organizarnos la vida en orden a salvarnos, amenazándonos con el Infierno y repitiéndonos con insistencia que había que arrepentirse de los pecados, que ir al Cielo no era gratis. Los madrugones y caminatas para ir a misa los domingos a San Miguel decían mucho del empeño que poníamos entonces en cumplir con las obligaciones del buen cristiano que habíamos mamado desde pequeñitos, en una lucha titánica por alejarnos del Infierno omnipresente. Sin duda, el sentimiento de culpa que nos habían inculcado funcionaba. El párroco de San Miguel era don Gildo, alto y rubio con penetrantes ojos azules, planta de galán de cine, mayestático dentro de su sotana, que gobernaba con mano firme nuestro tránsito por el Valle de Lágrimas, que así se denominaba el discurrir por la vida de nosotros los pecadores. Siempre me pareció severo y distante y nunca me lo pude imaginar diciendo “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Siempre alerta, me parecía imposible que olvidase el más venial de los pecados que le hubieses confesado. Confesarse con él era un dolor de tripas y lo tuve que hacer varias veces cada año durante mucho tiempo. Era imposible quedarse en el mínimo establecido, tal como decía el precepto “Confesar a lo menos una vez al año, o antes si espera haber peligro de muerte o si se ha de comulgar”, pues don Gildo nos hacía sentirnos muy pecadores y hacíamos casi todos los años los nueve primeros viernes de mes que garantizaban tener un confesor al lado en el trance de la muerte, lo que suponía muchas confesiones contándole intimidades y fechorías. Si al cruzarme con don Gildo me miraba, tenía la sensación desasosegante de que me estaba recordando que lo sabía todo sobre mí. Al salir de su confesionario, por muy sincero que hubiera sido el acto de contrición y que según decía el Catecismo me daba derecho a sentirme libre de pecado, estaba seguro que sería así solo con Dios porque don Gildo pondría en mi ficha de pecador un “suma y sigue” en vez de un “borrón y cuenta nueva”. Envidiaba la suerte de los musulmanes en eso del pecar, pues se decía que para confesarse hacían un agujero en el suelo sobre el que musitaban sus pecados y luego los enterraban para ser perdonados. Como el sabio que solo se alimentaba de hierbas, de inmediato me consolaba pensando en mis amigos alumnos del Instituto Laboral donde don Gildo daba clase y llegó a ser director del centro. Les compadecía sinceramente por su mala suerte, permanentemente con el culo del alma al aire igual que yo pero cruzándose por los pasillos cada día con don Gildo, que no solo conocía sus extravíos morales sino que también controlaba sus conocimientos. Me lo imaginaba todopoderoso aplicándoles penitencia en el confesionario y justicia en la libreta de notas. Confesarse con un cura ocasional era un alivio, pues al acabar de rezar la penitencia tenías la sensación real de asunto terminado, por aquello de “si te he visto no me acuerdo”. En estas ocasiones me sentía exactamente como un amigo que me contaba recientemente que el cura de su parroquia le vendía que “la confesión es como formatear el disco duro del ordenador”. Me hubiera gustado ver a este cura metido a informático confesar con don Gildo, a ver si era capaz de sostener su teoría. Como Dios aprieta pero no ahoga, al poco llegó a la parroquia como coadjutor don Veribaldo, ya mayor y con una visión más benevolente de la vida. Rapidamente se convirtió en mi favorito a la hora de confesar, pues en vez de reñirnos nos daba consejos para ser buenos cristianos, trufados de continuo por el latiguillo “Sabe usté”, y por sus mínimas penitencias que dichas con su lengua de trapo eran tan confusas que te sentías eximido de cumplirlas. Cuando te cruzabas con él, siempre con el manteo enrollado en el brazo y mirando distraído al suelo, se le veía tan ensimismado que era fácil colegir que difícilmente se acordaría de lo último que le habías confesado. Yo encantado de su desmemoria, pero se me planteaba la duda de si sus confesiones, repletas de circunloquios y de la consabida coletilla, eran tan válidas como las otras. Don Veribaldo fue un alivio en una época en que los pecados crecían en gravedad y frecuencia, “pensamiento y obra” ya se sabe, a medida que nos hacíamos mayores y seguíamos aún con el infierno tan presente en la mente. Don Gildo estaba en San Miguel un poco de paso a la espera de que construyeran la nueva iglesia de Villablino, más acorde con su rango. Cuando arrancaron las obras de la nueva iglesia, recuerdo las cábalas que me hacía sobre los cartabones al aire que salían perpendiculares a la nave central y cuya única finalidad parecía ser lucir enormes manchones de humedad en invierno. No sé si fue la mente de don Gildo o la del arquitecto la que los imaginó, supongo que con ánimo de simular una especie de arbotantes como los de las catedrales para enfatizar la importancia de aquella iglesia de pueblo. En fotos recientes he visto cómo tal alarde arquitectónico ha sido escondido bajo una prolongación del tejado. Menos mal. La nueva iglesia estaba rodeada de aceras amplias donde a veces jugábamos a algo parecido al tenis. Siempre que aparecía don Gildo y se quedaba observándonos, aunque el juego fuera así de inocente, me invadía la sensación de estar haciendo algo malo en terreno tan sagrado, tan de su propiedad. En la nueva iglesia don Gildo hizo sentir su autoridad más aún que en la recoleta de San Miguel. Ya no solo conocía nuestros pecados y nos amonestaba adusto desde el púlpito, sino que decidía que películas podíamos ver sin peligro para el alma. En un tablón del atrio colocaba unas cartulinas a las que nos acercábamos angustiados cada domingo para ver la calificación moral, esperando que no fuera “3R para mayores con reparos” o “gravemente peligrosa” pues de ser así tendríamos que pasar el rato del cine en los futbolines de Blas. Ni la Inquisición salvó a nadie, ni tengo conciencia que don Gildo y don Veribaldo teniéndome acongojado durante bastante tiempo con lo difícil que sería mi salvación, me hayan ayudado a ser mejor persona. Tampoco creo que los hombres de negro de la troika nos vayan a resolver la vida. Indefectiblemente todos los salvadores hablan de sufrimiento, del nuestro. Quizá el color del ropaje imprima carácter. Una consideración que desde la distancia de los años es muy fácil hacer y que entonces nunca se me ocurrió: ¿como éramos tan crédulos para permitir al salvador de turno semejante intromisión en nuestra intimidad? Las personas sin criterio siempre necesitaremos que nos salven. Y si van de negro, nos volverán a engatusar como a niños.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes cedidas por: Fede García González y Pepe Sabugo

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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8 pensamientos en “Don Gildo y don Veribaldo (men in black)

    • No. Es nuevo pero los personajes te resultarán familiares pues han salido en algún otro post. O bien hoy estás desganado o realmente es que el post tiene poca sustancia. Valga como referencia a como vivíamos “intervenidos” por los guardianes de la Fe.

  1. “….me consolaba pensando en mis amigos alumnos del Instituto Laboral …”. Efectivamente. Consiguió el mayor índice de ateos y agnósticos. Entre los que me encuentro.

    Negro por fuera, negro por dentro.

    • Benjamín, para mi lo más negro eran sus ansias de dominarnos. Con el rito nos atontaban y con la confesión nos anulaban. Dudo que estuvieran realmente preocupados por nuestra salvación, seguramente porque sabían más que nosotros de la gran fabulación.

  2. Lo malo no es que dominara a los infantes, lo malo es que dominó, o quiso dominar, al Valle entero, y a fe que lo consiguió, pues, en su etapa final como profesor de religión, hizo de su asignatura la más importante del bachillerato. Por encima, de literatura, ciencias naturales, matemáticas y otras. Tanto, que sus alumnos se pasaban horas estudiando aquella odiosa (por su culpa) asignatura. Y no hablemos de la cantidad de futuros prometedores que se truncaron por su culpa. Ni tampoco hablaremos de su pasado, a su llegada a Laciana, vestido con la camisa azul de la falange, imponiendo sus postulados a hostia limpia. Corramos un tupido velo sobre tan siniestro personaje, ojalá haya alcanzado tan alta gloria como aquí dejó…

  3. Conocí en persona a Don Gildo. Fue mi profesor de Religión en la Instituto Laboral. Religión fue la única asignatura que suspendí en el Bachiller, fue en tercer o cuarto curso. No recuerdo bien. Me puso un cero, y no fue por no conocer la materia. Fue como castigo, cuando a unos compas y a mi, nos sorprendió jugando a tirar piedras al tejado de la nueva casa parroquial, un domingo a la tarde, porque estábamos aburridos, al no poder ir al Cine a la sesión previa para niños, antes de la primera sesión para mayores.

    Don Gildo nos dijo, que ya hablaríamos en la clase de religión en el Insti,, que era de una hora semanal, No habló. Nos amonestó y nos impuso una penalización de AYUDAR de monaguillos individualmente, en misa de 8, u 8,30 de la mañana, en pleno invierno. Naturalmente, la misa era en Latín, y en el Insti, el idioma extranjero, era Inglés. Nos pasó, una especia de galimatías escritas en latín, de las obligadas contestaciones para el desarrollo acostumbrado de la celebración de la misa mañanera, de las cuales aún recuerdo algunas, sobre todo el estribillo, que no el contenido. Lógicamente, hubo, tuvimos que cumplir como leones, en SIETE LARGAS OCASIONES, previo control firmado por el Sr. profe Don Gildo… Me tocaba ir andando desde Las Colominas, Nº 42. segundo derecha hasta la Iglesia, lloviera, nevara o hiciera el tiempo que correspondiera. A la vuelta, tenia que recoger la leche diaría, en la casona del Pellejero, Sr. Alberto y su señora Lucila…Superé la prueba. me aprobó religión de Tercero, en cuarto, con un notable. No le volví a ver jamás. Para un alumno de 13/14 años, era insuperable, el ascendiente de Don Gildo, porque además, estando en la Escuela Graduadas, nos daba Catequesis, para la Comunión de la ÉPOCA, en la pequeña ermita, que estaba al lado, del Cine Viejo, con ejemplos debastadores, sobre como entender las diferencias entre un pecado venial y otro grave, o muy grave. En lo que a mi respecta, aún hoy, recuerdo, con angustia tales diatribas… Don Gildo…un cura de ramas tomar, sin más.

    • Federico, fuiste monaguillo a la fuerza por apedrear la casa del cura. Con otro cura cualquiera se habría resuelto el asunto a la carrera, pero con don Gildo era imposible no pagar una penitencia por ello, controlaba los comportamientos con mano firme echando mano de la libreta de notas si fuera preciso como tu cuentas. Eran curas y verdugos. Un saludo.

      • En cuanto a Piti, si revisas los comentarios del post dedicado a él verás que su hija Ángela participó en el debate y puedes ver allí su correo por sí quieres contactar con ella.
        No recuerdo al profesor de las escuelas apellidado Calzada, pero si a don Luis Calzada profesor de Sierra Pambley que vivía en las casas de Pérez Vega y tenía dos hijos. En cualquier caso, ninguno de ellos era familia mía. Un saludo.

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